Economía, moral y la obra de Sigmund Freud – por Alberto Benegas Lynch (h)

Dado el parentesco de la economía con el terreno psicológico, especialmente referida a la tradición subjetivista de la Escuela Austríaca, resulta de provecho explorar algunos andariveles y derivaciones en este campo de estudio. Antes me he referido a este autor tan prolífico cuyo nombre estampo en el título de este artículo, pero debido a debates recientes sobre sus escritos estimo que es oportuno volver sobre el asunto. Un asunto por cierto delicado al efecto de hacer justicia con su legado para lo cual en una nota periodística es menester centrar la atención en el tronco de sus contribuciones y evitar deslizarse por las ramas.

Sin duda, igual que lo que sucede con prácticamente todos los autores de renombre, Freud ha realizado aportes que han sido útiles para variados fines, por ejemplo, su preocupación para que personas que reprimen en el subconsciente hechos e imágenes que estiman inconvenientes puedan asumir los problemas y ponerlos en el nivel del consciente. También fue quien inició el método de asociación de ideas recurriendo al per analogiam incluso para la interpretación de sueños apartándose de una estricta exégesis e internándose en una suerte de hermenéutica onírica y de los sucesos de la vida en general.

Pero estos dos ejemplos resultan controvertidos puesto que hay quienes sostienen que muchas veces la llamada “represión” constituye un mecanismo de defensa para evitar daños mayores y que solo es constructivo que afloren los problemas si efectivamente pueden resolverse y no simplemente por el mero hecho de sacarlos a luz. A su vez, hay quienes sostienen que la interpretación analógica de diversos sucesos conduce a conclusiones tortuosas y equivocadas cuando, en verdad, una interpretación directa (o, si se quiere, literal) conduce a un mejor entendimiento de lo que se analiza.

Resulta muy difícil juzgar in toto a un escritor y cuanto mayor es la cantidad de sus obras, naturalmente mayor es la dificultad. Para emitir una opinión sobre un autor generalmente se alude a lo que se estima es el eje central de su contribución. De todos modos, no siempre es fácil la tarea puesto que en algunos casos se entremezclan en los aportes aspectos considerados positivos y negativos.

En el caso de Sigmund Freud nos parece pertinente citar algunos de sus pensamientos para arribar a conclusiones rigurosas. Por ejemplo, en Problemas de la civilización sostiene que, en el ser humano, debe “descartarse el principio de una facultad originaria y, por así decirlo, natural, apta para distinguir el bien del mal”, más aún, en Tótem y tabú escribe que “las prohibiciones dictaminadas por las costumbres y la moral a las que nosotros obedecemos, tienen en sus rasgos esenciales cierta afinidad con el tabú primitivo” y, en el mismo libro, afirma que la negación de las relaciones incestuosas constituye “la mutilación más sangrienta, quizás, que se ha impuesto en todos los tiempos a la vida erótica del ser humano”.

Esto va para la moral y las costumbres pero también la emprende contra el sentido mismo de libertad, por ejemplo, en su Introducción al psicoanálisis donde se refiere a “la ilusión de tal cosa como la libertad psíquica […] eso es anticientífico y debe rendirse a la demanda del determinismo cuyo gobierno se extiende sobre la vida mental”. Al decir de C.S. Lewis, esta perspectiva, que convertiría al ser humano en meras máquinas, significaría “la abolición del hombre”, una posición -la de Freud- que adhiere al materialismo filosófico o determinismo físico tan criticado por Karl Popper en Knowledge and the Mind-Body Problem y secundado, entre otros destacados intelectuales, por el premio Nobel en neurofisiología John Eccles en La psique humana y antes que eso por el premio Nobel en física Max Planck en ¿Hacia dónde va la ciencia? Popper y Eccles escribieron en coautoría sobre el tema señalado en un libro que lleva el sugestivo título de El yo y su cerebro.

En el epílogo al tercer tomo de su Derecho, legislación y libertad el premio Nobel en economía Friedrich Hayek escribe: “Creo que la humanidad mirará nuestra era como una de supersticiones básicamente conectadas con los nombres de Karl Marx y Sigmund Freud. Creo que la gente descubrirá que las ideas más difundidas del siglo XX -aquellas de la economía planificada basada en la redistribución, manejada por arreglos deliberados en lugar del mercado y el dejar de lado las represiones y la moral convencional y seguir una educación permisiva- estaban basadas en supersticiones en el más estricto sentido de la palabra”.

Hans Eyseneck señala en Decadencia y caída del imperio freudiano que “lo que hay de cierto en Freud no es nuevo y lo que es nuevo no es cierto”. Thomas Szasz y Richard LaPierre llegan a la misma conclusión en La ética del psicoanálisis La ética freudiana, respectivamente. Ronald Dabiez en su voluminoso tratado El método psicoanalítico y la doctrina freudiana señala que las ideas que Freud no comparte las considera “neurosis”, lo cual abre las puertas a peligrosas persecuciones bajo el manto del “tratamiento”. Por ejemplo, Dabiez explica que “la actitud de Freud frente a las creencias religiosas ha evolucionado en el sentido de una hostilidad cada vez más acentuada, al menos por la frecuencia de sus manifestaciones, puesto que, para Freud, la equiparación fundamental de la religión a la neurosis obsesiva se encuentra desde 1907”.

También Henry Hazlitt concluye en Los fundamentos de la moralidad que, según Freud, “la sociedad” debe financiar obligatoriamente la irresponsabilidad de hogares y colegios permisivos y que “el criminal está ´enfermo´ y, por ende, no debe ser castigado” y que “el cumplimiento de normas morales sólo conduce a la neurosis”.

Entre las 673 páginas de una de las obras de Richard Webster titulada Why Freud Was Wrong, leemos que “Freud estaba convencido que la mente podía y debía describirse como si fuera parte de un aparato físico […] Freud no realizó ningún descubrimiento intelectual de sustancia […], sus hábitos de pensamiento y su actitud frente a la investigación científica están lejos de cualquier método responsable de estudio”. De este libro escribe James Liberman en el Journal of the History of Medicine que “hasta donde yo sé, es el mejor tratamiento del tema tanto en contenido como en estilo.”

Por otra parte, Lecomte du Noüy destaca en Human Destiny que “de arriba abajo en toda la escala, todos los animales, sin excepción, son esclavos de sus funciones fisiológicas y de sus hormonas y secreciones endoctrinales” pero, con el hombre, “aparece una nueva discontinuidad en la naturaleza, tan profunda como la que existe entre la materia inerte y la vida organizada. Significa el nacimiento de la conciencia y de la libertad […] La libertad no solo es un privilegio, es una prueba. Ninguna institución humana tiene el derecho de privar al hombre de ella”. De cada uno de nosotros depende el resultado de esa prueba y no de pseudodeterminismos del profesor vienés de marras que estarían fuera del ámbito humano.

Lo dicho no es para nada una refutación al psicoanálisis en general ni tampoco pretende negar valiosas ayudas de la psicología al efecto de entender los eventuales problemas de algunas personas y la psiquiatría que apunta a resolver las distorsiones en los neurotransmisores y desajustes químicos en general para lo que Freud en gran medida fue un pionero, de lo cual, como queda dicho, no se desprende que sus conclusiones en buena parte de la materia abordada sean pertinentes ni estén exentas de contradicciones y derivaciones inconvenientes como las señaladas en este resumen.

Publicado originalmente como columna de opinión en Infobae, 26 de diciembre de 2020.

Perfil: Las Curiosas Declaraciones del Ministro Guzmán

El ministro Guzmán ha dejado curiosas declaraciones en una reciente entrevista. Digo “curiosas” porque las declaraciones de Guzmán no parecen reflejar la realidad económica Argentina. Hay tres curiosidades que sobresalen: (1) gasto público, (2) recuperación económica, e (3) inflación.

Seguir leyendo en Perfil.

¿Qué diablos significa el mercado? – por Alberto Benegas Lynch (h)

Tal vez seamos culpables quienes a veces hemos utilizado el mercado como una abreviatura o fórmula simplificadora que en verdad aparece como un antropomorfismo en lugar de precisar su significado. Cuando se dice y escribe que el mercado decide, el mercado prefiere, el mercado piensa, el mercado responde, lo único que falta es que se diga que el mercado copula. Todo esto transmite la falsa idea que el mercado es una especie de aparato misterioso ajeno a lo humano que funciona independientemente y de modo inmisericorde respecto a lo social.

Pero, ¿qué es el mercado? El mercado es la gente, el mercado somos todos. El mercado no es un lugar ni una cosa extraña, es un proceso administrado por cada persona al llevar a cabo las transacciones diarias. Por eso cuando se pretende señalar con cierta sorna que no debe dejarse todo en manos del mercado se está diciendo ni más ni menos que no deben dejarse las decisiones en manos de la gente. Las personas con sus compras y abstenciones de comprar van mostrando sus preferencias en base a intercambios de derechos de propiedad lo cual se pone de manifiesto a través de los precios que son los únicos indicadores para saber dónde invertir y dónde abstenerse de hacerlo.

Como se ha apuntado tantas veces, la institución de la propiedad privada resulta indispensable al efecto de asignar los siempre escasos recursos en las manos más eficientes para atender los requerimientos de los demás. Quienes aciertan con los gustos y las preferencias del prójimo incrementan sus ganancias y quienes no aciertan incurren en quebrantos. Como los bienes no crecen en los árboles y no hay de todos para todos todo el tiempo dicha asignación resulta vital.

En la medida en que los aparatos estatales se inmiscuyen con la propiedad y los precios van desdibujando las antedichas señales lo cual inexorablemente conduce al derroche de capital que a su vez hace que los salarios e ingresos en términos reales disminuyan. Y si en el extremo se decide abolir la propiedad como proponen Marx y Engels no hay manera de economizar, no tiene sentido la contabilidad, la evaluación de proyectos ni el cálculo económico. Como he ejemplificado antes en ese contexto no se sabe si conviene fabricar los caminos con asfalto o con oro y si alguien sostiene que con oro es un derroche es porque recordó los precios relativos antes de abolir la propiedad. Además de las razones humanitarias de tantas matanzas y masacres en todos los regímenes totalitarios, el derrumbe del Muro de la Vergüenza se debe al caos permanente y a los consiguientes faltantes que invariablemente genera el ataque a la propiedad privada.

La propiedad privada está indisolublemente atada a lo sagrado del propio cuerpo, a las manifestaciones del propio pensamiento y al uso y disposición de lo adquirido legítimamente. Esto constituye el basamento moral del liberalismo y sus ramificaciones jurídicas, filosóficas y económicas. Este enfoque conceptual constituye el eje central de la tradición de pensamiento liberal que está siempre en ebullición descubriendo nuevos paradigmas puesto que esta navegación no llega nunca a un puerto definitivo ya que el conocimiento tiene la característica de la provisonalidad sujeto a refutaciones en un peregrinaje en busca de la verdad en el mar de ignorancia en que nos desenvolvemos.

Una manifestación de la ignorancia supina respecto al significado del mercado es cuando se alude a “los abusos del mercado” sin percibir la contradicción en los términos puesto que, como queda expresado, el eje central del mercado consiste en el respeto a los derechos. Es como ha escrito el maestro Marco Aurelio Risolia en su extraordinaria obra Soberanía y crisis del contrato adelantándose a la sandez de haber incluido en códigos el llamado “abuso del derecho” lo cual, nuevamente, constituye una grosera contradicción en los términos puesto que el derecho no puede al mismo tiempo ser no-derecho. La norma positiva para ser consistente con el derecho descansa en los mojones o guías extramuros de la mera legislación vigente.

En el liberalismo no hay popes que dictaminan lo que debe pensarse, los liberales no somos una manada y detestamos el pensamiento único de modo que hay muchos matices dentro de esta noble tradición. Sin embargo observamos que a veces irrumpen algunos amigos que al provenir de extremos autoritarios en su juventud con alguna timidez y sin despojarse del todo de las cicatrices anteriores proponen etiquetas estrafalarias para no identificarse con el liberalismo a secas puesto que en un primer momento aparece como un trago de libertad demasiado fuerte. Un poco de historia contrafactual me hace conjeturar que a mi me hubiera ocurrido lo mismo de no haber mediado mi padre que me hizo ver tempranamente “otros lados de la biblioteca”.

Los liberales comparten el respeto irrestricto a los proyectos de vida de otros y saben que ese respeto no significa adherir al proyecto del prójimo aunque lo juzguemos desacertado e incluso repugnante. El respeto es irrestricto siempre y cuando no signifique lesión de derechos de terceros lo cual da lugar al uso de la fuerza defensiva pero nunca ofensiva por parte de la agencia de protección que en esta instancia del proceso de evolución cultural denominamos gobierno. En este sentido vuelvo a recordar que Leonard Read ha dicho que a pesar de su admiración por los Padres Fundadores estadounidenses, estima que se equivocaron al usar la expresión “gobierno” ya que se traduce en mandar y dirigir lo cual debe hacer cada uno con su vida, concluye que debería haberse recurrido a términos como agencia de seguridad o de protección “puesto que usar la palabra gobierno es tan desacertado como llamar gerente general al guardián de una empresa”.

Es de interés subrayar que a diferencia de lo que ocurre en el reino de la zoología donde las especies más aptas eliminan a los menos eficaces, en el mercado los más fuertes, como una consecuencia no necesariamente querida, transmiten su fortaleza a los más débiles vía las tasas de capitalización. Esta es la única razón por la que en unos países tienen lugar niveles de vida más elevados que en otros, no se trata de mayor generosidad del canadiense respecto del boliviano, es que las inversiones producto de marcos institucionales civilizados obligan a pagar salarios más altos en el primer caso.

Como queda dicho, hay muchos matices en el seno del liberalismo. Los consecuentes debates enriquecen esta tradición pero hay asuntos en los que en general hay plena coincidencia. Además de lo que dejamos consignado, señalo solo tres puntos adicionales para ilustrar el tema. En primer lugar, no caen en el endiosamiento de lo colectivo y, en cambio, destacan la trascendencia de las autonomías individuales. Saben lo devastador de la tragedia de los comunes, es decir, lo que es de todos no es de nadie: no son los mismos incentivos cuando uno debe pagar las cuentas que cuando se obliga a terceros a hacerse cargo por la fuerza. Nadie mejor que Borges para ejemplificar este tema cuando se despedía de sus audiencias y decía “me despido de cada uno y no digo todos porque todos es una abstracción mientras que cada uno es una realidad”.

En segundo lugar, la importancia de la competencia para lo cual me refiero al caso del monopolio que es bifronte. Por un lado la pretensión de los estatistas de contar con el monopolio de la compasión que a la postre la convierten en el aumento de la miseria y, por otro, es significado del monopolio en el proceso de mercado.

Resulta realmente escandaloso que los estatistas de nuestro mundo pretendan ser los únicos que cuentan con el sentimiento de compasión hacia los pobres y los que sufren. Como es sabido, compasión significa la participación en la desgracia, compartir el dolor, ser solidario en la tragedia ajena, conmiseración con la pena del otro, sentir como propia la aflicción del prójimo.

Estos sentimientos nobles están presentes en toda persona de bien, nadie puede ser indiferente al padecimiento ajeno. No es patrimonio de cierta corriente de pensamiento. La cuestión de fondo radica en saber cuáles son los medios para aliviar esa situación.

En cualquier caso, la limosna propiamente dicha, la entrega de recursos materiales a la persona necesitada, es un camino. Pero, el camino más potente estriba en ayudar a que se comprendan las recetas para el mayor bienestar posible por aquello de que “enseñar a pescar es más ayuda que regalar un pescado”. Lo primero perdura en el tiempo, mientras que lo segundo se agota cuando se ingiere el alimento (Sto. Tomás de Aquino incluye el “enseñar al que no sabe” en la categoría de limosna que denomina “espiritual”).

En ese sentido, por mejores que sean las intenciones (recordemos que “la ruta al infierno está pavimentada con buenas intenciones”), el conspirar contra las sociedades abiertas destruye la creatividad y los incentivos para producir. ¿Cuantos intelectuales del liberalismo y equivalentes han venido trabajando sin cesar desde tiempo inmemorial en pos de valores y principios que mejoran las condiciones de vida de los más débiles? ¿Acaso puede decirse con algún dejo de rigor que los estatistas siempre autoritarios realmente son compasivos de las desgracias ajenas? ¿No son suficientes las experiencias fallidas de tanto megalómano que con la mayor de las arrogancias han alegado el bienestar de la gente pero que la han hundido en la miseria, al tiempo que con machacona frecuencia se han alzado con dineros públicos en el contexto de una farsa macabra?

Como tantas veces hemos reiterado, además de la necesidad de abrir de par en par las puertas de la creatividad que solo se logra con marcos institucionales civilizados, quienes consideran que hay que adelantar los tiempos y ayudar a los desamparados de inmediato, deben recurrir a la primera persona del singular y proceder en consecuencia o reunir interesados en colaborar con ese muy noble propósito. Lo que no es conducente es recurrir a la tercera persona del plural y pretender arrancar el fruto del trabajo ajeno para tal fin. Siempre que se dice que el aparato estatal debe ocuparse del asunto, hay que preguntar a cuales vecinos hay que sacarles por la fuerza sus recursos. Esto es lo que suelen hacer los políticos en funciones, mientras acumulan canonjías.

Por otra parte, debe tenerse presente que la caridad y la solidaridad aluden a lo realizado voluntariamente, con recursos propios y, si fuera posible, de modo anónimo. El sustraer billeteras y carteras ajenas compulsivamente, no es caridad, filantropía ni solidaridad sino que se trata de un atraco. Este procedimiento degrada y prostituye la sagrada idea de caridad y se convierte en la mayor de las hipocresías.

Es de interés repasar lo ocurrido en muy diversos países antes de la irrupción del mal llamado “Estado Benefactor” (como queda dicho, el uso de la violencia es incompatible con la beneficencia). La cantidad de asociaciones de inmigrantes, cofradías, montepíos, fundaciones filantrópicas era notable y para los propósitos más diversos. Luego “el ogro filantrópico” confiscó jubilaciones e impuso el resto de la batería de medidas estatistas, con los resultados por todos conocidos.

No resulta posible ayudar a que las cosas mejoren si se destruye el derecho que, precisamente, permite incrementar las inversiones que, como decimos, a su vez, es lo único que hace que se eleven salarios e ingresos en términos reales. La referida demolición ocurre cuando se proclaman pesudoderechos. Esto es así porque la contrapartida del derecho siempre implica una obligación. El que alguien gane cierto monto con su trabajo conlleva la obligación universal de respetar ese sueldo, pero si se alega un ingreso que no se obtiene y el gobierno otorga esa suma, necesariamente quiere decir que otros tendrán la obligación de proporcionar la diferencia, lo cual naturalmente significa que se lesionan sus derechos, por ello se trata de pseudoderechos.

El segundo capítulo de este segundo ejemplo del monopolio estriba en la comprensión que en una sociedad libre el que primero descubre un medicamento, una tecnología o lo que fuere es monopolista que si resultara atractivo atraerá otros a ese reglón pero sostener que debe promulgarse una ley antimonopólica no nos hubiera permitido salir de la cueva y el garrote puesto que el primero que descubrió las ventajas del arco y la flecha hubiera sido prohibido por monopolista. El único monopolio dañino es el impuesto por los aparatos estatales puesto que necesariamente significa una situación peor que la que hubiera obtenido la gente en libertad.

Por último y solo para ilustrar de modo telegráfico algunas de las coincidencias generales en el liberalismo, debe subrayarse la oposición a las culturas alambradas y a los nacionalismos que no permiten el movimiento de personas y bienes a través de las fronteras. El liberal considera que el fraccionamiento del globo en naciones es al solo efecto de evitar el inmenso peligro del abuso del poder en un gobierno universal. Estima que la descentralización y el federalismo dentro de las naciones constituyen defensas a los derechos de las personas.

En resumen, el mercado no es un cuco, somos nosotros que entre otras muchas cosas decidimos las desigualdades de rentas y patrimonios a media que revelamos nuestras preferencias en el supermercado y afines todos los días. Y cuando los burócratas se inmiscuyen destrozan el proceso con lo que dañan a todos pero muy especialmente a los más necesitados puesto que bloquean el sistema de informaciones de los precios fruto de conocimiento fraccionado y disperso para concentrar ignorancia en manos de los arrogantes de siempre. El premio Nobel en economía Vernon L. Smith resume el significado del mercado al subrayar que en la sociedad libre “las normas emergen como un orden espontáneo, son descubiertas y no fruto del diseño deliberado de ninguna mente”.

Publicado originalmente como columna de opinión en Infobae, 19 de noviembre de 2020.

¿Qué entendemos por división de poderes? – por Enrique Aguilar

“Un poder sin control no da origen al estado constitucional: es su negación y su destrucción”

-Giovanni Sartori

A fines del Siglo XVII, el inglés John Locke aportó una serie de argumentos fundamentales para la historia del liberalismo político. Entre estos, precisó los alcances de la autoridad legislativa, que consideraba el “supremo poder de toda república”, e identificó en la preservación de la propiedad (nombre genérico con que designaba a la vida, la libertad y los bienes) la finalidad de la sociedad política y el gobierno.

Sin embargo, Locke brindó una solución en alguna medida incierta, o de consecuencias imprevisibles, frente al eventual incumplimiento de esa finalidad que podía dispensar al pueblo de “prolongar su obediencia”. Se trata de la “apelación al cielo”, eufemismo del que se sirvió en alusión al derecho que el pueblo “nunca pierde” de alzarse contra toda voluntad que pretenda sojuzgarlo, incluida la de sus propios legisladores, cuando ya no existe “juez sobre la tierra”.

En rigor, es a Montesquieu a quien corresponde el mérito de haber perfeccionado esa solución, dotándola de un mayor espesor institucional. Por lo pronto, el autor de “El espíritu de las leyes” justificó de manera inequívoca la independencia de la rama judicial (unido al Poder Legislativo, escribió, “el poder sobre la vida y la libertad de los ciudadanos sería arbitrario”; unido al Ejecutivo, “el juez podría tener la fuerza de un opresor”). Además, respaldado por “una experiencia eterna” que le enseñaba que “todo hombre que tiene poder tiende a abusar del poder”, arribó a una conclusión clave que sellaría para siempre el significado moderno (como ordenamiento que limita la acción del gobierno y protege las libertades de los ciudadanos) del término constitución: “Para que no se pueda abusar del poder –escribió– es preciso que, por la disposición de las cosas, el poder frene al poder”.

Este es el “invalorable precepto de la ciencia política” que, como explicaría James Madison, no apuntaba a la inacción o impotencia mutua, ni tampoco a evitar la articulación entre los departamentos de gobierno o la injerencia parcial de uno en los asuntos de otro, sino a contener su “espíritu invasivo” y la ulterior “concentración tiránica” de todos los poderes en las mismas manos. Dicho de otro modo, la citada “disposición de las cosas” no consistía en el establecimiento de estrictos “límites funcionales” (en la expresión de Bernard Manin), sino en un evolucionado sistema de equilibrios y contrapesos que, por su propia naturaleza, no era ajeno al destino que Montesquieu augurara a los regímenes moderados: “una obra maestra de legislación que el azar produce rara vez y que rara vez dirige la prudencia”.

No otro sería el modelo adoptado en Filadelfia, en 1787, cuando, para frenar ese espíritu usurpador –hegemónico, diríamos hoy- y descartada la propuesta de convenciones periódicas que permitiesen al pueblo manifestarse sobre posibles violaciones a la constitución, se apostó por una serie de “precauciones auxiliares” que reforzaran el “control primordial” de la soberanía democrática. Entre estas, cabe mencionar la doble distribución del poder entre sus tres departamentos y entre el gobierno federal y los gobiernos estaduales (o subnacionales), la división del Legislativo en dos cámaras, el fortalecimiento del Ejecutivo, la dispar duración de los mandatos y aun, si sumamos a Alexander Hamilton –otro de los autores de “El Federalista”– la revisión judicial de la ley para proteger a la constitución de los humores cambiantes de la opinión pública y las innovaciones peligrosas emanadas del gobierno. De esta manera, el sistema permitía que cada rama del poder resistiera las ofensivas de las demás. La influencia y la fiscalización de los representantes debían ser recíprocas y darse, por tanto, al interior del gobierno, gracias a un “sistema endógeno de limitación del poder” (Manin), para que “el poder frene al poder”, o “la ambición contrarreste a la ambición”, según las respectivas fórmulas de Montesquieu y Madison.

Dejemos de lado las prevenciones del propio Madison hacia un sistema que restaba protagonismo al pueblo y que, a la postre, podía servir tanto para representar como para traicionar (“mediante intriga, corrupción u otros medios”) sus intereses. Dejemos de lado también sus apelaciones al “temperamento vigilante” del pueblo y su defensa de las elecciones frecuentes como otras tantas salvaguardias tendientes a evitar “la elevación de unos pocos sobre la ruina de muchos”. Al fin de cuentas, el objetivo de esta nota no era preguntarse por el buen o mal uso de los checks and balances, sino recordar que este mecanismo es un componente esencial de la forma republicana consagrada por nuestra constitución en su artículo primero. Reiterémoslo. No un sistema de mera separación o disociación del poder en sus funciones legislativa, ejecutiva y judicial, sino de “cierta distribución” (Montesquieu) de estas funciones que garantice un reparto equilibrado y un control recíproco.

En tiempos en que esta forma de gobierno se ve indirectamente cuestionada en los ataques a la Corte Suprema proferidos desde las voces más encumbradas del oficialismo, no parece inoportuno recordar estos presupuestos básicos que, en pleno Siglo XXI, sería deseable tener por consabidos.

Publicado originalmente en El Economista, el 16 de diciembre de 2020.

Un comentario filosófico y teológico a la filosofía de Sigmund Freud – por Gabriel J. Zanotti – Edición Kindle.

“Para Sigmund Freud había tres tareas imposibles: gobernar, educar y psicoanalizar. En este estado de las cosas, sólo un Quijote puede abordarlas; Zanotti se ha ocupado de las dos primeras a lo largo de toda su obra, le ha tocado el turno a la tercera.Este libro sobre Freud abre las puertas de un prometedor camino conjunto para los únicos dos discursos de Occidente que sostienen que razón sin fe y saber sin verdad llevan a un callejón sin salida.” Matías Domínguez

Adquiera aquí el libro en Kindle.


CEA Perspectivas: Lecciones de la dolarización en Ecuador

El año 2020 marca el vigésimo aniversario de la dolarización en Ecuador. El año 2020 también marca 13 años consecutivos de alta inflación en Argentina. En los últimos 20 años, Ecuador y Argentina han seguido caminos distintos en materia de política e instituciones monetarias. Los resultados son, naturalmente, distintos. Mientras Ecuador logró domar la inflación, Argentina no encuentra salida a su alta inflación.

El tema de la dolarización en Argentina es recurrente, nunca termina de desaparecer. Se podría sostener que Argentina es un país informalmente dolarizado. Se usa el peso para las transacciones diarias y el pago de impuestos. Pero se usa el dólar como moneda de ahorro y unidad de cuenta en grandes transacciones (por ejemplo, compra de inmuebles). Desde que Perón nacionalizó el BCRA en 1946, la inflación promedio anual se ubica en torno al 60%, ¿no debería Argentina de una buena vez formalizar su dolarización siguiendo los pasos de Ecuador?

La idea de dolarización es recibida con bastante rechazo en Argentina. No obstante, dicho rechazo se fundamenta en argumentos especulativos más que en la experiencia de países dolarizados. Seguramente hay lecciones que aprender de los 20 años de experiencia en Ecuador. A continuación, contrasto cuatro de las objeciones más comunes a la dolarización con lo que sabemos ha pasado en Ecuador.

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Adrián Ravier: «en este año hemos pasado de equilibrio fiscal primario, a 10 puntos de déficit.» – Entrevista en Radio Libertad

El Doctor en Economía, Adrián Ravier, hizo un balance de la economía argentina, a un año de la asunción del Presidente Alberto Fernández. En diálogo con el Dr. Marcelo Otiñano en «La Mañana en Libertad», el reconocido economista sostuvo que fue «un año dificil» para el mandatario y resaltó que «en lo fiscal y mediante medidas económicas», se logró un «déficit fiscal primario de 10 puntos», lo que preocupa en gran manera, ya que «las veces que se alcanzó este número en Argentina, las cosas terminaron muy mal» y recordó episodios como «el rodrigazo» y la «hiperinflación»durante el gobierno de Alfonsin. También reconoció que en 2021 Alberto Fernández deberá decidir si será «un gobierno populista o un gobierno de reformas estructurales».

Acceda aquí a la entrevista completa.

Sin el estudio de la Historia no hay futuro – por Alberto Benegas Lynch (h)

Siempre me ha parecido magnífico el resumen en dos pasajes célebres de Aldous Huxley sobre el problema medular que nos envuelve. En primer lugar al escribir que “la gran lección de la historia es que no se ha aprendido la lección de la historia” y ¿cuál es esa lección?, pues según Huxley es debido a que “en mayor o menor medida, todas las comunidades civilizadas del mundo moderno están constituidas por una cantidad reducida de gobernantes, corruptos por demasiado poder y por una cantidad grande de súbditos, corruptos por demasiada obediencia pasiva e irresponsable”. ¡Que extraordinaria descripción!

Pero el asunto es intentar el desmenuzamiento de semejante conclusión a través de hurgar en las razones del caso. Me temo que debe arribarse a una explicación inaudita, cual es nada más y nada menos que la porfiada renuncia a la condición humana, a la propia dignidad en cuanto a la manía de abdicar de los derechos de cada cual para endosarlos al megalómano de turno sin detenerse a considerar, por una parte, la degradación monstruosa que implica perder la libertad, el atributo que distingue a los humanos de todas las especies conocidas y, por otra, sin percatarse que es el modo más efectivo de hundirse en la miseria no solo moral sino material.

Antes he elucubrado sobre facetas de la historia que ahora vuelvo a mirar. Hay muchas clasificaciones que han llevado a cabo los historiadores sobre su materia, pero la que me ha parecido más original es la de mi cuentista favorito Giovanni Papini quien la divide en cuatro grandes etapas según el uso de una fruta: la manzana.

Así, Papini concluye que hubo cuatro manzanas decisivas en la historia de la humanidad. La primera la de Adán que abrió cauce a la noción del mal. La segunda, la de la discordia, fue la de oro para premiar a la mujer más bella en el relato de Homero. La tercera fue la de Guillermo Tell fabricada por Schiller y ejecutada musicalmente por Rossini que desafió al poder político, y la cuarta fue la científica de Isaac Newton en cuanto a aquello del conocido episodio de la manzana que derivó en la formulación de la ley de la gravedad.

Como ha esbozado Robin Collingwood, una forma precisa y muy relevante de dividir la historia es según los grados de estatismos, lo cual ha hecho eclosión en nuestra época, como queda dicho, marcada por un Leviatán desbocado y avasallante. La contracara de esto no solo se refiere al achicamiento de los radios de acción del individuo y del estrangulamiento de sus libertades sino que la misma historia se desvía de los múltiples, variados y ricos acontecimientos de las personas para enfocar la atención en los que confiscan derechos puesto que abarcan y cubren casi todo.

Hacia fines del siglo XVIII fueron menguando en algo los poderes de las monarquías absolutas (aunque, como un ejemplo, quedaron impregnados en los estilos mobiliarios y similares los nombres de los monarcas, casi siempre sin mención a los ebanistas que fabricaron el mueble), situación que dio pie a que se pudiera hurgar en los acontecimientos de la vida propiamente humana para salir de los pasillos del poder político, pero de un tiempo a esta parte se ha vuelto a las andadas y se ha dado lugar a los desmanes de las botas que siempre acompañan a los ámbitos políticos.

Los cinco tomos de Historia de la vida privada escrita por muchos autores pero coordinada por Philippe Ariés y Georges Duby constituyen una pieza de historiografía superlativa en la que se exhibe lo que podríamos denominar la verdadera historia, la historia de las personas y no el simple registro de las fechorías de los mandamás de todos los tiempos. Duby apunta en el prólogo de la antedicha obra que esa historia “ha de resistir hacia fuera los asaltos del poder público” a pesar de que “con el fortalecimiento del Estado, sus intromisiones se han vuelto más agresivas y penetrantes” y si “no nos prevenimos frente a ellas, reducirán muy pronto al individuo a no ser más que un número suministrado en un inmenso y terrorífico banco de datos”.

Es que los aparatos estatales en teoría son para proteger los derechos de las personas que gobiernan, es decir, sirven de marco institucional para que cada uno pueda seguir los proyectos de vida que considere pertinentes sin lesionar derechos de terceros. Es así que la multitud de procederes en los campos más diversos va forjando la parte jugosa y fértil de la historia.

Sin embargo, igual que en las épocas remotas de salvajismo, ahora resulta que el centro de la escena lo ocupa el monopolio de la violencia pero ni siquiera para velar por los derechos de todos sino para conculcarlos a través de atropellos crecientes y dirigiéndose a los gobernados como si fueran súbditos, generalmente subsidiando a grupos que hacen de apoyo logístico al abuso del poder con el fruto del trabajo ajeno.

En Introducción al estudio del conocimiento histórico, Enrique de Gandia nos dice que ese su libro “ojalá muestre a los jóvenes a amar la historia, no como exaltación de energúmenos o estatuas de cartón, sino como comprensión de la vida, con lo inesperado en cada recodo, y el amor a la libertad”, una obra en la que subraya la importancia del cosmopolitismo y lo destructivo de los nacionalismos, ideas muchas veces contradichas en centros de estudios en los que no solo se enseña a memorizar los pertrechos de guerra de cada bando sino que se alaba y pondera la xenofobia.

Ya Croce había destacado a la historia como hazaña de libertad y Popper había refutado la existencia de “leyes inexorables de la historia” punto que resume bien Paul Johnson al escribir que “una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, a pesar de que resulta desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada. Su permanencia nunca puede asumirse; siempre hay una edad oscura acechando a la vuelta de cada esquina”. Aquella visión falsificada de los inexorables “ciclos vitales” de la historia ha tenido como uno de sus máximos exponentes a Spengler.

Cuando se estudia la historia privada se estudia la historia de la vida humana, en cambio cuando se relata la historia de los aparatos estatales en expansión se estudia la anti-vida, la destrucción de lo propiamente humano, se mira el monstruo que asfixia al individuo. Cuando se estudia la historia privada se constatan los portentosos resultados de la mente, en el arte, en el derecho, en la filosofía, en la economía y en todas las manifestaciones de la conducta humana. Se aprenden las costumbres, los bailes, las gastronomías, la arquitectura, la música, la pintura, la escultura, las modas, las instituciones, el sentido de las conversaciones y la comunicación en general.

En esa mirada se percibe la evolución de la civilización o la involución puesto que como enseña Collingwood la civilización “significa como condición que el hombre adquiere lo que necesita para su sustento y confort no sacando a otros lo que les pertenece sino ganando lo suyo” de lo contrario la sociedad es una “del saqueo”, lo cual implica “la revuelta contra la civilización”.

En última instancia la historia del hombre es la historia del pensamiento, es la historia del espíritu como también destaca Collingwood, al tiempo que señala que “las ciencias naturales… no incluyen la idea de propósito”. En las piedras y las rosas no hay acción sino mera reacción. El historiador en las ciencias sociales interpreta el pensamiento de otros, a diferencia de los pseudohistoriadores que, para citarlo nuevamente a Collingwood, fabrican “la historia de tijeras y engrudo… donde repite lo que le dicen sus ́autoridades´”.

Los gobiernos se han ensanchado tanto que, fuera de los crímenes, en las noticias, salvo honrosas excepciones, prácticamente no figuran los hechos y dichos de los privados porque los diarios, la televisión y la radio están copados por los movimientos del príncipe. Y el asunto tiene su explicación porque precisamente el Leviatán todo lo deglute, por lo que su figura no puede pasar desapercibida. Esto es lo que hay que cambiar drásticamente. De todos modos, ahora, con los progresos en las redes sociales y equivalentes surge con mayor frecuencia el individuo, pero, como decimos, el grueso de las noticias conservan las andanzas de los burócratas. Incluso, cuando se hace referencia a los ciudadanos se alude a los que están “en el llano” admitiendo que los funcionarios -que en verdad son empleados de la gente- están “en la cúspide” cuando la situación debiera ser la inversa. Quienes debieran estar en el llano esperando órdenes de sus mandantes son los gobernantes, pero el asunto se ha trastocado y los aparatos estatales son cada vez más adiposos.

Conviene a esta altura una digresión semántica. No se si es apropiado aludir a la historia de la vida privada para distinguirla de la referida a los ámbitos gubernamentales, en todo caso que quede claro que no se apunta a lo íntimo que es privativo de cada cual sino a lo que las personas manifiestan exteriormente, fuera de lo que reservan para sí y que excluyen de la mirada de terceros.

Otra vez debemos hacer referencia a la educación para poder vislumbrar una salida a tanta referencia a los príncipes. Es que si desde que son niños se machaca con la reverencia debida a las autoridades estatales, es poco probable que haya espacio para el pensamiento independiente y, por ende, para la historia de la vida privada en el sentido consignado ya que todo lo engulle el poder político. Y muchos padres no ayudan en esta faena pues en los cumpleaños de los hijos pequeños les regalan soldaditos y ametralladores que no sirven para consolidar la paz.

Cuando existe la oportunidad de escarbar ya no en las costumbres y hábitos de un grupo humano sino en la biografía de algún pensador de fuste, se descubren recovecos y propuestas que maravillan a cualquiera. Pero es que muchas veces, con la idea de simplificar, se prefiere tomar la historia de a grupos inmensos y parece más fácil personificarlos en los gobernantes y sus dinastías, en lugar de tomarse el trabajo y sacar provecho de todo lo que subyace.

En realidad, no hay queja justificada al aplastamiento de la vida personal cuando simultáneamente en los hechos se respaldan las ideas y principios que fortalecen y endiosan las estructuras estatales y a su correspondiente radio de acción para administrar vidas y haciendas ajenas.

Comienzo el cierre de esta nota periodística con el peligro de la degradación de la democracia para convertirla en una especie de ruleta rusa, no solo formuladas por los Giovanni Sartori de nuestra época sino por autores como Joseph Schumpeter que en Capitalismo, Socialismo y Democracia donde se pregunta y se responde al abrir la segunda parte “¿Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda.” Y esto a pesar del éxito extraordinario que, como dice el autor, ha producido el capitalismo para las masas. Entre varios factores que se señalan en el libro, el autor destaca que es debido a que “el capitalismo plantea su litigio ante jueces que tienen la sentencia de muerte en sus bolsillos” en base a que “la masa del pueblo no elabora nunca opiniones determinadas por su propia iniciativa. Todavía es menos capaz de articularlas y convertirlas en acciones coherentes. Lo único que puede hacer es seguir o negarse a seguir al caudillaje de un grupo que se ofrezca a conducirlo”, lo cual nos lleva al “concepto particular de la voluntad del pueblo […] ese concepto presupone la existencia de un bien común claramente determinado y discernible por todos” pero, en Psicología de la multitudes Gustave Le Bon nos recuerda que “el comportamiento humano bajo la influencia de la aglomeración, especialmente la súbita desaparición -en un estado de excitación- de los frenos morales y de los modos civilizados de pensar y sentir; […y] la súbita erupción de impulsos primitivos, de infantilismos y tendencias criminales” y de modo similar a Schumpeter se pronuncia Benjamin Roggie en ¿Can Capitalism Survive?

Estas últimas reflexiones nos llevan a meditar seria y urgentemente en nuevos límites al poder político al efecto de salvaguardar la democracia, tal como han hecho pensadores de peso como Hayek, Leoni y antes que ellos Montesquieu en pasajes poco explorados de su obra cumbre que habría que repasar con detenimiento a los que me he referido en otros textos y lo seguiré haciendo ad nauseam hasta lograr el objetivo dada la gravedad del asunto.

A esta altura es un lugar común citar a George Santayana en cuanto a que “los pueblos que no conocen su historia están condenados a repetirla” en el sentido de masticar y digerir adecuadamente lo sucedido a los efectos de aprender las lecciones de la historia -al contrario de la advertencia estampada por Huxley con que abrimos esta nota- para progresar y no estar condenados a machacar en los mismos errores.

Publicado originalmente en Infobae, el 12 de diciembre de 2020.

Gobernar es gravar para gastar | Osvaldo Schenone

A través de esta magnífica exposición, Osvaldo Schenone explica los motivos gubernamentales para la recaudación de fondos; características de los bienes públicos que el estado debe proveer; razones que motivan la multiplicidad de impuestos y sus deficiencias; explicación de los impuestos específicos o selectivos; inclinación del Estado a restringir el comercio.Habla acerca de la tarea primordial del economista y plantea la necesidad de crear impuestos que no causen daño a la sociedad. Finalmente, preguntas y comentarios de los asistentes.

Alex Chafuen en La Gaceta: «Juan Carlos Cachanosky (Educando en la Verdad para la Libertad)»

Alex Chafuen comparte en La Gaceta recuerdos de su tiempo compartido con JCC. Un cálido recuerdo que no podemos dejar de compartir.

Este año perdí varios compañeros de ruta que pasaron su vida enseñando la buena economía. [De esa que seguro que les gusta a los lectores de La Gaceta]. Deepak Lal (1940-2020), Valeriano García (1938-2020), Armando P. Ribas (1932-2020), Antonio Margariti (1930-2020) y Walter E. Williams (1936-2020), entre ellos. Pero hace 5 años falleció Juan Carlos Cachanosky (1953-2015) otro gran educador con el que compartí una década durante mi época de estudiante y joven profesor (1972-1985) en Argentina. Su labor educadora tradicional tocó Argentina, Brasil y Guatemala. Pero en sus últimos años, siendo un pionero de la educación en línea, las enseñanzas de Cachanosky llegaron a todo el mundo a través de un Master en Política Económica que organizaba a través del Swiss Management Center y la empresa educacional que fundó CMT-Group.

Conocí a Juan Carlos Cachanosky por primera vez en 1973-4 cuando llegué a ese especial primer año en la Pontificia Universidad Católica Argentina (UCA). Fue una promoción donde creo que no llegábamos a 20 alumnos, tardé muy poco tiempo para descubrir que, al menos en el campo económico, tenía un alma gemela en Juan Carlos. Creo que los dos leímos el libro de Alberto Benegas Lynch (h), que tenían el título tan tímido de “Ensayo Acerca de la Superioridad del Sistema Liberal” que era su tesis presentada en la Universidad Argentina de la Empresa.

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