"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
El eslogan político «Cambiemos» es muy eficiente. Al no definir de manera precisa en qué consiste el «Cambio», cada votante puede verse atraído a este proyecto político esperando que sea su cambio el que va a tener lugar. Votantes que distintos deseos de cambio apoyan al mismo gobierno que sigue prometiendo que el cambio esperado ya va a llegar; paciencia se nos pide una y otra vez. Este eslogan permite mantener en el tiempo la sensación de que el cambio esperado ya va a llegar.
Algunos indicios se han dejado ver. El mismo Mauricio Macri sostuvo en su campaña electoral que no había que esperar grandes cambios por parte de su gobierno. Al menos tres representantes importantes del Pro/Cambiemos han descripto a este movimiento como un grupo que es o debe ser de izquierda (Ivan Petrella, Federico Pinedo, y Durán Barba.) Estas tres expresiones se dieron en los medios, es decir, dirigidos al público en general.
La economía del gobierno de Nicolás Maduro está en su momento de mayor crisis. Los autores del estudio global que releva los procesos inflacionarios más profundos de la historia han enmendado su lista para incluir el caso venezolano, cuyo régimen cambiario “sólo produce inestabilidad y pobreza”.
Los últimos tiempos han mostrado un movimientos en contra del uso de efecto por parte de funcionarios públicos y de diversos economistas y banqueros centrales. Si bien hay varios argumentos, uno de ellos reside en que al eliminar las transacciones ne efectivo y llevar a una economía 100% bancarizada se combate tanto la evasión impositiva como mercados ilegales (drogas, armas, etc.) que se manejan por fuera del circuito bancario.
Estos y otros beneficios no son discutidos, pero parece ser que se obvian ciertos costos, en especial el costo institucional de invertir la carga de la prueba donde se toma la postura de que quien realizar una transacción en efectivo es culpable de algún delito hasta que demuestre lo contrario. A continuación mi comentario para Sound Money Project.
In recent years, economists and central bankers have been advocating moving away from cash transactions towards an economy relying fully on financial transactions. At prima facie, this seems to be a good idea. Using checks and financial transfers can be more secure; the fact that every transaction is recorded makes illegal transactions (drug deals, etc.) harder. Additionally, it makes tax evasion harder, which is a key selling point for government officials. Will Luther (here, here, and here) and Larry White (here) have already covered much of the ground.
No one denies that financial transactions come with these benefits. However, individuals still willingly choose to perform legal transactions in cash. Therefore, it follows benefits of using cash or costs of banks cash are being overlooked. Indeed, using cash can often be pragmatic. For instance, a low-income individual may prefer to withdrawal the amount of money he can use to buy, say, a beer after work every month. This person might find that it’s easier to control and monitor his spending this way than by checking his bank account to keep track of his transactions each month. His reasoning might also be that he prefers handling cash because he worries about having his credit card number stolen for second (or third) time.
Primero un asunto gramatical. Es cierto que se acepta el uso de escribir Poncio Pilatos, es decir, el apellido en plural pero en rigor esto está mal puesto que deriva Pontius Pilatus en latín donde las palabras terminadas en us significan masculino singular de modo que, estrictamente, la s no corresponde.
Dejemos de lado este aspecto de forma para ingresar brevemente en la historia: después de despejado un debate de jurisdicción, Pilato se declaró incompetente puesto que no podía juzgar sobre temas de religión ya que el cargo fue de blasfemia, debido a lo cual se modificó lo que hoy denominamos la carátula por la de sedición. Llevado ante Poncio Pilato quien fuera prefecto durante una década (26 a 36 DC) no lo encontró culpable pero frente a la presión de la multitud presente para que lo condene, decidió someter la resolución final al voto mayoritario para que opte entre un delincuente (Barrabás) y Jesús. Como es bien sabido, la turba decidió soltar al delincuente y condenarlo a muerte a Jesús, lo cual acata plenamente Pilato, no sin antes lavarse las manos en público diciendo: “No soy responsable por la sangre de este hombre”.
Hasta aquí la historia que con diferentes interpretaciones, el tema ha sido llevado al cine en no menos de veinte oportunidades y a la literatura (tal vez lo más sonado sea El procurador de Judea por el premio Nobel en literatura Anatole France). Por mi parte, en esta nota periodística tomo el caso para elaborar sobre la responsabilidad individual, la malicia de pretender endosarla a la multitud y la degradación de la democracia al usarla para cubrir reiteradas injusticias en nombre de la mayoría.
Ser responsable es ser conciente de las propias obligaciones y asumirlas. Lo primero en una sociedad civilizada es la obligación de respetar los proyectos de vida de terceros que no lesionen derechos. Es una obligación moral ineludible al efecto de la supervivencia de la cooperación social. Allí donde no existe la responsabilidad de cada cual de considerar y cuidar los derechos del prójimo se derrumba la sociedad.
Columna en Portfolio Personal sobre qué tan atractivo es Argentina a los ojos de inversores internacionales.
Al asumir el nuevo gobierno, Mauricio Macri y sus ministros esperaban una “lluvia de dólares.” Ya acercándonos a al año y medio de gobierno, aún no se perciben los tan esperados “brotes verdes.” Los datos del PBI para el 2016 muestran una contracción del 2.3%. El cuarto trimestre muestra una leve mejora del 0.5% respecto al trimestre anterior (desestacionalizado) [¿dentro del error estadístico?].
Los números muestran que Argentina aún no ha rebotado de forma clara. ¿Por qué motivos las inversiones se resisten a llover en Argentina? Es cierto que el paso del Kirchnerismo a Cambiemos ha implicado una mejora en las condiciones de inversión, pero sería errado concluir que el mero hecho de cambiar de gobierno es suficiente para atraer inversiones.
Al «padre de Economía» lo apasionaban todas las ciencias, y él siempre se consideró un filósofo moral.
MADRID.- Antes que por su sabiduría, fue famoso por sus distracciones. Un día, el cochero de la diligencia de Edimburgo a Kirkcaldy divisó en pleno descampado, a varias millas de este pueblo, una figura solitaria. Frenó los caballos y preguntó al caballero si necesitaba ayuda. Sólo entonces, éste, mirando sorprendido el rededor, advirtió dónde estaba. Hundido en sus reflexiones, llevaba varias horas andando (mejor dicho, pensando). Y un domingo se lo vio aparecer, embutido todavía en su bata de levantarse, en Dunfermline, a quince millas de Kirkcaldy, mirando el vacío y hablando solo. Años más tarde, los vecinos de Edimburgo se habituarían a las vueltas y revueltas que daba por el barrio antiguo, a horas inesperadas, la mirada perdida y moviendo los labios en silencio, aquel anciano solitario a quien todo el mundo llamaba sabio.
Lo era, y esa es una de las pocas cosas que conocemos de su infancia y juventud. Había nacido en Kirkcaldy un día de 1723. Es una leyenda falsa que lo secuestró una partida de gitanos. Fue a la escuela local y debió de ser un aprovechado estudiante de griego y latín porque la Universidad de Glasgow lo exoneró del primer año, dedicado a las lenguas clásicas, cuando entró en ella a los 14 años. Tres años más tarde obtuvo una beca para Oxford y de los seis años que pasó en Balliol College sólo sabemos que fue reprendido por leer a escondidas el Tratado de la naturaleza humana de David Hume -más tarde su íntimo amigo-, detestado por su ateísmo por la entonces reaccionaria jerarquía académica. Al salir de Oxford, pronunció célebres conferencias en Edimburgo, que sólo conocemos por los apuntes de dos estudiantes que asistieron a ellas. Desde entonces se lo consideraría una de las más destacadas figuras de la llamada Ilustración Escocesa.
Fue profesor en la Universidad de Glasgow, primero de Lógica y, luego, de Filosofía Moral y sus clases tuvieron tanto éxito que vinieron a escucharlas estudiantes de muchos lugares del Reino Unido y Europa, entre ellos James Boswell, quien ha dejado un vívido testimonio de su elegancia expositora. Mucho se hubiera sorprendido el señor Smith de que en el futuro lo llamaran el padre de la Economía. Él se consideró siempre un filósofo moral, apasionado por todas las ciencias y las letras, y, como todos los intelectuales escoceses de su generación, intrigado por los sistemas que mantenían el orden natural y social y convencido de que sólo la razón -no la religión- podía llegar a entenderlos y explicarlos.
Su primer libro, que se publicaría póstumamente, fue una Historia de la astronomía. Y, otro, un estudio sobre el origen de las lenguas. Vivió fascinado por averiguar qué era lo que mantenía unida y estable a la sociedad, siendo los seres humanos tan egoístas, díscolos e insolidarios, por saber si la historia seguía una evolución coherente y qué explicaba el progreso y la civilización de algunos pueblos y el estancamiento y el salvajismo de los otros.
Su primer libro publicado, La teoría de los sentimientos morales (1759) explica aquella argamasa que mantiene unida a una sociedad pese a lo diversa que es y a las fuerzas disolventes que anidan en ella. Adam Smith llama simpatía a ese movimiento natural hacia el prójimo que, apoyado por la imaginación, nos acerca a él y prevalece sobre los instintos y pasiones negativos que nos distanciarían de los otros. Esta visión de las relaciones humanas es positiva, afirma que «los sentimientos morales» terminan por prevalecer sobre las crueldades y horrores que en toda sociedad se cometen. Libro curioso, versátil, que a ratos parece un manual de buenas maneras, explica sin embargo con sutileza cómo se forjan las relaciones humanas y permiten que la sociedad funcione sin disgregarse ni estallar.
Adam Smith nunca sospechó la importancia capital que tendría su libro en los años futuros en el mundo entero, incluso en países donde pocas gentes lo leyeron. Murió apenado por no haber escrito aquel tratado de jurisprudencia que, pensaba, completaría su averiguación de los sistemas que explican el progreso humano. En verdad, él fue el primero en explicar a los seres humanos por qué y cómo opera el sistema que nos sacó de las cavernas y nos fue haciendo progresar en todos los campos -salvo, ay, el de la moral- hasta conquistar el fondo de la materia y llegar a las estrellas. Un sistema simple y a la vez complejísimo, fundado en la libertad, que transforma el egoísmo en una virtud social y que él resumió en una frase: «No obtenemos los alimentos de la benevolencia del carnicero, del cervecero o del panadero, sino de su preocupación por su propio interés. No nos dirigimos a sus sentimientos humanitarios, sino a su egoísmo, y nunca hablamos de nuestras necesidades, sino de sus propias ventajas».
El libro revolucionó la economía, la historia, la filosofía, la sociología. Estableció que gracias a la propiedad privada y a la división del trabajo se desarrollaron unas fuerzas productivas formidables y que la competencia, en un mercado libre, sin demasiadas trabas, era el mecanismo que mejor distribuía la riqueza, premiaba o penalizaba a los buenos y malos productores, y que no eran éstos, sino los consumidores, los verdaderos reguladores del progreso. Y que la libertad, no sólo en los ámbitos políticos, sociales y culturales, sino también en el económico, era la principal garantía de la prosperidad y la civilización. Mucho pueden haber cambiado el capitalismo, la sociedad y las leyes, desde que Adam Smith escribió ese interminable volumen de 900 páginas en el siglo XVIII. Pero, en lo esencial, ningún otro ha explicado todavía mejor por qué ciertos países progresan y otros retroceden y cuál es la auténtica frontera entre la civilización y la barbarie.
Era feo, torpe de movimientos y el lexicógrafo Samuel Johnson (a quien, en una discusión, Adam Smith mentó la madre) afirmaba que tenía una cara de «perro triste». Pero fue siempre un hombre modesto, de costumbres austeras y sin vanidades, ávido de saber. Nunca se le conoció una novia y probablemente murió virgen, en 1790.
Esta nota se publicó originalmente en La Nación de Argentina. Acceda aquí a la publicación.