El daño de la ideología – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Lo cerrado, terminado, clausurado es la antítesis del espíritu liberal, que por definición trata de un proceso evolutivo de corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones. Pues bien, la ideología en su acepción más generalizada es lo primero por ello se trata de una palabreja soez. No en el sentido inocente del diccionario de conjunto de ideas, ni siquiera en el sentido marxista de falsa conciencia de clase, sino, como queda dicho, en un puerto de llegada que lo contiene todo. Lo contrario a la apertura mental y consubstanciado con el fanatismo, el dogma y la telaraña mental. En este contexto es que el ideólogo constituye un bochorno.

Habiendo dicho esto es pertinente aludir a aquellos que pretenden ser ajenos a la ideología pero ahora en un sentido distinto de la interpretación corriente a la que hemos aludido. Es el disfraz para no estar sujetos a teorías ni esqueleto conceptual alguno. Se presentan como inmaculados, como impolutos, como incontaminados por ideas, valores, principios o convicciones. Es decir seres vacíos con lo cual en la práctica si son consistentes con lo que dicen no podrían afirmar ni negar nada. Son en verdad unos irresponsables. Son cobardes que no tienen el coraje de poner de manifiesto sus ideas que naturalmente afloran en cada cosa que dicen por más que pretendan ocultarlo. Esto está en una línea argumental equivalente de quienes sostienen que no debe juzgarse, cuando ese es precisamente un juicio.

Pero aquí viene el aspecto medular del asunto que el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek lo expresa con rigor en su texto titulado The Facts in Social Sciences (que fue su conferencia en la Cambridge University Moral Sciences Club). Sostiene que las propiedades físicas que se observan desde afuera en las ciencias naturales conforman hechos de una naturaleza completamente distinta de lo que ocurre en las ciencias sociales donde lo visto desde afuera no dice nada, el asunto es la interpretación y la conjetura de los que se mira desde adentro de la acción humana, una mirada en este último caso donde se hace hincapié en el propósito que se estima tiene lugar. Las piedras y las rosas no tienen propósitos, es lo que se ve, sin embargo con los seres humanos se trata de interpretar los actos.

Por ello es que Hayek ha dicho que le resulta algo cómico aquello de que “los hechos hablan por sí solos”. En primer término, los hechos no hablan -lo hacen los seres humanos- y, además, en el caso de las ciencias sociales lo físico no es lo primordial se trata de indagar en motivos y razones de la acción. A diferencia con las ciencias naturales, en ciencias sociales simplemente con observar movimientos físicos no se concluye nada: es inexorable elaborar sobre el sentido de la acción. Dice Hayek en la antedicha conferencia: “Cuando nos preguntamos porqué las personas están haciendo tal o cual cosa estamos investigando algo que va más allá de lo físico que podemos observar”.

Por ejemplo, cuando se muestra una serie estadística en ciencias sociales se explicitan las causas para que las mismas ocurrieran y esto requiere interpretación en base a un esqueleto conceptual, de lo contrario serían solo números sin significado ni brújula. Y tengamos en cuenta que los correlatos no necesariamente significar nexos causales: por ejemplo, se ha mostrado correlación perfecta entre el promedio ponderado en largo de las polleras en Estados Unidos con la venta de papas en Australia de lo cual no se desprende relación causal alguna.

Lo dicho no significa que se descarta la interpretación en ciencias naturales; de lo que se trata es de subrayar que se miran los datos desde afuera en contraste con la acción humana que se miran en base a la introspección del observador en su calidad de ser humano. La Revolución Francesa no se explica por movimientos físicos de personas ni de cosas, se explica a través de interpretar los propósitos de quienes actuaban en aquellas trifulcas. Sin embargo, en ciencias naturales lo puramente físico no demanda interpretación de propósitos inexistentes.

También es necesario refutar aquella afirmación del positivismo epistemológico en cuanto a que para que una proposición resulte verdadera debe ser verificada empíricamente pero, por un lado, como explica Morris Cohen, esa misma proposición no es verificable empíricamente y, por otro, como enseña Karl Popper, nada en la ciencia es verificable solo es corroborable provisoriamente.

Entonces aquellos sujetos camuflados en vírgenes impolutas sin preconcepto alguno no podrían opinar de nada si no fuera por los antedichos andamiajes teóricos anteriores al suceso en cuestión. Muy distinto es el significado del prejuicio que alude a contar con una conclusión antes de haber estudiado el asunto entre manos.

Antes he escrito sobre el significado de la teoría y la práctica, pero es del caso resumir lo consignado. En los ámbitos donde se gesta la teoría es donde se crea todo lo que luego los llamados prácticos usan para muy diversos propósitos. Por su parte, los prácticos también requieren de trabajo intelectual, sólo que en otro plano: no en la producción de la idea, sino en su aplicación. Constituye un lugar de lo más común —casi groseramente vulgar— sostener que lo importante es el hombre práctico y que la teoría es algo etéreo, más o menos inútil, reservado para idealistas que sueñan con irrealidades. Esta concepción es de una irresponsabilidad a toda prueba y revela una estrechez mental digna de mejor causa. Todo, absolutamente todo lo que hoy disponemos y usamos es fruto de una teoría previa, es decir, de un sueño, de un ideal, de un proyecto aún no ejecutado. Nuestros zapatos, el avión, la televisión, la radio, Internet, el automóvil, el tipo de comida que ingerimos, las medicinas a las que recurrimos, los tipos de edificaciones, la iluminación, las herramientas, los fertilizantes, los plaguicidas, la biogenética, la siembra directa, los sistemas políticos, los regímenes económicos, etcétera. Todo eso y mucho más, una vez aplicado, parece una obviedad, pero era inexistente antes de concebirse como una idea en la mente de alguien.

John Stuart Mill escribió, con razón: “Toda idea nueva pasa por tres etapas: la ridiculización, la discusión y la adopción”. Seguramente, en épocas de las cavernas, a quienes estaban acostumbrados al uso del garrote les pareció una idea descabellada concebir el arco y la flecha y así sucesivamente con todos los grandes inventos e ideas progresistas de la humanidad. En tiempos en que se consideraba que la monarquía tenía origen divino, a la mayoría de las personas les resultó inaudito que algunos cuestionaran la idea y propusiera un régimen democrático.

Los llamados prácticos no son más que aquellos que se suben a la cresta de la ola ya formada por quienes previa y trabajosamente la concibieron. Desde luego que los prácticos también son necesarios, puesto que el objeto de la elaboración intelectual es ejecutar la idea, pero los que se burlan de los teóricos no parecen percatarse de que todo lo que hacen resulta de una deuda contraída con aquellos, pero al no ser capaces de crear nada nuevo se regodean en sus practicidades. Todo progreso implica correr el eje del debate, es decir, de imaginar y diseñar lo nuevo a efectos de ascender un paso en la dirección del mejoramiento. Al práctico le corren el piso los teóricos sin que aquel sea para nada responsable de ese corrimiento.

Para citarlo nuevamente a Hayek en Los intelectuales y el socialismo: “Aquellos que se preocupan exclusivamente con lo que aparece como práctico dada la existente opinión pública del momento, constantemente han visto que incluso esa situación se ha convertido en políticamente imposible como resultado de un cambio en la opinión pública que ellos no han hecho nada por guiar”. La práctica será posible en una u otra dirección según sean las características de los teóricos que mueven el debate.

En esta instancia del proceso de evolución cultural, los políticos recurren a cierto tipo de discurso según estiman que la gente lo digerirá y aceptará. Pero la comprensión de tal o cual idea depende de lo que previamente se concibió en el mundo intelectual y su capacidad de influir en la opinión pública a través de sucesivos círculos concéntricos y efectos multiplicadores desde los cenáculos intelectuales hasta los medios masivos de comunicación.

En segundo lugar, en todos los órdenes de la vida, los prácticos son los free-riders (o, para emplear un argentinismo, los garroneros) de los teóricos. Esta afirmación no debe tomarse peyorativamente, puesto que, del mismo modo que todos usufructuamos de la creación de los teóricos, como queda dicho también sacamos ventajas de los que llevan la idea a la práctica. La inmensa mayoría de las cosas que usamos las debemos al ingenio de otros, casi nada de lo que usufructuamos lo entendemos ni lo podemos explicar. Por esto es que el empresario no es el indicado para defender el sistema de libre empresa, porque, como tal, no se ha adentrado en la filosofía liberal, ya que su habilidad estriba en realizar buenos arbitrajes (y, en general, si se lo deja, se alía con el poder para aplastar el sistema). El banquero no conoce el significado del dinero, el comerciante no puede fundamentar las bases del comercio, quienes compran y venden diariamente no saben acerca del rol de los precios, el telefonista no puede construir un teléfono, el especialista en marketing suele ignorar los fundamentos de los procesos de mercado, el piloto de avión no es capaz de fabricar una aeronave, los que pagan impuestos (y mucho menos los que recaudan) no registran las implicancias de la política fiscal, el ama de casa no conoce el mecanismo interno del microondas ni del refrigerador, y así sucesivamente. Tampoco es necesario que esos operadores conozcan aquello, en eso consiste precisamente la división del trabajo y la consiguiente cooperación social. Es necesario sí que cada uno sepa que los derechos de propiedad deben respetarse, para cuya comprensión deben aportar tiempo, recursos o ambas cosas si desean seguir en paz con su practicidad y para que el teórico pueda continuar en un clima de libertad con sus tareas creativas y así ensanchar el campo de actividad del práctico.

En tercer término, debe subrayarse que, sin duda, hay teorías efectivas y teorías equivocadas o sin un fundamento suficientemente sólido, pero en modo alguno se justifica mofarse de quienes realizan esfuerzos para concebir una teoría eficaz. Las teorías malas no dan resultado, las buenas logran el objetivo. En última instancia, como se ha dicho: “Nada hay más practico que una buena teoría”. Consciente o inconscientemente, detrás de toda acción hay una teoría; si esta es acertada, la práctica producirá buenos resultados, si es equivocada, las consecuencias del acto estarán rumbeadas en una dirección inconveniente respecto de las metas propuestas.

Los candados mentales y la inercia de lo conocido son los obstáculos más serios para introducir cambios. Como hemos señalado, no sólo no hay nada que objetar a la practicidad, sino que todos somos prácticos en el sentido de que aplicamos los medios que consideramos que corresponden para el logro de nuestras metas, pero tiene una connotación completamente distinta el práctico que se considera superior por el mero hecho de aplicar lo que otros concibieron y, todavía, reniega de ellos, los que, como queda dicho, hicieron posible la practicidad del práctico.

Afirmar que “una cosa es la teoría y otra es la práctica” es una de las perogrulladas más burdas que puedan declamarse, pero de ese hecho innegable no se desprende que la práctica sea de una mayor jerarquía que la teoría, porque parecería que así se pretende invertir la secuencia temporal y desconocer la dependencia de aquello respecto de esto último, lo cual no desconoce que la teoría es para ser aplicada, es decir, para llevarse a la práctica. Por eso resulta tan chocante y tragicómica la afirmación que pretende la descalificación al machacar aquello de: “Fulano es muy teórico” o el equivalente de: “Mengano es muy idealista” (bienvenidos los idealistas si sus ideales son nobles y bien fundamentadas).

En resumen, una cosa es el ideólogo que siempre fractura, obstaculiza y encoje el conocimiento con su cerrazón mental y otra son los irresponsables que creen que puede estudiarse algo sin un riguroso andamiaje conceptual pensando que “los hechos en materia social hablan por si mismos”.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente en Infobae, 15 de febrero de 2020.

Diploma en MACROFINANZAS – ESEADE. Inicia en marzo. Abierta la inscripción.

Este programa se propone introducir al alumno en el mundo de la macroeconomía y las inversiones financieras, tanto de activos fijos como variables, aprehendiendo una terminología especializada del campo de las macro-finanzas.

Se espera que este programa le permita al profesional:

  • Administrar su propio portafolio de inversiones y ofrecer asesoría a clientes
  • Analizar, diseñar e implementar políticas económicas
  • Analizar el comportamiento de las variables macroeconómicas y financieras
  • Evaluar  y tomar decisiones en los órganos ejecutivos de gobierno en los temas económicos
  • Contribuir al diseño y evaluación de proyectos de inversión
  • Actuar como consultor y analista económico en organizaciones públicas y privadas

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Plan de estudios y cuerpo docente:

Análisis económico – Adrián Ravier

Mercado de Capitales – Diego Martínez Burzaco

Economía Superior – Roberto Cachanosky e Iván Cachanosky

Indicadores para la toma de decisiones económicas – Aldo Abram e Iván Cachanosky

Seminario de Macro-Finanzas 1: Trading y Psicología – Iván Carrino

Seminario de Macro-Finanzas 2: Renta fija – Manuel Oyhamburu

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Acceda aquí a más información, incluyendo plan de estudios y cuerpo docente.

Para más información puede escribir a info@eseade.edu.ar

Entrevista al P. Sirico en Diario Expansión (España)

Robert Sirico: «El Papa debe leer más de economía»

Sacerdote, escritor y presidente del Instituto Acton, ‘think tank’ en defensa de la libertad económica.

Por Yag González

Fuente: Expansión 

4 de febrero de 2020

Un sacerdote siempre tiene cosas que contar. Un sacerdote de origen italiano y familia pobre, criado en Brooklyn junto a judíos, chinos y polacos, tiene más cosas que contar. Un sacerdote que en los años 70 fue un ardiente izquierdista y que poco a poco fue derivando hacia posiciones liberales y conservadoras y que recuperó la fe de su niñez hasta el punto de entrar en el seminario, tiene muchísimo que contar. Y un sacerdote que desde hace años combina el cuidado de su parroquia en Grand Rapids (Michigan) con la defensa de la libertad económica debería contar todo ello en un libro. Eso es lo que ha hecho Robert Sirico (Nueva York, 1951), que la semana pasada presentó en Madrid, de la mano de la Fundación Civismo, En defensa del libre mercado, en el que argumenta cómo la antropología católica es totalmente compatible con el capitalismo. El padre Sirico sabe posar a cámara (por influencia de su hermano Tony, rostro habitual en películas y series de mafiosos) pero, como buen predicador, sobre todo se explica bien.

La relación del catolicismo con el liberalismo económico ha sido polémica y no siempre bien entendida. Para intentar explicarla mejor, Sirico y otros pensadores pusieron en marcha en 2005 el Instituto Acton (en homenaje al político católico británico Lord Acton), un think tank destinado a analizar los vínculos entre religión, libertad y economía.

Los mercados explican la oferta y la demanda, pero no explican toda la verdad del ser humano

«La Iglesia se ha opuesto al libre mercado radical, pero no a las instituciones que posibilitan el libre mercado: el Estado de derecho, la propiedad privada, el ánimo emprendedor, la santidad del trabajo…», señala Sirico. «Lo que condena la Iglesia es que la única realidad necesaria sea la libertad económica en sí misma. La economía es sólo una dimensión del ser humano y debe ser puesta en relación con un planteamiento integral de la persona», advierte el sacerdote. «Los mercados nos dicen la verdad sobre la realidad de la oferta y la demanda, pero no nos dicen la verdad sobre quién es el ser humano. El mercado libre no es la salvación del mundo, pero es lo que ofrece la mejor oportunidad para la prosperidad humana y para que cada persona elija en libertad. Obviamente, la economía por sí sola no puede responder a las grandes cuestiones de la vida: para qué estoy en el mundo, cómo puedo amar, cómo llevar una vida moral… Pero prefiero vivir en una sociedad en la que mucha gente tenga acceso a comida, agua limpia o bienes materiales en general», remarca.

Jesucristo hace continua referencia a los pobres. Por lo tanto, ¿cómo casar este planteamiento cristiano y liberal con las desigualdades en el reparto de la riqueza? «La desigualdad no es sólo inherente al capitalismo sino a la vida misma», responde Sirico. «Todos somos individuos, y eso significa que no somos iguales, que tenemos diferentes habilidades. Al hablar de desigualdad, el enfoque de la Iglesia no se centra en una brecha económica puntual respecto a los demás, sino en la persona humana misma, en si sus circunstancias son mejores o peores respecto a otras épocas. Lo que la Iglesia se pregunta es: en términos históricos, ¿es ahora mejor la vida humana?», se pregunta Sirico. Y él mismo responde: «La vida es mucho mejor que hace 200 años si atendemos a índices como sanidad, ropa, vivienda… Durante la mayor parte de la historia, el ser humano ha vivido en la subsistencia, pero hace dos siglos eso empezó a cambiar gracias a la globalización de la economía, impulsada por el pensamiento de los escolásticos y Adam Smith. Esto no significa que no haya personas necesitadas, pero en términos globales el ser humano vive ahora mejor que en ningún otro momento. El índice más claro es la población: no sólo nacen más niños, sino que todos vivimos más años».

Insistimos con el Evangelio: «Antes pasará un camello por el ojo de una aguja que un rico entrará en el Reino de los Cielos». ¿Se refería Cristo sólo a la riqueza material o a algo más? «Se refería a todo», contesta el páter, que de nuevo da una explicación pormenorizada: «¿Qué es en realidad la riqueza material? Sólo significa que tienes más opciones, pero en cualquier caso debes emplear la libertad: uno puede aprovechar esas opciones para consumir más o menos, para ser generoso o egoísta. Esa frase del Evangelio hay que completarla con el final del pasaje: tras esa advertencia, los discípulos preguntan a Jesús: ‘Entonces, ¿quién puede salvarse?’, y el Señor responde: ‘Para los hombres es imposible, pero para Dios nada es imposible’. Lo que esto quiere decir es que ni la riqueza ni la pobreza son en sí mismas razones para salvarse o no: lo importante es lo que uno haga con lo que tiene. Hay santos que fueron ricos y santos que fueron pobres. La codicia es en efecto una gran tentación, pero también lo es la envidia al que tiene más. Como dijo San Agustín hablando de otra parábola: el rico epulón no fue al infierno por ser rico sino por orgulloso, y el pobre Lázaro no se salvó por ser pobre sino por humilde».

¿Globalización o globalismo?

Una gran inquietud en movimientos políticos conservadores, la mayoría de raíz católica, es la amenaza del «globalismo», una ideología que, según sus detractores, pretende imponer en todo el planeta un mismo sistema político y económico que, en última instancia, acabará con todo vestigio cristiano. El padre Sirico hace una distinción entre la globalización económica y esta ideología: «Los mercados libres dependen de la división del trabajo: cada uno de nosotros puede producir la parte de un bien, no el bien completo, y otra parte se puede fabricar en otro lugar. Si se acepta esta premisa, sabemos que la división del trabajo se extenderá por todo el mundo, porque las fronteras son algo económicamente artificial: si otro país fabrica un bien que nos interesa, acudiremos a ese país. Por lo tanto, la globalización facilita la prosperidad de todas las personas de todos los países, aunque obviamente no al mismo tiempo. Pero hay que hacer una diferencia entre globalización, que es lo que acabo de describir, y el globalismo, que es el aparato político que trata de controlar la globalización. Ahí es donde entran la ONU, la Unión Europea y demás estructuras. Por lo tanto, no sólo diría que es posible ser defensor de la globalización y contrario al globalismo, ¡sino que es necesario! Un defensor de la economía libre defenderá también las menores interferencias posibles en esa economía, y las mencionadas estructuras tratan de intervenir en la cultura y en la prosperidad de las personas».

Aprovecha aquí el neoyorquino para dar un coscorrón a la curia: «Me sorprende la defensa que a veces se hace desde el Vaticano de instituciones como la Corte Internacional de Justicia y del afecto que a menudo se muestra por la ONU. Porque si existiera un gobierno mundial, que es a lo que aspira Naciones Unidas, los primeros procesados serían el Papa y la Iglesia católica, porque representamos exactamente la antítesis de sus planteamientos respecto a la vida humana. La ONU ya no es aquella impulsora de la Declaración de Derechos Humanos de 1948, muy inspirada en la ley natural; actualmente es la defensora de una religión secular con sus propios dogmas y herejías, pero sin un theos de fondo, sin una verdad a la que apuntar, si bien al mismo tiempo defiende muy enfáticamente sus propias verdades».

Hablando del Vaticano: muchas voces (también de dentro de la Iglesia) acusan al Papa Francisco de comunista o, cuando menos, de simpatizar con el socialismo. «El Papa es de Argentina y durante la dictadura de Videla empatizó con muchos perseguidos que eran de izquierdas. No creo en absoluto que sea un marxista o un partidario de la Teología de la Liberación, pero, como él mismo ha admitido, no entiende muy bien los mecanismos de la economía. Por ejemplo, en Laudato si’ hace una crítica de la industrialización mientras defiende la importancia del trabajo. También dice que el periodo industrial fue el peor de la historia del hombre, y no puedo entenderlo. ¡Al contrario, fue el mejor! Se mejoró el acceso a recursos, el nivel de vida, la longevidad… Y fue precisamente la libertad de contratación, el trabajo libre, lo que lo permitió. Me gustaría que el Papa leyera un poco más de economía».

Jorge Bergoglio tiene razón sobre el tema de la deuda

Jorge Bergoglio tiene razón. La deuda externa pública es un endeudamiento perverso. Los gobernantes gastan más de lo que pueden, luego toman deuda externa ante el FMI y el Banco Mundial, cuatro u ocho años más tarde se van, y el costo de la deuda queda para generaciones posteriores. Además, los fondos de esos préstamos son recibidos para pagar deuda, para financiar gasto público, y así sucesivamente, hasta entrar en crisis que tienen como principales víctimas a los más pobres. 

Ya en 1949, Ludwig von Mises denunció al FMI como un mecanismo perverso. Solo facilita la expansión monetaria y una visión constructivista de la economía para dirigirla e intervenirla siguiendo el cuerpo de ideas keynesianas. La deuda pública solo genera más inflación, más impuestos y más gasto. 

Es inmoral que esa deuda pública sea pagada por ciudadanos que no la pactaron. Debe ser pagada por los funcionarios gubernamentales que la realizaron. Si son insolventes, deben enfrentar las consecuencias civiles y penales correspondientes, desde el presidente hasta aquellos funcionarios de los ministerios de economía y bancos centrales que hayan participado en las negociaciones pertinentes

Jorge Bergoglio tiene razón: el FMI y la deuda internacional son un error en sí mismos, porque no se pueden utilizar «bien» y terminan generando resultados negativos no buscados. 

Ahora bien, ¿por qué decimos «Jorge Bergolio»? Desde Pío IX en adelante, se viene cumpliendo la predicción de Lord Acton y de Dollinger en relación con el tema de la infalibilidad pontificia y el uso del poder. Desde entonces, los pontífices se refieren a muchos temas temporales, lo cual, dado quien habla, afecta de algún modo la autonomía de los laicos para expresarse libremente sobre los mismos temas. En este sentido, hemos escrito al respecto, los artículos La devaluación del magisterio pontificio y La temporalización de la Fe. Entendemos que es conveniente que seamos los laicos quienes nos manifestemos con especial dedicación sobre todos estos temas opinables, para evitar el peso de la investidura papal al respecto. En ningún momento las Sagradas Escrituras, la Tradición y el Magisterio permiten desprender una consecuencia única y universal en un tema como la deuda externa, un tema singular, prudencial, técnico y concreto, que no debiera ser objeto de declaraciones cuasi dogmáticas de los pontífices por tratarse de un tema temporal totalmente opinable. En el siglo XX, uno de los pocos, poquísimos, que tuvo conciencia de esto fue San José María Escrivá de Balaguer. 

Nos parece importante señalar que, aunque estamos de acuerdo con la opinión emitida por Bergoglio con relación a ciertos temas planteados en su discurso, a la hora de leer este tipo de discursos, conviene recordar que Bergoglio no habla con autoridad magisterial, aunque toda palabra pronunciada por todo Santo Padre será siempre objeto de nuestra atenta y filial escucha. Por ser temas propios de la autonomía de los laicos, ello implica una legítima opinabilidad, que cada uno podrá ejercer a la hora de reflexionar sobre los temas planteados.

Esta nota fue publicada originalmente en el Instituto Acton, 6 de febrero de 2020.

REFLEXIONES SOBRE LA REESTRUCTURACIÓN DE LA DEUDA Y EL PLAN ECONÓMICO

El equipo económico de Alberto Fernández está planteando en estas horas los detalles de una posible reestructuración de la deuda. Los acreedores saben que los vencimientos de deuda de los próximos meses son imposibles de pagarse y estarían abiertos a una reestructuración o reperfilamiento que consiste en un combo de quita de capital y postergación del pago de intereses.

Se han planteado en los medios diversos escenarios, algunos más lights que otros. Una posibilidad aceptable para los acreedores sería una quita de capital de 20 % y la postergación del pago de intereses de dos años. La opción más agresiva que hoy toma fuerza es una quita mayor de capital, de hasta un 50 %, con la postergación en el pago de intereses a tres años. El gobierno considera que esa postergación en el pago de intereses le permitirá recuperar actividad y empleo, y que una vez recuperado el crecimiento, habrá mayor recaudación, superávit fiscal y, sobre esa base, se podrán enfrentar los pagos de capital e intereses comprometidos.

Los acreedores, sin embargo, dudan que tras dos o tres años Argentina haya recuperado actividad y crecimiento. Si no es el caso, entonces Argentina no podrá pagar tampoco esa deuda reestructurada, y con ello habrá un default “tardío” y, además, la discusión posterior se llevará adelante sobre la base de un capital menor.

¿Es cierto que si Argentina reestructura la deuda agresivamente podrá recuperar actividad y crecimiento? Es posible. Tras reestructurar la deuda, Argentina tendrá equilibrio fiscal primario, heredado del macrismo. También tendrá equilibrio fiscal consolidado, porque las provincias encuentran sus ingresos y gastos relativamente ordenados. Y tras la reestructuración y la postergación del pago de intereses, Argentina tendrá equilibrio fiscal consolidado y financiero, porque podrá ahorrarse el 4 % de PIB que hoy destina al pago de intereses.

El desafío entonces es crecer para recuperar recaudación y alcanzar un superávit fiscal del 4 % que en 2 ó 3 años permita al gobierno afrontar esos compromisos financieros.

Si la reestructuración es exitosa, y la política se orienta al objetivo, el gobierno habrá salido de una situación compleja de manera rápida y sin grandes sobresaltos.

Sin embargo, emerge aquí la gran pregunta de los acreedores, incluido el FMI: ¿Qué asegura que el gobierno de Alberto Fernández destine sus esfuerzos de política económica a ese objetivo?

Los acreedores saben que el equilibrio fiscal primario y consolidado observado previamente es débil y de baja calidad, pues no se basa en una reducción del sobreempleo público generado durante el kirchnerismo. Más bien, está construido sobre la base de devaluaciones que licuaron salarios. Terminada la luna de miel del nuevo gobierno, y reestructurada la deuda, esos asalariados (especialmente del sector público) presionarán para recuperar los niveles de salarios en términos reales que tenían antes de las crisis cambiarias. Si el equipo económico de Alberto Fernández accede a ello, la Argentina emprendería un proceso de recuperación del salario real de corto plazo, pero desaparecería toda posibilidad de los acreedores de que el pago prometido de capital e intereses de la reestructuración se haga efectivo. En el mediano plazo, en este caso 2 ó 3 años, la Argentina enfrentará el pago de intereses de deuda, lo que la conducirá a un nuevo desequilibrio fiscal, que a la vez enfrentaría un nuevo default.

El gobierno necesita entonces un plan económico que garantice de algún modo que Argentina recuperará actividad y crecimiento, lo que la conducirá a ahorrar puntos de superávit fiscal que en el futuro le permitan enfrentar los compromisos.

El inconveniente entonces emerge cuando se le pregunta a Guzmán y compañía, “¿cuál es el plan?”. El gobierno no ofrece detalles, o más bien, decide que la actividad y el crecimiento tan esperados sobrevendrán una vez que el peso de la deuda quede postergado. Poniendo “ese” dinero en los bolsillos de la gente, por el lado de la demanda, se permitirá una reactivación económica. Una vez que los stocks de las estanterías de las empresas estancadas empiecen a reducirse, será necesario volver a producir, prender las maquinarias, contratar personal. Como hay capacidad ociosa, el “crecimiento” (que personalmente prefiero llamar “recuperación”) sería posible, lo que aumentará la base imponible y mejorará la recaudación.

Esa lógica, por el lado de la demanda, ha sido técnicamente criticada por numerosos economistas ortodoxos. Puede, sin embargo, ser exitosa en el corto plazo. Guzmán quiere replicar la dinámica del primer gobierno kirchnerista del período 2003-07. En esos años Argentina mostró tasas de actividad y crecimiento asombrosos. Lo que olvida Guzmán, y también el Presidente Alberto Fernández, es que la Argentina en ese período no creció, sino que recuperó la actividad perdida en el año previo (+ de 10 puntos del pib), por la crisis que inició en diciembre de 2001 y que se extendió en todo 2002, precisamente tras el default.

Lo cierto es que si el plan es exitoso, lo que implica que los acreedores aceptan la reestructuración propuesta, Argentina puede llegar a recuperar actividad y volver a lo que los economistas definen como “la frontera de posibilidades de producción” (FPP), recuperando el potencial de producción. Se estaría postergando entonces para 2023 la discusión sobre cómo expandir esa FPP, es decir, sobre la base de nuevo ahorro e inversión. Quedan postergadas las discusiones sobre la reforma previsional, tributaria y laboral que el gobierno de Cambiemos intentó poner en la agenda de política económica, sin éxito. Queda postergada también la agenda de reinserción de Argentina a la economía globalizada. Como dijo el Presidente Alberto Fernández, en relación al posible acuerdo de integración con la Unión Europea, la Argentina y el Mercosur deben “mirar para adentro”, y una vez que se encuentre recuperada y fortalecida, recién entonces, podrá salir al mundo en búsqueda de su integración.

Como cierre, vale señalar que todo el plan de Alberto Fernández se cae con un posible default. Y los acreedores lo saben.

Publicado originalmente en El Cronista, domingo 9 de febrero de 2019.

Una solución de fondo para los futuros jubilados – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Lo primero viene primero. El diagnóstico es prioritario y consiste en que los sistemas de reparto no se sostienen desde la perspectiva del análisis actuarial, entre otras cosas debido a que modificaciones en la estructura demográfica lo ponen en jaque. Ilustra lo dicho que en Japón por primera vez en el ejercicio pasado las ventas de pañales para adultos superó a la de los bebés.

Por otra parte, las matemáticas financieras muestran que los sistemas de capitalización resultan más provechosos para los destinatarios puesto que mantienen una adecuada relación de los aportes efectuados con la pensión recibida en el contexto de la individualización de la cuenta.

Pero en todo caso hay un tema que antecede a lo dicho y es la necesaria libertad para que cada uno pueda disponer del fruto de su trabajo como estime pertinente y que no sea tratado como un objeto manipulable donde los aparatos estatales deciden acerca del destino de los ingresos de cada cual.

Se ha machacado que si el Gobierno no obliga a efectuar aportes, el candidato no preverá su vejez lo cual contradice lo ocurrido con inmigrantes que provenían de puertos lejanos y que adquirían terrenos, departamentos y otras valiosas colocaciones hasta que irrumpió el Leviatán, que los despojó de sus activos trabajosamente obtenidos.

Los mal llamados “sistemas de seguridad social” son en verdad grotescas imposiciones de sistemas de inseguridad antisocial, no solo por los mendrugos que entregan a los jubilados sino que los políticos en el poder echan mano a los aportes para otros menesteres y en lugar de esos recursos emiten títulos para reemplazar los ahorros ajenos.

En otros términos, una estafa colosal que debe ser enmendada a la brevedad. Y no se trata de mutar un sistema de reparto por uno de capitalización obligatorio. Como queda dicho, se trata de abrir las puertas y ventanas a un sistema libre donde cada cual se responsabiliza por sus colocaciones financieras. Libertad y responsabilidad son dos caras de la misma moneda, lo cual se logra con el ejercicio cotidiano. Esto me remite a lo que alguien respondió cuando se le decía que no puede otorgarse libertad a quienes no están acostumbrados a usarla: “Es lo mismo que sostener que nadie puede ingresar a un natatorio antes de aprender a nadar”.

Nadie debe estar autorizado a usar a otro como medio para su satisfacción, cada uno es un fin en sí mismo. Todos los seres humanos merecen respeto y es un espectáculo realmente bochornoso el observar a personas que han aportado durante cuarenta años durante su período activo para luego recibir montos que no se condicen para nada con lo entregado (confiscado, más bien). Es triste constatar lo que sucede con los jubilados que mansamente se resignan a ser robados de una manera cruel.

Veamos entonces cuál podría ser la manera de resolver tamaña injusticia. Lo primero es repasar el sentido mismo de un gobierno republicano. Una vez percibido que su función debe limitarse a la protección de los derechos de todos y abstenerse de inmiscuirse con la vida y la hacienda de terceros, entonces podrá procederse a la eliminación drástica de funciones incompatibles con una sociedad abierta.

En otras oportunidades he dado ejemplos minuciosos sobre cuáles reparticiones gubernamentales deben ser eliminadas del organigrama (por ejemplo, véase mi “Decálogo fiscal para cualquier país civilizado” en este mismo medio), pero en esta ocasión a los efectos de nuestro análisis damos eso por sentado y suponemos que ya estamos en una fase civilizada en la que los aparatos estatales se circunscriben a sus funciones específicas. En este cuadro de situación puede procederse a una profunda reforma tributaria compatible con lo expresado.

Para no repetir lo escrito antes, como queda dicho, supongamos que esto último se ha comprendido y aceptado. Una vez ubicados en esta instancia, es imperioso percatarse de que todo el embrollo jubilatorio lo financian compulsivamente los contribuyentes pero de modo encubierto. Aparece la magia del Gobierno financiando las diferencias con los siempre insuficientes aportes, lo cual es un modo hipócrita de presentar en asunto ya que no hay la tal magia: lo que financia el gobierno es detraído de los bolsillos de los vecinos vía gravámenes, deuda estatal o por medio del impuesto inflacionario.

Entonces, reiteramos que en definitiva la financiación de todo este sistema morboso recae sobre los patrimonios de la comunidad puesto que en ningún caso los gobernantes se hacen cargo de las referidas erogaciones. Consecuentemente de lo que se trata nada más y nada menos- es de explicitar lo que está implícito, en convertir en directo, abierto y a la luz lo que se hace de modo indirecto y solapado.

Lo dicho se concretaría a través de la obligación de los contribuyentes que en lugar de pagar un impuesto propiamente dicho se hagan cargo del pago a jubilados con un organismo oficial encargado de velar por los cumplimientos y de sustituir a financiadores en caso de deceso y otros percances. Y a los aportantes en curso los contribuyentes les devolverían lo aportado hasta el momento en cuotas, en cualquier caso deducido del fondo existente de lo ya aportado hasta el momento del cambio de sistema.

Tengamos en cuenta que si la reducción de la presión fiscal es drástica en línea con la antedicha reducción en el gasto público, la carga sobre los nuevos financiadores no solo no se ampliaría sino que disminuiría en la medida en que se establezca un sistema consistente con una sociedad abierta. En la práctica el gobierno así borra de su pasivo todo el peso del sistema previsional y lo convierte en un pasivo contingente.

Reiteramos que de lo anterior debe seguirse que la carga neta no debe ser mayor sino que debe disminuir respecto a al cuadro de situación anterior debido a la antes referida reducción tajante en los gastos estatales. Ya que se parlotea tanto de una falsa solidaridad con los recursos ajenos, tal vez se quiera adoptar este sistema que se acerca más al objetivo.

El título de esta nota alude a los futuros jubilados o los retirados de sus empleos pues a ellos es que se tratará con la dignidad que corresponde por lo que podrán disponer de sus ingresos como les plazca. Para los jubilados actuales y los que están en proceso lo único que cambia es que se transparenta de donde provienen los fondos para financiarlos. No hay aquí promesa incumplida, los gobiernos se obligaron a pagar pero no necesariamente el conducto a través del cual lo harán (en todo caso la promesa incumplida es el atraco que sistemáticamente llevan a cabo hasta el momento del nuevo sistema sugerido).

El denominado “sistema de seguridad social” comenzó en Alemania con Otto von Bismark, siguió en Estados Unidos con Franklin Delano Roosevelt, en Inglaterra con William Henry Beveridge, en Francia con Pierre Laroque, en los países nórdicos mientras fueron socialistas y luego copiado por todos los dictatorzuelos asiáticos y latinoamericanos. Salvando las distancias de la horrenda circunstancia que hizo calificar a Hannah Arendt como “la banalidad del mal”, puede aplicarse a nuestro caso dado el inmenso sufrimiento, canallesca explotación y la ruina en la vida de los jubilados por políticos inescrupulosos y malvados.

Una vez más es necesario repetir que el despido del sector público de funcionarios inútiles para los efectos señalados, en ningún caso se traduce en desempleo. Se trata de liberar recursos humanos y materiales para ser empleados para atender otras necesidades, lo cual no podía realizarse debido a que estaban esterilizados en actividades improductivas. A su vez el empresario está interesado en capacitar para sacar partida de los nuevos arbitrajes.

Allí donde el mercado laboral está abierto a contrataciones libres de regulaciones no hay tal cosa como desocupación involuntaria. Los salarios e ingresos en términos reales se establecen como consecuencia de las tasas de capitalización, a saber maquinarias, instalaciones, equipos y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. Las llamadas “conquistas sociales” por las que se impone una entrada superior a la establecida por la antedicha inversión per cápita conduce inexorablemente al desempleo. Y esto no solo va para el obrero, si se imponen condiciones salariales al gerente de una empresa superiores a las establecidas en el mercado, ese empleado quedará también sin empleo. Lo que pasa es que generalmente las intromisiones gubernamentales y sindicales se refieren a los trabajadores marginales por lo que son ellos los primeros en quedar sin trabajo.

Cuando se hace alusión a la reducción del gasto público se apunta a rellenar los bolsillos de la gente. Al disminuir las erogaciones el gobierno libera fondos que en todos los casos se emplean para ahorrar e invertir o para consumir, en cualquier caso necesariamente se reasignan los siempre escasos factores de producción desde áreas ineficientes hacia territorios productivos con lo que se eleva el nivel de vida de la población.

Resulta llamativo que se sugieran retoques en el sistema jubilatorio en lugar de modificaciones de fondo. Por ejemplo, se ha sugerido achatar la pirámide de la estructura jubilatoria vigente y así entregar a todos las mismas sumas independientemente de los aportes con lo que la estafa se acentúa de modo superlativo. Otra propuesta consiste en estirar la edad jubilatoria al efecto de aliviar el cuadro financiero estatal, lo cual también constituye un engaño. Como he consignado antes, en este último caso para eso es mejor terminar con la farsa y colocar la edad jubilatoria a los 200 años de edad con lo que el atraco se hace más transparente.

Lo que proponemos para el sistema jubilatorio es una muy saludable y recomendable gimnasia intelectual al efecto de un precalentamiento cuando se adopte una sociedad libre.

Sin duda que para poder proceder en consecuencia con la reforma jubilatoria sugerida en esta nota periodística es indispensable primero trabajar mucho más en la batalla cultural para abrir caminos y horizontes a los efectos de que se comprenda la razón de la existencia misma del Gobierno. Incluso, como ha apuntado Leonard Read, no deberíamos usar la expresión “Gobierno” ya que significa mandar y dirigir por lo que resulta más apropiado referirnos al monopolio de la fuerza como agencia de seguridad, de lo contrario como escribe Read “es lo mismo que denominar gerente general al guardián de una empresa”.

Sin duda que no hay solución si la batalla cultural no se da con éxito y no se comprende para qué son los aparatos estatales en una sociedad abierta y no se acepta transparentar lo que está implícito en los sistemas quebrados que explotan miserablemente a los jubilados.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.