Los impuestos justos – por Carlos Rodriguez Braun

Carlos Rodríguez Braun comenta la decisión de Isabel Díaz Ayuso de estructurar su campaña electoral en torno a la reducción de impuestos.

Isabel Díaz Ayuso insistió en la campaña electoral en identificar a la derecha con la reducción de impuestos. Fue un acierto, porque la izquierda deplora que vivamos bajo sistemas fiscales injustos, pero no porque paguen mucho las mayorías. Para los progres que pontifican desde la academia, los medios, la cultura y la política, la injusticia fiscal estriba en que los ricos pagan poco.

Warren Buffett protestó porque él pagaba relativamente menos impuestos que su secretaria, pero no se le ocurrió proponer que bajara la fiscalidad de las trabajadoras. Se limitó a pedir que subieran los impuestos a los ricos, ante la infinita alegría de la corrección política. El buenismo predominante, en efecto, necesita centrar la atención en los ricos, desdeñando siempre a los pobres. Por eso aquí el problema son los youtubers que se marchan a Andorra y no los millones de mujeres trabajadoras que pagan cada vez más impuestos.

Más aún: se nos asegura que por culpa de los ricos la democracia está en peligro, cuando democracia significa libertad de elegir, y la mayoría de las trabajadoras no quieren pagar más impuestos. El poder y sus acólitos las ignoran, promueven sistemas tributarios cada vez más gravosos, pero dicen que el problema radica en que algunos todavía no pagan lo suficiente. Hablan solo de los ricos, pero apuntan al pueblo.

Es el mismo cuento de la amenaza de la desigualdad, como si fuera malo que mi vecina sea cada vez más rica que yo. No es mala la desigualdad, mientras no sea fruto de la corrupción y el robo.

Los socialistas de todos los partidos, al tiempo que claman por una supuesta justicia fiscal que hostiga a la gente corriente, se declaran entusiastas igualitarios, cuando pretenden socavar la igualdad compatible con la libertad, que es la igualdad ante la ley, identificando la justicia con la igualdad impuesta por la ley.

Al ser esto incompatible con la libertad de las mujeres, los antiliberales lo encubren con bonitas palabras, como denunció el profesor Charles Lipson: “En vez de plantear abiertamente su posición, los partidarios de la nueva igualdad distorsionan sus argumentos para ocultar su objetivo radical de re-fabricar la sociedad mediante la coerción. Si los resultados son malos, como inevitablemente lo son, el remedio será obvio: más dinero, más regulación y más adoctrinamiento”.

Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 4 de mayo de 2021.

Reflexiones sobre la pandemia y “la tragedia de los comunes” – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Por más buena voluntad que exista, la mente conservadora no permite despegarse del statu quono abre paso a nuevas contribuciones pues las telarañas mentales estrangulan el pensamiento. Con el criterio conservador en el peor sentido de la expresión no hubiéramos pasado del garrote en la cueva, pues el primero que recurrió al arco y la flecha se salía de la rutina para instalarse en lo novedoso. Estar empantanado en lo usual no permite concebir adelantos y cambios, es decir, niega el progreso en todas las ramas posibles.

En 1968, Harret Gardin publicó un ensayo titulado “La tragedia de los comunes” en la revista Science, donde, básicamente, explica que lo que es de todos no es de nadie; en otros términos, concluye que los incentivos se convierten en contraincentivos cuando en lugar de pagar nuestras cuentas se fuerza a que otros se hagan cargo. En este contexto, hasta la forma en que se encienden las luces y se toma café no es la misma cuando uno paga las facturas respecto de la situación de imponer que otros la financien compulsivamente con el fruto de sus trabajos.Ads by

En realidad, si nos remontamos a cuatro siglos antes de la era cristiana, encontramos que Aristóteles ya había dado en la tecla sin bautizar el tema como la tragedia de los comunes cuando refutó el comunismo de Platón. Sin embargo, en muchos lugares seguimos encajados en esa tragedia que perjudica a todos, pero muy especialmente a los más vulnerables, pues son los primeros en sentir el impacto en sus salarios como consecuencia del derroche y el despilfarro. Por el momento en demasiados países triunfa la demagogia y el empecinamiento en sostener que los aparatos estatales brindan servicios y bienes “gratis”, sin percatarse de que no hay nada gratis en la vida; siempre es el vecino el que paga, puesto que ningún gobernante pone de su peculio (más bien es habitual que saque de modo non sancto).

Ahora, en medio de la pandemia hay megalómanos a los que no se les ocurre mejor idea que intervenir en los precios de mercado, es decir, en los arreglos libres entre las partes, para imponer precios que incluyen medicamentos, barbijos, alcohol en gel y demás elementos imprescindibles para la salud, con lo cual una y otra vez –desde tiempos de Hammurabi hace 4000 años– se producen faltantes y desajustes de todo tipo. A esto se agrega la manipulación en los precios de mutuales de medicina y la sandez adicional de obligar a la incorporación de personas que no han aportado, con lo cual se destruye la idea misma del seguro, igual que si se pretendiera que una compañía de seguros financiara el accidente automovilístico de alguien ajeno a los socios que pagan sus cuotas, lo cual daría por tierra con el esquema actuarial del seguro y haría que las empresas del ramo desaparecieran o huyeran despavoridas a buscar refugio en otros lares.

La misma desgracia ocurre cuando las burocracias se empecinan en adquirir, distribuir y asignar vacunas. Es imperioso estimular al máximo y no simplemente conceder que el sector privado participe, pues los incentivos son potentes para un buen servicio, en lugar de politizar algo tan sensible y delicado en medio de negociaciones estatales opacas y pastosas con resultados absurdos y contraproducentes.

El médico psiquiatra George Yossif en “La economía de la medicina” se refiere detenidamente a la historia de la ciencia médica y a la importancia de la investigación y el desarrollo por parte del mundo privado y el daño causado cuando el Leviatán irrumpe en esa materia, incluso en países considerados serios. Y en la misma especialidad Thomas Szasz, en su texto titulado “El derecho a la salud”, apunta que a todo derecho corresponde una obligación: si una persona gana diez con el fruto de su trabajo hay la obligación universal de respetar ese ingreso, pero si esa misma persona sostiene que debe ganar veinte y el gobierno otorga ese salario se trata de un seudoderecho, puesto que inexorablemente se traduce en que otros deben aportar compulsivamente la diferencia con el producto de su trabajo. Concluye que para que la gente cuente con mejores ingresos resulta indispensable el respeto recíproco, lo cual se desmorona cuando se imponen seudoderechos.

El doctor en medicina Charles G. Jones publica un trabajo con un muy sugestivo título: “La medicina gratuita, enferma”, del mismo modo en que lo hace el historiador John Chamberlin, donde se detiene a mostrar los graves problemas en distintos países en los que se ha pretendido socializar la atención médica, en su ensayo en el que adelanta el contenido en el título: “La enfermedad de la medicina socializada”. Lo mismo estudia el libro de Melchior Palyi La medicina y el Estado benefactor.

Demos un paso más en el asunto que venimos tratando para despejar telarañas mentales y para, además de preguntarnos el para qué y el porqué, interrogarnos, sobre todo, el porqué no para abrir perspectivas distintas y ventajosas en relación con lo que estamos acostumbrados a ver y escuchar. Los mencionados profesionales de la medicina y otros autores han sugerido la privatización de todos los centros de salud para evitar los turnos extenuantes, las faltas recurrentes de insumos, el deterioro de los equipos e instalaciones, los pedidos permanentes de fondos que nunca alcanzan y las huelgas y politizaciones indebidas.

Esto para nada niega la dedicación y abnegación de médicos, médicas, enfermeros, enfermeras y demás trabajadores de la salud. Se trata de incentivos para administrar lo propio frente a los ingresos de otros recabados coercitivamente. Más aún, hay quienes sugieren eventualmente vender los centros de salud estatales al cuerpo médico en ejercicio en esas instituciones, con todas las facilidades del caso. Y como también se ha propuesto reiteradamente, como una política de transición, para las personas enfermas pero que no cuentan con los ingresos suficientes, el sistema de vouchers, a saber, entregas de los recursos para que puedan atenderse. Esta financiación de la demanda en lugar de financiar la oferta con instituciones estatales de salud no solo es más eficiente y permite apuntalar y alinear los antedichos incentivos, sino que pone de manifiesto el non sequitur, esto es que del hecho de que unos financien la salud de otros no se sigue que deban existir centros de salud estatales, puesto que el candidato con problemas elegirá el que más le convenga de todas las ofertas privadas.

Lo dicho no desconoce las posibles trampas en el sector privado, las cuales deben ser debidamente castigadas con todo el rigor necesario por el Gobierno, pues precisamente esa es su función y no la de inmiscuirse en actividades privadas lícitas al atacar, en lugar de proteger, al ciudadano pacífico.

Eric Bodin en su célebre texto “El Estado benefactor en Suecia: el paraíso perdido” explica cómo en Suecia se ha debido cambiar el sistema de salud hacia lo privado, en vista de que buena parte de la población se mudaba a otros países para atenderse debido a las interminables demoras y costos de la atención en un contexto donde los mismos gobernantes se hacían atender en clínicas privadas. Esto último es típico de la hipocresía mayúscula de los patrocinadores de la socialización de la medicina: cuando les toca acuden a prestigiosos centros de salud privados, lo que muestra la catadura moral de quienes declaman las bondades de los aparatos estatales metidos en salud.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de dos academias nacionales.

El artículo fue publicado originalmente en La Nación, el 23 de abril de 2021.

“Soy la Constitución Nacional y quiero contarles que estoy triste y desilusionada” – Por Félix Lonigro (Abogado constitucionalista y profesor de la Universidad de Buenos Aires)

En su día, fecha en que nació en 1853, una reflexión de cómo la misma Carta Magna reflexionaría sobre su vigencia y el respeto con que los gobernantes siguen sus preceptos.

“Soy la Constitución Nacional, y quiero contarles que estoy un poco triste y desanimada. Sé que muchos de ustedes no me conocen; otros sí, pero no saben para qué existo, con qué objetivo nací y cuál es mi rol en la vida política e institucional de nuestro país. También sé que, si bien algunos pocos lo conocen, desconfían de mi utilidad e importancia.

A su vez tengo muy claro que para la mayoría de los gobernantes soy un obstáculo, porque los limito y porque regulo el ejercicio del poder que ejercen. Supongo que es por eso que no quieren ni leerme, porque podría generarles algún cargo de conciencia. Sin embargo, a pesar de permanecer siempre callada, de vez en cuando siento la necesidad de expresarme, de decir lo que pienso, de ejercer la libertad de opinar que tan fervientemente consagro y concedo a todos los habitantes.

Fui concebida en el año 1853, para organizar jurídica y políticamente la Nación, para limitar el poder de quienes deben conducir sus destinos (es decir, de los gobernantes) y para dar a todos los hombres derechos y libertades. He sido muy benevolente en este sentido, porque he preferido asegurar derechos más que imponer obligaciones a los habitantes. De hecho, solo obligo a la gente a votar, a que cuide el medio ambiente, y a armarse en defensa de la patria en función de lo que las leyes dispongan. Fuera de estas obligaciones, solamente fui exigente con los gobernantes, para evitar que se excedan en el ejercicio del poder, y terminen violando los derechos que creí necesario reconocer a los gobernados.

Según los constituyentes que me crearon, mi existencia serviría para constituir la unión nacional, para afianzar la justicia, para pacificar al país internamente, para lograr un sistema de defensa frente a las agresiones externas, para promover el bienestar de todos y para lograr que la libertad sea una realidad y no una quimera. Sin embargo, desde el comienzo todo me resultó muy difícil: los representantes de las catorce provincias que existían en 1853, no se pusieron de acuerdo, en la ciudad de San Nicolás –lugar en el que se reunieron para tomar la decisión de crearme-, y Buenos Aires terminó peleándose con el resto, motivo por el cual no participó de mi elaboración y nacimiento.

El pobre Urquiza, que tanto me había anhelado, tuvo que ejercer la primera presidencia constitucional sin poder gobernar a Buenos Aires. Después, finalmente, la hermana mayor se sumó al proyecto nacional, me quiso conocer en 1860, me revisó, y me actualizó un poco, añadiéndome algunos contenidos que me sirvieron para ser un poco más federal que antes.

Me conozco a mí misma y sé de la importancia que debería tener en la vida política de la Argentina, aunque a veces creo que solo yo la percibo; pero nunca fui soberbia, por el contrario, admití que mis conceptos podrían quedar desactualizados con el tiempo y consideré conveniente crear un mecanismo para que los gobernantes, con un amplio consenso, pudieran modificarme y mejorarme. Pues lo hicieron seis veces más después de 1860, y presiento que algunos cambios que me han hacho fueron mezquinos y decididamente perjudiciales.

A pesar de cumplir hoy ciento sesenta y ocho años de edad, nunca me ha sido fácil ser la vedette del ordenamiento jurídico y la base de la organización política de nuestro país. Es que, si bien jamás me sentí agredida de palabra, ni cuestionada en cuanto a mi superioridad con relación al resto de las normas, he percibido, en cambio, indiferencia y desinterés por parte de los sucesivos gobiernos a la hora de hacer cumplir mis directivas. En realidad, son contados los casos de quienes siguieron estrictamente mis postulados.

En público todos los gobernantes me alaban y elogian con entusiasmo; dicen que soy la “ley de leyes”, y hasta proclaman la importancia de mi vigencia, pero luego no percibo la misma energía para acatarme.

Además, hay algo que me aflige profundamente: la indiferencia con la que también ustedes, los ciudadanos, me tratan. Es cierto que muchos no han accedido a la educación básica, y que quienes lo logran, no reciben la instrucción cívica que un buen ciudadano necesita para valorar la razón de mi existencia. Es evidente que eso me juega en contra, a pesar de ser la educación uno de los derechos civiles que más fervientemente quise asegurarles a todos los habitantes, desde mi artículo 14.

El problema no es solamente la ignorancia, porque muchos de quienes han podido conocerme tampoco parecen ver claramente por qué es necesario que se respete mi vigencia. Es muy doloroso sentirse innecesaria y darse cuenta que muchas cosas andan mal, en la Argentina, a raíz del desconocimiento que gobernados y gobernantes tienen de mi contenido. ¿Acaso alguien se ha acordado alguna vez de que cada 1ro de mayo es mi cumpleaños?

El Congreso de la Nación, órgano al que muchas veces le encomiendo la tarea de reglamentar mis mandatos, en el año 2003 sancionó la ley 25.863 mediante la cual se declaró al día 1 de Mayo de cada año, como el día de la Constitución Nacional, conmemorando mi nacimiento en 1853. Fue un reconocimiento tardío, pero llegó. Sin embargo, a pesar que esa misma ley encarga a las autoridades educativas de todo el país la realización de jornadas tendientes a recordar ese día, casi nadie lo hace, y permanezco siendo una ilustre desconocida para la mayoría.

He sufrido el agravio de haber sido archivada durante varios años: desde 1930 hasta 1983, pasaron cincuenta y tres años, de los cuales viví en cautiverio durante veintitrés. Fueron tiempos difíciles, en los que fui denostada y maltratada por gobernantes inescrupulosos que se atribuyeron los derechos del pueblo y gobernaron en su nombre, sin que éste los haya elegido. Pero debo tener la honestidad suficiente como para reconocer que mi prestigio no aumentó demasiado en períodos de democracia.

Sé que nací para vivir eternamente, pero el dolor de no ser lo que debería, va socavando mis fuerzas, porque el olvido y la indiferencia son, muchas veces, peor que el ataque directo y despiadado. Pero eso no sería nada, si no fuera porque percibo que el funcionamiento de las instituciones se deteriora con la misma velocidad con la avanza mi congoja. Para colmo, durante la última “operación” a la que fui sometida, en 1994, verifiqué, con contenida indignación, cómo se inyectaban en mi seno tumores cancerígenos, obligándoseme a autorizar al presidente de la Nación a ejercer facultades del Congreso, y a éste, a delegarle a aquel las propias. ¡Justo yo, que en 1853 había advertido a los legisladores que si hacían semejante cosa cometerían un delito cuya pena sería la de quienes traicionan a la patria!

Sé que el tiempo es limitado para los mortales e ilimitado para los países y sus instituciones, por eso no puedo permitirme perder las esperanzas. Hay nuevas generaciones que aún pueden valorarme y rescatarme, y para ellos sueño.

Sueño con un país en el que los gobernantes acrediten su idoneidad -la que les exijo en mi artículo 16 para que puedan acceder a los cargos públicos-, demostrando que me conocen íntimamente, con lujo de detalles, y que acatan mis directivas con total convicción.

Sueño con un país cuyos habitantes me tengan como texto laico de cabecera; en el que los maestros me muestren orgullosamente a sus alumnos; en el que éstos reconozcan la importancia de mi plena vigencia, y las autoridades me evoquen en cada aniversario de mi nacimiento.

Sueño con que cada 1 de mayo, la gente celebre el Día del Trabajador, pero que además tenga claro que es mi día, y que para evocarme también sea feriado.

Sueño con todo eso, pero no quiero ser pesimista. Confiaré en el futuro, en las nuevas generaciones, porque al fin y al cabo soy la Constitución Nacional, y dejando de lado por un instante la modestia, tengo la plena convicción que lo mejor que le puede pasar a este país, es que todos mis sueños alguna vez se hagan realidad.

Le pido a Dios, a quien en mi preámbulo he calificado como “fuente de toda razón y justicia”, que nos conceda a los argentinos esa posibilidad. ¡Ojalá que así sea, por hoy y por siempre!”

Publicada originalmente en Infobae, 1 de mayo de 2021.

Día mediático

Comparto dos notas en los medios del día de hoy. Una en Infobae donde hablo de Argentina como el país de las oportunidades perdidas. Otra en Perfil donde comento sobre el contrapunto entre Guzmán y su par Brasileño (la economía como mano invisible versus ingeniería social).

Infobae. El país de las oportunidades perdidas

Se suele decir que toda crisis es una oportunidad. Si es así y a pesar de todos sus problemas, flor de oportunidad le ha dado a Argentina el COVID-19. Sin embargo, fiel a su historia, el país se encamina a que esta sea otra oportunidad perdida. A medida que las economías desarrolladas avanzan con sus planes de vacunación comienza a verse una luz al final del túnel. Un regreso a una nueva normalidad con mínimas restricciones a la actividad económica. La economía mundial se encamina a un gran rebote que Argentina va a mirar desde abajo, dejando pasar nuevas oportunidades en la economía postpandemia.

Argentina es como el amateur que quiere entrar a la cancha a jugar con los profesionales. Cuando hay un lugar y los profesionales invitan al país a jugar, Argentina les da la espalda y luego les hecha la culpa por su baja performance. Las oportunidades hay que tomarlas, sus beneficios no se materializan por arte de magia.

Seguir leyendo en Infobae.

Perfil. Chicago boys vs Columbia boys: la ingeniería social vs la “mano invisible”

Existen dos maneras diferentes de ver la economía. Por un lado, la economía es un proceso espontáneo, con vida propia que se autorregula. A esta visión se la suele asociar a la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Para este punto de vista la mano invisible no es perfecta, pero sí es mejor que una economía fuertemente regulada.

Por el otro lado, la economía es vista como un problema de ingeniería social. Con raíces en Marx (explotación) y Keynes (irracionalidad), el estado debe controlar, regular, e incluso salvar a la economía de sus propias crisis.

Los Ministros de Economía Martín Guzmán (Argentina) y Paulo Guedes (Brasil) fueron protagonistas de este contrapunto. Ante la afirmación de Guzmán, de que “la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”, su par brasileño le recordó que la mitad de los Nobel de Economía fueron para economistas de la tradición de la Escuela de Chicago.

Seguir leyendo en Perfil.

Entrevista con Radio Libertad: “Argentina está cerca de un escenario de inflación que pase a tres dígitos”

El doctor en economía, Adrián Ravier, fue entrevistado por el Dr. Marcelo Otiñano en “La Mañana en Libertad”, en donde habló sobre el “escenario de riesgo de hiperinflación” que se percibe en Argentina, en el marco de una “economía muy comprometida”. “Es un hecho que la inflación va a ser más alta de la que el Gobierno esperaba”, sostuvo el especialista pronosticando un índice de entre el 60% y 70% para este año, ya que el panorama “se ve muy preocupante”. El Banco Central, agregó ”no tiene reservas, la emisión monetaria es muy grande y los agro-dólares ya ingresaron en el primer trimestre y realmente no creo que ayuden a evitar un escenario mucho más feo de lo que vemos hoy”. Finalmente sostuvo que “todo el empleo público viene perdiendo contra la inflación y en definitiva, es el ajuste que hace el Gobierno”.

Acceda aquí al audio completo.

Sentimientos sobre el terruño y espíritu cosmopolita – por Alberto Benegas Lynch (h)

La fertilidad del ser humano por cultivarse está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Y sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta.

Me inspiró el tema de esta nota periodística una pregunta del mayor de mis nietos varones en cuanto al significado y posibles reacciones frente al canto del himno nacional. En el contexto de este interrogante, debe subrayarse en primer lugar que es natural el afecto que se tiene por el lugar donde uno nació, se crió y donde los ancestros vivieron, tuvieron sueños y lucharon por sus ideales. Muy cierto y natural a menos que los recuerdos hayan sido de sufrimientos y permanentes situaciones desagradables. Los que han debido expatriarse por ocurrencias penosas siempre sienten el llamado del terruño, sus costumbres y códigos. De todos modos, una cosa son los lugares cercanos y otra bien distinta son declaraciones grandilocuentes y altisonantes como expresar intenso amor en sentido literal y no meramente metafórico por la totalidad de la tierra de un país pues esto es tan desafortunado y vacío como sostener que se ama tal o cual continente, tal o cual océano, tal cual isobara de presión atmosférica o al universo. En este sentido es también de interés destacar que las cercanías y las coincidencias son muchas veces mayores con algunos habitantes de otros países que con los del propio que abrazan hábitos que contrastan abiertamente con las reglas de conducta propias.

En esta línea argumental debe uno estar alerta al uso y abuso de la expresión “patria” que si bien remite a tierra de los padres muchas veces se emplea como una herramienta de agresión hacia lo foráneo en lugar de limitarse a ponderar lo ponderable del lugar donde uno habita. Este es el sentido por el que Juan Bautista Alberdi subrayó en su célebre discurso a graduados en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1880 que “el entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de la guerra, no de la libertad” donde condena a quienes se llaman libres “sólo porque dejaron de emanar del extranjero” y así “sus individuos, más que libres, son los siervos de la patria” es decir, como apuntó el autor en esa conferencia, de los aparatos estatales.

Por eso es que Alberdi insistía que, en lo que originalmente se denominó la independencia de nuestro país, “dejamos de ser colonos de España para ser colonos de nuestros gobiernos”. Por eso es que en lo personal prefiero festejar la verdadera independencia argentina el primero de mayo que celebra la jura de nuestra Constitución liberal de 1853, es decir, cuando institucionalmente se estableció el respeto recíproco que permitió a nuestro país un progreso moral y material al abandonar tiranías, caudillajes e intentos fallidos de organización nacional, lo cual fue la admiración del mundo civilizado hasta que retornamos a la barbarie con las sandeces de lo “nacional y popular”, el “vivir con lo nuestro” y otras manifestaciones trogloditas.

El valor del cosmopolitismo es trascendental puesto que pone de relieve la consideración y el aprecio de todo lo noble no importa su procedencia ya que el fraccionamiento en naciones descentraliza y federaliza y evita el inmenso peligro de la concentración de poder en un gobierno universal, de lo cual para nada se sigue que los países estén cercados por aduanas impenetrables. Muy por el contrario las fronteras abiertas y hospitalarias constituyen una demostración de civilización, de respeto recíproco y del consiguiente progreso. Y no es que no deban mantenerse y cultivarse las buenas tradiciones en diversas regiones, se trata de comprender que la cultura implica un proceso de permanentes donaciones y recibos para músicas, arquitecturas, comidas, conocimientos científicos, modas y equivalentes. Para ilustrar este tejido y entretejido, en el caso argentino atuendos como la boina y las bombachas de los gauchos fueron importados de los más remotos lugares europeos. El proceso evolutivo va seleccionando y reseleccionando pacíficamente diversos planos de lo humano, en cuya situación lo único descartable que debe ser combatido es la lesión a los derechos de las personas.

Por ejemplo, hay católicos que en misa cantan a voz en cuello aquello de “toma mi mano hermano” pero ni bien se filtra la llama nacionalista la concordia muta en feroz agresión con el vecino. Los himnos patrios no siempre ayudan a la pacificación de los espíritus por eso en donde autores primero gestaron las bases del liberalismo como es el caso de Inglaterra han preferido no tener himno. Claro que el himno si no tiene letra de ataque y escaramuza no es perjudicial en sí, pero a veces hay otras canciones que a algunos nos mueve más a la fraternidad. En mi caso cuando vivimos en el extranjero con mi mujer nos conmovía más “Adiós pampa mía” y en general siempre me ha producido un sentimiento de reverencia y emoción con el espíritu libre la parte coral de la Novena Sinfonía de Beethoven cuya letra fue escrita por Friedrich Schiller titulada “Oda a la libertad” pero como fue censurada por su gobierno se transformó en “Oda a la alegría” que luego de la caída del Muro de la Vergüenza Leonard Bernstein dirigió esa sinfonía frente a orquestas de distintos países en la Puerta de Brandenburgo, ocasión en la que repuso la parte coral en su versión original.

Desafortunadamente el veneno nacionalista hoy hace estragos en muchos lugares del llamado mundo libre con las xenofobias características y la maldita exacerbación del amigo-enemigo que se busca en contiendas religiosas, etnias y nacionalidades fabricadas por espíritus fanáticos lo cual es necesario detectar al efecto de revertir esa tendencia malsana.

Como decimos, últimamente ha recrudecido un aire que amenaza por esparcirse por todo el planeta. Una ráfaga envolvente que arrastra un pesado tufillo, ya conocido y de triste memoria. Se trata del nacionalismo. Se trata de una regresión cultural. La fertilidad del ser humano por cultivarse está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Y sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta. Se requiere mucho oxígeno: muchas puertas y ventanas abiertas de par en par.

Como queda dicho, la cultura no pertenece a tal o cual latitud, es el resultado de innumerables aportes individuales en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término. En este sentido reiteramos que aludir a la “cultura nacional” es tan desatinado como referirse a la matemática asiática o a la física holandesa. La cultura no es de este o de aquel lugar y mucho menos se puede atribuir a un ente colectivo imaginario. No cabe la hipóstasis. La nación no piensa, no crea, no razona y no produce nada. El antropomorfismo es del todo improcedente. Son específicos individuos los que contribuyen a agregar partículas de conocimiento en un arduo camino sembrado de teorías y refutaciones que enriquecen los aportes originales.

El nacionalismo pretende establecer una cultura alambrada que hay que preservar de la contaminación que provocarían aquellos aportes generados fuera de las fronteras de la nación. Así se considera que lo autóctono es siempre un valor y lo foráneo un desvalor, con lo que se destroza la cultura para convertirla en una especie de narcisismo de cavernarios que cada vez se asimila más a lo tribal que al espíritu cultivado, que es necesariamente cosmopolita. Por otra parte, de haberse seguido el criterio de la “preservación cultural” no hubiéramos pasado de la época de las cavernas, y muchos de los que declaman acerca de la necesidad de defenderse de la “aculturación” no lo estarían haciendo en el lugar donde lo hacen, puesto que de seguirse ese criterio a sus abuelos o bisabuelos no se los hubiera dejado entrar en el país en cuestión.

También como dejamos consignado, el afecto al “terruño”, a los lugares en que uno ha vivido y han vivido los padres, el apego a las buenas tradiciones y el mantenimiento de autonomías y derechos, es natural e incluso necesario para el progreso, pero distinto es declamar un irrefrenable amor telúrico y un relativismo epistemológico que siempre discrimina contra lo que está más allá de una artificial frontera política. Las fronteras, lejos de ser un proceso natural, son fruto de fenómenos geológicos, de guerras, conquistas, acuerdos entre partes beligerantes y acontecimientos similares.

Se ha dicho que las naciones se han constituido sobre la base de la misma lengua, de la misma raza y de una historia común. Suiza y Canadá son naciones y, sin embargo, los lenguajes que allí se hablan son muy variados. Por el contrario, en América latina la lengua es la misma y, sin embargo, son muchas las naciones que forman este subcontinente. Respecto de la raza, bien se ha dicho que hay tantas clasificaciones como clasificadores. Se trata de estereotipos que no se concretan en el ejemplar “puro”, pero a simple vista se pueden descubrir muchas mezclas en no pocas jurisdicciones nacionales. Tengamos siempre presente que en los campos de exterminio nazi se tatuaba y rapaba a las víctimas para distinguirlas de los victimarios. En realidad Hitler y sus secuaces luego de infructuosas y tortuosas clasificaciones optaron por copiar el polilogismo marxista, esto es, que el burgués y el proletario tendría una estructura lógica distinta sin nunca explicar en qué se diferenciaban de la lógica aristotélica, error garrafal que también incurrieron los criminales nazis con el invento de “arios” y “semitas”. Las diferentes contexturas, color de piel y demás atributos físicos son consecuencia de distintas ubicaciones geográficas puesto que todos descendemos de africanos.

Por último, si se encierra a dos personas dentro de un ropero durante un tiempo se podrá decir que tienen una historia común, pero esto no hubiera sido de esta manera si los ocupantes del ropero hubieran tenido libertad de desplazarse y de recibir aportes culturales de otros lares. Es decir, en la medida en que se arremete contra los movimientos migratorios y se tiene el complejo de inferioridad inherente a la antes mencionada preservación cultural habrá, lógicamente, aunque no naturalmente, una historia común. Si lo que se quiere decir es que hay una historia común en cuanto a los aparatos gubernamentales monopólicos estaríamos frente a una perogrullada. Es en verdad curioso que quienes aluden con más entusiasmo a la “historia común” simultáneamente recomiendan procedimientos coercitivos en materia educativa para que la gente no se salga de brete.

También, tras el nacionalismo, se ocultan interpretaciones erradas sobre temas económicos. Así, se teme a las inmigraciones porque sacarán fuentes de trabajo, sin percibir, en primer término, que no hay una cantidad dada de trabajo por realizar: las necesidades son ilimitadas, mientras que los recursos para atenderlas son limitados. En segundo lugar, la división del trabajo y la consiguiente especialización permiten elevar la productividad conjunta, para no mencionar las tareas que los inmigrantes efectúan y que no son realizadas por nativos. De la misma manera se protege la producción nacional con barreras artificiales sin percibir que se está desprotegiendo al consumidor local y que resulta del todo improcedente referirse a “la invasión” de productos extranjeros o a “bloques” comerciales, una terminología militar que es impropia para quienes sólo desean comprar más barato y de mejor calidad. Obsérvese el espectáculo de gobernantes que junto a ciertos empresarios juegan a un simulacro de librecambio zonal, cuando en realidad, si se compartieran los postulados del comercio abierto, sería suficiente con adoptar un tipo de cambio libre y aranceles cero. Con esto la integración es automática e instantánea sin necesidad de tanto congreso ni de reuniones “cumbre”, con lo que, entre otras cosas, se ahorrarían muchas comitivas, gastos de representación y farragosas negociaciones.

Herder, de Maistre, Hegel, Fichte, Schelling, List y Maurras han sido las inspiraciones más visibles del espíritu nacionalista que desdibujaron y contradijeron abiertamente los antedichos afectos naturales para convertirlos en alaridos de guerra. Albert Einstein ha dicho que “el nacionalismo es una enfermedad infantil, es el sarampión de la humanidad”. Hoy, agazapado tras los más variados ropajes, reaparece el rostro virulento del nacionalismo. Esperemos que esto pueda revertirse para que podamos decir con Borges -no “nuestro Borges”, como dijo algún argentino distraído, sino el Borges universal- que “vendrá otro tiempo en el que seremos cosmopolitas, ciudadanos del mundo como decían los estoicos”, que “el nacionalismo…es una forma de fanatismo y estupidez” y también escribió una sentencia que resume el eje central de nuestros desvelos: “El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”.

Publicado originalmente en Infobae, 24 de abril de 2021.

Meditaciones sobre la deuda pública externa – por Alberto Benegas Lynch (h)

Como hemos señalado en distintas oportunidades, si queremos progresar resulta imperioso abandonar la mente cerrada del conservador siempre encajada en el statu quo, incapaz de aceptar el cambio puesto que sus telarañas conceptuales asfixian su pensamiento. Como ha subrayado Albert Einstein, “es imposible obtener efectos distintos repitiendo las mismas causas”.

Cuando Thomas Jefferson, siendo embajador en París, recibió la flamante Constitución estadounidense escribió que si hubiera podido incluir una cláusula adicional en ese documento sería la de prohibir la deuda pública externa puesto que es incompatible con la democracia ya que compromete patrimonios de futuras generaciones que no eligieron al gobierno que contrajo la deuda. Cuando lo invité por segunda vez al premio Nobel en economía James M. Buchanan a pronunciar conferencias en Buenos Aires expresó lo mismo en el contexto del “Public Choice” que inició con Gordon Tullock.

Y no cabe el correlato con la actividad privada en cuanto a la evaluación de las respectivas inversiones puesto que en el ámbito estatal no es pertinente aludir a inversiones que, como es sabido, se refiere a apreciaciones subjetivas en cuanto a la relación del  valor presente respecto al futuro. Es tan  desatinado como cuando en el medio argentino se impuso la incoherencia del “ahorro forzoso”. En el Presupuesto lo que cabe son los rubros de gastos corrientes o gastos en activos fijos, pero no “inversiones”.

Ahora surgen acalorados debates sobre un supuesto endeudamiento de diversas gestiones gubernamentales de nuestro país, que habitualmente encierran tres errores garrafales.

En primer lugar para hablar con propiedad de endeudamientos es necesario aludir a valores absolutos y no hacerlo como un porcentaje del PIB. En segundo término, esto último se refiere a la capacidad de repago, pero no ilustra sobre el nivel de la deuda. Por último, para que la ratio sobre el PBN tenga significación es indispensable que la moneda se consigne en términos reales porque, de lo contario, con una divisa devaluada se inflan guarismos artificialmente.

Este problema no se circunscribe al caso argentino que, si bien constituye un ejemplo extremo, la mayor parte de las naciones del llamado mundo libre incurre en un grado de endeudamiento público superlativo. Es decir, además de presiones tributarias galopantes y manipulaciones monetarias de diverso espesor, los gobiernos también echan mano  a la deuda para financiar grados crecientes del Leviatán.

Sin perjuicio de reformas monetarias y bancarias de fondo y de reformas tributarias sustanciosas, sobre las cuales nos hemos expedido detalladamente en otras ocasiones, es urgente  contemplar la prohibición de contraer deuda pública externa (la interna estatal tiene otros significados) al  efecto de no permitir que “se patee la pelota para afuera” comprometiendo recursos más allá de los ingresos presentes.

Muchas veces se ha advertido  acerca de la monumental crisis de la deuda que se avecina en el planeta, la cual es empujada en grado sumo por instituciones gubernamentales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) que financia gobiernos fallidos con dólares sustraídos compulsivamente de los contribuyentes de diversos países. Es por eso que, entre otros, destacados autores como Anna Schwartz (coautora con Milton Friedman  de la célebre historia monetaria de Estados Unidos) y Peter Bauer (London School of Economics) han sugerido el  cierre inmediato de esa entidad internacional.

Pero tal vez el libro más ilustrativo en la materia sea el que lleva el sugestivo título en el que se resume la tesis: “Cuando la  ayuda es el problema”por Dambisa Moyo, africana y doctora en Economía por la Universidad de Oxford. En la misma línea argumental, es de gran interés el detenido estudio de la obra de Melvyn Krauss, titulada “Development without Aid”.

En resumen y para no tratar varios temas simultáneamente, es menester centrar la atención en los estragos de la deuda que, como queda dicho, no solo compromete patrimonios de personas que no pueden expresarse sino que abre las compuertas para que gobernantes desbocados puedan vivir a cuenta del futuro.

Publicado en El Economista, 21 de abril de 2021.

Nuevo Libro: FILOSOFÍA, por Gabriel J. Zanotti

Uno de los dramas culturales más perjudiciales de los últimos siglos es la separación total entre vida y filosofía. El academicismo exasperante de los filósofos, a tal punto que dejan de serlo, la discusión de problemas mal planteados -como el del conocimiento- y el imperio del cientificismo (como el Imperio de Star Wars) ha convencido a casi todos de la filosofía es una cosa que nada tiene que ver con sus vidas. Casi todos creen que, por un lado, están los hechos, descriptos por una ciencia infalible que alcanza solo a la materialidad muda de un universo físico, y, por el otro lado, las llamadas humanidades, muy bonitas, muy cultas, pero subjetivas y por ende irrelevantes. Y es totalmente al revés. Esa creencia ya es una posición filosófica, y todo lo que hacemos y decimos y pensamos está dado por una concepción filosófica de la vida, del mundo, de la existencia, que nos abarca totalmente sin que nos demos cuenta. Despertar de ese sueño es la antipática tarea del filosofo. La verdad no está en supuestos facts que son independientes de la filosofía, sino en la fundamentación filosófica de nuestro horizonte del mundo.
El ser humano que toma conciencia de ello, vive. El que no, es vivido (Héctor Mandrioni), habitando una Matrix que llama realidad. 
Realizamos envíos de copias físicas de los libros a toda la Argentina.
¿Te interesa comprar “Filosofía”?
PEDILO AQUÍ
Una vez completado el pedido, nos comunicaremos para informarte sobre formas de pago y modalidad de envío.

También podés descargar “Filosofía” en versión eBook en Amazon.