Filosofía de la Ciencia en el siglo XX [Video de Gabriel Zanotti]

Este video, del Profesor Gabriel Zanotti en su visita a la Universidad Francisco Marroquín en Guatemala, ofrece una excelente síntesis de la historia de la filosofía de la ciencia en el siglo XX. Se parte de una crítica a aquellos que piensan que la ciencia permite alcanzar certeza, o la verdad misma, o que las investigaciones elaborados por los científicos permiten «demostrar científicamente» las hipótesis que formulan. Siguiendo a Popper, Zanotti resume el falsacionismo, y con ello establece límites al método científico. Luego, avanza en la crítica de Kuhn a Popper, afirmando que los científicos no operan realmente como Popper explicaba. Más bien, los científicos elaboran sus programas de investigación y paradigmas, y a partir de allí se aferran a ellos rodeando los axiomas y deducciones con hipótesis ad hoc que explican los casos contrafácticos. Finalmente, se menciona a Paul Feyerabend, quien ahora critica a Kuhn y sostiene que hoy «prácticamente no sabemos nada, pues las hipótesis que parece ciertas, pueden ser refutadas en el futuro, al mismo tiempo que las hipótesis que hoy son refutadas, pueden ser contrastadas en el futuro. Zanotti aclara que estas posiciones de Popper, Kuhn y Feyerabend merecen debate, y abre el diálogo con sus asistentes sobre lo que realmente habrán querido decir estos gigantes de la filosofía de la ciencia.

“El Estado Benefactor está terminado”: al borde de la bancarrota, algunos políticos se animan a decirlo

De vez en cuando, algún político decide nadar contra la corriente. Por cierto, es muy probable que lo haga cuando ya está contra las cuerdas y la realidad, generalmente económica, lo obliga a hacerlo. Pero, en fin, no es común encontrar un gobierno que decida lanzarse contra las vacas sagradas, entre las que ocupa un lugar prominente el estado benefactor. La noticia llega ahora de Holanda. Así la comenta BBC Mundo:

“Es uno de los países que mejor representa el Estado de bienestar europeo, ese sistema de seguridad social estatal promovido a partir de la posguerra que garantizó altos niveles de equidad en el viejo continente.

Pero el nuevo rey de Holanda, Guillermo Alejandro, manifestó en su primer discurso ante el Parlamento que el “Estado de bienestar clásico de la segunda mitad del siglo XX está terminado” y debe ser sustituido por “una sociedad participativa”.

Obviamente, el monarca no hablaba a título personal sino en representación del gobierno de coalición entre liberales (derecha) y laboristas (centro-izquierda) que ganó las elecciones a fines del año pasado con un mensaje de austeridad.

Según Diederik Boomsma, de la conservadora Fundación Edmund Burke en Holanda, el mensaje apunta a un cambio impostergable.

“El Estado no puede ocuparse de todo. Cuando el gobierno habla de una sociedad participativa está promoviendo que una red de ciudadanos se haga cargo de cosas que hasta ahora suministraba el Estado. Si alguien está desempleado, su red familiar y de amigos pueden darle los contactos para encontrar trabajo en vez de esperar que lo haga el Estado con impuestos que pagamos todos y afectan el crecimiento económico”, le dice Boomsma a BBC Mundo.

Críticas a la “maquinita”

El Estado de Bienestar se consolidó en Europa como un intento de garantizar que el conjunto de la sociedad, incluídos los más pobres, tuviera acceso a servicios básicos como salud, educación, pensión y seguro de desempleo, todo financiado con impuestos.

La actual crisis sobrevino cuando a la carga impositiva se le añadió la profunda crisis económica que sacudió a Europa a partir del estallido financiero mundial de 2008.

Las anécdotas de excesos en el Estado de bienestar, siempre jugosas, se multiplicaron por los medios de comunicación y los partidos políticos holandeses que reivindicaban la austeridad. Una de las más citadas se refiere a los que cobran el seguro de desempleo, aunque no lo necesitan o trabajan en negro.

“El Estado de bienestar corrompe a la gente que recibe los beneficios porque los hace dependientes de esta ayuda, al Estado porque crea una burocracia gigantesca y a la sociedad porque nadie hace nada por el resto”, comenta Boosma.

El primer ministro Mark Rutte reprendió recientemente a los holandeses que trataban al Estado como una “maquinita de la felicidad”.

Según los críticos, uno de los más acabados ejemplos de esta “maquinita” es la propuesta del socialista Alderman Peter Verschuren en 2008 para que se aumentara la ayuda estatal de modo que los beneficiarios pudieran reemplazar sus viejos televisores por los más modernos de pantalla plana.”

Aunque habrá que ver cómo resulta esta reforma, ya que incluso integrantes del mismo gobierno plantean más reformar que reducir o eliminar:

“Desde la coalición gubernamental el Partido Laborista alerta que no se trata de abolir el sistema sino de mejorarlo, como le indica a BBC Mundo René Cuperus, de la fundación laborista Wiardi Beckman Stichting. “La necesidad de reforma no viene sólo de ahora. En los 90 había un millón de receptores del beneficio de invalidez para un país con una población de 16 millones de personas. Esto se ajustó y cambió. Algo similar se está haciendo ahora”, añade.

Pero si bien los excesos existen, el discurso del rey no cayó del cielo. El primer ministro holandés criticó a los ciudadanos que trataban al Estado como una “maquinita de la felicidad”. Este septiembre el parlamento de Holanda se embarca en una incierta batalla para la aprobación de un ajuste de 6.000 millones de euros, que incluye una reducción de los subsidios de salud, las pensiones y las ayudas por desempleo.”

Reflexión de domingo: «AMAR AL PRÓJIMO» – Por Alberto Benegas Lynch (h)

ABLAntes de entrar al fondo del asunto que ahora nos convoca, es de interés precisar que el aspecto medular del amor implica trasmitir alimento para el alma que es lo más preciado del ser humano, sin duda que además de ello hay ayudas físicas y otras consideraciones que rodean el bienestar de las personas. Alimento del alma porque es lo que caracteriza la condición humana, esto es estados de conciencia o la mente que permiten el libre albedrío y distinguen a la persona de aspectos puramente materiales y configuran lo de mayor jerarquía. Los kilos de protoplasma no deciden ni hacen posible las ideas autogeneradas, la racionalidad, la argumentación, la existencia de proposiciones verdaderas y falsas, la moralidad de los actos y la misma libertad. Los seres humanos no somos loros. El alma, la traducción de psique en griego, es lo más preciado del hombre y lo que lo separa de todas las otras especies conocidas.

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EPT: La Izquierda y el Populismo en las PASO

Columna en Economía Para Todos sobre la presencia de sectores de izquierda, populistas (y hasta estatistas) en las PASO (primarias presidenciales en Argentina) del 9 de Agosto.

Hacia el final de la nota, donde hablo de Alfonsín y la UCA, debería ser Alfonsín y la UCR.

Numerosas especulaciones y análisis rondarán en torno al resultado de la PASO, en especial a las posibilidad de Macri y Scioli de llegar respectivamente a la presidencia. Estimo que ambas campañas políticas verán cambios significativos en los próximos días por lo que es difícil hacer proyecciones. Lo que me llamó la atención, sin embargo, es la fuerte presencia de partidos de izquierda, populistas, o directamente estatistas.

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La teoría del Contrato Social como justificación de la existencia del estado: ¿el opio de los pueblos?

Con los alumnos de la materia “Public Choice” consideramos nada menos que la teoría que justifica la existencia del estado como resultado de un Contrato Social, teoría por todos conocida y, además, fundamento básico de autores centrales en esta escuela, como James Buchanan. Vemos para ello el artículo de Anthony de Jasay, “La antinomia del contractualismo”, donde analiza las nuevas justificaciones de esta teoría, basadas ahora en Teoría de los Juegos o de la decisión. Buchanan respetaba mucho a de Jasay, pero éste no ahorra críticas con la teoría. Algunos párrafos y conclusiones:

De Jasay

“¿Puede ser razonable querer que exista el estado? ¿O querer que no exista? Cada generación se ha preguntado, de manera siempre renovada y a menudo con cierto apasionamiento, por qué las sociedades necesitan el estado y, si lo necesitan, qué tipo de estado se ajusta a sus requerimientos. Tal vez es extraño que haya sido así, si se considera que las sociedades y los estados viven en gran manera como hermanos siameses, o por lo menos así los percibimos. Al respecto, es revelador el modo como usamos las dos palabras: una sociedad no podría ser plenamente madura y completa, ni merecería el nombre de sociedad, si no tuviera un estado propio. Probablemente es válido inferir que si, pese a todo, seguimos cuestionando la necesidad de la relación entre ambos y buscando justificaciones para ella, esto se debe a la incomodidad que sentimos ante dos de sus atributos que parecen ser antagónicos. Uno de ellos es el hecho de que nos obliga, a veces con mucha severidad, a hacer aquello que no haríamos por nuestra propia voluntad y a abstenernos de lo que sí haríamos gustosamente. Y no lo hace hasta un límite moral netamente demarcado, sino que no toma en cuenta la mayoría de nuestras posibles elecciones. Sobre todo, se queda con la mayor parte de los recursos que el individuo posee por haberlos ganado y los usa para fines que no son los que éste habría escogido por sí mismo; y lo hace así porque de otro modo la comunidad no estaría dispuesta a gastar su dinero de esa manera. El otro es que todo esto parece ser, aunque no sea demasiado claro el porqué, legítimo: el estado gravita sobre nosotros con nuestro consentimiento y no deberíamos desear, razonablemente, que fuese de otro modo.

Una y otra vez, las sucesivas versiones del contrato social han tratado de conciliar los términos de esta oposición, cuya aceptación en el caso del individuo equivale a una actitud masoquista y en lo que respecta a la coexistencia dentro del grupo es un dilema. Con todo, la incomodidad persiste y se renuevan permanentemente las explicaciones y justificaciones acerca del estado en formas cada vez más sofisticadas y elegantes; últimamente, la teoría del juego y de la decisión ha arrojado cierta luz sobre el tema.”

Y algo de sus conclusiones:

“Con todo lo dicho nos hemos referido a la mayor parte de lo que se necesita para reconocer nuestra propia capacidad, muy descuidada, desdeñada y desaprovechada, de evitar los dilemas sociales (no de “resolverlos”) mediante acuerdos obligatorios. Los arreglos racionales colectivos se pueden lograr, en el caso que valga la pena el esfuerzo, sin necesidad de estados ni de constituciones establecidas con la intención de obligarlos a que estén a nuestro servicio. Todo el orden social posee propiedades auto-correctivas que, como los músculos, se desarrollan con el uso y se atrofian con el desuso. En último análisis, le han sido impartidas por las propiedades auto-correctivas de la convención compleja que defiende la observancia de los contratos. Los estados son una imposición, a veces útil, a veces agobiante, siempre costosa, nunca legítima y nunca necesaria para la existencia de acuerdos obligatorios. Si lo fueran, resulta difícil concebir cómo podría ser creado el estado, “como si” fuera mediante un acuerdo, antes de que éste exista. Las teorías que al sostener su legitimidad quedan atrapadas con aparente facilidad en trampas lógicas de este tipo sólo pueden ser redimidas, si es posible que lo sean, por sus propiedades apaciguadoras, como si fuesen un opio secular para el pueblo.”

Tres razones para desinflar la burbuja del Estado

impuestosCuando los historiadores económicos se refieren a las grandes crisis económicas del siglo XX -y lo que va del siglo XXI- identifican cada caso con una burbuja. En la crisis de los años 1930, por ejemplo, los historiadores observaron burbujas bursátiles e inmobiliarias. La crisis dot-com de 2001 en Estados Unidos fue la burbuja bursátil de las acciones relacionadas a internet. La gran recesión de 2008, también en Estados Unidos, fue el desenlace de la burbuja inmobiliaria gestada desde fines de 2001. La crisis europea actual fue la de una burbuja inmobiliaria, seguida de una burbuja del gasto público que se ha pinchado en varios países, pero queda aún una brecha importante por corregir. Vale aclarar que las economías solo lograron recuperarse de las distintas crisis mencionadas cuando las burbujas se terminaron de desinflar y emprendieron un proceso de formación de capital a través del ahorro y la inversión.

En la Argentina de hoy la crisis que viene será asociada a la burbuja del gasto público, que se fue gestando desde 2003 y especialmente a partir de los dos gobiernos de Cristina Fernández de Kirchner, con sucesivos planes y programas.

Sin ánimo de ser exhaustivo, aunque presentados cronológicamente, recordamos ya en agosto de 2003 el Plan Manos a la Obra de Néstor Kirchner, seguido por la prolongación del Programa Remediar, la creación del Museo de la Memoria, el Plan Federal de Salud, el Plan Nacer Argentina, el Plan Espacial Nacional, el Programa de Becas del Bicentenario, el Programa de Apoyo de Infraestructura Universitaria, el Programa Argentina Trabaja, Fútbol para Todos, la asignación universal por hijo, el Fondo del Bicentenario para pagar la deuda externa, el Programa Conectar Igualdad, el Programa de Financiamiento Productivo del Bicentenario, Pakapaka, Tecnópolis, la recuperación de YPF, Procrear, el Programa Sumar (que fue una ampliación del Programa Nacer) o el Plan Raíces, entre otros.

Tres críticas presentamos los economistas a estos programas.

En primer lugar, que varios de estos programas y planes no se presentan como temporarios -mientras duró la crisis de 2002, con más de un 50 % de pobres y más de un 20 % de desempleados-, sino como continuos, garantizando a mucha gente una serie de ingresos que perdurarán en el tiempo. Esto evita que los beneficiarios tengan incentivos para buscar por sí mismos la generación de ingresos que les permitan abandonar esta dependencia del Estado. Más grave aún ha resultado el caso en que muchas personas rechazan posibilidades de trabajo para no perder un plan del Gobierno.

En segundo lugar, preocupa la sustentabilidad del gasto público total, el que no puede mantenerse aun con la mayor presión tributaria de la historia argentina, requiriéndose ahora de emisión monetaria para cubrir la brecha entre ingresos y gastos, y sometiendo a toda la población a niveles elevados de inflación. Axel Kicillof inició un proceso de ajuste por la vía de la inflación, pero el costo político de su sucesor será elevado, lo que puede implicar problemas de gobernabilidad para quien ocupe el sillón de Rivadavia en 2016.

En tercer lugar, desconocer que mucho de lo que estos programas hacen el mercado podría hacerlo por sí solo y de manera mucho más eficiente. Esto se vincula con el primero de los puntos planteados. Basta observar a nuestros países vecinos, con niveles de desempleo y pobreza radicalmente inferiores a los de Argentina, para comprender el daño que estos planes y programas le hacen a la población. Esto se vincula al debate que la Presidente ha querido abrir en distintos discursos -sobre qué Estado queremos-, pero al que nadie de la oposición atendió. Personalmente, pienso que el objetivo final debería ser que los argentinos tengan trabajo, ingresos propios, y a través de ese ingreso y el acceso a crédito puedan adquirir su casa, su auto o incluso pagar por los bienes y los servicios que deseen consumir, sean estos remedios, computadoras o incluso fútbol. En la medida en que esto se vaya logrando, el Estado debería ir reduciendo su tamaño, desmantelándose muchos de los programas y los planes o también los ministerios y las secretarías que este Gobierno ha creado. Que en esta “década ganada” el proceso haya sido contario a este ideal es una muestra de que hemos tomado el camino inverso al deseado. Que Daniel Scioli esté pensando hoy en crear nuevos ministerios y secretarías también es un camino opuesto al deseado.

Los economistas no exigimos un cambio hacia la anarquía y la desaparición inmediata de todos los planes sociales y programas, y menos aún en las condiciones de la Argentina en 2002 o 2003, sino un llamado de atención a los excesos de gasto que el kirchnerismo ha iniciado y el costo político y social que puede implicar revertir este proceso.

Tal como ocurrió en sucesivas crisis económicas, la Argentina no podrá retornar al crecimiento hasta que desinfle la burbuja del gasto público. Si la fase de desarrollo requiere inversión, como definió recientemente Miguel Bein -el asesor principal de Daniel Scioli-, y como sostiene también el equipo económico de Mauricio Macri, debemos tomar conciencia de que nadie querrá invertir en un país que mantiene un nivel de gasto público en torno al 50 % del PIB, con una inflación que supera -al menos- el 20 %, cuya presión tributaria es récord de todo el continente y que aún mantiene un déficit fiscal del 7 %-8 % del PIB.

El contexto internacional será menos favorable para Argentina en 2016

La Arena 1La posible suba en la tasa de interés de corto plazo de Estados Unidos, la desaceleración del crecimiento chino y la devaluación de Brasil implicarán un cambio de ciclo para la economía argentina.
 
Las distintas economías latinoamericanas son dependientes del precio de los commodities que representan sus principales productos exportables. Es el caso del crudo en Venezuela y Ecuador, el gas en Bolivia, el cobre en Chile y distintos alimentos e insumos en Argentina, Brasil, Perú y Colombia. Los precios de estos y otros commodities han alcanzado niveles récord en la última década, lo que condujo a estas economías a un afortunado ciclo de crecimiento económico.

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La liberalización económica en la India está destruyendo el anacrónico sistema de castas

En el muy interesante sitio Libertarianism, del Cato Institute, Jason Kuznicki comenta un trabajo de Swaminathan S. Anklesaria Aiyar que describe cómo el proceso de liberalización económica en India está destruyendo el injusto sistema de castas.

“Por décadas luego de su independencia India tuvo un sistema económico socialista, en el cual las empresas eran minuciosamente reguladas, la industria pesada fue nacionalizada, se fijaban cuotas oficiales de producción y había altas barreras para el ingreso al mercado. Este estado de cosas funcionaba junto con ciertos rasgos sociales tradicionales, incluyendo una rígida estratificación social bajo el sistema de castas. No es de extrañar que los individuos de las castas altas capturaran los favores especiales que ofrecía el socialismo. Esas castas dominaban la industria india, no por mérito, sino por influencia política.

castas

Estos dos sistemas, el de castas y el socialismo, supuestamente eran enemigos. Los socialistas indios clamaban por eliminar las desigualdades del sistema de castas. Sin embargo, favorecían métodos que no funcionaban. Cuotas políticas y prohibiciones oficiales sobre la discriminación de castas solo crearon una pequeña capa de ‘dalits’ políticamente conectados. Sin embargo, la pobreza extrema, la falta de movilidad, y una discriminación social severa era lo que esperaba al resto.

Estudios en este campo pueden permitir aprender un par de cosas a los libertarios. Una lección clave es simple: rara vez una elite subalterna designada genera una mejora genuina para la gran mayoría de los oprimidos. Más a menudo perpetúan la opresión, poniéndoles una cara agradable. Esas elites designadas pueden canalizar y muchas veces disipar el descontento legítimo de los subalternos. Simplemente: ¿cómo pueden estar las cosas tan mal si tenemos ‘dalits’ en el parlamento?

Así es como el socialismo se acomodó muy bien a la estratificación social en la India. En su base, ambos están muy cerca: una sociedad socialista no puede dejar de ser estratificada, porque asigna a unos pocos, bien conectados, la dirección de la actividad económica del país. Los que están bien conectados pueden poner las normas para ingresar al club. Y para ello, la estratificación tradicional es muy útil. Conoce al nuevo jefe, el mismo que era jefe antes. …

Una de las grandes cosas del orden de mercado es que deja de lado toda esta fachada. El capitalismo no designa a nadie en la junta directiva para eliminar el elitismo. No reserva lugares especiales en el Parlamento. El orden de mercado llega sin que lo quieran y no se confía en él. Su primer punto de entrada, en general, es el mercado negro.

Y sin embargo el capitalismo construye casas de ladrillos. Y hace televisores. La comida abunda y es barata. Produce ventiladores eléctricos, bicicletas y motos. Y desde que los líderes indios comenzar a liberar la economía en los 1980s, los dalits –el estrato más bajo del sistema de castas- han visto incrementos sustanciales en todos estos bienes de consumo.

El proceso de mercado también genera emprendedores –gente de todo tipo que tiene alguna idea de lo que los consumidores pueden necesitar, y tienen la disciplina para actuar sobre esa visión. Y los emprendedores no proceden solo de la élite. Están dispersos en toda la sociedad. No son resultado de una cuota gubernamental, y una licencia para un negocio no hace a un emprendedor. Mientras la economía india era dominada por contactos y familias de las castas altas, ahora lo que más importa es el precio, no la casta, del proveedor. Han comenzado a proliferar los millonarios ‘dalit’.

A diferencia del socialismo, el resto también comienza a mejorar. En una encuesta entre dalits, ‘el 61% en el este y el 38% en el oeste dijo que su situación en relación a alimentos y vestimenta era ‘mucho mejor’. Solo 2% dijo que estaba estancado o peor. Y el viejo sistema opresivo se está derrumbando: tradicionalmente los dalits se sentaban aparte en los eventos sociales, como casamientos, para no ‘contaminar’ a los invitados de castas altas. Esa práctica se ha reducido de 77,3% a 8,9% en Utah Pradesh este, y de 73,1% a 17,9% en el oeste.

Es una práctica entre muchas, pero indicativa de una tendencia –una tendencia familiar a países que se han liberalizado. En Occidente, mujeres, judíos, otras minorías religiosas, gays y lesbianas y otros fueron tradicionalmente marginalizados y todos han de agradecer al mercado por ello. Los mercados brinda independencia económica, y esto significa que no tienes que aceptar el absurdo tradicional si no quieres. Si nos tratan mal, saldremos adelante sin ustedes.”

Las elecciones políticas determinan ganadores y perdedores: no ocurre lo mismo en el mercado

Con los alumnos de la materia Public Choice para el Master en Política Económica de SMC University, analizamos las similitudes y las diferencias entre las decisiones que tomamos en el mercado y en la política. Si bien, los autores fundacionales de esta escuela enfatizaron la existencia de “intercambios” tanto en un caso como en el otro, también comprendieron sus diferencias. Éstas las señala aquí Bruno Leoni, en un artículo titulado “El Proceso Electoral y el Proceso de Mercado”, (Libertas 27, Octubre 1997) publicado originalmente en Il Político, vol. XXV, N° 4 (1960). Reproducido como apéndice en Freedorn and The Law, Liberty Fund Inc., Indianapolis 1991:

“Si bien pueden existir muchas similitudes entre los votantes y los operadores de mercado, las acciones de ambos distan mucho de ser semejantes. Los votantes no parecen tener normas de procedimiento que les permitan actuar con la flexibilidad, independencia, coherencia y eficiencia que demuestran los operadores del mercado, que hacen elecciones individuales. Por cierto, en ambos casos las acciones que se llevan a cabo son individuales, pero se impone la conclusión de que el voto es un tipo de acción individual que, casi de modo inevitable, sufre cierto grado de distorsión al ser ejercida.

Elecciones

La legislación, considerada como resultado de la decisión colectiva de un grupo -sea la de todos los ciudadanos, como en las democracias directas de la antigüedad, o la de algunas pequeñas unidades democráticas en la edad media o en los tiempos modernos-, parece ser un proceso de creación de leyes que casi no puede ser identificado con el proceso de mercado. Únicamente los votantes que pertenecen a las mayorías triunfadoras (si, por ejemplo, se vota por la regla de la mayoría) son comparables a los operadores del mercado.

En cuanto a aquellos que integran las minorías perdedoras, ni siquiera pueden compararse con los que operan en el mercado en pequeña escala, porque debido a la divisibilidad de los bienes (que constituye el caso más frecuente) éstos al menos pueden encontrar algo que elegir y obtenerlo, siempre que paguen el precio correspondiente. La legislación es el resultado de una decisión de todo o nada. O se gana, y entonces se consigue exactamente lo que se desea, o se pierde y no se consigue nada en absoluto. Lo que es aun peor, se obtiene algo que no se quiere y se paga por ello lo mismo que si se lo hubiera deseado. En este sentido, los que ganan y los que pierden en una votación son como los vencedores y los vencidos en un campo de batalla. En efecto, la votación es más bien el símbolo de un combate que la reproducción de una operación de mercado.

Bien mirado, no hay nada de “racional” en el acto de votar que pueda compararse con la racionalidad imperante en el mercado. Obviamente, la votación puede estar precedida por argumentaciones y negociaciones, y en este sentido sería tan racional como una operación en el mercado; pero cuando llega el momento de emitir el voto, ya no se puede argumentar o negociar más. El individuo se encuentra en otro plano. Las boletas se acumulan como si se acumularan piedras o conchillas, lo que implica que uno no gana porque tenga más razón que otros, sino sólo porque cuenta con más boletas. En esta operación no se tienen socios ni interlocutores, sólo aliados o enemigos. Por supuesto que la acción de un individuo puede ser considerada tan racional como las de sus aliados y las de sus enemigos, pero el resultado final no es algo que pueda explicarse sencillamente como un escrutinio o una combinación de sus razones y las de aquellos que votaron en su contra. Este aspecto de la votación se refleja naturalmente en el lenguaje que emplean los políticos: éstos hablan de muy buena gana de campañas que se deben emprender, de batallas que es preciso ganar, de enemigos contra los cuales hay que luchar.

Ése no es el lenguaje del mercado, y la razón es obvia: en el mercado la oferta y la demanda no sólo son compatibles sino complementarias; en la arena política, a la que pertenece la legislación, la elección de los ganadores por un lado y la de los perdedores por otro no son complementarias, ni siquiera compatibles. Es sorprendente comprobar cómo los teóricos y el ciudadano común pasan por alto esta consideración tan simple -más bien diría tan evidente- sobre la naturaleza de las decisiones grupales (y en particular sobre la votación, que es el procedimiento usual para tomarlas).

Alberdi comenta el papel del Cristianismo en la historia. Tal vez el Papa Francisco debería leerlo

Con el título “LA OMNIPOTENCIA DEL ESTADO ES LA NEGACIÓN DE LA LIBERTAD INDIVIDUAL*, presentó una conferencia el Dr. Juan Bautista Alberdi, el 24 de Mayo de 1880, en la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales, en oportunidad de la Colación de Grados realizada para otorgarle el Título de Miembro Honorario. En el siguiente texto, comentan a Alberdi el Alm. Carlos A. Sánchez Sañudo y el Dr. Edgardo Manara en el Colegio de Escribanos de la Ciudad de Buenos Aires el 26 de Agosto de 2003:

Alberdi 2

LA GRAN REVOLUCION DEL CRISTIANISMO

“Pero la gran Revolución que trajo el Cristianismo en la noción del hombre, de Dios, de la familia, de la sociedad toda entera cambió radical y diametralmente las bases del sistema greco-romano”.

“El Cristianismo no era la religión de una familia, de una ciudad ni de ninguna raza. No pertenecía ni a una casta ni a una corporación. Desde su comienzo llamaba a la humanidad toda entera. Jesucristo decía a sus discípulos: Id a instruir a todos los pueblos. Para este Dios que era único y universal no había extranjeros; no fue un deber para el ciudadano detestar al extranjero. El Cristianismo es la primera religión que no haya pretendido que el derecho dependiese de ella. Haciendo de cada hombre el hermano de otro hombre a quien debe respeto y amor de hermano, el Cristianismo ha creado la igualdad, es decir, la libertad de todos por igual”, agrega Alberdi.

“Sin embargo, el renacimiento de la civilización antigua entre las ruinas del Imperio Romano y la formación de los estados modernos, conservaron o revivieron los cimientos de la civilización pasada y muerta, no ya en el interés de los estados mismos, todavía informes, sino en la de los gobernantes, en quienes se personificaba la majestad, la autoridad y la omnipotencia del estado.”

“De ahí el despotismo de los reyes absolutos surgidos de la feudalidad de la Europa regenerada por el Cristianismo. El estado continuó siendo omnipotente respecto de cada persona, pero personificado en su soberano, en sus monarcas, no en sus pueblos.”

“La omnipotencia de los reyes tomó el lugar de la omnipotencia del Estado. Quienes no dijeron “El Estado soy yo”, lo pensaron y creyeron, como aquel que lo dijo” destaca Alberdi.

“Luego, sublevados contra los reyes, los pueblos los reemplazaron en el ejercicio del poder; la soberanía del pueblo tomó el lugar de la soberanía de los monarcas, aunque teóricamente. Pero lo importante es lo que veremos ahora, la división que, a partir de este introito greco-romano. Alberdi hace de la patología política contemporánea, que explica la de nuestros días y también nuestras crisis progresivas e ininterrumpidas.