Se presenta
un problema de difícil resolución. Se observan escritores, poetas,
profesionales y en todos los órdenes de la vida donde hay una especie de
separación o corte entre su producción y su vida privada o, si se quiere, la
vida pública que resulta distinta y a veces opera en dirección contraria a los
talentos por los cuales es más conocido. ¿Una cosa tiñe a la otra o deben
analizarse por separado? ¿Pueden cortarse en tajos o deben estudiarse en
conjunto y como un todo?
Por
ejemplo, ¿debe tenerse en cuenta cuando uno entra al quirófano que el excelente
cirujano a cargo es un pésimo jugador de golf? Parecería que son dos planos que
no se entrecruzan al momento de la operación. Resulta irrelevante como se
desenvuelve en el campo de golf a los efectos del manejo del bisturí. ¿Y si se
descubre que trata mal a sus hijos? Puede lamentarse pero no interfiere con sus
dotes profesionales. ¿Y si es un entusiasta de sistemas totalitarios? También
puede criticárselo por esa inclinación lamentable a esclavizar a su prójimo
pero en general se seguirá con la idea de aceptar sus talentos médicos. ¿Y si
trascendió que la mató a su mujer a cuchillazos? Bueno ahí la cosa cambia pues
producirá cuanto menos algún escozor y habrá cierta reserva en seguir adelante
con el proyecto de ponerse en manos de un criminal por más que se luzca con sus
habilidades de facultativo avezado.
Esta
secuencia de ejemplos que van de lo menor a lo mayor apuntan a que en
definitiva la apreciación de si un plano tiñe o no a otro se torna un tanto
subjetivo y, por momentos, pastoso. Hay personas que sostienen que la destreza
formidable de Pablo Neruda como poeta no perjudica ni cambia por el hecho de
haberle cantado loas a un asesino serial como Stalin. Los hay quienes estiman
que la vida privada de Woody Allen no modifica su condición histriónica. El
premio Nobel en literatura Eugen O´Neill era alcohólico. Correlatos similares
van para los Picasso, Dalí y tantos otros cuyos comportamientos distan mucho de
ser agradables lo cual no parece afectar a quienes aprecian sus obras. Pero,
otra vez, esto depende de cada uno. Hay quienes después de determinado
recorrido les resulta imposible disfrutar de una obra pues surge la tintura de
marras que se extiende como una mancha imparable de un ámbito a otro. En
sentido contrario, no puede decirse que el criminal de Hitler queda teñido por
lo cariñoso que era con sus perritos.
Por
supuesto que no sería razonable ni lógico que se pretendiera la perfección como
ser humano para aprovechar los talentos de tal o cual personaje puesto que la
perfección no es un atributo de los mortales. Todos tenemos defectos. Es
entonces un asunto de equilibrio, juicio prudencial, debidamente masticado y
decantado, pero la subjetividad en definitiva marca el rumbo. No parece que
pueda concluirse como hacen algunos que son dos andariveles completamente
distintos e independientes y que en ningún caso se los puede mezclar. En casos
extremos la mezcla es inevitable, es un asunto de graduación personal.
Esto mismo
ocurre con ciertos viajes, hay personas que pueden separar el turismo de lo que
ocurre en el país visitado por más que tengan gobiernos criminales.
Personalmente no puedo digerirlo, por ejemplo, con la Cuba de hoy. Desde mi
perspectiva, una cosa tiñe a la otra de modo irremediable: no puedo disfrutar
de playas pintorescas cuando siento la cárcel pestilente e injusta que padecen
otros a mi derredor. No estoy dispuesto a contribuir a la financiación de esos
carceleros.
Viene ahora
otra cuestión más complicada aun. Se trata de los valores morales de la obra,
del juicio moral respecto a la aplicación de talentos. Aquí también se separan
las aguas. Hay quienes -los más- aseguran que el arte nada tiene que ver con la
moralidad o inmoralidad, es simplemente arte y debe juzgarse como tal sin
apreciaciones éticas, solo estéticas. Sin embargo, los hay que sostienen lo
contrario. Por ejemplo, T. S. Elliot se pregunta “¿Es que la cultura requiere
que hagamos un esfuerzo deliberado para borrar todas nuestras convicciones y
creencias sobre la vida, cuando nos sentamos a leer poesía? Si así fuera, tanto
peor para la cultura”. Y Victoria Ocampo escribe que “El arte de bien elegir y
de bien disponer las palabras, indispensable en el domino de la literatura, es,
a mi juicio, un medio no un fin” y agrega “No veo en realidad por qué cuando
leo poesía, como cuando leo teología, un tratado de moral, un drama, una
novela, lo que sea, tendría que dejar a la entrada -cual paraguas en un museo-
una parte importante de mi misma, a fin de mejor entregarme a las delicias de
la lectura”. Mas aun Ocampo ilustra el punto con el correlato del amor: “La
atracción física sola (si es que puede existir sin mezcla) es simple apetito.
Pero esta atracción, acompañada por las que atañen al corazón, a la
inteligencia, al espíritu, es una pasión
de otro orden y de otra calidad. En materia de literatura, como en materia de
amor, ciertas disociaciones son fatalmente empobrecedoras”.
Finalmente,
Giovanni Papini consigna que “El artista obra impulsado por la necesidad de
expresar sus pensamientos, de representar sus visiones, de dar forma a sus
fantasmas, de fijar algunas notas de música que le atraviesan el alma, de
desahogar sus desazones y sus angustias y -cuando se trata de grandes artistas-
por anhelo de ayudar a los demás hombres, de conducirlos hacia el bien y hacia
la verdad, de transformar sus sentimientos, mejorándolos, de purificar sus
pasiones más bajas y de exaltar aquellas que nos alejan de las bestias”. Y
concluye que hay escritores “que se jactan de ser morales en su vida e
inmorales en sus escritos. Puede afirmarse resueltamente que no existen” ya que
entiende que “el arte grande se dirige siempre a lo que hay dentro de nosotros
de mejor”.
Por mi
parte, aun en minoría dadas las opiniones contrarias a lo dicho, considero que
lo relevante para un juicio artístico no solo se refiere a como se dicen o muestran las cosas, sino que dicen o muestran.
Precisamente,
en relación al arte, para cerrar esta nota periodística refiero observaciones
sobre el denominado arte moderno. El
estudio de las bellas artes es un tema complejo, muy controvertido, lleno de
vericuetos y andariveles. Se han destinado ríos de tinta para discutir si en
definitiva la belleza en el arte trata de algo objetivo o subjetivo. En
realidad cuando hablamos de algo subjetivo estamos aludiendo a apreciaciones
personales, de gustos y perspectivas individuales lo cual no desconoce los
atributos y naturaleza de la cosa en si.
Nada hay que discutir
si a una persona le gusta el violeta antes que el colorado, si le atrae más tal
o cual ornamento, si prefiere esa marca antes que aquella otra o si le resultan
más los perros que los gatos. Nada de esto contradice el significado y las propiedades
que definen los objetos de que se trate. Incluso cuando una persona dice que
está observando el cielo azulado y otra sostiene que predomina el gris se debe
a distintas posiciones, la captación de diferentes rayos solares y, sobre todo,
retinas disímiles que captan de modo desigual los colores. Muchos ejemplos se
pueden dar de formas diferentes de apreciar la misma cosa.
Sin embargo, cuando se
trata de pronunciarse sobre la belleza de una obra de arte estamos
refiriéndonos a una cualidad que hace a la cosa que, es cierto, captamos de
modo desigual pero siempre con la intención de descubrir y describir del modo
más ajustado aquello que tenemos delante de nuestra vista. Lo contrario sería
referirse simplemente al gusto personal: si nos atrae o no la obra es una
cuestión distinta de la descripción de sus atributos. Si dijéramos que arte es
todo aquello que la gente estima es arte no habría tal cosa como destacados
críticos de arte ya que sus juicios no diferirían en sapiencia del emitido por
cualquier ignorante en materia artística. Del mismo modo, los entendidos en
música puede distinguir fácilmente una melodía de un simple ruido.
El asunto se complica
cuando comprobamos que aquél que se ajusta a lo que le enseñan en la academia
de arte podrá ser un buen copista pero, en rigor, no es un artista puesto que
para ello se requiere romper con lo convencional y crear nuevos paradigmas.
Entonces viene el problema en cuanto a dictaminar que es y que no es arte. La forma de establecer estos criterios
consiste en dejar que transcurra el suficiente tiempo al efecto de recabar la
mayor cantidad de opiniones que estimamos competentes para poder escoger y
concluir en esa materia, según sean nuestros conocimientos o la confianza que
depositamos en los respectivos opinantes.
Lo mismo ocurre con la
ciencia o cualquier contribución nueva o aporte al acervo cultural. En un
primer momento puede aparecer como una idea estrafalaria que con el tiempo y
los suficientes debates queda claro si se trata de una sandez o de un avance
científico. En el momento en que aparece en escena lo nuevo no resulta posible
juzgarlo con la debida ponderación ni con el debido detenimiento y perspectiva.
Lo que si puede sostenerse es que el arte, la ciencia o una manifestación de
cultura no radica en cualquier cosa en cualquier sentido y que las valoraciones
subjetivas en cuanto a los gustos y preferencias deben distinguirse de la
objetividad de la cosa sujeta a juicio.
Personalmente hice mis primeras armas en el
intercambio de ideas sobre estas especulaciones con mi abuelo materno que fue
durante veinte años Director del Museo de Bellas Artes en Buenos Aires, miembro
de la Academia Nacional de Bellas Artes y a partir de su tesis doctoral en
medicina, titulada No hay enfermedades sino enfermos. El caso de la
individualidad en la medicina, comenzó a desarrollar una especial
sensibilidad para el caso particular, lo cual le permitió una mirada atenta
sobre las distintas manifestaciones del arte(quien, igual que Paul
Johnson -el autor del voluminoso Art: A New History– no puede decirse
que guardaba especial estima por expresiones como el arte abstracto, que en
rigor consideraba manifestaciones correspondientes más bien al plano de la
decoración).
En todo caso, del mismo modo que Umberto Eco aplica el método popperiano
a la interpretación de textos para acercarse lo más posible a lo que se lee,
puede aplicarse esa metodología de refutaciones y corroboraciones provisorias
al arte. Los elementos subjetivos y las características objetivas suelen
ilustrarse en diversos ensayos con la temperatura que existe en una habitación:
objetivamente es susceptible de medirse en el termómetro y subjetivamente, cada
uno, puede pronunciarse de diferente manera según sienta más o menos calor o
frío en concordancia con el contraste de la temperatura ambiente de donde
proviene el sujeto y según el funcionamiento del termostato individual.
Este debate subjetividad-objetividad tiene lugar en muy diversas
manifestaciones de la ciencia, por ejemplo, en economía donde se ha pretendido
asimilar el relativismo epistemológico con la teoría marginalista del valor,
sin percibir que se trata de dos planos completamente distintos de análisis y
para nada incompatibles: la verdad objetiva por una parte (en el sentido que
las cosas son independientemente de nuestras opiniones) y los gustos y
preferencias por otra (de lo que depende el valor crematístico del bien).
De más está decir que cuando aludimos al arte nos estamos refiriendo a
lo realizado por el ser humano. Solo metafóricamente decimos que el nido del
hornero, el panal o el capullo es una obra de arte. Del mismo modo, solo
analógicamente nos referimos a la belleza de una puesta de sol, a la espuma del
mar, a un caracol en la playa o a la noche estrellada.
En el caso de las bellas artes, de lo que se trata es de juzgar acerca
de las propiedades, atributos y las técnicas (siempre en evolución) sobre las
proporciones, profundidad, manejo de luz, perspectiva y demás características
que posee la obra, independientemente del gusto personal de quien la observa,
lo cual no es óbice para que el opinante del momento conjeture que tal o cual
obra juzgada resistirá o no la prueba del tiempo, opinión que competirá con
otras razones y argumentaciones sobre el valor artístico de marras.
Aparece aquí otro problema adicional y es que dado que, desde la era
remota de las pinturas en las cuevas, las manifestaciones artísticas revelen el
espíritu de la época, pero si ocurriera una degradación que se mantuviera a
través de generaciones, la prueba del tiempo ya no confirmaría la calidad del
arte en cuestión. En ese caso, solo quedarían opiniones individuales difíciles
de contrastar. Es que como decíamos más arriba, el tema es sumamente
controvertido y hay muchos costados de la biblioteca que resultan opuestos, de
lo que no se desprende que arte sea cualquier cosa…de todos modos, en ninguna
materia se dice la última palabra y mucho menos en ésta. No en vano el lema de
la Royal Society de Londres es nullius in
verba, esto es, no hay palabras finales.