RÉPLICA A UNA 2da RESPUESTA DE ANDRÉS ASIAÍN

Andrés Asiaín escribió una nueva respuesta a lo que fuera mi réplica a su respuesta. A continuación copio para los interesados las cuatro notas que anteceden la que ahora escribo.

1ra nota: “Des-industrializar la Argentina“, por Adrián Ravier (El Cronista)

2da nota: “Exceso de industrialización“, por Andres Asiain (Página 12)

3ra nota: “Exceso de industrialización: una respuesta a Andrés Asiaín“, por Adrián Ravier (Punto de Vista Económico)

4ta nota: “Exceso de respuestas: una industriosa respuesta a la respuesta de la respuesta“, por Andrés Asiaín (Cátedra Nacional de Economía: “Arturo Jauretche”)

Dos interesantes citas encabezan la respuesta de Andrés Asiain a mi réplica. La primera de Marcelo Diamand, quien cuestiona la formación de los economistas del mainstream, y las premisas en que se basan. La segunda de Juan Domingo Perón, quien viene a resumir en tres líneas todo lo que se plantea después acerca del poder malicioso de las corporaciones.

Respecto de lo primero, está claro que a ambos nos separan dos cuerpos teóricos diferentes. Partimos de axiomas distintos, y entonces las deducciones lógicas de nuestra comprensión de la economía difiere.  Más allá de que Asiaín y yo acordaríamos en partir de modelos de desequilibrio e incertidumbre (el interesado puede ver más aquí), lo cierto es que si insistiéramos en prolongar esta discusión intuyo que terminaríamos discutiendo la teoría del valor trabajo, la teoría de la explotación y la plusvalía, premisas que han sido desbastadas por numerosos autores y que han sido recolectadas en la historia del pensamiento económico. De repetir ese recorrido no podemos ocuparnos aquí, aunque sería un diálogo fascinante (los interesados pueden leer este documento sobre la historia de las teorías del valor y del precio, Parte I y Parte II).

Lo que sí me interesa más cuestionar es la visión “infantil” peronista –y a la que Asiaín parece adherir- de que el mercado es malo, y el Estado bueno. En palabras de Perón: “La economía nunca es libre, o la controla el Estado en beneficio del pueblo, o la controlan las grandes corporaciones en perjuicio de éste.” (la cursiva es mía) La realidad –que Asiaín dice conocer muy bien- muestra otra cosa. En términos de Buchanan y el Public Choice, ¿por qué creemos que el gobierno está compuesto por ángeles? ¿Podemos confiar realmente en que los gobiernos buscarán el bien común? ¿Podemos creer que el gobierno opera “en beneficio del pueblo”? Desde nuestro punto de vista, el gobierno no tiene “incentivos” para seguir el bien común (el interesado puede ver más aquí), pero además, no tiene el conocimiento para poder hacerlo. De ninguna manera el Estado podrá reemplazar el eficiente sistema de mercado en lo que refiere a la asignación de recursos. Es en este sentido, es decir “a lo Buchanan”, que quise -en mi réplica anterior- distinguir al político del resto de las personas.

Lo cierto es que el lobby del poder económico que le preocupa a Asiaín -y nos preocupa a todos- no tiene lugar en una economía libre con gobierno limitado, y sí tiene un enorme espacio para operar en una economía proteccionista, intervenida, donde el Estado garantiza a ciertas empresas mercados cautivos con patentes, con aranceles, y con todo tipo de intervenciones. Estaremos de acuerdo, me parece, con  Asiaín en criticar esa lamentable sociedad que Estado y pseudo-empresarios han conformado desde siempre en contra del consumidor. ¿Cómo terminamos con esta sociedad? ¿Dando más poder aun al Estado? ¿Por qué insiste Asiaín en mantener un sistema que ha favorecido a los Macri y a los Fortabat?

Desde que tengo memoria, al leer documentos escritos desde la izquierda, hay un enorme e intencionado esfuerzo por hacer una caricatura del pensamiento liberal. Se construye un muñeco de paja y se lo ridiculiza para fortalecer ideas contrarias.

Dice Asiaín que “como sabe cualquier persona exceptos los economistas adoctrinados bajo la escuela liberal, en el mercado el que tiene plata manda, el que no obedece y hay quien tiene mucha plata y mucho manda.” Desde nuestro enfoque, sin embargo, en una economía libre (como la que queremos, no como la que tenemos) el que tiene plata la consiguió trabajando, creando, innovando. Y no sólo eso, ya que aquel que quiere multiplicar su capital deberá asignarlo para satisfacer la soberanía del consumidor. Aquí no hay un Estado que otorgue prebendas y mercados cautivos. El Estado de Derecho, de hecho, tiene que garantizar igualdad ante la ley. Todos deberíamos ser realmente iguales ante la ley.

Pero volviendo a la nota original, de lo que se trata aquí es de definir quién ordena la economía. ¿Quién define cuántos diarios, restaurantes, peluquerías, estaciones de servicios, escuelas, hospitales, etc etc etc necesitamos? ¿Le vamos a confiar al Estado esta decisión? Pues no, esto lo debería definir el mercado. Quien desee abrir un comercio debe tener libertad de hacerlo, con medios propios o de terceros, y será el mercado, la gente, la que defina si se mantiene o no, si se multiplica o se cierra. Aclaro que cuando califiqué a Asiaín de arrogante, no quise descalificarlo, sino señalar que este orden se define espontáneamente. La estructura económica la debe definir el orden espontáneo, la interacción de las personas, y no Perón, ni Néstor, ni Cristina, ni Asiaín. Y es que al intentar hacerlo enfrentarán dos problemas clásicos: “incentivos” y “conocimiento”. Es por los incentivos perversos del Estado en favorecer a “nuestros industriales” que hoy tenemos un “exceso de industria”; subsidios, aranceles, políticas para-arancelarias, patentes, etc etc etc han creado una industria privilegiada que me pregunto por qué Asiaín quiere seguir protegiendo.

Al respecto, cabe mencionar que si sugerí la lectura de mi libro “la globalización como un orden espontáneo” fue por dos razones. Por un lado, porque precisamente muestra con mayor espacio esta línea de pensamiento; por otro lado, porque en la primera réplica Asiaín señaló que no había reflexionado sobre globalización. Lamento que esto le haya parecido un acto de arrogancia.

Volviendo entonces sobre la necesidad de “des-industrializar la Argentina”, dice Asiaín que tomando mis datos “hay países con menos peso de la industria en el PBI, otros con un peso similar y otros que tienen un peso superior. De ahí que yo afirme que esos datos que él mismo presenta, no son suficientes como para afirmar que Argentina está excesivamente industrializada.” Mi punto, sin embargo, fue otro. Lo que señalé es que países de características similares como Australia, Canadá, Estados Unidos o Nueva Zelanda, tienen “todos” una industria manufacturera menor en relación al PIB. Por otro lado, si Asiaín analizara realmente los datos, notaría que prácticamente todos los países tienen un menor peso de manufacturas industriales sobre el PIB que Argentina, con escasísimas excepciones, y en países con geografías muy opuestas a las nuestras.

Y volviendo al menemismo, y después de admitir que siempre hay matices y grises, Asiaín insiste que “el menemismo fue liberal por haber encarado un histórico proceso de privatización de grandes empresas del Estado, de desregulación de múltiples mercados, de reducción de aranceles, impuestos a la exportación y trabas a los movimientos de capitales.” Cada uno ve lo que quiere ver, pero el menemismo, como buen gobierno peronista, aumentó el gasto público en términos reales todos los años, si bien se encontró más limitado que el kichnerismo por la existencia de la convertibilidad y el “cepo” a la emisión. Los aranceles dentro del Mercosur bajaron, pero extra Mercosur subieron. La privatización de servicios públicos se dio en el marco de un estado quebrado, que ya no ofrecía ni luz, ni teléfono, ni ningún servicio básico, es decir, se privatizó más por necesidad que por convencimiento. Se habló de desregular mercados o del “déficit cero” en 1998 y 1999, pero en diez años de gobierno nada de eso ocurrió realmente. Ni un solo año tuvo Argentina, entre 1989 y 1999, equilibrio fiscal.

Para cerrar, no vaticino un mundo feliz, pero sí con menos hambre del que habría en un mundo socialista (“recuerden que el socialismo es imposible“), o del que hubo en el mundo pre-capitalista. Vale quizás recomendar el libro de Angus Deaton “El Gran Escape”, justamente para visualizar abundante evidencia empírica en este sentido.

En corto, en 1800 había 1000 millones de habitantes, y un 80 % de pobreza. En el año 2000, pasamos a 7000 millones de habitantes y un 20 % de pobreza. El Banco Mundial dice que la pobreza ya es de sólo un dígito. Claro que puede ser exagerado. Quizás es del 30 %, pero negar la reducción dramática de la pobreza en estos dos siglos de capitalismo es una tarea difícil. No sólo ello. En estos 200 años de capitalismo global el mundo ha mostrado mejores ingresos, pero además una mayor esperanza de vida, una menor mortalidad infantil, y una mejora en todos los indicadores sociales que se quieran tomar.

Mi pregunta a Asiaín es entonces en qué mundo quiere vivir. ¿Desea un super-estado? ¿Hasta dónde confía en los políticos? ¿Hasta dónde se desea suprimir a las corporaciones? ¿por qué odia a los empresarios? Decía la cita del inicio que las teorías económicas no son para nuestros países. ¿Acaso podemos seguir creyendo en esa división de clases en las que pensó Marx? Hoy el empresario no es el que tiene capital, sino el emprendedor que crea valor a partir de sus ideas. El capital está ahí para cualquier que desee emprender. Son incontables los casos de empresarios exitosos que surgieron desde un garage o desde la calle.

Ningún programa estatal logró reducir la pobreza del modo que lo hizo el capitalismo global. China e India son ahora mismo países que muestran caídas dramáticas en los niveles de pobreza, por sólo haberse integrado al capitalismo global. Se podrá denunciar la dramática desigualdad vigente en China e India, pero esto es un proceso natural después de que millones de personas le escaparon a la pobreza.

No hay fórmulas mágicas para crear “crecimiento con equidad”. No necesitamos un Estado gigantezco creando empleo. Necesitamos empresas, que ofrezcan bienes manufacturados, servicios, en un marco de competencia, y la última palabra acerca de quiénes sobreviven y quienes no, la tendrá el mercado, la gente, el consumidor.

Los incentivos que genera el derecho de propiedad: juguetes con dueño o sin dueno en Toy Story 3

CalderónGabriela Calderón es editora de ElCato y asidua columnista en periódicos de Ecuador y la región. Ahora ha publicado un libro con sus mejores columnas con el título “Entre el instinto y la razón” (Paradiso Editores, 2014).

Va uno sobre los incentivos de la propiedad privada: “El mensaje de Toy Story 3”:

No he visto hasta ahora una película que explique de manera tan didáctica que la libertad es un valor en sí que no debe ser sacrificado a cambio de otros valores y que ésta es asegurada a través de los derechos de propiedad privada.

En Toy Story 3 los juguetes con dueño pasan a ser obsoletos cuando el dueño crece y por lo tanto son olvidados en alguna bodega o, peor aún, clasificados como basura. Cuando Andy (el dueño) deja de jugar con sus juguetes, estos montan la “Operación vuelta al juego”. Más o menos como cuando un trabajador pierde su trabajo e intenta recuperarlo o busca otro. Lamentablemente ellos concluyen que “ya nadie va a jugar con nosotros” (léase, “ya nadie nos va a contratar”).

Toy Story 3Frente al prospecto de quedarse en un ático o terminar en el basurero los juguetes consideran que la guardería Sunnyside es el paraíso en la tierra. Ahí parecía que tendrían una oferta ilimitada de niños que siempre jugarían con ellos (siempre habría trabajo). El juguete líder de la guardería, Lotso, les promete que nunca serán abandonados (léase: despedidos) porque en ese mundo los juguetes no dependen de un dueño (es decir, no hay propiedad privada). Lotso les prometió muchas cosas: “Tenemos control de nuestro destino”; “Ya no sufran, ¡pronto tendrán la diversión que tanto han esperado!”

Inmediatamente se identifica la estructura de poder en la guardería. El Ken es la obediente mano derecha de Lotso. El “Bebote” (una muñeca grande y tuerta) es la fuerza detrás del poder del dictador. Hay dos cuartos: el de la clase privilegiada y el de los disidentes. En el primer cuarto de los niños mayores que no destruían a los juguetes solo ingresaban aquellos que obedecían al dictador. En el segundo cuarto de niños menores que eran bruscos con los juguetes iban todos los juguetes que se negaban a obedecer a Lotso.

El contraste es claro: en el mundo de la propiedad privada (la casa de Andy) los juguetes suelen ser cuidados y hay una relación mutuamente beneficiosa entre el dueño y sus juguetes. En el mundo sin propiedad privada (la guardería), los juguetes sin dueño viven bajo la tiranía de un juguete que les prometió el paraíso.

En el mundo con propiedad privada los juguetes tenían libertad de entrar y salir de la casa del dueño. En el mundo sin propiedad no tenían libertad de escapar. Los que se fueron a la guardería sacrificaron libertad a cambio de la seguridad de que nadie los abandonaría. Pronto se vuelve evidente que aquellos que sacrificaron libertad a cambio de seguridad perdieron ambas cosas.

Finalmente, cuando todos los juguetes están a punto de escapar de la guardería Barbie nos da una lección en gobierno citando a John Locke: “¡La autoridad debería derivarse del consentimiento de los gobernados, no de la amenaza del uso de la fuerza!” Si su hijo o hija comprenden a su corta edad este mensaje, el futuro de nuestro país se proyectaría mucho mejor. Lástima que los que compusieron nuestra constitución no lo comprendieron, pero nunca es tarde. Todavía pueden ver Toy Story 3.

¿Hay alternativas a las democracias actuales? El aporte del profesor Eduardo Fernández Luiña

20141119_103011El profesor español Eduardo Fernández Luiña, ahora residendo en Guatemala para ejercer la investigación y la docencia en la UFM, también participó del Congreso de Economía Austriaca en Rosario y respondió a una de las más difíciles preguntas de la filosofía política monderna: ¿Hay alternativa a las actuales democracias?

Su respuesta combinó la tradición austriaca, enfatizando en particular el aporte de Friedrich Hayek sobre el conocimiento, con la la tradición de la economía de la elección pública, enfatizando en particular el aporte de James M. Buchanan sobre malevolencia. En sus propias palabras, “la fusión parece clara”:

Los autores del Public Choice podrían adoptar elementos austriacos para mejorar su comprensión del fenómeno y proceso político:

– Naturaleza descentralizada del conocimiento.

– Naturaleza subjetiva de las valoraciones y preferencias  de los individuos.

Los autores austriacos podrían abandonar su concepción benevolente y naive del estado.

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Producimos muchos alimentos, ¿ahora hay que ver cómo distribuirlos?

MillEn una entrevista por la radio el sábado por la mañana, Juan Carr, quien desarrolla una notable actividad promoviendo la ayuda voluntaria para eliminar la pobreza a través de Red Solidaria, hablando sobre la situación argentina y que este país produce alimentos en cantidad suficiente como para eliminar el hambre de 450 millones de personas, propuso que era hora de sentarse a discutir la distribución de esos alimentos. La idea es que de esa forma se podría eliminar el hambre, al menos en la Argentina.

Esta opinión es tan vieja como errónea. La idea de que la producción y la distribución son dos fenómenos distintos, separados, y regidos por leyes diferentes se encuentra ya en John Stuart Mill, autor que hemos estado viendo con los alumnos de Historia del Pensamiento Económico, precisamente sobre este tema. Dice Mill:

“Quiéralo o no el hombre, su producción estará limitada por la magnitud de su acumulación previa y, partiendo de ésta, será proporcional a su actividad, a su habilidad y a la perfección de su maquinaría y al prudente uso de las ventajas de la combinación del trabajo […] No sucede lo mismo con la distribución de la riqueza. Esta depende tan solo de las instituciones humanas. Una vez que existen las cosas, la humanidad, individual o colectivamente, puede disponer de ellas como le plazca. Puede ponerlas a disposición de quien le plazca y en las condiciones que se le antojen” Principios de Economía Política (FCE [1848], p. 191).

Todos podemos tener alguna idea de cómo desearíamos que se distribuyera la riqueza en alguna sociedad ideal, pero lo que es incorrecto es pensar que esa “redistribución” (así hay que llamarla porque la distribución original ya se realizó por medio de decisiones individuales voluntarias) no va a impactar en las “leyes de producción” o, en otras palabras, en los incentivos para producir.

Toda producción se hace con miras a una distribución determinada: trabajo porque espero que recibiré un determinado sueldo. Si luego de haber trabajado, cambian las condiciones, entonces mis incentivos a trabajar en el futuro serán distintos.

Es más, eso es precisamente lo que ocurre en la Argentina con las retenciones a las exportaciones de esos mismos productos alimenticios que se estima pueden ser redistribuidos. Estos impuestos vigentes, que llegan en algunos casos hasta el 35% del precio de exportación (FOB) y son luego “redistribuidos” a voluntad o “como les plazca” según Mill, ya están impactando en los volúmenes de producción, los que serían mayores si esos impuestos no existieran. Es decir, si hoy se produce una cantidad total que permitiría sacar del hambre a 450 millones de personas, sin esa “redistribución” bien podría producirse una cantidad que sacara del hambre a 600 u 800 millones. Es lo que ha ocurrido en países vecinos donde no existen esos impuestos y la producción ha aumentado más que en Argentina, superándola en exportaciones tales como carnes o trigo.

En definitiva, el impacto de la “redistribución” en la “producción” lo estamos viendo ahora, lo tenemos delante de nuestra vista. La idea de que son decisiones guiadas por leyes diferentes debería ser definitivamente abandonada.

Tal vez se quiera continuar con la redistribución de todas formas, no estoy discutiendo eso aquí, pero debería presentarse su “costo” en términos de menor producción.

¿Qué “incentivos” tiene el gobierno para emitir dinero?

DineroUna alumna solicita bibliografía acerca de esta pregunta. Mi primera sugerencia fue este artículo de Larry White, publicado en Libertas. La argumentación de White está inspirada en una extensa literatura, pero Hayek ha dicho mucho sobre el tema en diversos lugares, como en su campaña contra el keynesianismo. James M. Buchanan también tiene contribuciones al punto, especialmente en su argumentación del constitucionalismo monetario. Milton Friedman, en su crítica a la discrecionalidad también aporta. Por ahora sólo encontré este ensayo on line, pero debe haber otros. Yo mismo publiqué este artículo en 2008 en un homenaje a A. Benegas Lynch (h), que puede servir. En la bibliografía se citan varios trabajos sobre el tema. Para cerrar, los “incentivos” para emitir dinero deben estar asociados a la monetización del déficit fiscal y en consecuencia, a la expansión del estado moderno. Quizás la lectura de este ensayo que escribimos con Stefany Bolaños ayude!

Invitamos a los lectores de este blog a ofrecer sus respuestas y sugerencias bibliográficas!