Siempre me ha llamado la atención que no pocos estudiosos de la física,
es decir, de lo que habitualmente se entiende por materia, comprenden lo humano
y espiritual muchas veces más profundamente que quienes son oriundos de las
ciencias sociales que con algunas de sus reflexiones en la práctica niegan la
condición humana.
Aquel ha sido el caso, por ejemplo, de Max Planck, el premio Nobel en física, célebre por la teoría cuántica. En su libro traducido al castellano como ¿Hacia donde va la ciencia? apunta que “Se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en las manos de una férrea causalidad […] Esta es una cuestión muy importante, especialmente en la actualidad, debido a la difundida e injustificada tendencia a extender los dogmas del determinismo científico a la conducta humana y así descargar la responsabilidad de los hombros de los individuos”.
Lo dicho por Planck resulta fundamentalísimo precisamente en momentos en
que el materialismo invade muy diversos campos de estudio dentro de las
ciencias sociales. Así se sostiene que lo que decimos y hacemos deriva de
nuestras respectivas programaciones, que somos como el loro, más complejos pero
loros al fin. Que somos kilos de protoplasma sin estados de conciencia, mente o
psique, lo cual no nos permitiría distinguir entre proposiciones verdaderas y
falsas, no seríamos capaces de ideas autogeneradas, no podríamos argumentar, no
tendría sentido la responsabilidad individual,
la moral y la propia libertad ya que no habría libre albedrío.
Lo que sostiene Planck puede aparecer como inocente y despegado de la
realidad pero está encajado en la psiquiatría donde no pocos profesionales
paradójicamente desconocen la psique, no distinguen la mente del cerebro y
parlan de “enfermedades mentales” cuando la patología explica que la enfermedad
consiste en la lesión de células, órganos o tejidos pero los comportamientos y
las ideas no pueden estar enfermas. En el derecho, especialmente en la rama
penal, muchas veces ocurre esa confusión por lo que se concluye que el
delincuente no debe ser castigado puesto que no es responsable de sus actos. En
la economía, también paradójicamente en la teoría de la decisión en el contexto
de la novel nuroeconomics.
El premio Nobel en neurofisiología John Eccles ha escrito el libro La psique humana para refutar el
determinismo materialista y ha publicado un libro en la misma línea argumental
con Karl Popper que lleva el sugestivo título de El yo y su cerebro. Eccles ha escrito en el ensayo titulado
“Cerebral Activity and the Freedom of the Will” que “negar el libre albedrío no
es un acto racional ni lógico. Esta negación presupone el libre albedrío debido
a la deliberada elección de esa negación, lo cual es una contradicción”.
En otras palabras, mientras algunos economistas, profesionales de la
psicología, abogados y cientistas sociales en general se debaten en una carrera
mezcla materialismo con planificaciones forzosas de vidas y haciendas ajenas,
hay distinguidos estudiosos de las ciencias físicas y médicas que comprenden
mejor el espíritu del ser humano. Vean en el sentido anterior por ejemplo la
manifestación del premio Nobel en economía Paul Samuelson que en 1989 -el mismo
año del derrumbe del Muro de Berlín- quien escribió en una nueva edición de su Fundamentos de análisis económico que la
Unión Soviética muestra que “una economía socialista planificada puede
funcionar e incluso prosperar”.
Esta curiosidad de científicos de la materia que entiendan las ciencias
humanas mejor que los propios especialistas en esa área tal vez se deba a que
por contraste al estudiar la energía propia de la materia al observar a las
personas se percatan de que se trata de algo de naturaleza bien distinta y
única respecto al reino animal. Sin embargo, se nos ocurre decir que quienes
están embarcados en el estudio del hombre erróneamente lo extrapolan al mundo físico
sin haberlo profundizado.
Tenemos el caso extraordinario de Michael Polanyi, justamente físico y médico quien ha
escrito obras de gran calado sobre las ciencias sociales. Fue quien desarrolló la idea del “conocimiento
tácito” en el contexto del mercado libre en el sentido de quienes ponen en
práctica lo que saben aunque no puedan explicar como lo llevan a cabo. Es el
caso de la mayor parte de los ciclistas, simplemente andan sin explicar las
leyes físicas inherentes al proceso. Esto complemente lo señalado por Friedrich
Hayek en cuanto a la coordinación en el mercado a través del sistema de
precios, cada uno ocupándose de su interés particular pero crean productos
finales que no estaba en su intención
producir, solo contribuyeron en partes insignificantes. Como antes he
escrito, es lo mismo que pone en evidencia John Stossel cuando ilustra lo dicho
con un trozo de carne envuelto en celofán en un supermercado e invita a que
cerremos los ojos e imaginemos en regresión desde el agrimensor, los alambrados,
los postes, las cosechadoras, lo plaguicidas, los fertilizantes, el ganado, los
caballos, las monturas cada uno haciendo lo suyo sin pensar en el trozo de
carne en el supermercado. Nos invita a imaginar las miles de empresas
horizontal y verticalmente que participan sin que nadie dirija todo el proceso
y si se lo pretende dirigir (planificar) se destroza toda la cadena espontánea
y hay faltantes y eventualmente no aparece la carne en la góndola.
Polanyi en The Logic of Liberty alude al proceso
espontáneo de mercado de al decir primero que cuando se observa un jardín
arreglado o una máquina funcionando suponemos que alguien lo hizo, esta es la
forma obvia del orden pero también, sigue diciendo Polanyi, que una jarra de
agua la llena con una densidad igual en un plano horizontal sin que nadie lo
diseñe, ese es el orden físico pero “cuando el orden se logra entre seres
humanos a través de permitirles que interactúen entre cada uno sobre la base de
sus propias iniciativas se logra un orden espontáneo”. De modo que tenemos el
orden obvio, el orden físico y el orden espontáneo que Adam Smith bautizó como
“la mano invisible”.
También Polanyi en Meaning (editado por H. Prosch) se
detiene a considerar la vital importancia de la libertad para discutir
públicamente muy diversas perspectivas, la necesaria libertad para investigar
en las ciencias, la libertad para debatir los resultados de lo que se descubre
en el campo de las instituciones y los fallos judiciales, la libertad para cada uno seguir su proyecto
de vida sin lesionar iguales derechos de terceros, en otros términos, la
libertad como oxígeno vital y como fundamento del respeto recíproco.
El premio Nobel en
medicina Roger W. Sperry hace notar que “la conciencia está concebida para
tener un rol directo en la determinación de las pautas en la excitación del
cerebro. El fenómeno de la conciencia en este esquema está concebido para
interactuar y en gran medida gobernar los aspectos histoquímicos y fisiológicos
y las mentales […] lo cual significa una contradicción directa con las tesis
centrales de behavorismo y con la filosofía materialista”. Por esto es que el
antes mencionado filósofo de la ciencia Popper concluye que “si nuestras
opiniones son resultado distinto del libre juicio de la razón o de la
estimación de las razones y de los pro y contras, entonces nuestras opiniones
no merecen ser tenidas en cuenta. Así pues, un argumento que lleva a la
conclusión de que nuestras opiniones no son algo a lo que llegamos nosotros por
nuestra cuenta, se destruye a si mismo”.
El propio Heisenberg
enfatiza que la indeterminación en el mundo subatómico no significa libertad en
las partículas sino la dificultad que presenta el uso de instrumentos
(establece la conexión entre la física y la visión filosófica en Phisics and Philosophy. The Revolution of
Modern Sciences) y, en este contexto, el neurocirujano Wilder Penfield en The Mystery of Mind destaca que
Hipócrates fue el primero en señalar la relación mente-cuerpo que “fue incluida
en una conferencia dirigida a un grupo médico sobre la epilepsia […] dijo que ´Para la conciencia el cerebro es un
mensajero´ . En realidad, su discusión constituye el mejor tratado sobre la
mente y el cerebro que apareció el la literatura médica hasta bien transcurrido
el descubrimiento de la electricidad”. El mismo autor subraya que en la fórmula
clásica de juramento médico hipocrático está presente un código moral que el
materialismo rechaza y resume el punto al escribir que “la función de la
materia gris es la de llevar a cabo la acción neuronal que se corresponde con
las acciones de la mente”.
Albert Einstein en
carta a Robert Thorton el 7 de diciembre de 1944 ha manifestado que “Concuerdo plenamente con
usted sobre el significado y el valor educativo de la metodología y la historia
y la filosofía de la ciencia. Hay tantas personas hoy -incluyendo a científicos
profesionales- que me parecen como alguien que ha visto miles de árboles pero
nunca vieron un bosque. El conocimiento de antecedentes históricos y
filosóficos otorga independencia de prejuicios de su generación, lo cual sufren
muchos científicos. Esta independencia creada por una visión filosófica es -en
mi opinión- la marca distintiva entre el mero artesano y especialista y el que
realmente busca la verdad”.
En resumen, es
llamativo que muchos estudiosos de lo material tengan un concepto sobre lo
espiritual más acabado que no pocos de los que trabajan en las ciencias
sociales que se empeñan en aniquilar la libertad y que son habitualmente los
asesores de figuras autoritarias. Jaques Rueff en La visión cuántica del universo. Ensayo sobre el poder dice que es
en verdad muy llamativo que deban utilizarse microscopios y otros instrumentos
para conocer la naturaleza de la materia y a simple vista se ve la condición
humana sin microscopios y otros instrumentos de laboratorio y sin embargo se
niega la naturaleza libre del ser humano.
Todos los personajes citados han tenido rasgos
geniales sin que se les prestara la suficiente atención en el tema aquí tratado
a pesar de sus sapiencias, pero como ha escrito Johnathan Swift (en Thoughts on Various Subjects, Moral and
Diverting), “Cuando en el mundo aparece un verdadero genio, puede
identificársele por este signo: todos los necios se conjuran contra él”.