Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

QJAE, 2019 (Volume 22, No, 1 y 2)

Volume 22,  no. 2 (Summer 2019)

Articles:

The Cost of Enlightenment
by Daniel Ajamian

Libertarianism(s) versus Postmodernism and ‘Social Justice’ Ideology
by Michael Rectenwald

Keynes and the Ethics of Socialism
by Edward W. Fuller

Are Structural Fluctuations Natural or Policy-Induced? Analyzing Mises’s and Schumpeter’s Contributions to Business Cycle Theory
by Bernardo Ferrero

Family Formation, Fertility, and Failure: A Literature Review on Price Increases and Their Impact on the Family Institution
by Jeffrey Degner

Ludwig von Mises, Sociology, and Metatheory
by Christian Robitaille

Desocialization of Enterprises: Empowering Venezuelans
by Rafael Acevedo, Luis Cirocco, Lorca-Susino Maria

Selected Abstracts from the 2019 Austrian Economics Research Conference

Volume 22, no. 1 (Spring 2019)

Articles:

More Than Quibbles: Problems with the Theory and History of Fractional Reserve Free Banking
by Robert P. Murphy

The Menger-Mises Theory of the Origin of Money — Conjecture or Economic Law?
by Kristoffer Mousten Hansen

Taking Government Out of Politics: Murray Rothbard on Political and Local Reform during the Progressive Era
by Patrick Newman

Beginning the Welfare State: Civil War Veterans’ Pensions
by Murray N. Rothbard

Book Reviews:

Review of Capitalism in America: A History by Alan Greenspan and Adrian Wooldridge
Reviewed by Joakim Book

Review of Confucian Capitalism: Shibusawa Eiichi, Business Ethics, and Economic Development in Meiji Japan by John H. Sagers
Reviewed by Jason Morgan

Review of Austerity: When It Works and When It Doesn’t by Alberto Alesina, Carlo Favero, and Francesco Giavazzi
Reviewed by Mark Thornton

QJAE, 2018 (Volume 21, No. 4)

Articles:

Agree or Disagree? On the Role of Negotiations for the Valuation of Business Enterprises
by Florian Follert, Jeffrey M. Herbener, Michael Olbrich, and David Rapp

Is the Virus of International Macroeconomic Interventionism Infectious? An ABCT Analysis
by Walter Block, Lucas M. Engelhardt, and Jeffrey M. Herbener

The Income Effect Reconsidered
by Karl-Friedrich Israel

Homogeneity, Heterogeneity, the Supply Curve, and Consumer Theory
Igor Wysocki and Walter E. Block

Book Reviews:

Review of Theoria Generalis: Das Wesen des Politischen by Ulrich Hintze
Reviewed by Paul Gottfried

Review of The High Cost of Good Intentions: A History of U.S. Federal Entitlement Programs by John F. Cogan
Reviewed by Mark Thornton

Review of The Problem of Production: A New Theory of the Firm by Per Bylund
Reviewed by Mateusz Machaj

Una historia de la dolarización – por Gabriela Calderón de Burgos

Ayer la dolarización cumplió 20 años en Ecuador. La historia que no se ha contado es la singular combinación de factores casi accidentales que culminaron en esa decisión del 9 de enero del 2000: una voluntad popular manifiesta, un político desesperado, unas mujeres y hombres con convicción y determinación en torno a una idea.

Los protagonistas de esta historia son la mayoría de los ecuatorianos que habían llegado a desconfiar del sucre y se rebelaron en masa contra esta moneda. Cuando el Banco Central Ecuador (BCE) veía que el sucre caía frente al dólar, intervenía en el mercado cambiario para intentar detener su caída, gastando la Reserva Monetaria. Cuando la gente veía que la reserva caía, se ponía nerviosa y retiraba sus dólares del sistema financiero (“colchón bank”) y el banco central pretendía detener esta fuga elevando la tasa de interés. Esto tampoco funcionaba. Entonces el BCE emprendió una orgía de emisión monetaria a fines de los noventa, culminando en 1999, cuando el BCE emitió 149% más sucres que en 1998. Ese año el país sufrió una inflación de 52% (Datos del Banco Mundial).

Para fines de los noventa, el BCE indica que las captaciones de depósitos en dólares pasaron de 20% en 1996 a 54% en 1999. Para diciembre de 1999, 77% de la cartera de crédito por vencer del sistema financiero estaba dolarizada. La crisis cambiaria, pronto se volvió una crisis financiera. Y esta solo se detuvo cuando el país fue dolarizado formalmente.

Pero la voluntad de los ecuatorianos comunes y corrientes no hubiera sido suficiente sin el trabajo intelectual, comunicacional y pedagógico de personas que no han sido lo suficientemente reconocidas.

Empecemos por dos mujeres: Dora de Ampuero y Joyce de Ginatta. Dora, fundadora del Instituto Ecuatoriano de Economía Política (IEEP), decidió asistir a la Universidad George Mason cuando tenía alrededor de 50 años. Allí tuvo como compañero al economista Kurt Shuler, quien publicó un estudio en 1996 acerca de por qué los países en vías de desarrollo no deberían tener bancos centrales. A Dora la idea le pareció interesante y luego lo invitó a presentar su investigación en Ecuador. Schuler luego redactaría un trabajo para el IEEP titulado “Los fundamentos de la dolarización” (1999). El IEEP también trajo al panameño Juan Luis Moreno-Villalaz a presentar el caso a favor de la dolarización con integración financiera, al estilo de su país. Moreno-Villalaz luego asesoraría al gobierno de Mahuad.

Por otro lado, Joyce Ginatta había estado en Argentina donde ya se hablaba de la dolarización y la convertibilidad. Joyce también supo del trabajo de Schuler y le pareció que esta era una idea que valía la pena impulsar. Franklin López Buenaño, entonces profesor de la ESPOL, trabajó junto a Joyce y Dora y publicó un didáctico libro titulado Por qué y cómo dolarizar.

Pocos comprenden que fue un fenómeno de abajo hacia arriba. También, pocos entienden la casualidad que de una amistad entre dos compañeros universitarios, de una cooperación entre una empresaria con gran habilidad comunicacional y un profesor universitario, eventualmente se haya preparado el terreno para que Mahuad ejecutara lo que ya habían manifestado que querían los ecuatorianos: librarse de una moneda que ya no les inspiraba confianza.

Este artículo fue publicado originalmente en El Universo (Ecuador) el 10 de enero de 2020.

¿QUE ES SER LIBERAL? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hace mucho tiempo fabriqué una definición de liberalismo que me place comprobar que colegas de peso la emplean a menudo: es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Y cuando aludo al respeto no quiero decir que se adhiera al proyecto de vida del vecino, más aun a uno puede eventualmente resultarle repulsivo pero si no lesiona derechos de terceros no es posible -en el contexto de una sociedad abierta- recurrir a la fuerza para torcer el rumbo. Cada uno asume la responsabilidad por lo que hace y dice, el uso de la fuerza solo cabe cuando es de carácter defensivo, nunca agresivo.

A veces se recurre a la expresión tolerancia pero aquí se presentan dos problemas. En primer lugar, los derechos se respetan no se toleran y en segundo lugar aquél término aparece como que el que tolera posee la verdad y perdona al que procede de una manera distinta a la que considera apropiada el tolerante.

Y no es que con esto se esté patrocinando el relativismo moral, muy por el contrario la verdad consiste en la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado. Las cosas son independientemente de lo que se opine que son. El relativismo epistemológico eliminaría todo sentido de los departamentos de investigación en las universidades y en otros ámbitos puesto que no habría nada que investigar ya que todas las opiniones -aun contradictorias- serían valederas, además el relativismo hace que la misma afirmación de esa concepción sea necesariamente relativa.

El liberalismo centra su atención en las relaciones interpersonales que protegen la vida, la libertad y la propiedad, el resto es materia de acuerdos entre partes. Por otro lado, no se inmiscuye en lo intrapersonal. Cada cual adhiere a sus principios, algunos de los cuales son valores y otros desvalores pero, como queda dicho, no incumbe a los aparatos de la fuerza que denominamos gobierno el intervenir en esos ámbitos. Puede intentarse la persuasión si se estima que la conducta del prójimo no se ajusta a cánones adecuados para los propósitos del ser humano en cuanto a actualizar sus potencialidades en busca del bien, pero no puede traspasar esos umbrales sin provocar daño. En este sentido es que los maestros de la ciencia jurídica han repetido que “el derecho es un mínimo de ética”.

Este es también el sentido de sostener que no es susceptible de cortar en tajos al liberalismo: abarca aspectos éticos, institucionales, económicos, históricos y filosóficos que están íntimamente entrelazados. Y no es que en las filas liberales haya unanimidades, no se trata de una manada, cada uno tiene matices y diferencias que debate con sus colegas ya que no es una organización vertical. Por eso es que en general rechaza la expresión líder que más bien le recuerda al Duce o al Führer o dirigente que asimila al rebaño, prefiere el término referente para indicar quien abre caminos de conducta civilizada y ejemplificadora.

En la esfera crematística el liberalismo considera que dar rienda suelta a las energías creadoras hace posible la mejora en el nivel de vida de la gente en cuyo contexto los aparatos estatales se circunscriben a proteger los derechos de todos. Entiende por derecho la facultad de usar y disponer de lo propio y no el echar mano al fruto del trabajo ajeno en un ámbito de competencia lo cual excluye a pseudoempresarios que en alianza con el poder de turno explotan a sus congéneres a través de mercados cautivos y otras prebendas. En esta línea argumental el liberal subraya que en mercados libres el genuino empresario está obligado a atender las necesidades de su prójimo: si acierta obtiene ganancias y si yerra incurre en quebrantos.

Una de las mayores preocupaciones y ocupaciones del liberalismo consiste en mostrar las falacias graves de un pretendido igualitarismo puesto que aplicar la guillotina horizontal no solo reasigna los siempre escasos recursos a territorios distintos de los establecidos por la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el supermercado y afines sino que, como consecuencia, reduce los salarios principalmente de los más necesitados ya que los ingresos solo provienen de las tasas de capitalización que es lo contrario al despilfarro.

El peso del Leviatán es lo que genera presiones impositivas insoportables, deudas gubernamentales inauditas que se ven obligados a pagar los contribuyentes y manipulaciones monetarias que esquilman lo obtenido lícitamente. La corriente de pensamiento liberal apunta a la limitación del poder  pues considera inviolables las autonomías individuales, en un proceso evolutivo que pone al descubierto que esa tradición no consiste en un puerto sino en una navegación en la que a cada instante surgen nuevas contribuciones y perspectivas que disminuyen la ignorancia en la que estamos embarcados.

Publicado originalmente como columna de opinión en la edición impresa del diario El Observador, 20 de enero de 2020.

Síntesis de mi presentación en Ecuador en evento por los 20 años de la dolarización

El pasado 9 de enero de 2020 el Instituto Ecuatoriano de Economía Política organizó una Jornada para conmemorar los 20 años de la dolarización (el diario El Universo se hizo eco aquí). Al evento fueron invitados especialistas internacionales en temas monetarios y específicamente de dolarización, incluyendo expertos de Estados Unidos, Panamá, El Salvador, Ecuador, Guatemala y Argentina. Junto a Nicolás Cachanosky fuimos invitados para hablar del caso argentino posiblmente por una propuesta de dolarización flexible que formulamos en 2014 previo al cambio de gobierno. A continuación resumo algunas reflexiones que ofrecí en mi presentación.

¿POR QUÉ PIENSO QUE LA DOLARIZACIÓN PUEDE AYUDAR A LA ECONOMÍA ARGENTINA A ENFRENTAR SUS PROBLEMAS ESTRUCTURALES?

La historia argentina se caracteriza por su inestabilidad macroeconómica. El Banco Central de la República Argentina, fundado en 1935, ha tenido una performance que contribuyó a ello, pero los sistemas previos también mostraban desorden monetario.

En este documento resumimos la historia monetaria de Argentina, se señalan algunos problemas estructurales que fundamentan el desorden monetario y se propone una reforma monetaria que podría contribuir a resolver esa dinámica.

La historia monetaria previa a la creación del Banco Central (1810-1935)

En 1822 se crea al Banco de Descuento, un banco de capital británico, que basa sus emisiones en metálico. El banco contaba con un monopolio de emisión otorgado por la Provincia de Buenos Aires, a cambio del cual financia los desequilibrios fiscales del gobierno de Buenos Aires, lo que lo lleva a la quiebra cuatro años más tarde. Sobre las cenizas de este banco se crea el Banco Nacional, que también cuenta con el mismo privilegio, y también tiene el mismo desenlace en sólo diez años. Los sucesivos proyectos de Bancos creados como la Casa de la Moneda (1836-1853), el Banco de la Provincia de Buenos Aires y la Casa de la Moneda (1853-1872) y el Banco Nacional (1872-1881), repiten la historia, basándose inicialmente en un sistema de convertibilidad al cual rápidamente deben renunciar porque las excesivas emisiones para financiar al tesoro no son acompañadas por ampliaciones del stock de metálico en reserva. La historia del siglo XIX en Buenos Aires, al menos hasta 1881 muestran una dinámica que se mantendrá hasta nuestros días, con declaraciones de inconvertibilidad y quiebras que llevaron a la provincia de Buenos Aires a mostrar inestabilidad. (Este documento amplía estos conceptos).

El interior de la Argentina tuvo una experiencia algo diferente. El comercio con países vecinos le generaba cierto metálico que respaldaba emisiones de bancos privados, lo que le garantizaba cierta estabilidad. Hay una discusión interesante en la Argentina acerca de si hubo en el interior de la Argentina competencia de monedas (ver Free banking en Argentina por María Cristina Gómez, en Libertas No. 21, ESEADE), o más bien si las monedas de estas provincias sólo circulaban en ellas, sin competir unas con otras. Cualquiera sea el caso, la historia de banca libre que tuvo la Argentina no llegó a madurar lo suficiente, pues en 1881 se generó una unificación monetaria en todo el territorio nacional que extendió el monopolio de emisión de Buenos Aires barriendo con la experiencia incipiente de banca libre en el interior del país.

En 1881, con la unificación monetaria establecida, el sistema monetario mostró cierta estabilidad y pudo mantener la convertibilidad por cierto tiempo. Esto fue posible gracias al modelo agro exportador implementado desde 1880 que generaba metálico para sostener las emisiones del peso fuerte. Sin embargo, cada vez que la coyuntura internacional golpeaba a la Argentina, el sistema monetario mostraba ser endeble, suspendiendo temporalmente la convertibilidad y cambiando la paridad. Al margen del desorden monetario, la Argentina llegaba a 1895-96 como el país de mayor pib per cápita del mundo, y con un marco institucional que fomentaba inversiones, producción y crecimiento, a la vez que competía con Estados Unidos por atraer la inmigración europea.

La creación del BCRA profundiza aun más la inestabilidad y el desorden monetario (1935-1991)

La primera guerra mundial y la crisis del treinta generaron cierta inestabilidad en el país, y Raúl Prebisch aprovechó el contexto para sugerir la creación del Banco Central de la República Argentina, un Banco que al menos en sus orígenes debía ser independiente del poder político.

La performance de los bancos centrales en general no ha sido buena. Un estudio de White, Selgin y Lastrapes evidencia que no se han alcanzado los tres objetivos propuestos con su creación, a saber, alcanzar estabilidad monetaria, suavizar los ciclos económicos y garantizar el pleno empleo. Aun la Reserva Federal muestra tras su creación más inflación, mayor cantidad de ciclos económicos, y picos de desempleo más elevados que los encontrados en la fase previa con patrón oro.

El Banco Central de la República Argentina cuenta hoy con una penosa historia, con un 55 % de inflación promedio anual desde 1935 a la fecha, con sucesivos ciclos económicos, y también con picos de desempleo elevados. En todos estos años, sólo en 11 el BCRA pudo mostrar índices de IPC inferiores al 2 % anual, que es una referencia aceptable para la banca moderna. Resulta sumamente difícil encontrar otro banco central de peor performance que el argentino cuando se pone atención a estos tres objetivos.

El apartado previo intenta mostrar que el desorden monetario de Argentina no nace con el Banco Central, aunque sí se profundiza. La dinámica que podría mostrar en un profundo estudio de la Argentina es una historia de exceso de gasto público, sea por guerras civiles, inversiones en infraestructura o gasto público en general, que no puede ser sostenido en impuestos, y que entonces requiere ser monetizado por la banca establecida en el momento.

Como se mencionó más arriba, la única etapa en que el sistema monetario se mostró fuerte coincidió naturalmente con el modelo agro exportador, que generaba suficiente metálico para acompañar y fundamentar las emisiones de los sucesivos bancos.

El modelo agro exportador se abandona, sin embargo, en el momento en que Inglaterra deja de comprar la producción argentina, y pasa a sustituirla con un acuerdo con Estados Unidos. La pérdida de demanda, lleva a la Argentina a un problema coyuntural que reduce los precios de los commodities que el país exportaba empeorando los términos de intercambio. Argentina toma entonces un modelo de sustitución de importaciones donde intenta “vivir de lo nuestro”, produciendo manufacturas a precios y calidad poco competitiva, y lo que requirió de un entramado de barreras arancelarias y para arancelarias, subsidios, impuestos y todo tipo de restricciones a la salida de metálico o divisas. Tras 80 años, el modelo muestra claramente su fracaso, con una industria cuya producción sólo puede ser consumida por los propios argentinos (más del 90 %), pues no es lo suficientemente competitiva como para ser exportada al mundo. (Ver des-industrializar la Argentina)

Poco a poco la Argentina abandona su lugar de privilegio, profundizándose aun más la caída con sucesivas crisis políticas y económicas desde los años 1930 en adelante.

El siguiente gráfico muestra la historia de déficit fiscal desde 1961 a la fecha. Como se puede observar la Argentina nunca experimentó equilibrio fiscal. Los cuatro años de Néstor Kirchner entre 2003 y 2007, se dieron en el macro del abandono de la convertibilidad, con default y tras una fuertísima devaluación que generó una caída de más del 10 % del pib. La coyuntura rápidamente cambió una vez que el kirchnerismo elevó el tamaño del Estado con sucesivos planes y programas sociales que expandieron el gasto público desde el 25 % promedio de las décadas anteriores a más del 45 % del pib en 2015. La Argentina encontró entonces un problema estructural que se fue agravando a lo largo de todo el siglo XX pero que alcanzó su máxima expresión con el kirchnerismo.

El gráfico muestra que cada vez que el déficit superó la barrera del 7 %, la presión por una crisis que corrigiera la situación era mayor, llevando a la Argentina al default, a fuertes devaluaciones, a crisis de deuda y a alta inflación o procesos hiperinflacionarios. En 1989-91 por ejemplo la Argentina muestra una hiperinflación de más del 5000 % anual. El proceso claramente se genera en un momento en que la gente ya no demanda la moneda local, lo que acelera la velocidad de circulación del dinero con su lógico impacto en el nivel de precios.

La convertibilidad (1991-2001)

La coyuntura hiperinflacionaria llevó a la Argentina a establecer un modelo novedoso. La convertibilidad de un peso por dólar de 1991 fue una ley que ató de manos al Banco Central para continuar expandiendo sus emisiones de siempre y así monetizar el déficit público. El BCRA invitó a todos los argentinos a que cambiaran sus tenencias a una tasa de conversión de 10.000 australes (la moneda local de ese momento) por un dólar. A partir de allí, sólo podía emitir un nuevo peso en la medida que pudiera respaldarlo con un nuevo dólar. El sistema fue exitoso reduciendo la inflación inmediatamente a un dígito, lo que se mantuvo hasta 2001 en que se abandonó la Ley.

En esa década se privatizaron los servicios públicos, luz, agua, gas y teléfonos, además del petróleo y el gas, el transporte público o la empresa Aerolíneas Argentinas. Se abandonó el aislamiento total formando parte del Mercosur, junto a Brasil, Uruguay y Paraguay, y se buscó atraer capitales en forma de inversión privada.

En el plano fiscal, Argentina nunca dejó de ser deficitaria, lo que requirió de una deuda continua y creciente para financiar al Tesoro, el que convertía los dólares que recibía por este medio a cambio de pesos que creaba el BCRA. (Ver documento de Pablo Guido y Gustavo Lazzari)

Quizás el mayor error en el plano fiscal haya sido la privatización del sistema de pensiones en 1994, no porque el sistema de reparto fuera exitoso (de hecho estaba quebrado), sino porque la transición generó un agujero fiscal que nunca tuvo solución y debilitó el modelo completo. La idea era copiar el modelo chileno, pero olvidaron que en aquel caso, al iniciar el proceso el gobierno podía mostrar un superávit fiscal de 5 % del pib. En Argentina, el proceso se inició en un marco de déficit fiscal que se agravó con la crisis del tequila y requirió de la asistencia del FMI desde 1995 hasta la crisis del 2001, cuando ya la crisis de la deuda era una consecuencia lógica.

Las tasas de crecimiento económico, sin embargo, fueron sorprendentes entre 1992 y 1998, con la excepción de 1995 cuando golpeó la crisis del tequila. Desde 1997 las dificultades emergieron con shocks externos, primero con la crisis asiática de ese año, pero luego con el default ruso de 1998 y la fuerte devaluación de Brasil en 1999.

Cuando se le preguntó al Presiente Carlos Saúl Menem, cuál sería la tasa de devaluación de Argentina para responder a la devaluación de su vecino país en 1999, éste respondió que no se abandonaría la convertibilidad, que no habría devaluación, sino dolarización.

Su mandato sin embargo terminaba en ese 1999, y no podía ser reelecto por tercera vez. Las elecciones mostraron la disposición de los argentinos a continuar con la convertibilidad, eligiendo al radical Fernando De la Rúa, pero los shocks externos, la situación fiscal y el déficit de cuenta corriente presionaban por el abandono de este modelo.

De la Rúa junto al FMI elaboró un plan Blindaje sustentado en una enorme deuda para evitar la salida de la convertibilidad. Ricardo López Murphy, entonces Ministro de Economía, intentó de reducir el gasto para equilibrar las cuentas públicas pero las manifestaciones sociales en su contra, y un Presidente debilitado y poco convencido del programa propuesto, terminaron con la renuncia del Ministro y su reemplazo por el autor intelectual de la Convertibilidad, Domingo Cavallo.

Cavallo abrió su nuevo mandato en el Ministerio de Economía señalando que el problema no era fiscal, sino la poca competitividad. Sugirió abandonar el 1 a 1 de la Ley y sustituirlo por una canasta de monedas, que en otros términos pre-anunciaba el fin del modelo. La salida de capitales comenzó a agravarse por el riesgo de devaluación, y quedó claro que el modelo de caja de conversión argentino era heterodoxo, con un respaldo para la emisión insuficiente que en cierto momento se reflejó en sólo dos tercios del circulante. (Aquí más sobre el modelo heterodoxo de caja de conversión; aquí debate con Domingo Cavallo sobre esta etapa de la historia argentina)

Tras la declaración de 1999 del Presidente Menem, esta era una segunda oportunidad para dolarizar la economía, pero ni De la Rúa, ni Cavallo, aceptaron la propuesta. A los pocos meses el Presidente De la Rúa debió irse en helicóptero de la Casa Rosada, renunciando a la Presidencia.

Entre 2001 y 2003 hubo varios presidentes en Argentina que declararon, entre otras cosas, el default de la deuda pública. Eduardo Duhalde prometió al asumir que al que depositó dólares se le entregarían dólares, pero pocos días después confiscó los depósitos, los pesificó, generando una pérdida sin precedentes para los ahorristas. Para dar un ejemplo, si un depositante tenía 10.000 dólares depositados en una caja de ahorro, el gobierno obligó a los bancos a pesificarlos a una tasa de 1.40 pesos, entregándoles 14.000 pesos. Si el depositante quería adquirir nuevamente dólares, ahora la tasa de conversión se había elevado a casi 3 pesos, pudiendo adquirir finalmente una suma inferior a 5.000 dólares. Los ahorristas habían perdido más de la mitad de su capital.

La crisis económica que siguió fue la más profunda de la historia argentina, con una caída del pib de más de 10 %. Los gobiernos provinciales, imposibilitados de mantener el gasto fijado en sus presupuestos decidieron crear cuasi-monedas, es decir, pagar a sus empleados públicos con bonos locales. La Argentina ya tenía un peso muy debilitado, una inflación creciente, y había diversas monedas y cuasi monedas circulando en las transacciones.

En 2003 se llamó a elecciones, y Carlos Saúl Menem pudo ser nuevamente una alternativa electoral. Su propuesta de gobierno se basaba en una dolarización, pero el vencedor -tras la renuncia de Menem al ballotage- fue Néstor Kirchner, gobernador de Santa Cruz. Argentina le dio la espalda nuevamente a la dolarización.

El kirchnerismo (2003-2015)

Kirchner pudo acordar con los gobernadores que dejen de emitir cuasi-monedas, y así unificar el sistema monetario. Argentina abandonó la estabilidad monetaria, y la inflación volvió a ser un problema central de la política económica.

Tras la fuerte devaluación que se generó con el abandono de la convertibilidad, Néstor Kirchner comenzó su gestión con superávit gemelos. El asombroso salto de un – 7 % a + 4 % de déficit fiscal consolidado y financiero que se observa entre 2001 y 2003 en el gráfico, responde a dos claves: primero, Argentina ya no pagaba intereses de la deuda pública porque estaba en default; segundo, se aplicaron retenciones a las exportaciones de granos en un momento en que sus precios mostraban picos históricos. El gobierno se había hecho accionista del campo.

El superávit fiscal, sin embargo, se perdió en esos cuatro años de mandato. Tras la crisis de 2002, la pobreza era alta, y el kirchnerismo la enfrentó con numerosos programas y planes sociales que pusieron dinero en los bolsillos de la gente permitiendo una rápida recuperación de la economía. La pobreza y el desempleo bajaron, mientras el tamaño del estado crecía.

La recuperación económica de 2003-2007 fue una plataforma que garantizaba la reelección del kirchnerismo en 2007. Néstor Kirchner, sin embargo, entendía que en caso de ser electo, no podría volver a presentarse en 2011, por lo que decidió que la candidata sea su esposa, Cristina Fernández de Kirchner, y él retornar cuatro años más tarde. La reelección ocurrió pero ya los vientos de cola se agotaban. Los superávit gemelos ya habían desaparecido, y el atraso del dólar y las tarifas de los servicios públicos ya pedían ajustes. Además los precios de los commodities se enfriaban, y la Reserva Federal había subido fuertemente los tipos de interés lo que generaba iliquidez en el mundo.

Cristina Fernández de Kirchner nunca entendió de ajustes, y decidió ir por el sistema de pensiones privatizado en 1994. Se hizo entonces de 40.000 millones de dólares que en ese segundo gobierno kirchnerista volcó al mercado por completo. Se multiplicaron los planes y programas sociales, mientras la ANSES (el sistema previsional argentino) era vaciado. La actividad económica rebotó en 2010 y 2011, y tras el fallecimiento de Néstor Kirchner, la Presidenta fue reelecta en 2011 con el 54 % de los votos.

El tercer gobierno kirchnerista fue mucho más complejo, y el estancamiento económico caracterizó a todo su mandato. Si en las décadas previas hasta 2001, Argentina tenía un gasto público sobre pib del 25 %, para 2015 Argentina mostraba un ratio mayor al 45 %.

Sostener el estado elefantiástico requirió de más impuestos, más deuda y más emisión, lo que primero ahogó a las empresas, las dejó sin crédito por altas tasas de interés, y además en un macro de alta inflación que dificultan el cálculo económico. Lo cierto es que el modelo elegido para salir de la crisis de 2001, es el mismo que explica el estancamiento y las crisis sucesivas que Argentina enfrenta en estos años y enfrentará en los venideros.  

Cambiemos (2015-2019)

La situación macroeconómica heredada en 2015 era muy compleja, caracterizada con desequilibrios fiscal, monetario y cambiario. Mauricio Macri ganó las elecciones proponiendo un cambio, pero fue demasiado tibio y gradual en sus planteos. Tuvo la oportunidad de aplicar reformas de mercado y dolarizar la economía para conseguir rápidamente la estabilidad monetaria, pero eligió en su lugar algunas reglas monetarias y metas inflacionarias que no pudo cumplir.

El mercado puso un límite a la política económica, y sucesivas crisis cambiarias y devaluaciones golpearon a la economía elevando la inflación, la pobreza y el desempleo.

La elección de 2019 presentaba un escenario complejo, con un justificalismo dividido, entre kirchneristas y no kirchneristas. Los casos de corrupción golpearon la imagen de Cristina Fernández de Kirchner que no parecía lograr por si sola los votos necesarios para ser electa. Su estrategia de presentarse como vice-presidente de Alberto Fernández, fue clave para volver al poder.

Alberto Férnandez (2020-)

La herencia que recibió el nuevo Presidente electo es radicalmente diferente de la recibida por Macri en 2015. Tras las devaluaciones de 2018-19, el escenario de superávit gemelos vuelve a ser viable, como lo fue 2003 (ver gráfico). Es entonces que resulta fundamental una propuesta de dolarización que evite nuevamente ir hacia desequilibrios fiscales con alzas en la tasa de inflación.

La propuesta de dolarización

La Argentina tiene que aprender de la experiencia de Ecuador. De la noche a la mañana, Argentina puede lograr la estabilidad monetaria, eliminando el riesgo de devaluación, reduciendo los tipos de interés y expandiendo la actividad económica, primero como recuperación de las crisis mencionadas, pero también para expandir su frontera de producción, lo que no ocurre desde la década de 1990.

La dolarización flexible que propusimos con Nicolás Cachanosky en 2014, no implica imponer el dólar, sino más bien, terminar con el debilitado peso. Se trata de dar unos meses para que los argentinos cambien su circulante en pesos por dólares, a una tasa pre-establecida que surge del ratio entre pasivos del Banco Central (principalmente base monetaria) por dólares en reservas netas (esto es, deduciendo de las reservas brutas los dólares que los argentinos tienen depositados en cajas de ahorros en dólares. Ver más detalles en la propuesta).

Una vez sustituidos los pesos por dólares, inicia un proceso de competencia de monedas a lo Hayek (ver la desnacionalización del dinero de 1973), donde pueden cambiarse esta divisa por otras como el euro o el yen, o también por las monedas de vecinos como el real brasileño o el peso chileno, o incluso dar lugar a las nuevas iniciativas de criptomonedas como bitcoin. Lo que se desea significar aquí es que la moneda que se utilizará en los contratos la decidirán los individuos, no el gobierno, y si se eligiera el dólar, pero este enfrentara más tarde un proceso de debilitamiento, rápidamente el sistema ofrecerá la flexibilidad suficiente para que los argentinos sustituyan sus tenencias de dólares por otras monedas de su preferencia.

Al atar de manos al Banco Central para seguir monetizando déficits públicos, y además eliminar el riesgo de devaluación, la inflación se reducirá rápidamente a un dígito, generándose posteriormente un proceso de reacomodamiento de precios relativos.

La dolarización, al igual que la convertibilidad, no es una política suficiente para garantizar el éxito del modelo. Resulta fundamental el equilibrio fiscal para no requerir de asistencia fiscal, lo que conduciría a la economía argentina a una nueva crisis de deuda.

La Argentina de Alberto Fernández debe también solucionar el problema de deuda (hoy en cuasi-default), reestructurándola o reperfilándola para que los pagos de capital e intereses sean posibles y sostenibles.

Preocupa también el tamaño de Leliqs heredado lo que puede resolverse si se reducen las tasas de interés, y se monetizan en el corto plazo con un lógico impacto inflacionario. Tras una transición de tres meses que genere este desarme de Leliqs, el tipo de cambio puede subir lo suficiente para hacerse viable el reemplazo de la base monetaria por los dólares que el BCRA tiene en reserva, un valor que hoy puede resultar difícil de estimarse.

Dolarizada la economía, el gobierno fijará impuestos a las transacciones en dólares, y recaudará impuestos en esa moneda, debiendo entonces cumplir con su presupuesto también con esta divisa.

Si el equilibrio fiscal consolidado (con las provincias) y financiero (tras la reestructuración de la deuda) se hace realidad, entonces la dolarización permitirá alcanzar un equilibrio macro que abrirá un proceso de rápida recuperación económica. El equilibrio fiscal contribuirá a generar un equilibrio monetario que reducirá a un dígito la inflación, mientras el tipo de cambio alto como consecuencia de la devaluación, dará tiempo a Alberto Fernández para iniciar un proceso de eliminación de controles de precios, cepo cambiario y aranceles para la importación.

La dolarización colocará el peso del debate económico donde debe estar, que es cómo lograr mejorar la competitividad vía reducción de impuestos, apertura económica e integración de mercados, mientras se importa calidad institucional para volver a atraer capitales que potencian la actividad y el empleo.

Ecuador tuvo una experiencia similar y fue exitosa. Es el momento que Argentina se permita importar una institución monetaria que no se ha sabido generar, para devolver dinero sano sobre el cual se construya la recuperación de la actividad y abrir así un proceso de crecimiento económico que le ha sido negado de manera sustentable hace ya varias décadas.

Estados Unidos, entre Trump y un posible regreso a los orígenes – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Habitualmente mis columnas no son sobre temas coyunturales, pues pienso que para que las cosas mejoren es indispensable abrir debates sobre temas de fondo. De lo contrario, actuamos como perros histéricos en círculos intentando morderse el rabo.

No es que la coyuntura sea irrelevante. Es necesaria a los efectos de estar informado de lo que ocurre. Naturalmente los medios recogen los acontecimientos diarios y los trasmiten a la opinión pública, pero también los medios cuentan con columnas de opinión donde miran más lejos y abren horizontes en la esperanza de que las coyunturas futuras resulten mejores. Desafortunadamente muchos de los colegas economistas se circunscriben a los datos de lo que sucede en el momento con lo que se pierde perspectiva. Es cierto que hay quienes se refieren a la coyuntura como un ancla para aludir a ideas de fondo, pero lamentablemente no es el caso de la mayoría con lo que se pierde tiempo y energía para correr el eje del debate.

Por suerte los grandes maestros han dejado de lado la coyuntura en sus ensayos y libros, de lo contrario en lugar de jugosos legados nos hubieran dejado series estadísticas más o menos irrelevantes de períodos acotados que en el mejor de los casos sirven para algún historiador de ese período de tiempo.

En estas líneas me refiero muy telegráficamente a lo que viene ocurriendo en el otrora bastión del mundo libre: Estados Unidos. Ese extraordinario país nació y se formó en base a los valores y principios establecidos por los Padres Fundadores que iluminaron a buena parte de Occidente, pero de un tiempo a esta parte la decadencia es notoria precisamente debido a que se le dio la espalda a las antedichas guías, principalmente morales de respeto recíproco. En este sentido publiqué un libro titulado Estados Unidos contra Estados Unidos y editado por la mexicana Fondo de Cultura Económica, con una segunda edición por Unión Editorial de Madrid, donde expongo largamente las causas de ese declive en materia institucional, económica y jurídica en el contexto de la historia de ese país.

Ahora estamos frente a un impeachment promovido por la Cámara de representantes que lo acusa a Trump principalmente de llevar a cabo maniobras que apuntaron a uno de sus rivales en las elecciones del año próximo. Si bien se pronostica que la Cámara que debe juzgarlo lo absolverá debido a una mayoría republicana, este proceso implica una severa advertencia al morador de la Casa Blanca. Pero los problemas que presenta esta presidencia exceden en mucho lo denunciado.

Las reacciones de Trump con la prensa independiente son inaceptables. En una sociedad libre cualquiera puede discrepar con lo que apuntan los medios, pero lo que no es admisible es que se eche a un periodista de la Casa Blanca como si su circunstancial ocupante fuera el dueño del lugar, además de lo impropio de la falta elemental de consideración con la libertad de expresión como bastión fundamental del sistema republicano. Recordemos que Thomas Jefferson ha dicho: “Entre un gobierno sin libertad de prensa y libertad de prensa sin gobierno, prefiero esto último”.

También es necesario subrayar las “cajas destempladas” con que ha tratado Trump a fallos judiciales que le son adversos, el maltrato a gobernantes de países tradicionalmente aliados con sus absurdas “guerras comerciales” y su nacionalismo digno del tercermundismo. Hay que tener muy presente su desplante frente a los acontecimientos en Charlottesville, cuando desfilaron energúmenos alzando la tenebrosa marca nazi que el Presidente consideró al grupo como “buena gente” equiparándolo a otra marcha integrada por personas que se oponían a la mencionada manifestación.

En el terreno económico la administración Trump ha elevado exponencialmente la deuda y el gasto públicos. Su reducción impositiva y los consecuentes efectos positivos son solo un aspecto parcial del cuadro de situación. Esto recuerda a la entrega de espejitos de colores a los indios para establecer instituciones esclavistas como la mita y el yanaconazgo. Hay quienes se quedan con esto y hacen la vista gorda a la declinación en modales republicanos y atropellos al decoro y a la división de poderes, en definitiva fabricando un Leviatán más adiposo en el contexto de repetidas muestras de xenofobia, lo cual no puede ser más a contracorriente de la más deslumbrante tradición estadounidense.

Muchos de sus antiguos colaboradores ahora lo critican severamente como, por ejemplo, su ex secretario de Estado, Rex Tillerson -durante décadas CEO de Exxon Mobil, la tercera empresa de mayor facturación en el mundo-, quien ha dicho públicamente que “Trump no tiene la menor idea de lo que significa el comercio libre” y que “muchas de las cosas que afirma no se condicen con la realidad de los hechos”.

Incluso en temas muy trascendentes desde el punto de vista moral y científico como es el desatino del aborto, Trump era partidario hasta entrada su carrera presidencial, situación en la que los asesores le dijeron que su base en el Tea Party estaban decididamente en contra lo cual lo hizo cambiar revelando una frivolidad digna de mejor causa.

Tony Schwartz, autor de su biografía best-seller The Art of the Deal, ahora afirma este autor en los medios que ha “llegado a la conclusión de que Trump está desequilibrado y carece de las condiciones para mantenerse en el cargo”.

Debido a las muchas reservas morales que aun existen en Estados Unidos, es de esperar que no tarde en producirse una reacción saludable en dirección a las formidables propuestas de los Padres Fundadores, aunque se vislumbran candidatos y candidatas en las filas del Partido Demócrata que prometen agudizar el tamaño del aparato gubernamental. Por suerte hay algunas expresiones muy estimulantes en el propio Partido Republicano, por ejemplo, las declaraciones reiteradas y la publicación de un sustancioso libro por parte de Jeff Flake del riñón del republicanismo que lleva el mismo título del legendario Barry Goldwater: The Conscience of a Conservative. Flake, quien es conocido por sus notables discursos en el Senado, sostiene que “Trump no puede seguir en la presidencia puesto que no solo ofende la confianza del pueblo sino que ha dejado de lado lo mejor de la tradición del Partido Republicano”.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente como columna de opinión de Infobae, 28 de diciembre de 2019.

Las 5 claves de la macroeconomía para el próximo año

La herencia 2019 es muy distinta que aquella recibida por Cambiemos en 2015. En aquel año, la Argentina enfrentaba fuertes desequilibrios fiscal, monetario y cambiario, además del cepo, las tarifas atrasadas y la poca transparencia del Indec.

En 2019 los problemas son otros, empezando por la reestructuración de la deuda. Si esta negociación es exitosa y se posterga el pago de intereses por un plazo de uno o dos años, la macro argentina 2020 tendrá una base de equilibrio fiscal primario, consolidado (las provincias también tienen las cuentas ordenadas) y financiero. También parte de un tipo de cambio más alto que no requiere de nuevas devaluaciones, con el costo político y social que siempre ha provocado. Alberto Fernández podría arrancar ya desde su primer año con un ordenamiento de la macro que de lugar a un rebote de la economía, tras dos años de crisis.

¿En qué consistirá la política económica en 2020?

1. Reestructuración de la deuda. La situación es compleja porque hay que negociar con el FMI y otros acreedores un cambio de bonos por otros, pero considerando que hoy cotizan a un 40 % de su valor original, la posición del gobierno argentino luce sencilla. Proponer bonos sin quita, postergando el pago de capital e intereses para dentro de dos años podría ser suficiente para que Argentina recupere actividad, y con ello recaudación, alcanzando un superávit fiscal primario que permita empezar a pagar los compromisos de deuda pasado ese plazo.

El mayor problema del Gobierno aquí es creer que una mayor quita de capital a los acreedores, es mejor para la Argentina, porque queda menos endeudada. Hay que tomar consciencia que Argentina debe empezar a recorrer un camino donde construya reputación, en lugar de seguir con la viveza criolla que destruye nuestra calidad institucional.

La situación es compleja porque hay que negociar con el FMI y otros acreedores un cambio de bonos por otros, pero considerando que hoy cotizan a un 40 % de su valor original, la posición del gobierno argentino luce sencilla
La situación es compleja porque hay que negociar con el FMI y otros acreedores un cambio de bonos por otros, pero considerando que hoy cotizan a un 40 % de su valor original, la posición del gobierno argentino luce sencilla

El mayor problema del Gobierno aquí es creer que una mayor quita de capital a los acreedores, es mejor para la Argentina, porque queda menos endeudada

2. El equipo económico afortunadamente ya ha dado señales claras de buscar los equilibrios múltiples mencionados, y el ministro Martín Guzmán ha sido claro en reiteradas ocasiones en buscar estos equilibrios en forma integral. Pero lamentablemente, el camino para buscar este equilibrio fiscal fue por la vía de nuevos impuestos, lo que permitiría mejorar la recaudación en el corto plazo.

Mi diferencia aquí radica en señalar que la Argentina debe reducir la presión tributaria si busca multiplicar la inversión real y así generar empleo genuino. Guzmán entiende que el mayor problema que recibió como herencia es la deuda social, con un alto nivel de pobreza, indigencia y desempleo. Por ello se rehúsa a tocar el gasto público y más bien encara el problema por el lado de los impuestos.

Parece ignorar el ministro la fuerte carga de gasto improductivo que tienen nuestros presupuestos nacional y provinciales. Habría sido mucho más reconfortante si Martín Guzmán hubiera mencionado esto, y con tiempo atacara el gasto que desvía recursos de los bolsillos de la gente a una clase política que se enriquece.

Martín Guzmán entiende que el mayor problema que recibió como herencia es la deuda social, con un alto nivel de pobreza, indigencia y desempleo. Por ello se rehúsa a tocar el gasto público y más bien encara el problema por el lado de los impuestos (REUTERS/Mariana Greif)
Martín Guzmán entiende que el mayor problema que recibió como herencia es la deuda social, con un alto nivel de pobreza, indigencia y desempleo. Por ello se rehúsa a tocar el gasto público y más bien encara el problema por el lado de los impuestos (REUTERS/Mariana Greif)

3. El gasto público se había incrementado en los 12 años del kirchnerismo desde un 25% promedio del PBI en las décadas previas a un insostenible 46% del PBI. Este gasto se ha reducido en estos cuatro años de Cambiemos, a través de algunos ajustes selectivos como la quita de subsidios a los servicios públicos, pero más aun por la propia crisis económica, por las devaluaciones y su inflación consecuente, que licuó ingresos y salarios reales y permitió bajar el gasto a un estimado de 40 a 42% del PBI para 2019.

Si Argentina rebota en actividad y el PBI recupera su potencial, entonces la baja podría continuar un sendero de ordenamiento, pero si el gasto sigue incrementándose esta meta de recuperar niveles sostenibles queda cada vez más lejana.

Si la Argentina rebota en actividad y el PBI recupera su potencial, entonces la baja del gasto podría continuar un sendero de ordenamiento, pero si sigue incrementándose esta meta de recuperar niveles sostenibles queda cada vez más lejana

4. El empleo en el sector público es el mayor desafío que el Gobierno tiene por delante entonces, no es la renegociación de la deuda, que luce sencilla y rápida, sino contener el incremento del gasto público. Es cierto que Cambiemos bajó el gasto público sobre PBI de 46% a 40%, pero esa reducción es de baja calidad. La planta de personal no se ha reducido, y la reducción en los salarios reales se iría recuperando y con ello también se incrementará la relación gasto sobre PBI que Cambiemos heredó en 2015.

No parece descabellado pensar en un escenario donde el presidente Alberto Fernández dará respuesta a sus propias promesas de campaña, cediendo ante los cantos de sirenas de todo el arco político, y con ello se elevará el gasto, de nuevo a niveles que pondrán contra las cuerdas a la Argentina. Es cierto que en el corto plazo, ese mayor gasto podría financiarse con los nuevos impuestos, más la suspensión de pagos de deuda (tanto de capital como de intereses), pero una vez que Argentina enfrente nuevamente los vencimientos de deuda, volverá a ser insostenible.

No parece descabellado pensar en un escenario donde el presidente Alberto Fernández dará respuesta a sus propias promesas de campaña, cediendo ante los cantos de sirenas de todo el arco político, y con ello se elevará el gasto, de nuevo a niveles que pondrán contra las cuerdas a la Argentina

5. Sustentabilidad fiscal. Alberto Fernández mencionó muchas veces que su política económica se parecerá a la del primer gobierno kirchnerista. No olvidemos que aquella Argentina, si bien dio alivio social tras la crisis de 2001, nos condujo a los desequilibrios fiscal, monetario y cambiario que luego condenaron a la Argentina a varios años de estancamiento y crisis.

Martín Guzmán no debe perder de vista la sostenibilidad del rebote, recuperación y crecimiento que en el corto plazo podría iniciarse, y para ello el plan tiene que ser integral, consistente, viable y sostenible. Por ahora no hay señales de que el plan sea sostenible. Rehusarse a reducir el gasto improductivo, más impuestos y aislamiento nunca dio resultado.

El autor es economista, profesor de Eseade

Publicado originalmente como columna de opinión en Infobae, 17 de diciembre de 2019.

Diplomatura en MACROFINANZAS en ESEADE – Inicia en Marzo 2020

Este programa se propone introducir al alumno en el mundo de la macroeconomía y las inversiones financieras, tanto de activos fijos como variables, aprehendiendo una terminología especializada del campo de las macro-finanzas.

Se espera que este programa le permita al profesional:

  • Administrar su propio portafolio de inversiones y ofrecer asesoría a clientes
  • Analizar, diseñar e implementar políticas económicas
  • Analizar el comportamiento de las variables macroeconómicas y financieras
  • Evaluar  y tomar decisiones en los órganos ejecutivos de gobierno en los temas económicos
  • Contribuir al diseño y evaluación de proyectos de inversión
  • Actuar como consultor y analista económico en organizaciones públicas y privadas

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Plan de estudios y cuerpo docente:

Análisis económico – Adrián Ravier

Mercado de Capitales – Diego Martínez Burzaco

Economía Superior – Roberto Cachanosky e Iván Cachanosky

Indicadores para la toma de decisiones económicas – Aldo Abram e Iván Cachanosky

Seminario de Macro-Finanzas 1: Trading y Psicología – Iván Carrino

Seminario de Macro-Finanzas 2: Renta fija – Manuel Oyhamburu

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Acceda aquí a más información, incluyendo plan de estudios y cuerpo docente.

Para más información puede escribir a info@eseade.edu.ar

¿Qué es (y qué no es) el conservadurismo? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

La generalización de la palabra “conservador” proviene de la época de la revolución inglesa de 1688 cuando Guillermo de Orange y María Estuardo deponen al rey. En esa instancia los conservadores pretendían conservar los privilegios otorgados antes de esa revolución que fundamentalmente se basó en los principios luego desarrollados por Algernon Sidney y John Locke.

En esta línea argumental, el conservador apunta a mantenerse el statu quo a toda costa. Está enredado en telarañas mentales que no lo dejan moverse, lo tienen apresado y es temeroso de ensayar otros horizontes. Es del caso señalar que no es conservador aquel que argumenta sobre la necesidad de todo lo que deriva del respeto recíproco, es decir, la conservación de valores universales de la conducta civilizada. No es conservador aquel que se opone a la violación, al asesinato y al robo. Precisamente se trata de principios clave de convivencia: el respeto a la libertad, a la vida y a la propiedad. Solo alguien muy distraído puede catalogar de conservadores a liberales que sostienen estos valores básicos.

La tradición conservadora así concebida es más una posición política que intelectual y académica. Cuando se esgrimen nombres de intelectuales conservadores se suelen mencionar los de Edmund Burke, Thomas B. Maculay, Tocqueville y Acton, pero ninguno de ellos se autotituló conservador, se consideraron siempre liberales insertos en la tradición Whig.

Antes he escrito sobre este tema, pero ahora viene muy al caso repasar algunos aspectos y agregar otros. El conservador muestra una inusitada reverencia por la autoridad, es quien parla de “el estadista”, “el líder”, “el dirigente” y, a veces, su excelencia reverendísimo y otros calificativos superlativos dignos del autoritarismo, en lugar de limitarse a algo más sobrio y ajustado propio del espíritu liberal como “referente” (el liberal siempre desconfía de la autoridad vinculada a la fuerza a diferencia de la autoridad moral e intelectual que reverencia).

Por lo mismo, el conservador deriva su postura del “filósofo rey” de Platón que tanto ha criticado Karl Popper, quien insiste en que lo relevante son las instituciones liberales y no los hombres “al efecto de que el gobierno haga el menor daño posible”.

El conservador es aprensivo de procesos abiertos en el contexto de la evolución cultural, mientras que el liberal acepta la coordinación de infinidad de arreglos contractuales que ninguna mente puede anticipar a contracorriente de los planificadores e ingenieros sociales a los que suelen rendir pleitesía los conservadores cuando coinciden con sus esquemas del statu quo.

El conservador es nacionalista y muchas veces inclinado al mal llamado “proteccionismo”, mientras que el liberal es por naturaleza cosmopolita y librecambista.

El conservador tiende a imponer sus valores personales, en cambio el liberal respeta todos los proyectos de vida siempre y cuando no lesionen derechos de otros. Más aún, el liberal no es muy partidario de recurrir a la expresión “tolerancia” puesto que, por un lado, los derechos se respetan, no se toleran y, por otro, aquél término arrastra cierta connotación inquisitorial de unos que perdonan los errores de otros.

El conservador es tradicionalista, a saber, la imposición de lo que viene ocurriendo pero el liberal es respetuoso de las tradiciones en el sentido de valores que hacen posible los intercambios pacíficos y voluntarios abiertos a nuevas contribuciones.

El conservador no solo no entiende el significado del proceso de mercado sino que le desconfía. Por otra parte, el liberal pretende despolitizar todo lo despolitizable al efecto de extender en todo lo posible los acuerdos contractuales.

El conservador el partidario de establecer alianzas con la Iglesia y el liberal la considera altamente nociva y peligrosa. Friedrich Hayek en el apéndice de Fundamentos de la libertad titulado “¿Por qué no soy conservador?” esboza sus objeciones al espíritu conservador y concluye que una característica consiste en su marcada tendencia a la negociación política y no a valores liberales “puesto que es partidario de la tercera vía sin tener metas propias lo cual lo lleva a pensar que la verdad debe estar en algún lugar entre los extremos y, como resultado, ha variado su postura según haya sido la fortaleza de los movimientos que se ubican en las respectivas alas” que no han hecho nada por configurar.

Debido a que en Estados Unidos se dejaron expropiar la expresión “liberal” para de contrabando asimilarla con las posiciones de izquierda, por oposición se ha comenzado a utilizar la palabra “conservador” y también “libertario” a pesar de la perseverancia que sugieren los grandes maestros en cuanto a la importancia de seguir empleando el término “liberal”.

También es de interés hacer referencia a la pastosa expresión “derecha” asociada al conservadurismo y al fascismo (a veces términos intercambiables) y a la “izquierda”, que es oportuno destacar que ha traicionado su significado original puesto que sus partidarios al sentarse a la izquierda del rey en la Asamblea de la Revolución Francesa pretendía eliminar todos los privilegios y la fuerza gubernamental para extinguir derechos lo cual queda estampado en el primer artículo de la Declaración de los Derechos del Hombre donde especifica que se trata de la igualdad ante la ley (en este sentido es que puede decirse que el izquierdismo ha mutado en espíritu conservador).

En todo caso, el tema no es tanto debatir etiquetas sino contenidos al efecto de precisar el significado de la plataforma a la que se adhiere puesto que cada cual puede definirse como le venga en gana, es cuestión de prestar atención a las ideas que pone de manifiesto. No es que carezca de interés las etimologías y el significado de las palabras porque por más que los diccionarios son libros de historia que mutan con el tiempo si le llamaos gato al perro nos internamos en confusiones y dificultamos las comunicaciones y el propio pensamiento puesto que el lenguaje sirve para esos propósitos cruciales.

En resumen, la estricta genealogía del conservadurismo nada tiene que ver con el liberalismo, son dos vertientes sustancialmente diferentes y llamar conservador al que conserva valores básicos de la convivencia civilizada contradice la idea de quien se mantiene aferrado al statu quo con independencia de la materia en cuestión.

Mantenerse aferrado a lo que sucede es lo contrario de lo que apunta con magistral sabiduría Vladimir Nabokov al abrir su formidable Curso de literatura rusa y que siempre han inspirado los textos de quien ahora escribe esta nota periodística: “Es el derecho a criticar el don más valioso que la libertad de pensamiento y de expresión puede ofrecer”.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.