La sociedad libre y el tema central de la salud – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Uno de los temas que podemos denominar de frontera en los debates liberales es la salud. Para ello proponemos medidas de fondo que naturalmente deben considerarse pausadamente y, desde luego, no en momentos de una pandemia como la que ahora acecha por todos lados. que obliga a otras prioridades y medidas drásticas por parte de gobiernos al efecto de preservar derechos, en este caso nada menos que a la vida, lo cual, como también hemos puntualizado en una columna anterior sobre el tema, no autoriza al Gobierno a esa estafa monumental denominada “inflación” ni que se entrometa con el sistema de precios y equivalentes, ya que de ese modo agravará notablemente el problema creando escaseces y desajustes en los productos necesarios para atender y prevenir enfermedades.

De más está decir que las medidas drásticas aludidas deben sopesar el costo-beneficio de cada una de ellas. Como concluye el premio Nobel en economía James Buchanan, “no hay acción sin costo”, y estos deben ser siempre evaluados para contrastarlos con las respectivas ventajas puesto que sin pan también hay muertes y, por otro lado, en un extremo brutal, si todos nos morimos por coronavirus no hay economía que valga. Entonces, no se trata de elegir en toda ocasión entre la salud y la economía, sino de un balance equilibrado en el contexto de la eliminación de funciones gubernamentales inútiles para dar respiro a la gente (no podar que, como hemos dicho, igual que con la jardinería crece con mayor vigor).

En esta situación global debe estarse muy prevenido de no convertir un monitoreo provisorio de los ciudadanos en una pesadilla orwelliana, pues como ha advertido Ronald Reagan “nada hay más permanente que una medida transitoria de gobierno”. Nuestras deliberaciones entonces apuntan a preparar el terreno para el futuro, por lo que nos adelantamos en el tiempo para cuando pase esta situación de extrema peligrosidad que, como queda dicho, siempre y en cualquier caso demandará acciones también extremas para evitar la aceleración de contagios, sin desmerecer para nada la economía cuyo descuido puede transformarse en una bomba de tiempo social.

Tenía esta nota periodística “en la gatera” sin darla por el momento ya que, como digo, apunta a considerar estos temas para eventualmente ejecutarlos más adelante cuando se calmen las aguas del muy desafortunado suceso que a todos nos envuelve y compromete, pero decido entregarla a los editores ahora con el preámbulo con que abrí este texto debido a sugerencias de algunos alumnos al efecto de debatir con suficiente tiempo este asunto crucial para mirarlo y escrutarlo con la debida tranquilidad desde diversos ángulos y perspectivas.

Antes de pensar en el mantenimiento de la salud, para existir hay que estar alimentado. Pero a nadie en su sano juicio se le ocurriría dejar la alimentación en manos de los aparatos estatales, pues si se politizara algo tan delicado inmediatamente se caería en lo que en ciencias políticas se conoce como “la tragedia de los comunes”, es decir, lo que es de todos no es de nadie y los incentivos son así completamente distintos por lo que las hambrunas serían seguras, además de las ineficiencias colosales que caracterizan a los emprendimientos estatales fuera de su órbita específica de la protección de derechos vía la Justicia y la correspondiente seguridad.

A pesar de lo dicho, el tema de la salud en jurisdicción estatal en nuestra época se mantiene como una vaca sagrada. Uno de los aspectos clave para el pensamiento riguroso es la capacidad de cuestionar el statu quo en el contexto de criterios independientes y del denominado “pensamiento lateral” que invita a mirar las cosas desde perspectivas diferentes a las habituales y rutinarias. No se trata de levantar la voz ni de exasperarse frente a ideas novedosas, sino de argumentar civilizadamente puesto que, como ha escrito John Stuart Mill, “toda buena idea si es nueva generalmente pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. No hay que dejar que las telarañas mentales obstaculicen el razonamiento y el análisis detenido.

No es necesario detenerse a detallar ejemplos diarios de reiterados sucesos en órbitas estatales en cuanto a las colas, los aplazos, las demoras, los turnos extenuantes, los faltantes de insumos básicos y camas disponibles para no decir nada de las huelgas, tropiezos sindicales y las permanentes demandas por recursos debido a los déficit crónicos, a pesar de los denodados esfuerzos y dedicación ejemplar de muchísimas médicas y médicos, enfermeras y enfermeros y personal auxiliar en los centros de salud estatales. No se trata de buena voluntad, sino de un sistema que es indispensable revisar.

Es de gran interés adentrarse en los múltiples ejemplos de servicios de salud de gran excelencia antes del avance gubernamental, entre los que se cuenta el decimonónico caso argentino con los preponderantes y notables sistemas de mutuales, socorros mutuos, cofradías y servicios hospitalarios de comunidades como la italiana, la alemana, la española y la británica.

Entre muchos otros trabajos de orden más general y abarcativo, en el ensayo de John Chamberlin titulado muy precisamente “La enfermedad de la medicina socializada” este autor no solo pasa cuidadosa revista de los graves problemas de la salud en manos estatales y los costos astronómicos con que debe cargar la comunidad y la mala calidad de los servicios en comparación con la atención privada, sino que comenta varios de los libros que suscriben su tesis escritos por profesionales de gran relevancia.

Esto opera a contramano de lo que sucede en cuanto a la muy eficiente atención por los seguros privados de salud y como se ha apuntado en los centros asistenciales también privados, sean institutos para controles médicos, sanatorios o asociaciones sanitarias varias. Esto de ninguna manera significa que en los entes privados de salud hay mejor calidad de profesionales que en los estatales, se trata de incentivos diametralmente opuestos que producen resultados también diferentes.

Lamentablemente en estas lides se ha desfigurado y degradado la noción de solidaridad y caridad puesto que de modo inaudito se la asimila al uso de la fuerza cuando en verdad remite al uso de lo propio de modo voluntario.

Por otra parte, se ha objetado el servicio privado alegando la “asimetría de la información”, es decir, se sigue diciendo que no es posible que la gente tenga que ponerse en manos de servicios privados de medicina puesto que se encuentran desguarnecidos e indefensos ya que no saben si lo que recomiendan y dicen los facultativos es cierto por lo que necesitan que agentes gubernamentales los protejan en sus intereses. Esto está mal planteado por donde se lo mire. En primer lugar, en toda transacción hay asimetría en las informaciones pues por eso se lleva a cabo el intercambio ya sea cuando vamos a mecánico con nuestro automóvil, cuando instalamos un sistema de calefacción, cuando adquirimos un celular, cuando compramos accionas en la bolsa o cuando nos cepillamos los dientes. En segundo lugar, lo menos que se requiere es que se politicen las transacciones legítimas donde se agrega la voracidad fiscal junto a posibles corrupciones y además esto no cambia aquello de la asimetría de la información. La competencia entre médicos, mutuales y centros de salud privados hace de auditorias cruzadas.

Es de gran interés estudiar los trabajos actualizados sobre los calamitosos resultados de la medicina socializada en muy diversos países, por ejemplo en los muy documentados ensayos de Thomas DiLorenzo, de Avic Roy y de Hans Sennholz, el primero en The Future of Freedom Foundation titulado “How Socialized Medicine Kills the Patient and Robs the Taxpayers” (octubre 21, 2019), el segundo en The National Review titulado “Socialist Medicine is Bad for Your Health” (mayo 16, 2019) y el tercero, anterior, en The Freeman titulado “Freedom is Indivisible” (vol. 27, No.12, diciembre de 1977) . También es del caso recordar que los países nórdicos han debido reemplazar en gran medida sus sistemas socialistas de medicina donde se anunciaban servicios “gratuitos” pero, por ejemplo, cuando le tocaba el turno a una persona con grave deficiencia en la visión ya estaba ciega, por lo que los que podían viajaban a otros países para atenderse, tal como ha expuesto Eric Brodin y como se ha explayado en su texto titulado “Sweden´s Welfare State: A Paradise Lost” publicado en el portal de The Foundation for Economic Education, diciembre 1 de 1980 (además de las hipocresías como las del principal ejecutor de las ideas de Gunnar y Alva Myrdal respecto a la medicina socializada en Suecia, Olaf Palme, que se hacía atender en sanatorios privados, también es el caso de subrayar que los presidentes argentinos populistas siempre se han atendido en sanatorios privados de primerísimo nivel).

Frente a los sistemas imperantes es de gran importancia, por una parte, dejar sin efecto todo aporte compulsivo a sindicatos y equivalentes para mantener las así denominadas “obras sociales” como si las personas fueran incapaces de elegir las prestaciones que más les convienen. Lo consignado respecto al sindicalismo sea de representación o de aportes coactivos debe distinguirse claramente de los sindicatos como asociaciones libres y voluntarias que ejemplificamos a través de innumerables entidades en un libro en coautoría al que me refiero más abajo (en el caso argentino antes de imponer el sistema fascista copiado de la Carta de Lavoro de asociaciones profesionales y convenios colectivos). También detallamos el establecimiento de asociaciones no sindicales que se conformaron con personas de toda condición social que apuntaban a asegurar su salud por medio de aportes regulares libre y voluntariamente escogidos, instituciones que se multiplicaron a un ritmo notable de crecimiento.

Ahora vamos a la medida más de fondo: resulta crucial la venta de todos los hospitales estatales sean nacionales, provinciales o municipales eventualmente al propio equipo médico de la institución con el apoyo administrativo del caso y con todas las facilidades excepcionalísimas que requiera la situación y simultáneamente en una primera instancia y como medida de transición establecer el sistema de vouchers para que las personas que no cuenten con los ingresos suficientes puedan atenderse en el sanatorio o centro de salud privados de su preferencia. Esta medida significa que los que se ven obligados a financiar con sus impuestos al contraer inversiones hacen que los salarios de los marginales se contraigan, pero este fenómeno será de una magnitud mucho menor que los desembolsos tributarios que debe hacerse en el sistema actual. Además, la situación económica mejorará debido a lo que dejamos dicho, a lo cual es de desear se acoplen otras de igual envergadura y dirección que al mejorar más aun la situación económica y social permitirá ir disminuyendo los antes referidos vouchers y, por tanto, se irán atenuando los mencionados efectos adversos de esta política de transición. Incluso resultan sumamente ilustrativos y ejemplificadores la solidaridad en comunidades indias muy primitivas en cuanto a ayudas voluntarias recíprocas tal como las describe en detalle Charles A. Estman en Indian Boyhood. También y en otro orden de cosas es sobresaliente la proverbial generosidad de muchísimas médicas y médicos que intercalan atenciones sin cargo para personas de bajos ingresos desde tiempo inmemorial y en todas las latitudes.

La antedicha propuesta sobre la venta de hospitales estatales con el agregado que ahora he introducido respecto a los eventuales destinatarios de esas ventas, ya la había formulado hace más de treinta años en Proyectos para una sociedad abierta publicado en dos tomos con Martín Krause junto a la muy eficaz colaboración de Gustavo Lázzari, la cual aparece en el sexto capítulo del referido libro. En este trabajo también detallamos las suculentas reflexiones de Emilo Coni en su obra Higiene, asistencia y previsión. Buenos Aires caritativo y previsor, publicada en 1918. Allí Coni, después de referirse extensamente a todos los beneficios para la población de los sistemas privados de salud, concluye: “La República Argentina, por el hecho de haber desarrollado y arraigado profundamente en sus habitantes el espíritu y la conciencia mutualista puede ser considerada en éste como en tantos otros aspectos, una nación grande y moderna […] Pueden clasificarse las sociedades de socorros mutuos como sociedades de seguro contra enfermedades”. Y más adelante señala que también constituían cajas de ahorros para casos de accidentes, viudez y orfandad.

Como se ha hecho notar, estos sistemas privados convirtieron a los servicios de salud argentinos en uno de los más avanzados del orbe al cumplirse el centenario de la independencia, lo cual comenzó a revertirse con la creciente participación del gobierno a partir de mediados de la década del cuarenta, sistema que ha ido en declive. Esta declinación se ha mantenido inalterada hasta nuestros días. En todos lados ocurre lo mismo puesto a idénticas causas idénticos efectos. Por ejemplo, Milton Friedman, otro premio Nobel en economía, escribe refiriéndose a la degradación de la salud en Estados Unidos, otrora un baluarte de la extendida atención privada: “No hay duda de que la medicina en todos sus aspectos ha quedado sujeta cada vez más a una compleja estructura burocrática […] Las estructuras burocráticas producen alto costo, baja calidad y distribución inequitativa […] la medicina no es un caso distinto”.

Finalmente, una voz de alarma en nuestro caso: por más que por el momento ha quedado sin efecto la iniciativa, si en alguna circunstancia se confirmara aquello que se ha filtrado como posible en cuanto a que se firmaría un decreto por el que se declararía “de interés público todos los recursos sanitarios de la Argentina” -en exacta oposición a lo que presentamos en esta columna- se asentaría una puñalada final a la supervivencia en este país al autorizar a los aparatos estatales inmiscuirse en estos territorios privados, ya que se provocaría una catástrofe en cadena de proporciones nunca vistas al derrumbarse la sólida estructura sanitaria que queda en pie.

Publicado originalmente en Infobae, 4 de abril de 2020.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Prólogo del Dr. Alberto Benegas Lynch (h) al libro El Rostro Humano del Capitalismo Global

*Este libro, y también el prólogo que se comparte abajo, fue publicado en 2018 por Unión Editorial.

Se cuenta que en un desfile militar con gran despliegue de tanques, misiles y otros instrumentos de destrucción, uno de los espectadores inquirió que significaba la incorporación a la marcha de un grupo de hombres en traje gris, a lo que le respondieron “son economistas, no sabe el daño de que son capaces”.

Como ha dicho Hayek en oportunidad de recibir el premio Nobel de economía “Tenemos en verdad pocas razones para estar satisfechos: como profesión, hemos embrollado las cosas”. Es desafortunado que hasta el momento la enorme mayoría de nuestros colegas se han plegado a tradiciones de pensamiento que distan mucho de recoger las contribuciones científicas de mayor profundidad, lo cual, de hecho, se encamina al estrangulamiento de las libertades individuales y, consecuentemente, a una mayor pobreza moral y material.

Adrián Ravier se destaca nítidamente por su rigor académico y su adhesión a los grandes maestros de la economía con una pluma  muy bien lograda, una prosa pausada y masticada con detenimiento, sin recurrir a adjetivos calificativos innecesarios pero con argumentos contundentes. Un estudioso siempre atento a nuevos aportes al efecto de filtrarlos y digerirlos con atención puesto que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad abierto a posibles refutaciones (para recurrir a la enseñanza medular popperiana).

Hemos participado juntos en seminarios y otras actividades académicas y todos los que escucharon sus palabras pudieron apreciar sus dotes de un orador medido y cuidadoso en busca de la excelencia, cualidades que no quitan su severidad en los juicios y conclusiones que estima responden a lo que entiende son proposiciones verdaderas hasta que no se pruebe lo contrario. La frondosa bibliografía de la que dispone hace de invalorable apoyo logístico a sus audiencias, compartan o no lo que se está manifestando.

En lo personal, debo subrayar su don de gentes y su calidad humana, en todos los casos dispuesto a escuchar y a practicar la gimnasia de ponerse en la posición del interlocutor. A pesar de sus notables conocimientos adquiridos con perseverancia y trabajo intelectual metódico es, como los grandes, modesto y detesta la arrogancia y la soberbia.

También como ha consignado Hayek, el economista que solo se queda en la economía será un estorbo cuando no un peligro público. Ludwig von Mises también destacaba la necesidad de que el economista complete su formación con estudios sobre el derecho, la historia y la epistemología. Es eso precisamente lo que ha llevado a cabo Ravier y una prueba de ello son sus formidables ensayos que a continuación se exponen en el libro que ahora tengo la satisfacción de prologar.

Como es sabido, prólogo proviene del prefijo griego pro (antes) y de logos que en esa lengua significa discurso, esto es, antes del discurso pero no es cuestión de adelantar lo que se dirá en el discurso propiamente dicho puesto que se desnaturalizaría el prólogo. En cambio, me referiré brevemente a algunas observaciones complementarias que pueden resultar de interés.

Tres son los ensayos que componen esta obra: un estudio sobre el libro más difundido de Eduardo Galeano, reflexiones sobre la historia constitucional desde Hobbes a Buchanan y consideraciones varias sobre la pobreza y la desigualdad de resultados.

En relación al primer ensayo, me adelanto a declarar mi admiración por la forma en que escribía Galeano. Como he consignado en otra oportunidad, su manejo de la lengua es magistral, es como si estuviera redactando una poesía permanentemente con una cadencia que conmueve al lector más desprevenido. Ahora bien, su incomprensión de lo que significa una sociedad abierta es manifiesta y superlativa como también he puesto de manifiesto en otro de mis escritos.

Me detengo en un punto que se describe en el epígrafe con que abre su trabajo Ravier y es lo que podría bautizar como “el síndrome Tolstói” y es el pensar que el sistema de la propiedad privada puede asimilarse a los bienes poseídos por la nobleza como consecuencia de privilegios de todo tipo. Si uno lee los ensayos de Tolstói después de publicadas sus novelas más conocidas, uno se percata que era un gran liberal ya que constantemente demuestra su aversión por el poder político y su comprensión del valor de las autonomías individuales, pero henos aquí que era comunista puesto que, como queda dicho, creía que la propiedad procedía del privilegio y no de la capacidad de cada cual para servir a su prójimo. En todo caso, podemos asimilar la idea de Tolstói a los empresarios prebendarios que con su alianza con el poder de turno explotan a la gente a través de precios más elevados, calidad inferior o las dos cosas al unísono. (Al margen decimos que Dostoievski -nacido siete años después que Tolstói- tenía una comprensión bastante acabada de la economía lo cual se conjetura fue como consecuencia de su lectura de dos rusos becados por Catalina la Grande a la cátedra de Adam Smith en Glasgow en 1761 cuando el escocés había completado su primera obra y estaba trabajando en la segunda).

Ravier cita el ejemplo sugerido por Leonard Read en cuanto al problema del conocimiento que está fraccionado y disperso entre millones de personas que al actuar en su interés personal generan resultados más allá de sus capacidades (a veces conocimiento tácito como diría Michael Polanyi, es decir, habilidades que no pueden articularse por el propio conocedor de la faena en cuestión). Y este proceso se coordina a través del sistema de precios que cuando es adulterado por intervenciones gubernamentales, se producen faltantes y desajustes de diversa naturaleza que, como sabemos, si se decide abolir la propiedad privada, el sistema colapsa puesto que no hay contabilidad ni posibilidad de evaluación de proyectos.

También Ravier se detiene en este meduloso escudriñar en la obra más difundida de Galeano en el modelo de competencia perfecta en el que uno de los supuestos consiste en el conocimiento perfecto de los factores relevantes, con lo que, como se ha puesto de manifiesto en repetidas ocasiones, desaparece la figura del empresario, desaparece la misma competencia, el arbitraje y la existencia del dinero puesto que en este supuesto no habría imprevistos con lo cual toda la estructura económica se derrumbaría.

Hacia el final de sus días, Galeano manifestó que no estaba conforme con lo escrito en Las venas abiertas de América Latina a lo que agregó varias observaciones personales como que en vista de ello se “cayó del mundo” y no sabe “por qué puerta entrarle”. A raíz de ello volví a escribir sobre ese autor en una de mis columnas semanales hace un par de años, esta vez en mi “Carta abierta a Eduardo Galeano” en base a lo cual amigos comunes se comunicaron con él para sugerir un debate conmigo en Montevideo, invitación a la que respondió que prefería dejarlo para más adelante puesto que no estaba bien de salud. Pensamos que se trataba de un amable pretexto… pero al poco tiempo, murió.

El segundo ensayo de este libro para el que hago este introito telegráfico, alude principal aunque no exclusivamente al delicado asunto de la democracia o, mejor dicho, al desbarranque de lo que los Giovanni Sartori de nuestra época han entendido por democracia para en gran medida convertirla en mera cleptocracia, es decir, gobiernos de ladrones de libertades, propiedades y sueños de vida.

Actualmente hay varios trabajos en los que al percatarse los autores del antedicho problema, han propuesto medidas concretas para limitar a ambas Cámaras en el Legislativo, medidas para facilitar al máximo los procesos de arbitraje privado en el contexto de la justicia, y la lectura de un pasaje de la obra más conocida de Montesquieu aplicada al Ejecutivo apunta que “El sufragio por sorteo está en la índole de la democracia” lo cual incentivaría a la gente a ocuparse de resguardar sus vidas y haciendas que es precisamente lo que se necesita para fortalecer las instituciones y no estar pendiente de nombres propios que son del todo irrelevantes para preservar sus libertades.

También han surgido propuestas para limitar el gasto público, prohibir el déficit presupuestario y el endeudamiento estatal refutando las ideas de supuestas ventajas intergeneracionales en el contexto de aquella contradicción en términos denominada “inversión pública”, la eliminación de la banca central, la implantación de un genuino federalismo fiscal y eliminar los impuestos directos al efecto de beneficiar especialmente a los más pobres, dado que sus salarios dependen exclusivamente de las tasas de capitalización, tal como lo sugería Juan Bautista Alberdi entre los argentinos y los Padres Fundadores en Estados Unidos. Por último, en su momento he propuesto acoplar a lo dicho la reconsideración de la idea del Triunvirato discutido en base a muy fértiles argumentaciones en la Asamblea Constituyente estadounidense para evitar caudillismos y otras conductas que se parecen más a una monarquía.

Puede discreparse con las políticas aquí mencionadas, pero lo que no puede es quedarse con los brazos cruzados esperando un milagro cuando a ojos vista en todos lados el Leviatán está carcomiendo los derechos de las personas que obstaculiza la realización de sus proyectos de vida que no lesionan iguales derechos de otros en una precipitada barranca abajo y, paradójicamente, “en nombre de la democracia”.

El denominado “constitucionalismo popular” se ha transformado en un listado de pseudo derechos a contracorriente de la tradición que comenzó a esbozarse con los Fueros de León de 1188 y con la Carta Magna de 1215, cuyos objetos estribaban en el establecimiento de vallas al poder.

Por último, en este segundo ensayo, el autor considera la trascendencia de la libertad de prensa. Como es sabido, constituye un aspecto central no solo para denunciar abusos de poder sino que la plena libertad para expresar el pensamiento resulta básica para insertarse en el proceso evolutivo del conocimiento. A esto debiéramos agregar la necesidad de asignar derechos de propiedad al espectro electromagnético para evitar la peligrosa figura de las “concesiones”, al tiempo que debieran liquidarse todas las “agencias oficiales de noticias” para despolitizar ese campo tan sensible.

El tercer ensayo de Ravier, también aleccionador igual que los anteriores, apunta a varios temas pero estimo el que sobresale con mayor fuerza es la manía de la guillotina horizontal. En esta línea debe señalarse que en una sociedad abierta cada persona al votar en el supermercado y afines pone de manifiesto sus preferencias y, de ese modo, va estableciendo desigualdades que al ser dirigidas a quienes mejor atienden esas demandas se maximiza la antes referida capitalización. Por supuesto que estas no son posiciones patrimoniales irrevocables, se modifican según sean los cambiantes deseos de la gente. Las ganancias indican que se dio en la tecla y los quebrantos muestran el yerro. El delta de las desigualdades solo significa que esas son las diferencias de ingresos y patrimonios que las personas al momento han votado en el plebiscito diario del mercado.

Las ensoñaciones de la redistribución de ingresos no hacen más que volver a distribuir por la fuerza lo que libre y voluntariamente distribuyó el mercado con el consiguiente derroche de capital. Anthony de Jasay pone de manifiesto que la metáfora del deporte en cuando al correlato de los ingresos con una carrera de cien metros llanos es autodestructiva, puesto que a poco andar se percibe que el que llegó primero e hizo el esfuerzo adecuado verá su éxito diluirse puesto que “en la próxima largada en la carrera de la vida”, para ser consistente con esta postura igualitaria, habrá que aplicar nuevamente la guillotina horizontal en otra redistribución.

El autor desmenuza las elucubraciones de autores como Piketty quien, como se ha marcado varias veces, incurre en gruesos errores estadísticos y conceptuales al tiempo que se subrayan equívocos de envergadura al tomar la riqueza como algo estático y sujeto a la suma cero. La envidia es sin duda un factor que está presente en los embates a favor del igualitarismo, en ese sentido cierro estas líneas con un cuento que reitera Thomas Sowell. Se dice que en un pueblo había dos campesinos extremadamente pobres: Iván y Boris. Lo único que los diferenciaba era que Boris tenía una cabra. En un momento dado, Iván se topa con una lámpara de Aladino que al frotarla aparece el sujeto que le dice a Iván que puede elegir que se realice cualquier deseo en cualquier sentido. Después de alguna cavilación, Iván declara su deseo y dice: “que se muera la cabra de Boris”.

                                                          Alberto Benegas Lynch (h)

                                      Presidente de la Sección Ciencias Económicas

                                                     Academia Nacional de Ciencias

                                                           Buenos Aires, Argentina

Por qué somos tan débiles frente al coronavirus

Hay una grieta conceptual por la que, en cada tema nuevo que aparece ante la opinión pública, se desata el debate acerca del papel del Estado y el del mercado, tanto sea en su origen como en su posible solución. Eso ocurre también con el coronavirus. ¿Qué debería hacer el Estado? ¿Puede el mercado resolver semejante problema?

Desde el punto de vista teórico eso ha sido discutido muchas veces, pero dado el dramatismo del tema, veamos ahora el problema desde una perspectiva práctica. Lo cierto es que existe una estructura de “salud pública” y en tal caso es mejor que haga algo, y que lo haga bien. Por cierto que no es mucho lo que puede hacer al respecto antes de caer en medidas drásticas y compulsivas, que es lo que distingue a toda acción estatal.

Puede aconsejar, sugerir ciertas conductas, pero esto es algo que el mercado ya está haciendo en forma relativamente efectiva. Y cuando hablo del “mercado” en verdad me refiero a todo tipo de acciones voluntarias, tanto sea de personas como de organizaciones. Esta división se sigue de la tradicional definición que la ciencia política da sobre el Estado: es aquella agencia que detenta el monopolio del uso de la fuerza en un determinado territorio. Ningún otro que no sea el Estado puede usarla y si lo hace es un criminal o delincuente y el Estado lo perseguirá.

Esas acciones voluntarias se han generalizado: las personas cancelan viajes y reuniones, se vacunan contra la gripe por las dudas, compran más alcohol en gel o barbijos; las empresas cancelan viajes de su personal, aumentan el número y las horas de sus empleados que trabajan en casa, se preparan para que muchos más lo hagan; las universidades postergan sus clases o las dictan online, y muchos casos más. Los medios informan (a veces asustan) y se transmite información al instante de la situación que permite saber dónde ir o no o cómo prepararse.

Las empresas más vinculadas con la salud hacen más cosas todavía: se preparan para un aumento exponencial de la demanda de ciertos productos, los seguros de salud para una avalancha de pacientes (recordemos que cada paciente es un costo para ellas así que harán todo lo posible para que haya menos afectados por el virus) y los laboratorios se lanzan en una carrera veloz para ver quién desarrolla una vacuna o algo para hacer frente al virus. Todas están invirtiendo para lo que se viene.

Nada de esto es coordinado por nadie en particular, un ejemplo más de aquella famosa metáfora de la “mano invisible”, un proceso de transmisión de información e incentivos que va enviando señales a todas las personas y organizaciones respecto a lo que hay que hacer y así coordinar las acciones de cada uno.

¿Y el Estado? Por un lado tiene un arma tan poderosa como peligrosa, esto es, el poder. Puede cancelar vuelos, o imponer cuarentenas o aislar zonas completas. No puedo decir si eso es necesario o no, pero sí que muchas veces los incentivos de la política terminan generando más problemas que soluciones. Ante una situación como esta, el político tiene que mostrar que hace algo. Dentro de todo, tuvimos suerte en que la epidemia llegó después de las elecciones; si hubiera llegado antes hubiéramos visto todo tipo de exageraciones y oportunismo político.

Como dicen quienes más saben, el principal problema que va a enfrentar el Estado es el posible colapso de la estructura de salud pública. Claro, como ocurre con el sector privado, no podemos exigirle que tenga una apropiada a la circunstancia de la noche a la mañana.

Pero esto debería hacernos pensar, hacia adelante, acerca de la estructura estatal que realmente queremos. Si ahora alguien planteara que el Estado debería tener una estructura de hospitales y servicios de salud preparada para estas circunstancias, digamos con stocks de productos y remedios para hacer frente a catástrofes, con equipamientos modernos, tal vez uno podría señalar que al Estado no le sobran recursos, que tiene un alto déficit y que está al borde del default de su deuda.

Precisamente, como los recursos son escasos, deberíamos preguntarnos si en lugar de dicho gasto queremos tener, por ejemplo, un astillero estatal que no produce barcos, una fábrica militar que provee casi nada a las fuerzas armadas, un canal de televisión que muy pocos ven, una mina de carbón o una aerolínea que pierden dinero todo el tiempo. Cantidad de empleados públicos y asesores de diputados o senadores, embajadas donde no hacen falta, maestros con todo tipo de licencias, estudiantes universitarios que deambulan por las aulas y nunca se reciben, subsidios por aquí y subsidios por allá.

Ahí están las razones de que la estructura de salud pública esté amenazada con colapsar y que muchos argentinos se puedan ver afectados, e incluso morir. Por eso somos “débiles” frente al coronavirus.

Publicado en diario El Argentino, Gualeguaychú, 19 de marzo de 2020.

El autor es profesor de Economía en la UBA y UCEMA y miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso

LIQUIDEZ GLOBAL PARA COMBATIR LA CONTRACCIÓN SECUNDARIA DE DINERO

El debate de política monetaria que se observó en los años 1930 y 2008, emerge nuevamente en el marco de la crisis del coronavirus.

En su famoso estudio sobre la Historia Monetaria de los Estados Unidos, Milton Friedman y Anna Schwartz sostuvieron que la Gran Depresión de los años 1930 obedecía a errores de la Reserva Federal. El problema no fue la expansión monetaria y crediticia de los años veinte, decían, sino más bien la contracción secundaria de la oferta monetaria producida entre 1929 y 1933, lo que provocó una gran deflación de precios que destruyó una gran parte del sistema bancario (de los 25.000 bancos que operaban en 1929, sólo quedaron 12.000 en 1933).

¿Qué queremos decir con “contracción secundaria”? Como explicara Roger W. Garrison “una espiral descendente de la actividad económica que se realimenta y que provoca que la recesión sea más profunda y/o que dure más de lo que era necesario por la necesitada liquidación de las malas inversiones”.

Ahora mismo podemos ver una situación similar. En primer lugar, tal como ocurrió entre 1924-28, y también entre 2001-05 la Reserva Federal mantuvo entre 2008-16 una política monetaria demasiado laxa por demasiado tiempo (con tasas de interés reales negativas), con el objetivo de sacar a la economía americana de las recesiones previas de 1921 y 2008; en segundo lugar, en ambos casos esta expansión crediticia alimentó una burbuja bursátil que tarde o temprano tendría que ser corregida; en tercer lugar, el pánico de 1929 y 2008 se asemeja al que observamos hoy en 2020, aunque aquí el factor desencadenante es otro.

El pánico actual se desata por un profundo temor de la sociedad global por los efectos del coronavirus, los que han provocado cuarentenas obligatorias en casi todos los países del mundo, limitando la circulación de la gente, reduciendo con ello el consumo, provocando un fuerte atesoramiento que significa una mayor demanda de dinero y, en definitiva, una fuerte caída en la velocidad de circulación del dinero.

En su estudio sobre la crisis del treinta, Friedman y Schwartz recomendaban que ante una situación semejante la Reserva Federal debía evitar la crisis consecuente reinflando la oferta monetaria.

Muchos dirán que esta es una política keynesiana, por el rol activo que el gobierno y la Reserva Federal asumen ante la crisis. Sin embargo, hemos de notar que expandir la base monetaria cuando la oferta monetaria se contrae es una operación con cierto consenso en la academia.

¿Incluye este consenso a los liberales austríacos? En cierto sentido, sí. Y es que Friedrich Hayek, en su famoso libro Precios y Producción (1931) afirma que la Reserva Federal debe expandir la base monetaria para evitar esta “contracción secundaria”. En términos de la ecuación cuantitativa (MV=PY), Hayek propone mantener MV constante. Ya metidos en problemas (por el exceso de liquidez inyectado entre 2008 y 2016 que generó una burbuja bursátil), Hayek proponía (como ideal) que la Reserva Federal permita la necesaria liquidación de mercado mientras la autoridad monetaria evita la contracción secundaria (el pánico) mediante el mantenimiento de un flujo constante de gasto.

Vale la pena aclarar que el aumento de la oferta monetaria (M) que proponía Hayek no sería de la magnitud, ni de la calidad, de la que Bernanke ofreció tras la crisis de 2008. Por un lado, en esa etapa se observó que la Fed duplicaba y triplicaba la base monetaria, en un monto que está bastante por encima de lo que el mercado habría necesitado para evitar la “contracción secundaria”. Por otro lado, en lugar de los rescates arbitrarios y discrecionales, Hayek habría preferido una expansión de la oferta monetaria a través de operaciones de mercado abierto, esto es, comprando bonos y sin favorecer el “riesgo moral”. De este modo, algunas de las grandes empresas que fueron rescatadas habrían caído y otras habrían sido fusionadas o reestructuradas, dando lugar al ajuste de mercado.

En los próximos meses podremos ver si aprendimos la lección. Si bien la profesión de economistas (incluyendo keynesianos, monetaristas y austriacos) justifica una inyección de liquidez global para hacer frente a la contracción secundaria que provocará el coronavirus, la calidad de la intervención debería ser diferente, dejando que se corrija la burbuja bursátil creada y evitando el riesgo moral con un rescate selectivo de empresas que generalmente son demasiado grandes para caer.

El autor es Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Publicada originalmente en El Cronista, miércoles 1 de abril de 2020.

El virus estatista – por Alberto Benegas Lynch (h)

Como es del público conocimiento, en el mundo estamos en una situación desafortunada como consecuencia del esparcimiento de coronavirus. Hacen muy bien los gobiernos en adoptar todas las medidas necesarias al efecto de cumplir con sus misiones específicas de proteger vidas. Pero observamos que los hay que no solo se exceden en las antedichas funciones sino que agravan grandemente la situación, por ejemplo, al imponer controles de precios a productos como el alcohol en gel, barbijos e incluso a medicamentos y alimentos.

El cornavirus ha influido en el derrumbe de las economías pues si la gente no puede desempeñar bien sus faenas laborales debido a precauciones y cuarentenas, naturalmente las producciones se resienten. Es una tautología. Pero el problema de fondo en las economías globales no es el coronavirus sino el endeudamiento colosal de los gobiernos que pretenden vivir al día de mañana engrosando sus gastos financiados con deudas astronómicas, impuestos insoportables y manipulaciones monetarias siempre perjudiciales para financiar aparatos estatales elefantiásicos.

Es realmente increíble que aun no se hayan comprendido lecciones elementales de economía. A igualdad de cantidades ofrecidas, cuanto más se necesita un producto mayor será el precio lo cual es indispensable a los efectos de atraer la atención de quienes pueden incrementar la oferta.

Para recurrir a una ilustración extrema, en un terremoto que destruye muchas viviendas los precios de las casas y departamentos se elevarán para hacer iguales oferta y demanda. Si algún político trasnochado decide congelar los precios a la situación pre-terremoto inexorablemente provocará escasez pues, dada la nueva situación, la demanda excederá a lo que queda en pie. Esto con el agravante que no se trasmite la necesaria señal de lo que está ocurriendo en el mercado inmobiliario y no aumentará el atractivo de invertir en ese sector. Esto intensifica la crisis en el mercado de viviendas.

Es interesante ejemplificar lo dicho con los sucesos hace un tiempo ocurridos en Nicaragua. En su momento, sufrió un terremoto devastador. El gobierno decidió liberar los precios para las viviendas de lujo y dejarlos fijos para las de condición humilde “para proteger a los pobres”. El resultado fue que se normalizó la situación para las viviendas que apuntan a un mayor poder adquisitivo puesto que al subir los precios se incrementó la oferta, mientras que en el segundo caso se condenó a perpetuar la crisis para los más pobres puesto que la antes mencionada escasez se mantuvo inalterada.

Es que al instante del terremoto, se liberen o no los precios la cantidad de viviendas en pie será inexorablemente menor a la demanda. Pero la diferencia sustancial entre una y otra política respecto a la libertad de mercado es, como queda dicho, que en el caso del congelamiento se mantiene la situación mientras que en el caso de permitir que los precios jueguen el rol de equilibrar el mercado se atraen inversiones al sector lo cual normaliza la situación.

Esto se repite con los medicamentos: cuando hay una crisis en la salud de la población los distraídos sostienen que los laboratorios farmacéuticos se aprovechan de la situación sin percatarse que más que nunca se hace necesario que los precios se eleven, de lo contrario se condena a la gente a sufrir las consecuencias de la enfermedad. Mismo fenómeno ocurre con los alimentos. No se trata de los deseos de uno o de otro, se trata de un proceso que precisamente apunta a resolver problemas.

Cualquier bien al que se imponga un precio inferior al de mercado hace que oferta y demanda se desequilibren y aparece la escasez del producto en cuestión. Para recurrir al lenguaje común, por supuesto que el verdulero “se aprovecha” del deseo de sus clientes de alimentarse, o el que vende bicicletas “se aprovecha” del deseo de pedalear de sus compradores y así con todo. En un mercado libre, los comerciantes están obligados a atender las necesidades de su prójimo para poder prosperar y los precios no son el resultado del capricho de nadie sino de la situación imperante que hacen de indicador de lo que está sucediendo, no lo que a algún político le gustaría que suceda.

En resumen, los precios son señales indispensables para la marcha de la economía, pero cuanto más delicada sea la situación mayor es la necesidad que operen en libertad. El virus del estatismo empeora cualquier otro virus propiamente dicho pues condena a que se dificulte aun más el combate a la enfermedad al arruinar los procesos económicos. Estos procesos se agravan exponencialmente si se persiste en los anuncios disparatados de “estímulos monetarios” lo cual significa expansión de la base por parte de la llamada autoridad monetaria que en un contexto de retracción por la antedicha menor actividad hará que los estragos inflacionarios resulten más contundentes.

Entonces, una cosa es el cumplimiento de las funciones gubernamentales y otra bien distinta es la enfermedad letal del virus estatista .Recordemos una de las sabias lecciones de Mafalda: “lo único que no tiene garantía cuando se rompe, es la confianza”.

Publicado en el diario El País de Uruguay, 29 de marzo de 2020.

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