El Fondo Monetario Internacional – Por Alberto Benegas Lynch (h)

El FMI fue una creación de Breton Woods inspirada por John Dexter White y John Maynard Keynes, primero como banquero de banqueros centrales y luego como prestamista. Entre otros, al decir de economistas de la talla de Peter Bauer, Doug Bandow, Robert Barro, Karl Brunner, Ronald Vauvel y Raymond Mickesell, esa institución sirve para financiar a gobernantes ineptos que cuando están por renunciar o, empujados por la realidad, revertir sus fracasadas políticas estatistas reciben cuantiosos recursos a bajas tasas de interés con períodos de gracia al efecto de continuar con aparatos estatales sobredimensionados a los que generalmente aconsejan incrementar aun más las cargas impositivas y otras medidas al efecto de equilibrar sus presupuestos, pero no reducir el tamaño del Leviatán.

Sostienen estos profesionales que ese ha sido el caso repetidamente en Argentina, México, Bolivia, Republica Dominicana, Haití, Indonesia, Irak, Pakistán, Tanzania, la ex Camboya, Filipinas, Ghana, Nigeria, Sri Lanka, Zambia, Uganda, El Salvador, Egipto y Etiopía. En este contexto Harry Johnson ha consignado que “el llamado nuevo orden internacional no es nuevo, ni orden ni internacional sino que es una copia del mercantilismo del siglo xvi”.

En su visita a Buenos Aires, Yuri Yarim Agaev, enviado por Vladimir Bukouvsky -uno de los más destacados disidentes de la ex Unión Soviética junto con Alexander Solzhenistin- informó que luego del derrumbe del Muro de la Vergüenza liberales rusos estuvieron a punto de acceder al gobierno “si no fuera por la apresurada irrupción del FMI que dotó de millones de dólares a miembros de la nomenclatura de donde finalmente surgió el actual gobierno mafioso”.

Fue muy difundido el caso del general Mobutu Sese Seko que usurpó el poder en Zaire que fue el mayor receptor de ayuda por parte del FMI en relación a su población. El poder de Mobutu fue absoluto condenando a la gente a los suplicios más horripilantes en un contexto de saqueo permanente que permitió que ese sátrapa acumulara una fortuna de ocho mil millones de dólares de esa época.

Como es sabido, el FMI se financia coactivamente con el fruto del trabajo ajeno aportado por los distintos países miembros. Entonces, debido a su antes referida trayectoria y a la fuente de recursos a la que echa mano es que autores como los mencionados al comienzo de esta nota sugieren la liquidación de esa entidad, a los que debe agregarse el jugoso ensayo de Anna Schwartz titulado “Es tiempo de terminar con el FMI y el Departamento de Estabilización del Tesoro” y  los suculentos libros, por una parte, de Melvyn Krauss titulado Development Without Aid y, por otra, el de Dambisa Moyo titulado Cuando la ayuda es el problema en los que se detallan innumerables casos patéticos de países que reciben cuantiosos recursos en medio de corrupciones alarmantes y dislates económicos fomentados por la ayuda que proviene coercitivamente de bolsillos ajenos.

Publicado originalmente en la edición impresa del diario El Cronista, Lunes 14 de mayo de 2018.

En torno al esquema Ponzi – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hay veces que se denuncian estafas sin percatarse de la estafa mayor en que viven los denunciantes que centran su atención en islas más o menos insignificantes en comparación con otras inmensas que los rodean.

Como es del público conocimiento se ha dado en llamar esquema piramidal o esquema Ponzi a la presentación de aparentes inversiones jugosas cuando en verdad se oculta un asalto al incauto que entrega sus ahorros con la promesa de retornos majestuosos.

En verdad el sistema opera en base a la entrega de los intereses prometidos pero que básicamente se financian con el principal de otros. En la medida en que todos confían no se reclama el principal y si ocurre marginalmente se argumenta que los dineros están colocados, hasta que se revierte la situación por diversos factores y se descubre el entramado fraudulento al interrumpir el flujo.

Esto lo llevó a cabo en gran escala el decimonónico Carlo Ponzi en base a la adquisición de cupones postales imitando al precursor en esos menesteres William Miller con operaciones de menor cuantía.

A través de la historia se registraron casos de estafas similares alegando distintas carteras, pero como es sabido se destaca un sonado caso en Estados Unidos y recientemente uno en nuestro país de características parecidas.

Mi punto en esta nota es que se llevan a cabo estafas de esa índole de modo sistemático y oficializado sin que se multipliquen las denuncias. Es el caso de los llamados esquemas estatales de seguridad social (más bien de inseguridad antisocial) basados en sistemas de reparto y por tanto actuarialmente quebrados que deben ser sufragados por cargas impositivas adicionales.

Estos sistemas entregan cifras insignificantes a los que depositaron obligadamente el fruto de sus trabajos que no guardan la más mínima relación con lo que podrían haber obtenido calculado el respectivo interés compuesto.

El seudoargumento para obligar a los aportes es que la gente no es previsora para su vejez. Un razonamiento errado por partida doble. En primer lugar si esto fuera así los aparatos estatales deberían destinar agentes de policía para verificar que una vez cobrada la pensión no la utilicen para beber en el bar de la esquina, con lo  que se habrá implementado un sistema orwelliano. En segundo lugar, los hechos desmienten esa hipótesis, por ejemplo, en el caso argentino en el que los inmigrantes invertían en terrenos y departamentitos para alquilar lo cual fue aniquilado por las nefastas leyes de alquileres y desalojos.

Y no se trata de convertir el sistema de reparto estatal en uno obligatorio de capitalización privado. Se trata de que cada uno pueda disponer libremente de su bolsillo.

Por último, destaco otro esquema Ponzi de envergadura colosal como es el endeudamiento público liderado desde hace un tiempo nada menos que por Estados Unidos. Ninguna familia ni empresa ni gobierno pueden mantenerse a flote por tiempo indefinido viviendo de prestado, especulando con que no se reclamará el principal y que se puedan pagar los intereses.

Publicado originalmente en la edición impresa de El Cronista, Jueves 12 de abril de 2018.

¿EN VERDAD UNA SOCIEDAD IGUALITARIA? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hoy se repite casi sin pensar en muy diversos medios que el objetivo supremo consiste en el igualitarismo. Incluso se citan fuentes que en verdad contradicen lo dicho, como cuando, por ejemplo, se menciona la Declaración de Derechos en el origen de la revolución francesa que en realidad alude expresamente a la igualdad de derechos en su primer artículo (“Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”), lo cual, junto con otros principios fundamentales fue negado por la contrarrevolución. Sin embargo, la revolución norteamericana mantuvo incólume aquella idea durante un largo período de tiempo y por eso prosperó en grado superlativo a diferencia del terror y el despotismo en que sucumbió la nación francesa en esas épocas.

Del principio de la igualdad de derechos deriva necesariamente la igualdad ante la ley que está indisolublemente atada a la noción de Justicia ya que no se trata de iguales en atropellos sino anclado en aquello de “a cada uno lo suyo”, es decir en el respeto a la propiedad de cada cual (lo suyo, adquirido de modo legítimo).

Sigue leyendo

SÓCRATES EN NUESTRAS VIDAS – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Hace tiempo las cátedras universitarias estaban plagadas de las llamadas “clases magistrales” en las cuales el profesor leía su clase y consideraba una falta de respeto que lo interrumpan con preguntas, dudas y, mucho más si fueran críticas. Visto desde ahora este procedimiento no tenía sentido, era mejor y más cómodo sacar una copia del texto y estudiarlo en el lugar que cada alumno estimara de mayor comodidad, sin tener que asistir al aula. Afortunadamente esto cambió radicalmente y el profesor no solo admite sino que estimula críticas y reflexiones de los estudiantes que invita a introducir sus pensamientos a media que desarrolla la clase. Pero recientemente han aparecido ideas inauditas en las que se sostiene que el profesor no debe tener parte activa sino que los alumnos son los que deben dirigir la clase en el sentido que les venga en gana. Esto es antididáctico y constituye un dislate. Una cosa es que el profesor guíe y estimule los pensamientos de sus estudiantes -sea en clases presenciales o a través de aulas virtuales- y otra bien distinta es abdicar de la cátedra y de los programas de la respectiva casa de estudios.

Como una cuestión semántica, quienes están a cargo de la cátedra tal vez convenga denominarlos tutores y no profesores ya que no se trata de circunscribirse a profesar sino a estimular pensamientos, a investigar y al espíritu contestatario al tiempo que conduce las discusiones en el contexto de alumnos sentados en forma de círculo al efecto de subrayar un formato de debate y cuestionamiento y en ningún caso de una audiencia pasiva que se limita a tomar notas. Como ocurre en todo proceso de cambio, hay quienes se quedan a mitad de camino y no se atreven a incursionar en el desafío y la formidable aventura del pensamiento abierto y a recibir aportes de estudiantes (por lo que la mejor manera de aprender es el ejercicio de la cátedra).

Los pioneros de lo que hoy se conoce como “seminarios socráticos” -debido al sistema de mayéutica a que recurría el filósofo, es decir, a través de preguntas reiteradas- son tres pensadores destacados: Scott Buchanan, Mortimer Adler y Michael Strong que han incorporado de modo sistemático las características antes mencionadas en sus libros y enseñanzas (o más bien tutorías) que resume este último autor en The Habit of Thought. From Socratic Seminars to Socratic Practice.

Sigue leyendo

¿Hay que modificar el INDEC? – por Alberto Benegas Lynch (h)

Ha circulado en distintos medios en estos días que la actual gestión gubernamental tiene el propósito de establecer una nueva agencia de estadísticas en reemplazo de la existente.

Las intenciones son buenas porque intenta una mayor independencia para que no vuelvan a ocurrir las arbitrariedades y  las falsificaciones que son del dominio público perpetradas por la anterior administración. Esto por más que se pretenda eximirla de cierta responsabilidad a los efectos de no cargar con nuevos y pesados endeudamientos al vincularlos con algunos indicadores, según convenidos oportunamente establecidos.

Recuerdo que cuando resultaron claros los atropellos al INDEC, mi colega en la Academia Nacional de Ciencias Económicas, Alfredo Canavese, se comunicó conmigo para invitarme a firmar una declaración que ponía de manifiesto ese despropósito.

En ese intercambio le dije al referido invitante que aceptaba que se incluya mi nombre en la antedicha manifestación pública pero que me parecía de rigor comentarle a nivel personal que la crisis aludida nos debiera hacer pensar en el sentido de contar con una entidad estatal de estadística.

En esta dirección manifesté que se presentaba la oportunidad de poner de relieve que el desguace de facto de la entidad, con  todos sus problemas y efectos dañinos, simultáneamente abría la posibilidad e incentivaba a que distintas expresiones académicas y profesionales se pusieran a trabajar en la confección de estadísticas.

Este proceso también consideraba que haría posible la competencia entre las referidas instituciones, lo cual significaría una auditoría cruzada para lograr los mayores niveles de excelencia, lo cual ocurrió con creces.

Esta idea fue originalmente propuesta por el premio Nobel en economía James M. Buchanan en su visita a Buenos Aires, lo cual fue tomado a mal por los apegados al status quo de siempre.

Confieso que ahora no propongo esto con demasiado optimismo en cuanto al deseo de los actuales gobernantes para ejecutar  la idea ya que no en todos los  casos cambiemos cambia. De todos modos reitero que sería de gran interés que zafen de la letanía de copiar lo que hacen otros y se decidan  por abrir rumbos imaginativos, no solo para reducir el gasto público monumental que padecemos sino  para contar con una real independencia y calidad estadística. Mientras la entidad se encuentre en la órbita política nunca habrá una real independencia de las tentaciones del poder.

En este contexto, cierro con un pensamiento que he citado en  otras ocasiones pero es del caso reiterarlo. Se trata del jeffersionano y doctor en leyes Leandro N. Alem quien en la legislatura de la provincia de Buenos  Aires, en 1880, expresó: “Gobernad lo menos posible. Si, gobernad lo menos posible porque mientras menos gobierno extraño tenga el hombre, más avanza la libertad, más gobierno propio tiene y más fortalece su iniciativa y se desenvuelve su actividad”.

Publicado originalmente en El Cronista, en la edición impresa del 27 de marzo de 2018.

¿Para qué sirve el Banco Central? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

De entrada decimos que la banca central no puede dejar de equivocarse. Independientemente de lo probos y competentes que sean sus directores, sólo pueden decidir en una de tres direcciones: a qué tasa expandir la base monetaria, contraerla o dejarla inalterada.

Cualquier camino distorsionará los precios relativos respecto a lo que hubieran sido de no haber mediado la intromisión. Por otro lado, si hacen lo mismo que hubiera hecho la gente no tendría sentido la intervención con el consiguiente ahorro de gastos inútiles. Para saber como actuaría la gente hay que dejar que se exprese libremente.

Sigue leyendo

Consecuencias del gasto elefantiásico – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Antes de la Primera Guerra Mundial la guerra civil al decir de Stefan Zweig el gasto público sobre el producto rondaba entre el 3% y el 5% tal como estima A.J.P. Taylor en su historia de Inglaterra. Hoy esta ratio en los países llamados del mundo libre se ubica entre el 35% y el 60%.

Este fenómeno creciente se debe a las mayores tareas que han ido absorbiendo los aparatos estatales en detrimento de los bolsillos de la gente puesto que los gobiernos nada tienen que previamente no haya sido arrancado del fruto del trabajo ajeno. Al abarcar faenas que no le competen en una sociedad libre, tienden a abandonar sus misiones específicas como la seguridad y la justicia.

El cuadro de situación no es muy lejano al descripto por el decimonónico Frédéric Bastiat en cuanto a que el Gobierno se ha convertido en «una gran ficción por la que cada uno pretende vivir a costa de los demás». Esto así se torna insoportable y crea conflictos permanentes. Como se ha dicho, lo curioso es que muchos se percatan y critican la enfermedad pero son muy pocos los que aceptan los remedios.

Es indispensable comprender que al reducir el gasto público, de inmediato se liberan recursos al efecto de asignarlos a emprendimientos productivos lo cual beneficia especialmente a los más necesitados. Desde luego que, como señalé en otra oportunidad, mucho peor es si se aplica un gradualismo al revés incrementando el déficit fiscal conjunto y el endeudamiento externo e interno para alimentar nuevos gastos netos.

En el caso argentino la situación se complica puesto que, como la presión impositiva ya es una de las más altas del mundo, el gasto elefantiásico se financia con deuda externa lo cual, a su turno, redunda en deuda interna ya que la banca central recoge pesos emitidos contra las correspondientes divisas extranjeras al efecto de no aumentar aun más la inflación. Este procedimiento no solo repercute en la tasa de interés sino que provoca un atraso artificial en la cotización del dólar. A su vez, lo dicho contrae artificialmente las exportaciones con lo que se trastoca la balanza comercial debido a las antedichas intromisiones estatales.

Ya las vivimos estas experiencias una y otra vez los argentinos. Para recordar solo los barquinazos recientes tengamos presente los desastres de Gelbard, la tablita de los militares, el final del Plan Austral, la confiscación de depósitos por las derivaciones de la mal llamada convertibilidad (mal llamada porque en la literatura económica significa canje de papel por dinero-mercancía y no un papel por otro papel, lo cual es más bien tipo de cambio fijo con intención de mantener política monetaria pasiva), la crisis del 2001 y el desbarranque monetario y fiscal del kirchnerismo.

Cuando un Gobierno asume la responsabilidad es para resolver problemas, no para dar explicaciones por qué no pudo resolverlos. Estos ejes centrales pueden llevarse puesto a todo lo demás.

Artículo publicado originalmente en El Cronista, edición impresa del 27 de febrero de 2018.

 

SOBRE EL DISCURSO DE TRUMP EN DAVOS – Por Alberto Benegas Lynch (h)

La frase clave del discurso del presidente estadounidense en Davos muestra su desconocimiento radical respecto al significado del comercio internacional. Así dijo que “Buscamos reformar el sistema de comercio internacional. No podemos tener un comercio libre para todos. Nosotros apoyamos el comercio libre pero debe ser justo y recíproco”. Misma perorata de los gobernantes tercermundistas. Reformar el comercio internacional para bloquear el comercio. La libertad no es para todos y la reciprocidad muestra el desconocimiento palmario del intercambio en una sociedad abierta. El que compra pan no espera que el panadero le compre sus servicios y así sucesivamente. El que se abre al comercio tiene todo que ganar aunque existan porfiados que se mantienen cerrados. El objeto del comercio internacional y de todo comercio consiste en importar o comprar, las exportaciones o las ventas constituyen el costo de las importaciones o las compras. Lo ideal sería poder importar o comprar ad infinitum sin necesidad de exportar o vender pero esto significaría que el resto nos estaría regalando bienes y servicios.

El discurso de Trump no es una novedad puesto que desde la campaña está bregando por la ruptura de acuerdos de libre comercio y por el proteccionismo más cavernario. No solo su conducta ética y estética deja mucho que desear sino que su política de reducir impuestos con una suba simultánea en los gastos -especialmente en infraestructura y en el sector militar- se encamina a mal puerto tal como lo han señalado innumerables observadores y analistas políticos. Por ejemplo, el célebre Bill Bonner en su artículo titulado “Antídoto para el optimismo” señala el peligro de confundir efectos aparentemente estimulantes con causas de fondo negativas y concluye que “A menos que se reduzca el gasto del estado profundo, no habrá una ganancia neta por la reducción de impuestos”. Algunas partes de lo dicho fueron reiteradas por el mandatario (con ínfulas de mandante) en su disertación de la semana siguiente a Davos ante ambas cámaras en el Congreso de los Estados Unidos, con agregados como la ratificación del esperpento de Guantánamo y sus conocidas aseveraciones sobre la inmigración.

Sigue leyendo

LEGISLACIÓN SINDICAL, EL CASO ARGENTINO – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Lo primero es subrayar que en una sociedad abierta el derecho a asociarse o no asociarse constituye uno de los postulados básicos a los efectos de la cooperación social. Como deben ser las asociaciones es algo que no compete a quienes están fuera de ellas, en primer lugar los gobiernos que solo deben velar porque no hayan lesiones de derechos, en caso que las hubiera dicha agrupación se convierte en una asociación ilícita.

Pero antes de otras consideraciones sobre el tema sindical, es menester aclarar con toda precisión que los salarios e ingresos en términos reales de deben exclusivamente a la cuantía y calidad de ahorros internos y externos invertidos en un contexto de conocimientos relevantes,  lo cual hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento. Esa es la diferencia entre zonas de mayores o menores salarios basadas en el primer caso en marcos institucionales respetuosos de la propiedad de cada cual.

El nivel de salarios no es solo monetario, es también no-monetario como lo son todas las condiciones laborales que rodean al caso desde los períodos de descanso a la música funcional. En rigor, estas condiciones no pueden ser legisladas, como queda dicho, son consecuencia de los niveles de las tasas de capitalización. Más aun, si se legislan más allá de demandas civiles o penales por incumplimientos contractuales o delitos, los resultados indefectiblemente son el desempleo en primer lugar de aquellos que más necesitan trabajar y en segundo lugar de todos a quienes las condiciones laborales son superadas por las normas legales respecto a las antedichas tasas de inversión. El voluntarismo no cuadra.

Sigue leyendo

¿Qué proponen los libertarios y por qué habría que escucharlos?

Libertarios en la Argentina ha habido siempre. En su historia habrá que retroceder al menos unas cuantas décadas para ver que en los años 1950 Alberto Benegas Lynch padre fundaba, junto a algunos empresarios, el Centro para la Difusión de la Economía Libre, luego llamado Centro de Estudios para la Libertad. En estos centros se ofrecieron conferencias y publicaciones de libros de variados autores como Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Leonard Read, Henry Hazlitt, Israel Kirzner o Murray Rothbard. Quizás haya algún lector que recuerde las seis conferencias multitudinarias de Mises en la UBA en 1959. Desde ya que la diferencia entre un liberal como Hayek y un libertario como Rothbard, fue siempre motivo de disputas internas entre libertarios, pero hoy no nos vamos a detener en ello. Más bien, los tomaremos como compañeros de camino.

La posta la tomó su hijo Alberto Benegas Lynch (h), hoy Presidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, quien fundó en 1978 la Escuela Superior de Economía y Administración de Empresas (ESEADE), creando los primeros posgrados en Argentina. En sus cuatro Maestrías en Economía y Ciencias Políticas, Economía y Administración de Empresas, Derecho Empresario y Activos Financieros, los alumnos recibían los fundamentos para defender la libertad individual, la propiedad privada, la economía de mercado y el gobierno limitado, además de los conocimientos específicos de cada programa.

Muchos de estos alumnos a su vez, formaron numerosas fundaciones e institutos pro mercado en distintas provincias, que como efecto cascada formaron a miles de jóvenes en las ideas de la libertad. Estos jóvenes hoy quizás no son docentes o académicos prestigiosos (aunque algunos lo son, como el Dr. Eduardo Stordeur o el Dr. Nicolás Cachanosky), pero lideran y gerencian distintos departamentos de las principales compañías del país.

Martín Krause lo sucedió a Alberto Benegas Lynch (h) como Rector de este Instituto Universitario, donde también pasaron excelentes docentes como Juan Carlos y Roberto Cachanosky, Gabriel Zanotti, Enrique Aguilar, Gustavo Matta y Trejo o Ricardo Manuel Rojas (sin ánimo de ser exhaustivo).

¿Qué proponen los libertarios para esta Argentina? En una Argentina donde ya no podemos pensar la educación, la salud, las jubilaciones y pensiones, el cuidado del medio ambiente o la administración de la moneda y los bancos sin el ente gubernamental como principal regulador, los libertarios proponen un debate necesario. Repensar una Argentina en la que podamos prescindir del Estado. Aspiran a que cada argentino pueda pagar su propia educación y la de sus hijos; que pueda cubrir sus costos sanitarios; que pueda elegir cómo y cuándo jubilarse y que su pensión dependa de los montos y años de aporte. Proponen, en definitiva, libertad y responsabilidad, para terminar con la “estatolatría” donde el Dios Estado es el que ofrece empleo y garantiza seguridad social porque, de hecho, jamás ha garantizado otra cosa que pobreza. Repensar una Argentina donde este flagelo sea gradualmente erradicado a través del mercado, como viene ocurriendo en gran parte del mundo, incluidas China y la India (ver El Gran Escape de Angus Deaton). Donde la libertad de empresa y la iniciativa privada sean el motor del empleo genuino, de la innovación, de la creatividad y de las oportunidades para alcanzar una vida mejor. Donde la igualdad que importa es “ante la ley”.

En una Argentina donde la policía respalda a las mafias, los libertarios piden, siguiendo a James M. Buchanan, desconfiar de la política, lo que en definitiva es fundamento para un gobierno limitado.

¿No es esto una utopía? Una sociedad sin estado es irrealizable en esta Argentina, sin dudas. El libertario desde luego está dialogando en un “plano ideal” que a muchos les parecerá lejano. Está debatiendo para una sociedad futura, donde posiblemente la cultura anti-capitalista sea abandonada por otras creencias pro-mercado. Le preocupa entonces definir cuánto estado haría falta en ese estado ideal, y llega a la conclusión de que no sería necesario ninguno, ni siquiera en justicia o seguridad.

Pero al margen de ese debate puro, también hay un mensaje que puede ser útil para nuestra Argentina y que deberíamos escuchar.

¿Cuál es este mensaje? Que la Argentina presenta un gasto público desbordado que aunque se pudiera financiar cubre necesidades de gente que no necesita la ayuda estatal. El primer paso entonces es desmantelar ese Estado que ayuda al que no lo necesita. Que aquellos que pueden pagar educación o salud para sí y para sus familias, lo hagan. Que aquel que puede tener su propia pensión la tenga. Que aquel que puede pagar servicios públicos que cubran los costos lo haga. Que aquel que puede pagar el precio real del combustible lo pague también. De ese modo reducimos la mochila de impuestos, deuda e inflación que recae sobre las empresas y que evita que sean competitivas en un mundo abierto y globalizado. De ese modo habría empleos y mejores salarios reales para todos.

¿Y qué ocurre con los que no pueden pagar estas cosas? Para la educación y la salud existe la propuesta de vouchers de Milton Friedman. El libertario lo aceptará en la transición, aunque insistirá que ese dinero de los cupones sale del bolsillo del contribuyente y que sólo será temporal.

Para las pensiones se deberá crear un sistema privado de aporte voluntario, que no tiene relación con lo que hubo durante el menemismo, y ni siquiera con el sistema que hoy rige en Chile. El sistema libertario de pensiones no necesita que el gobierno autorice a ciertas empresas a operar, ni que fije comisiones, sino que simplemente se haga a un lado y permita la competencia. El mercado operará bien en su ausencia, como de hecho ocurre con la gran mayoría de bienes y servicios. Desde luego que para cubrir a los actuales pensionados se necesitarán pagar impuestos, pero debemos distinguir entre la solución al problema actual donde el Estado se consumió los ahorros de los actuales jubilados respecto del sistema previsional para el futuro.

Comparar al oficialismo con el mensaje libertario muestra lo moderado del gobierno de Mauricio Macri, que si bien en anuncios y conferencias promueve cierto relativo liberalismo, en la práctica encuentra inacción, quizás por los obstáculos que el libertario muchas veces pasa por alto.

Y aquí viene la pregunta: ¿Propone el libertario desmantelar hoy al Estado por completo? Habrá quien lo proponga, pero no es lo más usual. El libertario entiende que el Estado está sobredimensionado y sabe que corregir esto sólo puede redundar en mayor calidad de vida para todos. Sabe que en el plano político, la prioridad del gobierno es mantener el orden público, y que eso sólo se consigue atendiendo a lo que es políticamente viable en cada momento. Es por eso que la regla general que el gobierno debe seguir es bajar el gasto todo lo posible, mientras pueda mantener el orden público.

Y allí encontramos el gran dilema, ya que cierta mentalidad anti-capitalista impide avanzar en reformas profundas como las que el libertario propone. En este sentido, mientras el libertario busca abrir el debate en un plano teórico, también acepta en la política pública una transición ordenada que no deje a nadie sin sustento. En la búsqueda de ese camino está claro que ambos roles, el académico y el político, se deben retroalimentar.

Publicado originalmente en El Cronista, el miércoles 17 de enero de 2018.