UNA OBRA FORMIDABLE SOBRE MORAL – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Se trata de un trabajo realizado por un agnóstico lo cual facilita una visión más generalizada, lo cual no quita que religiones avalen los valores y principios morales. En este caso es equivalente a la física, la economía o el derecho, no se trata de sostener que para que sus preceptos sean válidos se debe ser religioso, claro que, como queda dicho, no es óbice que tradiciones religiosas suscriban el orden natural que se atribuye a la Primera Causa (que algunos denominan Dios, otros Alá y otros Yahvéh) ya que si los nexos causales fueran para atrás ad infinitum, entre muchas otras cosas, no estaría escribiendo estas líneas puesto que las causas que me generaron en una cadena causal nunca hubieran comenzado (lo cual, claro está nada tiene que ver con distintos dogmas). Pero, como decimos, en el caso que nos ocupa, es de una mayor fertilidad analizar los fundamentos de la moral de una manera separada de la religión lo cual abarca un terreno muy amplio.

El libro en cuestión fue escrito por Henry Hazlitt. En esta nota periodística me referiré solo a algunos pocos puntos que trata el autor para lo que me baso en la primera edición inglesa realizada por la editora Van Nostrand Co. de Princeton, en 1964, luego de lo cual se han publicado cinco ediciones adicionales, obra titulada The Foundations of Morality. Describiré los temas seleccionados sin la multitud de citas y las sustanciales referencias bibliográficas que contiene el volumen de marras, al efecto de simplificar la lectura. Como sucede con todos los escritos, pueden encontrarse reflexiones con las que el  lector puede no coincidir, pero en este caso los argumentos esgrimidos invitan a pensar y a mirar temas desde diversos ángulos.

Abre la obra con un estudio sobre lo que otros autores han tratado en reiteradas ocasiones respecto a la relación entre lo que es y lo que debe ser. Así, el eje central de la moral alude a conductas que permiten la cooperación social pacífica, es decir, la que apunta al respeto recíproco y, por otra parte, en el fuero interno, hacen bien a la persona que practica la moral. Son dos planos distintos, uno se refiere a las relaciones interindividuales y otro al campo intraindividual. El autor se detiene en los treinta y tres capítulos al análisis del primer plano, es decir a las relaciones sociales que pueden resumirse en la definición que Jellinek hace del derecho que ilustra magníficamente el punto: “un mínimo de ética”, precisamente porque abarca una parte de la moral, aquella que se refiere a las relaciones interindividuales sin inmiscuirse en las antes mencionadas relaciones intraindividuales.

En este sentido Hazlitt señala que dado que todos los seres humanos en definitiva buscan su felicidad, la acción humana, que inexorablemente se traduce en un tránsito desde posiciones menos apreciadas a posiciones más valoradas, debe estar rodeada de normas que permitan este tránsito, esto es, de reglas morales. Es otra la discusión si lo que estima el sujeto actuante en definitiva le reportará felicidad o no, solo en esta instancia se marca como objetivo esa búsqueda. Y subraya que la moral alude a lo normativo a diferencia de otros campos de estudio que se refieren al lo descriptivo. La moral es prescriptiva, no se circunscribe a lo descriptivo. No es un estudio que se limita a lo que es sino que se refiere principalmente a lo que deber ser.

Hemos subrayado en otras ocasiones y es pertinente destacarlo en el contexto de la moral que el positivismo sostiene que solo puede considerarse como verdad lo que es empíricamente verificable, lo cual constituye un error que dejaría afuera del análisis riguroso a la moral. Morris Cohen en su tratado de lógica señala que, por lo pronto, aquella conclusión queda contradicha puesto que ella misma no es verificable y Karl Popper ha mostrado que en la ciencia nada es verificable, es solo sujeta a corroboraciones provisorias sujetas a refutaciones.

Se reitera en varios pasajes del libro que el tema moral, igual que el derecho, la física y otras disciplinas, no son el resultado de la invención del hombre, de su diseño ni de ingeniería alguna sino que son el resultado de un proceso de descubrimiento en un largo e intrincado camino de prueba y error en un contexto evolutivo.

Hazlitt se detiene en explicar que, a diferencia de lo que se suele sostener, todos actuamos en nuestro interés personal cualquiera sean los fines que persigamos, incluso si son ruines o nobles. En realidad esta afirmación constituye una tautología puesto que si la acción no estuviera en interés de quien actúa ¿en interés de quien será? En este sentido, estaba en interés de la Madre Teresa el bienestar de los leprosos que con tanto esmero cuidaba. La buena o la mala persona no se diferencian por actuar en su interne personal sino por la calidad de los medios que emplea y los fines que persigue.

En este contexto, el autor considera que el interés personal no debe asimilarse al egoísmo puesto que esta expresión, si bien también se refiere al interés personal, excluye del interés el bienestar de terceros para centrar la atención en la propia satisfacción. En otros términos, el egoísta qua egoísta excluye de sus satisfacciones personales el bienestar de otros, es decir queda fuera de su radio (de su interés) la situación favorable de su prójimo. Recordemos en esta línea argumental, y dejando ahora de lado asuntos terminológicos, que Adam Smith abre su Teoría de los sentimientos morales con la afirmación que en los hombres aparecen “principios en su naturaleza que lo hacen interesarse en la fortuna de otros lo cual le reporta felicidad aunque no derive en nada para él excepto el placer de constatarla”.

 

Respecto al debate si los fines justifican los medios, invita a dos respuestas según el significado que se le atribuya a lo dicho. Una primera respuesta es por la afirmativa puesto que si los fines no los justifican no hay otra justificación ya que los medios responden al fin. El sentido de recurrir a ciertos medios es para lograr determinados propósitos, esto es, los fines justifican, explican el motivo de los medios.

 

Pero lo que en realidad se quiere inquirir es si son moralmente susceptibles de escindirse los medios y los fines del juicio moral, es decir,  si pueden  utilizarse medios inmorales para el logro de fines morales. Esto es un imposible puesto que los medios se subsumen en el fin, no puede asesinarse para evitar el hacinamiento de un pueblo, pero si puede moralmente matarse en defensa propia.  Los medios preexisten en el fin. Los medios empleados establecen la naturaleza del fin. Medios inmorales no conducen a fines morales puesto que la secuencia o los pasos de la  acción son inseparables, constituyen un todo. No tiene sentido tomar medios y fines por separado puesto que son parte de un mismo acto. Los medios tiñen a los fines y viceversa. Hay aquí también una cuestión de grados no en una escala moral sino en el análisis del acto en si mismo: una mentira piadosa la convierte en un medio moral, por ende no es condenable.

 

En relación con los juicios de valor del científico en la descripción de los nexos causales no debe introducir de contrabando sus juicios personales de valor (wertfieri) puesto que estaría torciendo lo observado, lo cual no significa que deba necesariamente abstenerse de juzgar lo que ocurre independientemente de su descripción de los sucesos. Las proposiciones éticas no son verdaderas o falsas como lo son las proposiciones existenciales,  como queda dicho, las reglas de la ética no son descriptivas sino prescriptivas o sea, “son válidas o inválidas, consistentes o inconsistentes, lógicas o ilógicas, racionales o irracionales, inteligentes o  faltas de inteligencia, justificadas o injustificadas, expeditivas o no expeditivas, acertadas o desacertadas. Los juicios éticos o proposiciones, si bien tienen que tomar los hechos en consideración, no son en si mismos factuales sino valorativos”.

 

Finalmente en esta presentación telegráfica de la obra donde naturalmente nos hemos salteado muchas discusiones de gran interés, es pertinente mencionar a vuelapluma dos de los capítulos finales que se titulan respectivamente “La ética del capitalismo” y “La ética del socialismo”. Son muy a propósito del objeto del trabajo puesto que, en el primer caso, elabora sobre la imposibilidad de hacer alusión a la moral allí donde no hay libertad puesto que un acto solamente puede juzgarse como moral o inmoral si  el sujeto es libre de actuar o abstenerse de hacerlo. Solo pueda aludirse al acto moral o inmoral si la persona puede elegir libremente entre cursos de acción. A punta de pistola no hay la moralidad del acto correspondiente. “La libertad no es éticamente indiferente pero una condición necesaria de la moralidad”. La división del trabajo y la consiguiente cooperación social requieren de libertad, en el caso del proceso de mercado competitivo al efecto de que los precios coordinen información y conocimiento disperso y fraccionado entre millones de arreglos contractuales, todo lo cual implica el respeto a los derechos de propiedad.

 

Por su parte, los socialismos implican coerción, esto es, el uso de la fuerza para torcer los deseos y preferencias de la gente en direcciones necesariamente distintas de las que hubiera elegido en libertad. En el contexto socialista no puede haber justicia puesto que no hay el “dar a cada uno lo suyo” ya que lo suyo significa la propiedad  que se ha abolido en el extremo y se la afecta en otras vertiente, lo cual conduce al tan difundido tema de la imposibilidad técnica-económica del socialismo que al eliminar o distorsionar los precios no permite la evaluación de proyectos y la contabilidad.

 

Como hemos puntualizado más arriba pueden haber discrepancias con el autor aquí y allá pero el libro es un formidable incentivo para escudriñar, indagar y cuestionar, al tiempo que incorpora valiosos conocimientos y perspectivas sumamente fértiles.

 

Henry Hazlitt (1894-1993) es autor de numerosos libros, ensayos y artículos, buena parte de estos últimos han sido recopilados por la Foundation for Economic Education de New York en un volumen titulado The Wisdom of Henry Hazlitt. En una de esas columnas escribe sobre la importancia del lenguaje que es primordialmente para pensar y luego para trasmitir el pensamiento, en ese sentido atribuye una gran relevancia al enriquecimiento del vocabulario y como el escribir regularmente estimula la concentración y clarifica el pensamiento.

Martín Krause, economista argentino: “Controlar el poder y limitarlo es clave para esclarecer los casos de corrupción en nuestros países” [El Libero]

El académico destaca la actuación de la justicia en Brasil y de la prensa argentina en los procesos Lava Jato y los “cuadernos de la corrupción”. Invitado a Chile por la Fundación para el Progreso, el defensor del liberalismo comenta, además, cómo la opción bolivariana debiera ir en retirada en la región.

Acceda aquí a la entrevista completa.

Efecto Macri: Argentina escaló 19 puestos en Calidad Institucional en 2018 – Fundación Libertad y Progreso

Desde el inicio del gobierno actual el país subió en total 23 lugares, y puede seguir trepando en la tabla, según los expertos; el combate a la corrupción, un factor importante en la calidad institucional

Luego de años de perder por goleada, la Argentina se encuentra nuevamente en carrera para jugar en un mundial. Y no hablamos del campeonato de fútbol, que tiene a los argentinos a mal traer, sino de una competencia mucho más importante para el futuro del país y las inversiones: el Mundial de la Calidad Institucional, que es el Indice de Calidad Institucional 2018, elaborado por la Fundación Libertad y Progreso, bajo la dirección del economista Martín Krause, con apoyo de la Fundación Naumann y Relial. El Indice será presentado hoy a las 17 en vivo en Agrositio.com para toda la región, por Krause, el economista Agustín Etchebarne, el secretario de Fortalecimiento Institucional Fernando Sánchez y el periodista Ricado Bindi.

Es que, en 2018 la Argentina recuperó 19 puestos en el ranking de calidad institucional en un año, quedando en el puesto 119.  Antes de la asunción de Macri, el país venía perder 94 puestos en 20 años, un récord sólo superado por Bolivia, que cayó 105 puestos en el mismo lapso. “Entre los cambios positivos más importantes de este año vuelve a aparecer Argentina, con una mejora de 19 posiciones, luego de haber dejado atrás el modelo cuasi-bolivariano que impulsaba Cristina Kirchner, que es equivalente a la destrucción de las instituciones, como puede verse en Venezuela, país que sufre no solamente la violación de los derechos más básicos, sino también del principio democrático de elección de un gobierno”, dijo Krause.

Argentina es el país que tuvo mejor desempeño en toda América Latina, mejorando 19 posiciones. Dado el rezago de los indicadores considerados, este resultado refleja los cambios acaecidos con el nuevo gobierno durante 2016. Pero todavía se encuentra en la posición 119, de 191 países.  La calidad de las instituciones políticas (que obtuvo un puntaje de 0,5337) sigue siendo superior a la de las instituciones de mercado (con un puntaje de 0,2490), habiendo mejorado casi 0,10 puntos respecto al año anterior en las primeras, pero sólo 0,06 en las segundas. La principal mejora se ha dado en el índice de Respeto al Estado de Derecho (Rule of Law), con 0,18 y la mejor calificación entre los indicadores seleccionados se obtiene en la medición de Voz y Rendición de Cuentas, indicador que evalúa el funcionamiento del sistema democrático, seguido de Libertad de Prensa”, explicó Krause. “El gradualismo en la política económica no permite todavía observar mejoras importantes en la calidad de las instituciones de mercado, si bien las hubo, pero la persistencia del déficit fiscal, la elevada inflación, presión impositiva alta y una economía todavía bastante cerrada al comercio internacional, frenan por el momento una mejora mayor”, acotó.

Según destacaron Krause y Etchebarne, director general de Libertad y Progreso, la Calidad Institucional no un slogan lindo: buenas instituciones se traducen en mejor calidad de vida y salarios para los habitantes de una nación y eso es medible. “Hay un claro vínculo entre Calidad Institucional y calidad de vida (medida según el Índice de Desarrollo Humano de la ONU), Calidad Institucional y nivel de ingresos (medido como PIB per cápita), inversiones, innovación e incluso calidad ambiental y Calidad Institucional. En todos los casos puede verse que los países que tienen peor calidad institucional son también aquellos que brindan las peores oportunidades a sus ciudadanos y tienen el peor desempeño en términos de pobreza, educación, salud o el indicador que quiera mirarse”, dijeron.

Los mejores y los peores

El Indice de Calidad Institucional, que elabora la Fundación Libertad y Progreso desde 2007 y abarca hasta 1996, mide la calidad de las instituciones de los países, un factor de vital interés para los inversores. El mismo se elabora computando a su vez otros ocho indicadores de renombre que miden Seguridad Jurídica (Rule of Law), Voz y Rendición de Cuentas, Libertad de Prensa, Percepción de Corrupción (de Transparency International), Competitividad Global, Libertad Económica (índices de Heritage y Fraser) y Facilidad para Hacer Negocios (Doing Business del Banco Mundial).

En el Indice 2018, los primeros puestos fueron para Nueva Zelanda, Suiza, Dinamarca, Suecia, Noruega y Finlandia, países que ocupan el podio de la calidad de instituciones desde hace algunos años. De esta superliga de países serios, destacan Suecia y Noruega al haber pasado de los 13 y 14 a los cinco primeros lugares. El resto de los miembros del club de los países con mejores instituciones y ergo, más atractivos a la hora de decidir una inversión, son Países Bajos, Canadá, Reino Unido, Australia, Irlanda, Estados Unidos, Alemania, Estonia, Luxemburgo y Austria.

La lucha contra la corrupción mejora la calidad de las instituciones

Seguidamente, Krause comentó el análisis anexo del Indice de Calidad Institucional 2018, referido a la relación entre Calidad Institucional y combate a la corrupción. “En cuanto a los avances en el Índice, los procesos judiciales en casos relacionados con la corrupción, ahora presentes en toda la región de Latinoamérica, podrían mejorar la situación de algunos países en el ranking y, de hacerlo, también impactar en el indicador de Respeto al Estado de Derecho; pero seguramente esto llevará tiempo y los resultados pueden ser también discutibles”, señaló Krause.

En cuanto a los mejores y peores desempeños en la historia del Indice de Calidad Institucional, Estonia es quizás el mejor ejemplo de un gran ascenso en la tabla. Después de haberse separado de la Unión Soviética y dejado de lado el régimen comunista, mejoró 25 posiciones para llegar al puesto 14 actualmente. Otras historias de cambios positivos son la República Checa (en puesto 23, creciendo 16 lugares), Costa Rica (35°, subio 19), Polonia (36°, subio 24), Georgia (38°, creció 87), Eslovaquia (39°, creció 27), Rumania (43°, subió 60), Bulgaria (48°, creció 47).

Del lado de los peores alumnos de la calidad institucional, Corea del Norte vuelve a repetir el último lugar, al igual que el año pasado, acompañada de Somalia, Eritrea, Siria, Turkmenistán, Sudán del Sur y, tan solo un poco más arriba, una de las ovejas negras del continente, Venezuela.

Para Krause Argentina y Ecuador aparecen como candidatos a continuar sus mejoras en calidad institucional en la región, a medida que se van reflejando los cambios ya realizados en cada indicador y, siendo éste un año de intensa actividad electoral, podrían producirse otros cambios que modifiquen el rumbo de ciertos países, aunque, lamentablemente, no hay señales de que vaya a ser el caso de los que están peor, particularmente Venezuela y Cuba. “El caso de Venezuela es el más acuciante en toda la región. La situación, en términos de calidad de vida, ya es casi insostenible para la gran mayoría de la población y el régimen se dirige a manipular unas elecciones que son una farsa institucional que no esconde la verdadera intención de continuar un régimen autoritario y dictatorial que viola los derechos humanos más básicos”, dijo Krause.

De acuerdo a Krause, también se puede ver una relación entre el buen desempeño entre la parte política y la económica del Indice. Es decir los países que tienen libertad económica y comercial suelen ser también los que respetan las libertades individuales, la libertad de prensa y combaten más la corrupción. “Los países nórdicos de Europa ocupan las primeras posiciones en cuanto a las instituciones políticas. Muchos creen que se trata de países con sistemas democrático-socialistas. Pero surge del análisis que también se encuentran en los primeros puestos en términos de la calidad de sus instituciones de mercado. Por ejemplo, los cuatro que lideran la calidad política, ocupan estas posiciones en instituciones de mercado: Noruega (16, Suecia (11), Finlandia (12), Dinamarca (7). El socialismo de estos países es un mito, si bien es cierto que tienen grandes estados benefactores. También lo es que su costo es una alta carga impositiva individual, pero también lo es que la carga impositiva sobre las empresas es menor que la de muchos países latinoamericanos”, explicó Krause.

Descarga aquí el Indice de Calidad Institucional 2018

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¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Libertarios en la Argentina ha habido siempre. En su historia habrá que retroceder al menos unas cuantas décadas para ver que en los años 1950 Alberto Benegas Lynch padre fundaba, junto a algunos empresarios, el Centro para la Difusión de la Economía Libre, luego llamado Centro de Estudios para la Libertad. En estos centros se ofrecieron conferencias y publicaciones de libros de variados autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Quizás haya algún lector que recuerde las seis conferencias multitudinarias de Mises en la UBA en 1959. Desde ya que la diferencia entre un liberal como Hayek y un libertario como Rothbard, fue siempre motivo de disputas internas entre libertarios, pero hoy no nos vamos a detener en ello. Más bien, los tomaremos como compañeros de camino.

La posta la tomó su hijo Alberto Benegas Lynch (h), hoy Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, quien fundó en 1978 la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), creando los primeros posgrados en Argentina. En sus cuatro Maestrías en Economía y Ciencias Políticas, Economía y Administración de Empresas, Derecho Empresario y Activos Financieros, los alumnos recibían los fundamentos para defender la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno limitado, además de los conocimientos específicos de cada programa.

Muchos de estos alumnos a su vez, formaron numerosas fundaciones e institutos pro mercado en distintas provincias, que como efecto cascada formaron a miles de jóvenes en las ideas de la libertad. Estos jóvenes hoy quizás no son docentes o académicos prestigiosos (aunque algunos lo son, como el Dr. Eduardo Stordeur o el Dr. Nicolás Cachanosky), pero lideran y gerencian distintos departamentos de las principales compañías del país.

Martín Krause lo sucedió a Alberto Benegas Lynch (h) como Rector de este Instituto Universitario, donde también pasaron excelentes docentes como Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Enrique Aguilar, Gustavo Matta y Trejo o Ricardo Manuel Rojas (sin ánimo de ser exhaustivo).

¿Qué proponen los libertarios para esta Argentina? En una Argentina donde ya no podemos pensar la educación, la salud, las jubilaciones y pensiones, el cuidado del medio ambiente o la administración de la moneda y los bancos sin el ente gubernamental como principal regulador, los libertarios proponen un debate necesario. Repensar una Argentina en la que podamos prescindir del Estado. Aspiran a que cada argentino pueda pagar su propia educación y la de sus hijos; que pueda cubrir sus costos sanitarios; que pueda elegir cómo y cuándo jubilarse y que su pensión dependa de los montos y años de aporte. Proponen, en definitiva, libertad y responsabilidad, para terminar con la “estatolatría” donde el Dios Estado es el que ofrece empleo y garantiza seguridad social porque, de hecho, jamás ha garantizado otra cosa que pobreza. Repensar una Argentina donde este flagelo sea gradualmente erradicado a través del mercado, como viene ocurriendo en gran parte del mundo, incluidas China y la India (ver El Gran Escape de Angus Deaton). Donde la libertad de empresa y la iniciativa privada sean el motor del empleo genuino, de la innovación, de la creatividad y de las oportunidades para alcanzar una vida mejor. Donde la igualdad que importa es “ante la ley”.

En una Argentina donde la policía respalda a las mafias, los libertarios piden, siguiendo a James M. Buchanan, desconfiar de la política, lo que en definitiva es fundamento para un gobierno limitado.

¿No es esto una utopía? Una sociedad sin estado es irrealizable en esta Argentina, sin dudas. El libertario desde luego está dialogando en un “plano ideal” que a muchos les parecerá lejano. Está debatiendo para una sociedad futura, donde posiblemente la cultura anti-capitalista sea abandonada por otras creencias pro-mercado. Le preocupa entonces definir cuánto estado haría falta en ese estado ideal, y llega a la conclusión de que no sería necesario ninguno, ni siquiera en justicia o seguridad.

Pero al margen de ese debate puro, también hay un mensaje que puede ser útil para nuestra Argentina y que deberíamos escuchar.

¿Cuál es este mensaje? Que la Argentina presenta un gasto público desbordado que aunque se pudiera financiar cubre necesidades de gente que no necesita la ayuda estatal. El primer paso entonces es desmantelar ese Estado que ayuda al que no lo necesita. Que aquellos que pueden pagar educación o salud para sí y para sus familias, lo hagan. Que aquel que puede tener su propia pensión la tenga. Que aquel que puede pagar servicios públicos que cubran los costos lo haga. Que aquel que puede pagar el precio real del combustible lo pague también. De ese modo reducimos la mochila de impuestos, deuda e inflación que recae sobre las empresas y que evita que sean competitivas en un mundo abierto y globalizado. De ese modo habría empleos y mejores salarios reales para todos.

¿Y qué ocurre con los que no pueden pagar estas cosas? Para la educación y la salud existe la propuesta de vouchers de Milton Friedman. El libertario lo aceptará en la transición, aunque insistirá que ese dinero de los cupones sale del bolsillo del contribuyente y que sólo será temporal.

Para las pensiones se deberá crear un sistema privado de aporte voluntario, que no tiene relación con lo que hubo durante el menemismo, y ni siquiera con el sistema que hoy rige en Chile. El sistema libertario de pensiones no necesita que el gobierno autorice a ciertas empresas a operar, ni que fije comisiones, sino que simplemente se haga a un lado y permita la competencia. El mercado operará bien en su ausencia, como de hecho ocurre con la gran mayoría de bienes y servicios. Desde luego que para cubrir a los actuales pensionados se necesitarán pagar impuestos, pero debemos distinguir entre la solución al problema actual donde el Estado se consumió los ahorros de los actuales jubilados respecto del sistema previsional para el futuro.

Comparar al oficialismo con el mensaje libertario muestra lo moderado del gobierno de Mauricio Macri, que si bien en anuncios y conferencias promueve cierto relativo liberalismo, en la práctica encuentra inacción, quizás por los obstáculos que el libertario muchas veces pasa por alto.

Y aquí viene la pregunta: ¿Propone el libertario desmantelar hoy al Estado por completo? Habrá quien lo proponga, pero no es lo más usual. El libertario entiende que el Estado está sobredimensionado y sabe que corregir esto sólo puede redundar en mayor calidad de vida para todos. Sabe que en el plano político, la prioridad del gobierno es mantener el orden público, y que eso sólo se consigue atendiendo a lo que es políticamente viable en cada momento. Es por eso que la regla general que el gobierno debe seguir es bajar el gasto todo lo posible, mientras pueda mantener el orden público.

Y allí encontramos el gran dilema, ya que cierta mentalidad anti-capitalista impide avanzar en reformas profundas como las que el libertario propone. En este sentido, mientras el libertario busca abrir el debate en un plano teórico, también acepta en la política pública una transición ordenada que no deje a nadie sin sustento. En la búsqueda de ese camino está claro que ambos roles, el académico y el político, se deben retroalimentar.

Publicado originalmente en El Cronista, el miércoles 17 de enero de 2018.