"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
Antes del surgimiento de aquellos grandes autores cuyos descubrimientos han dado a la
política económica su actual carácter relativamente científico, las ideas sostenidas
universalmente tanto por los teóricos como por los hombres prácticos acerca de las causas
de la riqueza nacional tuvieron su fundamento en ciertos puntos de vista generales que en
la actualidad casi todos aquellos que se han dedicado a investigar el tema consideran, con
justicia, completamente erróneos.
Entre los errores más perjudiciales en cuanto a sus consecuencias directas y que
contribuyeron en mayor medida a que no se lograra una concepción adecuada de los
objetivos de la ciencia, o de la prueba aplicable a la solución de los interrogantes que
plantea, figuraba la gran importancia atribuida al consumo. Crear consumidores era el fin
principal de la legislación en materia de riqueza nacional, de acuerdo con la opinión
generalizada. Un gran y rápido consumo era lo que los productores de todas las clases y
categorías deseaban para enriquecerse a sí mismos y enriquecer al país. Este objetivo,
bajo las distintas denominaciones de una gran demanda, una circulación activa, un gran
gasto de dinero y a veces totidem verbis un gran consumo se consideró como la condición
fundamental para la prosperidad.
En el estado actual de la ciencia, no es necesario debatir esta doctrina en su forma y aplicación más absurda. Ya no se sostiene la utilidad de un gran gasto gubernamental con el objeto de fomentar la industria. En la actualidad no se piensa que los impuestos son «como el rocío que vuelve en forma de lluvia fecunda». Ya no se considera que se beneficia al productor, al tomar su dinero, siempre que se le devuelva a cambio de sus bienes. No hay nada que impresione más a una persona reflexiva, con un profundo sentido de la superficialidad de los razonamientos políticos de los dos últimos siglos, que la favorable acogida general otorgada hace tanto tiempo a una doctrina que, si es que prueba algo, prueba que la gente más se enriquece cuanto más se toma de sus bolsillos para gastar en los placeres propios; que el hombre que roba dinero de un negocio, siempre que lo gaste nuevamente en el mismo negocio, es un benefactor del comerciante a quien le roba y que la misma operación, repetida con suficiente frecuencia, originaría la fortuna del comerciante.
Con mucha razón ha consignado Milan
Kundera que “la persona que pierde su intimidad lo pierde todo”. Hoy observamos
que la utilización de los formidables medios de comunicación se utilizan muchas
veces para aniquilar a la persona.
Así se
observa que algunos consideran que no han hecho nada si no exhiben lo vivido en
las redes sociales, son seres vacíos en el sentido apuntado por T. S. Eliot en
el libro que lleva por título Los hombres
huecos. Son más bien simples megáfonos de la moda.
De más está decir que esto no es para cargar contra los medios de comunicación, del mismo modo que no es para cargar contra el martillo si en lugar de clavar un clavo se lo utiliza para romperle la nuca al vecino.
En la era
digital y a pesar de sus extraordinarias contribuciones adelantadas entre otros
por Nicholas Negroponte desde MIT en Being
Digital, ahora Facebook, la muy popular red social, se encuentra en un
serio entredicho por la filtración de datos privados y por posibilitar la
aparente falsificación de identidades, lo cual presenta un problema de
seguridad para sus millones de usuarios.
Según el diccionario
etimológico “privado” proviene del latín privatus
que significa en primer término “personal, particular, no público”.
El ser humano
consolida su personalidad en la medida en que desarrolla sus potencialidades y
la abandona en la medida en que se funde y confunde en los otros, esto es, se
despersonaliza. La dignidad de la persona deriva de su libre albedrío, es
decir, de su autonomía para regir su destino. Es la base del derecho.
Hoy existe un extremadamente peligroso
proyecto del actual gobierno para extender el registro de ADN a todos los
habitantes, lo cual vulnera la privacidad al exponer vínculos biológicos,
enfermedades, herencias y otras características personales.
La huella dactilar nos dice quienes una persona, mientras que el ADN informa comoes. La Declaración
Internacional sobre Datos Genéticos Humanos de la Unesco de 2003, a la cual la
Argentina adhiere en su carácter de país signatario, protege los datos
genéticos.
La primera vez que el
tema de la privacidad se trató, fue en 1890 en un ensayo publicado por Samuel
D. Warren y Luis Brandeis en la HarvardLawReview titulado “El derecho a la intimidad”. Tal vez la obra que
más ha tenido repercusión en los tiempos modernos sobre la materia es Lasociedaddesnuda de Vance Packard.
Si bien los intrusos pueden provenir de agentes privados (los cuales deben ser debidamente procesados y penados) hoy debe estarse especialmente alerta a los entrometimientos estatales -inauditos atropellos legales- a través de los llamados servicios de inteligencia, las preguntas insolentes de formularios impositivos, la paranoica pretensión de afectar el secreto de las fuentes de información periodística, los procedimientos de espionaje y toda la vasta red impuesta por la política del gran hermano orwelliano como burda falsificación de un andamiaje teóricamente establecido para preservar los derechos de los gobernados.
Publicado originalmente de la Edición Impresa de El Cronista, Lunes 11 de marzo de 2019.E
Los hombres de la llamada escuela de Manchester se reputaban fieles seguidores de Adam Smith en su rechazo a todo imperialismo coactivo y a toda obstrucción del mercado libre, haciendo una lectura parcial del pensamiento del economista escocés.1 Aunque ni Richard Cobden (1804-1865), líder de los manchesterianos, ni sus seguidores propugnaron la emancipación colonial generalizada, porque preferían -y en esto sí se parecían a Smith – una unidad tipo commonweaIth basada en la autonomía y el librecambio, constituyeron la expresión más sobresaliente del rechazo al sistema colonial inglés desde la metrópoli. En 1848 Cobden escribe a Gladstone y se queja del «ruinoso gasto colonial que hemos desembolsado hasta el presente»2: las colonias son caras e inútiles. No se trataba de liquidar completamente al imperio sino de afirmar que éste ya no podría sostenerse con la fuerza sino mediante el comercio (libre) y la paz. De esta forma, la superficie de un imperio puede a la postre conspirar contra su poder; John Bright (1811-1899), brazo derecho de Cobden, dijo en 1865: «Un gran imperio puede reducirse territorialmente sin que su poder y autoridad en el mundo se vean disminuidos.»
Esta edición viene con dos novedades. En primer lugar, la publicación migra a un formato exclusivamente online. En segundo lugar, el sitio web del journal ahora posee una sección «online first» donde figuran los artículos ya aceptados pero que aún no tienen un número asignado.
El último número de libertas incluye artículos de (1) Robert Gelfond and Ryan H. Murphy, (2) Alejandro Gómez, (3) Esteban Gonzales Herrejón, (4) Julio H. Cole, y (5) Gabriel J. Zanotti y Nicolas Cachanosky.
Como la mayoría de los grandes fenómenos sociales espontáneos, el sindicalismo fue adquiriendo organización y contenido ideacional -más allá de sus formulaciones y reivindicaciones iniciales- a través de tanteos, experiencias y contactos con otros grupos, así como con sus propios activistas, sin aparecer, sino en la última etapa de su desarrollo, como una meta institucional específica. Esos contactos fueron pacíficos o tormentosos, según las vicisitudes de cada período histórico y de cada país, pero, en cualquier caso, estuvieron matizados por la incertidumbre de su desenlace final, que fue la institucionalización, en aquellos países donde la democracia pudo consolidarse o donde la posibilidad de su vigencia se mantuvo latente, entre la intermitencia de golpes militares.
Me han pedido que les hable sobre las “consecuencias económicas del estado benefactor” pero yo preferiría eliminar del título la palabra “económicas” y referirme en cambio a las consecuencias generales, políticas y económicas, o quizás a lo que sería más apropiado denominar “la economía política del estado benefactor”.
Me gustaría comenzar con algunas definiciones básicas. Trazaré una clara diferenciación entre el “estado socialista” y el “estado transferidor”. En el primero de los casos, el estado a través de sus diversos organismos y dependencias provee en forma directa bienes y servicios, sean éstos bienes y servicios “públicos”, en un sentido claramente definido, o bienes privados, según la definición común. Es decir, el “estado socialista” es un productor directo; respeta la norma marxista de control de los medios de producción. Por el contrario, y al menos como tipo ideal, el “estado transferidor” no provee bienes y servicios en forma directa ni financia dichos bienes y servicios. El “estado transferidor” como tipo ideal de estado, simplemente toma fondos fiscales de algunos grupos e individuos que están dentro de su jurisdicción y los transfiere, en forma de pagos en efectivo, a otros individuos y grupos de la comunidad política.
A lo que me refiero cuando hablo del “estado benefactor” es a una forma de estado transferidor. Deberá distinguírsela con claridad de otra de las formas posibles de estado transferidor, a la que denominaré el “estado redistribuidor”, término tomado del libro The State (1985) de Jasay. El “estado redistribuidor” simplemente toma as recaudaciones provenientes del pago de impuestos de algunos grupos y ofrece pagos en efectivo a otros grupos, dependiendo del poder político relativo de las coaliciones cuando interactúan a través del proceso de decisión política. No es necesario que haya conexión entre la configuración neta de las transferencias que se producen y cualquier norma convenida que permita el desarrollo del bienestar general de los miembros de la comunidad. No es necesario que haya, en particular, ningún desplazamiento en la distribución final de los ingresos hacia los menos favorecidos. Podría suceder exactamente lo contrario. La configuración de las transferencias en el estado redistribuidor está determinada exclusivamente por la lucha entre intereses competitivos a través del proceso político, cualquiera que sea éste, y no necesariamente debe existir una conexión con la redistribución vertical como tal. George Stigler se ha referido al estado redistribuidor diciendo que opera de acuerdo con lo que él denomina la ley Director de la redistribución.
En este ensayo examinaremos la posibilidad de que la constitución del orden en las
sociedades humanas pueda organizarse sobre la base de diferentes principios expresados a
través de distintas estructuras que conducen a diferentes realidades en la vida pública. La
utilización de normas destinadas a ordenar las relaciones entre los miembros de una sociedad
es una característica universal de las sociedades humanas. La relación norma-gobernamte-
gobernado se presta a diferentes pautas de organización. Compararemos aquí la teoría de la
soberanía, postulada por Hobbes, con una teoría de los sistemas federales de gobierno. Los
dos modelos permiten elegir la forma en que pueden constituirse las sociedades humamos.
Muchas y copiosas son las historias escritas pero hay una de características peculiares por su profundidad, por el amplio período que abarca y, al mismo tiempo, por su extensión relativamente reducida. Se trata una de las obras de Louis Rougier publicada en francés en 1969 y traducida al inglés con el título de The Genius of the West en 1971 con prólogo del premio Nobel Friedrich Hayek quien detalla los libros y ensayos publicados por el autor y sus esfuerzos por reunir a intelectuales del liberalismo para hacer frente al espíritu socialista que comenzó a prevalecer especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Ahora se encuentra disponible una cuidadosa traducción al castellano por Unión Editorial de Madrid titulada El genio de Occidente.
En lo personal, llegué tarde para tener el privilegio de estar
nuevamente con él (mucho antes lo había conocido fugazmente cuando mi padre lo
recibió en Buenos Aires en el Centro de
Estudios sobre la Libertad), pues siendo rector de ESEADE lo invité a pronunciar
conferencias pero a vuelta de correo llegó una amable carta manuscrita con una
muy prolija caligrafía de su mujer en la que me informaba de la reciente muerte
de su marido ocurrida en el mismo mes de mi invitación, en octubre de 1982.
En esta nota periodística intentaré un recorrido por los pasajes más
sobresalientes de este libro que consta de 17 capítulos en los que este
doctorado en la Sorbonne y profesor en diversas universidades francesas,
italianas y estadounidenses resume una muy jugosa visión sobre lo que estima
son los tramos más relevantes de la civilización en la que vivimos.
Rougier abre su trabajo con el mito de Prometeo quien desafió la
voluntad de Zeus al robar fuego de los cielos y entregarlo a los mortales. Esto
dice Rougier pone de manifiesto el espíritu de la rebelión frente a los dioses
“lo cual simboliza los miedos de la gente primitiva en la presencia de las
fuerzas naturales que los domina y aterroriza”. El autor subraya que este mito
ilustra la necesaria curiosidad y el amor por la aventura del pensamiento. Esto
ilustra la insistencia en mejorar las cosas y no considerarlas inamovibles.
Apunta que la contribución de los griegos a la civilización occidental es el haberle
dado un sentido claro y preciso a la razón, en contraste con oriente que en
general se asimilaban a los dictados de los reyes puesto que “la ciencia no se
satisface con las evidencias de los sentidos que describen el como de las cosas sino que busca la
evidencia intelectual que explica el porqué
de las cosas”, le atribuyeron preeminencia al logos como sentido, como razón, como estudio, como investigación de
las causas útimas.
De esta postura frente al conocimiento, el autor deriva la idea de la
democracia griega que sostiene era “el gobierno de las leyes y no el gobierno
de los hombres” en el contexto de la igualdad ante la ley por lo que en este
sistema se reservaba la expresión polis
para aludir a la ciudad gobernada por la ley en cuyo ámbito señala la
importancia que la civilización griega le atribuía a la moneda con sólido
respaldo en plata como era el dracma
y sus inclinaciones al comercio libre facilitada por contar con dinero
confiable.
En el siguiente capítulo se subraya el orden jurídico de la Roma
republicana en cuanto a “la protección contra el poder arbitrario” basado en el
concepto de derecho natural en línea con lo expresado por Cicerón en cuanto a
que “la verdadera ley consiste en la recta razón en concordancia con la
naturaleza que es de aplicación universal, inmutable y eterna”, lo cual fue
posteriormente elaborado y ampliado por autores como Hugo Grotius, Algernon
Sidney y John Locke.
El cuarto capítulo se destina a describir y condenar la esclavitud, una
de las manchas negras más nefastas de la
historia del hombre. Rougier se pregunta porqué los griegos no trasladaron sus
contribuciones a una revolución industrial y se responde que esto se debió a la
horripilante y entorpecedora institución de la esclavitud por lo que “en muchas
ciudades la actividad de los habitantes
era considerada incompatible con el ejercicio de las tareas manuales”.
Incluso, como es bien sabido, Aristóteles avalaba la esclavitud y concluyó que
“el esclavo es una herramienta viviente” (parlantes decían otros).
El autor subraya que esta fue una de las razones centrales de la
decadencia romana puesto que “al ser incapaces de sustentarse recurrieron al
estado para alimentos, cobijo y diversión de lo cual derivó el panem et circenses […] el número de
parásitos que el Imperio debía financiar creció cada vez más, mientras la
productividad de la clase media se hizo cada vez más reducida […] y para
atender la consecuente crisis el Imperio se volcó a la planificación
totalitaria y a las asociaciones compulsivas […] con lo que se transformó en un derroche general y en
todos trabajaban para el estado burocrático” lo cual terminó en el derrumbe
romano y sus satélites.
Señala que al cristianismo de la época no solo no se le ocurrió proponer
la abolición de la esclavitud sino que aconsejaban obedecer a los dueños
(Corintios 1, 7:20-22) pero también es muy cierto que con el cristianismo
comenzó un revolución de fondo en la buena dirección al rehabilitar el trabajo
manual y, sobre todo, al enseñar que todo ser humano tiene la misma dignidad
independientemente de su condición, nacionalidad y etnia como en Gálatas 3:28
(incluso mostrar como un Papa proviene de la condición de esclavo como
Calixto). Esto a pesar de los abusos de emperadores cristianos como Constantino
con todos sus atropellos y persecuciones a los no cristianos.
En medio de las pestes recurrentes, a fines de la Edad Media comenzaron
a aparecer comerciantes debido a las libertades que se otorgaban en los
recientemente creados burgos (de allí
el burgués) ya sea por hazañas militares u otras condiciones apreciadas
circunstancialmente por los señores feudales. En esa época se produjo la
invención de los caracteres móviles de Guttenberg lo cual permitió una notable
difusión del conocimiento junto al desarrollo de transacciones comerciales y
las incipientes faenas bancarias.
En esta línea de progreso se fue desarrollando lo que se conoce como el
Renacimiento por la expansión de la libertad lo cual permitió retomar el ímpetu
antes del oscurantismo. Rougier subraya las notables contribuciones artísticas,
culturales, científicas y comerciales de ese tiempo, todo ello a
contracorriente de las intolerancias religiosos, la quema de libros y
manuscritos. “Los gigantes del Renacimiento fueron Leonardo da Vinci, Francis
Bacon, Galileo y Descartes […] todo debido a la preservación del obsequio
principal de la naturaleza: la libertad”, nuevamente en un ámbito donde asomaba
la amenaza de la Iglesia contra la ciencia, lo cual ejemplifica el autor con el
juicio a Galileo alimentado por el Papa
Urbano VIII y sentenciado por el Santo Oficio (“lo obligaron a Galileo Galilei
a arrodillarse y abdicar de la física” escribe Ortega). Rougier se refiere
detenidamente a los aportes científicos y evolutivos de Copérnico, Kepler,
Galileo y Newton y luego a Pascal, Turgot y Condorcet y la consecuente idea de
progreso como algo a lo que debía darse rienda suelta en un clima de respeto
recíproco.
En el onceavo capítulo Louis Rougier se detiene a considerar los aportes
notables de pensadores como Mercier de la Rivére y Adam Smith que dieron por
tierra con las falacias de las doctrinas mercantilistas para mostrar las
ventajas y los beneficios del librecambio, especialmente para los más
necesitados y la célebre fórmula de laissez-faire
de Gourany “que fue el arma para derribar los muros contra el comercio
interior y con el exterior que separaban a las personas. Fue una apelación muy
justificada a la providencia del orden natural” (dejar hacer a las actividades
legítimas en oposición a los dictados caprichosos de los gobernantes).
Muestra como aquellos principios rectores en el contexto de marcos
institucionales de respeto a la propiedad de cada uno condujo a la
extraordinaria Revolución Industrial que permitió elevar salarios e ingresos en
términos reales de una población que antes estaba mayormente destinada a las
hambrunas y las muertes prematuras. En esos ámbitos, los incentivos para nuevos
emprendimientos y nuevos descubrimientos se multiplicaron a pasos agigantados a
diferencia del sistema anterior que solo privilegiaba a los nobles y sus
cortesanos. Apunta Rougier la vertiginosa revolución no solo en las fábricas
sino en la agricultura y en la medicina, en la tecnología en general, lo cual
abrió paso a las humanidades y a la exploración más sistemática y difundida de
las manifestaciones artísticas.
Los derechos divinos de los reyes y demás maniobras para ocultar el
deseo irrefrenable de poder fueron desapareciendo lo cual el autor pone en
evidencia en las primeras líneas con que abre el capítulo treceavo: “La
revolución científica del Renacimiento, la revolución ética de la Reforma, el
descubrimiento de las leyes de mercado y la Revolución Industrial del siglo
dieciocho se combinó para generar una revolución política que completó la
transformación de las sociedades occidentales […] El placer de los reyes fue
sustituido por Constituciones, la organización jerárquica basada en los
privilegios fue reemplazada por la igualdad ante la ley, las ocupaciones
cerradas a las masas fue sustituida por el libre acceso a todos, la soberanía
del príncipe fue reemplazada por la soberanía de la gente y la omnipotencia del
estado fue eliminada y garantizados los derechos de todas las personas”.
Las ideas totalitarias de Hobbes y Rosseau fueron en gran medida
desalojadas y ocupadas por estrictos límites al poder. La Revolución Inglesa de
1688, el comienzo de la Francesa antes de la contrarrevolución del terror
(conviene puntualizar, ya que la idea de igualdad ha sido desfigurada, que en
la Declaración de Derechos de 1789 la igualdad aludida es ante la ley y no mediante
ella, tal como se aclara de entrada en su artículo primero) y la Revolución
Norteamericana fueron tres puntales dirigidos en sus inicios hacia el antes
mencionado respeto recíproco, en este último caso con la expresa mención del
derecho a la resistencia a la opresión en su Declaración de la Independencia.
En este muy telegráfico pantallazo -más bien diría a vuelo de pájaro, al
efecto de interesar al lector- respecto a un
libro de gran calado, destaco las advertencias de Rougier que denomina
“los riesgos del progreso” que tal como subrayó Tocqueville en su momento que “los
adelantos morales y materiales que se dan por sentados provocan un quiebre
fatal” puesto que debe tenerse en debida cuenta lo tan reiterado por los Padres
Fundadores en Estados Unidos: “el precio de la libertad es su eterna
vigilancia”.
El autor de la obra que venimos comentando la culmina con reflexiones
sobre la necesidad de refutar los peligrosos enredos del marxismo y sobre todo
los del mal llamado “Estado Benefactor” (lo cual es una contradicción en los
términos ya que la beneficencia no puede llevarse a cabo por la fuerza) que
penetra con más eficacia sobre las mentes desprevenidas. En el extremo los
Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Kim Jong-un y Castro y demás tiranos han estrangulado, triturado y
aniquilado las autonomías individuales de millones de seres indefensos.
Las Constituciones modernas en su mayoría seguían los lineamientos
iniciados por la Carta Magna de 1215, es decir, el establecimiento de vallas más
o menos infranqueables al abuso del poder, hasta que en pleno siglo veinte
comenzaron a promulgarse las anticonstituciones, a saber, escritos en los que
se le otorgaba un cheque en blanco a los gobiernos para aniquilar los derechos
de los gobernados en lugar de
protegerlos. Comenzó así la era de los pseudoderechos.
Rougier finaliza este notable trabajo consignando que “la civilización
no está circunscripta a ningún lugar geográfico” sino que se debe a valores que
surgen de mentes que adhieren a esos principios que requiere que
permanentemente se contrarresten los avances socialistas que bajo muy diversos
rótulos han penetrado en las entrañas de la sociedad libre donde, entre otros,
en la batalla por las ideas, los escritores juegan un rol decisivo. Su
conclusión es que “en cualquier lugar en donde se respeten los derechos del
hombre, donde exista la completa apertura a la investigación científica y la
libertad de pensamiento y de prensa, allí está Occidente” (diría Jorge García
Venturini: “es el espíritu de Occidente” y la tradición opuesta la describe
Solzhenitsin al sostener que “un
gobierno autoritario no quiere escritores, solo quiere amanuenses”).
En todo caso, como en toda clase, conferencia o trabajo escrito Rougier
estampa allí sus valores, tal como reza la Biblia “No elogies a nadie antes de
oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres” (Eclesiástico, 27:
7).