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ZELIG, EL PERSONAJE DE NUESTRO TIEMPO – Por Alberto Benegas Lynch (h
Me refiero a la producción cinematográfica de Woody Allen en la que se representaba a un fulano que carecía de timón interior y que todo lo operaba según lo que decían, hacían o pensaban quienes tenía en su cercanía. Recordemos que Zelig era del Partido Demócrata si estaba con un demócrata, era del Partido Republicano si estaba con un republicano, si está con un psicoanalísta se mimetiza con esa profesión, incluso si está con un negro comienza a mutar su piel. Es estrictamente un camaleón. Woody Allen que adopta el personaje central en ese rodaje, dice que “es más seguro” proceder de ese modo.

Es lo que en gran medida ocurre hoy en día. La mayoría siente la necesidad de ajustarse a los demás. Se renuncia a la individualidad, a los más distintivo y precioso que tiene el ser humano: su unicidad en toda la historia de la humanidad. Se amputa de su tesoro más valioso. Deja de ser para ser los demás. Hay pereza y temor por pensar distinto. Hay inseguridad y debilidad interior. La responsabilidad lo abruma, prefiere endosar las decisiones al grupo. Abdica de su persona y se incorpora a la manada. No tiene voz sino que es eco. Es inconcebible ir contra la corriente. Se masifica. Tiene que ser parte del coro. Es un masoquismo moral. Se entrega a la nada.
El estrepitoso fracaso de la sustitución de importaciones argentina
Ante la quita del arancel a las computadoras importadas se derrumbó la industria local protegida.
En diálogo con PanAm Post, el economista Adrián Ravier manifestó que el fracaso del experimento kirchnerista era totalmente predecible. “Estos procesos cuentan con una gran inversión al principio, pueden mostrar supuestos resultados de producción, pero se terminan cuando se quitan los subsidios, aranceles y privilegios”, manifestó el especialista.
Para Ravier, aunque se muestre algún resultado engañoso de lo que se produce, lo que no se ve ante los experimentos de sustitución de importaciones es lo que paga la sociedad: “precios más altos por productos de peor calidad”.
“A pesar de las teorías que se vienen desarrollando desde la década del 30, lo cierto es que más del 90% de la manufactura argentina no se exporta y queda en el país. Los productos terminan en un mercado local de consumidores que no tienen otras opciones por las barreras arancelarias. Por eso digo que hay que desmantelar la industria argentina. No porque tenga nada contra ella, sino porque 40 millones de personas no pueden ser esclavas de un grupo de empresarios que producen bienes de mala calidad y alto precio. Hay que liberar la competencia”, resaltó.
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La Argentina debe retomar la senda del liberalismo – Por Alberto Benegas Lynch (h)
Al contrario de lo que desafortunadamente muchos sostienen, es de desear que nuestro país retome la senda del liberalismo iniciada por el padre de nuestra Constitución fundadora, Juan Bautista Alberdi. La aplicación de estas recetas nobles permitieron que la Argentina se ubicara entre las naciones más prósperas del planeta.

Desde la Constitución de 1853 hasta los golpes fascistas, primero del 30 y luego del 43, nuestros salarios e ingresos en términos reales de los peones rurales y de los obreros de la incipiente industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España. Los inmigrantes a estas costas competían con los ámbitos atractivos estadounidenses. Las exportaciones se encontraban a la altura de las de Canadá y Australia. En el Centenario, miembros de la Academia de Francia comparaban los debates de esa entidad con los que tenían lugar en nuestro Parlamento dada la versación y elocuencia de sus integrantes.
Luego vino el derrumbe estatista, provocado por gastos públicos siderales, déficit fiscales monumentales, regulaciones asfixiantes, impuestos exorbitantes y deudas gubernamentales galopantes. Y las crisis se sucedieron sin solución de continuidad.
A pesar de este cuadro de situación lamentable hay quienes critican un liberalismo inexistente al que pretenden sustituir por el adefesio de un denominado «neoliberalismo» con el que ningún intelectual serio acepta identificarse. Bajo tamaña etiqueta fantasiosa, irrumpen en escena timoratos que aconsejan no prestar atención a las pocas voces liberales y machacan con la mediocridad del estatismo. El liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Por su lado, todos formamos parte del mercado cuando en libertad llevamos a cabo nuestras transacciones diarias.
Veamos el tema medular de los derechos de propiedad. Lo primero es entender que la preservación de la vida es una condición indispensable para subsistir. Es una verdad de Perogrullo, es una tautología. Para alimentar y desarrollar la vida en plenitud se hace necesario proteger lo que cada cual produce y lo que recibe legítimamente, es decir, el uso y la disposición de lo propio.
Como no vivimos en Jauja y no hay de todo para todos todo el tiempo, se hace necesario, por una parte, respetar el derecho de propiedad para evitar invasiones y usurpaciones y, por otra, para que los usos y disposiciones sean los más eficientes posibles. Esto último es así en una sociedad abierta, por definición ausente de privilegios, puesto que cada uno para progresar y mejorar su estado patrimonial inexorablemente debe atender las necesidades de su prójimo. En este contexto el que acierta en las demandas de sus congéneres obtiene ganancias y el que yerra incurre en quebrantos.
El que vende naturalmente lo hará al precio más alto que pueda, no el que quiera puesto que si excede lo que resulta posible la demanda decaerá o será nula. Del mismo modo, el que percibe una retribución por su trabajo intentará que sea la mayor posible. Esto último depende exclusivamente del volumen de inversiones que, a su turno, proceden de ahorros internos y externos al país en cuestión y no de la voluntad de las partes contratantes. Y este proceso tiene lugar allí donde los marcos institucionales son confiables y predecibles, no donde el derecho se confunde con el pseudoderecho, a saber, la facultad de asaltar el fruto del trabajo ajeno.
Cuando se producen quejas respecto a tal o cual precio de tal o cual producto o servicio no se contemplan dos aspectos cruciales. En primer lugar, el respeto a la propiedad, lo cual significa que el titular puede sugerir el precio que le venga en gana de lo que le pertenece, lo cual, como queda dicho, no quiere decir que logre concretar una venta. De lo que se trata en este contexto es de subrayar la libre disposición de lo propio y no dejarse atropellar por manifestaciones de quienes simplemente se quejan pero que son incapaces de producir lo que estiman es caro.
El mismo razonamiento debe aplicarse a las relaciones laborales. Quienes se emplean en no pocas ocasiones suponen que el lugar de trabajo les pertenece y actúan con la pretensión de disponer de lo que es de otros como si fueran los dueños del lugar, en lo que fuera una relación contractual mutuamente beneficiosa. Esto revela una tergiversación de valores, lo cual perjudica especialmente a los más necesitados. Derroches y ataques a la propiedad generan daños a todos pero sobre los más débiles la carga es más contundente y recae con mayor fuerza debido a la sensibilidad y repercusión en las franjas de ingresos bajos.
Por otra parte, como se ha señalado reiteradamente, a medida que las intromisiones de los aparatos estatales se intensifican se van deteriorando y desfigurando las únicas señales que tiene el mercado para operar. Esas señales indican dónde es más atractivo invertir y dónde no conviene hacerlo. Al fin y al cabo los precios no son más que transacciones de derechos de propiedad. Si se elimina la propiedad como reclaman los marxistas se derrumba el sistema de señales. En este sentido, como he ejemplificado otras veces, no se sabe si conviene construir caminos con oro o con asfalto cuando desaparecen las referidas señales. Y sin llegar a ese extremo, cuando los gobiernos intervienen en el sistema de precios se va deteriorando y desdibujando la contabilidad, la evaluación de proyectos y el cálculo económico en general.
En buena parte del llamado mundo libre, hoy observamos legislaciones que van a contracorriente de lo dicho y, por ende, ponen palos en las ruedas a la productividad y, consecuentemente, al progreso de las personas que se encuentran atrapadas en un laberinto infame. Es interesante detenerse a repasar conceptos vertidos por Alberdi, quien escribió en 1854, en Sistema económico y rentístico de la Confederación Argentina según su Constitución de 1853: «La propiedad sin el uso ilimitado es un derecho nominal […] El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado en nombre de la utilidad pública».
Por eso es que también James Madison, el padre de la Constitución estadounidense (en la que se inspiró Alberdi junto a la Constitución de Cádiz de 1812), ha consignado en 1792 en «Property» (compilado en James Madison: Writings): «El gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad de todo tipo […] Este ha sido el fin del gobierno, solo un gobierno es justo cuando imparcialmente asegura a todo hombre lo que es suyo». La misma Justicia es inseparable de la propiedad ya que como bien reza la definición clásica de Ulpiano se trata de «dar a cada uno lo suyo» y lo suyo remite a la propiedad de cada cual.
Mientras sigamos con la cantinela de la redistribución de ingresos no progresaremos puesto que la distribución cotidiana que todos hacemos de modo pacífico en el supermercado y afines contradice las antedichas asignaciones políticas que se llevan a cabo coactivamente. Recordemos una vez más a Alberdi en la obra ya citada: «¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro: que no le haga sombra».
Publicado originalmente en La Nación, lunes 30 de julio de 2018
Las consecuencias políticas, fiscales y económicas de la devaluación
Argentina acudió al FMI durante la crisis cambiaria para que sostenga su endeble macroeconomía. El desembolso requerido, sin embargo, podía seguir la misma suerte que los U$S 10.000 millones que se perdieron en reservas en unas pocas semanas, si no se corregían previamente algunos fuertes desequilibrios. Para comprender esta situación podemos observar las dos cuentas de la balanza de pagos, que registran todas las operaciones que generan ingreso y egreso de divisas al país. Llevándolo a un plano más familiar para el lector, en la cuenta corriente, estaríamos observando todos los gastos de una familia. En la cuenta capital estaríamos viendo cómo se financian. La balanza comercial de esta familia, está mostrando que compran más bienes de los que venden, al tiempo que salen de vacaciones con cierta periodicidad. Si estos gastos fueran cubiertos con ingresos genuinos, como inversión extranjera directa, entonces estaríamos hablando de una familia que se da una buena vida, pero que se justifica en el trabajo de sus miembros. Pero si esta buena vida se da como consecuencia de un enorme endeudamiento, entonces los economistas debemos alertar de la situación.
Para que el desembolso del FMI no vaya a consumo o turismo, era necesario reconocer un tipo de cambio más alto de tal forma de encarecer la adquisición de dólares que se obtienen para ambos destinos. Para ello bastaba con correrse de esa posición que el Banco Central -en tiempos de Federico Sturzenegger- había asumido tras el levantamiento del cepo cambiario, es decir, de intervenir en el mercado cambiario cada vez que veían que la divisa encarecía su cotización.
Algunos economistas cuestionaron la existencia del atraso cambiario, pero no hay otro modo de explicar el mayor déficit de cuenta corriente de nuestra historia sin ese dólar contenido por el enorme endeudamiento. Manteniendo la atención sobre los desequilibrios macroeconómicos, la devaluación además causó una licuación de los salarios reales de los trabajadores (privados y públicos) que le permitirían al gobierno mostrar una mejor situación fiscal respecto del año anterior. Así, las estimaciones muestran una reducción del déficit fiscal primario que a diciembre estará por debajo del 2%, haciendo creíble quizás un equilibrio primario para fines de 2019. Muchos analistas han advertido, y yo coincido, que el déficit que debemos observar no es el primario sino el financiero, el que incluye los intereses de deuda; pero allí también observamos que 2018 terminaría con un desequilibrio menor, ahora de 5 % del PBI, reduciéndose para 2019 en paralelo con las metas sobre el déficit primario.
Lo que la política económica argentina jamás logró por la vía de ajustes en los ingresos nominales o en la reducción de personal del Estado, siempre lo consiguió por la vía de la inflación, con devaluaciones que pueden corregir parcial y temporalmente algunos desequilibrios macroeconómicos, pero que no resuelven los problemas estructurales.
Lo que comprendió el gobierno es que el número de personas que trabaja en el Estado es excesivo para los ingresos de los argentinos, y que la única forma de sostener la situación es deprimiendo sus ingresos en términos reales. La situación es compleja, y despierta en el sindicalismo argentino una obvia reacción que generará tensiones continuas y dolorosas desde el punto de vista político y social.
Lo importante, sin embargo, es aprovechar esta nueva circunstancia de crisis para corregir los desequilibrios de fondo. Luis Caputo reemplazó a Sturzenegger y ya parece haber iniciado una política de contracción monetaria que se establece sobre agregados monetarios, además de las metas sobre tasas de interés, y con ello garantiza una baja de la inflación. Recordemos que el presidente Mauricio Macri había dicho que 2019 mostrará una baja de 10 puntos en la inflación, pero no olvidemos que al cierre de este año la tasa estaría por encima del 32% anual. Una inflación para el cierre de su gobierno en torno al 22% es bastante poco respecto de lo que se esperaba de su primer mandato.
Por el lado fiscal, alcanzar el equilibrio fiscal primario en el año electoral es un desafío fundamental de este gobierno, lo que resulta creíble si en 2019 la economía se recupera de la devaluación reciente y mejora fuertemente la recaudación.
Los manuales de economía tienen lecciones básicas y fundamentales sobre el impacto de cualquier devaluación. Argentina no escapa a estos conceptos. Pero debemos recordar que toda devaluación puede ajustar desequilibrios parcial y temporalmente trasladando el costo a los trabajadores, que ven reducidos sus ingresos en términos reales.
Para evitar seguir en esta dinámica que ya lleva décadas, Argentina tiene que definir un tamaño del Estado que pueda pagarse con menos impuestos de los hoy existentes, sin necesidad de tomar deuda para sostenerlo y sin monetizar sus excesos. Ese es el desafío que debemos priorizar para la década de 2020.
Publicado originalmente en La Gaceta, el domingo 29 de julio de 2018.
Infobae: Sobre Algunas Objeciones a la Dolarización
Nuevamente comienza a discutirse la idea de dolarizar la economía argentina. Si bien no es la primera vez en la historia argentina que se habla de dolarización, el tema aún genera posiciones encontradas. Para unos los beneficios son obvios. Para otros los costos son obvios. Si bien las propuestas de dolarización se enfrentan a numerosas críticas, varias de ellas son infundadas o improcedentes. A continuación algunos problemas con algunas objeciones a las propuestas de dolarizar la economía argentina.
Falacia de Nirvana
Quizás la objeción más curiosa sea que, de cerrar el BCRA, Argentina no tendría un banco central para mitigar shocks externos y llevar adelante una buena política monetaria. Esta objeción es una versión de lo que en economía se conoce como falacia de Nirvana, que consiste en comparar una situación real e imperfecta con una situación irreal pero perfecta. Digo curiosa porque esta objeción se basa en un BCRA que podemos imaginar, pero que la historia nos muestra que no podemos tener.
Herencia, dólar, inflación y actividad: ¿hay luz al final del camino?
Por primera vez en mucho tiempo los funcionarios del Gobierno, sus críticos y opositores y los economistas en general parecemos haber alcanzado un consenso sobre la realidad que enfrentamos y enfrentaremos en los próximos meses. El diseño ahora se extiende al último trimestre de 2018 o quizás a lo que la economía puede mostrar en el año electoral.
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SMP: Cryptocurrencies in Service of Those Most in Need
Excitement about the potential of blockchain applications has led people to forecast all kinds of developments. I recently met with someone developing a new blockchain application, Leaf, with the potential to serve those most in need: African refugees.
African refugees usually carry the little wealth they own. Since banks in many African countries are not trustworthy, refugees cannot make deposits at their current location and then withdraw their deposits somewhere else, such as another country. This problem makes their journeys to refugee camps more risky than otherwise since they can be assaulted while traveling with their belongings.
Pulir parte del mensaje liberal – Por Alberto Benegas Lynch (h)
Reiteramos que el liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros. Todo lo diferente debe ser tolerado, excepto la lesión de derechos de terceros.
Nos encontramos con que muchos aparatos estatales encargados de proteger derechos, resulta que los conculcan. Pero también es necesario apuntar que nosotros, los liberales, no siempre trasmitimos el mensaje del aludido respeto con la suficiente claridad.

Un ejemplo de ello consiste en el tema central de cómo gastos públicos elefantiásicos afectan de modo muy especial a los más pobres. Esto es así debido a que consume capital el consiguiente derroche y las tasas de capitalización son la única causa de la elevación de salarios e ingresos en términos reales.
Se ha dicho que para aliviar el lastre del gasto público es necesario proceder a un doloroso ajuste. Pero esto así está mal planteado. El ajuste -la asfixia- es una realidad cotidiana en la vida de los argentinos desde hace setenta años.
De lo que se trata es de aliviar el ajuste y proceder a rellenar los bolsillos de la gente a través del recorte de lo que pesa gravemente en los presupuestos de todos, pero, como queda dicho, de modo especial en los de los más débiles.
No hay magias en la economía, los recursos que emplean los aparatos estatales los succionan del fruto del trabajo ajeno. Y ya hemos destacado que la forma de operar no es la poda de gastos puesto que, igual que con la jardinería, la poda estimula el desarrollo. De lo que se trata es de eliminar funciones incompatibles con un sistema republicano. Tampoco se trata de esperar crecimientos que disimulen faenas que no se condicen con una sociedad abierta, ni congelamientos de gastos que también pretenden ocultar bajo la alfombra funciones insolentes para con las autonomías individuales.
No hay acción sin costos, todo lo que hacemos implica dejar de hacer otras cosas ya que no es posible realizar todo al mismo tiempo. En economía esto se denomina costo de oportunidad. En el caso que nos ocupa, el recorte de funciones se traduce en costos pero los beneficios son mayores, de lo contrario habría que hacer la apología del desorden. No seamos ingenuos, no resulta posible comerse la torta y al mismo tiempo preservarla. Es incoherente detectar la enfermedad pero rechazar los remedios.
Al liberar recursos humanos y materiales éstos se asignan en tareas productivas en lugar del despilfarro. Hay que prestar debida atención a propuestas para reducir el astronómico gasto público, por ejemplo, en el libro publicado a tal fin por la Fundación Libertad y Progreso que constituye un primer paso para las diferentes áreas.
Dejemos fantasías como la parla sobre la ortodoxia y el neoliberalismo. Lo primero le cabe solo a las religiones, de lo que se trata es simplemente de hacer lo que se debe para prosperar. Y la etiqueta de neoliberal es un invento con la que ningún intelectual serio se siente identificado.
Publicado originalmente en la edición impresa de El Cronista, el lunes 23 de julio de 2018.
El desafío ahora es darle sustento a la baja del gasto [Informe IDESA No. 766]
En la primera mitad del año se observa una importante caída del déficit fiscal. No menos relevante es que se dio no tanto por aumento en los ingresos sino porque los gastos crecieron mucho menos que la inflación. La clave ahora es rápidamente reorganizar al Estado para darle sostenibilidad al proceso.
Se dieron a conocer los resultados del Sector Público Nacional correspondientes al primer semestre del 2018. El déficit fiscal primario (antes del pago de intereses) bajó respecto a igual período del año anterior desde $144 mil a $106 mil millones. Esta reducción es casi equivalente al incremento en los pagos de intereses de deuda que pasaron desde $111 mil a $145 mil millones. Así, el déficit fiscal total bajó levemente desde $256 mil a $251 mil millones entre el primer semestre del 2017 y el primer semestre del 2018.
En el marco de la alta inflación prevaleciente, que el déficit fiscal no crezca nominalmente implica una importante reducción medida en términos de moneda constante. Es prematuro sacar conclusiones debido a que se trata de medio año y en parte se puede explicar por una mayor propensión a diferir pagos. Pero es auspicioso el cambio de tendencia. Desde el 2010 que no se registraba una reducción nominal del déficit fiscal.
Otro punto importante para analizar es cómo se logró este incipiente pero alentador proceso. Según la información publicada por el Ministerio de Hacienda, se observa que:
- En el 2016 los ingresos públicos crecieron a una tasa del 35% anual mientras que el gasto público total lo hizo al 40% anual, muy similar a la inflación (41%).
- En el 2017 los ingresos públicos crecieron a razón del 23% anual mientras que el gasto público total creció al 25% anual, igual que la inflación (25%).
- En los primeros 6 meses del 2018 los ingresos públicos crecieron al 26% interanual mientras que el gasto público total lo hizo al 20%, por debajo de la inflación (26%).
Estos datos muestran que el quiebre de tendencia del déficit fiscal se explica fundamentalmente por una fuerte desaceleración del gasto público. Mientras que en el 2016 y 2017 el gasto público creció a igual ritmo que la inflación, en el primer semestre del 2018 fueron los ingresos los que aumentaron como la inflación mientras que el incremento nominal del gasto público fue unos 6 puntos porcentuales inferior. La austeridad estuvo concentrada en los subsidios económicos, las transferencias discrecionales a provincias y especialmente en la inversión pública. La contención de estos gastos alcanzó para más que compensar el incremento del gasto en jubilaciones y pensiones que sigue creciendo muy por encima de la inflación.
Para que este cambio de tendencia sea financiera, social y políticamente sostenible es fundamental reactivar la producción. Por eso, es clave sostener el cronograma de reducción de impuestos distorsivos. Parte de los impactos negativos sobre la recaudación deberían ser compensados con adecuaciones de otros impuestos (como fortalecer los tributos patrimoniales y eliminar exenciones, entre otros) y bajas en la evasión. Pero lo más importante ahora es profundizar y darle sustento a la reducción del gasto.
El congelamiento de las transferencias discrecionales a provincias es apenas un paso preliminar frente al desafío de institucionalizar la decisión de que el Estado nacional deje de interferir en funciones provinciales y municipales. Por la magnitud de los fondos involucrados el punto central es que la Nación no administre ni subsidie los servicios públicos de la región metropolitana. Pero también es necesario acordar con el resto de las provincias la eliminación de los programas nacionales a través de los cuales se distribuyen discrecionalmente insumos y reparaciones para escuelas, centros de salud, calles, cordón-cunetas y ayudas asistenciales en provincias y municipios.
Con este replanteamiento del rol del Estado nacional aparecerá el espacio fiscal para que el nivel central recupere la inversión pública que le corresponde ejecutar en su función interprovincial como las rutas nacionales, el transporte ferroviario, los puertos y las hidrovías, y el transporte aerocomercial. El otro gran desafío de la Nación es darle sustentabilidad a la seguridad social. Para esto es necesario eliminar regímenes previsionales de privilegio y la regla de pensión que lleva a la duplicación de beneficios cuando fallece un jubilado.
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