Mises refuta a Piketty

En el año 2014 el economista francés Thomas Piketty volvió a encender el debate por la desigualdad económica. Con su libro El Capital en el Siglo XXI, que fue récord de ventas ese año (aunque sus compradores no lo hayan leído demasiado), Piketty saltó a la fama mundial y recorrió varios continentes dando conferencias y entrevistas. Aún hoy, el autor sigue publicando. Su obra más reciente se titula Capital e Ideología, otro tratado que -en su versión en español- se extienden por más de 1200 páginas.

¿Cuál era la tesis central de PIketty? Que la desigualdad estaba en niveles máximos y que el origen de la misma era que el rendimiento sobre el capital crecía más rápido de lo que lo hacía la economía en su conjunto. Piketty resumió esto en una brevísima notación matemática: r>g, donde “r” es el rendimiento del capital y “g” el crecimiento de la economía.

En una charla que dio en Buenos Aires y que presencié, proyectó esta idea con números concretos.

Lo que el cuadro 12.1 muestra es que el crecimiento promedio anual de la riqueza de los “megarricos” crecía entre el 6,4% y el 6,8%, mientras que el crecimiento de la riqueza promedio (per cápita) corría al 2,1%, y el PBI mundial avanzaba al 3,3%.

Esto obviamente demostraba que:

r (6,4-6,8%) > g (3,3%) > gpc (2,1%)

La imagen que transmite este concepto es sencilla: aquellos que tienen gran capital, pueden invertirlo a una tasa que triplica la del adulto promedio. Es decir que la brecha entre los que tienen grandes capitales y el común de los mortales tenderá siempre a incrementarse.

Si en el año 0 el capital de María (que es 50% mayor al de Pablo) crece al 6,8% anual y el de Pablo solo puede crecer al 2,1%, entonces al cabo de 50 años, la diferencia de riqueza será de 1.324%. Es decir, la desigualdad se habrá multiplicado por un factor de 9,5.

A esta conclusión se llega por una sencilla fórmula de cálculo financiero, que dice que el capital final es igual al capital inicial multiplicado por la tasa de interés elevada al número de períodos en los que se reinvierten el capital y los intereses.

Cf=Ci*(1+r)n

Puesta así, la tesis de Piketty parece irrefutable. No solo arribó a sus números con una larga investigación empírica, sino que, desde un punto de vista financiero, la conclusión sobre la desigualdad creciente es inevitable. Si la “r” de María es superior a la “r” de Pablo (que es “g” per cápita, “gpc”), entonces los ricos serán siempre cada vez más ricos y, en términos relativos, el ciudadano promedio será cada vez más pobre.

¿Cómo se determina “r”?

Pero las apariencias engañan. Y eso mismo pasa con la aparente contundencia del postulado del economista francés. Es que hay al menos dos problemas en el planteo. El primero es que el cuadro presentado más arriba comete el error del exceso de agregación. Es decir, toma a los megarricos como un todo homogéneo, ignorando quiénes forman parte de ese grupo en cada momento del tiempo (ver más aquí) y por qué.

El segundo es que la famosa “r”, o tasa de rendimiento sobre el capital, no está dada para nadie en particular. Es decir, no se trata de tener un capital y que, como hay una “r” de los superricos, invertirlo y simplemente esperar los frutos tan preciados. Esta idea, que puede tener una lógica financiera y contable para explicar cómo funciona la “capitalización”, no tiene lógica económica.

Lo paradójico es que quien explicó acabadamente este asunto fue Ludwig von Mises, en su texto Socialismo, 92 años antes de la publicación de El Capital en el Siglo XXI.

En el capítulo 24 de la sección segunda de la tercera parte de su tratado, Mises explica “la formación de las fortunas bajo el régimen de cambio”. La sección está incluida justamente en una parte enteramente dedicada a responder la crítica sobre la concentración de la riqueza en el capitalismo.

Lo primero que hace Mises es rechazar la idea de que el “juego del mercado” es un juego de suma cero, donde unos ganan a costa de otros:

“En una sociedad, la creación constante de nuevas riquezas y de nuevas miserias hiere vivamente la vista, mientras que la disgregación de las viejas fortunas y el acceso lento al bienestar de las capas menos favorecidas escapan fácilmente a una observación superficial. ¿Cómo no habría uno de estar inclinado a sacar esta conclusión apresurada que la teoría socialista resume en la célebre fórmula: el rico más rico, el pobre más pobre?

Son inútiles largas explicaciones para demostrar la fragilidad de esta tesis. Es una afirmación carente de base decir que en la sociedad que se funda en la división del trabajo la riqueza de los unos acarrea la pobreza de los otros”

(En un post aquí ofrecemos números que demuestran lo que Mises enuncia arriba.)

Algo más adelante, Mises responde directamente el planteo pikettiano, al que equipara con una filosofía “del hombre de la calle” (negritas mías):

“Las fortunas invertidas en capital no son, como se lo imagina la filosofía económica del hombre de la calle en su ingenuidad, fuentes inagotables de ingreso. El capital no produce frutos; más aún, no se conserva mediante una especie de fenómeno natural espontáneo. Los bienes concretos de que se compone desaparecen en la producción; dejan lugar a otros bienes, a bienes de consumo cuyo valor debe servir para reconstituir el valor del capital mismo. Pero esto no puede ocurrir así, a no ser que el proceso de la producción se desarrolle favorablemente, a decir, que el rendimiento sea superior a la inversión.”

Lo que Mises está diciendo es que “r” no es un elemento dado para ninguna persona en particular, sino que es un rendimiento que depende de cuán buena o mala haya sido la inversión. Y eso no depende de ser rico o pobre, sino de -digamos- la visión de negocio que tiene el empresario o inversor.

Continúa el austriaco:

“Y este proceso favorable es necesario no solamente para permitir al capital proporcionar una ganancia, sino para permitirle renovarse. Rendimiento y conservación del capital son siempre el producto de una feliz especulación. Si la especulación resulta mal, no solamente desaparece la ganancia, sino que sufre perjuicio la sustancia misma del capital (…) Quienquiera que desee tener una fortuna constituida por capitales debe ganarla de nuevo todos los días. Un patrimonio así no es fuente de ingresos de la que pueda gozarse por largo tiempo en la inercia”

Mises continúa y se refiere precisamente a los análisis estadísticos del tipo que Piketty ofreció en 2014:

“Los estadísticos han calculado el monto que habría alcanzado un centavo invertido a interés compuesto durante la época de Jesucristo. Los resultados a que se ha llegado son de tal modo extraordinarios que puede uno preguntarse cómo es que nunca haya nadie tenido la previsión de asegurar por este medio el porvenir de su casa.”

Yendo a un ejemplo concreto, si se hubiesen invertido USD 1.000 en acciones de Amazon en 1997, hoy ese monto ascendería nada menos que a USD 2,34 millones.

Pero si era tan fácil incrementar la riqueza al 38% anual acumulado, ¿cómo es que tan pocos lo lograron? Por otro lado, ¿fue la riqueza pasada lo que garantizó la riqueza futura, o fue la extraordinaria performance de una empresa que supo servir bien a sus consumidores lo que generó la enorme tasa de rendimiento (“r”) que derivó en fortuna?

Sin duda tener USD 1.000 era un requisito necesario para obtener toda la ganancia que ofrecieron las acciones de Amazon. Pero tampoco deberían quedar dudas de que no es un requisito suficiente.

Mises aborda este tema en la página 379 (año 2017, Unión Editorial):

“Pero si los capitales no se incrementan por sí mismos, si su simple conservación y mayormente su fructificación y su incremento exigen la intervención permanente de especulaciones acertadas, no puede ser ya cosa de una tendencia al aumento continuo de las fortunas. Estas no pueden acrecentarse: hay que acrecentarlas. Para conseguirlo es indispensable la actividad atinada del empresario. El capital no se reproduce, no da frutos, no se aumenta sino en tanto que se hacen sentir los efectos de una buena inversión.”

El punto que hace Mises es crucial. No se trata de que “los ricos” tengan asegurada una tasa de rendimiento para su capital, sino que cualquier persona puede convertirse en rica si logra que “r” sea alta.

Pero eso no depende (al menos no de forma determinante) del punto de partida. Así como una persona puede incrementar su fortuna por invertir bien (“r” elevada), otra puede dilapidarla por invertir mal (“r” baja respecto del promedio o incluso negativa).

¿Cuánto vale una casa?

Para Piketty el capital inicial determina el ingreso de las personas gracias al rendimiento generado “r”. Riqueza presente, entonces, determina ingresos y (por acumulación) riqueza futuros. El problema es que, como explicó Holcombe en un lúcido artículo en línea con Mises:

“… esto es exactamente al revés (…) El capital no tiene algún valor, que luego genera un rendimiento para proporcionar ingresos a los propietarios del capital. Más bien, el capital consiste en activos productivos que generan un rendimiento, y el valor del stock de capital está determinado por el rendimiento que genera, en lugar de, como lo describe Piketty, que el rendimiento esté determinado por su valor.”

Esto puede verse fácilmente con el valor de una casa. Claro, tener una casa puede significar hacerse poseedor de una corriente de ingresos derivada del alquiler, pero el alquiler es un fenómeno de mercado.

Supongamos que la casa cuesta USD 100.000 y se puede obtener, en concepto de alquiler, USD 3.000 por año (3%). ¿Es que los USD 100.000 que vale la casa determinan los ingresos que esa casa genera, como diría Piketty? ¿O es que, dado que la casa puede generar USD 3.000 por año, los potenciales compradores están dispuestos a pagar hasta USD 100.000, para hacerse de esa corriente de ingresos futuros?

¿Qué pasaría con el valor de la casa si, producto de un aumento de la inseguridad en el barrio donde ésta se encuentre, el máximo alquiler posible bajara a USD 1500? Dicho de forma más técnica: ¿cuál es el valor del un activo si el flujo de fondos que promete es de USD 3000 por año, respecto de uno que ofrece solamente la mitad?

Contrariamente a lo que dice Piketty, entonces, no importa realmente cuál sea el valor del capital inicial, sino la capacidad humana para tomar buenas decisiones en cuanto a la tasa de rendimiento que se le puede sacar a un activo cualquiera.

Y en una economía de mercado, este será el elemento principal que explique las desigualdades económicas. Quienes estén “en la cima de la pirámide”, serán aquellos empresarios, emprendedores o inversores que mejor rendimiento puedan obtener de su capital, negocio o inversión. Lo bueno es que del otro lado del mostrador estarán los consumidores, que son los que, en última instancia, determinan dicho rendimiento en base en base a cuán bien se satisfagan sus necesidades.

El mercado, entonces, no es un juego de suma cero y la economía no es una torta fija que haya que distribuir de forma equitativa. Mises refutó a Piketty 92 años antes que éste publicara su manifiesto sobre la desigualdad. Tal vez el francés no hizo tiempo a leerlo.

15 Años de Inflación

El año terminó con una inflación del 50.9%. Un número récord a nivel mundial. Si no estuviesemos hablando de Argentina, este sería un número inaceptable que provocaría una fuerte crisis política. Luego del impacto en la inflación de la crisis del 2001, podemos tomar el 2007 como el inicio del actual proceso inflacionario. Son ya 15 años de una inflación en tendencia ascendente sin miras de mejorar en el corto o mediano plazo.

Veamos primero los datos. La siguiente tabla muestra la inflación anual del 2007 a la fecha. La inflación oficial incluye la intervención al Indec, mientras que la inflación corregida lo hace en base al IPC Congreso (sorprende que los datos del IPC Congreso no estén disponibles online). Más allá de ciertas oscilaciones, la tendencia es claramente ascendente. En el 2007 la inflación fue «sólo» del 25.7%. De la tabla también se desprende que (1) la inflación comenzó con Néstor Kirchner (no con CFK), y (2) que el Indec estuvo intervenido 9 de los 15 años que lleva este proceso inflacionario.

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Stiglitz y el Milagro Argentino

Para algunos, la economía Argentina es un milagro. El milagro no es que el país siga en pie, el milagro es lo bien que le está yando al país en la economía post Covid-19. Ese es, resumido, el argumento de Stiglitz en una columna en Project Syndicate que no pasó desapercibida.

La nota en definitiva parece estar motivada a que el FMI sea flexible con Argentina y deje de lado las «vijas políticas de austeridad». Curiosamente la nota no menciona un potencial conflicto de interés: Stiglitz fue el supervisor de Guzmán en Columiba University cuando estaba haciendo su post-doctorado.

Mis comentario a la nota de Stiglitz:

Joseph E. Stiglitz offers a surprising statement about Argentina when he says that “thanks to the current government’s policies to strengthen the real economy, [Argentina] has been enjoying a remarkable recovery”. For everyone familiar with the Argentine economic situation, Stigtliz’s words are surprising. It takes special skills to see an economic miracle in a country on the brink of a major economic crisis.

A fake miracle

Stiglitz bases his argument on Argentina’s real GDP growth of 11.9% in Q3 of 2021. What goes unmentioned in his article is a 10.2% fall of Argentina’s GDP in the Q3 of 2020. This is important because is natural for a large growth rate to follow a large fall. The miracle looks even less impressive if we compare real GDP in Q3 of 2021 with that of 2019. What we find is GDP in Q3 of 2021 mere 0.5% higher than GDP in Q3 2019. More than a miracle, Argentina offers a textbook definition of recovery. Economic growth is an increase in output capacity and not a just a closing of the output gap*. If you did not know, Argentina stagnated in 2011 (notice the graph below taken from El Hub Económico).

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Raíces del pensamiento económico argentino, en INFOBAE

He tenido el placer de editar el libro que lleva el título de esta nota, convocando a expertos que representan distintas corrientes de pensamiento económico con ideas fundadas en Europa, Estados Unidos o Latinoamérica, pero que luego fueron importadas en nuestro país y ampliadas a través de personas e instituciones que trabajaron por décadas con ese objetivo.

Virreinato del Río de La Plata: La primera referencia es con la llegada de los barcos españoles al continente americano, producto de cierto mercantilismo que nace en Inglaterra y Francia, que luego adquiere su propio proceso en España y que se plasmó en el gobierno de los virreinatos que se impusieron a lo que hoy es nuestro territorio nacional. En esos siglos de dominio español, nuestro territorio estuvo plagado de restricciones al comercio, lo que impidió que el desarrollo económico y el progreso ocurrieran antes del modelo agro exportador.

Manuel Belgrano e Hipólito Vieytes: Mientras el primero estudió en Europa y se acercó a las ideas del Laissez Faire y Adam Smith, Vieytes tuvo un proceso más latino, pero llegando a las mismas fuentes. En los distintos periódicos que circularon poco antes de la Revolución de Mayo (me refiero al Telégrafo Mercantil y al Semanario de Agricultura, Industria y Comercio), tanto Belgrano como Vieytes le dieron a nuestras tierras las primeras pinceladas liberales. Es cierto que la Revolución de Mayo ocurre en paralelo con las batallas entre Francia y España, que mantenían a los monarcas españoles preocupados por defender territorio propio, pero también había en lo que hoy es el territorio argentino fuerzas locales que exigían cierto liberalismo del comercio para alcanzar el progreso. Belgrano y Vieytes le dieron a esa Revolución un espíritu liberal, no solo para recuperar libertades individuales y buscar un desarrollo local propio, sino también para liberar el comercio.

La Generación del 37: Rodeados de guerras civiles, intelectuales como Esteban Echeverría (1805-1851), Juan María Gutiérrez (1809-1878), Juan Bautista Alberdi (1810-1884) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) lograron crear una isla de diálogo en la que fueron construyendo las bases de nuestra Argentina. Había diferencias entre ellos, claramente, pero coincidían en la importancia del comercio como base del progreso, y cuestionaban las regulaciones y los monopolios.

Las Bases de Alberdi: Esa isla intelectual fue inspiración de nuestra arquitectura constitucional, la que se puede leer en las Bases de Juan Bautista Alberdi. Como bien dice el historiador Ricardo López Gottig las ideas liberales plasmadas en nuestra Constitución de 1853, “no fueron monopolio de Alberdi”. Aun así, su trabajo fue fundamental para recoger e importar instituciones, reglas de juego, debates y experiencias que había acontecido en Europa y Norteamérica. Es a partir de ese marco constitucional que Argentina despega, alcanzando un desarrollo económico milagroso, atrayendo inmigrantes con el florecimiento del comercio y el consecuente progreso.

Quizás una primera conclusión de este estudio es que el siglo XIX de la Argentina fue liberal, con excelentes resultados que se pueden observar en indicadores económicos y sociales.

El socialismo librecambista: Incluso en ciertos socialistas que participaron de debates parlamentarios como Juan B. Justo -quien tradujo El Capital de Marx al español- se observa cierto pedido de libre comercio, entendiendo que la libre importación de alimentos reducía los precios que beneficiaban al trabajador.

John Maynard Keynes y Raúl Prebisch: Las circunstancias históricas, sin embargo, cambian con la primera guerra mundial y la gran depresión de los años 1930, y emerge en el mundo desarrollado la figura de John Maynard Keynes. Keynes pedía cierto estado presente y cierta política económica estabilizadora para enfrentar la gran depresión, lo que no significa justificar los excesos que el mundo cometió en su nombre en el siglo XX. En Argentina fue especialmente importante la figura de Raúl Prebisch, recibiendo la influencia de Keynes, pero dándole una forma local propia. Una diferencia sustancial entre ambos es que Keynes, fundamentaba la intervención con ánimo de estimular la demanda agregada en un contexto de crisis y recursos ociosos; Prebisch, sin embargo, tiene un ánimo más desarrollista, fundamentando la intervención y el estado presente en contextos diferentes. Aun así, ni Keynes, ni Prebisch, ni tampoco seguidores de esta corriente como Julio Olivera, Roberto Frenkel, o los autores de estos capítulos del libro de referencia como Saúl Keifman, Luis Blaum y Daniel Heymann, justificarían las intervenciones económicas de los sucesivos gobiernos argentinos a los largo del siglo XX. Una cosa es sostener que el gobierno debe intervenir con un ánimo desarrollista, otra muy distinta es justificar los excesos de los sucesivos gobiernos argentinos.

La Escuela Austriaca de Mises y Hayek: Quizás para enfrentar esa expansión del Estado Moderno, algunos argentinos como Alberto Benegas Lynch importaron en la Argentina las ideas de la Escuela Austriaca, en particular la de Mises y Hayek. Primero con reuniones en la Universidad de Buenos Aires, y luego con la creación de distintos centros, algunas personas e instituciones se preocuparon por traer a estas figuras intelectuales nacidas en Viena para ilustrarnos de aquellos excesos. No se trataba de defender ideas anarquistas o libertarias, sino de defender la libertad individual, la economía de mercado, la propiedad privada y el gobierno limitado. Varios intelectuales como Juan Carlos Cachanosky viajaron a Estados Unidos a doctorarse en programas austriacos, para luego traer esas ideas a la Argentina.

La Escuela de Chicago de Milton Friedman: Lo mismo ocurrió con la Escuela de Chicago. Jóvenes argentinos viajaron a esta ciudad de los Estados Unidos y se acercaron a las ideas de Milton Friedman, las que luego trajeron a nuestro país para alentar un debate necesario. Juan Carlos de Pablo cuenta en este capítulo quienes fueron las personas y las instituciones responsables de crear cierto monetarismo argentino, ideas necesarias para encontrar respuestas al problema de la inflación.

La Economía Social de Mercado y la Doctrina Social de la Iglesia: En esta historia por supuesto que la Iglesia también recibió influencia de ideas foráneas, y en este capítulo Marcelo Resico muestra el impacto de ciertas ideas ordoliberales, que tuvieron éxito -entre otros- en el milagro alemán de posguerra, y que pueden ayudar a resolver ciertos dicotomías entre liberales y keynesianos. Röpke, Einaudi, Rueff, Erhard son posiblemente un puente entre Keynes y Hayek, una respuesta a esa grieta de ideas económicas que prevalece aun hoy en Argentina.

Un renovado interés por las instituciones: Si la economía en la primera mitad del siglo XX se transformó hacia cierto mecanicismo matemático, lejos del enfoque multidisciplinar que tenían los trabajos clásicos, en las últimas décadas parece ocurrir cierto renovado interés por la economía institucional. Martín Krause nos cuenta cómo las ideas de James M. Buchanan, Ronald Coase y Douglass North, entre otras, llegan a nuestro país y empiezan a generar interés en los economistas locales.Este es un libro plural, y hemos pretendido darle voz a los distintos economistas influidos por distintas corrientes de pensamiento. Se trata de un intento por rastrear las fuentes de nuestro pensamiento económico, tan heterogéneo como podrá ver el lector en los medios, pero al mismo tiempo, tan actualizado respecto de los procesos iniciados en otros continentes. El debate de ideas es el precedente del orden económico institucional que puede ayudar a la Argentina a encontrar respuestas a sus problemas. Este libro pretende iniciar una búsqueda y un diálogo entre quienes se han formado con diversas influencias de pensamiento económico.

Adrián Ravier es Doctor en Economía por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid. El libro de referencia se titula «Raíces del pensamiento económico argentino», y fue publicado por el Grupo Unión, en Buenos Aires, en diciembre de 2021. Han participado de este libro los historiadores económicos Ricardo Manuel Rojas, Ricardo López Gottig y Alejandro Gómez, y los economistas Alberto Benegas Lynch (h), Juan Carlos de Pablo, Saúl Keifman, Luis Blaum, Daniel Heymann, Marcelo Resico y Martín Krause. 

Aquí la nota completa. Infobae, 1 de enero de 2022.

Evaluación del FMI al préstamo stand-by a Argentina (2018)

El pasado 22 de diciembre el FMI publicó su evaluación ex-post del préstamo standy-by que facilito a Argentina en el 2018. El documento es interesante porque este acuerdo stand-by fue el mayor (en términos nominales) en toda la historia del FMI. El acuerdo fracasó, pasando por sólo 4 revisiones de las 12 previstas (el préstamo debía concluir en el 2021). La experiencia de este acuerdo debería ofrecer importantes lecciones tanto para el FMI como para los países que se endeudan con el fondo. Si bien no es de esperar que el FMI ofrezca una dura crítica de sí mismo, tampoco hay que dejar de reconocer la transparencia de hacer público este documento.

pag. 12

Debajo algunas reflexiones sobre este documento.

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Can Dollarization Constrain a Populist Leader? The Case of Rafael Correa in Ecuador

En un interesante paper, Absher, Grier, y Grier (2020) encuentran que todos los populismos de izquierda (durables -con el poder de llevar adelante una reforma constitucional) produjeron significativos costos económicos. Hay una excepción: Ecuador.

Como bien sostiene Edwards (2019), Ecuador ofrece un caso único de populismo dada su dolarización. Los gobiernos populistas (de izquierda) son proclives a usar «la maquinita». Esto no es posible en Ecuador. De acuerdo a Domingo Cavallo (2021, prólogo) por ejemplo, «no caben dudas de que la dolarización evitó que Ecuador llegara a la situación que hoy vive Venezuela, a pesar de que en todas las otras dimensiones las políticas de Rafael Correa no fueron muy diferentes a las de Hugo Chávez.»

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Mano Invisible y Teoría de Juegos: Primera Parte

En un post anterior (¿Es posible la mano invisible?, 1/11/21), propuse comenzar a considerar contribuciones recientes que llevan a demostrar nuevamente que así es. En este caso, va una primera parte sobre el desarrollo de la Teoría de los Juegos. En un post posterior veremos cómo ha evolucionado hacia el opuesto de su origen. Es decir, inicialmente el Dilema del Prisionero mostraba el fracaso de la cooperación voluntaria; luego la teoría llegará a demostrar su éxito. Pero comencemos:

El Dilema del prisionero presenta una situación bastante particular, en la cual dos presos se encuentran en celdas separadas, sin contacto entre sí. Enfrentan dos opciones: cooperar con el otro jugador para obtener un resultado medianamente positivo, o traicionarlo y obtener un resultado aún más favorable. La lógica de la búsqueda del interés personal, en particular en este caso de la maximización del resultado, los lleva a elegir la segunda opción y obtener un resultado peor que el de la cooperación o el de la traición unilateral. Al perseguir su mejor opción individual termina obteniendo el peor resultado total: La solución del dilema es un equilibrio de Nash, el resultado de que cada jugador persiga su mejor resultado individual. La búsqueda del interés personal se contrapone con el interés social. La mano invisible fracasa.

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Hans-Hermann Hoppe traiciona tres principios de la escuela austriaca

En el capítulo 10 de su libro Democracia, el dios que fracasó, el economista y filósofo alemán Hans Hermann Hoppe propone un maridaje entre el conservadurismo y el libertarismo. O, al menos, entre su visión de lo que conservadurismo y libertarismo son.

En dicho texto sostiene que los conservadores tienen que tomar principios defendidos por los libertarios, pero lo mismo deben hacer los libertarios, abrazando ciertos puntos conservadores.

A lo largo del texto intentará transmitir que todas las cosas que los conservadores consideran que están mal con el mundo, son el resultado de haber abandonado principios libertarios. Pero, al mismo tiempo, sostendrá que para conservar un verdadero orden libertario, hace falta abrazar ciertos valores conservadores. He ahí el puente que establece entre ambos movimientos.

¿Tiene razón Hoppe? A continuación no responderemos esa pregunta, que se la dejaremos al lector, pero sí mostraremos que, en al menos tres puntos cruciales, el planteo del profesor va a contramano de lo que podría denominarse la esencia de la escuela austriaca de economía. Los puntos que haremos serán particularmente relevantes en la medida que suele asociarse a Hoppe a dicha escuela, y por tanto podría también asociarse este texto a la misma tradición de pensamiento.

Para el fin del posteo, espero haber convencido al lector de que este no es ni remotamente el caso.

  1. Individualismo metodológico

Una de las características distintivas principales de la escuela austriaca de economía es el apego al individualismo metodológico. En Boettke (2010) se establece que el primer principio austriaco es que “solo los individuos eligen” y que “la tarea principal del análisis económico es hacer inteligible el fenómeno económico, apoyándolo en los propósitos y planes de los individuos”. Esto es, para comprender los fenómenos sociales es necesario anclarnos en las experiencias individuales, en todo aquello que motiva al individuo a actuar de una o de otra forma. No es conducente, entonces, apoyarse en conceptos agregados, como pueden ser la nación, la familia, o el origen étnico, entre otros, para explicar y comprender fenómenos sociales. 

En Carrino (2016) cité a Mises sobre este punto. El austriaco sostenía que “ninguna proposición sensata relacionada con la acción humana puede hacerse sin referencia a lo que los individuos persiguen y lo que consideran como éxito o fracaso, ganancia o pérdida”, y que “el colectivo no tiene existencia y realidad sino en las acciones de los individuos. Solo existe por las ideas que mueven a los individuos a comportarse como miembros de un grupo definido y deja de existir cuando el poder persuasivo de esas ideas se apaga. La única manera de conocer un colectivo es el análisis de la conducta de sus miembros”.

¿Respeta Hoppe el individualismo metodológico en su intento de compatibilizar su libertarismo con su conservadurismo? Sostengo que no.

En la página 254 de la obra se afirma que:

La mayoría de quienes actualmente se autoproclaman conservadores están preocupados, como en principio les corresponde, por la decadencia familiar, el divorcio, la bastardía, la pérdida de autoridad, el multiculturalismo, los estilos de vida extravagantes, la desintegración social, el sexo y el crimen. 

Hoppe luego irá explicando que todos estos “males sociales” (debatiremos abajo sobre esto), son la consecuencia directa del abandono de los principios libertarios de orden social. En concreto, que todo esto que se describe es consecuencia de las instituciones del Estado de Bienestar y que por tanto, la mejor alternativa para los conservadores es defender la no intervención del estado en la economía.

Ahora bien, plantear temas como la “decadencia familiar” o “el divorcio” o “los estilos de vida extravagantes” o la “desintegración social” es puro colectivismo metodológico. El divorcio, por ejemplo, no puede analizarse eliminando a los individuos que componen una pareja. Y, por tanto, no puede saberse nunca a priori si un divorcio es bueno o malo. En términos de MIses, probablemente que haya habido un divorcio muestra que, estando divorciados, ambas partes de la ex pareja están mejor, con lo que divorciarse fue la mejor alternativa.

Por otro lado, ¿qué es la desintegración social y por qué sería mejor la integración? Los conceptos agregados sólo pueden entenderse -al menos desde el punto de vista de la escuela austriaca- haciendo referencia a las partes que los componen. En consecuencia, si una “sociedad” se desintegra, eso puede deberse a la decisión voluntaria de todos sus miembros, lo que haría de esa sociedad desintegrada una sociedad mejor que una integrada.

Al conceder que el divorcio y demás son preocupaciones legítimas de los conservadores (obviando los propósitos y planes de las partes que conforman los colectivos que describe), Hoppe está abandonando uno de los principios fundamentales del análisis austriaco.

  1. La teoría subjetiva del valor

Uno de los aportes fundamentales del padre fundador de la escuela austriaca fue su teoría subjetiva del valor. A diferencia de sus predecesores, Carl Menger puso como determinante principal del valor, a la utilidad -subjetivamente determinada- que determinado bien o servicio le reportaba a quien lo consumía. Los bienes, entonces, no tienen valor en sí mismos, sino que el valor es una consecuencia de cuánto los individuos aprecian -o no- dicho producto.

En el capítulo III de Principios de Economía, sostiene:

“… el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia.  (…) Lo que uno desprecia, o aprecia en poco, es deseado por otro. Lo que uno desecha otro lo busca. Puede observarse no raras veces que mientras un sujeto económico concede el mismo valor a una determinada cantidad de un bien que a una mayor de otro, hay personas que juzgan el valor de esta cantidad de forma exactamente opuesta.”

¿Respeta Hoppe la idea de que el valor es subjetivo? Rotundamente no.

Es que en varios pasajes de su texto muestra algunos fenómenos como objetivamente buenos y otros como objetivamente malos. Volviendo a la cita de más arriba, por ejemplo: ¿qué tiene de problemático un “estilo de vida extravagante”? ¿A quién molesta? Probablemente no al que lleva dicho estilo de vida. ¿Y por qué debería molestarle al resto?

Ahora claro, al leer estas preguntas Hoppe me pondría en el grupo de los “libertarios nihilistas” o de los izquierdistas, de los pervertidos, anormales, relativistas y otros epítetos. Es que para Hoppe existe una forma correcta de vivir. Y eso va más allá de la simple no vulneración del derecho de terceros:

“La ilegitimidad del Estado y el axioma de la no agresión -nadie empleará la fuerza, ni amenazará con emplearla contra otras personas o sus propiedades-, vistas desde esa izquierda, parecían justificar la libertad de todos para elegir vivir de cualquier manera. Del mismo modo, y en la medida en que la vulgaridad, la obscenidad, la profanación, el uso de drogas, la promiscuidad, la pornografía, la prostitución, la homosexualidad, la poligamia, la pedofilia o cualquier perversión o anormalidad concebible no perjudicasen a terceros (crímenes sin víctimas), en absoluto debían considerarse agresiones, sino estilos de vida y actividades perfectamente normales y legítimas. Por ello no es extraño que, desde un principio, se adhirieran al movimiento libertario un número inusualmente elevado de personas anormales o pervertidas. El ambiente contracultural y la «tolerancia» relativista y multiculturalista del libertarismo atrajo enseguida a individuos inadaptados, gente fracasada, personal o profesionalmente, y a perdedores en general. Murray Rothbard les llamó, desaprobadoramente, «libertarios nihilistas» (nihilo-libertarians), viendo en ellos el «modelo» (típico y representativo) del libertario (modallibertarian)”

El párrafo puede resultar desagradable en muchos niveles, pero ajustémonos a la premisa de la sección: ¿no es esto una violación flagrante del principio de valor subjetivo de Menger y los austriacos?

¿El uso de drogas es un mal en sí mismo? ¿Para quién? Mucha gente fuma marihuana o toma vino y lo hacen porque consideran que eso es mejor para ellos que no hacerlo. La promiscuidad, por otro lado, ¿a quién molesta? No a los que la practican, es de suponerse. Finalmente, ¿qué tendrá de compatible la teoría subjetiva del valor con considerar a la homosexualidad una perversión ilegítima, poniendola en el mismo grupo de cosas que el autor califica como inadaptado, fracasado y perdedor?

Hoppe puede limitarse a decir que desde su punto de vista hay estilos de vida que le gustan más que otros, pero Menger le respondería que “hay personas que juzgan el valor de esta cantidad de forma exactamente opuesta”. Listo, no hay muchas vueltas más para darle al asunto.

  1. El orden espontáneo

Para Boettke, el décimo postulado que define a la escuela austriaca de economía es que “las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano”. Este principio se remonta a las ideas de Adam Smith y Adam Ferguson y fue muy enfatizado dentro de la escuela austriaca por Friedrich Hayek. En “Derecho Legislación y Libertad”, Hayek diferencia el cosmos (los órdenes espontáneos, como el mercado, el lenguaje, o la ley), del taxis (las organizaciones que tienen un objetivo y una conducción lista para alcanzar un objetivo, como por ejemplo una empresa) reforzando la idea de que lo que observamos en la realidad cuando vemos el cosmos no es tanto un resultado deliberado de la mente de una o dos personas, sino más bien el resultado de la acción espontánea de cientos de miles.

Un ejemplo sencillo: no utilizamos el dinero como medio de intercambio porque alguien haya creado el instrumento, sino porque individualmente convino reemplazar el trueque por un medio indirecto. Así, muchas personas fueron eligiendo un medio indirecto de cambio, que en un principio puede haber sido la sal, el tabaco, y finalmente terminaron siendo algunos metales preciosos. Nadie diseñó el dinero, fue una institución surgida espontáneamente de la acción humana.

Hoppe considera que todo aquello que los conservadores (y él también) definen como males sociales son el resultado de la instauración del Estado de Bienestar, y que si se regresa a una sociedad puramente capitalista, con un uso pleno e irrestricto de la propiedad privada, entonces esos males desaparecerán. Leamoslo directamente:

“… una sociedad que restaurase plenamente la facultad dominical de exclusión de la propiedad privada, sería profundamente desigualitaria, intolerante y discriminatoria. Apenas existiría esa «tolerancia» o «apertura de mente» tan cara a los libertarios de izquierda. Sólo con que los pueblos y ciudades volvieran a proceder como hicieron hasta el siglo XIX en Europa y los Estados Unidos, se abriría el camino de la restauración de la libertad de asociación y exclusión, consustancial con la institución de la propiedad privada. (..) De este modo, casi instantáneamente, se verían reafirmadas la normalidad cultural y moral. Los libertarios de izquierdas y los aficionados a experimentar los estilos de vida multiculturales o contraculturales, incluso si no estuviesen implicados en delito alguno, tendrían que pechar, una vez más, con las consecuencias de su conducta. De seguir con su comportamiento o su estilo de vida, serían separados físicamente de la sociedad civilizada, viviendo al margen de la misma o en guetos, teniendo vedado el acceso a muchos cargos y profesiones. Por el contrario, si su deseo fuese vivir y progresar dentro de la sociedad, tendrían que adaptarse a la sociedad en la que pretenden ser admitidos, asimilando para ello sus normas morales y culturales. Ello no implicaría necesariamente que tuviesen que renunciar del todo a conducirse o vivir anormalmente o según otros patrones, sino que los comportamientos alternativos no podrían anunciarse ni exhibirse públicamente. Estas conductas permanecerían en el armario, ocultas alojo público y físicamente restringidas a la privacidad de las cuatro paredes de la propia casa. Hacer publicidad de ellas o ejercitarlas en público sería sancionado con la expulsión” . 

El conflicto de Hoppe con el orden espontáneo es indisimulable. Es claro que él considera repudible la homosexualidad, por ejemplo, pero luego salta a la conclusión de que la homosexualidad es tolerada a causa de que se ha vulnerado el derecho de propiedad privada. ¿Pero cómo se sostiene este argumento? Los principios de economía más sencillos enseñan que las personas son libres de discriminar pero que pagarán un costo por hacerlo. Por ejemplo, si un machista deja afuera de su lugar de trabajo a una mujer -y resulta que esta mujer es más productiva que el hombre que quedó en su lugar- el dueño de la empresa pagará el costo de dicha decisión. 

Otros empresarios, más astutos, terminarán incluyendo a mujeres, a zulúes, a homosexuales, a rubios, a morochos, a hombres divorciados, etc. etc. Pero no lo harán por miedo a la cultura de la cancelación o por las leyes del Estado de Bienestar, sino por algo mucho más básico: el interés propio. Es por eso que alguna vez planteé que el capitalismo es un sistema de inclusión social, una conclusión muy distante de esta utopía que Hoppe nos quiere vender.

Lo que ocurre con Hoppe es que ve un mundo inclusivo y tolerante que no le gusta, pero se niega a admitir que esto sea culpa del orden del mercado libre (como explicó Horwitz aquí), entonces busca culpables con argumentos poco sólidos, confundiendo el cosmos con el taxis, para retomar las definiciones de Hayek.

Conclusión

Conversando sobre este artículo en clase de Historia del Pensamiento Económico un alumno hizo una crítica y se atajó previamente sostenido que tal vez él era “un poco progre” y por eso tenía una visión distinta a la del filósofo alemán. No obstante, espero haber demostrado que no hace falta ser progresista para rechazar este trabajo. El texto está en franca oposición con al menos tres principios fundamentales de la escuela austriaca de economía, por lo que puede ser rechazado también desde esa posición.