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Como tantas veces he consignado, no me gusta la expresión “héroe” porque está manchada de patrioterismo y atribuida generalmente a personas que en realidad han puesto palos en la rueda en las vidas de su prójimo. Por otra parte, Juan Bautista Alberdi escribió en su autobiografía que “la patria es una palabra de guerra, no de libertad” puesto que hay otras formas de expresarse menos pastosas para referirse al terruño de los padres. Fernando Savater también aclara el tema en su libro Contra las patrias.
El manoseo creciente de las palabras héroe y patria ha hecho que se desfiguren y trastoquen. La mayor parte de la gente relaciona esas expresiones con políticos y militares que en general han manipulado vidas y haciendas ajenas. La corrección a esta última interpretación proviene de una larga tradición que descubrí comienza de manera sistemática con el decimonónico Herber Spencer en su libro titulado El exceso de legislación.

Los usos reiterados del héroe y la patria afloran en obras que encierran el germen de la destrucción de las libertades individuales como el “superhombre” y “la voluntad de poder” de Nietzsche o la noción totalitaria del “héroe” en Thomas Carlyle tan bien descripta por Borges.
Conferencia presentada en The Sofitel Wentworth, Sydney, 11 de octubre 2005 y en Langham Hotel, Auckland, 13 de octubre 2005, en ocasión de la 22nd Annual John Bonython Lecture, The Centre for Independent Studies. Publicado por cortesía de ContraPeso.info.
Creer en el futuro es quizá el más importante valor para una sociedad libre. Es lo que hace que estemos interesados en lograr una educación, o en invertir en un proyecto, o incluso en ser amables con nuestros vecinos. Si pensamos que nada puede mejorar o si creemos que el mundo se acabará pronto, entonces no nos esforzaremos en lograr un futuro mejor y más civilizado. Y todos seremos miserables.
Los filósofos de la Ilustración crearon la fe en el futuro durante los siglos XVII y XVIII, haciéndonos reconocer que nuestras facultades racionales pueden entender al mundo y que con libertad podemos mejorarlo. El liberalismo económico probó que estaban en lo correcto. Adam Smith explicó que no es de la benevolencia del carnicero que esperamos nuestra carne, sino de su propio interés; es mucho más que una afirmación económica, es una visión del mundo. Es una manera de decir que el carnicero no es mi enemigo. Al cooperar e intercambiar voluntariamente, ambos ganamos. Y hacemos del mundo un mejor lugar, paso a paso.
Nota en Infobae sobre algunos de los mitos que dan mala imagen al liberalismo.
Hubo una época en la que Argentina sabía estar entre las naciones con mayores ingresos del mundo. Fue la época del liberalismo y la apertura comercial en Argentina. Con la llegada del peronismo, la Argentina giró 180 grados, se volvió un país alejado de los principios del libre mercado, donde la política de sustitución de importaciones es más importante que el comercio internacional. Actualmente Argentina ya no se encuentra entre las naciones de mayores ingresos del mundo y posee índices de pobreza cercanos al 30 por ciento. Es un país asociado a la corrupción, las expropiaciones y las recurrentes crisis económicas.
No obstante la mala imagen que el liberalismo posee en Argentina, en los últimos tiempos esta doctrina ha ganado presencia en el debate público y en los medios. En especial a través de los economistas liberales, que no se cansan de insistir una y otra vez con los beneficios del libre comercio. La mala imagen del liberalismo descansa en una serie de mitos. Aquí algunos de ellos.

En realidad es limitada la creatividad propiamente dicha, es decir, el crear ex nihilo, el producir de la nada que, estrictamente considerado, está reservado a la literatura de ficción, a la música y otras expresiones del arte. El resto alude a descubrimientos, lo cual incluye a los científicos que ponen de manifiesto nexos causales y procesos que hasta el momento eran desconocidos, lo cual no es para nada poca cosa ya que se trata de revoluciones formidables que modifican paradigmas y permiten avanzar en el infinito campo del conocimiento.
Entre otros, Stefan Sweig, Leonard Read y Norman Vincent Peale se refieren detenidamente al proceso creativo desde diversas perspectivas. Primero es la imaginación, luego la perseverancia en el trabajo de concentración en lo que se desea hurgar y finalmente el “momento eureka” donde se da en la tecla, donde se establece la conexión entre lo almacenado en el subconsciente y los estímulos del consciente, todo en el contexto del establecimiento de nuevos proyectos y sueños. Todo con entusiasmo, esto es, en theos, con sentido de trascendencia, en Dios, el apuntar a lo primero, a la Primera Causa sin cuya existencia nada puede ser ya que la regresión ad infinitum de concatenación de causas constituye un contrasentido superlativo.
En no pocas oportunidades quien crea tiene la sensación que la inspiración es sobrenatural, que proviene de otras dimensiones, de musas misteriosas tal como apunta Frederick Copelston. Por su parte, George Steiner también atribuye a “la presencia de Dios” la creatividad del escritor, lo cual no es algo místico ni esotérico es simplemente la fuerza del autoperfeccionamiento en dirección a la Perfección como una muestra más del espíritu liberal a contracorriente de la arrogancia de quienes se miran el ombligo y consideran que se han fabricado a ellos mismos.
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Desde hace ya algunos meses desde el gobierno se percibe cierto optimismo por altas tasas de crecimiento de la actividad económica (EMAE). Hay, sin embargo, dos mensajes mezclados. 1) La economía está creciendo [presente] al 4.5% anual (por ejemplo) y 2) la economía va a crecer [futuro] al 4.5% anual por unos 5 años vista.
Ninguno de los dos diagnósticos me parece del todo claro. Tema que hemos discutido en algunas ocasiones con Adrián Ravier e Ivan Carrino.
La lucha contra la corrupción es esencial, pero también lo es sanear la economía y abandonar viejas prácticas
La situación argentina es preocupante. Una proporción relativamente grande de personas están tan marcadas por los dislates del gobierno anterior que parece que han quedado bloqueadas para formular críticas a lo que viene sucediendo. Los modales han cambiado radicalmente, una condición necesaria más no suficiente para salir del marasmo de setenta años de populismo.

Representantes de lo que fue el gobierno anterior hacen lo suyo: cada vez que se pronuncian aumenta la adhesión a la actual administración. La deuda pública aumenta a un ritmo peligroso, tanto la externa como la local, a raíz de los títulos emitidos. El déficit fiscal no cesa de crecer, si se incluyen los intereses y las provincias. El gasto total del sector público se sigue incrementando en términos reales y los enroques de gravámenes no cambian el hecho de contar con una de las presiones impositivas más altas del mundo. Conviene repetir las alarmas toda vez que sea necesario, para no chocar nuevamente contra la pared, tal como nos viene ocurriendo. Recordemos que el Gobierno inició su gestión agregando nuevos ministerios y reparticiones (para no detenernos en obscenidades como la financiación de equipos de polo o el bochorno del tratamiento de las jubilaciones).
Resulta indispensable detenerse en aquellos guarismos para evitar sorpresas. La ciclotimia provoca estampidas de entusiasmo que luego terminan en depresiones agudas. Tenemos una larga experiencia de siete décadas de populismo, es muy loable el haberse abierto al mundo, pero no es para mostrar lo mismo con otro disfraz, sino para abatir el eje central del populismo, que es el tamaño descomunal del leviatán que ocupa funciones incompatibles con un sistema republicano.
Hacía mucho tiempo que quería escribir esta entrada pero un episodio de público conocimiento en el mundillo liberal argentino –permítanme no definirlo- ha precipitado mi decisión.
Yo siempre he dejado que cada uno siga su camino. Muchos, en cambio, no han hecho eso conmigo pero ello no me ha hecho cambiar de conducta. ¿Conocen alguien que haya sido atacado por mí, criticado ácidamente por mí? Tal vez algunas ironías sobre algunos autores, que no son lo mejor de mi producción, obvio, o algunos que se han sentido ofendidos por mí por el modo en el que contesto –que si largo, que si corto, que si respondo con alguna cita, que si no les respondo, que no les respondo lo que ellos quieren que les responda (este último caso es genial y muy habitual)- pero nunca, a pesar de ello, he intentado molestarlos, son ellos los que se han molestado.
¿Así que qué tengo contra Javier Milei? ¡Nada! Es un excelente economista liberal, que además tiene la característica singular de agarrarse a puteadas con todos los kirchneristas en los programas de televisión para los cuales hay que tener huevos al cubo y nervios de acero. Eso lo ha hecho popular, nos divierte a todos y…… Ok. ¿Es mi camino? No, no sólo porque mi super yo es muy fuerte como para putear así, sino porque no podría aunque quisiera. Y casi nunca he estado en la tele, pero estoy seguro que me pasarían por encima en tres segundos mientras yo comienzo a pensar las implicaciones epistemológicas de lo que me están diciendo. Así que mi camino es uno, el de Javier es otro, y bendita sea la diversidad.
Simplemente, muchas veces me he preguntado si el modo de hablar no es parte misma de lo que se dice, porque hace 24 años que enseño filosofía de la comunicación –una faceta mía desconocida para muchos, excepto en la Universidad Austral, claro- y sé que el medio es el mensaje. Mi manera de explicarlo no es con los textos de McLuhan, sino sencillamente con los juegos de lenguaje de Wittgenstein.
Wittgenstein es el gran autor del giro lingüístico porque se dio cuenta de algo esencial: el lenguaje es acción. El lenguaje no describe la realidad, la hace. NO porque yo diga “torta” y la torta se haga, sino porque el hablar es parte esencial de mundo de la vida humano. Nuestro modo de hablar co-hace la realidad, y por eso las palabras construyen los imperios y los destruyen. Los juegos de lenguaje no son más que lo cultural del hablar (NO en sentido de «culto»), que nunca puede ser neutro de la cultura que lo habita. Por ende es verdad que el lenguaje habla, y al hablar hace o des-hace.
Muchas veces les pido a mis alumnos que vean este gran discurso. Es una de las obras maestras de Chaplin. Les pido que lo vean y luego sigan:
Impresionante, por cierto. Hubiéramos necesitado un liderazgo así.
Sin embargo, el discurso tiene una tensión latente. Lo que dice es hermoso, habla de paz, pero usando el mismo estilo de Hitler. Ello pocas veces se advierte. Y el problema es: ¿hasta qué punto se puede hablar de paz usando el mismo estilo de Hitler? ¿Qué percibirá la audiencia? ¿No estará percibiendo un llamado a la revolución por la paz? Pero, ¿cómo se hace una revolución por la paz que no sea en sí misma violenta?
Esto tiene que ver con el nivel sintáctico-semántico del lenguaje y con su nivel pragmático. Habitualmente pensamos que el lenguaje es sólo lo primero, olvidando que es esencialmente lo segundo. El primer nivel es el texto; el segundo el con-texto. ¿Qué dice el texto sin contexto? Casi nada, “casi” porque es “algo” que pasa de la potencia al acto de sentido sólo con el con-texto, esto es, el nivel de lenguaje que tiene que ver con el sentido que se da entre el que enuncia el mensaje y el que lo recibe. Porque nadie habla in abstracto, nadie dice “algo”, sino que “alguien dice algo para algo y para alguien”, desde su propio mundo de sentido hacia el otro mundo de sentido.
Por ejemplo, ¿a quién se dirigía Santo Tomás con sus pruebas de la “existencia” (él no usaba esa loca palabra) de Dios? Algunos tomistas aún piensan que se dirigía a los agnósticos. No, se dirigía a San Anselmo, que NO era agnóstico. ¿Y entonces? ¿Cambia la cosa? Claro que cambia. Cambia el sentido de las vías, nada más, ni nada menos. Contexto.
Esencial.
Ahora bien, los modos de lenguaje típicamente argentino-porteños tienen una carga cultural de agresividad que hay que saber manejar y entender con cuidado. Eso quiere decir que si usted recibe a un anglosajón para hacer un negocio y le habla en el mismo juego de lenguaje que Darín usa para hablar en la peli “El secreto de sus ojos” (dije juego de lenguaje, no dije idioma) el horror del pobre anglosajón sería terrible (como sucedió entre el modo de hablar de Wittgenstein y los miembros de la “faculty” de Oxford más o menos en el 20-21) y, por supuesto, adiós su negocio.
Términos que yo no uso nunca, ni en mi vida más íntima, pero que ahora no tengo más remedio que escribir, como boludo, pelotudo, y otras palabras que ni siquiera puedo escribir como ejemplos, combinados con el “che”, “andá”, “hacés”, etc., conforman mensajes con un nivel de agresividad muy alto. Hemos aprendido a manejarlos, a hacer como si nada, sí, pero yo, por ejemplo, que no fui educado en Argentina sino en la casa de mi padre (¿se entiende?) cuando “salgo afuera” no tengo más que tener los “shields on” o de lo contrario no lo soporto.
Ahora bien, frente a eso, el planteo académico es: una doctrina como el liberalismo, que esencialmente un llamado a la paz, la convivencia con los diferentes, la tolerancia del otro, ¿puede usar el juego de lenguaje argentino sin entrar en una contradicción intrínseca?
Me responderán: pero entonces “no llegamos” a la gente.
Allí los liberales (en general) son muy ingenuamente racionalistas. Gente, no se puede llegar a la gente, y el liberalismo no se basa en llegar a la gente. No se puede llegar a la gente (estoy jugando con el lenguaje, sin precisión de otro tipo) porque si por “gente” (ahora lo estoy precisando) entendemos “las masas”, tanto Ortega, como Freud, como Fromm –autores muy poco leídos por los austro-liberales- nos han ensañado que las masas viven en un mar irracional de alienaciones a las cuales no se puede llegar racionalmente. Por eso a esas masas llegan Perón, los Kirchner, los Hitleres, etc., pero no pudo llegar el santo de Alsogaray con su pizarrón y sus razonamientos por televisión. A veces hay estadistas que sí llegan, como un Mandela o un Gandhi, pero porque son excepciones que lo que hacen es una psicoterapia social con su discurso. La política no se puede basar en la espera de esas excepciones milagrosas. El liberalismo se basó en el desarrollo de instituciones fuertes precisamente para moderar, con ese elemento aristocrático, al elemento democrático, y eso fue EEUU. Pero cómo reproducir históricamente la evolución (Hayek) hacia esas instituciones fuertes, limitantes de dictadorzuelos y populachos, es la pregunta del millón y les aseguro que no hay respuestas simples.
La conclusión, por ende, es no desesperarse por llegar a las masas alienadas ni usar para ello juegos de lenguaje contradictorios con nuestro ideario. Y una advertencia para liberales y también para sacerdotes y obispos: su misión es educar, elevar la cultura, no abajarse. Si no se puede, no se puede, pero nadie puede usar el lenguaje de Maradona (NO el médico) para explicar Einstein, ni nadie puede tocar una cumbia para difundir a Mozart.
Ahora bien, esto es sólo mi opinión. A partir de aquí, tratando de acercarme al lenguaje de Javier, a quien todos queremos y respetamos: ¿quién M me creo que soy yo? Tal vez mi opinión es una M y mejor que me la meta en el (….). Dios dirá. Que cada uno siga su camino y en paz. Pero en paz. Por eso, Javier, no lo insultes a Adrián Ravier. Si lo hiciste, pedile disculpas, y si no lo hiciste, aclaralo. Sólo eso. Seguí tu camino, él el suyo, yo el mío, en la diversidad está la riqueza y Dios dirá a largo plazo qué pasa con todos nosotros y con este mundo terrible. Por ahora, te mando un abrazo, lleno de respeto, afecto y agradecimiento por todo lo que hacés para difundir las ideas y jugarte la presión arterial ante la mayoría de estalinistas que inundan la televisión…. Y el mundo.

En su programa de Radio, Roberto Cachanosky destinó algunos minutos a tratar un tema que circuló bastante en los medios en los últimos días. Estos minutos están destinados a las formas o modos que usamos para comunicar ideas, y a la tolerancia que tenemos que tener para dialogar con el que piensa distinto.
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