Alexis de Tocqueville predijo hace casi un siglo y medio que la creencia en el “principio de igualdad”, que era, a su entender, la característica más fundamental y significativa de la vida norteamericana, se difundiría con el tiempo por todo el mundo. Esa era de igualitarismo motivado principalmente, según Tocqueville, por el sentimiento de envidia, ha empezado a despuntar.1

En conceptos tales como “rebelión de las masas”, “rebaño”, “muchedumbre”, “deseo de poder”, “robot alegre”, “cultura sensible”, “centralización”, “burocratización” y “cesarismo”, varios sociólogos captaron algunos de los perfiles de la actual época igualitaria.2 Sin embargo, el término imperio es el más preciso para describir el paradigma histórico en desarrollo en que nos encontramos, el cual engloba los conceptos antes mencionados.

La preocupación de muchos intelectuales del siglo XX por el fenómeno del imperialismo -que era en otro tiempo una definición secundaria de imperio-, ha oscurecido el significado original de éste. A medida que la civilización occidental se aleja del imperialismo, enfrenta en su madurez, al igual que lo hicieron las civilizaciones romana y china, el dilema del imperio como un estatismo asfixiante, centralizado y burocrático que a pesar de la abundancia material y de la posibilidad de disfrutar ampliamente del tiempo libre amenaza con despojar a la vida del goce de la libertad, de la creatividad y, finalmente, de su significado mismo.

La igualdad, el igualitarismo, el imperio y la envidia, a los cuales nos referiremos aquí como factores “I-E” (“I” de igualdad, igualitarismo e imperio y “E” de envidia), son, por consiguiente, aspectos claves de un síndrome histórico dentro del cual han evolucionado las civilizaciones.

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