Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

LAS GANANCIAS Y LAS PÉRDIDAS

Cap. IX del libro de Ludwig von Mises, Planificación para la Libertad.

A. La naturaleza económica de las ganancias y las pérdidas

1. La aparición de las ganancias y las pérdidas

En el sistema capitalista de organización económica de la sociedad, los empresarios determinan la dirección de la producción orientados por los consumidores. En el desempeño de esta función están total e incondicionalmente sujetos a la soberanía del público comprador, es decir, de los consumidores. Si no logran producir aquellos bienes que éstos demandan más urgentemente de la mejor manera y al menor costo posible, incurrirán en pérdidas y serán finalmente eliminados de su posición empresaria. Serán reemplazados por otros hombres que satisfagan de una mejor manera a los consumidores.

Si toda la gente pudiera anticipar correctamente el estado futuro del mercado, los empresarios no obtendrían ganancias ni incurrirían en pérdidas. Tendrían que comprar los factores de producción complementarios a precios que, en el momento de la compra, ya reflejarían totalmente los precios futuros de los productos. No habría lugar para las pérdidas ni para las ganancias. Lo que hace aparecer las ganancias es el hecho de que el empresario que juzga más correctamente que otros los precios futuros de los productos compra alguno o todos los factores de producción a precios que, desde el punto de vista de la situación futura del mercado, son demasiado bajos. De esta manera, los costos totales de producción —incluido el interés sobre el capital invertido— quedan rezagados con respecto a los precios que el empresario recibe por el producto. Esta diferencia constituye la ganancia empresaria.

Por el otro lado, el empresario que se equivoca en su juicio respecto de los precios futuros de los productos admite precios para los factores de producción que, desde el punto de vista de la situación futura del mercado, son demasiado altos. Sus costos totales de producción exceden los precios a los que puede vender el producto. Esta diferencia constituye la pérdida empresaria.

Por lo tanto, las ganancias y las pérdidas son generadas por el éxito o el fracaso en ajustar la dirección de las actividades productivas a las más urgentes necesidades de los consumidores. Una vez completado este ajuste, tanto unas como otras desaparecen. Los precios de los factores de producción complementarios alcanzan un nivel en el cual los costos totales de producción coinciden con el precio del producto. Las ganancias y las pérdidas son dispositivos que siempre están presentes sólo porque el cambio incesante de los datos económicos crea continuamente nuevas discrepancias, originándose en consecuencia la necesidad de nuevos ajustes.

2. La distinción entre ganancias y otras rentas

Muchos errores concernientes a la naturaleza de las pérdidas y las ganancias fueron causados por la práctica de aplicar el término ganancias a la totalidad de las rentas residuales de un empresario.

El interés sobre el capital invertido no es parte componente de las ganancias. Los dividendos de una corporación no son en su totalidad ganancias. Confrontando los intereses sobre el capital invertido con los dividendos, el resultado en más o en menos, según sea el caso, determina el monto de las ganancias o las pérdidas.

En el mercado, los equivalentes del trabajo realizado por el empresario en la conducción de los negocios de la empresa son cuasi-salarios empresarios, pero no ganancias.

Si la empresa es dueña de un factor por el cual puede cobrar precios monopólicos, obtiene un beneficio monopólico. Si la empresa es una corporación, tales beneficios incrementan el dividendo. Sin embargo, no constituyen ganancias propiamente dichas.

Aun más serios son los errores originados en la confusión entre actividad empresaria e innovación y mejoras tecnológicas.

La adecuación defectuosa a los deseos de los consumidores, cuyo ajuste es la función esencial del empresariado, suele originarse en el hecho de que los nuevos métodos tecnológicos todavía no han sido utilizados en su máxima capacidad, la cual debería ser aprovechada para satisfacer la demanda de los consumidores de la mejor manera posible. Pero no siempre y necesariamente es éste el caso. Los cambios en la información, especialmente en la demanda de los consumidores, pueden requerir ajustes en nada relacionados con las innovaciones y mejoras tecnológicas. El empresario que simplemente aumenta la producción de un artículo añadiendo a los medios de producción existentes un nuevo equipo, sin hacer ningún cambio en los métodos tecnológicos de producción, no es menos empresario que el hombre que inaugura un nuevo método de producción. El empresario no sólo debe ocuparse de experimentar con nuevos métodos tecnológicos, sino también de seleccionar entre el conjunto de métodos tecnológicamente disponibles, aquellos más convenientes para ofrecer al público los bienes que reclama más urgentemente al menor precio. El empresario es quien decide, provisoriamente, si un nuevo procedimiento tecnológico es o no conveniente para este propósito, pero la decisión final pertenece al público comprador, quien se expedirá a través de su conducta en el mercado. La cuestión no radica en que un nuevo método sea o no considerado como una solución más “elegante” al problema tecnológico. Se trata de saber si determinada información económica es el mejor método posible para abastecer a los consumidores al más bajo precio.

Las actividades del empresario consisten en tomar decisiones. Determina en qué deben ser empleados los factores de producción. Cualquier otra actividad que un empresario pueda desarrollar es sólo un accidente dentro de su función empresarial. Es esto lo que muchas personas generalmente no comprenden. Confunden las actividades empresarias con la conducción de los asuntos administrativos y tecnológicos de una planta. Para ellos, los verdaderos empresarios no son los accionistas, ni los gestores, ni los especuladores, sino los empleados contratados. Los primeros no son más que parásitos inútiles que embolsan los dividendos.

Ahora bien, nunca se ha sostenido que uno pudiera producir sin trabajar. Pero tampoco es posible producir sin bienes de capital, o sea los factores previamente producidos para una producción posterior. Estos bienes de capital son escasos; por lo tanto, no son suficientes para la producción de todos los bienes que uno querría haber producido. Y aquí surge el problema económico: utilizarlos de manera tal que sólo se produzcan los bienes convenientes para satisfacer las necesidades más urgentes de los consumidores. Ningún bien debería dejar de ser producido por el hecho de que los factores requeridos para su producción sean utilizados —desperdiciados— en la producción de otro bien cuya demanda es menos intensa. Alcanzar esta meta es, en un régimen capitalista, tarea del empresariado, que determina en qué ramas productivas se invertirá el capital. En un régimen socialista esto sería una función del estado, el aparato social de coerción y opresión. El problema de si una junta de dirección socialista, carente de cualquier método de cálculo económico, podría o no cumplir esta función, no será tratado en este ensayo.

Existe una regla muy simple para distinguir a los empresarios de los que no lo son. Los empresarios son aquellos sobre quienes recae la incidencia de las pérdidas y de las caídas en el capital invertido. Los economistas aficionados pueden confundir las ganancias con otro tipo de entradas. Pero es imposible dejar de reconocer las pérdidas en el capital invertido.

3. La conducción económica de organizaciones sin fines de lucro

Lo que se ha dado en llamar democracia del mercado se manifiesta en el hecho de que las actividades económicas con fines de lucro están incondicionalmente sujetas a la supremacía del público comprador.

Las organizaciones sin fines de lucro son soberanas en sí mismas. Están en condiciones de desafiar los deseos del público, dentro de los límites trazados por el monto de capital a su disposición.

Un caso especial es el de la conducción de los asuntos gubernamentales: la administración del aparato social de coerción y opresión, es decir, del poder de policía. Los objetivos del gobierno, la protección de la inviolabilidad de la salud y de las vidas de los individuos y de sus esfuerzos para mejorar las condiciones materiales de su existencia, son indispensables. Benefician a todos y son el prerrequisito necesario para la civilización y la cooperación social. Pero no pueden ser vendidos y comprados como si fueran mercaderías; por lo tanto, no tienen precio en el mercado. No puede haber ningún cálculo económico referido a ellos. Los costos derivados de su conducción no pueden ser comparados con un precio recibido por el producto. Este estado de cosas haría que los funcionarios encargados de la administración de las actividades gubernamentales fueran déspotas irresponsables si no estuvieran sujetos al régimen presupuestario. Bajo este régimen, los administradores se ven obligados a obrar de acuerdo con instrucciones detalladas impuestas por el soberano, ya sea un autócrata que asumió el poder por la fuerza, o todo el pueblo actuando a través de representantes electos. Los funcionarios reciben fondos limitados y están obligados a gastarlos sólo para cumplir los objetivos establecidos por el soberano. De esta forma, la dirección de la administración pública se torna burocrática, es decir, dependiente de una cantidad definida de leyes y regulaciones detalladas.

La dirección burocrática es la única alternativa posible cuando no existe una dirección preocupada por las ganancias y las pérdidas.[40]

4. Los votos en el mercado

Los consumidores, a través de sus compras y abstenciones de comprar, eligen a los empresarios como si en realidad se repitiera un plebiscito diario. Determinan quién debe ser propietario y quién no, y cuánto debe tener cada propietario.

Al igual que en todos los casos donde se elige una persona —funcionarios, empleados, amigos, o cónyuge— la decisión de los consumidores se basa en la experiencia y por lo tanto siempre está referida al pasado. No existe una experiencia del futuro. La votación en el mercado beneficia a aquellos que en el pasado inmediato han servido mejor a los consumidores. Sin embargo, la elección no es inalterable y puede ser corregida diariamente. El elegido que decepciona al electorado desciende rápidamente en las listas de los favorecidos por el voto.

Cada voto de los consumidores sólo amplia un poco la esfera de acción del hombre elegido. Para alcanzar los niveles más altos dentro del empresariado, necesita un gran número de votos y que éstos se repitan una y otra vez durante un largo período de tiempo; una prolongada serie de éxitos. Cada día debe someterse a un nuevo juicio, a una nueva elección.

Los empresarios no son ni perfectos ni buenos en sentido metafísico. Deben su posición, exclusivamente, al hecho de estar mejor preparados que otras personas para el desarrollo de las funciones que les incumben. Obtienen ganancias no por ser inteligentes para desarrollar sus tareas, sino porque son más inteligentes o menos desprolijos que otras personas. No son infalibles, y se equivocan a menudo, pero están menos expuestos a los errores y a las equivocaciones que otras personas. Nadie tiene derecho a culparlos por los errores cometidos en la conducción de los negocios y a remarcar el hecho de que la gente habría estado mejor abastecida si los empresarios hubieran sido más hábiles y tenido mejores visiones del futuro. Si quien se queja es más hábil ¿por qué no ocupó él mismo el espacio vacío y aprovechó la oportunidad de obtener ganancias? Es realmente fácil mostrar perspicacia después de ocurridos los hechos. Todos los tontos se vuelven sabios cuando miran hacia atrás.

Una cadena de razonamientos popular dice lo siguiente: el empresario obtiene ganancias no sólo porque otras personas han tenido menos éxito que él en anticipar correctamente el estado futuro del mercado. El mismo contribuyó al surgimiento de las ganancias no produciendo una cantidad mayor del artículo correspondiente. Si no hubiera habido una restricción intencional de su parte, la oferta de este artículo habría sido tan grande que el precio habría caído a un nivel en el cual las entradas no permitirían obtener excedentes sobre los costos de producción. Este razonamiento es el causante de las espurias doctrinas de la competencia imperfecta y monopolística. El gobierno norteamericano recurrió a él poco tiempo atrás cuando culpó a las empresas de la industria del acero por el hecho de que la capacidad productiva de acero de los EE.UU. no fuera mayor de lo que realmente es.

Ciertamente, aquellos que están comprometidos en la producción del acero no son responsables de que otras personas no entraran igualmente a esta rama productiva. El reproche de las autoridades habría sido sensato si estas últimas hubieran conferido a las corporaciones existentes el monopolio de la producción de acero. Pero al no existir tal privilegio, la reprimenda hecha a las fábricas en funcionamiento no es más justificable que censurar a los poetas y músicos de la nación por no ser más y mejores poetas y músicos. Si alguien tiene la culpa por el hecho de que el número de personas que se incorpora a la organización voluntaria de defensa civil no sea mayor, no son los que ya se han incorporado, sino los que no lo han hecho.

Que la producción del bien “p” no sea mayor de lo que realmente es, se debe al hecho de que los factores complementarios de producción requeridos para una expansión fueron empleados para la producción de otros bienes. Hablar de una oferta insuficiente del bien “p” es retórica vacía si no se señalan los distintos productos “m” producidos en cantidades demasiado grandes, con la consecuencia de que su producción parece ahora, es decir, después del hecho, un desperdicio de los escasos factores de producción. Podemos presumir que los empresarios que, en lugar de producir cantidades adicionales de “p”, se volcaron a la producción de cantidades excesivas de “m”, y que consecuentemente incurrieron en pérdidas, no se equivocaron intencionalmente.

Tampoco los productores de “p” restringieron la producción de “p” intencionalmente. El capital de cada empresario es limitado; lo emplea en aquellos proyectos que, según él espera, brindarán las mayores ganancias, al satisfacer las necesidades más urgentes del público.

Un empresario que dispone de 100 unidades de capital, emplea, por ejemplo, 50 unidades para la producción de “p” y 50 unidades para la producción de “q”. Si ambos productos son rentables, sería ridículo culparlo por no haber utilizado, por ejemplo, 75 unidades para la producción de “p”. Podría incrementar la producción de “p” sólo si redujera correspondientemente la producción de “q”. Pero quienes se quejan podrían encontrar la misma falla respecto de “q”. Si se responsabiliza al empresario por no haber producido más “p”, también debe culpárselo por no haber producido más “q”. Esto significa lo siguiente: se culpa al empresario por el hecho de que existe escasez de los factores de producción y porque la tierra no es la tierra de Cockaigne.

Quizá quien se queja aducirá la razón de que él considera que “p” es un bien vital, mucho más importante que “q”, y que por lo tanto la producción de “p” debe expandirse y la de “q” restringirse. Si éste es realmente el sentido de la crítica, no está de acuerdo con los juicios de los consumidores. Se quita la máscara y muestra sus aspiraciones dictatoriales. Se pretende que la producción no debe ser dirigida por los deseos del público sino por su voluntad despótica.

Pero si al producir “q” nuestro empresario incurre en pérdidas, es obvio que su error consistió en una pobre visión del futuro y que no fue intencional.

La entrada a las filas de los empresarios en una sociedad de mercado, no saboteada por la interferencia del gobierno o de otros órganos que recurran a la violencia, está abierta a todos. Aquellos que saben cómo aprovechar cualquier oportunidad económica que se presente, siempre encontraran el capital necesario, ya que el mercado está lleno de capitalistas ansiosos por encontrar los destinos más promisorios para sus fondos y que buscan recién llegados ingeniosos, con cuya compañía podrían llevar a cabo los proyectos más remunerativos.

Frecuentemente, la gente no pudo darse cuenta de esta característica inherente al capitalismo, porque no entienden el significado y los efectos de la escasez de capital. La tarea del empresario es seleccionar entre los numerosos proyectos tecnológicamente factibles aquellos que satisfarán las más urgentes y aun no satisfechas necesidades del público. Los proyectos para cuya ejecución no alcanza la oferta de capital no deben ejecutarse. El mercado siempre está atestado de visionarios que desean llevar a cabo esos planes impracticables e irrealizables. Son estos soñadores los que siempre se quejan de la ceguera de los capitalistas que son demasiado estúpidos para cuidar sus propios intereses. Los inversores, por supuesto, a menudo eligen equivocadamente sus inversiones. Pero estos errores consisten precisamente en el hecho de que eligieron un proyecto inapropiado, en lugar de otro que habría satisfecho las necesidades más urgentes del público comprador.

Lamentablemente, la gente se equivoca frecuentemente al juzgar el trabajo de los genios creativos. Sólo una minoría de personas lo aprecia lo suficiente como para valorar correctamente los logros de los poetas, artistas y pensadores. Puede suceder que la indiferencia de sus coetáneos imposibilite al genio lograr lo que habría logrado si sus semejantes hubieran demostrado mejor juicio. El modo de seleccionar al poeta laureado o al filósofo “à la mode” es verdaderamente discutible.

Pero es inadmisible cuestionar la elección que el mercado libre hace de los empresarios. La preferencia que los consumidores demuestran hacia artículos definidos puede ser cuestionable desde el punto de vista de una apreciación filosófica. Pero los juicios de valor, necesariamente, son siempre personales y subjetivos. El consumidor elige lo que, en su opinión, le brinda la mayor satisfacción. Nadie está llamado a determinar qué puede hacer a un hombre más o menos feliz. La popularidad de los automóviles, televisores y medias de nilón puede ser criticada desde el punto de vista “más elevado”. Pero éstas son las cosas que la gente demanda. La gente dirige sus votos hacia aquellos empresarios que le ofrecen la mercadería de mejor calidad al más bajo precio.

Al elegir entre distintos partidos y plataformas políticas para la organización social y económica del estado, la mayoría de la gente está mal informada y deambula en la oscuridad. El votante promedio carece de los conocimientos necesarios para distinguir aquellas políticas adecuadas para obtener los fines buscados, de las que no lo son. Le es difícil analizar las largas cadenas del razonamiento apriorístico, que constituye la filosofía de un programa social extenso. En el mejor de los casos, puede formarse alguna opinión acerca de los efectos a corto plazo de las políticas involucradas. Está incapacitado para tratar los efectos a largo plazo. En principio, los socialistas y comunistas frecuentemente sostienen la infalibilidad de las decisiones de la mayoría. Sin embargo, se contradicen cuando critican a las mayorías parlamentarias que rechazan su credo y al negar a la gente, a través de un régimen unipartidario, la posibilidad de elegir entre partidos diferentes.

Pero en la compra de un bien o en la abstención de su compra, lo único que interviene son los deseos que los consumidores tienen de obtener la mejor satisfacción posible de sus necesidades más urgentes. El consumidor no elige —como el votante político— entre medios diferentes cuyos efectos aparecerán más tarde. Elige entre objetos que le brindarán satisfacción inmediata. Su decisión es terminante.

Un empresario obtiene ganancias por servir a los consumidores, es decir a las personas, tal cual son y no tal como deberían ser según las fantasías de algún dictador potencial.

5. La función social de las ganancias y las pérdidas

Las ganancias nunca son normales. Sólo aparecen cuando existe un desajuste, una divergencia entre la producción real y la producción que debería existir para utilizar los recursos mentales y materiales de forma tal que permitan brindar la mejor satisfacción posible a los deseos del público. Son el precio que reciben aquellos que terminan con el desajuste; desaparecen apenas deja de existir el desajuste. En la estructura imaginaria de una economía de rotación uniforme no existen ganancias. En ella la suma de los precios de los factores de producción complementarios coincide con el precio del producto, debido a las asignaciones hechas por las preferencias temporales.

Cuanto más grandes sean los desajustes precedentes, mayores serán las ganancias provenientes de su remoción. Algunas veces, los desajustes pueden llamarse excesivos. Pero es inadecuado aplicar el epíteto de “excesivas” a las ganancias.

La gente se forma la idea de ganancias excesivas comparando la ganancia obtenida con el capital empleado en la empresa y midiendo la ganancia como porcentaje del capital. Este método es sugerido por el procedimiento consuetudinario aplicado en sociedades y corporaciones para la asignación de cuotas de la ganancia total a los socios y accionistas individuales. Estos hombres han contribuido en diferente medida a la realización del proyecto y comparten las pérdidas y las ganancias de acuerdo con el monto de su contribución.

Pero no es el capital empleado el que crea las ganancias y las pérdidas. El capital no “engendra ganancias”, como pensaba Marx. Los bienes de capital, tal como existen, son objetos muertos que en sí mismos no logran nada. Si son utilizados de acuerdo con una, buena idea, aparecen las ganancias. Si son utilizados según una idea equivocada, no aparecen las ganancias o se incurre en pérdidas. Es la decisión empresarial la que crea, ya sea las ganancias o las pérdidas. Es en la actividad mental, en la mente del empresario, donde se originan las ganancias. Éstas son un producto de la mente, del éxito en prever el estado futuro del mercado. Constituyen un fenómeno espiritual e intelectual.

El absurdo de condenar a cualquier ganancia por “excesiva” puede ser fácilmente demostrado.

Una empresa con un capital de monto “c” produce una cantidad definida de “p”, que vende a precios que arrojan un excedente de rentas sobre costos de “s” y en consecuencia obtiene una ganancia del “n” por ciento. Si el empresario hubiera sido menos capaz, habría necesitado un capital de “2c” para producir la misma cantidad de “p”. En beneficio de la argumentación, podemos incluso pasar por alto el hecho de que esto habría necesariamente incrementado los costos de producción, como también habría duplicado el interés sobre el capital empleado, y podemos presumir que “s” habría permanecido invariable. Pero de todas formas, “s” habría sido comparada con “2c” en lugar de “c”, y por lo tanto la ganancia habría sido de sólo el “n/2” por ciento sobre el capital empleado. La ganancia “excesiva” se habría reducido a un nivel “justo”. ¿Por qué? Porque el empresario fue menos eficiente y porque su falta de eficiencia privó a sus compatriotas de todas las ventajas que podrían haber obtenido si una cantidad “c” de bienes de capital hubiera quedado disponible para la producción de otras mercaderías.

Al dar a las ganancias el carácter de “excesivas” y al castigar a los empresarios eficientes con impuestos discriminatorios, la gente se hace daño a sí misma. Gravar las ganancias es equivalente a gravar el éxito en brindar el mejor servicio al público. La única meta de todas las actividades productivas es emplear los factores de producción de manera tal que rindan lo máximo posible. Cuanto menor sea la cantidad de factores de producción empleados, mayor será la cantidad disponible para la producción de otros artículos. Pero cuanto mayor sea el éxito que un empresario tenga en este sentido, mayor será la cantidad de insultos que sufra y el monto de impuestos que succionará sus remuneraciones. Los costos crecientes por unidad de producto, es decir, el derroche, son alzados como virtud.

La manifestación más increíble de este total fracaso en entender la tarea de la producción y la naturaleza y las funciones de las ganancias y las pérdidas se evidencia en la superstición popular según la cual las ganancias son una adición hecha a los costos de producción, cuya magnitud depende únicamente de la discreción del vendedor. Es esta creencia la que conduce a los gobiernos hacia el control de precios. Es esta misma creencia la que ha impulsado a muchos gobiernos a concretar acuerdos con sus contratistas, según los cuales el precio a pagarse por un artículo entregado debe ser igual a los costos de producción del vendedor incrementados en un porcentaje definido. Como consecuencia de esto, el proveedor obtenía un beneficio más importante cuanto menos éxito tenía en evitar costos superfluos. Los contratos de este tipo acrecentaron considerablemente las sumas que los Estados Unidos tuvieron que gastar en las dos guerras mundiales. Pero los burócratas, fundamentalmente los profesores de economía, que sirvieron en los distintos departamentos de guerra, se enorgullecían por su sagaz manejo del asunto.

Todas las personas, tanto los empresarios como los que no lo son, miran con recelo las ganancias obtenidas por otras personas. La envidia es una debilidad común en los hombres. Las personas están poco dispuestas a reconocer el hecho de que ellas mismas podrían haber obtenido ganancias si hubieran puesto de manifiesto la misma perspicacia y el mismo juicio que tuvieron los hombres de negocios exitosos. Su resentimiento es mayor en la medida en que su subconsciente reconoce este hecho.

No existirían las ganancias si no fuera por los deseos del público de adquirir las mercaderías ofrecidas en venta por los empresarios exitosos. Pero las mismas personas que se desesperan por estos artículos, vilipendian al hombre de negocios y lo llaman enfermo de apetito de ganancias.

La expresión semántica de esta envidia es la distinción entre rentas del trabajo e ingresos no ganados. Es difundida por los libros de texto, por el lenguaje de las leyes y de los procedimientos administrativos. Así, por ejemplo, el Formulario oficial 201 para la recaudación del Impuesto a las Ganancias del estado de Nueva York llama “salarios” sólo a las compensaciones recibidas por empleados e implícitamente llama “ingresos no ganados” a todo otro ingreso, incluso aquel que resulte del ejercicio de una profesión. Tal es la terminología utilizada por un estado cuyo gobernador es republicano y cuyo congreso estatal tiene mayoría republicana.

La opinión pública tolera las ganancias, en la medida en que no excedan el salario pagado a un empleado. Toda suma que supere esa cifra es rechazada por ser injusta. El objetivo de los impuestos es, de acuerdo con el principio de capacidad contributiva, confiscar este exceso.

Ahora bien, una de las principales funciones de las ganancias es trasladar el control del capital a aquellos que saben emplearlo de la mejor forma posible para satisfacer, las necesidades del público. Cuanto mayores sean las ganancias obtenidas por un hombre, mayor será su riqueza y mayor será su influencia en la conducción de las actividades económicas. Las ganancias y las pérdidas son instrumentos por medio de los Cuales los consumidores ceden la dirección de las actividades productivas a aquellos que están, mejor capacitados para servirlos. Cualquier, intento de confiscar o cercenar las ganancias perjudica la función. Como resultado de tales medidas se aflojan las riendas que el consumidor tiene sobre el curso de la producción. El Mecanismo económico se torna, desde el punto de vista del interés de la gente, menos eficiente y menos obediente.

Los celos que el hombre común siente hacen que éste mire las ganancias de los empresarios como si éstas tuvieran el consumo como único destinó. Desde luego, parte de ellas se consumen. Pero únicamente obtienen riqueza e influencia en el ámbito de los negocios aquellos empresarios que sólo consumen una fracción de sus entradas y reinvierten la mayor parte de ellas en sus empresas. Lo que hace que un pequeño negocio se convierta en un gran negocio no es el gasto, sino el ahorro y la acumulación de capital.

6. Las ganancias y las pérdidas en la economía que progresa y en la que retrocede

Llamamos economía estable a aquella en la cual la cuota per cápita de ingresos y riqueza de los individuos permanece invariable. En una economía como ésta el mayor gasto de los consumidores en algunos artículos debe ser equivalente al menor gasto en otros. El monto total de ganancias obtenidas por una parte de los empresarios equivale al monto total de las pérdidas sufridas por otros empresarios. Sólo habrá un excedente en la suma de las ganancias obtenidas por sobre la suma de las pérdidas sufridas en toda la economía, en una economía que progresa, es decir, en aquella en la cual la cuota de capital per cápita aumenta. Este incremento es un efecto del ahorro que añade nuevos bienes de capital a la cantidad disponible previamente. El incremento del capital disponible crea desajustes en cuanto produce una diferencia entre el estado de producción real y el estado que el capital adicional hace posible. Gracias a la aparición de capital adicional, algunos proyectos que hasta un determinado momento no podían llevarse a cabo se hacen factibles. Al dirigir el nuevo capital en aquellas direcciones que satisfagan las necesidades más urgentes de los consumidores, los empresarios obtienen ganancias que no se ven equiparadas con las pérdidas de otros empresarios.

El enriquecimiento que el capital adicional genera sólo favorece parcialmente a aquellos que lo produjeron a través de su ahorro. El resto favorece como consecuencia del aumento de la productividad marginal del trabajo, y por consiguiente de los salarios, a aquellos que perciben jornales y salarios; como consecuencia del aumento de los precios de materias primas y de alimentos determinados, a los dueños de tierras; y finalmente, a los empresarios que integran este nuevo capital dentro del proceso de producción más económico. Pero mientras que los asalariados y los propietarios se benefician para siempre, las ganancias de los empresarios desaparecen una vez lograda la integración. Son, como ya ha sido mencionado, un fenómeno permanente sólo por el hecho de que diariamente aparecen nuevos desajustes, cuya eliminación genera ganancias.

En beneficio de la argumentación, recurramos al concepto de ingreso nacional tal como es empleado en la economía popular. Así, es evidente que en una economía estable ninguna parte del ingreso nacional constituye ganancias. Sólo en una economía que progresa las ganancias totales exceden las pérdidas totales. La creencia popular de que las ganancias se deducen del ingreso de los trabajadores y de los consumidores es completamente falaz. Si empleamos el término deducción, debemos decir que tanto el exceso de las ganancias sobre las pérdidas, como los incrementos que perciben los asalariados y los propietarios, se deducen de las entradas de aquellos que produjeron el capital adicional a través de su ahorro. Es su ahorro el vehículo de mejoramiento económico, que hace posible el empleo de innovaciones tecnológicas y aumenta la productividad y el nivel de vida. Es la actividad de los empresarios la que se ocupa del empleo más económico del capital adicional. Mientras ellos no ahorren, ni los trabajadores ni los propietarios aportarán nada para que surjan las circunstancias que generan lo que se llama progreso y mejora económica. Estos últimos son beneficiados por el ahorro de otras personas, que crea capital adicional por un lado, y por la acción empresaria que dirige este capital adicional hacia la satisfacción de las necesidades más urgentes, por el otro.

Una economía en retroceso es una economía cuya cuota de capital invertido per cápita está decreciendo. En una economía como ésa, el monto total de pérdidas sufridas por los empresarios excede el monto total de ganancias obtenidas por otros empresarios.

7. El cálculo de las ganancias y las pérdidas

Las categorías praxeológicas originales de ganancias y pérdidas son cualidades psíquicas y no reducibles a ninguna descripción interpersonal hecha en términos cuantitativos. Se trata de magnitudes completas. La diferencia entre el valor del fin obtenido y el de los medios aplicados para su obtención es la ganancia, si es positiva, y la pérdida, si es negativa.

Cuando existe una división social de esfuerzos y de cooperación, como también propiedad privada de los medios de producción, el cálculo económico en términos de unidades monetarias se hace factible y necesario. Las ganancias y las pérdidas son calculables como fenómeno social. Los fenómenos psíquicos de ganancia y pérdida, de los cuales aquéllas derivan en última instancia, siguen siendo, por supuesto, magnitudes completas incalculables.

El hecho de que dentro del marco de la economía de mercado las ganancias y las pérdidas empresariales sean determinadas a través de operaciones aritméticas ha conducido a conclusiones erróneas a muchas personas. No entienden que las partidas esenciales que forman parte de este cálculo son estimaciones emanadas del conocimiento específico que el empresario tiene sobre el estado futuro del mercado. Piensan que estos cálculos están abiertos al análisis y a la verificación o alteración por parte de un experto desinteresado. Ignoran el hecho de que tales cálculos son, como regla, una parte inherente a la anticipación especulativa que el empresario hace sobre las inciertas condiciones futuras.

Para complementar lo que nos hemos propuesto en este ensayo nos basta con hacer referencia a uno de los problemas para la contabilización de los costos. Una de las partidas de una lista de costos es el establecimiento de la diferencia entre el precio pagado por los comúnmente llamados equipos de producción durables y su valor presente. El valor presente es el equivalente monetario a la contribución que este equipo hará a los ingresos futuros. No existe certeza alguna acerca del estado futuro del mercado y del nivel de estos ingresos. Sólo pueden ser determinados por una anticipación especulativa por parte del empresario. Es absurdo llamar a un experto y sustituir el juicio del empresario por su juicio arbitrario. El experto es objetivo mientras no se vea afectado por algún error. Pero el empresario expone su propio bienestar material.

Desde luego, la ley determina magnitudes que llama ganancias y pérdidas. Pero estas magnitudes no son idénticas a los conceptos económicos de ganancias y pérdidas y no deben confundirse con ellos. Si una ley impositiva llama ganancia a una magnitud, en realidad determina el nivel del impuesto adecuado. Le da este nombre porque desea justificar su política impositiva ante la opinión pública. Sería más correcto que el legislador omitiera el término ganancias y hablara simplemente de base para el cálculo del impuesto adeudado.

Las leyes impositivas tienden a calcular lo que ellas llaman ganancias de modo tal que resulten lo más altas posible para incrementar las rentas públicas inmediatas. Pero existen otras leyes destinadas a restringir la magnitud que llaman ganancia. Los códigos comerciales de muchas naciones fueron y son concebidos para proteger los derechos de los acreedores. Procuran restringir lo que ellos llaman ganancias para impedir que el empresario se aparte demasiado de la firma o corporación en beneficio propio y en perjuicio de los acreedores. Eran estas tendencias las que predominaban en la evolución de los usos comerciales respecto del nivel acostumbrado de cuotas de amortización.

Hoy, no existe necesidad de extenderse sobre el problema de la falsificación del cálculo económico en condiciones inflacionarias. Todo el mundo comienza a comprender el fenómeno de las ganancias ilusorias, nacido de las grandes inflaciones de nuestra época. El no poder entender los efectos de la inflación sobre los métodos usuales utilizados para el cálculo de las ganancias originó el concepto moderno de “excesivas”. A un empresario se lo llama “abusador” si su balance de resultados, calculado en términos de moneda sujeta a una inflación que progresa rápidamente, muestra ganancias que otras personas juzgan “excesivas”. Ha sucedido frecuentemente en muchos países que el estado de resultados de ese “abusador”, una vez calculado en moneda constante o menos inflada, no sólo no mostró ganancias sino que reveló pérdidas considerables.

Aun si evitamos, en beneficio de esta argumentación, hacer alguna referencia al fenómeno de las ganancias meramente ilusorias inducidas por la inflación, es evidente que el epíteto de “abusador” es la expresión de un juicio de valor arbitrario. No existe ningún otro parámetro disponible para hacer la distinción entre ganancias “excesivas” y “justas” que no sea el provisto por la envidia y el resentimiento personales del crítico.

Es verdaderamente extraño que una lógica eminente, la desaparecida L. S. Stebbing, no haya podido percibir con claridad esta importante cuestión. La profesora Stebbing igualó el concepto de excesos a conceptos que se refieren a una distinción clara, de naturaleza tal que entre sus extremos no puede trazarse una línea bien definida. La distinción entre ganancias “excesivas” y “ganancias legítimas”, declaró, es clara, aunque no sea una distinción bien definida.[41 ] Ahora bien, esta distinción es clara sólo cuando se refiere a un acto legislativo que define el término de ganancias excesivas tal como ha sido usado en ese contexto. Pero esto no es lo que Stebbing pensaba. Enfatizó explícitamente que tales definiciones legales están hechas “de manera arbitraria para los fines prácticos de la administración”. Utilizó el término “legítimas” sin hacer referencia a estatutos legales y sus definiciones. ¿Pero puede permitirse el empleo del término legítimas sin referirlo a ningún parámetro desde cuyo punto de vista el objeto en cuestión puede ser considerado como legítimo? ¿ Y existe algún otro parámetro disponible para distinguir la ganancia legítima de la excesiva que no sea el provisto por los juicios de valor personales?

La profesora Stebbirig se refirió a los famosos argumentos acervus y calvus de los antiguos lógicos. Muchas palabras son vagas hasta tanto se apliquen a características qué pueden ser poseídas en distintas medidas. Es imposible trazar una línea definida entre aquellos que son calvos y aquellos que no lo son. Es imposible definir con precisión el concepto de calvicie. Pero lo que la profesora Stebbing no remarcó es que la característica por la cual la gente distingue entre aquellos, que son calvos y aquellos que no lo son es susceptible de una definición precisa. Es la presencia o la ausencia de cabello en la cabeza de una persona. Ésta es una clara y no ambigua señal cuya presencia o ausencia debe ser establecida a través de la observación y expresada por medio de proposiciones acerca de la existencia. Lo vago és Sólo la determinación del punto en el cual la no calvicie se convierte en calvicie. La gente puede no estar de acuerdo con respecto a la determinación de este punto. Pero la discusión se refiere a la interpretación de la convención que asigna un cierto significado a la palabra calvicie. No hay juicios de valor implícitos. Desde luego, puede suceder que la diferencia de opinión sea en un caso concreto causada por el prejuicio. Pero éste es otro tema.

La vaguedad de palabras tales como calvicie es la misma que resulta inherente a los números o los pronombres indefinidos. El lenguaje necesita de esos términos ya que para muchos de los propósitos de la comunicación diaria entre los hombres, un establecimiento aritmético exacto de cantidad es superfluo y demasiado fastidioso. Los lógicos están totalmente equivocados al intentar asignar a tales palabras, cuya vaguedad es intencional y sirve a propósitos determinados, la precisión de números definidos. A un individuo que proyecta visitar Seattle le basta saber que existen muchos hoteles en esta ciudad. Un comité que planea reunir una convención en Seattle necesita información precisa acerca del número disponible de camas en los hoteles.

El error de la profesora Stebbing consistió en confundir proposiciones existenciales con juicios de valor. Su falta de familiaridad con los problemas económicos, puesta de manifiesto en todos sus escritos, que son valiosos en otros aspectos, la condujo por mal camino. No habría cometido tal equivocación en un terreno que le hubiera resultado más conocido. No habría declarado que existe una clara distinción entre las “regalías legitimas” y las “regalías ilegítimas” que un autor percibe. Habría comprendido que el monto de las regalías percibidas depende del aprecio que el público sienta por un libro y que un observador que critica el monto de las regalías sólo expresa su juicio de valor personal.

B. La condena de las ganancias

1. La economía y la abolición de las ganancias

Aquellos que tildan con desprecio como de “no merecidas” las ganancias empresarias, quieren decir que se trata de lucro injustamente obtenido a costa de los trabajadores y de los consumidores, o de ambos. Tal es la idea subyacente en el supuesto “derecho al producto total del trabajo” y en la doctrina marxista de la explotación. Puede decirse que la mayoría de los gobiernos —si no todos— y la inmensa mayoría de nuestros contemporáneos respaldan esta opinión en todo aspecto aunque algunos de ellos sean suficientemente generosos como para consentir que los “explotadores” deberían conservar una fracción de las ganancias.

No tiene sentido discutir acerca de la adecuación de los preceptos éticos. Éstos derivan de la intuición; son arbitrarios y subjetivos. No existe un parámetro objetivo por el que puedan ser juzgados. Los fines últimos son elegidos por los juicios de valor del individuo. No pueden determinarse por la investigación científica y el razonamiento lógico. Si un hombre dice “esto es lo que yo pretendo, cualesquiera sean las consecuencias de mi conducta y el precio que deba pagar por ello”, nadie puede oponerle objeción alguna. Pero la cuestión es si es realmente cierto que este hombre está dispuesto a pagar cualquier precio para obtener el fin mencionado. Si la respuesta a esta última pregunta es negativa se hace posible efectuar un análisis del asunto en cuestión.

Si realmente existiera gente que estuviera dispuesta a tolerar todas las consecuencias de la abolición de las ganancias, por más perjudiciales que fueran, la economía se vería imposibilitada de tratar el problema. Pero éste no es el caso. Aquellos que quieren abolir las ganancias son guiados por la idea de que esta confiscación mejoraría el bienestar material de todos los no empresarios. A su juicio la abolición de la ganancia no es un fin último sino un medio para alcanzar un fin definido, o sea el enriquecimiento de los que no son empresarios. Que este fin pueda realmente obtenerse empleando este medio y que la utilización de este medio pueda tener consecuencias que parezcan a todas o a algunas personas menos deseables que las condiciones imperantes antes de su empleo, son cuestiones que la economía debe examinar.

2. Las consecuencias de la abolición de las ganancias

La idea de abolir ganancias para beneficiar a los consumidores lleva implícito el hecho de que el empresario debería ser obligado a vender los productos a precios que no excedan los costos de producción. Como tales precios, para todos los artículos cuya venta habría arrojado ganancias, están por debajo del precio potencial del mercado, la oferta disponible no alcanza a satisfacer a todos aquellos que desean adquirir estos artículos a estos precios. El mercado se ve paralizado por la fijación de precios máximos. No puede asignar productos a los consumidores. Debe adoptarse un sistema de racionamiento.

La sugerencia de abolir las ganancias del empresario en beneficio de los empleados no busca la abolición de las ganancias. Pretende arrebatarlas de las manos del empresario para entregarlas a los empleados.

En un modelo como ése, las pérdidas sufridas recaen sobre el empresario mientras que las ganancias van hacia los empleados. Es probable que el efecto de esta medida sea un incremento de las pérdidas y una mengua en las ganancias. De todos modos una parte mayor de las ganancias sería consumida y una parte menor sería ahorrada y reinvertida en la empresa. No habría capital disponible para el establecimiento de nuevas ramas productivas y para las transferencias de capital desde las ramas que —de acuerdo con la demanda de los clientes— deberían achicarse hacia aquellas que deberían expandirse, ya que los intereses de aquellos empleados en una actividad o empresa definida se verían perjudicados por la restricción del capital empleado en ella y por la transferencia de éste hacia otra empresa o actividad. Si un modelo como ése hubiera sido adoptado hace cincuenta años, todas las innovaciones logradas en este período se habrían vuelto imposibles de alcanzar. Si, a los fines de la argumentación, estuviéramos dispuestos a no hacer referencia al problema de la acumulación del capital, aún deberíamos darnos cuenta de que el dar las ganancias a los empleados tendrá como resultado una rigidez del estado de producción alguna vez, alcanzado e impedirá cualquier ajuste, mejora y progreso.

En efecto, el modelo transferiría la propiedad del capital invertido a manos de los empleados. Equivaldría al establecimiento del sindicalismo y generaría los mismos efectos que el sindicalismo, un sistema que ningún autor o reformista se atrevió a defender abiertamente.

Una tercera solución del problema sería confiscar todas las ganancias obtenidas por los empresarios en beneficio del estado. Un impuesto a las ganancias del cien por ciento cumpliría con esta tarea. Transformaría a los empresarios en administradores irresponsables de todas las plantas y lugares de trabajo. Ya no estarían sujetos a la supremacía del público comprador. Sólo serían personas que tienen el poder para manejar la producción como les plazca.

Las políticas de todos los gobiernos contemporáneos que no han adoptado un socialismo sin reservas aplican conjuntamente estos tres modelos. Confiscan a través de diversas medidas de control de precios una parte de las ganancias potenciales, supuestamente en beneficio de los consumidores. Respaldan a los sindicatos en sus esfuerzos para arrebatar, teniendo en cuenta el principio de determinación salarial por capacidad de pago, una parte de las ganancias a los empresarios. Y por último, es igualmente importante mencionar sus intentos de confiscar, a través de tasas progresivas de impuestos a las ganancias, impuestos especiales sobre las ganancias de las corporaciones e impuestos sobre las “ganancias excesivas”, una parte cada vez mayor de las ganancias para solventar el gasto público. Puede apreciarse fácilmente que de continuar aplicándose estas políticas, muy pronto dejarán de existir completamente las ganancias empresarias.

El efecto de la aplicación conjunta de estas políticas ya está causando el caos. El efecto final será el pleno advenimiento del socialismo a través del desplazamiento de los empresarios. El capitalismo no puede sobrevivir si las ganancias son abolidas. Son las ganancias y las pérdidas las que obligan a los capitalistas a emplear su capital para brindar el mejor servicio a los consumidores. Son las ganancias y las pérdidas las que encumbran en la conducción de los negocios a aquellas personas que están mejor preparadas para satisfacer al público. Si las ganancias son abolidas, la consecuencia será el caos.

3. Los argumentos contra las ganancias

Todas las razones desarrolladas a favor de una política que vaya en contra de las ganancias son el resultado de una interpretación errónea del funcionamiento de la economía de mercado.

Los magnates de la industria son demasiado poderosos, demasiado ricos y demasiado grandes. Abusan de su poder para su propio enriquecimiento. Son tiranos irresponsables. Una empresa de gran tamaño es un mal en sí misma. No existe ninguna razón para que algunos hombres sean dueños de millones mientras otros son pobres. La riqueza de unos pocos es la causa de la pobreza de las masas.

Cada palabra de estas apasionadas acusaciones es falsa. Los empresarios no son tiranos irresponsables. Es precisamente la necesidad de obtener ganancias y evitar pérdidas la que otorga a los consumidores el poder de influir sobre ellos, obligándolos a satisfacer los deseos de la gente. Lo que hace grande a una empresa es su éxito en satisfacer de la mejor manera las demandas de los compradores. Si la empresa mayor no sirviera a la gente mejor que una pequeña, habría sido reducida a la pequeñez. Los esfuerzos de un empresario para enriquecerse a través del incremento de sus ganancias no perjudican a nadie. El empresario tiene, en su calidad de tal, sólo una tarea: procurar obtener la ganancia más alta posible. Las enormes ganancias son prueba de un buen servicio prestado en la satisfacción de los consumidores. Las pérdidas son prueba de los errores cometidos, del fracaso en desempeñar satisfactoriamente las tareas que incumben a un empresario. La riqueza de los empresarios exitosos no es la causa de la pobreza de nadie; es consecuencia del hecho de que los consumidores están mejor abastecidos que lo que hubieran estado de no haber existido el esfuerzo del empresario. La penuria soportada por millones de personas en los países atrasados no es causada por la opulencia de nadie, es correlativa del hecho de que su país no tiene empresarios que hayan adquirido riquezas. El nivel de vida del hombre común es más alto en aquellos países que tienen el mayor número de empresarios ricos. Es de principal importancia para el interés material de todos que el control de los factores de producción esté concentrado en manos de aquellos que saben cómo utilizarlos de la manera más eficiente posible.

Impedir el surgimiento de nuevos millonarios es el objetivo reconocido de las políticas de todos los gobiernos y partidos políticos actuales. La adopción de esta política en los EE.UU. hace cincuenta años habría impedido el crecimiento de la industria productora de nuevos artículos. Los automóviles, las heladeras, los aparatos de radio y un centenar de otras innovaciones no tan espectaculares pero aun más prácticas no se habrían convertido en parte del equipamiento corriente de la mayoría de los hogares norteamericanos.

El asalariado promedio piensa que para mantener en funcionamiento el aparato social de producción y para mejorar e incrementar la producción total, no se necesita nada más que el trabajo rutinario, comparativamente simple, que le fue asignado. No se da cuenta de que los afanes y fatigas de la tarea que desempeña rutinariamente no son suficientes por sí mismos. La diligencia y la habilidad son desperdiciadas sin la previsión del empresario que las dirija hacia la meta más importante y sin la ayuda del capital acumulado por los capitalistas. El trabajador norteamericano se equivoca totalmente cuando piensa que debe su alto nivel de vida a sus propias virtudes. No es más industrioso ni más hábil que los trabajadores de Europa occidental. Debe sus altos ingresos al hecho de que su país se aferró a un “vigoroso individualismo” en mucho mayor medida que Europa. Tuvo la suerte de que los Estados Unidos aplicaran una política anticapitalista cuarenta o cincuenta años más tarde que Alemania. Sus salarios son más altos que los de los trabajadores del resto del mundo porque la inversión de capital por habitante es más alta en EE.UU. y porque el empresario norteamericano no se vio tan limitado como sus colegas de otros países por reglamentaciones paralizantes. La prosperidad comparativamente mayor de los EE.UU. es consecuencia del hecho de que el New Deal no llegó en 1900 o en 1910 sino recién en 1933.

Si se quisiera estudiar las razones del retraso de Europa, sería necesario examinar las numerosas leyes y regulaciones que impidieron allí el establecimiento del equivalente del drugstore norteamericano y evitaron la evolución de las cadenas de tiendas de los comercios departamentados, de los supermercados y establecimientos comerciales similares. Sería importante investigar el esfuerzo del Reich alemán para proteger los ineficientes métodos de “Handwork” (mano de obra) tradicional de la competencia de la economía capitalista. Aun más revelador sería un análisis del “Gewerbepolitik” austríaco, una política que tuvo como meta, apenas iniciada la década del 80 y en adelante, preservar la estructura económica de las épocas que precedieron a la Revolución Industrial.

La peor amenaza a la prosperidad, a la civilización y al bienestar material de los asalariados es la incapacidad de los jefes sindicales, de los “economistas del sindicato” y del grupo menos inteligente de los propios trabajadores para reconocer el rol que los empresarios desempeñan en la producción. Esta falta de visión ha encontrado una expresión clásica en los escritos de Lenin. Para Lenin, todo lo que la producción requiere aparte del manual de trabajo del trabajador y del diseño de los ingenieros es el “control de producción y distribución”, una tarea que puede ser cumplida fácilmente por los “trabajadores armados”, ya que esta contabilización y control “han sido simplificados en grado sumo por el capitalismo, hasta haberse convertido en las operaciones extraordinariamente simples de observar, registrar y emitir recibos, que están dentro de las posibilidades de todos los que sepan leer y escribir y conozcan las cuatro operaciones aritméticas fundamentales”.[42 ] No es necesario hacer ningún otro comentario.

4. El argumento de la igualdad

Para los partidos que se autoproclaman progresistas e izquierdistas, el defecto fundamental del capitalismo es la desigualdad de ingresos y riqueza. El fin último de sus políticas es establecer la igualdad. Los moderados desean alcanzar esta meta paso a paso; los radicales planean alcanzarla de un golpe, a través de la caída revolucionaria de los métodos de producción capitalista.

Sin embargo, al hablar de la igualdad y pidiendo vehementemente su vigencia, nadie defiende una reducción de sus propios ingresos actuales. El término igualdad, tal como se usa en el lenguaje político contemporáneo, siempre significa nivelar hacia arriba los ingresos propios, nunca nivelarlos hacia abajo. Significa obtener más y no compartir la riqueza propia con gente, que tiene menos.

Si el trabajador de automóviles, el ferroviario o el compositor norteamericanos dicen igualdad, quieren decir expropiar a los tenedores de acciones y bonos en su propio beneficio. No consideran la posibilidad de compartir con los trabajadores no capacitados que ganan menos. En el mejor de los casos, piensan en la igualdad de todos los ciudadanos norteamericanos, nunca que los pueblos de América latina, Asia y África pudieran interpretar el postulado de la igualdad como igualdad mundial y no como igualdad nacional.

El movimiento laboral político, como también el movimiento laboral sindical, proclaman de manera rimbombante su internacionalismo. Pero este internacionalismo es un gesto meramente retórico sin ningún significado sustancial. En todos los países cuyos salarios promedio son más altos que en cualesquiera otros, los sindicatos defienden barreras inmigratorias insuperables para evitar que los “hermanos” y “compañeros” extranjeros compitan con sus propios miembros. Comparada con las leyes antiinmigratorias de las naciones europeas, la legislación inmigratoria de las repúblicas americanas es verdaderamente moderada porque permite la inmigración de un número limitado de personas. Las leyes europeas no prevén ningún cupo de este tipo.

Todos los argumentos desarrollados en favor de la igualación de los ingresos dentro de un país pueden también esgrimirse, con la misma justificación o falta de justificación, en favor de la igualación mundial. Un trabajador norteamericano no tiene mejores títulos que un extranjero para reclamar los ahorros del capitalista norteamericano. Que un hombre haya obtenido ganancias sirviendo a los consumidores y que no haya consumido totalmente sus fondos sino reinvertido la mayor parte de ellos en equipo industrial no da a nadie un título válido para expropiar este capital en beneficio propio. Pero si aún se mantiene la opinión en contrario, ciertamente no existe razón alguna para atribuir a algunos mayores derechos de expropiación que a otros. No hay razón alguna para afirmar que sólo los norteamericanos tienen derecho a expropiar a otros norteamericanos. Los grandes impulsores de la economía norteamericana son los descendientes de las personas que inmigraron a los EE.UU. desde Inglaterra, Escocia, Irlanda, Francia, Alemania, y otros países europeos. Los radicales norteamericanos se equivocan totalmente al creer que su programa social es idéntico a los objetivos de los radicales de otros países, o al menos compatible con ellos. No lo es. Los radicales extranjeros no consentirán dejar a los norteamericanos, una minoría de menos del 7 % de la población mundial total, lo que consideran una posición privilegiada. Un gobierno mundial como el solicitado por los radicales norteamericanos trataría de confiscar a través de un impuesto a las ganancias mundial toda la diferencia de ingresos entre lo que gana un norteamericano promedio y el ingreso promedio de un trabajador indio o chino. Aquellos que cuestionan la veracidad de esta afirmación disiparían sus dudas luego de una conversación con cualquiera de los líderes intelectuales de Asia.

Casi ningún iraní calificaría las objeciones planteadas por el gobierno laborista británico contra la confiscación de los pozos de petróleo como otra cosa que una manifestación del más reaccionario espíritu de explotación capitalista. Hoy en día, los gobiernos sólo se abstienen de expropiar virtualmente las inversiones extranjeras —a través del control sobre el comercio exterior, de impuestos discriminatorios y mecanismos similares— si esperan conseguir más capitales foráneos en losaños siguientes, para así expropiar un monto mayor en el futuro.

La desintegración del mercado de capitales internacional es uno de los efectos más importantes de la mentalidad antiganancias de nuestra época. Pero no menos funesto es el hecho de que la mayor parte de la población mundial mira a los EE.UU. —no sólo a los capitalistas sino también a los trabajadores norteamericanos— con los mismos sentimientos de envidia, odio y hostilidad con los cuales, estimuladas por las doctrinas comunista y socialista, las masas de todo el mundo miran a !Os capitalistas de su propia nación.

5. El comunismo y la pobreza

Un método usual para tratar los programas y movimientos políticos es explicar y justificar su popularidad haciendo referencia a las condiciones que la gente encuentra no satisfactorias y a las metas que se desea alcanzar llevando a la práctica estos programas.

Sin embargo, lo único que importa es si dicho programa es o no adecuado para obtener los fines pretendidos. Un mal programa y una mala política nunca pueden ser explicados, y menos aun justificados, señalando las condiciones insatisfactorias de sus creadores y seguidores. La única cuestión que es válido plantearse es si estas políticas pueden o no eliminar o aliviar los males para cuyo remedio fueron diseñadas.

Sin embargo, todos nuestros contemporáneos declaran una y otra vez: si quiere tener éxito al combatir al comunismo, socialismo e intervencionismo, debe en primer término mejorar el bienestar material de las personas. La política del laissez faire apunta precisamente a hacer a la gente más próspera. Pero no puede tener éxito mientras las condiciones empeoren cada vez más por las medidas intervencionistas y socialistas.

El bienestar de algunas personas puede incrementarse en el muy corto plazo expropiando a empresarios y capitalistas y distribuyendo el botín. Pero incursiones tan depredatorias como las citadas, que hasta el Manifiesto comunista describió como “despóticas” y como “económicamente insuficientes e insostenibles”, arruinan el funcionamiento de la economía de mercado, deterioran muy pronto las condiciones de todas las personas y frustran los esfuerzos de empresarios y capitalistas para hacer más prósperas a las masas. Lo que es bueno por un instante que se esfuma rápidamente (es decir, en el más corto plazo) puede muy pronto (es decir, en el largo plazo) tener las consecuencias más desastrosas.

Los historiadores se equivocan al explicar la toma de poder del nazismo haciendo referencia a hostilidades y opresiones reales o imaginarias sufridas por el pueblo alemán. Lo que llevó a los alemanes a respaldar en forma casi unánime los veinticinco puntos del “inalterable” programa de Hitler no fueron algunas condiciones que ellos juzgaban insatisfactorias, sino la esperanza que la ejecución de este programa les brindaba para solucionar sus problemas y para ser más felices. Se volcaron al nazismo por falta de sentido común e inteligencia. No fueron lo suficientemente razonables como para reconocer a tiempo los desastres que el nazismo inevitablemente iba a causarles.

La inmensa mayoría de la población mundial es extremadamente pobre si se la compara con el nivel de vida promedio de las naciones capitalistas. Pero esta pobreza no explica su propensión a adoptar el programa comunista. Son anticapitalistas porque están cegados, por la envidia, la ignorancia y la falta de inteligencia, no pudiendo identificar correctamente las causas de sus desgracias. No existe más que un medio de mejorar su bienestar material, a saber, convencerlos de que sólo el capitalismo puede hacerlos más prósperos.

El peor método para combatir el comunismo es el del plan Marshall. Da a los receptores la presión de que sólo los EE.UU. están interesados en preservar el sistema de ganancias, mientras que sus propios intereses requieren un régimen comunista. Los EE.UU., piensan, los están ayudando porque no tienen su conciencia limpia. Ellos mismos embolsan este soborno pero sus simpatías se dirigen al sistema socialista. Los subsidios norteamericanos posibilitan a sus gobiernos ocultar parcialmente los efectos desastrosos de las distintas medidas socialistas que han adoptado.

El origen del socialismo no es la pobreza sino las simpatías ideológicas espurias. La mayoría de nuestros contemporáneos rechazan de antemano todas las enseñanzas de la economía, tildándolas de tonterías apriorísticas, sin haberlas estudiado nunca. Sostienen que sólo debe confiarse en la experiencia. ¿Pero existe alguna experiencia que hable en favor del socialismo?

Los socialistas replican lo siguiente: pero el capitalismo crea pobreza; mire a la India y a China. La objeción es inútil. Ni la India ni China establecieron alguna vez el capitalismo. Su pobreza es el resultado de la ausencia de capitalismo.

Lo que sucedió en estos y en otros países subdesarrollados fue que se vieron beneficiados desde el exterior por algunos de los frutos del capitalismo sin haber adoptado el modo de producción capitalista. Los capitalistas europeos, así como también los norteamericanos, más recientemente, invirtieron capital en esas áreas, incrementando, por consiguiente, la productividad marginal del trabajo y de los salarios. Al mismo tiempo, estos pueblos recibieron del extranjero los medios para combatir las enfermedades contagiosas, medicamentos desarrollados en los países capitalistas. En consecuencia las tasas de mortalidad, sobre todo la mortalidad infantil, cayeron considerablemente. En los países capitalistas esta prolongación del promedio de vida fue compensada parcialmente por una caída en la tasa de natalidad. Como la acumulación de capital crecía más rápido que la población, la cuota de capital invertido per cápita aumentaba continuamente. El resultado fue una creciente prosperidad. Algo diferente ocurrió en los países que se beneficiaron con algunos efectos del capitalismo sin volverse capitalistas. En ellos la tasa de natalidad no declinó en absoluto o al menos no lo hizo en la medida necesaria para hacer que la cuota de capital invertido per capita aumentara. Estas naciones impidieron con sus políticas tanto la importación de capital extranjero como la acumulación de cápital doméstico. El efecto conjunto de la alta tasa de natalidad y de la ausencia de un incremento en el capital es, por supuesto, una pobreza creciente.

No existe más que un medio para mejorar el bienestar material de los hombres, a saber, acelerar el crecimiento del capital acumulado comparado con el de la población. Ninguna lucubración psicológica, por más sofisticada que sea, puede modificar este hecho. No existe ningún tipo de excusas para continuar aplicando políticas que no sólo no alcanzan los fines buscados, sino que hasta empeoran seriamente las condiciones.

6. La condena moral del motivo de las ganancias

Apenas se presenta el problema de las ganancias, la gente lo transporta desde la esfera praxeológica hacia la esfera de los juicios de valor éticos. Entonces todo el mundo se jacta de poseer la aureola del santo y del asceta. Él no se _preocupa por el dinero y el bienestar material. Él sirve a sus compañeros con su máxima capacidad y desinteresadamente. Se esfuerza por cosas más nobles y elevadas que la riqueza. Gracias a Dios, él no es uno de esos egoístas codiciosos.

Se acusa a los hombres de negocios de pensar solamente en el éxito. Sin embargo, todo el mundo —sin ninguna excepción— pretende alcanzar un fin definido al actuar. La única alternativa del éxito es el fracaso; nadie desea fracasar. Surge de la esencia misma de la naturaleza humana que el hombre busque conscientemente sustituir un estado de cosas menos satisfactorio por otro más satisfactorio. Lo que distingue a un hombre decente de uno deshonesto son las diferentes metas que pretenden alcanzar y los distintos medios que utilizan para obtener los fines elegidos.

Pero ambos quieren tener éxito en su búsqueda. No es lícito desde el punto de vista lógico distinguir entre personas que buscan el éxito y aquellas que no lo hacen. Prácticamente todo el mundo busca mejorar las condiciones materiales de su existencia. La opinión pública no se ofende por los esfuerzos que los granjeros, trabajadores, escribanos, maestros, médicos, ministros y personas de muchos otros oficios hacen para ganar tanto como el resto de la gente. Pero censura a los capitalistas y empresarios por su codicia. Mientras disputa sin ningún escrúpulo todos los bienes que la economía le brinda, el consumidor condena vehementemente el egoísmo de los proveedores de estas mercaderías. No se da cuenta de que él mismo crea sus ganancias bregando por las cosas que ellos venden.

El hombre medio tampoco comprende que las ganancias son indispensables para dirigir las actividades económicas por aquellos cauces que le brinden una mayor satisfacción. Mira a las ganancias como si su única función fuera permitir que sus receptores consuman más que él mismo. No se da cuenta de que su función principal es transmitir el control de los factores de producción a aquellos que mejor las utilicen para sus propios propósitos. No renunció, como piensa, a ser un empresario sin escrúpulos morales. Eligió una posición cuyos réditos son más modestos porque carece de las cualidades requeridas para ser empresario o, en casos verdaderamente excepcionales, porque sus preferencias lo impulsaron a iniciar otra carrera.

La humanidad debería estar agradecida a aquellos hombres excepcionales que, no teniendo fervor científico, entusiasmo humanitario o fe religiosa, sacrificaron sus vidas, salud y riqueza, para servir a sus congéneres. Pero los filisteos se decepcionan de si mismos al compararse con los pioneros de la aplicación médica de los rayos X o con monjas que atienden a las víctimas de una catástrofe. No es la abnegación la que conduce al médico a elegir su carrera, sino la expectativa de obtener una posición social respetada e ingresos apropiados.

Todo el mundo espera cobrar por sus servicios y logros tanto como puede. En este sentido no hay diferencia alguna entre los trabajadores, estén o no agrupados en sindicatos, los ministros y los maestros por un lado y los empresarios por el otro. Ninguno de ellos tiene derecho a hablar como si fuera Francisco de Asís.

No existe otro parámetro para medir qué es moralmente bueno o malo que no sean los efectos producidos por el comportamiento sobre la cooperación social. Un individuo hipotéticamente aislado y autosuficiente no tendría que tomar en cuenta nada más que su propio bienestar al actuar. El hombre social debe, en todas sus acciones, evitar dejarse llevar por algún hecho que pueda hacer peligrar el parejo funcionamiento del sistema de cooperación social. Al obrar de acuerdo con la ley moral el hombre no sacrifica sus propios intereses en virtud de una entidad mítica más elevada, ya sea que ésta se llame clase, estado, nación, raza o humanidad. Refrena algunos de sus impulsos, apetitos y anhelos instintivos, es decir sus intereses de corto plazo, para servir mejor a sus propios intereses entendidos correctamente o de largo plazo. Renuncia a un pequeño beneficio que podría obtener instantáneamente para no perder una recompensa mayor, aunque posterior, ya que el logro de todos los fines humanos, cualesquiera que sean, está condicionado por la preservación y futuro desarrollo de lazos sociales y de cooperación entre los seres humanos. Lo que constituye un medio indispensable para intensificar la cooperación social y para hacer que más gente goce de más años de vida y disfrute de un nivel de vida más elevado, es moralmente bueno y socialmente deseable. Aquellos que rechazan este principio por anticristiano deberían reflexionar acerca del siguiente texto: “Largos puedan ser tus días sobre la tierra que Dios, tu Señor, te dio”. Ciertamente no pueden negar que el capitalismo ha prolongado los días del hombre sobre la tierra si se los compara con los de las épocas precapitalistas.

No hay razón para que los capitalistas y empresarios se avergüencen de obtener ganancias. Es una tontería que algunas personas traten de defender el capitalismo norteamericano declarando: “Los antecedentes de la economía norteamericana son buenos; las ganancias no son demasiado elevadas”. La función de los empresarios es obtener ganancias; las grandes ganancias son prueba de que han realizado bien su tarea de remover los desajustes de la producción.

Desde luego, por lo general los capitalistas y empresarios no son santos que se destaquen por su virtud de autosacrificio. Pero sus críticos tampoco son santos. Y con todo el respeto debido a la sublime bondad de los santos no podemos dejar de señalar el hecho de que el mundo se encontraría en condiciones bastante desoladas si estuviera poblado exclusivamente por hombres no interesados en la búsqueda del bienestar material.

7. La mentalidad estática

El hombre promedio carece de la imaginación necesaria para darse cuenta de que las condiciones de vida y la acción están en un flujo continuo. En su opinión, no existen cambios en los objetos externos que constituyen su bienestar. Su visión del mundo es estática y estacionaria. Refleja un medio ambiente estancado. No sabe ni que el pasado era distinto del presente ni que reina la incertidumbre con respecto a las cosas futuras. No puede comprender en absoluto la función del empresariado porque no se da cuenta de esta incertidumbre. Como los niños que aceptan todas las cosas que sus padres les brindan sin hacer preguntas, acepta todos los bienes que la economía le ofrece. No está al tanto de los esfuerzos realizados para satisfacerlo. Ignora el rol de la acumulación de capital y de las decisiones empresarias. Da por sentado que una mesa mágica aparece en el momento que lo necesite con todo lo que desea disfrutar.

Esta mentalidad se refleja en la idea popular de socialización. Una vez desplazados los capitalistas y empresarios parasitarios, se obtendrá todo lo que ellos consumían. No es más que un error menor de esta expectativa el hecho de que exagere grotescamente el incremento del ingreso que cada individuo podría recibir de una distribución como ésa, si es que existe tal incremento. Mucho más grave es el hecho de que se presume que lo único que se requiere es continuar en las distintas fábricas la producción de aquellos bienes que se producen en el momento de la socialización de la manera en que hasta ese momento se producían. No se toma en cuenta la necesidad de prácticas nuevas y diarios ajustes a la producción de acuerdo con las siempre cambiantes circunstancias. El simpatizante del socialismo no comprende que una socialización efectuada hace cincuenta años no habría socializado la estructura de la economía tal como ésta existe actualmente, sino una estructura muy diferente. Ni por un minuto piensa en los enormes esfuerzos necesarios para transformar la economía una y otra vez para brindar el mejor servicio posible.

La incapacidad de los economistas aficionados para comprender los puntos esenciales de los asuntos vinculados a la conducción de la producción no sólo se manifiesta en los escritos de Marx y Engels. También se refleja en las contribuciones de los seudoeconomistas contemporáneos.

La construcción imaginaria de una economía de uniforme giro es una herramienta mental indispensable del pensamiento económico. Para poder entender la función de las pérdidas y las ganancias, el economista construye la imagen de un hipotético, aunque irrealizable, estado de cosas en el que nada cambia, en el que el mañana no difiere en absoluto del hoy y en el que, consecuentemente, no puede originarse ningún desajuste ni puede surgir necesidad alguna de modificar la conducción económica. Dentro del marco de esta construcción imaginaria no existen ganancias y pérdidas empresariales ni empresarios. Las ruedas siguen rodando tan espontáneamente como lo hacían antes. Pero el mundo real en el que los hombres deben vivir y trabajar nunca podrá copiar el hipotético mundo de esta creación mental.

Ahora bien, uno de los principales errores de los economistas matemáticos es que se ocupan de esta economía de uniforme giro —la llaman cuadro estático— como si realmente existiera. Predispuestos a aceptar la falacia de que la economía debe analizarse con métodos matemáticos, concentran sus esfuerzos en el análisis de estados estáticos que, desde luego, permiten hacer una descripción en grupos de ecuaciones diferenciales simultáneas. Pero este tratamiento matemático casi siempre evita hacer referencia a los problemas reales de la economía. Se entrega a un juego matemático bastante inútil sin apostar nada a la comprensión de los problemas de la actividad y la producción humanas. Crea la falsa imagen de que el análisis de los estados estáticos es el interés principal de la economía. Confunde una herramienta meramente auxiliar con la realidad.

El economista matemático está tan cegado por sus prejuicios epistemológicos que simplemente no puede ver cuáles son las tareas de la economía. Está ansioso por mostrarnos que el socialismo es realizable en condiciones estáticas. Como las condiciones estáticas, como él mismo admite, son irrealizables, esto sólo es válido para afirmar que un estado irrealizable del socialismo mundial sería realizable. Verdaderamente, un resultado muy valioso de cien años de trabajo mancomunado realizado por cientos de autores, enseñado en las universidades, publicado en innumerables libros de texto y monografías y considerado por revistas supuestamente científicas.

No existe algo así como una economía estática. Todas las conclusiones derivadas de la preocupación por la imagen de estados estáticos y equilibrios estáticos no son útiles para la descripción del mundo tal como es y como lo será siempre.

C. La alternativa

Un orden social basado en el control privado de los medios de producción no puede funcionar sin acción empresarial, ganancia empresarial y, desde luego, pérdida empresarial. La eliminación de las ganancias, cualesquiera sean los métodos empleados para llevarla a cabo, debe transformar la sociedad en un revoltijo sin sentido. Generaría pobreza para todos.

En un sistema socialista no existen ni empresarios ni pérdidas y ganancias empresarias. Sin embargo el director supremo de la República socialista tendría que esforzarse para obtener un exceso de los ingresos sobre los costos de la misma manera que lo hacen los empresarios en un régimen capitalista. No es tarea de este ensayo ocuparse del socialismo. Por lo tanto no es necesario remarcar el hecho de que, no pudiendo aplicar ninguna clase de cálculo económico, el jefe socialista nunca conocería sus costos e ingresos.

Lo que es importante en este contexto es solamente el hecho de que no es factible un tercer sistema. No puede haber algo así como un sistema no socialista sin pérdidas y ganancias empresarias.

Los intentos de eliminar las ganancias del sistema capitalista son sólo destructivos. Desintegran el capitalismo sin ocupar el lugar que éste deja. Es esto lo que pensamos cuando afirmamos que provocan el caos.

Los hombres deben elegir entre el capitalismo y el socialismo. No pueden evitar el dilema recurriendo a un sistema capitalista sin ganancia empresaria. Con cada paso que se da hacia la eliminación de las ganancias se avanza en el camino que conduce a la desintegración social.

Al elegir entre el capitalismo y el socialismo la gente también elige implícitamente entre todas las instituciones sociales que necesariamente acompañan a cada uno de estos sistemas, su “superestructura”, según Marx. Si el control de la producción es arrebatado a los empresarios diariamente elegidos por el plebiscito de los consumidores, y pasa a manos del comandante supremo de los “ejércitos industriales” (Marx y Engels) o de los “trabajadores armados” (Lenin), ni el gobierno representativo ni las libertades civiles pueden sobrevivir. Wall Street, contra la cual luchan los autoproclamados idealistas, es sólo un símbolo. Pero las paredes de las prisiones soviéticas en cuyo interior los disidentes desaparecen para siempre constituyen un hecho penoso.[Ir a tabla de contenidos]

NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[39] 

Disertación preparada para la reunión de la Mont Pelerin Society elaborada en Beauvallon, Francia, del 9 al 16 de septiembre de 1951. En el mismo año fue editada en inglés, en forma de opúsculo, por Libertarian Press (agotada).
[40] 

Cf. Mises, Human Action, Yale University Press, 1949, pp 305-307; Bureaucracy, Yale University Press. 1944, pp. 40-73.
[41] 

Cf. L. Susan Stebbing, Thinking to Some Purpose (Pelican Books A44), pp. 185-187.
[42] 

Lenin, State and Revolution, 1917 (editado por International Publishers, New York, pp. 83-84). Las cursivas son de Lenin (o del traductor comunista).

¿Se ajustará alguna vez la política? – por Enrique Aguilar

El reciente episodio protagonizado por la directora del INADI, quien reveló haber hecho beneficencia con dinero ajeno al contratar a gente cercana y presuntamente necesitada porque “para eso está el Estado”, es un testimonio más de la inconexión existente entre la clase gobernante y el común de los mortales argentinos. La política, en efecto, siempre propensa a colonizar el Estado y convertida desde hace tiempo en un ámbito de movilidad social ascendente, se ha mostrado porfiadamente incapaz de dar el paso inicial, revisando sus propias cuentas antes de obligar a la sociedad a incrementar las suyas con más impuestos y restricciones de toda índole.

¿Cómo se explica, por ejemplo, que con nuestros exorbitantes niveles de pobreza tengamos veinte ministerios, con el tendal de dependencias que ello supone? ¿Cuántas oportunidades ofrece este exceso de organismos para la generación de contratos de los que luego algunos hacen usufructo? ¿Cómo se explican las remuneraciones que se perciben en muchos de esos ámbitos que, como señaló la revista “Criterio” en un editorial titulado “¿Cuánto Estado puede sostener el sector productivo?”, “alimentan el deseo cargos públicos en profesionales jóvenes conscientes de lo difícil que les resultaría alcanzar esos ingresos en ámbitos privados”? ¿Qué decir de las exenciones impositivas, los regímenes especiales y demás privilegios enquistados en los poderes del Estado que, por lo pronto, resultan incompatibles con el principio de igualdad “como base del impuesto y de las cargas públicas” consagrado por nuestra Constitución?

El recurso a una mayor presión fiscal, en un país que ha perdido el sentido del límite en este como en tantos otros terrenos, no puede sino consternar todavía más a una clase media que viene siendo esquilmada indisimuladamente por gobiernos tan faltos de voluntad como de imaginación para recortar gastos. Un ejemplo reciente nos sirve de ilustración. Me refiero a la alícuota del 1,2 % en concepto de Impuesto a los Sellos que se aplica desde ahora sobre las compras y débitos por tarjetas de crédito de ciudadanos residentes en CABA. Se trata, como siempre, de la solución más fácil y al alcance de la mano para quienes prefieren no pagar el precio de revocar una regla no escrita de nuestra vida política, a saber: la que estipula que los ajustes siempre deben recaer sobre el sector privado.

Las críticas se han hecho oír prontamente con respecto a este nuevo gravamen al consumo: por el contrasentido que supone su imposición al mismo tiempo que se pretende alentar la recuperación de la actividad económica (“quieren estimular la economía agobiando al que la pone en marcha”, adujo el presidente de la CAME, Gerardo Díaz-Beltrán); porque desalienta la bancarización y aumenta la informalidad, e incluso por sus vicios de legalidad al vulnerar –según se ha advertido también– normativas vigentes que impiden gravar con dicho impuesto instrumentos que no revisten los caracteres exteriores de un título jurídico válido, como ocurre con los resúmenes de tarjeta de crédito que obran meramente como una liquidación de gastos.

Por su parte, el Gobierno de CABA (cuya estructura y plantilla de empleados parecen fuera de toda proporción) defendió el nuevo tributo aludiendo a la necesidad de compensar la pérdida originada en la decisión del gobierno nacional de redirigir un porcentaje de la coparticipación que percibía la ciudad. Asimismo, se respaldó en la necesaria “armonización” con otras jurisdicciones que ya aplican este impuesto, argumento cuando menos absurdo para los que creemos que un buen gobierno debería caracterizarse por “armonizar” para mejor, pero nunca para peor.

Manso rebaño de sus sucesivos pastores, el sector productivo parece indefectiblemente condenado a obedecer y pagar, aceptando un sacrificio nunca compartido por el Estado en sus distintas jurisdicciones. ¿Por qué habría de ocurrir lo contrario? ¿Qué incentivos tiene la dirigencia política para cambiar sus viejas mañas? ¿Acaso cabe pensar que un individuo, habituado a maximizar sus intereses, habría de relegarlos a un segundo plano por el solo hecho de acceder a una función pública? Antes de crear nuevos impuestos, sería más que revelador para la opinión pública conocer con exactitud algunos detalles de un gasto público descomunal que, en un mano a mano con los contribuyentes, ningún funcionario se animaría en su sano juicio a defender y cuya prolija revisión, sea que redunde o no en un ahorro verdaderamente significativo, se impone por sí misma, como gesto no solo político sino primariamente moral.

Decía Benjamin Constant que, “en determinadas épocas, hay que recorrer todo el círculo de las locuras para volver a la razón”. ¿Habremos recorrido los argentinos todo ese círculo? Es un interrogante que nos invade a estas horas.

Publicado originalmente en El Economista, 12 de enero de 2021.

Un libro extraordinario de Carlos Escudé – por Alberto Benegas Lynch (h)

Carlos Escudé
Carlos Escudé

Hemos acordado en algunos temas y discrepado en otros. Nos hemos encontrado en diversas oportunidades para intercambiar ideas y para discutir acaloradamente. He quedado muy favorablemente impresionado con algunos de sus escritos y he quedado muy mal con otros que me han parecido sumamente desafortunados. Me han disgustado mucho algunas de sus declaraciones y he coincidido con otras. Carlos Escudé era un personaje cambiante, por momentos fantasioso e impredecible. Desde nuestras visiones opuestas sobre el menemato no nos hemos vuelto a frecuentar, salvo en un seminario que dirigí de Liberty Fund sobre un libro de Anthony de Jasay con la presencia de ese autor y la del premio Nobel en economía James Buchanan en el que Escudé participó fugazmente. En todo caso, en esta nota periodística me circunscribo a uno de sus trabajos que estimo es de inmenso valor para entender parte de la historia argentina.

Se trata de la magistral obra titulada El fracaso del proyecto argentino. Educación e ideología, publicada luego de años de trabajo por el Instituto Torcuato Di Tella, Editorial Tesis y el Conicet. Explica con lujo de detalles y valiosas documentaciones buena parte de las causas de los problemas que venimos arrastrando en nuestro país desde hace décadas. Escudé era doctor por la Universidad de Yale, profesor en la Universidad Católica Argentina, en la Universidad de Belgrano y profesor visitante en Johns Hopkins University y en St. Anthony´s College de la Universidad de Oxford. Fue becario de Fulbright y Giggenheim e investigador en Conicet y del entonces Instituto Di Tella.

El libro en cuestión -una notable, rigurosa y meticulosa investigación- desentraña las razones que a través del tiempo fueron desembocando en nuestro estatismo, xenofobia y populismo vernáculo parido en el seno del nacionalismo. Como ha explicado Milton Friedman, los sucesos no irrumpen de golpe: lo que surge en la superficie debe ser contrastado con lo que viene ocurriendo en las corrientes subterráneas. Esto fue el caso argentino. Mientras el progreso moral y material era extraordinario desde la Constitución liberal de 1853 se gestaban las ideas que provocaron tanto sufrimiento desde el golpe fascista del ’30 en el que surgió a la superficie la primera tanda de nacionalismo acentuada grandemente a partir del golpe militar del ’43, que incrustó el estatismo hasta nuestros días con los resultados que están a la vista de todos.

Abre el libro afirmando en la introducción que en el liberalismo “la única razón de ser del Estado es la defensa del individuo […] Desde este punto de vista, el individuo es supremo y las limitaciones a su libertad surgen únicamente de las necesidades funcionales vinculadas con la protección y defensa de otros individuos y sus derechos […] En contraste, por nacionalismo entenderemos una filosofía de valores políticos que presupone que la ‘Nación’ es un ‘Ser’ superior […] El individuo vive para servir a su ‘Patria’: así y no al revés, se define la relación esencial entre el individuo y el estado-nación”. Recordemos que Juan Bautista Alberdi había dicho en La omnipotencia del estado es la negación de la libertad individual que “el entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de guerra, no de libertad”.

Apunta Escudé que las primeras manifestaciones visibles de nacionalismo se expresaron con la denominada Ley de Residencia de 1902, que autorizaba a expulsar extranjeros sin juicio previo a quienes “comprometen la seguridad nacional”, y luego el comienzo de la “educación patriótica” desde 1908 basado en el libro Patria de Joaquín V. González , como subraya Escudé “oficialmente aprobado para la enseñanza primaria” donde, entre otras cosas, se consigna que “religión y no otra idea perecedera es el patriotismo […] La Patria es la persona imperecedera para quienes luchan y trabajan los hombres”. Este antropomorfismo inadmisible en el contexto de una sociedad libre es lo que lo hace concluir con razón a Escudé que “si la patria es un ser superior a los individuos, el individuo es sacrificable” y más adelante destaca que “el texto de González es un paradigma del espíritu autoritario, militarista, dogmático y chauvinista que dominó a nuestra educación desde 1908, generando una cultura política autoritaria que haría muy difícil el buen funcionamiento de nuestras instituciones liberales”.

Escudé nos dice que la Ley Láinez de 1905 invistió al Consejo Nacional de Educación la facultad de imponer en las escuelas estatales y privadas programas educativos para “adoctrinar y uniformar mentalidades” y además distribuía gratuitamente entre todos los maestros la publicación “El Monitor de la Educación Común” donde se cita a Bismarck “que llama a los maestros mis nobles compañeros de armas”. Ejemplifica Escudé con el caso de “Carlos Octavio Bunge, uno de los grandes ideólogos de la educación patriótica que siempre había propiciado el modelo alemán para la creación de una intensa conciencia nacionalista”, para lo cual cita su obra El espíritu de la educación: informe para la instrucción pública nacional que imprimió una extendida influencia en el antedicho Consejo. Y en su ensayo titulado “La educación patriótica ante la sociología”, publicado en El Monitor de la Educación Común el 31 de agosto de 1908, escribe que “el individualismo anárquico es un peligro en todas las sociedades modernas, reagravose en la República Argentina por la afluencia del extranjero inmigrante”.

También en ese medio oficial del Consejo, el 31 de mayo de 1908 se reprueba “el carácter cosmopolita de nuestra población y de nuestras escasas condiciones para fundir en un molde nacional al extranjero que incesantemente nos invade”. En 1909 sigue Escudé recordando que “se estableció la obligación de memorizar el catecismo patriótico de Bavio [Ernesto A.] que rezaba de este modo,

—Maestro: ¿Cuáles con los deberes de un buen ciudadano?

—Alumno: El primero amar a la patria.

—Maestro: ¿Antes que a los padres?

—Alumno: ¡Antes que todo!”

Por su parte, José María Ramos Mejía en su informe de 1909 -1910 del Consejo elaboraba sobre la necesaria “ingeniería cultural” y muestra que “los sonidos ejecutados por una banda militar llegan al oído del niño como un lenguaje fantástico y fascinador”, al tiempo de señalar la importancia de “convertir a la escuela en el más firme e indestructible sostén del ideal nacionalista”.

Enrique de Vedia, rector del Colegio Nacional Buenos Aires y vocal del Consejo, propuso el 31 de octubre de 1910 en El Monitor de la Educación Común que “formemos con cada niño de edad escolar un idólatra frenético por la República Argentina […] Lleguemos en este camino a todos los excesos, sin temores ni pusilanimidades”. Ricardo Rojas en la misma revista el 28 de febrero de 1911 en un artículo que lleva el título de “La escuela argentina” sostiene que “la Patria es una forma visible de divinidad.” Lo mismo propugnaba Manuel Carlés en esa publicación.

En este clima no estaba ausente el criminal antisemitismo, tal como lo revela Escudé a través de los macabros escritos de Bernardo L. PeyretManuel Gálvez y el antes mencionado Bavio, panfletos publicados en el referido órgano de difusión del Consejo Nacional de Educación que por razones de espacio y de repugnancia no transcribimos los textos que consigna Escudé.

En noviembre de 1920 el Consejo Nacional de Educación promulga una resolución con la intención de desprenderse de las personas que no comulgan con la xenofobia militante de la entidad en estos términos: “Quienes no estén conformes con la orientación nacionalista que el Consejo ha dado a la enseñanza, deben tener la lealtad de renunciar”.

Lo anterior se debe a algunas reacciones tímidas pero saludables a contramano del dogma prevalente, lo cual explica Escudé se manifestó con más vigor en el trabajo solitario que más adelante afortunadamente se filtró del gran Enrique de Gandía también en la revista oficial del Consejo en julio de 1932 bajo el título de “La enseñanza elemental de la historia argentina”, donde escribe que “se ennoblece al gaucho, holgazán, pendenciero y amigo de lo ajeno que solo debe su glorificación a una moda literaria […] la desinformación, la mala educación, el adoctrinamiento de dogmas disparatados y estupidizantes, puede ser peor que la ausencia de educación”. Lamentablemente esta sana y esporádica reacción no logró abrirse paso entre nosotros, a pesar que el prolífico y sustancioso de Gandía ha publicado numerosas obras donde se detiene a explicar las inmensas ventajas de la tradición liberal argentina en contraposición a los estragos de los aparatos estatales desenfrenados que nos siguen consumiendo hasta el día de hoy.

Se ensañó con mucha mayor fuerza el nacionalismo de marras inaugurado por el nuevo interventor en el Consejo Ramón G. Loyarte, puesto en funciones por el nazi-peronista -ministro de instrucción pública- Gustavo Martínez Zuviría, donde se vuelven a las andadas populistas con toda la fuerza del aparato estatal que fue envenenando todas las áreas del país. Como bien refiere Escudé, en algún período luego de la pesadilla de los primeros gobiernos peronistas “se eliminó a Perón de la educación y se dejó, intacto, el contenido educativo que había hecho posible a Perón” y recuerda que “la Argentina anterior a Perón era una tierra de oportunidades”.

En resumen, no resulta posible en un artículo periodístico trasmitir todo el inmenso jugo de la obra aquí muy telegráficamente comentada de Carlos Escudé, recomiendo entusiastamente su lectura y estudio pues como queda dicho descifra las causas subyacentes en nuestra manía monótona del fracaso. No es prudente alargar estas líneas pues necesariamente significa extender las citas ya de por sí extensas. En todo caso, expreso mi agradecimiento por haber tenido la dicha de leer este libro magnífico lleno de enseñanzas, que espero sean aprovechadas por muchos lectores deseosos de conocer parte sustancial del origen de nuestros males a los efectos de retornar la senda alberdiana del liberalismo que nunca debimos abandonar.

El patrioterismo nacionalista de las culturas alambras no es más que un burdo disfraz para ocultar las ansias de poder de energúmenos que pretenden manejar a su arbitrio vidas y haciendas ajenas, lo cual en nuestro mundo de hoy está haciendo estragos incluso en países tradicionalmente considerados civilizados. Las reflexiones y los testimonios de Escudé en el libro que hemos brevemente comentado sin duda ayudarán a despejar telarañas mentales. También para informar a incautos de los peligros que corren los derechos de las personas que son siempre anteriores y superiores a la existencia de los gobiernos que teóricamente se han establecido precisamente para proteger esos derechos.

Publicado originalmente en Infobae, 9 de enero de 2021.

Crisis europea y el modelo del Estado de bienestar: Lecciones de un modelo a evitar – por Mauricio Rojas

Mauricio Rojas indica en este estudio cómo el creciente tamaño y envergadura del Estado en varios países europeos derivó en la crisis que hoy los aqueja. Rojas indica, por ejemplo, cómo evolucionó la carga tributaria en los primeros 15 países miembros de la Unión Europea: “subió de un promedio de 25,8% del PIB en 1965 a un 39,2% en 1990”.

Mauricio Rojas es profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund en Suecia. Fue parlamentario por el Partido Liberal de Suecia desde 2002 hasta 2008. Este texto está basado en el discurso realizado en la cena aniversario del Instituto Libertad y Desarrollo en Santiago de Chile el 22 de octubre de 2012 y en una conferencia dictada en ESEADE de Buenos Aires el 17 de octubre de 2012. Aquí puede descargar este ensayo en formato PDF.


Me han encomendado una tarea difícil, porque hablar de Europa es hablar de muchas cosas, Europa tiene muchos rostros, es muy diversa y hay que decir, en primer lugar, que no todo es crisis en Europa. Existe también una Europa emergente, aquella que algún día formó parte de la Unión Soviética y algunos de sus ex satélites. De hecho, según el Informe de Perspectivas Económicas Mundiales del FMI de octubre de 2012, los nueve países europeos que formaban la Unión Soviética encabezan el pronóstico de crecimiento para Europa en 2013, con tasas de aumento del PIB que van del 3 al 5,5%. Esto es lo que se muestra en el Gráfico 1, que permite además observar las dramáticas diferencias que existen hoy en Europa a ese respecto.

Este dinamismo de los países de la ex Unión Soviética1 no es cosa de un año aislado sino que viene produciéndose desde hace algún tiempo, indicando el gran potencial que esos países están desplegando al entrar en la órbita de las economías de mercado. Factores como su abundancia de recursos naturales, la calidad de su fuerza de trabajo así como salarios fuertemente competitivos y niveles comparativamente bajos de regulación corporativa ayudan a explicar estos notables índices de dinamismo económico a pesar de las deficiencias institucionales y políticas bien conocidas que caracterizan a muchos de esos países.

También existe un interesante y prometedor “polo báltico de crecimiento”, que reúne a los países bálticos, Polonia, la región rusa de San Petersburgo, la parte norte de Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia. Aquí se da una combinación muy dinámica de capital abundante y tecnología de punta, provistos por países como Alemania, Suecia o Finlandia, y sociedades enormemente abiertas a la inversión y al cambio como las bálticas. Esto forma parte de uno de los hechos de mayor trascendencia futura que están ocurriendo en Europa: una notable reorientación del área germano-nórdica hacia el este europeo, volviendo así hacia lo que podríamos llamar su destino secular, pero ahora no bajo formas de expansionismo militar sino por medio de la cooperación económica.2 Ello viene a poner fin al sustrato geopolítico de la anomalía histórica que en cierto modo fue la Unión Europea original, producto de una Europa dividida por la Cortina de Hierro y una Alemania Federal volcada hacia el oeste. Esta reordenación de la Europa poscomunista es el tema más interesante acerca del futuro del Viejo Continente pero en este contexto no podemos adentrarnos en el mismo.

Ahora bien, junto a esta Europa emergente existe también aquella Europa que acapara nuestra atención por las sorprendentes y deprimentes noticias que de allí emanan, una Europa decadente que podemos equiparar a la Unión Europea de los 15 (UE-15) o, en términos latos, a Europa Occidental. Allí también encontramos matices e incluso algunos países de éxito relativo como Suecia, pero lo que predomina es la tendencia al estancamiento y, en algunos casos connotados, a soportar profundas crisis económicas, sociales y políticas. El Gráfico 2 pone en evidencia estas diferencias mostrando el crecimiento acumulado según los resultados económicos y los pronósticos para 2011-2013.

La zona euro, hoy en recesión, es el epicentro evidente de esta tendencia, con sus crecientes problemas que se han ido extendiendo con fuerza desde países periféricos pequeños y de una importancia económica limitada, como Grecia, Irlanda o Portugal, a naciones de un peso económico considerable, como España o Italia. Incluso Alemania y Francia, es decir, los pilares mismos de la Unión Europea muestran hoy signos claros de contagio con la “euroepidemia” que arrecia en Europa.

Crisis europea y progreso global

Entender las razones de fondo de estas turbulencias en una zona que parecía predestinada a la prosperidad y que hasta hace no mucho se autoproclamaba como ejemplo encomiable de estabilidad y progreso es un ejercicio importante para todos aquellos que no quieran que sus países se vean abocados a un futuro semejante. A este respecto, lo primero que hay que decir es que lo que allí ha ocurrido no ocurrió de repente. Crisis tan profundas como la que se está viviendo en gran parte de Europa Occidental son producto de un largo periodo de acumulación de problemas y debilidades que finalmente, cuando se produce algún acontecimiento puntual desencadenante como lo sería la crisis financiera del 2008, dan origen a una situación de crisis profunda y generalizada.

Esto es importante recalcarlo, ya que existe la tendencia, no menos en Europa, a explicar lo acontecido por causas ya sea externas ya sea coyunturales. En términos demagógicos, y lamentablemente con un profundo impacto entre amplios sectores sociales, se habla de “los mercados”, el “capitalismo salvaje” o el “neoliberalismo” como causantes de los problemas de Europa. Sin embargo, si algo así fuese cierto prácticamente todo el mundo debería estar sufriendo problemas mucho más serios que los que caracterizan a Europa Occidental con sus economías altamente reguladas y sus grandes Estados que gastan en torno al 50% del PIB de sus respectivos países. Pero esto no es así. La crisis actual coincide con las sociedades democráticas menos “neoliberales” que puedan imaginarse, es decir, más reguladas y con Estados más abultados.3 En suma, se trata de una crisis del modelo europeo-occidental de sociedad, si bien su punto de arranque fue la crisis financiera iniciada en EE.UU. en 2007-2008.

Esto se hace más evidente aún al constatar la vitalidad económica del así llamado mundo en vías de desarrollo, con niveles de crecimiento realmente notables para zonas tradicionalmente tan problemáticas como, por ejemplo, el África subsahariana. El pronóstico del informe del FMI ya mencionado es muy claro al respecto. Todas las regiones en desarrollo crecerán más del 3,5% en 2013, llegando algunas, como África subsahariana, la India o los países del este y sudeste asiático a superar el 5%. El Gráfico 3 ilustra las notables disparidades de crecimiento que actualmente se observan a nivel global.

Estas cifras ponen de manifiesto un cambio de escena extraordinariamente significativo a nivel global: se ha roto aquella cadena de transmisión que hacía que las crisis europeas o europeo-estadounidenses tuviesen devastadoras consecuencias en el resto del mundo. Basta comparar los efectos globales de la crisis reciente con la de 1929-33 para aquilatar el cambio acontecido. Entonces, las periferias del sistema global sufrieron un impacto de mucha mayor envergadura que sus centros. Hoy esto no es así, lo que se debe a la existencia de nuevos y muy dinámicos centros económicos, como China, que han tomado el relevo como motores de la economía mundial. En suma, el mundo no solo no está en crisis sino que, muy por el contrario, está viviendo uno de sus períodos más notables de progreso, lo que no hace sino acentuar la peculiaridad de Europa y la necesidad de buscar en su propio desarrollo y estructuras las causas de sus males presentes.

Con este cambio global se viene a poner fin definitivo a una era de la historia universal caracterizada por una hegemonía europea sin precedentes. Se cierran así cerca de cinco de siglos que vieron como una periferia poco poblada del mundo, Europa Occidental, se elevó al rango de potencia mundial indiscutida, conquistando, transformando y haciendo, en cierta medida, “a su imagen y semejanza” al resto del mundo. Hoy se cierra ese sorprendente paréntesis en la marcha de la historia universal, volviendo sus ejes a estar en las grandes naciones asiáticas que en razón de sus notables concentraciones poblacionales habían sido los centros naturales del mundo tradicional. Por ello, lo que hoy ocurre, que no es otra cosa que la marginalización creciente de Europa Occidental en la escena mundial, es un cambio que afecta mucho más que la economía de esa región llegando a conmover las bases mismas de una identidad europea concebida a partir de su indisputada primacía global. Europa debe hoy volver a asumir su pequeñez y ello no es tarea fácil para quien durante siglos fue la gran prima donna de la escena global.

De la euroesclerosis a la crisis

Para entender lo ocurrido hay que recorrer unas cuantas décadas de desarrollo europeo o, para ser más concretos, al menos aquellas posteriores al primer shock del petróleo de mediados de los años 70, que puso fin al pleno empleo en Europa Occidental e inició una larga era de crecimiento lento en la región. Tal vez el lector recuerde que ya a fines de los años 70 se acuñó el concepto de euroesclerosis,4 que apuntaba a las dificultades de Europa Occidental para adaptarse dinámicamente a un nuevo entorno global en rápida transformación. Europa reaccionaba lenta y, sobre todo, defensivamente frente a los cambios, tratando más bien de defender lo que se tenía, que de buscar lo que se puede llegar a tener. Sus grupos de poder, entre los cuales los sindicatos así como las asociaciones profesionales y empresariales jugaban un rol destacado, optaron por la protección de sus intereses y sus así llamados derechos, incluso al precio de altas tasas permanentes de desempleo y un crecimiento comparativamente deficitario. De esta manera se confirmaban una vez más las tesis de Mancur Olson, autor del clásico Auge y decadencia de las naciones (1982), acerca del impacto decisivo de las coaliciones defensivas formadas para defender intereses creados en la decadencia de naciones previamente exitosas.

Esta actitud defensiva y conservadora se plasmó en una extensa maraña regulatoria y, sobre todo, en el desarrollo acelerado de grandes Estados intervencionistas, cuya función fundamental era la de garantizar el status quo y, en especial, una serie de derechos que la población europea supuestamente ya había adquirido de una vez y para siempre. Este fue el así llamado Estado de bienestar, benefactor o social, que creció desmesuradamente desde la década del 70 hasta transformarse en el corazón de lo que se conoció como Modelo Social Europeo.

El gran Estado tuvo una serie de características: una enorme capacidad de intervención, regulación y protección de lo existente, pero también se distinguió por los altísimos impuestos que imponía a fin de ampliar su poder sobre la sociedad y su papel de garantizador de una creciente cantidad de derechos y privilegios. De hecho, la carga tributaria en la UE-15 subió de un promedio de 25,8% del PIB en 1965 a un 39,2% en 1990. En 1965, el peso total de los impuestos iba de un modesto 14,7% del PIB en España a un máximo de 35% en Suecia, el país líder en lo que respecta a la expansión del Estado benefactor. En 1990, el peso de la tributación se había más que doblado en España, alcanzando el 33,2%, mientras que en Suecia llegaba al 53,6%. En buenas cuentas, el Estado había pasado a ser el eje de los procesos económicos y sociales de Europa Occidental.

Todo ello llevó a una serie de problemas que se hicieron cada vez más sensibles con el paso del tiempo, como ser la pérdida del incentivo a trabajar o a invertir en educación que se genera cuando los impuestos castigan fuertemente y de manera progresiva a los réditos del trabajo. Pero aún más decisivo en el largo plazo es que las regulaciones defensivas, en particular las relativas al mercado laboral, así como los altos impuestos y la conformación de los mismos, dificultaban y penalizaban severamente el esfuerzo emprendedor de la población europea, su voluntad de crear cosas nuevas, particularmente en el terreno de la nueva economía del conocimiento y la información.5

Así, la política económica europea se orientó más a defender y distribuir la riqueza ya creada que a fomentar la creación de nueva riqueza. Se hizo por ello conservadora y plasmó una fuerte aversión al riego. Esta forma de actuar terminó transformándose en una verdadera cultura de la “seguridad ante todo” y de los derechos adquiridos, derechos universales sin una relación directa con el deber o el esfuerzo, donde se pierde el vínculo entre lo que se hace y lo que se logra, entre la responsabilidad individual y lo que se puede obtener de la vida. Todas esas relaciones fundamentales, y los valores sobre los que se fundan, se fueron diluyendo en Europa. Así, el “Viejo Mundo” se hizo realmente viejo y cada vez más incapaz de brindar aquella seguridad que prometía como premio al inmovilismo económico y social.

De esta manera, las nuevas generaciones de europeo-occidentales crecieron dentro de la “cultura de los derechos” y fueron a una escuela que les enseñó que la vida era un juego y que no tenían que preocuparse mucho por el futuro porque existía alguien, el Estado de bienestar, que a fin de cuentas se responsabilizaba de su prosperidad. Estos son los “indignados” que hoy vemos en las plazas de Europa Occidental, pidiendo derechos que ya nadie puede darles. Son las grandes víctimas de las promesas vanas del Estado de bienestar y su desilusión es manifiesta, así como también lo es su creciente frustración frente a lo ocurrido. Nacieron bajo el síndrome del “almuerzo gratis” y el progreso asegurado (por otros), y su embotamiento mental les impide hoy comprender cosas tan evidentes como que todo derecho tiene un costo y aún menos que ese costo se llama deber, esfuerzo duro y cotidiano, responsabilidad personal y voluntad innovadora. Por ello buscan chivos expiatorios, como los mercados, el neoliberalismo o, cada vez más, los malos alemanes, personificados por Angela Merkel.6

Ahora bien, para ilustrar más concretamente lo que el desarrollo europeo ha significado en pérdida de capacidad generadora de riqueza bastan dos cifras: 26 y 1. Veintiséis son las empresas que se han creado en California desde el año 1975 en adelante y que están hoy dentro de las 500 mayores del mundo. Por su parte, en toda la zona euro, con más de 300 millones de habitantes, se ha creado apenas una empresa desde el año 75 que esté en esta categoría. Ese es el resultado condensado de estructuras y una cultura que no premia el esfuerzo, que no premia el emprendimiento, que no aplaude el enriquecimiento legítimo y que hace de la defensa del status quo y la redistribución igualitarista su principal afán. Al respecto quisiera recomendar encarecidamente la lectura del notable reportaje publicado en The Economist del 28 de julio de 2012 bajo el significativo título de “Les misérables”, que no son otros que los nuevos emprendedores europeos. Su pregunta clave es “¿Por qué Google no fue creada en Alemania?”, tal como solía ocurrir hace un siglo con las empresas líderes a nivel mundial. La respuesta es simple: Europa lo ha impedido con su enjambre de regulaciones y sus altos impuestos así como con su cultura igualitarista que tanto contrasta con la estadounidense y que estigmatiza el éxito económico legítimo y condena socialmente a quienes lo representan.7

Hay muchos ejemplos similares, como el cerca de medio millón de científicos, técnicos y emprendedores europeos de primera línea que han buscado en EE.UU. el lugar donde realizar sus sueños. El artículo citado de The Economist cita los 50.000 alemanes residentes en Silicon Valley o las 500 nuevas iniciativas empresariales de franceses en la Bahía de San Francisco. Este exilio empresarial y creativo de muchos de sus mejores talentos no solo le cuesta a Europa una pérdida significativa de prosperidad (evaluada anteriormente por The Economist en un 0,5% de su PIB al año) sino que en gran medida explica, lisa y llanamente, su lugar cada vez más alejado del liderato mundial. Este es el precio que Europa se autoimpone en aras de la creencia vana de que puede mantener su bienestar impidiendo en vez de fomentando el cambio.

Para poder observar con más precisión como la Europa estatista frustra sus propias posibilidades de desarrollo podemos hacer notar la discrepancia notable que existe entre los altos niveles de innovación, particularmente en los países germano-nórdicos, y su escaso éxito emprendedor en relación a su potencial. Mirando la estadística internacional de familias de patentes triádicas8 vemos que países como Suecia, Finlandia, Dinamarca, Alemania u Holanda aventajan a EE.UU. en patentes registradas per cápita, situándose en niveles muy altos en perspectiva comparativa (véase el Gráfico 4 más adelante). A su vez, Francia o Bélgica no están muy lejos del nivel estadounidense. Esto muestra que existe un potencial innovador que no se realiza en la propia Europa o que, de realizarse, no lleva a éxitos empresariales comparables con los de Estados Unidos o de algunos países asiáticos. Ese diferencial es un índice claro de lo que la Europa del gran Estado, el intervencionismo y la sobrerregulación pierde en razón de una organización institucional cada vez más adversa al cambio y el emprendimiento.

La Europa decadente y la Europa en crisis

Ahora bien, este es un resumen muy breve del panorama general de Europa Occidental, pero existen también, como es hoy evidente, grandes diferencias entre los países que la conforman. Simplificando, vemos una Europa del Norte, con sus componentes germano-nórdicos y anglosajones, que sigue manteniéndose a flote y una Europa del Sur en profunda crisis. Hay muchas maneras posibles de explicar esta diferencia. Se trata de culturas e historias que distan mucho unas de otras, pero en este apartado me limitaré a apuntar dos diferencias de fondo absolutamente decisivas: la base productiva y la calidad de las instituciones. En el apartado siguiente destacaré una tercera diferencia de gran importancia que hace al desarrollo del Estado de bienestar y sus tendencias populistas.

La diferencia en cuanto a la base productiva puede resumirse diciendo que existe una Europa — la germano-nórdica y, en parte, la anglosajona— que participa y puede seguir participando en una especialización internacional marcada por la excelencia productiva, el conocimiento de punta y niveles relativamente altos de innovación. Llamaremos a esta especialización intensiva en conocimiento, para distinguirla tanto de aquella especialización basada en la intensidad del factor trabajo (propia, por ejemplo, de Asia del Sur y del Este) como de aquella intensiva en recursos naturales (bien ejemplificada por América Latina, África y gran parte del Oriente Medio). Por su parte, Europa del Sur ni participa ni tiene posibilidades realistas de llegar a participar en esa especialización intensiva en el conocimiento y la innovación que caracteriza a las naciones del norte europeo. Se trata de economías semidesarrolladas que han llegado, por diversas circunstancias entre las que se cuenta una notable burbuja de endeudamiento, a gozar de niveles de consumo propios de sociedades más avanzadas que hoy se hacen insostenibles al no poseer una base productiva correspondiente. Su éxito se debió, en gran medida, al desplazamiento de capitales, tecnologías y empresas de Europa del Norte hacia un Sur aún competitivo por sus costos laborales y las ventajas que le daba su participación en el mercado común europeo. Basaron por ello su crecimiento en industrias ya maduras tecnológicamente, como la automovilística o la del calzado y confecciones, y en un desarrollo extensivo de los sectores tradicionales y de baja productividad asociados al turismo y la construcción. Hoy, la posibilidad de profundizar o de siquiera defender en el mediano plazo esta inserción en la división internacional del trabajo se hace cada vez más difícil por la aparición de grandes competidores dentro y fuera de Europa combinada con el aumento absolutamente autodestructivo de los costos salariales, las regalías laborales y los niveles impositivos en las naciones del sur de la UE. A ello debe sumársele una carga regulatoria que ha combinado la herencia fascista-corporativista de estos Estados con las nuevas regulaciones propias del Estado de bienestar. Las regulaciones del mercado laboral español son características en este sentido, combinando de manera desastrosa la herencia franquista con la deriva prebendaria del sindicalismo socialista hoy dominante.

Demos algunos ejemplos acerca de las notables diferencias que existen dentro de la EU-15 respecto de su potencial como economías del conocimiento y la innovación. Miremos primero el indicador que resume todos los demás en esta materia: la cantidad per cápita de patentes internacionales relevantes o, como se las llama, familias de patentes triádicas. Esto es lo que se exhibe en el Gráfico 4.

Según estas cifras, en 2009 los alemanes9 registraban 6 veces más patentes per cápita que los italianos, 14 veces más que los españoles, 35 veces más que los portugueses y 70 veces más que los griegos. La comparación con Suecia era aún más chocante: los suecos registraban 8 veces más patentes per cápita que los italianos, 19 veces más que los españoles, 48 veces más que los portugueses y 97 veces más que los griegos. Países como Francia o Reino Unido ocupaban, a su vez, una posición intermedia en este sentido.10

Podemos profundizar en esta materia utilizando otro de los indicadores más relevantes al respecto: la excelencia comparativa de las universidades. Según el QS World University Ranking para 2012-2013 no había ni una sola universidad italiana, española, portuguesa o griega entre las 150 mejores del mundo, cosa única entre los países desarrollados que pone en evidencia la debilidad fundamental de los países del sur europeo para sostener sus abultados niveles de bienestar. Basándonos en otro ranking sobre excelencia académica, el World University Ranking 2011-2012 de Times Higher Education, llegamos al siguiente Gráfico que nos muestra la puntuación total de las universidades de cada país que se cuentan entre las 200 mejores del mundo en relación a la población del país.

Finalmente, si miramos The Global Competitiveness Report 2012-2013 realizado por el Foro Económico Mundial constatamos que la posición de los países del sur de Europa en cuanto a la calidad de su sistema educacional secundario, superior y de formación profesional es la siguiente dentro de un ranking que abarca un total de 144 países: Portugal 61, España 81, Italia 87 y Grecia 115. Se trata de niveles que ubican a los países del sur de la Unión Europea en una posición muy por detrás incluso de muchas economías emergentes.

La segunda diferencia de fondo que quisiera destacar se refiere a las instituciones, aspecto clave de todo desarrollo económico y social sostenible tal como desde hace décadas lo viene señalando la investigación histórico-económica. Aquí encontramos nuevamente a las sociedades del sur de la UE en una situación que guarda poca relación con el resto de la Unión. Esto puede ser constatado mirando diversos rankings internacionales, como el de corrupción percibida de las instituciones públicas realizado anualmente por Transparency International o el ya citado Competitiveness Report donde la medición de la calidad institucional ubica a Portugal en el lugar 46, a España en el 48, a Italia en el 97 y a Grecia en el 111 entre los 144 países estudiados (Suecia ocupa el lugar 6 y Alemania el 16; Chile está en el lugar 28).

Estas deficiencias institucionales alcanzan niveles simplemente escandalosos cuando se refieren al sector público, mostrando el enorme daño potencial agregado que una expansión estatal puede implicar en países donde lo público y lo corrupto muchas veces son vistos como sinónimos. Me limito a dar dos ejemplos del Competitiveness Report. En malversación de fondos públicos, de 144 países Portugal ocupa el lugar 45, España el 53, Italia el 85 y Grecia el 119. En despilfarro de los recursos públicos tenemos los siguientes resultados: España lugar 106, Italia 126, Portugal 133 y Grecia 137. Es decir, mucho más cerca de países como Venezuela (143) y Argentina (136) que de Suecia (lugar 8), Finlandia (9), Holanda (13) u otros países del norte de la UE. Al respecto no está demás indicar que Chile ocupa un notable décimo lugar, resumiendo lo que es, junto a su economía abierta, su ejemplar manejo macroeconómico y sus multifacéticos recursos naturales, su gran ventaja comparativa: su excelente calidad institucional. El Gráfico 6 ilustra esta debilidad institucional mediante una comparación entre España (que en esta materia muestra un desempeño mucho mejor que el de Italia o Grecia) y un país serio europeo, Suecia. Como puntos de comparación se muestran también los resultados de Chile y Argentina.

Estos datos nos muestran con claridad que más allá de las políticas públicas, los aspectos coyunturales o los monetarios existen al menos dos Europas dentro de la UE-15, separadas por un abismo estructural e institucional que es decisivo para entender las enormes disparidades respecto de las perspectivas futuras existentes en el seno de la UE y las inevitables tensiones que ello genera.

Sobre este tema se han venido desarrollando diversas investigaciones, siendo una de las más novedosas la de los españoles Victor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez,11 que trata de medir lo que llaman virtudes cívicas, es decir, las instituciones informales o contexto cultural-valorativo que regula las relaciones sociales, estableciendo diversos niveles de confianza, apertura, tolerancia y otros que facilitan o dificultan la fluidez de las relaciones interhumanas en una sociedad lo que, a su vez, tiene consecuencias decisivas para el desempeño socio-económico. Apoyándome en los diversos índices presentados por los autores señalados he construido el índice de virtudes cívicas que se presenta en el Gráfico 7, mostrando una vez más la significativa diferencia que separa a diversas regiones de Europa Occidental.

La crisis y el populismo del Estado de bienestar

Las diferencias estructurales ya apuntadas no obstan para constatar, como ya se destacó, la existencia de un elemento común en la UE-15: el gran Estado intervencionista y garantizador de una multitud de derechos. Tanto la dinámica como el timing de la crisis europea están directamente asociados al auge y caída del Estado de bienestar. Esto también explica la intensidad de los problemas en los Estados del sur de Europa, que son aquellos que han llegado más recientemente y con un ímpetu desbocado al gran Estado benefactor. Sin embargo, lo que estas sociedades están viviendo no es, en el fondo, más que una repetición, concentrada y dramática, de las situaciones críticas que ya anteriormente habían golpeado a las sociedades del norte europeo que fueron pioneras en cuanto a la expansión de las funciones y el peso del Estado.12

Por ello mismo, las sociedades del norte europeo fueron forzadas a emprender importantes procesos de reforma de sus grandes Estados y de flexibilización de sus estructuras económicas que hoy las hacen relativamente más resistentes a los problemas que afectan al conjunto de Europa Occidental. Esto se hace especialmente notorio al analizar la carga regulatoria gubernamental que afecta a las diversas economías de la EU-15, donde de acuerdo al Competitiveness Report países como Finlandia (6) o Suecia (31) están en la tercera parte de países con menor carga mientras que España (120) o Italia (142) se ubican claramente en la tercera parte con mayor carga regulatoria de las 144 naciones estudiadas, mientras que Alemania (72) se sitúa en una posición intermedia.

Veamos un poco más en detalle este proceso de desarrollo del Estado de bienestar dada su gran importancia para entender la dinámica subyacente a y el timing de la crisis europea. Para ello tomaremos el caso de Suecia, país que aventajó a todos los demás en expansión estatal y que, justamente por ello, se vio abocado hace ya unos veinte años a una seria crisis muy similar en muchos aspectos a la que hoy viven España, Italia o Portugal.

Suecia experimentó, a partir de los años 60, un crecimiento sin precedentes de su sector público. En apenas dos décadas, entre 1960 y 1980, el gasto público se duplicó, pasando del 30% del PIB al 60%. A su vez, el empleo público casi se triplicó y la carga tributaria pasó del 28 al 46% del PIB. El impuesto marginal para las rentas más altas llegó en 1979 al 87%, para estabilizarse en los años 80 en torno al 85%. Al mismo tiempo, aumentaban los subsidios de todo tipo, llegándose a situaciones donde trabajar podía implicar un detrimento económico.13 Este desarrollo tuvo una serie de consecuencias inevitables, particularmente manifestadas en un fuerte deterioro del incentivo a trabajar y al emprendimiento. Sin embargo, lo más sensible de este desarrollo fue la vulnerabilidad creciente de un sistema fiscal que hacía promesas cada vez más generosas a su población basado en aquello que en sueco se llama glädjekalkyl, es decir, “cálculos alegres”, basados en la premisa de que los buenos tiempos y el pleno empleo durarían eternamente. Esto creó una dinámica populista, donde gobernantes y gobernados se dejaban llevar por el sendero de las promesas fáciles, creando una ilusión de seguridad frente a la indefensión o la falta de trabajo que solo podía ser mantenida mientras las situaciones de indefensión o carencia laboral fuesen excepcionales.

Este populismo del Estado de bienestar —que embriaga naturalmente a gobernantes encantados de poder ofrecer siempre más y mejores regalos y a los gobernados que encantados votan por gentes tan ilimitadamente generosas— está en la base de los excesos que llevan a las sociedades que viven bajo los grandes Estados benefactores de la decadencia paulatina a la crisis súbita. Esto pasó primero en Suecia, luego en otras sociedades del norte europeo y ahora está pasando en las del sur der Europa, que han sido las últimas en llegar al ilusionismo del Estado de bienestar y que se lo han creído con un entusiasmo propio del carácter latino-mediterráneo.

En Suecia la ilusión populista se quebró dramáticamente a comienzos de los 90, cuando el pleno empleo, que había durado casi cinco décadas, se transformó en un alto nivel de desempleo. Este cambio fue producto, como acostumbra a ser en estos casos, de una recesión internacional que puso en evidencia las debilidades acumuladas de las viejas industrias suecas de exportación ante la presencia de nuevos competidores. Esto desencadenó un brusco aumento de la cesantía — que pasó del 2 al 12% en tres años— que llevó el gasto público a sobrepasar el 70% del PIB en 1973 mientras la recaudación fiscal caía. Ello puso en evidencia el bluff del Estado de bienestar: sus promesas de seguridad frente a eventuales situaciones de carencia o indefensión no pudieron cumplirse justamente cuando más se necesitaban. La seguridad prometida se esfumó cuando el exceso de gasto dio origen a un insostenible déficit fiscal que llegó a superar el 10% del PIB conduciendo a la caída estrepitosa del viejo y tan afamado “modelo sueco”.

A partir de entonces se abre un notable proceso de reducción del tamaño del Estado, desregulación, cooperación público-privada y privatización que ha transformado a Suecia en la economía de la UE-15 que mejor ha resistido a los problemas actuales. Así, el país que encabezó la marcha hacia la debacle del Estado de bienestar tradicional encabeza hoy el camino hacia su modernización, disminuyendo su tamaño y con ello su vulnerabilidad, rompiendo los monopolios públicos a través de la libertad de empresa y de elección ciudadana, limitando y condicionando los subsidios de todo tipo, y tratando de restablecer, mediante rebajas tributarias, los incentivos al trabajo y al emprendimiento.14

Crisis de alguna manera parecidas, si bien menos severas, a la de Suecia afectaron a Alemania, Dinamarca, Finlandia u Holanda, obligando a estos países a moderar y hacer algo más dinámicos sus grandes Estados así como a alivianar su carga regulatoria (especialmente en lo referente al mercado de trabajo) y tributaria. No fueron en sí mismas reformas de suficiente calado como para poder revertir las tendencias al estancamiento anteriormente señaladas, pero les han permitido a estas sociedades enfrentar la actual situación de crisis en condiciones mucho mejores que las del sur de Europa.

De la euroeuforia a la eurocrisis

La desgracia de los países del sur de Europa es que llegaron al gran Estado benefactor y a la sociedad de los derechos hace no mucho y bajo condiciones que invitaban al desenfreno. En ello, el euro jugó un papel clave ya que generó una apariencia de solidez financiera y seriedad fiscal en sociedades que nunca la habían tenido por sí mismas. Ello se conjugó con un momento de recesión en Alemania que presionó las tasas de interés a la baja y creó excedentes de capital invertibles que se orientaron hacia las periferias del sur (e Irlanda) creando una serie de burbujas —crediticia, inmobiliaria, salarial, migratoria, política y de derechos— que terminó llevando a la bancarrota generalizada que hoy observamos.

De esto se pueden aprender varias lecciones interesantes no solo sobre los peligros del dinero barato o del populismo del Estado de bienestar sino más esencialmente sobre las letales consecuencias del voluntarismo o “constructivismo” político, como diría Hayek. El proyecto del euro fue, de comienzo a fin, un designio político que finalmente se impuso contra toda racionalidad económica y, lo que es peor aún, violando los criterios que los propios creadores del proyecto habían diseñado para que esta creación monetaria pudiese existir duraderamente. Al final, el prestigio de algunos así llamados grandes estadistas, como Kohl, Mitterrand o Chirac, forzaron una unión monetaria que hoy está inquinando la convivencia entre los pueblos de Europa y poniendo en riesgo la existencia misma de la UE. Milton Friedman resumió muy bien este destino contraproducente del euro en un artículo señero de agosto de 1997, titulado The Euro: Monetary Unity To Political Disunity?, que por su clarividencia me permito citar:

“El impulso hacia el euro no ha tenido motivos económicos sino políticos. Su finalidad ha sido atar a Alemania y Francia de una manera tan estrecha que haga una futura guerra europea imposible. Yo creo que la adopción del euro tendrá el efecto opuesto. Exacerbará las tensiones políticas al convertir los shocks divergentes, que fácilmente podrían haber sido manejados mediante ajustes en la tasa de cambio, en materias de desunión política. La unidad política puede pavimentar el camino de una unidad monetaria. La unión monetaria impuesta bajo condiciones desfavorables demostrará ser una barrera para alcanzar la unidad política”.15

De hecho, en mayo de 1998, cuando los países del futuro euro debían demostrar que cumplían las condiciones fijadas por el Pacto de estabilidad y crecimiento, solo un país, Luxemburgo, lo hacía. Hoy en día, el único país que lo hace es Finlandia. Estas condiciones se referían, entre otras cosas, al déficit fiscal (que no debía superar el 3% del PIB) y la deuda pública (no superior al 60% del PIB) así como a la tasa de inflación (con una variación máxima de un par de puntos porcentuales respecto de los países de menor inflación). En buenas cuentas, se trataba de exigencias alemanas y holandesas cuyo propósito era asegurarse de que el euro no se convirtiese en un paragua de confianza que permitiese la irresponsabilidad fiscal que se suponía vendría de las economías del sur europeo. Así sería en el futuro, pero hay que señalar que los primeros que rompieron con la regla del déficit fueron nada menos que Alemania y Francia, países que además impidieron que se aplicasen las penalizaciones consideradas para estos casos. Con ello sentaron un precedente simplemente desastroso para el futuro de la unión monetaria, cuyas reglas no han sido desde entonces más que “papel mojado”, relajándose o incumpliéndose cada vez que han sido puestas a prueba.

Para las sociedades del sur de Europa el euro significó, ya desde mediados de los 90 cuando se definió concretamente su introducción, el poder disponer de dinero abundante y barato, con tasas de interés muy por debajo de las que tradicionalmente debían pagar (11-12% para España, Italia y Portugal y cerca del 20% en el caso de Grecia en 1995) y que en ciertos casos hacían de facto insignificante o incluso negativo el costo real del crédito. Esto desató un espiral de endeudamiento, en especial de las familias, empresas y otros actores privados, que elevó el endeudamiento total a niveles récord. En el caso de España, la deuda total privada y pública pasó de representar un 150% del PIB a mediados de los 90 al 400% en torno a 2010 (siendo una tercera parte deuda externa). Ello posibilitó una expansión sin precedentes del consumo en general y del sector inmobiliario en particular. Lo que conllevó no solo un aumento notable del precio de los inmuebles sino también una caída muy significativa de la tasa de desempleo y un aumento vertiginoso de la inmigración. A su vez, el gasto público y las promesas del Estado de bienestar aumentaron exponencialmente gracias a una recaudación fiscal que crecía rápidamente de año en año. Todo parecía ir de maravillas, pero con credibilidad y dinero ajenos.

Lo más notable del crecimiento así inducido fue su carácter extensivo, es decir, basado en una incorporación de mayores cantidades de factores productivos (capital y trabajo) y no en mejoras de productividad. De hecho, Italia y España registran entre 1995 y 2010 algo tan sorprendente en la historia económica moderna como un crecimiento económico sostenido coincidente con una evolución negativa de la productividad total de los factores. Esto fue acompañado de un alza constante de los salarios y los costos laborales, lo que fue minando la capacidad competitiva de las economías del sur, en particular respecto de la economía alemana donde se había aplicado una vigorosa política de contención salarial y mejoramiento de la eficiencia productiva desde el gobierno del Canciller socialdemócrata Gerhard Schröder (1998-2005). De hecho, según los datos de la OCDE los costos laborales unitarios en Alemania eran inferiores en 2008 al nivel alcanzado en el 2000. Por su parte, entre 1995 y 2007 ese costo se había incrementado un 30% en Italia, un 40% en España, un 42% en Portugal y un 61% en Grecia.

Este desarrollo llevó a una balanza comercial fuertemente deficitaria en los países del sur de Europa a la vez que se producían significativos superávits comerciales en los del norte. En 2007 España tenía un déficit comercial correspondiente al 10% de su PIB, y en Grecia el déficit llegaba a más del 14%. Por su parte, ese mismo año Alemania exhibía un superávit del 7,4% y Suecia del 9,2%.

En suma, todos estaban encantados: españoles, griegos, italianos y portugueses consumían como nunca antes, mientras que, entre otros, alemanes y suecos exportaban como nunca. Todo parecía ir tan bien que la Comisión Europea se permitió decir en mayo de 2008 que “Europa se ha convertido en un oasis de estabilidad macroeconómica”. Y el jefe del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, no pudo contener su entusiasmo el 2 de junio de ese mismo año, en su discurso conmemorando la primera década del BCE, haciendo mofa de los euroescépticos y llamando a celebrar “el éxito extraordinario” de la nueva divisa.16

Sin embargo, a pesar de las palabras eufóricas de los dirigentes europeos el momento de la verdad ya había llegado para el euro. Pronto la zona euro se transformaría en ese hervidero de bancarrotas y conmoción social que ha asombrado y preocupado al mundo entero. Por cierto que la misma construcción del euro, la falta de seriedad para aplicar sus propias reglas, el desarrollo dispar de economías estructuralmente muy diferentes que debían ser regidas por la misma política monetaria y los desequilibrios macroeconómicos ya mencionados han jugado un papel de primera línea en la debacle de la zona euro. Ahora bien, más allá de ello observamos una evolución de la crisis misma que nos obliga a volver una vez más nuestra atención hacia ese gran factor de vulnerabilidad que es el gran Estado benefactor. Lo que definitivamente separa el desarrollo de la crisis europeo-occidental de aquella que con intensidad variable afectó a muchas otras partes del mundo en 2008-2009 es el posterior desencadenamiento de una profunda crisis fiscal, que hoy es el epicentro de los problemas europeos más agudos.

Esta crisis fiscal no es otra cosa que una réplica de lo acontecido en Suecia veinte años antes y sus causas son, en esencia, las mismas. La expansión del Estado y, en especial, de sus promesas transformadas por la retórica populista en “derechos” crean las condiciones del inevitable descalabro de las finanzas públicas en tiempos de recesión económica.17 Los “cálculos alegres” que llevaron al Estado de bienestar sueco a la bancarrota fueron sobrepasados con creces por los Estados del sur europeo, espoleados por políticos aún menos escrupulosos y votantes deseosos de recibir más y más derechos y prebendas. Así se construyeron generosos sistemas de protección social y pensiones que luego se derrumbaron como un castillo de naipes. Así se ampliaron también las nóminas funcionariales y los partidos políticos —de izquierdas o derechas— vieron a sus castas dirigentes dotarse de privilegios realmente exuberantes. El sobrio populismo del Estado de bienestar nórdico fue remplazado por una verdadera rebatiña por los derechos y las prebendas. Y aquí no hubo inocentes: todos jugaron a ser vivos y les fue exactamente como al país de la viveza por definición, Argentina.

La evolución de la crisis nos deja una lección más. El gran Estado pierde toda capacidad de actuar contracíclicamente, de acuerdo a la receta keynesiana clásica, cuando se sobreexpande convirtiéndose en un factor clave de vulnerabilidad económica. Los fuertes déficits que se disparan apenas cambia de signo la coyuntura —especialmente en países con tendencias estructurales a generar altísimas tasas de cesantía, como España— lo obligan rápidamente a seguir una política fiscal restrictiva, algo que hoy se ha transformado en el punto focal de la crisis europea y que genera fuertes reacciones sociales y corporativas. A su vez, cualquier eventual política fiscal expansiva choca con las altas tasas de interés que los mercados exigen hoy a países de bajísima credibilidad crediticia. Actualmente, países como España se debaten en una difícil encrucijada entre el creciente descontento social y la necesidad de combatir el déficit fiscal a fin de no endeudarse más y parar así el aumento dramático del costo de la deuda. De hecho, cerca de una tercera parte del presupuesto del Estado central español —lo que equivale a unos 38 mil millones de euros— se destinará en 2013 a cubrir el costo de su deuda.

Palabras finales: De la unión a la desunión europea

Hoy en día Europa del Sur está viviendo el despertar traumático del sueño del bienestar garantizado por el Estado y con dinero prestado, pero su despertar manifiesta una diferencia fundamental con lo ocurrido anteriormente en Europa del Norte, donde predominó una tendencia a la unidad, a entender que o estamos juntos y trabajamos juntos o nos hundimos juntos. Ese espíritu, lamentablemente, brilla por su ausencia en los países del sur, donde parece que todos luchan por defender sus autoproclamados derechos aunque ello implique la ruina del país. Esta tendencia a la desunión alcanza ribetes extremos en un país como España, donde la amenaza del secesionismo catalán se ha actualizado de una manera que ha trastocado toda la escena política nacional, transformado la crisis económica en una crisis en que está en juego la existencia misma de España.

Pero la desunión no solo es interna. Lo más lamentable del escenario europeo actual es que se está confirmando plenamente la advertencia premonitoria de Milton Friedman: ese gran proyecto de paz y amistad entre los pueblos de Europa que fue la UE está siendo minado por una crisis donde todos culpabilizan a otros y quieren que el vecino pague, donde los del sur quieren que paguen los ricos del norte y los del norte ven a sus socios del sur como desvergonzados derrochadores. Esto es una verdadera tragedia porque se está generando una agresividad entre los europeos que es directamente lo opuesto a lo que se perseguía, y en gran parte se había logrado, con la UE. Sin embargo, esto es un resultado lógico de las grandes ilusiones hoy frustradas que creó el populismo del Estado de bienestar y de haber forzado la Unión más allá de lo que era razonable.

En este contexto, la respuesta de las dirigencias europeas ha sido apostar por lo que se denomina “más Europa”, lo que es un eufemismo para decir más “Bruselas”, más euroburocracia y superestructuras alejadas del sentir de los pueblos de Europa. Si esta deriva se concreta a costa de la soberanía popular y nacional la desunión europea no hará sino potenciarse al profundizarse aquel sentimiento, ya tan extendido, de que todo se decide en un lugar distante y fuera de todo control democrático. De ser así, se abrirían las puertas para nuevos populismos y nacionalismos cada vez más agresivos y xenófobos. De esa manera, Europa volvería a ver renacer sus viejos fantasmas, aquellos que se creía ya bien sepultados en un pasado que parecía más remoto de lo que realmente estaba.

Este es el sabor amargo y tremendamente preocupante que nos deja la saga europea del gran Estado y el voluntarismo político. Ojalá que Europa sepa reaccionar antes de que sea demasiado tarde volviendo a lo básico: la libertad con responsabilidad, el deber que crea los derechos, el individuo y la sociedad civil como protagonistas insustituibles del progreso social duradero, el emprendimiento como soporte del bienestar. A su vez, la Unión Europea solo encontrará su salvación retornando a aquellas cuatro libertades básicas que en su mejor momento definieron a gran parte de Europa Occidental como un ámbito de libertad y movilidad. Para ello, debe desmontar gran parte de las superestructuras políticas y regulatorias que han terminado sofocando al proyecto europeo. El euro también está entre aquello que, con toda probabilidad, deberá desaparecer para que Europa no naufrague, aunque ello cueste un elevadísimo precio inicial. Como dicen los alemanes y los nórdicos, más vale un final de horror que un horror sin final. Así, lamentablemente, están las cosas por la vieja Europa y es de esperar que otros no se embarquen en el camino que la ha llevado a sus males presentes.

Referencias:

1. Esos países son: Rusia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia y Armenia.

2. Recuérdese el impulso hacia el este que caracterizó a Alemania desde los tiempos de la Liga Teutónica (siglo XIII) hasta la II Guerra Mundial. La misma orientación marcó los destinos de Suecia desde la colonización de Finlandia (siglo XII) y su notable transformación en el imperio dominante del Báltico en el siglo XVII hasta la derrota contra Rusia y la pérdida de Finlandia a comienzos del siglo XIX.

3. En la fraseología del neoizquierdismo delirante todo se llama, sin embargo, neoliberalismo, incluso los Estados europeo-occidentales, a pesar de que su gasto fiscal llega a o sobrepasa la mitad del PIB. Un ejemplo reciente es el texto de Aldo Ferrer en Le monde diplomatique (noviembre de 2012, edición chilena) titulado “Neoliberalismo, deuda y crisis en la Unión Europea” según el cual “el relato neoliberal y el Estado neoliberal continúan imperando en el antiguo núcleo de la economía mundial”.

4. El concepto, Eurosklerose, fue acuñado por el destacado economista alemán Herbert Giersch. Con el mismo aludía al creciente retardo europeo-occidental causado por las regalías excesivas de su “Estado social”, la sobrerregulación, los mercados de trabajo rígidos y los diferentes “cárteles” que atenazaban la estructura productiva tanto de Alemania como de sus socios de la Comunidad Económica Europea.

5. Como se sabe, los emprendimientos en esta nueva economía se caracterizan por su intensidad en capital humano de alto nivel y por ello se ven severamente penalizados no solo por los altos impuestos progresivos a los réditos del trabajo así como de los costos generales de contratación sino también por una orientación de la política tributaria que tendía, de acuerdo a los intereses de las firmas industriales ya existentes, a facilitar las inversiones y, sobre todo, las reinversiones en capital físico concentrando el peso tributario en aquellas firmas que priorizaban al factor trabajo y en los nuevos emprendimientos.

6. Es notable ver como el tradicional antiamericanismo europeo-occidental se ha transformado en Europa del Sur en “antialemanismo”. El malo de la película ya no es el Tío Sam sino el Tío Hans.

7. El empresario europeo sigue siendo por definición sinónimo del explotador. El estadounidense, por el contrario, es el héroe arquetípico del sueño americano realizado. En el fondo, se trata de dos concepciones del mundo: la socialista y la liberal, la de la igualdad en el estancamiento o la pobreza y la del progreso mediante el riesgo y el éxito personales.

8. Alude al hecho de estar registradas simultáneamente en Estados Unidos, Europa y Japón.

9. Alemania ocupaba el cuarto lugar en el ranking internacional, después de Suiza, Japón y Suecia.

10. Recordemos sí, como ya se indicó, que parte de este potencial innovativo no se realizará en Europa Occidental dadas sus trabas al emprendimiento.

11. V. Pérez-Díaz y J. C. Rodríguez, Cultura moral e innovación en Europa, en Panorama Social 2011, España.

12. Ya en 1985 la carga tributaria igualaba o superaba el 40% del PIB en Europa del Norte, con la única excepción de Alemania con el 37,2%. Por su parte, en ese entonces España, Portugal y Grecia tenían niveles tributarios por debajo del 30% del PIB y en Italia se llegaba solo al 33,6%.

13. Esto se hizo bastante común entre los sectores de rentas más bajas, donde el salario que se podía llegar a obtener no compensaba la reducción o pérdida simultánea de subsidios más los costos asociados al hecho mismo de trabajar (transporte, vestimenta adecuada, comer fuera de casa, etc.). Este fue un claro ejemplo de aquellas trampas de la pobreza creadas por el Estado de bienestar que llevaban a ciertos sectores sociales a preferir no trabajar o hacerlo de manera informal en vez de trabajar legalmente. Esta conducta se extendió mucho entre grupos de inmigrantes con familias numerosas y, por ello, con derecho a niveles de subsidio muy substanciales.

14. Ver M. Rojas, Reinventar el Estado del bienestar – La experiencia de Suecia. Madrid: Gota a Gota 2010.

15. Véase: http://www.project-syndicate.org/commentary/the-euro–monetary-unity-to-political-disunity

16. Citados en J. Norberg, Eurokrash – En tragedi i tre akter. Stocksund: 2012, pp. 63-64.

17. En casos como los de España o Irlanda la expansión estatal no implicó un aumento del peso porcentual del gasto fiscal en relación al PIB, debido al rápido crecimiento de este último. Sin embargo, el aumento del gasto público en estos países durante los cinco años que precedieron al estallido de la crisis —55% en España y 75% en Irlanda— supera al de Portugal (35%) y de Grecia (50%), para no hablar del resto de la UE-15.

Escuelas públicas: Privatízenlas – por Milton Friedman

Este ensayo fue publicado originalmente el 19 de febrero de 1995 en el Washington Post y fue reproducido en inglés por el Cato Institute con permiso del autor y del Washington Post (Cato Institute Briefing Paper no. 23). También puede leer este documento en formato PDF aquí.


Sumario

Nuestro sistema de educación, primaria y secundaria, necesita de una reestructuración radical. Una reconstrucción así, sólo puede realizarse privatizando la mayor parte del sistema educativo, es decir, permitiendo que la actividad privada, con fines de lucro, desarrolle una amplia variedad de servicios educativos y sea una competencia efectiva a las escuelas públicas. El modo más factible de realizar esta transferencia, del sector público a las empresas privadas, consiste en establecer, en cada estado, un sistema de bonos escolares que permita a los padres escoger las escuelas a las que asisten sus hijos. El bono escolar debe ser universal, disponible para todos los padres y suficiente para cubrir los costos de una educación de alta calidad. No deberían fijarse condiciones anexas a los bonos escolares que interfirieran con la libertad de las empresas privadas para experimentar, explorar e innovar.

Introducción

Nuestro sistema educativo primario y secundario necesita de una reconstrucción radical. Esta necesidad surge como resultado, en primer lugar, de los defectos de nuestro sistema vigente. Pero, además, se ha visto reforzada, en gran medida, por algunas de las consecuencias de las revoluciones, tecnológica y política, ocurridas en las últimas décadas. Estas revoluciones prometen aumentos considerables en la producción mundial, pero también amenazan con serios conflictos sociales a los países desarrollados, debido a la creciente brecha de ingresos entre los altamente calificados (la elite del conocimiento) y la mano de obra no calificada.

Una reconstrucción radical del sistema educativo puede evitar los conflictos sociales mientras que fomenta mejoras en la calidad de vida, posibles gracias a la revolución tecnológica y el crecimiento del mercado global. En mi opinión, una reconstrucción radical sólo se lograría privatizando la mayor parte del sistema educativo —es decir, permitiendo que las empresas privadas con fines de lucro ofrezcan una gran variedad de servicios educativos para que compitan con la educación pública. Semejante reconstrucción no podrá hacerse de la noche a la mañana; inevitablemente, debe ser un proceso gradual.

La manera más factible de realizar una transferencia, gradual pero importante, de la educación pública a las empresas privadas es mediante de un sistema de bonos escolares implementado en cada estado que permita a los padres la libertad de escoger las escuelas a las que asistan sus hijos. Propuse éste sistema de bonos hace 40 años.

En los últimos años se han realizado muchos intentos de adoptar el sistema de bonos escolares. Salvo excepciones menores, nadie ha logrado implementarlo, debido al poder político del establishment educacional, recientemente fortalecido por la Asociación Nacional de Educación y la Federación Americana de Maestros, el grupo de presión más poderoso de los Estados Unidos.

1. El deterioro de la enseñanza

Nuestras escuelas hoy son mucho peores de lo que eran en 1955. En ningún otro aspecto son tan grandes las desventajas de los residentes de los barrios pobres como en la calidad de la educación que pueden obtener para sus hijos. Las razones son, en parte, el deterioro de nuestras ciudades centrales y, también en parte, la creciente centralización de las escuelas públicas —como lo muestra la reducción del número de escuelas de distrito de 55.000 en 1955 a 15.000 en 1992. Con la centralización, ha resultado —como causa y efecto— el incremento del poder de los sindicatos docentes. Cualquiera que sea la razón, el deterioro de la educación primaria y secundaria es un hecho indiscutible.

Con el paso del tiempo, el sistema ha empeorado a medida que se ha venido centralizando. El poder de decisión se ha ido desplazando desde la comunidad local a la escuela, de ésta al distrito escolar, de éste al estado hasta llegar al gobierno federal. Cerca del 90% de nuestros niños ahora van a las denominadas escuelas públicas, que no son nada públicas, sino feudos privados propiedad principalmente de sus administradores y de los dirigentes sindicales.

Todos conocemos los tristes resultados: hay algunas escuelas públicas relativamente buenas que se ubican en los suburbios y en las comunidades de altos ingresos; otras escuelas públicas muy malas, se encuentran en el interior de nuestras ciudades, afectadas por altas tasas de deserción, creciente violencia escolar, bajo rendimiento y desmoralización de maestros y estudiantes.

Estos cambios en nuestro sistema educativo ha mostrado claramente la necesidad de una reforma fundamental. Pero también ha fortalecido los obstáculos para una amplia reforma del sistema, que podría realizarse mediante un efectivo sistema de bonos escolares. Los sindicatos de maestros se han opuesto amargamente a cualquier reforma que disminuya su poder y han adquirido una enorme fuerza, política y financiera, que están dispuestos a utilizar para derrotar cualquier intento de adoptar el sistema de bonos escolares. El último ejemplo de lo que vengo diciendo es la derrota de la Proposición 174, ocurrida en California, en 1993.

2. La nueva revolución industrial

Una reconstrucción radical de nuestro sistema educativo se ha vuelto más urgente debido a las revoluciones gemelas que han ocurrido en las últimas décadas: una revolución tecnológica —el desarrollo, en particular, de medios más eficientes y eficaces de comunicación, transporte y transmisión de datos; y una revolución política que ha ampliado la influencia de la revolución tecnológica.

La caída del muro de Berlín fue el acontecimiento más dramático de la revolución política. Pero no fue, necesariamente, el más importante. Por ejemplo, el comunismo no ha muerto en China y no ha colapsado. Y aún así a comienzos de 1976, el Primer Ministro Deng inició una revolución dentro de China que condujo a que ésta se abra al resto del mundo. De modo semejante, una revolución política tuvo lugar en América Latina, la cual, en el curso de las últimas décadas, ha conducido a un incremento importante en la porción de la población de esa región que vive en países que pueden ser descritos con propiedad más como democracias que como dictaduras militares, y que están luchando por ingresar en los mercados mundiales abiertos.

La revolución tecnológica ha hecho posible que una empresa ubicada en cualquier lugar del mundo pueda emplear recursos ubicados en cualquier sitio, para elaborar un producto en otro lugar y luego venderlo en cualquier otro lugar del planeta. Es imposible decir, “éste auto es estadounidense” o “éste auto es japonés”, y lo mismo sucede con muchos otros productos.

La posibilidad de coordinar el capital y el trabajo, en cualquier parte del mundo, con el capital y el trabajo, de cualquier otro sitio, tuvo efectos dramáticos incluso antes de que la revolución política tuviera lugar. Significó la existencia de una gran oferta de trabajo, relativamente de salarios bajos, para colaborar con el capital de los países desarrollados, capital físico y más importante aún, capital humano —habilidades, conocimientos, técnicas, capacitación.

Antes de que la revolución política sucediera, la vinculación internacional del trabajo, el capital y los conocimientos ya había resultado en una rápida expansión del comercio internacional, en el crecimiento de las empresas multinacionales y en un grado, inconcebible hasta ese momento, de prosperidad en los países otrora subdesarrollados de Asia del Este, conocidos como los “Cuatro Tigres”. Chile fue el primero en beneficiarse de estos desarrollos en América Latina, pero su ejemplo pronto se extendió a México, Argentina y otros países de la región. En Asia, el último en embarcarse en un programa de reformas de mercado ha sido India.

La revolución política reforzó considerablemente a la revolución tecnológica de dos maneras. Primero, aumentó grandemente la masa de mano de obra de salarios bajos —aunque no necesariamente de baja calificación— que podría ser empleada para coordinarse con el trabajo y el capital de los países avanzados. La caída del “telón de acero” agregó, tal vez, a 500 millones de personas; y China liberó, al menos parcialmente, a cerca de 1000 millones de personas que luego podían ser involucradas en actos capitalistas con personas de cualquier otro lugar del mundo.

Segundo, la revolución política desacreditó la idea de la planificación centralizada. Condujo, en todas partes, a una mayor confianza en los mecanismos de mercado que en el control gubernamental centralizado. Y aquello fomentó el comercio internacional y la cooperación entre las naciones.

Estas dos revoluciones ofrecen la oportunidad de una importante revolución industrial —comparable a la ocurrida hace 200 años, también esparcida mediante los desarrollos tecnológicos y el libre comercio. En aquellos 200 años, el producto mundial creció más que en los 2000 anteriores. Ésta meta podría superarse en las próximas dos centurias si los habitantes del mundo obtienen plenos beneficios de las nuevas oportunidades.

3. Diferencias salariales

Las revoluciones gemelas han producido salarios más altos para los trabajadores y mejores ingresos para casi todas las clases sociales en los países subdesarrollados. El efecto ha sido un poco distinto en los países desarrollados. La fortalecida relación entre el trabajo de bajo costo y el capital ha elevado los salarios de los trabajadores de alta calificación y las ganancias sobre el capital físico, pero ha presionado a la baja a los salarios de los trabajadores de baja calificación. El resultado ha sido un notable ensanchamiento de las diferencias salariales entre los trabajadores de alta y los de baja calificación, tanto en los Estados Unidos como en otros países desarrollados.

Si el ensanchamiento de las diferencias salariales prosigue de manera descontrolada, hay riesgo de que resulte en un problema social de grandes proporciones en nuestro país. No estaremos dispuestos a ver un sector de nuestra población descender un nivel de vida del Tercer Mundo, mientras que otro sector de nuestra población se vuelve cada vez más rico. Semejante estratificación, es una receta para el desastre social. La presión para evitarlo, mediante el proteccionismo y otras medidas semejantes, será irresistible.

4. Educación

Hasta ahora, nuestro sistema educativo ha incrementado la tendencia hacia la estratificación social. Y ello a pesar de que es la única fuerza visible con capacidad de mitigar esa tendencia. La inteligencia innata juega, sin lugar a dudas, un papel importante en determinar las oportunidades de cada individuo . Sin embargo, no es la única característica humana de importancia, como lo demuestran numerosos ejemplos. Lamentablemente, nuestro sistema educativo actual contribuye muy poco a que los individuos, cualquiera que sea su coeficiente intelectual, hagan el mejor uso de sus características. Y ello a pesar de ser el camino para revertir las tendencias hacia una mayor estratificación. Un sistema educativo de mejor calidad podría hacer más que cualquier otra cosa para reducir el daño que produciría a nuestra estabilidad social una amplia y permanente clase de gente muy pobre.

Existe un enorme espacio para la mejora de nuestro sistema educativo. Difícilmente exista otra actividad técnicamente más atrasada en los Estados Unidos. Enseñamos a los niños, esencialmente, de la misma forma en que lo hacíamos hace 200 años: un maestro frente a un grupo de niños, encerrados en un salón. La disponibilidad de computadoras ha cambiado la situación, pero no de modo fundamental. Las computadoras adquiridas por las escuelas públicas no se emplean de manera creativa ni innovadora.

Creo que la única forma de hacer una mejora importante en nuestro sistema educativo es través de la privatización, hasta el punto en que una porción substancial de los servicios educativos sea suministrada por empresas privadas. No hay otra forma de debilitar o de destruir considerablemente el poder del establishment educacional —una precondición necesaria para mejorar radicalmente nuestro sistema educativo. Y sólo las empresas privadas de educación podrán introducir una competencia que obligue a las escuelas públicas a mejorar, con el fin de mantener su clientela.

Nadie puede predecir la dirección que tomará un verdadero sistema educativo de libre mercado. Por las experiencias en otras actividades, sabemos cuán creativas pueden ser las empresas privadas bajo un sistema de libre competencia, qué variedad de productos y servicios pueden ofrecer, cuán aptas se muestran para satisfacer a los clientes —es lo que necesitamos en las escuelas, hoy. Sabemos de qué manera la industria de telecomunicaciones se ha revolucionado mediante la apertura a la libre competencia; cómo el fax ha comenzado a socavar el monopolio del correo de primera clase; de qué forma UPS, Federal Express y muchas otras empresas privadas han transformado la entrega de paquetes y de correspondencia y, en un nivel estrictamente privado, cómo la competencia de autos japoneses ha transformado a la industria automotriz nacional.

La educación privada a la que asiste un 10 % de los niños consiste de unas pocas escuelas de exclusivas que educan a un alto costo a una pequeña porción de la población, mientras que las escuelas parroquiales sin fines de lucro compiten con la educación pública, a bajos costos, gracias a la dedicación de sus maestros y a los subsidios de las instituciones que las patrocinan. Estas escuelas privadas proveen una mejor educación, para una pequeña porción de los niños, pero no están en condiciones de hacer cambios innovadores. Para ello, necesitamos la participación de un sistema de empresas privadas más amplio y vigoroso.

El problema es cómo llegar de aquí a allá. Los bonos escolares no son un fin en sí mismos; son los medios para una transición desde un sistema público a un sistema de mercado. El deterioro del sistema educativo y la estratificación creada por la nueva revolución industrial han hecho más urgente e importante la privatización del sistema de lo que era 40 años atrás.

Los bonos escolares pueden promover una rápida privatización sólo si son aptos para crear una gran demanda de colegios privados, lo suficiente para constituir un incentivo real para que los empresarios ingresen a esta industria. Para ello es necesario, en primer lugar, que el bono escolar sea universal, disponible para todos los que pueden enviar a sus hijos a escuelas públicas; y, en segundo lugar, que si el bono tiene un valor nominal inferior al costo por alumno de la educación pública, sea suficiente para cubrir el costo de una empresa educacional privada, con fines de lucro, que suministre una educación de alta calidad. Si esto se lograra, habría un número significativo de familias dispuestas a gastar algo más de sus ingresos para que sus hijos obtengan una educación de mayor calidad aun. Como sucede en todos los casos, el producto “de lujo” pronto se difunde, convirtiéndose en un producto básico.

Para implementar este modelo, es esencial que no se impongan condiciones para la aceptación de los bonos escolares que interfieran con la libertad de las empresas privadas de experimentar, explorar e innovar. Si el modelo se lleva a cabo, todos —excepto un reducido grupo de intereses particulares- ganarán: los padres, los estudiantes, los buenos docentes, los contribuyentes —para quienes bajará el costo del sistema educativo— y especialmente los residentes de las ciudades centrales, que tendrán una alternativa real a las miserables escuelas urbanas a las que tantos de sus hijos están hoy forzados a asistir.

Los empresarios están muy interesados en expandir la cantidad de potenciales empleados bien educados, y en conservar una sociedad libre con apertura comercial y mercados en expansión en todo el mundo. Ambos objetivos serían promovidos mediante un adecuado sistema de bonos escolares.

Por último, al igual que en las demás áreas en las que ha habido un amplio programa privatizador, la privatización de las escuelas producirá una nueva, activa y beneficiosa actividad, lo que creará oportunidades reales para mucha gente de talento que ahora se ve disuadida de ingresar en la profesión docente, debido al espantoso estado de muchas de nuestras escuelas.

Éste no es un asunto que le corresponde al Estado federal. La educación es, y debe seguir siendo, una responsabilidad principalmente de las comunidades locales. El apoyo a la libertad de escoger entre las escuelas ha crecido con rapidez y no podrá ser contenido por los intereses particulares de los sindicatos de docentes y de la burocracia educativa. Pienso que estamos al borde de un adelanto en un estado u otro que se propagará como un incendio por el resto del país en cuanto demuestre su eficacia.

Para lograr que la mayoría de la población apoye un sistema de bonos escolares, debemos estructurar nuestra propuesta de tal modo que: (1) sea tan simple y honesta que pueda ser comprendida por el votante; y que (2) garantice que la propuesta no incrementará la carga impositiva sino que reducirá el gasto público en educación. Un grupo de nosotros en California ha realizado una propuesta que reúne ambas condiciones. Las posibilidades reales de obtener suficiente respaldo a esta propuesta en 1996 son luminosas.

Hayek’s “The Road to Serfdom” – Lawrence H. White

Lawrence H. White is Professor of Economics at George Mason University.

Ludwig von Mises (1881–1973) and Friedrich A. Hayek (1899–1992) were leading founders of the Austrian School of economics, and are counted among the twentieth century’s foremost champions of free markets and critics of socialism.

This second CCA of the 2016-2017 academic year will consider the history and principles of the Austrian School, as well as Mises’ and Hayek’s major works and continuing influence.

Watch more from CCA II: Mises, Hayek, and the Austrian School at https://www.hillsdale.edu/live/2016-2…

Hillsdale College website: http://www.hillsdale.edu/

Hong Kong – por Peter Bauer

Peter Bauer (1915-2002) fue profesor emérito de economía en la London School of Economics and Political Science y académico de la British Academy y del Gonville and Caius College, Cambridge. Este documento apareció en el libro From Subsistence to Exchange and Other Essays (Princeton, 2000). También puede leer este documento en formato PDF aquí.

Este documento apareció en el libro From Subsistence to Exchange and Other Essays (Princeton, 2000). También puede leer este documento en formato PDF aquí.

¿Cómo evaluaría usted los prospectos económicos de un país asiático que tiene muy poca tierra (y encima aquella consiste solamente de puros montes erosionados) y el cuál es realmente el país más densamente poblado del mundo; el cuál tiene una población que ha crecido rápido, tanto por medio del aumento natural como por la inmigración a gran escala; el cual importa todo su petróleo y todos sus materiales crudos y aún mucha de su agua; el cual tiene un gobierno que no está involucrado en la planificación del desarrollo y el cual no ejerce control alguno por sobre los tipos de cambio ni restringe las exportaciones e importaciones de capitales; y el cual es la única colonia occidental de importancia alguna?1 Usted pensaría que este país debe estar condenado, a menos que éste reciba grandes donaciones externas. O dicho de otra forma usted tendría que creer esto, si usted creyese lo que los políticos de todos los partidos, la ONU y sus organizaciones afiliadas, los economistas prominentes, y lo que la prensa de calidad dicen acerca de los países menos desarrollados. ¿Acaso no ha sido el círculo vicioso de la pobreza, la idea de que la pobreza se auto-perpetua, un principio fundamental de la economía de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, y acaso no ha sido respaldada explícitamente por los Premios Nóbel Gunnar Myrdal y Paul Samuelson? ¿Acaso los economistas de desarrollo del Instituto Tecnológico de Massachussets no han dicho categóricamente sobre los países menos desarrollados que

La escasez general relativa a la población de casi todos los recursos crea un círculo vicioso de pobreza que se auto-perpetúa. El capital adicional es necesario para aumentar la producción, pero la pobreza en sí hace que sea imposible poder llevar a cabo el ahorro y la inversión requeridos para una reducción voluntaria en el consumo.2

¿Acaso no ha insistido Gunnar Myrdal que “debe haber algo malo con un país subdesarrollado que no tiene dificultades de tipo de cambio extranjero”? ¿Acaso no dijo también que todos los expertos en desarrollo estaban de acuerdo con que la planificación comprensiva era la primera condición para el progreso económico, y, de hecho no ha sido esta la opinión de muchos economistas de desarrollo prominentes en las décadas más recientes? De nuevo, ¿Acaso no dijo el celebrado Reporte Pearson, comisionado por el Banco Mundial, que “ningún otro fenómeno presenta prospectos más oscuros para el desarrollo internacional que el asombroso crecimiento de la población”? Y, finalmente, ¿Acaso no incluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en su Principio General Catorce que “la liquidación de los restos del colonialismo en todas sus formas es una condición necesaria para el desarrollo”?

Por lo tanto, de acuerdo a la visión enfática de muchas de las figuras respetadas en este campo, y de los representantes de la llamada opinión mundial, hasta una media docena de características con las cuales yo comencé deberían asegurar una pobreza persistente.

Pero si en vez de seguir la moda, usted piensa por sí mismo y forma su opinión en base a la evidencia, entonces usted sabrá que Hong Kong, el país en cuestión, ha progresado fenomenalmente desde los 1940s, cuando era todavía muy pobre, y que se ha convertido en tal competidor formidable que los países occidentales erigen barreras comerciales en contra de aquel país distante. Si usted analizaría más a fondo, usted sabría que los ingresos y los salarios reales han subido rápidamente en Hong Kong en las recientes décadas. E incidentalmente Hong Kong es sólo un caso extremo de un fenómeno más general porque algo similar aunque con un progreso material menos pronunciado ha ocurrido en algunos países o regiones—Corea del Sur, Taiwán, Singapur entre ellos—cuando de acuerdo a los expertos esto debería haber sido imposible.

Si usted hubiese sospechado todo este tiempo que la opinión establecida sobre estas cuestiones era perceptiblemente infundada, usted disfrutaría de una corta pero instructiva monografía, Hong Kong: Un estudio en la libertad económica (University of Chicago Press) escrito por el Dr. Alvin Rabushka. Rabushka, un politólogo convertido en economista, conoce a Hong Kong bien, y su esposa es china. El tiene una mente incisiva. El escribe de forma clara, con confidencia, y de hecho con entusiasmo. Sus puntos principales no son difíciles, aunque se necesita de una mente firme y de un poco de coraje para presentarlos de tal manera tan concisa y vigorosa.

Rabushka analiza los procesos y métodos por los cuales en menos de 140 años, unas cuantas rocas vacías y estériles se convirtieron en un gran centro industrial de comercio y finanzas con cerca de cinco millones de personas. Él le atribuye esta historia de éxito económico a las aptitudes de las personas y a la adherencia a las políticas públicas adecuadas. La empresa, el trabajo duro, la habilidad de detectar y utilizar las oportunidades económicas, son extensas en una población que es china en un 98 por ciento, que está concentrada determinadamente en ganar dinero día y noche. Muchos son inmigrantes que trajeron habilidades y empresa más que nada de China, especialmente de Shanghai, el olvidado lugar de habilidad y empresa ubicado en el centro de China. Las políticas enfatizadas por Rabushka son el conservadurismo fiscal; los impuestos bajos; el cobro de precios de mercado por ciertos servicios gubernamentales; la política liberal de inmigración, al menos hasta hace poco; el libre comercio en ambas direcciones; el movimiento sin restricciones del capital entrando y saliendo del país; la participación mínima del gobierno en la vida comercial, incluyendo la resistencia a conceder privilegios a los intereses seccionales. No hay incentivos especiales o barreras a la inversión extranjera, no hay insistencia en la participación local de las empresas extranjeras. Tampoco hay feriados de impuestos o cualquier otras concesiones especiales para la inversión extranjera, pero de igual manera no hay restricciones por sobre el retiro de capital o sobre la remisión de ganancias. Estas políticas liberales, notablemente la libertad para retirar el capital, fueron diseñadas para fomentar el flujo entrante del capital y la empresa productiva, lo cual de hecho lo lograron.

La falta de recursos naturales junto con el dominio colonial promovieron tanto la no intervención económica oficial como el conservadurismo fiscal. La ausencia de los recursos naturales ha promovido una economía abierta con un gran volumen de exportaciones para pagar las importaciones necesarias. Tal economía requiere de un amplio rango de exportaciones competitivas y también de mercados domésticos competitivos. La asistencia gubernamental a particulares actividades económicas desvía los recursos hacia usos menos productivos y socava la posición competitiva internacional de la economía. Además, en una economía tan abierta como Hong Kong, los resultados despilfarradores de tales subsidios se vuelven evidentes más pronto que en otros lugares. Por lo tanto la misma ausencia de los recursos naturales ha asistido al progreso material al desalentar políticas públicas despilfarradoras. Es mucho más probable que las políticas públicas inapropiadas inhiban el avance económico a que lo haga una falta de recursos físicos. Los déficits presupuestarios sostenidos financiados por una creación de crédito también tienden a resultar en gastos malversados, entonces la pobreza de recursos desalienta la financiación de déficits. En el sistema de contabilidad tradicional inglés, las colonias no podían operar con déficits presupuestarios por mucho tiempo, y esta tradición fue continuada luego de que se obtuvo la autonomía fiscal en 1958, en parte por las razones que acabo de señalar. La ausencia de las promesas electorales, junto con una economía abierta y un gobierno limitado, han reducido los premios de la actividad política y por ende el interés en organizar grupos de presión. Todo esto promovió el conservadurismo fiscal—esto es, los impuestos bajos, los presupuestos balanceados, y el cobro de precios de mercados por servicios públicos específicos. El deseo de atraer el capital extranjero, la visión empresarial de una comunidad tradicional de comercio, y la preocupación general de ganar dinero también contribuyeron a este fin.

Las políticas oficiales y las aptitudes y los hábitos de la población han resultado en una economía capaz de ajustes rápidos. Esta adaptabilidad le ha permitido a Hong Kong sobrevivir y aún prosperar a pesar de numerosas restricciones en contra de sus exportaciones, muchas veces impuestas o aumentadas con poco tiempo de aviso.

Por razones sociales, el principio de cobrar precios de mercado por servicios gubernamentales específicos ha estado sujeto a excepciones mayores por algún tiempo. La provisión a gran escala de viviendas subsidiadas para los pobres y la racionalización del agua al cortar la oferta de ella durante algunos periodos, en vez de cobrar precios más altos a cambio de una oferta continua, son las dos excepciones más importantes. Fueron introducidas luego de mucho debate emocional y con las condiciones sociales locales en la mira. Los subsidios son además en gran parte circunscritos a los verdaderamente pobres. A parte de estos subsidios directos, hay subsidios en efectivo sustanciales para asegurarles a los pobres un ingreso mínimo, y también hay varias subvenciones para los deshabilitados y los enfermos. La educación primaria comprensiva y obligatoria, de hecho es como en su nombre lo dice, y los extensos servicios de salud pública, han operado por muchos años.

En los últimos años Hong Kong ha llegado a ser presionada tanto por el gobierno inglés como por varias organizaciones internacionales para que se dirija hacia un tal llamado completo estado de bienestar, junto con privilegios para los sindicatos, con los servicios sociales comprensivos, con la legislación laboral de gran envergadura, y con los impuestos re-distributivos. Rabushka correctamente indica que estas presiones extranjeras reflejan simplemente un deseo de servir varios intereses occidentales, como por ejemplo el de reducir la competitividad de Hong Kong al inflar los costos allá. Rabushka también se refiere al disgusto o hasta al resentimiento engendrado por los defensores de las economías controladas por el estado hacia la mejora rápida de los criterios generales en Hong Kong como también en otras economías con orientación de mercado. Estas presiones externas puede que todavía apoyen de nuevo dentro de Hong Kong a ambiciosos administradores, intelectuales descontentos, y políticos ambiciosos, todos esperando tener un mayor espacio en una sociedad más politizada. El gobernador Sir Murria McLehose también está más preocupado con la opinión externa que con la de sus predecesores. Rabushka cree, yo pienso que correctamente, que la expiración en 1997 de la concesión de gran parte del terreno de Hong Kong, o la posible acción hostil por parte de la República Popular China, son una amenaza menos grave para el futuro de Hong Kong que las barreras comerciales en el occidente y las presiones occidentales para la introducción de más legislación laboral, un estado de bienestar comprehensivo, y otras políticas públicas que inflan los costos y reducen la adaptabilidad.

La admiración sinvergüenza de Rabushka por Hong Kong y por su economía de mercado compenetra el libro.

¿Acaso me atrevo a revelar mi mal gusto al decir que el ruido y el ritmo apresurado económico de Hong Kong me parecen más interesantes, divertidos, y liberadores que su falta de la opera, la música, y el drama refinado? El oriente en verdad se ha topado con el occidente en la economía de mercado. Los chinos y los europeos en Hong Kong no tienen tiempo para los altercados raciales, los cuales solo interferirían con la posibilidad de ganar dinero. Este prospecto de ganancia individual en el mercado hacen de la actividad colectiva para la ganancia política algo innecesario—la economía de mercado es realmente daltoniana. (p. 85)

Hay algo de simplificación en exceso aquí. Por ejemplo, la búsqueda de ganancias puede muy fácilmente ir de la mano con los conflictos raciales en las economías controladas por el estado. El factor crucial no es el hecho de que se pueda ganar dinero como tal sino el gobierno limitado. Es, sin embargo, claro que una sociedad tal como Hong Kong ofrece poco espacio para los literatos ambiciosos, que muchas veces se vuelven amargados o peor aún hostiles. Hasta hace poco y en cualquier nivel, la filosofía económica del gobierno ofrecía pocas oportunidades de empleo para los sociólogos, especialmente para los economistas. Antes de 1973, los estimados del ingreso nacional no habían sido publicados. Esto de ninguna manera inhibió el espectacular crecimiento de ingresos y de calidad de vida. Pero redujo las oportunidades de empleo para los economistas, los expertos en estadística, y los servidores civiles y por ende los bachilleres de las universidades, lo cual de nuevo incitó hostilidad por parte de los literatos tanto en casa como en el extranjero.

Aparte de los principales puntos, hay mucho detalle más informativo e inesperado en este libro. Por ejemplo, quién hubiera pensado que en 1843 el secretario para asuntos exteriores de Gran Bretaña insistió que si como resultado de la creación de un puerto de mercado libre “muchas personas eran atraídas a Hong Kong, entonces el gobierno H.M. se sentiría justificado en asegurarle a la Reina los valores aumentados que la tierra entonces tendría”.

El rol decisivo en la vida económica de las aptitudes y motivaciones personales, las costumbres sociales, y los arreglos políticos apropiados es la lección sobresaliente de Hong Kong. El acceso a los mercados también es importante, pero menos fundamental. Otros países también han tenido acceso a los mercados y provisiones extranjeras, sin haber producido tal historia de éxito económico. Los recursos físicos o financieros son mucho menos importantes; o aún insignificantes, comparados con los factores personales y sociales y con los arreglos políticos apropiados, especialmente con el gobierno firme pero limitado.

La noción de que el ingreso bajo inicia un círculo vicioso de pobreza y estancamiento confunde la pobreza con sus causas. Tener dinero es el resultado de un logro económico, no su precondición. La utilización de los recursos naturales depende enteramente de otros factores que acaban de ser señalados. En ciertas condiciones de mercado o situaciones políticas, la posesión o adquisición de recursos naturales puede traer ganancias inesperadas; nótese el oro y la plata de los estadounidenses en el siglo dieciséis y las operaciones de OPEC en el siglo veinte. Pero hasta ahora en cualquier circunstancia, aquellas ganancias inesperadas no han resultado en el progreso económico duradero, mucho menos en el avance sostenido y espectacular como el de Hong Kong. Tampoco es el éxito económico sin recursos naturales algo nuevo, es tan evidente como por ejemplo en Venecia, los Países Bajos, Suiza, y Japón. Recíprocamente, el retraso en medio de abundantes recursos naturales es evidente tanto en los indios americanos como en el actual Tercer Mundo, dónde muchos millones de personas extremadamente pobres viven en medio de tierra cultivable ilimitada. Hace más de 100 años atrás Tocqueville escribió,

Observando el vuelco dado al espíritu humano en Inglaterra por la vida política; viendo que el inglés, seguro del apoyo de sus propias leyes, confiando en si mismo e inconsciente de obstáculo alguno excepto el límite de sus propios poderes, actuando sin restricción. . . Yo no estoy en apuro alguno de averiguar si la naturaleza ha puesto un puerto para él, y le ha dado carbón y hierro. La razón para su prosperidad comercial no está ahí para nada: está en sí mismo.3

Hong Kong muestra que el aumento en la población no es un obstáculo para el crecimiento, que las personas motivadas de manera adecuada son bienes más no deudas, son agentes del progreso como también sus beneficiarios. Muestra también como el desempeño económico le debe poco a la educación formal. En Hong Kong como en otras partes del oriente lejano, el desempeño económico o el éxito de cientos de miles o hasta millones de personas ha resultado no de la educación formal, pero de la industria, la empresa, la frugalidad, y de la habilidad de usar la oportunidad económica. Eso está incomodando a los educadores profesionales, a quienes las gusta mercadear sus mercancías como necesarias para el logro económico.

Otras lecciones de Hong Kong son, nuevamente, discernibles en otras partes pero sobresalen de manera clara especialmente ahí. Hong Kong es aún otra refutación más evidente de los principios de la literatura de desarrollo dominante y popular, los cuales he mencionado antes, tales como la creencia de que la pobreza se auto-perpetúa; que las dificultades en la balanza de pagos son inevitables en el camino desde la pobreza hacia el avance económico; que la planificación comprensiva y la ayuda externa son indispensables o aún suficientes para el progreso económico. Aún así estas fábulas son propagadas por el resto del occidente por las organizaciones internacionales, por las agencias de ayuda externa, y por los académicos financiados por los contribuyentes y por las grandes fundaciones. De hecho los propagadores de estos mitos están a cargo de recursos casi ilimitados lo cual hace que sea más difícil exponer sus fábulas. La experiencia de Hong Kong ofende la opinión respetable de otras maneras también. Muestra que los equipos de planificación y los grupos para consejo son innecesarios para el desarrollo; y por contraste con la experiencia de otros países, gruñendo bajo las políticas respaldadas por las Naciones Unidas y por los consejeros académicos aceptados, muestra que sus actividades es probable que sean perjudiciales. Hong Kong ha triunfado de manera imperdonable desafiando la mejor opinión profesional.

Hong Kong no es popular con los grupos de ayuda externa y ni con las caridades politizadas. Estos grupos son hostiles a las personas que pueden dispensar de sus ministerios. Por ende la mala prensa que Hong Kong tiene en el occidente y la hostilidad que recibe de los grandes y de los buenos. El logro es ignorado o aminorado, y las limitaciones, sean reales o ficticias, evitables o inevitables, son destacadas de manera prominente. La sobrepoblación y la labor de niños son ejemplos. En todas estas cuestiones Hong Kong se compara de manera favorable con el resto de Asia. Por ejemplo, los salarios reales son los más altos en Asia, después de Japón. Pero si un gobierno trata de conducir una economía socialista, o en cualquier grado a una que sea en gran parte controlada por el estado, los políticos occidentales, los escritores, los académicos, y los periodistas son aptos para presentar el infortunio y aún el sufrimiento de ahí como algo inevitable o hasta lo felicitan por sus esfuerzos laudables por promover el progreso. Pero si el gobierno depende de una economía de mercado, entonces cualquier desviación de las normas arbitrarias e inspiradas en el occidente es vista como un defecto o hasta como un crimen. Y si además tal país es exitoso y también deja de usar la ayuda externa oficial y la caridad politizada, la conducta del gobierno o hasta de la población será vista como inaceptable.

De acuerdo al Principio General Catorce de UNCTAD, el status colonial es incompatible con el progreso material. Esto fue formalmente anunciado en 1964, años después de que Hong Kong había estado progresando rápidamente y cuando las incursiones de los productos de Hong Kong en los mercados occidentales causaron tanta vergüenza. Sin importar lo que uno piense del colonialismo occidental, el Principio General Catorce de UNCTAD es una falsedad auto-evidente. Esto es claro no solo en Hong Kong pero también debido al avance a gran escala de muchas colonias occidentales, incluyendo a Malasia, Nigeria, la Costa de Oro, la Costa de Marfil, y a Singapur. Aún así esta patente falsedad fue anunciada solemnemente en una conferencia internacional muy importante que fue en gran parte financiada por el occidente.

Otra implicación de la experiencia de Hong Kong también alborota el clima político e intelectual. Que un país sea una colonia o un estado soberano e independiente no tiene nada que ver con la libertad personal que ahí pueda haber. Los estados africanos recientemente independientes muchas veces son denominados libres, queriendo decir que sus gobiernos son soberanos. Pero las personas ahí no son nada libres, menos libres de lo que eran bajo el reinado colonial. Ellos son seguramente mucho menos libres que las personas en Hong Kong. Hong Kong es una dictadura, en la que las personas no tienen un voto. Pero en sus vidas personales, especialmente en su vida económica, ellos son más libres que la mayoría de las personas en el occidente. Hong Kong debería recordarnos que en el mundo moderno un gobierno no elegido puede ser más limitado que uno elegido y que, para la mayoría de las personas ordinarias, es en cierta forma más importante si el gobierno es limitado o ilimitado que si el gobierno es elegido o no elegido.

Referencias

1 En 1997 Gran Bretaña entregó Hong Kong a China.

2 Estudio presentado por el Center for Internacional Studies of the Massachussets Institute of Technology al Comité del Senado investigando el funcionamiento de la Ayuda Externa (Washington, DC.: Oficina de Impresión del Gobierno, 1957), p. 37.

3 Alexis de Tocqueville, Journeys to England and Ireland, (1833), ed. J.P. Mayer (London: Faber and Faber, 1958).