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Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

Reflexión de domingo: «La reforma de pensiones en Latinoamérica»

Gabriela Calderón es editora de ElCato.org, investigadora del Cato Institute y columnista de El Universo (Ecuador).

Las principales economías del mundo desarrollado se esmeran en ilustrar el fracaso de los sistemas previsionales de reparto, aproximándose a su bancarrota. Un estudio publicado en 2009 estimaba que la deuda pública implícita promedio —esto es, la deuda pública más las obligaciones no financiadas de los sistemas de seguridad social— para 25 países de la Unión Europea era de 434% de su PIB1 y según un estudio de 2011 la deuda implícita de EE.UU. era de 412% del PIB (esta última cifra incluye también obligaciones no financiadas de programas como Medicare y Medicaid). De no realizarse una reforma integral de los sistemas de seguridad social, sus gobiernos tendrán que incumplir las promesas, ya sea recortando beneficios, prolongando forzosamente la vida laboral de sus trabajadores, o una combinación de estas y otras medidas.

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¿Por qué la economía necesita de la historia del pensamiento económico?

Compartimos una entrevista a Bruce Caldwell donde explica su proyecto en el que pretende nada menos que reinsertar la metodología y la historia del pensamiento económico en la formación del economista.

La pregunta central que surge es, ¿quién va a enseñar metodología económica e historia del pensamiento económico, si no enseñamos estos campos de estudio a los estudiantes de posgrado actuales?

Bruce Caldwell fue conocido primero por su libro sobre metodología, pero poco después se involucró con la Escuela Austriaca, y en particular con Hayek, y estudió en profundidad sus aportes, y aquel famoso debate con Keynes.

Ahora es parte de un proyecto en Duke University donde todavía se mantiene el interés por estos dos campos de estudio olvidados. Duke University ha logrado crear un proyecto donde se intenta formar una generación de futuros profesores – una generación que está bien versada en la historia del pensamiento económico , y que se comunica con otras ciencias sociales y las humanidades. Estas son las semillas de un nuevo pensamiento económico.

En la entrevista explica que el proyecto es de muy largo plazo, y que intentan encontrar interesados en la historia del pensamiento económico, a los que invitan a tomar cursos cortos en Duke University. Esto abre las puertas para invitarlos después a desarrollar estudios de posdoctorado, los que se complementan con becas económicas.

En Duke todavía sobrevive el interés por la historia del pensamiento económico, algo que se ha logrado mediante un esfuerzo económico y un equipo de profesores e investigadores full time.

Axel Kicillof intentará ser el “Keynes argentino” [Infobae]

KicillofLa derrota en las elecciones legislativas, las diferencias surgidas en el equipo económico, el debilitamiento del oficialismo de cara a las elecciones de 2015 y una serie de problemas en el frente monetario y cambiario presionaron al gobierno para abrir una etapa de renovación dentro del gabinete nacional. Lo que se pretende con ello es atacar tanto los problemas en el frente político como aquellos del frente económico. En el primer caso, se intentará homogeneizar el discurso, fortalecer el modelo, recuperar credibilidad en el electorado y dar algunas señales positivas de cara a las elecciones de 2015; en el segundo caso, controlar la inflación, limitar la pérdida de reservas y menguar las presiones sobre el tipo de cambio.

Nótese que no mencioné que vayan a atacar el desequilibrio fiscal, ya que esto implicaría un “ajuste“, un cambio de modelo, que no creo que esté en la agenda del gobierno.

La reaparición de la Presidente tras su licencia por enfermedad vino acompañada precisamente de un anuncio que coloca a Jorge Capitanich como jefe de Gabinete y a Axel Kicillof como nuevo ministro de Economía. Será Capitanich el encargado de trabajar el frente político, buscando consensos y trabajando en construir una unidad de cara al futuro; mientras que Kicillof –y más aún con la reciente renuncia de Guillermo Moreno– deberá presentar propuestas concretas para paliar los problemas del frente económico, o concretamente en el frente monetario y cambiario.

Un fracaso de este último en alcanzar sus objetivos incrementará la sangría de reservas e intendentes, poniendo piedras en el camino del oficialismo en continuar el modelo en 2015, cualquiera sea el candidato elegido para la sucesión; pero al mismo tiempo, dos años más de inflación y pérdida de reservas limitarán las alternativas de política económica que el gobierno que suceda a Cristina Fernández de Kirchner desee implementar a partir de 2015. Resumiendo, si Kicillof fracasa, quizás ya sea tarde para evitar una nueva crisis económica con un plan alternativo posterior.

En otro artículo en este diario resumí mis breves contactos con el joven Kicillof, cuando era un académico, profesor e investigador de la Universidad Nacional de Buenos Aires. En aquellos tiempos Kicillof estudió en profundidad a los autores clásicos, en especial a Karl Marx, y más tarde, se doctoró en economía con un profundo estudio de los Fundamentos de la teoría general de John Maynard Keynes. El pensamiento de Kicillof se encuentra entonces entre Marx y Keynes, con un debate interno que no le debe ser fácil de resolver. Piensa en los términos que aprendió de Marx -aspecto que se nota cuando habla-, pero modera su discurso a través de Keynes, a quien conoce de memoria. El socialismo para él sería deseable, aunque entiende que una transición a ese sistema es inviable en el mundo moderno. El advenimiento del socialismo será quizás una etapa más avanzada del capitalismo, pero no es algo que a él le preocupe acelerar desde su nuevo cargo. De ahí que pienso que su acercamiento a Keynes explicará mejor sus propuestas de política económica.

Como buen historiador de las doctrinas económicas, Kicillof sabe que el pensamiento de un autor debe estudiarse bajo el contexto histórico en el cual vivió. Y es curioso que el contexto en el que Keynes construyó su pensamiento revolucionario sea tan similar al que hoy caracteriza a la economía mundial. En una entrevista desarrollada hace algunos meses, Kicillof explicaba que aquella gran depresión de los años 1930, junto con la crisis global actual, son las dos peores crisis de “la etapa capitalista”. Esto llevaba a Kicillof a rechazar la idea generalizada que tenemos otros economistas de que la Argentina se ha beneficiado en los últimos diez años de un contexto internacional favorable. Para Kicillof, sin embargo, no hubo, ni habrá vientos a favor, sino vientos en contra, que hundirían a la economía argentina, si no fuera por las exitosas políticas proteccionistas que se vienen aplicando. Lo cierto es que lo dicho por Kicillof ha sido engañoso, y si bien el mundo desarrollado muestra turbulencias, él sabe que es precisamente ese contexto el que empuja a la Reserva Federal americana y al Banco Central Europeo a inyectar liquidez y elevar el precio de los commodities -como el petróleo, el trigo y la soja-, lo que claramente beneficia a la región, y también a nuestro país.

Kicillof, sin embargo, comparte con Robert Skidelsky -uno de los máximos biógrafos de John Maynard Keynes- que éste es el momento del “retorno del maestro”. Justifica con ello una serie de medidas que corrijan el capitalismo, que lo regulen, ya que sin estas medidas, el mercado sólo puede conducirnos a sucesivas crisis capitalistas.

En su tesis doctoral muestra precisamente cómo la política anticíclica keynesiana debe enfrentar una situación como la de Estados Unidos, la Unión Europea, y aun la propia de Argentina, impulsando la demanda agregada con políticas monetarias y fiscales expansivas. Esto es, más gasto público –sin importar que sea deficitario- y más expansión del crédito con tasas de interés bajas e incluso negativas -en términos reales-, lo que impulsaría simultáneamente el consumo y la inversión. El mayor error que me imagino cometerá Kicillof, sin embargo, es desatender el desequilibrio fiscal, fuente de todos los problemas argentinos de las últimas décadas, y fuente del problema real que tiene hoy la Argentina al explicar las causas de la inflación.

Imagino entonces que Kicillof tomará medidas que potencien el rol del Estado con un papel más activo que el que ya tenía, con más planes sociales redistributivos, y posiblemente -esperemos me equivoque- con nuevas expropiaciones que financien esos proyectos. Recordemos que en varias oportunidades Kicillof exclamó su deseo de “revertir el noventismo”, lo que abre una incógnita acerca de nuevas estatizaciones y un más amplio control del Estado.

Si algo tenían en común Marx y Keynes era su desconfianza en el mercado y el desprecio por la función empresarial. Kicillof dejaba ver en cada clase -y hoy se repite en sus discursos y entrevistas- ese odio a los dueños del capital. Mira con recelo los beneficios contables que las empresas logran acumular, porque no puede dejar de ver en ellas a la indebida apropiación de plusvalía por parte del capitalista, entendida como la expresión monetaria del valor que el trabajador asalariado crea por encima del salario que recibe. Esa injusticia social justifica -en su visión- la “acción” del gobierno expropiando o tomando medidas para limitar lo que para él es básicamente un robo.

Kicillof entiende el comercio como un juego de suma cero, donde lo que unos (los empresarios) ganan, es lo que otros (los asalariados o consumidores) pierden, lo que hace que tenga una enorme satisfacción en tomar medidas que reduzcan estos beneficios empresariales. Quizás no seguirá los modos de Moreno, abiertamente criticados por toda la sociedad, pero no me sorprendería que defina estrategias de inversión, o que prohíba el envío de utilidades de empresas extranjeras a sus casas matrices. Tampoco espero que permita las importaciones libres de insumos y bienes de consumo. Su discurso en el marco de la expropiación de Repsol-YPF precisamente iba en ese sentido. Él decía comprender la lógica capitalista de que una empresa tome las ganancias y las invierta donde mejores negocios encuentre, pero esto afectaba los intereses de la nación, y hubo que intervenir. Más bien, señaló que primero se le pidió a la empresa amablemente que cambie su operatoria. Luego se insistió en que reinviertan el capital en el país. Finalmente, ya hubo que actuar con la expropiación. Kicillof entiende entonces que el capital es de la Argentina y que debe responder a los intereses de la Argentina. El problema con Repsol-YPF, por un lado, fue que las propias regulaciones a la empresa le redujeron el margen de ganancia y eso implicó reducir las inversiones y reinvertir en el exterior. El problema con Kicillof, por el otro lado, es que tiene la “fatal arrogancia” de creer que él sabe definir concretamente cuáles son esos intereses colectivos, mucho mejor que los millones de planificadores empresarios que tenemos en el país. En pocas palabras, para Kicillof los fines colectivos están por encima de los fines individuales, y si hay que sacrificar a una serie de empresas o a un grupo de empresarios para ayudar al sostenimiento del modelo, no le temblará el pulso en hacerlo.

Lo mismo se puede decir del tan mencionado desdoblamiento cambiario. Si debe encarecerse el turismo argentino en el exterior, no habrá problemas en hacerlo. Después de todo, que las divisas queden en el país respaldando el dinero local es una función social que está por encima de la libertad individual.

En los papeles Kicillof no puede más que profundizar el modelo. Sin embargo, hay que advertir que si bien cuenta con el respaldo de la Presidente para ejecutar políticas, el oficialismo hoy se encuentra debilitado. Recordemos que en la primera jornada post-nombramiento, el mercado respondió muy mal, con una fuerte baja en la Bolsa porteña. El oficialismo ha perdido mayoría en el Congreso y la sociedad está expectante de no sufrir una nueva crisis como aquella de 2001.

Kicillof será muy claro en sus próximos discursos, y empezará a delinear la política económica del gobierno para los próximos dos años. Pero la claridad que posee Kicillof al explicar sus ideas no evitará las consecuencias indeseadas de ellas.

Mi impresión es que la Presidente ha cometido quizás su mayor error en su “encandilamiento” con Kicillof. La expropiación a Repsol fue un error, pero la implementación de este proceso fue aun más grave que la propia expropiación. Hoy la Argentina aún debe resolver la disputa con la empresa, pero además debe gastar millones de dólares en la importación de gas y combustible que en otro contexto podía producirse en el país.

Cristina Fernández de Kirchner decidió desatender las expectativas del electorado y profundizar un modelo agotado. Todo lo dicho me lleva a confirmar lo mencionado al cierre de la nota anterior. Conjeturo que el desenlace de este modelo no será muy diferente del tan criticado noventismo.

Publicado originalmente en Infobae, miércoles 20 de noviembre de 2013.

El misterioso «socialismo» de Noruega

NoruegaEn paralelo con mi artículo sobre Suecia, publicado en Infobae la semana pasada, surgió una nota en el diario La Nación bajo el título «Noruega, el único socialismo del siglo XXI«. Inmediatamente muchos lectores nos han consultado opinión acerca de este otro caso «exitoso» de socialismo de mercado o Estado de Bienestar.

Lo cierto es que en la propia nota de La Nación uno puede encontrar respuestas. Por ejemplo, Noruega cuenta con una población pequeña de sólo 5 millones de habitantes, los que están parados sobre «100 años de reservas en gas y 50 en petróleo».

El caso requiere investigación, pero aquí me limito a ofrecer lo que el Index of Economic Freedom ofrece en su estudio de 2013. Este indicador nos muestra que la libertad económica no se mide sólo por el tamaño de Estado, sino al menos en otros 9 indicadores adicionales.

Noruega recibe las puntuaciones más altas en Rule of Law (o Estado de Derecho). Es un país donde se respetan los derechos de propiedad, hay reglas de juego claras y estables, y hay bajísimo nivel de corrupción.

Además goza de mercados libres y competitivos, tanto hacia dentro de Noruega como también hacia el exterior. Son tan bajas las regulaciones que afecten la libertad de empresa, que el Banco Mundial engloba a Noruega como una de las 10 economías donde es más fácil hacer negocios (Noruega en el Doing Business).

En el campo monetario, Noruega disfruta de estabilidad monetaria y también de cierta libertad financiera.

Sus puntuaciones más bajas en libertad económica las recibe precisamente en el tamaño del Estado, la presión tributaria y la legislación laboral.

La pregunta que me surge es cuánto de ese gasto se financia con empresas y consumidores, y cuánto se financia con las reservas de gas y petróleo. La nota de La Nación dice que «El Estado grava la producción petrolera con una alícuota del 78% sobre sus ganancias netas.» ¿Cuál sería la presión tributaria de Noruega sin esta alta alícuota sobre la producción petrolera? Quizás descubrimos que la presión tributaria real sobre las empresas y los consumidores no es tan alta como parece.

Y es que Noruega ha logrado independizar su economía local de las reservas de gas y petróleo. Ante la pregunta que surge acerca de cómo ha hecho el gobierno Noruego para evitar que estas reservas causen la conocida enfermedad holandesa, perjudicando los incentivos hacia adentro de su economía, la respuesta es clara:

Las reglas de administración son claras: todo la renta petrolera se nuclea allí. El 96% de las ganancias e intereses se reinvierte fuera del país (para que no puedan ser utilizados políticamente) y el 4% se puede girar al Tesoro para financiar gasto público. A nivel global, los 810.000 millones en activos financieros se distribuyen: 60% en acciones de empresas, 35 a 40% en bonos y hasta un 5% en inmuebles.

Como reflexión final, debo reconocer que el caso requiere más investigación, pero la economía de Noruega es la 31 más libre del mundo, sobre un total de 185 economías que mide el ranking. Superando los 70 puntos, está muy lejos de ser una economía de planificación central socialista. Por el contrario, integra el privilegio de ser una de las economías mayormente libres que, afortunadamente, todavía nos quedan.

Reflexión de domingo: «Provincias pobres y provincias ¿ricas?»

Aporte fiscal neto y pobreza

Compartimos a continuación una nota de Orlando Ferreres donde se analiza la estructura de la pobreza en Argentina. ¿Cuáles son las provincias más pobres? ¿Cuáles son las provincias que más riqueza transfieren? ¿Ayudaron décadas de transferencias a mejorar la situación de estas provincias pobres? El gráfico habla por sí mismo, pero recomendamos leer el artículo para comprender la metodología del estudio y observar algunas conclusiones fundamentales presentadas por Ferreres.

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Nuevo Número del QJAE, Vol 16, No. 3

qjaecoverEl QJAE acaba de publicar on line los artículos de su Vol. 16, No. 3.

Fritz Machlup and the Bellagio Group: Solutions to Liquidity, Adjustment and Confidence Problems and Their Opportunity Costs – by Carol M. Connell

A Note on Two Erroneous Ways of Defending the Pure Time Preference Theory of Interest – by Mihai Vladimir Topan and Cristian Paun

Comment on «A Note on Two Erroneous Ways of Defending the Pure Time Preference Theory of Interest» – by Jeffrey M. Herbener

The Theory of Interpretive Frameworks: Ceteris Non Paribus – by Paul D. Mueller

An Appreciation of B.R. Shenoy, Economist – by Sandeep Prakash

Review of Antifragile: Things that Gain by Nassim Nicholas Taleb – Reviewed by David Howden

The Great Deformation: The Corruption of Capitalism in America by David A. Stockman – by Thomas J. DiLorenzo

Mitos en torno a Suecia y el Estado de Bienestar

SueciaEn numerosos debates acerca del socialismo de mercado y el Estado de Bienestar surge el caso de Suecia como un ejemplo a imitar. En este artículo, resumo una parte de la literatura que emerge para mostrar que la experiencia de Suecia no ha sido tan exitosa como gran parte de la opinión pública sugiere.

Mitos en torno a Suecia y el Estado de Bienestar

En la literatura se considera a los países nórdicos como aquellos que han logrado disfrutar de los beneficios del “socialismo de mercado” y el “Estado de Bienestar”, caracterizado como un sistema intermedio entre la economía de mercado y la economía socialista, que toma lo mejor de cada uno y deja de lado sus fallas. Entre estos países nórdicos, se dice, Suecia ha encontrado el modo de alcanzar los más elevados niveles mundiales de igualdad social, sin coartar el espíritu empresarial. Suecia se presentaría como el modelo a seguir, por países avanzados y en desarrollo, por haber alcanzado un equilibrio entre la equidad y la eficiencia. El objetivo de este artículo es analizar el debate entre economía de mercado y Estado de Bienestar, sobre la base del caso sueco. En la literatura, y también en la opinión pública, predomina un mito sobre la economía sueca y su Estado de Bienestar que es necesario reconsiderar.

El modelo capitalista sueco

Hacia finales del siglo XIX, Suecia inició un período exitoso de desarrollo económico construido sobre la base de la economía de mercado. Johan Norberg, en un artículo acerca de los “modelos suecos” (2006), explica que “los comerciantes suecos podían exportar hierro, acero y madera, y los empresarios crearon innovadoras empresas industriales que se volvieron líderes mundiales. Entre 1860 y 1910 los salarios reales de los trabajadores industriales crecieron en un 25% por década, y el gasto público en Suecia no rebasó el 10% del PIB”. En 1932, el Partido Socialdemócrata llega al poder. Y no fue algo coyuntural. Entre 1930 y 1988 este partido contó con un apoyo electoral del 40%, según documenta Mauricio Rojas en el libro Suecia después del modelo sueco, publicado por la Fundación CADAL (2005). Se trataba de un partido de clase media, el cual se esforzó por crear sistemas de seguridad social que permitieran extender beneficios en jubilaciones, desempleo, maternidad y salud a toda la población. La política aplicada fue de socialización gradual por el lado del consumo, esto es, el cobro de impuestos a los trabajadores para ofrecer estos servicios a toda la población, pero sin controlar ni intervenir en los medios de producción. Norberg explica, sin embargo, que hasta 1950 “el peso total de los impuestos no era mayor al 21 % del PIB, más bajo que en los Estados Unidos y Europea Occidental”. Hay que destacar que Suecia se mantuvo al margen de las dos guerras mundiales, lo que permitió a la economía alcanzar resultados asombrosos. Suecia era un país rico. En 1970 tenía el cuarto ingreso per cápita más alto del mundo, de acuerdo con estadísticas de la OCDE.

El modelo sueco del Estado de Bienestar

Pero entonces comenzó un cambio de paradigma y Suecia terminó por abandonar los principios que le habían permitido hasta entonces alcanzar niveles elevados de bienestar. Los socialdemócratas expandieron la asistencia social y el mercado laboral se volvió enormemente regulado. El gasto público entre 1960 y 1980 se elevó del 31 al 60 % del PIB, lo que requirió que entre 1960 y 1989 se duplicara la carga tributaria, del 28 al 56 % del PIB. Fue entonces que el modelo mostró dificultades. La economía de mercado fue transformada en una economía planificada, algo que se observó en el abandono de una economía industrial para ofrecer fundamentalmente servicios. A medida que más trabajadores abandonaban sus empleos y se sumaban a la asistencia social, los impuestos recaudados se reducían, y el gasto aumentaba, lo que llevó al país a evidenciar problemas fiscales serios. Lo dicho llevó a la economía a moderar su magnífico desarrollo previo. Norberg nos ilustra señalando que entre 1975 y 2000, mientras el ingreso per cápita creció un 72% en Estados Unidos y un 64% en Europa Occidental, el de Suecia sólo creció en un 43%. Para el año 2000, Suecia cayó al lugar 14 en el ranking de la OCDE sobre ingreso per cápita. En 1990, la grave crisis económica mostró una pérdida de 500.000 puestos de trabajo, superando la tasa de desempleo el 12%. El exitoso modelo sueco se convirtió en un fracaso. Y esto ocurrió porque el “modelo sueco de mercado” practicado hasta 1950, fue abandonado por el hoy conocido “modelo sueco” del Estado de Bienestar. El enorme costo de la burocracia se hizo presente.

Radiografía del problema sueco

Norberg explica que el problema central del nuevo modelo sueco es que “erosionó los principios básicos que volvieron viable el modelo en primer lugar.” “El servicio civil es un ejemplo portentoso de este fenómeno. La eficiencia del servicio civil significaba que el gobierno podría expandirse, pero esta expansión empezó a dañar su eficiencia. De acuerdo a un estudio de 23 países desarrollados del Banco Central Europeo, Suecia ahora obtiene el menor servicio por dólar gastado del gobierno”. En el campo de la salud por ejemplo, Norberg cita un estudio de la Asociación Sueca de Autoridades Locales y Regiones, quienes informan “que los doctores suecos atienden a cuatro pacientes al día en promedio, una reducción del promedio de nueve que tenían en 1975. Es menor que en cualquier otro país de la OCDE, y menos que la mitad del promedio. Una razón es que un doctor sueco consume entre el 50% y 80% de su tiempo en trámite administrativos”. Mauricio Rojas, por su parte, explica que la mayor asistencia social indujo a un aumento de la tasa de población pasiva sobre la tasa de población activa. Los incentivos al trabajo fueron modificados y con ello un país exitoso y rico, comenzó a mostrar resultados opuestos sobre el bienestar.

El retorno al capitalismo

La crisis económica de 1990 llevó al electorado a abandonar su apoyo por el partido socialdemócrata, y Carl Bildt inició un proceso de desmantelamiento del estado benefactor maximalista. Paliar el déficit fiscal implicó recortar gastos y beneficios provistos por el Estado. Poco a poco la población sueca perdió su confianza en el estado benefactor y se abrió paso a la privatización de los servicios públicos. Suecia es un ejemplo en la implementación del sistema de Vouchers para el sistema educativo, reforma desarrollada en 1992. La aparición de bolsones de exclusión llevó entonces al electorado a apoyar nuevamente al partido socialdemócrata, pero en lugar de revertir las medidas practicadas entre 1991-1994, las reformas fueron profundizadas. Esto permitió sanear las cuentas fiscales, bajar la deuda pública y reducir la carga tributaria. Siguiendo el modelo chileno, Suecia privatizó el sistema de pensiones, permitiendo que la población activa elija sus administradoras privadas. Las privatizaciones llegaron también a las telecomunicaciones, los transportes, la infraestructura, la energía y el correo. En el caso de la salud, si bien aparecieron proveedores privados, se mantuvo el servicio público dando lugar a vías paralelas de acceso. Esto originó cierta desigualdad entre quienes pueden pagar y quienes no pueden hacerlo, y más aún entre las diferentes regiones del país, pero el pueblo aceptó el costo de la pérdida de equidad, a cambio de un país en funcionamiento y desarrollo. El crecimiento económico desde entonces es aceptable, pero los desafíos para el futuro abren una incógnita sobre la economía sueca. ¿Podrá Suecia mantener el sistema capitalista que la llevó a ser el cuarto país con mayor PIB per cápita del mundo? ¿O retornará ese Estado de Bienestar que se transformó en parte de la cultura de quienes hoy componen la población activa? Lo cierto es que en estas últimas décadas, el proceso inmigratorio ha sido muy fuerte y la población activa ya no se presenta tan homogénea como lo era en los años 1950.

Reflexión final

A modo de cierre, basta decir que el modelo sueco del Estado de Bienestar no ha sido exitoso y no debiera ser simulado por los países latinoamericanos, ni por los europeos, ni tampoco por los Estados Unidos. Los costos de eficiencia y bienestar de practicar tal modelo están a la vista. Serán necesarios nuevos esfuerzos en los estudios históricos de tales experiencias para evitar que el mito de la economía sueca y el Estado de Bienestar hoy vigente, sea difundido entre los profesionales que hoy están formándose y que liderarán la política económica del mañana.

Artículo publicado originalmente en GPS Económico, No. 4. Reproducido en Infobae el lunes 11 de noviembre de 2013.

Reflexión de domingo: «Las leyes económicas»

CRBCarlos Rodríguez Braun resume en esta columna la aportación de Joseph Edward Keckeissen en su tesis doctoral acerca del significado de las leyes económicas.

Las Leyes Económicas

De la interesante historia de las elusivas leyes económicas trató Joseph Edward Keckeissen en The meanings of economic law, tesis doctoral presentada en la Universidad de Nueva York en 1976 bajo la dirección de Israel Kirzner, y que ahora verá la luz gracias a la traducción de Julio H. Cole, económetra y profesor de la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala.

El racionalismo cartesiano subrayó el poder de la razón humana: “La ley natural pasó a significar no un código ético preexistente, sino la idea analítica de que la sociedad posee una coherencia inherente que puede ser descubierta por la razón humana consciente”. Para los pensadores medievales la realidad era reconocible por la razón pero las instituciones no eran inventadas por ella sino que eran naturales o espontáneas; contra eso se alzaron Bacon, Hobbes y sobre todo Descartes, y del nuevo iusnaturalismo emergen los fisiócratas, los marxistas y los utilitaristas, aunque éstos pueden ser constructivistas como Bentham, que creen en la organización de la sociedad para llegar a un orden deseable, y los que Hayek llamó utilitaristas genéricos, como Hume, que parten de la limitación de nuestra razón y confían más en el respeto a reglas abstractas; ahí se inscribe Adam Smith y su “sistema de la libertad natural”.

Tras revisar los distintos tipos de leyes de los economistas clásicos y neoclásicos, Keckeissen analiza finalmente dos escuelas opuestas pero que sin embargo coinciden en defender leyes estrictas en economía: la austriaca y la marxista. Para los austriacos la economía es nomotética, enuncia principios generales que son apodícticos, necesariamente ciertos. Mises concibe la economía como la lógica o las matemáticas, algo a priori sin referencia a la experiencia, y que tiene validez universal, por encima de espacio y tiempo, razas, nacionalidades, clases, etc.; no admite la cuantificación, porque no hay constantes en las relaciones humanas. Las leyes apriorísticas no pueden ser refutadas pero tampoco verificadas; no derivan de la experiencia, son lógicamente anteriores a ella; pretenden explicar la naturaleza de las regularidades de la conducta humana, pero no son como las leyes históricas, porque valen para todos los tiempos, como la ley de Gresham o la ley de asociación de Ricardo. No necesitan requisitos especiales, como la competencia perfecta, ni recurren a supuestos como el ceteris paribus.

También el marxismo cree en leyes universalmente aplicables que cubren toda la actividad humana. La diferencia con los austriacos es que el marxismo no se construye a partir de algunos postulados elementales sino de una grandiosa filosofía materialista monista fundada en la eternidad de la dialéctica. Por eso los austriacos vieron progreso económico en el siglo XIX, tal como histórica y comparativamente sucedió, y lo explicaron a partir de regularidades a priori, mientras que los marxistas sólo vieron en ese mismo periodo miseria derivada de la contradicción inevitable de las cosas.

Publicado originalmente en Expansión, el 4 de noviembre de 2013.

Nuevo aniversario de la Caída del Muro de Berlín

Berlin

Hoy, 9 de noviembre de 2013, se cumplen 24 años desde la caída del muro de Berlín. Hace 9 años, escribía el artículo de abajo, que quizás resulte de interés para nuestros lectores. Los invitamos a ofrecer sus reflexiones y actualizar la información que allí se expone.
A 15 años de la caída del Muro de Berlín
La historia económica nos ha provisto de varios ejemplos interesantes como prueba empírica de los diferentes resultados que genera el capitalismo y el socialismo. Tal es el caso de Alemania Occidental y Oriental; Hong Kong y China; Corea del Sur y del Norte. En esta oportunidad nos inclinaremos por profundizar, aunque ea un poco, en el caso alemán.
Un poco de historia
Alemania es la tercer potencia económica mundial después de Estados Unidos y Japón. Francia es su principal socio comercial y juntos son considerados como el motor económico de la Unión Europea.
El actual poder de la economía alemana se cimentó desde el siglo XVIII, pero sólo fue a partir de 1871 con el triunfo de Prusia en la Guerra franco-prusiana que dicho poder se consolidó haciendo del Segundo Reich uno de los actores predominantes de la economía mundial. Posteriormente con el fin de la Primera Guerra Mundial, Alemania conoció un período de grave crisis económica que fue en alguna medida superado durante el Tercer Reich sólo para volver a sumirse en una crisis tras la Segunda Guerra Mundial. Fue justamente el desenlace de dicha Guerra el que desembocó primero en la división del país y quince años más tarde en la construcción del Muro de Berlín. Un 15 de junio de 1961 cientos de guardias coartaban el acceso de calles y avenidas principales prohibiendo el cruce de un lado a otro de la ciudad. Estaban construyendo el infame Muro de Berlín: un muro de cemento de 5 metros de alto y 120 kilómetros de largo, coronado con alambre de púa y vigilado por guardias, ametralladoras, vallas electrificadas y minas; una muralla que, al revés de sus antecesoras, no tenía como objetivo repeler invasiones foráneas sino impedir la fuga de sus propios ciudadanos.
A lo largo de su historia (1961-1989), aproximadamente 5000 personas consiguieron cruzar arriesgando sus vidas. Un número similar de alemanes orientales fueron capturados mientras lo intentaban y 191 murieron en su intento de acceder a Berlín Occidental.
Mientras Alemania Occidental iniciaba una sostenida recuperación conocida como el “milagro alemán”, Alemania Oriental se hundía en la pobreza. Mientras el libre proceso de mercado, la libertad individual, el gobierno limitado y el capitalismo en su conjunto desarrollaban a una de las potencias mundiales, el sistema comunista demostraba toda su incapacidad para desarrollar la economía de Alemania Oriental.
Dos sistemas diferentes para un mismo territorio, con idéntica cultura y recursos demostraban en la práctica los resultados que varios teóricos demostraron en los libros. Marx por un lado, Mises por otro. El “Manifiesto Comunista” o “El Capital” por un lado, el Tratado de Economía “Acción Humana” por otro. Fue justamente Ludwig von Mises quien a través de su teoría de la imposibilidad del cálculo económico en el socialismo (o en este caso en el Comunismo) la que predecía los resultados de las políticas aplicadas en ambos lados de la Cortina de hierro.

Los resultados de la Reunificación

Hace 15 años, el 9 de noviembre de 1989, se derribó aquel Muro de Berlín, barriendo así al sistema comunista de Europa en su conjunto. Alemania se está enfrentando desde entonces al enorme problema de levantar la economía devastada de su parte oriental después de 45 años de gobierno comunista. Por supuesto 15 años no alcanzan para igualar la calidad de vida de ambos estados, pero sí se evidencian mejoras sustentables. Desde 1991 los estados de la ex Alemania Oriental han experimentado un crecimiento económico del 8% anual, mientras que el total de la economía alemana creció sólo un 2%.
Según comenta un periodista Alemán “En el territorio en el que gobernaba un régimen comunista, hoy reina la democracia, la economía de mercado y se han establecido nuevas infraestructuras que se cuentan entre las más modernas de Europa. En lo que a principios de los 90 era una región ampliamente subdesarrollada en comparación con la media europea, ciudades como Leipzig o Dresde han conseguido atraer multimillonarias inversiones por parte de grandes empresas del sector del automóvil, como BMW, Porsche o Volkswagen, o de fabricantes de chips como AMD. El mismo Berlín parece recuperado de décadas de división a causa del Muro y se cuenta ya entre las capitales más atractivas de Europa.”
Por otro lado, debemos remarcar las consecuencias negativas de la unificación. Los costos operativos (salarios, alquileres, etc.) relativamente bajos, llevan a los capitalistas a reinvertir su capital desde el occidente hacia el oriente alemán. Esto ha desembocado en quejas de los alcaldes locales de la ex Alemania Occidental respecto de la unificación dado que resienten su economía local. En algunos pueblos aquellas empresas eran la única fuente de trabajo.
Por su parte, la ex Alemania Oriental aun tiene mucho por mejorar. De hecho, un 17,4% de la población está desempleada y más de 171.000 personas reciben ayuda social.

El “impuesto solidario” no es el mejor camino

Por supuesto debemos remarcar que aquel “liberalismo económico y político” que se cristalizaba en las políticas económicas del “milagro alemán” ya no están presentes incluso en la Alemania Occidental o en toda Europa. Sólo con mencionar que más del 70 % de la renta nacional es absorbida por el aparato estatal demuestran que el Socialismo está presente. La recuperación de Alemania Oriental podría ser mucho más acelerada con simplemente recurrir a los mismos principios del “milagro alemán”, esto es, libertad individual, economía de mercado y gobierno limitado. No obstante, los hacedores de políticas públicas han privilegiado aplicar una redistribución desde la región más pudiente hacia la menos pudiente. No menos de 1.5 billones de euros de fondos públicos fueron invertidos en el este, en particular vía un “impuesto de solidaridad”. De aquí a 2019, otro monto semejante de euros están previstos en el marco del “Pacto de solidaridad”.
También se ha desarrollado “un operativo financiero que apunta a la privatización masiva de las empresas estatales del este”. La privatización de las empresas estatales fue subsidiada masivamente por el estado alemán que se hizo cargo de la deuda externa de la RDA y de las deudas internas y externas de sus empresas, lo que provocó una descomunal emisión monetaria y un crecimiento espectacular del déficit fiscal.

La lección

El caso alemán ha resultado en un inmejorable ejemplo de los resultados que provoca la planificación de la producción descentralizadamente desde los empresarios vs. la planificación de la producción centralizadamente desde el estado. Alemania Occidental ha sido una potencia mundial que ha alcanzado un nivel de vida de los más altos del mundo para toda su población. Alemania Oriental ha sido todo lo opuesto.
Ludwig von Mises, un economista austriaco que ha tenido que abandonar su país natal por el ataque nazi y que ha dedicado gran parte de su vida profesional a destruir intelectualmente el intervencionismo, concluye: “Lo único que el gobierno puede hacer para mejorar el bienestar material de las masas es establecer y preservar un orden institucional en el cual no existan obstáculos para la acumulación progresiva de nuevos capitales, ni para su utilización en el mejoramiento de las técnicas de producción.” Este orden institucional ya ha sido provisto a la ex Alemania Oriental con sólo integrarse a la ex Alemania Occidental. No hay nada más que el gobierno federal alemán deba hacer para recuperar la economía. Debemos dejar en manos del libre proceso de mercado, la libertad individual y el gobierno limitado la reconstrucción de la economía alemana en su conjunto.
El Comunismo le ha impedido a los alemanes disfrutar de un nivel de vida muy superior durante casi medio siglo. No dejemos que el Socialismo de Mercado les niegue el bienestar por otro medio siglo más.
  • Artículo publicado en el sitio de la Fundación Atlas para una Sociedad Libre, 15 de noviembre de 2004

The Fed at 100 – by Gerald O´Driscoll

Fed100

Gerald P. O’Driscoll revisa la historia de la banca central. Argumenta que una banca descentralizada es posible, pero alcanzarla será difícil. Bajo un régimen de dinero mercancía, los bancos centrales no son necesarias ni particularmente peligrosos, mientras que en un régimen de dinero fiduciario, los bancos centrales son capaces de ejercer una influencia sustancial sobre la política monetaria. La gestión monetaria de la Fed ha sido, en palabras de O’Driscoll, «nada envidiable.» Los gobiernos han llegado a depender de los bancos centrales para financiar los déficit y gastar más de lo que de otro modo podría. Para prescindir de los bancos centrales, sin embargo, primero tenemos que reducir el propio presupuesto federal, y esto no será una tarea fácil.

Próximamente:

Essays by Lawrence H. White, November 6; Scott Sumner, November 8; and Jerry L. Jordan, November 11.