John Law, Héroe de Nuestra Epoca. Por Alberto Benegas Lynch (h)

Muy bien ha dicho Hans Sennholz que “confiarle el manejo del dinero al gobierno es lo mismo que entregarle un canario a un gato hambriento”. Es curioso pero todavía hay quienes seriamente proponen que el aparato estatal administre la moneda “pero bien manejada” sin percatarse que, en definitiva, se está poniendo en manos de los políticos en funciones el patrimonio de la gente que nunca puede interponer una demanda frente al saqueo gubernamental. Y tengamos en cuenta que la denominada independencia de la banca central es del todo irrelevante frente a este problema puesto que quedan en pie las encrucijadas que apunto a continuación.

Esto es así puesto que los banqueros centrales están siempre y en toda circunstancia frente a la decisión inexorable entre tres caminos posibles: expandir, contraer o dejar inalterada la base monetaria y cualquiera de las tres avenidas que se elijan se alteran los precios relativos respecto a lo que hubieran sido de no haber mediado la intervención estatal. Este deterioro en los precios relativos necesariamente malguía la asignación de los escasos factores productivos con lo que disminuyen los salarios e ingresos en términos reales.

Los alquimistas del fine tuning y otras sandeces, son incapaces de imaginar siquiera la posibilidad que la gente ponga de manifiesto sus preferencias respecto a los activos financieros que desea utilizar en sus transacciones. Vuelvo a referirme a los premios Nobel en Economía Friedrich Hayek que escribió el libro titulado La privatización del dinero y Milton Friedman que en Moneda y desarrollo económico consigna que “Llego a la conclusión de que la única manera de abstenerse de emplear la inflación como método impositivo es no tener banco central. Una vez que se crea un banco central, está lista la máquina para que empiece la inflación” y en lo último que escribió en materia monetaria Money Mischief concluye que “la moneda es un asunto demasiado serio como para dejarlo en manos de banqueros centrales”.

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Prólogo a “Las primeras burbujas especulativas”, de Douglas E. French

FrenchLos hechos históricos se leerán de manera diferente, mientras los marcos teóricos que utilicen los analistas o historiadores sean diferentes. La gran depresión de los años 1930 suele ser un claro ejemplo de esto:
1. El marco analítico keynesiano comprende su naturaleza a través de la inestabilidad del capitalismo.[1]
2. El marco analítico monetarista comprende que hubo fallos de la Reserva Federal en gestionar la política monetaria, apuntando especialmente a la contracción del período 1929-1933.[2]
3. El marco analítico austriaco, por el contrario, comprende que hubo una política crediticia expansiva en el período previo, de 1924 a 1929, que gestó los gérmenes de la crisis al abrir una fase de mala-inversión que se liquidó en el período posterior.[3]

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