"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
Como solía decir el filósofo marxista Luis Althusser, ninguna lectura es inocente. El significado que cada
lector infiere de algún trozo de una obra científica está influido indefectiblemente por sus propias premisas y
su marco de referencia analítico. Cuando el marco teórico subyacente del lector difiere sustancialmente del
de los autores que son objeto de estudio, es probable que el resultado sea un profundo malentendido. Pocos
ejemplos de lectura «no inocente» pueden alcanzar el grado de distorsión que la interpretación corriente del
debate sobre el cálculo económico socialista impartió a esa famosa controversia. Muchos de los dos
importantes analistas que desde un principio se interesaron por el debate corrigieron posteriormente, al
menos en parte, sus errores iniciales de interpretación. Sin embargo, la versión de la historia del debate que
ha llegado a predominar entre los economistas conserva aún la mayoría de esos errores iniciales. En este
ensayo estudiaremos los orígenes y el desarrollo de la versión corriente de la controversia socialista y
ofreceremos sugerencias tendientes a explicar cómo y por qué esa interpretación equivoca seriamente el
sentido de algunos de los argumentos del debate.
Las dos caras de esta controversia están representadas, por un lado, por los «austriacos» que lanzaron el desafío al socialismo -encabezados por Ludwig von Mises, Friedrich Hayek y Lionel Robbins- 1, y por el otro por los «neoclásicos» -que respondieron a ese desafío defendiendo una u otra forma de socialismo-, en especial los llamados «socialistas de mercado», Oskar Lange, H. D. Dickinson, Fred M. Taylor, Abba P. Lerner y E. F. Durbin, y, desde un punto de vista algo diferente, Maurice Dobb.-
On the campaign trail, Mauricio Macri vowed to fight inflation. Now, three years into his administration, it looks like that requires more commitment than he and his team of economic advisors envisioned. Argentina ended 2018 with an annual inflation rate of 47.6 percent. That is the highest rate since the early 1990s, when Argentina’s bout with hyperinflation came to an end. With this in mind, some (including John Cochrane, Steve Hanke, and Mary Anastasia O’Grady) have called for Argentina to abandon the peso in favor of the dollar.
Dollarization became a relevant policy option in Latin America beginning around 2000. Ecuador dollarized in January 2000. El Salvador dollarized in 2001. But Argentina, which had established a currency board in 1991, moved in the opposite direction following its 2001 crisis. On January 6, 2002, it broke its one-for-one peg with the dollar. The results have been disastrous.
Se conoce como la Tercera Escuela Vienesa de Psicoterapia la contribución de Frankl, siendo la primera la de Freud y la segunda la de Adler. En esta nota periodística intentaré resumir los aspectos centrales de la logoterapia y conexos en base a citas de su fundador tomadas de su Psycotherapy and Existencialism (Londres, Simon and Schuster, 1967) donde se recogen los ensayos de mayor peso de Frankl. Procederé en cuatro capítulos comenzando con citas del autor de la referida obra, seguidas de elaboraciones personales.
En primer lugar, el significado de la logoterapia. Escribe Frankl que
“Logoterapia se ocupa no solamente de ser sino del significado, no solo con el ontos sino con el logos […] En otras palabras, la logoterapia no solo es análisis
sino terapia […] es mi convicción que el hombre no debe, en verdad no puede,
apuntar a la identidad de un modo directo, más bien encuentra su identidad en
la medida en que se compromete en una causa más grande que su persona. Nadie lo
ha puesto de un modo más claro que Karl Jaspers cuando dijo: ´Lo que el hombre
es equivale a una causa que la ha convertido en propia´ […] El sentido de la
vida no debe coincidir con lo que es, el sentido o significado tiene que estar
delante de lo que es. El significado marca el camino para el ser”.
Frankl subraya la importancia de contar con ideales (lo cita a Ludwig
Binswagner quien sostiene que “los ideales son la verdadera causa de
supervivencia”). Remarca que el
actualizar las potencialidades en busca del bien es lo que abre paso a la
felicidad. El mal naturalmente hace mal.
Tal como se ha señalado en diversas oportunidades, todos
actuamos en nuestro interés personal el cual podrá ser sublime o ruin. En
definitiva constituye una perogrullada sostener que está en interés del sujeto
actuante actuar como actúa. También cabe recalcar que siempre apunta a lo que
estima lo hará más feliz, ya se trate de un masoquista, un suicida o un acto
corriente de los que se llevan a cabo cotidianamente.
En última instancia entonces todos los actos se basan en la
conjetura de que lo realizado proporcionará más felicidad, lo cual no significa
que en realidad esto ocurra: la persona en cuestión puede o no percibir el
error después de llevada a cabo la acción pero la felicidad no es escindible
del bien en el sentido de la incorporación de valores que alimenten el alma.
Naturalmente el mal objetivamente considerado aleja de la felicidad por más que
se lo pueda malinterpretar subjetivamente puesto que las cosas son
independientemente de lo que se opine que son, de lo contrario caeríamos en el
relativismo epistemológico (que convierte en relativa la propia afirmación del relativismo),
lo cual no contradice el hecho de la interpretación subjetiva (el
prefiero o no prefiero, me gusta o no me gusta).
La vida está conformada por una secuencia de problemas de
diversa índole, lo cual naturalmente se desprende de la condición imperfecta
del ser humano. La ausencia de problemas es la perfección, situación que, como
es bien sabido, no está al alcance de los mortales. Además, si los seres
humanos fueran perfectos no existirían ya que la perfección -la suma de todo lo
bueno- es posible solo en un ser (la totalidad de los atributos no pueden
residir en varios).
De más está decir que el asunto no consiste en buscarse
problemas sino en mitigarlos en todo lo que sea posible, al efecto de
encaminarse hacia las metas que actualicen las potencialidades de cada uno en
busca del bien ya que, como queda dicho, las incorporaciones de lo bueno es lo
que proporciona felicidad. De todos modos, el estado de plenitud no es posible
en el ser humano, se trata de un tránsito y una búsqueda permanente que exige
como condición primera el amor al propio ser, cosa que no solo no se contradice
con que ese cuidado personal apunte a la satisfacción de otros sino que es su
requisito indispensable puesto que el que se odia a si mismo es incapaz de amar
a otro debido a que, de ese modo, renuncia al gozo propio de hacer el bien.
El bien otorga paz interior y tranquilidad de conciencia que
permiten rozar destellos de felicidad que es la alegría interior sin límites,
pero no se trata solo de no robar, no matar, acariciar a los niños y darle de
beber a los ancianos. En el contexto de la visión de Frankl, se trata de actuar
como seres humanos contestes de la enorme e indelegable responsabilidad de la
misión de cada uno encaminada a contribuir aunque más no sea milimétricamente a
que el mundo sea un poco mejor respecto al momento del nacimiento, siempre en
el afán del propio mejoramiento sin darle descanso a renovados proyectos para
el logro de nobles propósitos.
Los estados de felicidad siempre parciales por las razones
apuntadas, demandan libertad para optimizarse ya que esa condición es la que
hace posible que cada uno siga su camino sin que otros bloqueen ese tránsito ni
se interpongan en el recorrido personalísimo que se elija, desde luego, sin
interferir en idénticas facultades de otros. Como veremos más abajo, en la
perspectiva de Frankl los atropellos del Leviatán necesariamente reducen las
posibilidades de felicidad, sea cual fuera la invasión a las autonomías
individuales y siempre debe tenerse en cuenta que los actos que no vulneran
derechos de terceros no deben ser impedidos ya que la responsabilidad
es de cada cual. Nadie deber ser usado como medio para los fines de otros.
Voltaire, en uno de sus reflexiones se pregunta si no será más
feliz alguien que no se cuestiona nada ni intenta averiguar tema alguno sobre
las cosas ni siquiera sobre su propia naturaleza y concluye que esto último es
compatible con el estado de satisfacción del animal no racional y no es propio
de un ser humano. Esto no desconoce que todos somos muy ignorantes, que
desconocemos infinitamente más de lo que conocemos, pero se trata del esfuerzo
por mejorar, por la autoperfección según sean las posibilidades y las
circunstancias por las que atraviesa cada uno, se trata de la faena de
incorporar algo más de tierra fértil en el mar de ignorancia en el que nos
desenvolvemos para así honrar nuestra condición humana.
En resumen, la imperiosa necesidad de contar con proyectos
nobles y de mantener la brújula, no significa tomarse demasiado en serio y
perder el sentido del humor, especialmente la saludable capacidad de reírse de
uno mismo. En este sentido, conviene tener presente la sentencia de Kim
Basinger: “Si lo quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes” y también la
sabia reflexión de quien fuera mi entrañable y queridísimo amigo José Ignacio
García Hamilton en cuanto a que “lo importante no es lo que a uno le sucede,
sino como uno administra lo que le sucede”. De cualquier manera, en línea con
la conclusión aristotélica, Pascal afirma con razón que “todo hombre tiene a la
felicidad como su objetivo; no hay excepción”, el secreto reside en no
equivocar el rumbo y distinguir claramente la huella del pantano.
La segunda parte en este resumen que mencionamos en las
conclusiones del doctor Frankl alude, como anticipamos, a la sociedad abierta.
Escribe este autor en la obra citada que “Prefiero vivir en un mundo en el que
el hombre tiene el derecho de elegir, aun si se trata de elecciones
equivocadas, mejor que un mundo en el que no le está permitido al hombre elegir
[…] Prefiero este mundo al mundo de total, o totalitario conformismo y
colectivismo en el que el hombre está rebajado y degradado a un mero
funcionario del partido o del estado”.
Efectivamente la sociedad libre constituye condición necesaria
para las realizaciones personales sin interferencias de mandones que pretenden
administrar vidas y haciendas ajenas, lo cual no solo extermina
psicológicamente a las personas sino que destruye toda posibilidad de bienestar
material. Como es sabido, Frankl vivió la experiencia en campos de
concentración nazis de modo que conoce el extremo del espíritu totalitario,
pero apunta que no es necesario llegar a esas acciones criminales para producir
daños morales y materiales en la medida en que los aparatos estatales se
exceden de sus misiones de resguardar y garantizar los derechos individuales.
La tercera parte de lo que estimamos es el eje central de la
propuesta de Frankl consiste en su crítica de la mal llamada enfermedad mental.
Así escribe en el libro referido que “La búsqueda de significado o sentido a la
vida no es patológica, pero más bien un signo inequívoco de la condición humana
[…] Tradicionalmente el clínico no está preparado en nada que se salga de los
términos médicos. Por tanto está forzado a considerar el problema como algo
patológico. Más aun, induce a su paciente a interpretar que está enfermo y que
debe curarse en lugar de ver que se trata de un desafío que debe encararse”.
En esta misma línea argumental Thomas Szasz explica en The Myth of Mental Illness que la
patología enseña que la enfermedad se traduce en lesión de órganos, tejidos o
células pero que las ideas y los comportamientos no pueden estar enfermos, lo
cual no pretende desconocer problemas químicos, en los neurotrasmisores o en la
sinapsis lo cual es muy distinto. Sostiene Szasz que es un abuso inaceptable el
considerar enfermos a quienes tienen comportamientos que el resto no aprueba,
situación que no descarta la persuasión al efecto de eventualmente modificar
conductas o las medicaciones en caso de referirse a problemas físicos pero no
mentales. En este contexto es de interés prestar atención al título metafórico
de Erich Fromm: La patología de la
normalidad.
La cuarta y última sección de nuestro esquema telegráfico se
dirige al libre albedrío. En este sentido Viktor Frankl (1905-1997), siempre en
el libro de marras, enfatiza que “En realidad hay dos clases de personas que
mantienen que su albedrío no es libre: los pacientes esquizofrénicos que sufren
de la ilusión que su voluntad es manipulada y que sus pensamientos están
controlados por otros y con ellos están los filósofos deterministas”.
Antes he consignado aspectos que hacen a este problema que ahora
sintetizo. John Hick sostiene que allí donde no existe libertad intelectual, lo
cual es propio del materialismo, naturalmente no hay vida racional, por ende,
la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad. Por
tanto, el argumento determinista está necesariamente autorefutado o es
lógicamente suicida. Un argumento racional no puede concluir que no hay tal
cosa como argumentación racional”.
Con razón el premio Nobel en neurofisiología John Eccles concluye que
“Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas
sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil sea el
condicionamiento”.
Es de interés destacar la opinión del premio Nobel en física Max Planck
en este contexto quien afirma que “se trataría de una degradación inconcebible
que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética,
fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de
causalidad”.
Juan José Sanguineti
resume bien el problema al escribir en Neurociencia
y filosofía del hombre que “Los actos intencionados son de las personas, no
de las partes ni potencias de las personas. Si doy un apretón de manos a un
conocido para saludarlo calurosamente, no tiene sentido decir ´mis manos te
saludan calurosamente´, pues soy yo quien saluda con calor mediante un apretón
de manos”. En este sentido junto a otros colegas (como Maxwell Bennett y Peter
H. Hacker) se lamenta de que la literatura neurocientífica acuda con demasiada
frecuencia a expresiones como ´mi cerebro cree´, ´mi hemisferio izquierdo
interpreta´, ´la neocorteza percibe, ´las neuronas deciden´, ´el hipocampo recuerda´,
´mi sistema límbico está enfadado´, porque atribuir a cosas como células o
grupos de células actos como entender, tomar decisiones, preferir etc.,
simplemente no tiene sentido […] Se puede decir mi ojo ve, aunque sería más
exacto decir yo veo con mis ojos”.
La tesis de esta
cuarta y última parte pone en evidencia que una cosa son los estados de
conciencia, la mente o la psique y otra el cerebro que aunque están íntimamente
vinculados son diferentes tal como lo ilustra el título del libro en coautoría
de Karl Popper y el antes mencionado Eccles: El yo y su cerebro.
En resumen, Victor Frankl ha revolucionado la
ciencia con sus contribuciones de gran valía. Como queda dicho, la obra que
comentamos contiene aspectos medulares de lo que han sido sus escritos que son
muy numerosos y apreciados por calificados científicos modernos a pesar de ir a
cotracorriente de la opinión por el momento dominante.
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«Escuela Austriaca y Principios Económicos de la Empresa Familiar: Más que Coincidencias» A cargo de Fernando Nogales Lozano (España) Fecha: 23 de Octubre | Horario: 19 hs de Argentina
Si Ludwig von Mises hubiera sido sólo un economista al estilo de una economía que en el
lenguaje de T. Kuhn podríamos llamar «economía normal», no habría ningún problema que plantear.
Pero Mises fue esencialmente un gran economista que, como buen perteneciente a la tradición
austríaca, fue también un gran pensador, que agregó a sus estudios económicos importantísimos
aportes filosóficos y epistemológicos que lo configuran como un pensador verdaderamente original,
digno de ocupar un lugar importante en la historia de las ideas.
Pero, lamentablemente, Mises es casi desconocido en ambientes proclives a la filosofía cristiana; y cuando no es desconocido, es rechazado. Pero esto no es gratuito. En los aportes filosóficos de Ludwig von Mises encontramos estos elementos que provocan inconvenientes con la filosofía cristiana: a) negación de la metafísica como ciencia y/o como conocimiento racional; b) negación del derecho natural; e) utilitarismo ético; d) influencia del apriorismo kantiano. Por supuesto, alguien nos puede decir que está totalmente de acuerdo con esas posiciones de Mises, o también que eso no es lo más importante de su pensamiento -con esto último estaríamos de acuerdo-, pero todo eso no hace a la esencia de la cuestión. Lo que estamos planteando es un problema objetivo, reconocible como tal en función de la historia de la filosofía (cosa que es -¡espero!- independiente de cualquier posición), la cual nos dice que los elementos misianos a que hacemos referencia chocarán con la filosofía cristiana contemporánea, ya sea con el agustinismo o con las diversas corrientes del neotomismo. Y si esos elementos están necesariamente ligados a los aportes epistemológicos y económicos de Mises, entonces una economía de mercado fundamentada en la economía y epistemología de Mises será incompatible con el pensamiento cristiano. Ése es el problema1. 0, al menos, es problema para aquellos que otorguen valor tanto a Mises como a la filosofía cristiana e intuyan que no puede existir entre ambos miembros de la disyuntiva una oposición irreconciliable.
1. El mito marxista de la «anarquía de la producción»
La crítica marxista censura el orden social capitalista por la anarquía y la falta de planificación de
sus métodos de producción. Afirma que todos los empresarios producen a ciegas, guiados sólo por el
afán de lucro, sin que les importe en absoluto si las actividades que desarrollan satisfacen o no una
necesidad. Por lo tanto, no es de extrañar, según este punto de vista, que surjan una y otra vez graves
perturbaciones en forma de crisis económicas periódicas. Los marxistas sostienen que sería inútil
que el capitalismo quisiera luchar contra estos males: sólo el socialismo proporcionará el remedio
reemplazando la anárquica economía basada en el lucro por un sistema económico planificado,
tendiente a satisfacer las necesidades de la sociedad.
Estrictamente hablando, con el reproche de que la economía de mercado es «anarquista» lo único
que se dice es que no es socialista o, en otras palabras, que el verdadero manejo de la producción no
depende de un organismo central que dirige el uso y empleo de todos los factores de producción,
sino que está en manos de los empresarios y los dueños de los medios de producción. Por lo tanto,
calificar de «anarquista» a la economía capitalista sólo significa que la producción capitalista no es
una función de las instituciones gubernamentales.
Sin embargo, la palabra «anarquía» conlleva otras connotaciones. Habitualmente la empleamos para referirnos a condiciones sociales en las cuales, por falta de un aparato gubernamental fuerte destinado a preservar la paz y asegurar el respeto por la ley, prevalecen el caos y una permanente situación de conflicto. Por consiguiente, asociamos la palabra «anarquía» con el concepto de condiciones intolerables. Los teóricos marxistas se complacen en utilizar tales expresiones y necesitan las implicaciones que éstas encierran para despertar simpatías y antipatías emocionales que suelen obstaculizar o impedir el análisis crítico. El slogan de la «anarquía de la producción» ha cumplido a la perfección este servicio. Generaciones enteras se dejaron confundir por ese slogan, que influyó en las ideas políticas y económicas de todos los partidos políticos actualmente activos e incluso, en medida considerable, en aquellos que se declaran abiertamente antimarxistas.
La Fundación Libertad y Progreso lanzó un nuevo video sobre trabajo producto versus trabajo improductivo. Como todo su trabajo educativo, vale la pena verlo.
Confusión en torno a los significados del progreso
La esencia de la idea de progreso imperante en el mundo occidental puede enunciarse de manera sencilla: la humanidad ha avanzado en el pasado, avanza actualmente y puede esperarse que continúe avanzando en el futuro. Pero cuando preguntamos qué significa «avanzar» las cosas se tornan necesariamente más complejas. Sus significados abarcan todo el espectro que va desde lo espiritualmente sublime hasta lo absolutamente físico o material. En su forma más común, la idea de progreso se ha referido, desde los griegos, al avance del conocimiento y, más especialmente, al tipo de conocimiento práctico contenido en las artes y las ciencias. Pero la idea de progreso se ha aplicado también al logro de lo que los primitivos cristianos llamaban el paraíso terrenal: un estado de tal exaltación espiritual que la liberación del hombre de todas las compulsiones físicas que lo atormentan se torna completa. A nuestro entender, la perspectiva del progreso es usada, especialmente en el mundo moderno, para sustentar la esperanza en un futuro caracterizado por la libertad, la igualdad y la justicia individuales. Pero observamos también que la idea de progreso ha servido para afirmar la conveniencia y la necesidad del absolutismo político, la superioridad racial y el estado totalitario. En suma, casi no hay límite para las metas y propósitos que los hombres se han fijado a lo largo de la historia para asegurar el progreso de la humanidad.
Cuando hablamos de liberalismo resulta difícil comprender exactamente a qué nos referimos; cuando hablamos de democracia, todos creen comprender de qué se trata. La noción de poder popular es casi tangible, mientras que, la idea de libertad es difícil de aprehender, al menos en la medida en que somos libres. Y, mientras que la democracia tiene un significado descriptivo (aunque, a causa de los cambios históricos, sea un significado engañoso), la libertad no lo tiene, ya que la palabra “libertad” y la declaración “soy libre para” pueden utilizarse siempre que nos referimos a la esfera de la acción y de la voluntad, y en consecuencia pueden representar la infinita gama y diversidad de la vida humana.
Sin embargo, y afortunadamente, nos bastará considerar esta proteica y omnímoda palabra desde un ángulo especifico: la libertad política. Con este propósito, nuestro principal problema consiste en introducir algún orden, puesto que las mayores complicaciones surgen porque rara vez separamos el tema específico de la libertad política de las especulaciones generales acerca de la naturaleza de la verdadera libertad. Lord Acton, por ejemplo, inició su History of Freedom in Antiquity con la siguiente observación: «Ningún obstáculo ha sido tan constante, o tan difícil de superar, como la incertidumbre y la confusión respecto de la naturaleza de la verdadera libertad. Si los intereses hostiles han causado mucho daño, mucho más aun lo han hecho las falsas ideas”(1). Si bien coincido en buena medida con el diagnóstico de Lord Acton – el daño causado por las ideas falsas, inciertas y confusas- me pregunto si su terapia es saludable. El problema que se nos plantea no es descubrir “la naturaleza de la verdadera libertad” sino, por el contrario, eliminar todas las incrustaciones que nos impiden examinar el problema de la libertad política per se, y como un problema empírico entre otros (2).
Por empezar, debemos establecer cierto orden en los contextos en que hablamos de libertad psicológica, libertad intelectual, libertad moral, libertad social, libertad económica, libertad jurídica, libertad política y otras libertades.(3) Éstas se relacionan entre sí, por supuesto, porque todas atañen al hombre mismo.
Sin embargo, tenemos que diferenciarlas porque cada una se ocupa de examinar y
resolver un aspecto particular del problema total de la libertad. De aquí que la primera
aclaración que debemos hacer es que la libertad política no es de tipo psicológico,
intelectual, moral, social, económico o jurídico. Presupone estas libertades – y también las
promueve -, pero no es igual a ellas. La segunda aclaración tiene que ver con el nivel del
discurso.
En este sentido, el error consiste en confundir el problema político de la libertad con el problema filosófico. Los filósofos han especulado con mucha frecuencia acerca de la libertad política, pero rara vez la han considerado y enfocado como un problema práctico. Aristóteles, Hobbes, Locke y Kant son algunas de las excepciones, es decir, algunos de los pocos filósofos que no cometieron el error de dar una respuesta filosófica a un problema práctico. Locke, particularmente, tuvo esta virtud, y esto explica por qué desempeñó un papel tan importante en la historia del pensamiento político. Su tratamiento del problema de la libertad en Essay Concerning Human Understanding [Ensayo sobre el entendimiento humano] se diferencia del que encontramos en el segundo de los Two Treatises on Government [Dos tratados sobre el gobierno], y no guarda ninguna relación con él. En el primero afirma que la libertad actúa bajo la determinación del self, de la propia persona, mientras que en el segundo sostiene que no está “sujeta a la voluntad inconstante, incierta, desconocida y arbitraria de otros hombres”.(4)