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Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

El descalce de plazos no es la causa del ciclo económico, parte 2

Hace unos días subí un post en el que ofrecía algunos argumentos a favor de la hipótesis de que el descalce de plazos no es la causa del ciclo económico. Inmediatamente, Rallo ofreció una réplica sistemática, lo que abrió un diálogo en diversos grupos de redes sociales y blogs que manifiestan el interés que hay en el tema. A continuación intentaré una réplica.

Aclaración previa: Si bien en las redes sociales han surgido defensores de la posición Rothbard-Huerta de Soto, por el momento prefiero concentrarme exclusivamente en la posición Fekete-Rallo (la que incluye por supuesto a otros economistas, especialmente a Gabriel Calzada y José Ignacio del Castillo, con quienes he conversado sobre estos temas en varias oportunidades). Es por ello que dejaremos fuera del análisis a los depósitos a la vista, porque pueden generar confusión. Cuando de aquí en más diga “depósitos”, me referiré especialmente a los depósitos a plazo fijo, en el que el “depositante” pierde la disponibilidad del dinero por el plazo del contrato. Quedará para otro post, extender el análisis incluyendo los depósitos a la vista.

  1. Lo primero en lo que quiero insistir es en el argumento de que el descalce de plazos no es la causa del ciclo económico y para ello puede servir un contraejemplo. Imaginemos que un banco capta un depósito de 10.000 dólares a un año. Imaginemos ahora que el banco presta estos 10.000 dólares a diez años. Se podrá decir que cumplidos los primeros 365 días, el banquero no podrá cumplir su compromiso de devolver el dinero al depositante. Sin embargo, imaginemos que el banquero logra captar el último día del primer año otro depósito por el mismo monto, y nuevamente por un plazo de un año. El primer depositante habrá recibido su dinero, pero ahora hay un segundo depositante que corre el riesgo de perder su capital. Al cierre del segundo año, digamos entonces que el banquero logra captar nuevamente un depósito que le vuelve a permitir cumplir su compromiso. Digamos que esto ocurre una y otra vez hasta que llega el décimo año, y el banco recupera su préstamo inicial de 10.000 dólares, pudiendo cancelar –con ese dinero- el último compromiso.
  2. Nótese que el caso podría extenderse a muchos bancos y muchos depositantes, sin alterar la conclusión. Da igual que tengamos un “depositante” por 10.000 dólares, que 10.000 depositantes de un dólar. Da igual que el valor sea de 10.000 dólares que 10 billones de dólares. Da igual que en lugar de un banco hablemos de diversos bancos.
  3. En el punto 3 de la réplica, coincidimos con Rallo en que “[e]l ciclo es un fenómeno macroeconómico, no microeconómico, y en parte debemos explicar por qué la lógica individual puede conducir a descoordinaciones agregadas. Si todos los ahorradores han invertido a plazos y riesgos superiores a los que están dispuestos a asumir, ¿pueden todos ellos deshacer su posición? No, no pueden…” Nótese, sin embargo, que el contraejemplo muestra que el descalce de plazos no generó ningún problema, ni en el banco individual, ni en cada uno de los depositantes, ni tampoco en el sistema bancario.
  4. Nótese también que no se da aquí un efecto Ponzi, porque no se requieren nuevas “víctimas” recurrentemente para evitar el colapso del sistema. Es cierto que el primer año, el banco cancela su deuda con dinero de otro cliente, pero al cumplirse el décimo año, el banco recupera el depósito inicial, y con ello, cancela todas sus deudas.
  5. Nótese que si el banco tuviera problemas para captar un depósito a tiempo para cumplir su contrato, podrá subir el tipo de interés que paga al “depositante”, y con ello –en la medida que no tenga serios problemas de solvencia- lograría asegurarse la obtención de fondos.
  6. Nótese que el caso imaginario, no es otra cosa que la forma en que la banca ha operado históricamente desde sus inicios.
  7. Nótese que el caso incluye cierta incertidumbre, porque el banquero podría llegar al final del primer año sin captar el o los depósitos suficientes para cumplir su compromiso. Esto sin embargo, no debiera preocuparnos. El banquero ejerce en este sentido la función empresarial, al igual que millones de empresarios que día a día arriesgan capital en cada uno de sus contratos (explícitos o implícitos).
  8. Nótese que nada diferencia al banquero de un dueño de un restaurante que al cierre del período no logró vender los cubiertos suficientes para pagarle a sus empleados. La pregunta que surge entonces es por qué le vamos a exigir a la industria bancaria mayor certidumbre que al resto de las industrias.
  9. Creo que todos coincidimos que el descalce de plazos tendrá distintas consecuencias en distintos marcos institucionales. Quizás ayude en este debate mostrar qué ocurre bajo un sistema de banca libre con reserva fraccionaria, en comparación con un sistema de banca central. El mensaje de Rallo es parcialmente correcto bajo la órbita del banco central (como lo es también el ataque de la posición Rothbard-Huerta de Soto a las reservas fraccionarias), pero no bajo banca libre. Bajo un sistema de banca central, seguramente el “descalce” será mayor, porque los banqueros saben que hay un prestamista de última instancia que ofrecerá la liquidez necesaria para rescatarlos de problemas de iliquidez. Bajo un sistema de banca libre descentralizado y competitivo (White 1984, Selgin 1988, Dowd 1992) tal posibilidad de recurrir a un prestamista de última instancia desaparece, lo que obliga a los banqueros a comportarse más responsablemente. Recordemos que en competencia el éxito de un banco está en construir reputación. Pienso que el descalce de plazos bajo un sistema de banca libre con reserva fraccionaria será más limitado y no causará ciclos económicos, pues se comportaría como de hecho mostramos en el contraejemplo. En tal caso, los bancos no solo “no son los motores de este proceso distorsionador” (Rallo, punto 6), sino que al contrario, intermediando entre ahorristas e inversores, permiten la estabilidad del sistema.
  10. Aplicado al caso de Escocia, los bancos emisores competían unos con otros. El sistema de compensación bancaria justamente obligaba a cada banco a manejarse responsablemente. Si un banco sobre-expandía su oferta de billetes  bancarios rápidamente veía disminuir sus existencias de oro, lo cual lo obligaba a cambiar, o bien, lo conducía a la quiebra (Mises 1949).  Pero de nuevo, la quiebra de un banco, no implica la quiebra del sistema. En el caso escocés, especialmente en la primera etapa, hubo un proceso de prueba y error que dejó algunos  bancos en el camino, pero con el tiempo la reputación de algunos bancos fue construyendo un sistema sólido donde el descalce de plazos no representó un problema.
  11. Nótese que para Rallo (punto 7) “[e]l análisis institucional –que elementos refuerzan o frenan el descalce de plazos– viene después una vez poseemos un sólido análisis económico.” Sin embargo, si coincidimos que el ciclo económico es causado por una “descoordinación generalizada”, y entendemos también –a través del contraejemplo- que el descalce de plazos en sí mismo no genera ese problema, entonces lo que importa es el marco institucional que hace que la descoordinación sea generalizada. Concluyo entonces que es Rallo quien coloca el carro delante del caballo (punto 8).
  12. Resumiendo, coincidimos con Rallo que el problema del ciclo económico está en una descoordinación generalizada. Creo haber mostrado que el descalce de plazos no es la causa de esta descoordinación. Si un banco, en una situación excepcional no consigue financiamiento para cubrir sus baches, ni siquiera aumentando los tipos de interés, entonces debemos estudiar concretamente el caso. Ya dijimos que si el problema es individual, entonces es otro problema. s el caso se generaliza, entonces estamos ante «el problema». Pero “ese” factor exógeno, será la causa del ciclo económico.
  13. Para cerrar, nótese que la posición de Rallo tiene un condimento keynesiano importante. El ciclo económico se produce ahora por un factor endógeno del capitalismo. Rallo no concluye de ello que el Estado deba intervenir para calzar los plazos, pero en lo que concierne a las causas del ciclo, la posición de la teoría de la liquidez parece fortalecer la visión keynesiana (y quizás marxista) sobre la inestabilidad inherente del capitalismo.

Por lo demás, han quedado dos puntos de la réplica de Rallo, no tratados arriba.

  1. El punto 1 me parece algo contradictorio. Por un lado se afirma no enfrentarse a la teoría austriaca tradicional, pero a paso siguiente se la critica. Al margen, como ha señalado Nicolás, es correcto señalar que el mercado funciona con una curva de rendimientos, y no con una única tasa de interés (reconocido en sus escritos por Mises, Hayek, etc.) Pero no es menos cierto que el sistema financiero opera arbitrando esa curva. Pasar de una tasa de interés única (como si toda la curva se moviese en paralelo) a una curva de rendimientos puede dar más insight y detalles, pero no veo porque debe cambiar la teoría.
  2. Dice Rallo: “Es una ilusión (de la que la Escuela Austriaca es en parte culpable) el pensar que existe un solo mercado intertemporal…” En Mises, sin embargo, queda claro que hay tantas tasas de interés originarias como individuos participan en la sociedad, vinculando esta tasa de interés a la preferencia temporal de cada sujeto. Dicho esto, bajo micro-fundamentos adecuados, no veo inconvenientes en afirmar que existe un mercado de fondos prestables –al estilo Garrison- que determina un tipo de interés a partir de la oferta y demanda agregada de ahorros que hay en el mercado.

La teoría austríaca del ciclo económico

EbelingSe nos ha pedido muchas veces que recomendemos un artículo simple que exponga la teoría austriaca del ciclo económico. De mi parte, creo que Richard Ebeling ha ofrecido una buena síntesis en este artículo que compartimos, publicado originalmente por FEE como Freedom Daily, traducido al español por Verena Wachnitz.

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El descalce de plazos no es la causa del ciclo económico

cicloVarios lectores nos han consultado a los editores de este blog qué pensamos acerca de la teoría de la liquidez de A. Fekete y J.R. Rallo. Lo que escribo aquí no es “nuestra posición”, sino un comentario mío, individual, incluso escrito con algo de apuro, acerca de un punto central de esta teoría, la que esperamos estudiar y comentar más adelante y de un modo más general, cuando el tiempo nos permita profundizar mejor en ella.

Lo primero que quiero destacar es que no debemos confundir el ciclo económico, con la quiebra de uno o unos pocos bancos. Son cosas distintas. Un banco puede quebrar por cientos de causas distintas, y posiblemente el campo de la administración financiera o la administración bancaria ayude a ofrecer fundamentos sobre estos errores que un banquero puede cometer.

Una de esas causas podría ser el descalce de plazos. Si un banco toma “depósitos” (que para nosotros son préstamos) a un año, y luego los presta a veinte años, puede ocurrir que el “descalce” conduzca al banco a la quiebra.

Pero la administración financiera nos enseña que debemos distinguir un problema “financiero” de un problema de “solvencia”. Si el problema es de “liquidez” pero el banco es solvente, entonces muchos otros bancos podrán prestar dinero a este banco en problemas para que pueda cumplir sus contratos y evitar la quiebra. Deberá pagar un interés por esos préstamos que sanean su problema financiero, pero el banco tiene respaldo con el que cumplir sus contratos.

Si por el contrario el banco tiene un problema financiero, pero además tiene un problema de solvencia, entonces pocos o ningún banco querrá comprometer su patrimonio ofreciendo créditos al primero, dado que estaría arriesgando su propio capital o el de sus clientes y comprometería con ello su situación patrimonial y su reputación.

Dicho esto, tomemos el sistema monetario y bancario que tomemos, siempre habrá descalce de plazos, pero no siempre será un problema.

Por ejemplo, el famoso ejemplo de Escocia que estudia Larry White (1984) explica que durante más de un siglo hubo estabilidad monetaria y bancaria bajo un sistema de banca libre, en el que varios bancos emisores de forma competitiva y descentralizada podían emitir sus propios billetes bancarios respaldados en oro. ¿Por qué este sistema era estable? Brevemente, porque existía un sistema de compensación bancaria que permitía evidenciar si un banco tenía una mala performance en la administración de su empresa.

¿Había descalce de plazos entonces? Seguramente, pero si el “descalce” tomaba una magnitud que comprometía el patrimonio del banco, entonces este quebraba, sin perjudicar al resto del sistema. Esto en sí mismo no era un ciclo económico, sino una quiebra de una empresa individual que manejó mal su patrimonio.

Decir que en la crisis subprime el problema fue el descalce de plazos, puede ser correcto si nos quedamos en el plano del arte de la administración bancaria, pero no lo es desde un punto de vista económico. ¿Qué quiero decir con esto? Que corresponde a un auditor contable explicar las razones por las cuales un banco quebró, pero corresponde a los economistas explicar las razones por las cuales todos o casi todos los bancos fallaron al mismo tiempo. Si en la crisis subprime el descalce de plazos fue global y además tomó una magnitud inmanejable, debe haber una causa institucional que lo generó, a saber, el monopolio de emisión. Esa explicación es la que debemos atender los economistas.

Cuando Rothbard-Huerta de Soto y White-Selgin discuten acerca de “la causa” del ciclo económico, no están trabajando en el plano de la administración bancaria, sino en este marco institucional. Los primeros concluyen que el problema es la reserva fraccionaria. Los segundos concluyen que el problema no puede ser la reserva fraccionaria sino el monopolio de emisión. La discusión sigue y en ese plano seguimos trabajando.

Aquí Rallo ofrece otra respuesta, pero en mi opinión no compite con estas otras dos, porque lo hace desde un plano diferente.

Valoro el trabajo que viene desarrollando Rallo durante estos últimos años precisamente porque está conectando dos áreas que hasta el momento no se comunicaban. Sin duda, los intelectuales de ambas pueden aprender unos de otros, pero concretamente sobre el tema del título de este post, me parece que el descalce de plazos no es la causa del ciclo económico. El descalce de plazos (generalizado y de magnitud) es más bien la consecuencia de un marco institucional inadecuado sobre el que tenemos que seguir trabajando.

Gary Becker y la economía del matrimonio

BeckerProfesor, ¿no está usted exagerando cuando dice que algunas personas se casan para mejorar su situación económica?

G. B.: No, no lo creo así… ¿Es usted casado?

No, aún no.

G. B.: ¿Y por qué no se ha casado?

Porque no he encontrado a la persona con quien hacerlo.

G. B.: Muy bien, entonces usted no puede encontrar a la persona que pueda mejorar su situación.

Bueno, yo no busco una persona para mejorar mi situación; es simplemente porque no encuentro a la persona indicada.

G. B.: Pero es que la persona forma parte de su mejoramiento, de su desarrollo. Cuando yo digo “mejorar”, no quiero decir simplemente enriquecerse, quiero decir que se trata de encontrar a alguien que ayudará a que su vida sea más feliz.  Simplemente, más feliz. Y usted no ha encontrado a la persona que hará su vida más feliz. Eso es lo que yo quiero mejorar. Hacer su vida más feliz. Las personas se casan cuando la utilidad esperada en el matrimonio excede la utilidad esperada de quedar soltero.

¿Y esa misma lógica puede aplicarse a las personas que se divorcian?

G. B.: En efecto, las parejas se divorcian cuando la utilidad de estar casadas cae por debajo de la utilidad esperada de estar divorciadas, cuando ellos ya no obtienen ningún placer de estar casados. Es decir, los buenos matrimonios están basados sobre las buenas decisiones de negocios. Cuando yo digo que las personas se divorcian, quiero decir que las personas hacen eso porque se dan cuenta que, bueno, no son muy felices ahora, y quizás puedan encontrar a otra persona que los haga felices. Ese es el sentido de lo que yo digo por mejorar. En parte, es su caso. Yo diría que mi teoría se aplica a su comportamiento. Usted  todavía no ha encontrado a alguien que pueda hacer su vida más feliz.

¿Y no hay algún espacio para el amor en toda esta discusión?

G. B.: Por supuesto, en muchos matrimonios hay un elemento de amor, de afecto. Yo no creo que haya simplemente una relación de negocios. Hay amor, algunas veces odio. Hay culpabilidad, obligación, y esas cosas entran al matrimonio, pero al mismo tiempo hay transacción porque las personas hacen diferentes cosas que son parte de un negocio. En todo caso, ¿se trataría de una relación entre la felicidad y la economía?

G. B.: Es que el término economía es muy amplio. No es sólo dinero. Es también amor. Yo he hablado de cosas como el amor, la obligación. La compatibilidad sexual; todas estas cosas deben entrar dentro de la economía. Eso es lo que quiero recoger de la economía. Yo trato de expandir los límites de lo que es la economía no sólo de dinero, no sólo de dólares o centavos.

Pero a nivel mundial, sería muy difícil incluir todo esto en la economía.

G. B.: Claro, porque en el mundo la economía es más importante que el amor. Si el Perú realiza un intercambio comercial con un vecino, no lo va hacer por amor, sino porque está esperando mejorar su situación. Lo mismo que pasa en Estados Unidos. ¿Usted cree que nosotros firmamos acuerdos porque amamos a México y Canadá? No. Ellos tampoco lo hicieron porque nos aman. Nosotros lo hicimos porque pensamos que podíamos mejorar nuestro comercio con ese acuerdo. Y así, mucho de lo que se hace alrededor del mundo no es por amor. Parte del mundo es amor; dentro de la familia, por ejemplo. Adam Smith, el más famoso de los economistas, dijo en 1776 que en la mayoría del mundo usted no puede conseguir las cosas basado sobre el amor sino sobre la base de la creencia de que cada persona mejorará con el intercambio. Y en todo el mundo es así. No es por amor.

Entrevista al Premio Nobel de Economía 1992: Gary Becker y la Economía del Sentido Común.
Por: FERNÁNDEZ-BACA, Jorge.
Revista de Derecho Themis. N°25, pg. 50.

Nuevo número de la revista Procesos de Mercado

PMProcesos de mercado, la revista europea de economía política, acaba de editar el primer número de 2013 (Año: 2013, Vol.: 10, Número: 1)

Para poder bajar los artículos habrá que esperar unos meses, pero ya se pueden descargar todos los ejemplares publicados entre 2004 y 2012 desde la página web del profesor Jesús Huerta de Soto (en revista Procesos de Mercado).

Abajo el índice de este último número.

INDICE

La decisión como acción humana: aportaciones de las neurociencias – María Blanco González (págs. 13-36)

Bruno Leoni and the socialist economic calculation debate – Carmelo Ferlito (págs. 37-64)

Will Greece go Bankrupt and kill the euro? – Herbert G. Grubel (págs. 65-90)

New paths in Austrian Macroeconomics – William Barnett II, Walter E. Block (págs. 91-114)

Presupuestos 2007-2012 y reducción del gasto público para obtener el crecimiento económico de España – Angel Fernández (págs. 115-194)

Individual secession and extraterritoriality – Joakim Kämpe (págs. 195-239)

Political Union? Some critical reflections – Otmar Issing (págs. 243-248)

La eficiencia del mercado, más allá de los modelos matemáticos – Daniel Lahoud (págs. 249-268)

Real austerity – Mark Thornton (págs. 269-274)

Islamic banking – Christian Castro (págs. 275-288)

Boisguilbert: un pré-physiocrate et un post-oresmien? Un parcours comparé d’histoire de la pensée economique française – Giovanni Patriarca (págs. 289-302)

Kavafis and Mises: means and end – Spyros Mallios (págs. 303-310)

Gary North: a critique – Walter Block (págs. 311-328)

El centenario de Keynes: la crítica austriaca – F. A Hayek (págs. 331-342)

El futuro del liberalismo – Ludwig von Mises (págs. 343-348)

Nuevos «ismos» que amenazan la libertad – Gerhard Schwarz (págs. 349-360)

Refexión de domingo: ¿Está muriendo la economía teórica?

matUna nota de Sebastián Campanario en La Nación invita a analizar el crecimiento de la economía ateórica.

Copiamos algunos extractos que invitan a la reflexión:

Hay académicos de renombre que proclaman, en forma provocativa, «el fin de la teoría» con un dato cuantitativo difícil de refutar: en las revistas especializadas, la cantidad de estudios teóricos cae en picada, mientras que los trabajos empíricos o experimentales, con «datos reales», están en pleno auge. […]

Smith apela a un trabajo que releva los tipos de estudios publicados en revistas especializadas entre 1963 y 2011 -centenares de miles-, y allí se ve que los textos teóricos eran más de la mitad en las primeras décadas, y llegaron a un pico del 57,6% en 1983. En ese mismo año, las investigaciones empíricas apenas superaban el 35% y los papers experimentales no llegaban a 1% (el resto estaba en la categoría de «teoría con simulaciones»). […]

A partir de 1987 comienza el tobogán de la teoría económica. Los estudios de este tipo bajan a 32% del total en 1993, a 28% en 2003 y a 19,1% en 2011. Dos años atrás, el segmento estrella es el de investigaciones empíricas con datos propios (34%), seguido por el de las empíricas con datos prestados (29,9%). Los trabajos que describen experimentos ya ocupan 8,2% del «ancho de banda académico», mientras que los teóricos con simulaciones están apenas por encima, con 8,8 por ciento del total. […]

¿Cuál fue el meteorito que impactó contra el planeta de la teoría económica a mediados de los ochenta e hizo extinguir a los viejos dinosaurios? Smith arriesga que los trabajos de Daniel Kahneman y de Richard Thaler, que desde la economía del comportamiento mostraron que el proceso de decisión no es racional, como suponía la economía neoclásica, tuvieron mucho que ver, al igual que los de Vernon Smith (que reveló que aun mercados muy simples no se comportaban en la forma que muchos economistas habían asumido durante décadas) o de Colin Camerer, que se puso a escanear cerebros para dilucidar los misterios de la «caja negra» del proceso de toma de decisiones en economía

 

Reflexión de domingo: ¿Puede sobrevivir el capitalismo?

ABLJoseph Schumpeter en su Capitalismo, socialismo y democracia contesta a la pregunta formulada en el título de esa nota con un rotundo “no, no creo que pueda”. Por su parte, Benjamin Rogge en Can Capitalism Survive? también es pesimista respecto al futuro de este sistema y Ludwig von Mises, en La mentalidad anticapitalista, detalla los motivos de los generalizados perjuicios contra ese orden social y, por último, para aludir a la bibliografía más relevante en la materia, dos ensayos largos, uno de Robert Nozick titulado “Why Do Intellectuals Oppose Capitalism?” y otro de Friedrich Hayek titulado “The Intellectuals and Socialism”, que desde ángulos distintos centran su atención en la aversión al capitalismo por parte de muchos de los intelectuales.

Es por cierto un tema complejo pero antes de encararlo telegráficamente, señalo que me parece más preciso y ajustado a lo que se intenta describir, destacar que la expresión “liberalismo” es más apropiada que la de “capitalismo”. Esto nos parece así porque el primer término abarca múltiples aspectos de la condición humana, mientras que el segundo aparece como circunscripto a lo crematístico (además de ser una palabra acuñada por Marx). Esta objeción es en cierto sentido refutada por Michael Novak quien deriva la expresión de caput, es decir, de mente, de creatividad.

De cualquier manera, el hilo argumental por el que surge el pesimismo no significa derrotismo puesto que como escribe Schumpeter en la obra citada, “la información de que un barco se está hundiendo no es derrotista. Tan solo puede ser derrotista el espíritu con que se reciba esta información: la tripulación puede cruzarse de brazos y dejarse ahogar […] Si los hombres se limitan a negar sin más la información, aunque esté escrupulosamente comprobada, entonces es que son evasionistas […] La prognosis no implica nada acerca de la deseabilidad del curso de los acontecimientos que se predicen. Si un médico predice que su paciente morirá en breve, ello no quiere decir que lo desee”.

Pero ¿en que se basa buena parte de los estudios más o menos pesimistas respecto al futuro de la sociedad abierta? En una combinación de factores que tomados en conjunto pueden resumirse con algunos retoques en los siguientes ocho puntos cruciales.

Primero, en las faenas de intelectuales que no conciben que la sociedad abierta descansa en ordenes espontáneos en los que el conocimiento disperso y fraccionado es coordinado y sustentado en procesos en los que los respectivos intereses particulares confluyen en sumas positivas, en un contexto donde son respetados marcos institucionales a su vez basados en el derecho de cada cual. Rechazan procedimientos en los que los planificadores no participen activamente en la manipulación de recursos de terceros.

Segundo, ese tipo de intelectuales muchas veces también sustentados en la pura envidia y el desprecio por la competencia en el mercado laboral,  no aceptan que empresarios que consideran incultos “solo capaces de producir hamburguesas y similares”, obtengan ingresos mayores que los que ellos perciben.

Tercero, estos intelectuales encuentran apoyo firme en los burócratas puesto que la aceptación de sus ideas les conferirá mayor poder y facultades para intervenir en vidas y haciendas ajenas, a contracorriente de la eficiente asignación de los siempre escasos factores productivos.

Cuarto, esos intelectuales proceden a incursionar en colegios y universidades privadas y estatales y en instituciones internacionales financiadas por gobiernos donde difunden sus ideas estatistas, lo cual expande la aversión contra el capitalismo que sostienen se basa en “la explotación”, en “prácticas monopólicas” o en la mera “suerte”.

Quinto, paradójicamente los barquinazos producidos por el estatismo son endosados por los referidos intelectuales al  capitalismo.

Sexto, los empresarios tienden a seguir el conocido dicho de “mind your own business” con lo que no se ocupan de defender sus empresas frente a los mencionados embates, a lo que se agrega que las más de las veces no sabrían como hacerlo puesto que sus talentos no abarcan esas actividades a pesar de que son el soporte de su misma existencia (no solo eso sino que muchas veces demuestran no tener la menor idea de cómo funciona el sistema en el que operan, para no decir nada de los prebendarios o antiempresarios que, aliados al poder, abiertamente rematan todo vestigio de competencia). Más aún, es frecuente que el común de los empresarios procedan con complejo de culpa por lo que inventan figuras como la llamada “responsabilidad social del empresario” (la mejor crítica que he leído sobre este invento es la de Milton Friedman) al efecto de “devolver a la comunidad” lo que el medio estima “les han quitado”. También sucede en ámbitos intervencionistas que a medida que las fauces estatales avanzan, las llamadas empresas privadas en la práctica dejan de serlo debido a las numerosas regulaciones, con lo que la gente termina por sostener que los servicios comerciales privados son tan deficientes como los gubernamentales, lo cual es cierto puesto que resulta que el personal se convierte de hecho en burócrata con los consecuentes cambios drásticos de incentivos, conclusiones aquellas sobre la mala atención que aceleran el desgraciado proceso que comentamos. Por ejemplo, banqueros que se convierten en dependientes de la banca central (y cuando se llega al extremo de la confiscación de depósitos no asumen su responsabilidad sino que se escudan tras el aparato estatal).

Como una nota al pie a este sexto punto, es pertinente recordar que Juan Bautista Alberdi dedica treinta y siete capítulos del octavo tomo de sus obras completas al formidable empresario William Wheelwright, donde consigna sus coincidencias con Herbert Spencer (de su obra Exceso de legislación) en la tarea bienhechora y grandiosa de los empresarios en un clima de libertad donde naturalmente queda excluido el fraude, la fuerza y la cópula hedionda con el poder. En este sentido, destaca que en las calles y plazas públicas, en lugar de colocar nombres de reyes, gobernantes y guerreros que habitualmente ponen palos en la rueda, deberían instalarse los de empresarios ya que a ellos se debe la luz, la calefacción, la telefonía, las comunicaciones aéreas, terrestres y marítimas, la prensa, las maquinarias agrícolas, los fertilizantes, la medicina, la alimentación y, en una interminable lista, buena parte de lo que dispone la civilización.

Séptimo, la degradación de la democracia en una máquina infame convertida —a través de alianzas y coaliciones— en un apoyo logístico de proporciones mayúsculas para atropellar derechos individuales, en dirección radicalmente opuesta a la concepción de los Giovanni Sartori de nuestros tiempos.

Y octavo, dentro del grupo de intelectuales a los que aludimos no solo se destacan profesores universitarios, ensayistas y profesionales varios sino que sobresalen muchos pintores, sacerdotes, escultores, cineastas, poetas, escritores de ficción y equivalentes que como no han abordado el significado ético, económico y jurídico más elemental del liberalismo se pronuncian enfáticamente por principios socialistas que dañan severamente a los mismos que dicen proteger.

Sin embargo, el apuntado pesimismo puede contrarrestarse por la perspectiva de que los referidos intelectuales sean más que compensados por otros de fuste que —aun enfrentados a los gobiernos, a empresarios irresponsables y a gente indolente y anestesiada— sean capaces de explicar las ventajas de una sociedad abierta, especialmente para los que menos tienen. Incluso capaces de mostrar a empresarios la conveniencia de financiar tareas que no solo preservarán sus emprendimientos sino que resguardará la cooperación social sobre los pilares del respeto recíproco.

Si la antedicha tendencia no se corta se estará en medio de una tenebrosa operación pinza: por un lado, intelectuales resentidos que apuntan a la demolición del capitalismo y, por otro, frente a empresarios con una complacencia suicida en un contexto donde hay demasiadas personas distraídas que miran para otro lado como si fueran ajenas al problema. Por mi parte, como he dicho antes, en esta materia no soy ni pesimista ni optimista, soy escéptico porque tengo mis dudas de que en general se perciba el problema antes que sea tarde, en lugar de percatarse que todos los que queremos vivir en libertad debemos dedicar diariamente algún tiempo a estudiar y difundir sus fundamentos. De todos modos, me infunden renovadas esperanzas cuando constato nuevos grupos —especialmente de jóvenes-— que se instalan para trabajar en distintos campos en pos de la libertad.

Este es el llamado de muchos intelectuales de valía tales como Hayek en el ensayo antes citado, al escribir que “Necesitamos líderes intelectuales que están preparados para resistir los halagos del poder y su influencia, que estén dispuestos a trabajar por un ideal no importa lo alejado que puedan ser las perspectivas de su realización. Tiene que haber hombres que estén dispuestos a mantener principios y pelear por su completa ejecución aunque ésta sea remota”.

Este reclamo urgente de Hayek, desde luego incluye la necesidad de trabajar las neuronas para ponerle bridas al Leviatán e imaginar límites adicionales al poder y no esperar que pueda revertirse la situación con mecanismos institucionales que han demostrado su palmaria ineficiencia para garantizar los derechos de todos. Si el intelectual la juega de político en busca de componendas, nunca se logrará el objetivo puesto que él mismo habrá contribuido a bloquear el camino al ocultar las metas de la sociedad abierta. El político negocia según sea el espacio que generan los intelectuales en una u otra dirección. En otro orden de cosas, cualquiera sea la tradición de pensamiento a la que adhiera un intelectual, si no traiciona su rol y es una persona íntegra será motivo de respeto por su coherencia. En cambio, el oportunista es en última instancia repudiado desde todos los flancos.

Este artículo de Alberto Benegas Lynch (h) fue publicado originalmente en El Diario de América (EE.UU.) el 22 de agosto de 2013.

¿Debe la ONU o Estados Unidos intervenir en Siria?

SiriaEste es un tema complejo del cual sabemos muy poco. Mi posición acerca de la política exterior fue siempre la de mantener el principio de no intervención. Como ha mostrado Alberto Benegas Lynch (h) en su libro Estados Unidos contra Estados Unidos, cada vez que este país intervino en otro generó muchos más daños de los que quiso evitar, y la lista de ejemplos es muy amplia.

La ONU misma parece ser una fuerza militar demasiado grande para ser controlada por un grupo de hombres (que no siempre buscan el bien común).

Dicho esto, y en el marco del planteo del post anterior de Nicolás Cachanosky al referenciar el libro de Coyne sobre si se puede exportar la democracia, me parece que este es un buen espacio para abrir el debate sobre un tema de actualidad que nos preocupa a todos, y que muchas veces pasa de largo.

¿Debe la ONU o Estados Unidos intervenir en Siria?

Como punto de partida para el debate sugiero la lectura de dos artículos. De un lado, Carlos Montaner ofrece cinco razones para intervenir en Siria. Del otro, Christopher A. Preble concluye que los extranjeros no pueden resolver los problemas de Siria.

Una entrevista con Stephan Kinsella

KinsellaDiego Aguirre tradujo al español para el Mises Hispano, una entrevista de Keir Martland a nuestro amigo libertario Stephan Kinsella. Copiamos abajo sólo un extracto, pero el lector puede leer aquí la entrevista original y completa en inglés, o aquí su versión en español.

Acerca de por qué soy libertario y como defino al liberarianismo explico algo al respecto en  Cómo Me Convertí en Libertario (publicado como  “Being a Libertarian” en I Chose Liberty: Autobiografías de Libertarios Contemporáneos, compilado por Walter Block; Mises Institute 2010) y también en  Qué Es Libertarismo .

Tengo 47 años y soy un abogado de patentes en Houston; nací en Louisiana. Siempre me interesaron la ciencia y la literatura, y durante la secundaria, aproximadamente en  11avo. grado, un bibliotecario de mi escuela católica me sugirió que leyera “El Manantial”.  Ello intensificó mi interés en la filosofía y generó mi interés en economía (Austríaca, en particular) y en teoría política. Esto ocurrió aproximadamente en 1980, hace 33 años, cuando yo tenía unos  15. Todo esto me fascinó rapidamente y cuando llegué a la universidad (a estudiar ingeniería eléctrica), devoré montones de trabajos sobre filosofía, economía, teoría política, incluídos los trabajos de Rand, Milton Friedman, Iuego Bastiat, Rothbard, los Tannehills. Para el tiempo en que concurrí a la escuela de leyes, en 1988, me estaba volviendo un anarquista-libertario-Rothbardiano-Austro-Misesiano y pronto fui muy influenciado por el pensamiento de Hans-Hermann Hoppe.

Al principio concebí la libertad y el libertarismo en terminos del principio o axioma de no agresión. A medida que aprendí mas sobre historia, economía, política, filosofía, anarquismo y ley, intenté refinar mis puntos de vista, y hoy pienso que el principio de no agresión es más un sumario o consecuencia de visiones más primarias. Pienso que el libertarismo se describe mejor como la filosofía política desarrollada desde la “normas básicas” de pro-paz, pro-cooperación, pro-valores de prosperidad como intuiciones económicas informadas.

Pienso que el libertarismo es la visión de que las únicas normas políticas que se justifican son aquellas compatibles con los valores que actualmente son sostenidos, y que necesariamente deben ser sostenidos por gente comprometida en la búsqueda civilizada, racional y pacífica de normas. El libertarismo se caracteriza mejor como la propiedad de uno mismo (en el sentido de propiedad del cuerpo) y la compatibilidad con la regla Lockeana de la apropiación de los recursos escasos sin dueño combinada con el derecho de transferir contractualmente esos recursos apropiados. El Principio de No Agresión (NAP) es una codificación sencilla de esto pero no es primaria sino dependiente o derivada. El punto de vista libertario básico consiste en: las reglas justificadas de conducta personal son aquellas que cumplen con la regla básica de que cuando hay un recurso escaso sobre el cual existe la posibilidad de un conflicto, debería existir una norma especificando un propietario a efectos de que el conflicto pueda ser evitado y el recurso pueda usarse pacíficamente y productivamente, y esta norma es: (a) en el caso de cuerpos humanos, cada persona tiene un mejor derecho sobre su propio cuerpo, simplemente porque tiene el control del mismo, al menos prima facie mientras y a menos que realice alguna acción (daño, contrato, crimen) que cambie esta presunción que se efectúa por defecto; (b) en el caso de los recursos externos, la persona que haya reclamado primero el recurso será quien tenga el mejor derecho al mismo. En otras palabras, el reclamo más antiguo sobre un recurso será el mejor reclamo. En otras palabras: la propiedad sobre uno mismo más el primer uso y el contrato  (junto a reglas especiales para solucionar conflictos de daños o crímenes). No agresión significa que usar o invadir los límites, del cuerpo o los recursos adquiridos a la manera Lockeana, de otro es algo prohibido a menos que el propietario lo autorice. Es por esto que la teoría de la propiedad es mas fundamental que la idea de agresión; no podemos saber si el acto de fuerza de “A” para tomar un objeto poseído/controlado por B es un acto de derecho o una agresión a menos que sepamos quién es el dueño de ese objeto.

A conversation with Richard Ebeling

EbelingThe Austrian Economics Center, affiliated with the Hayek Institute in Vienna, Austria, published an interview with Richard Ebeling in their website, «Free Markets, Free People,» under the title, ‘A Conversation with Richard Ebeling,’ Part I and Part II, on August 8 & 13, 2013.

It was also re-posted it as one piece on Northwood University’s blog site, «In Defense of Capitalism & Human Progress.»

Ebeling discuss the importance of Austrian Economics and the ideas of F. A. Hayek for understanding the current economic crisis and for the future of liberty. And why there are reasons for optimism for friends of freedom.

In my opinion, Hayek’s explanation and defense of the competitive market economy and the free society in general is, possibly, the most insightful and profound argument for liberty penned in the 20th century.  His analysis of man’s inescapable ignorance of much of the knowledge that others possess—but upon which use we are all dependent in the extended system of division of labor—represents one of the subtlest understandings of why government central planning and heavy-handed intervention and regulation are inherently inferior to a functioning competitive market order.

The “moral” lesson, of course, is that each of us, in accepting our own limited and imperfect knowledge, should practice a high degree of humility in what we can claim to know and do in terms of trying to direct or command the otherwise “spontaneous” evolution and development of society and its institutions. This is the overarching message that runs through Hayek’s writings over the decades. As he often put it, we need to use our reason to appreciate the limits of what our reason can realistically do in attempting to “plan” the social order and its daily operation. It is the reason why he, truly, was one of the most worthy to be awarded a Nobel Prize in economics, in terms of a lasting contribution to human knowledge about man and society.