Se ha escrito mucho sobre el autor que figura en el encabezado de esta nota pero observo que la mayoría, sea para criticarlo o para aplaudir lo que dice, se aferran a sus extensos e interminables textos farragosos, en tramos ininteligibles construidos en base a una cadena interminable de galimatías conceptuales. No es que todo lo que escribe Laclau sea incomprensible, hay pasajes muy claros pero parecería que el estilo obedece a una estrategia que consiste en tirar la estocada con una idea-fuerza y luego adornarla largamente con una escritura sin sentido alguno para impresionar a los snobs y a los acomplejados (me refiero a aquellos que cuando no entienden conjeturan que el que escribe “debe saber mucho”). Karl Popper aludía a esos escritores reiterando que “la búsqueda de la verdad solo es posible si hablamos sencilla y caramente […] Para mí, buscar la sencillez y la lucidez es un deber moral de todos los intelectuales: la falta de claridad es un pecado y la presunción un crimen”.
No quiero abusar de la paciencia del lector pero tomo más o menos al azar una de las parrafeadas típicas de Laclau, esta vez de su libro Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo al efecto de ilustrar lo dicho para que cada uno juzgue por sí mismo. Por ejemplo: “Toda tipografía presupone un espacio dentro del cual la distinción entre regiones y niveles tiene lugar, ella implica, en consecuencia, el cierre del todo social, que es lo que permite que éste último sea aprehendido como una estructura inteligible que asigna identidades precisas a sus regiones y niveles. Por si toda objetividad es sistemáticamente rebasada por un exterior sustitutivo, toda forma de unidad, articulación y jerarquización que pueda existir entre varias regiones y niveles será el resultado de una construcción contingente y pragmática y no una conexión esencial que pueda ser reconocida”.






