EL NEW YORK TIMES, TRUMP, LAS REDES SOCIALES, LA VERDAD Y LA HERMENÉUTICA

Parece que el New York Times ha arremetido contra Facebook. Porque mientras ele NYT representaría la información seria, los datos, en los cuales se basan los ciudadanos ilustrados que votan a los demócratas, Facebook es cualquier cosa, la subjetividad total, en la cual se basan los tontos que votaron a Trump.

La cuestión que abordamos ahora no es si está bien o mal haber votado a Trump. La cuestión es el planteo anterior, que muestra hasta qué punto el positivismo está arraigado en nuestra cultural y de qué modo todo un siglo XX de avance en hermenéutica y filosofía del lenguaje parece ser ignorado totalmente por los mass media, sean demócratas, republicanos, marcianos, liberales o kirchneristas.

No hay conciencia intelectual de que no hay datos, hechos puros, sin un horizonte que les da sentido. Cuando alguien dice “La Tierra gira alrededor del sol”, sí, parece un fact, pero lo es sólo desde el paradigma copernicano-galileano. ¿Ah, ese paradigma es verdadero? Ok, pero si alguien cree que va a defender la verdad de ese paradigma desde otros datos, le recomiendo la lectura de Kuhn, Koyré y Feyerabend. Es la cosmovisión neoplatónica-cristiana la que dio origen a Copérnico y Galileo, cosmovisión que este último defendió en un famoso libro que no tenía un solo experimento registrado, versus los astrónomos aristotélicos que supuestamente les presentaban los “facts”.

Y cuando desde las ciencias sociales se dice que “la inflación de tal gobierno fue del XX%”, esos índices presuponen un concepto de inflación que no todos comparten. Supuesto que está detrás del presunto dato “sin” horizontes.

¿Más simple? Cuando alguien dice “Obama aún no finalizó su mandato” presupone todo el criterio de legitimidad actual del gobierno democrático. ¿Qué ocurre si alguien dice “Obama aún no terminó su tiranía”? Algún ultra-libertario podría decirlo. Para dirimir la cuestión no es el caso debatir “el dato”, “el hecho” de si es presidente o tirano, sino debatir la verdad de los horizontes desde los cuales se afirma que es presidente o tirano.

Por lo tanto, reconocer que los supuestos hechos se dicen desde criterios de interpretación, se tenga conciencia de ellos o no, no es renunciar a la verdad, sino estar dispuestos a defender la verdad en un terreno en el cual no sé si los actuales comunicadores han sido educados: la verdad del horizonte que está detrás.

¿Hay noticias que son hechos? No, porque son mensajes. Es lo que se llama el problema de los actos del habla solamente locutivos. “Hay 10 mesas en el salón” parece un mensaje meramente descriptivo y aparentemente “fáctico”. Pero presupone TRES cosas. Uno, la relevancia del mensaje. Yo puedo iniciar mi conferencia sobre Benedicto XVI diciendo “Hoy me desayuné con café y galletitas”, pero mi audiencia me va a decir “¿y qué”? ¿Y quién decide el orden de relevancia de un mensaje?

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SOBRE EL TRIUNFO DE TRUMP

trumpSi han leído mi entrada anterior a las elecciones, podrán advertir que ni Trump, ni Hilary, ni Johnson, eran mis opciones. En realidad con esa entrada podría considerar el asunto por concluido. Pero ante los cosas que se están diciendo y las reacciones que ha producido el triunfo de Trump, consideré prudente agregar algo más de confusión al asunto J. 🙂

  1. ¿Por qué ganó Trump?

En primer lugar, por la falta de liderazgo de los propios republicanos. No tuvieron alguien que supiera combinar la espontaneidad de Trump con posturas y una historia personal más seria y menos caricaturezca. Cualquiera que haya visto los debates republicanos se podía dar cuenta que una Carly Fiorina, un Cruz, un Rubio o un Rand Paul eran candidatos ideológicamente más sólidos y personalmente más presentables. Pero su estilo –igual que los demócratas- es ese estilo que, para que me entiendan bien los libertarios y liberales clásicos, podríamos llamar “racionalismo constructivista en política”. Una excesiva profesionalización y planificación de cada discurso, gesto, actitud, que lleva a la inautenticidad y a la falta de espontaneidad. O sea, un liderazgo inauténtico como la existencia inauténtica de Heidegger. Hay un electorado que está demandando un mayor orden espontáneo –orden, no caos- ese orden que espontáneamente surge, sin tanta planificación, cuando hay un ser-sí-mismo muy profundo y un apasionamiento del corazón que se traduce en el discurso. Lo que tuvieron un Reagan, un Kennedy, un Mandela o un Gandhi. No es que ahora no lo tengan porque son figuras casi imposibles de encontrar. En parte no lo tienen porque confían en ese racionalismo constructivista político aunque lean a Hayek y a su orden espontáneo. Trump jugó el papel de la espontaneidad, dio al electorado lo que muchos deseaban: alguien que, precisamente, no fuera ese político profesional que tanto los decepcionó.

Claro, ojalá no hubiera sido despectivo con las mujeres, casi racista con los mejicanos, grosero con McCain, con periodistas y hasta con bebés. Pero la gente está –y no sólo en los EEUU- muy asustada, y el miedo produce a Hobbes. Y los intelectualoides demócratas y europeos no parecen estar dando frente a ISIS “y el desconocido” las respuestas necesarias. EEUU se forjó precisamente de inmigrantes que huían de tiranías, diferentes pero iguales en su búsqueda de la libertad. Pero los tiempos han cambiado y luego de la 2da guerra los líderes liberales clásicos y libertarios no han sabido educar al votante en una fórmula que una, nuevamente, el espíritu inmigratorio y pacífico con una sólida defensa en política exterior. Por ende, muchos callaron pero decidieron perdonarle a Trump sus excentricidades políticamente incorrectas y secretamente decidieron votarlo, con sistemas de comunicación que aún no han comprendido los analistas y encuestadores tradicionales: con redes informales que van más allá del llamado “dato” que, por lo demás, nunca existió.

Por lo demás, los republicanos no supieron explicar al votante los beneficios del libre mercado, de las fronteras abiertas, para el aumento del empleo a nivel local. No supieron tampoco educar ese miedo ni se atrevieron a presentar francamente –con ese nuevo liderazgo que no tenían- la eliminación del welfare state. Trump, que no entiende mucho de economía, afirmó una relación inversa entre empleo local e inmigración que muchos soñaban escuchar, encerrados en la misma confusión de Trump. No sé si el muro –que por lo demás ya existe, se llama aduana, se llama visado, etc– se llegará a construir o no, pero allí también Trump apeló al inconfesable miedo al extranjero y obtuvo su masiva cantidad de votos inconfesables. Y, de vuelta, le perdonaron sus rarezas y lo votaron. Dejando de lado a todos los que verdaderamente siempre fueron medio misóginos y racistas y lo votaron felices.

Por otra parte, los que critican a Trump por el muro, ¿qué autoridad moral tienen? ¿Acaso no están de acuerdo con pasaportes, visas, aduanas y controles para sus propios países? ¿Qué, todo ello no es un muro porque NO sea una pared de cemento? Sólo los liberales clásicos, que hemos sido ridiculizados por nuestras propuestas de eliminación de fronteras, tenemos la autoridad moral para estar en desacuerdo con Trump. Qué graciosos, especialmente, los estatistas argentinos, tan “anti-muros”, ahora…………….

Tres, Trump ganó porque Hilary es un desastre. Jamás hubiera sucedido esto con un Obama II que, obviamente, no existió. Hilary –no juzgo su conciencia- tiene (no digo “es”) niveles de corrupción espantosos para el electorado norteamericano. Los chanchullos de la Fundación Clinton son infinitos. Por lo demás, su política exterior fue muy equivocada. No identificaron bien al terrorismo islámico, dejaron solo a Irak, comenzaron a pelearse con el genio hobbesiano –dije hobbesiano- de Putin y prácticamente ella y Obama dejaron morir de la peor forma al embajador norteamericano en Libia. Hilary es antipática, no conecta con el electorado, sus sonrisas son más dibujadas que las de Jack Nicholson en Batman y representó por ende ese político ultra-profesional que muchos demócratas también estaban cansados de ver, o estaban muy acostumbrados al charming de Obama.

  1. Las reacciones ante el triunfo de Trump.

Pero lo más interesante es la histeria de la izquierda mundial ante lo que para ellos simboliza Trump, que raya en el paroxismo, en el ataque psicótico de explosión de todos sus más profundos prejuicios, en sus más profundas iras autoritarias y en sus más bochornosas hipocresías y dobles estándares.

Lo más tragicómico es: ¿pero quién miércoles se creían que era Hilary Clinton? ¿La hija de Gandhi y la Madre Teresa? La calma que todos tenían ante un eventual triunfo de Hilary represente la confusión ideológica mundial. ¿Qué es lo que tenía a todos tan tranquilos? ¿Su mayor intervencionismo económico, que iba a acelerar la baja en la productividad norteamericana? ¿Sus mayores impuestos, que por supuesto iba a afectar a los más carenciados? ¿Su mayor gasto público, que iba a llevar la deuda pública de EEUU hasta el paroxismo y a lo que mejor no quiero ni explicar? ¿Su persecución enfermiza a los católicos y a su libertad religiosa? ¿Su alianza total y completa con Planned Parenthood, su abortismo cruel, capaz de matar a un niño completo si era necesario? ¿Ante eso estaban todos tan tranquilos? La pura verdad es que si: como una ideología propagandística y una cruel espiral del silencio, todo ello se ha impuesto como lo políticamente correcto y el paraíso en la Tierra. Mayores controles, mayor gasto, más estado, más impuestos, menor libertad religiosa, aborto para todos, salud reproductiva e ideología del género para todos y obligatoria, nazifeminismo inquisitorial, homosexualismo inquisitorial, ecologismo unido a estatismo, y todos felices y contentos. ¡Felicitaciones mundo entero! Con razón no iba a haber marchas anti-Clinton, con razón todos los tiranuelos y todas las izquierdas europeas se iban a levantar el Miércoles tan relejados.

Por lo demás, muy interesante escuchar el latiguillo de la dialéctica de los brutos pro-Trump y los ilustrados pro-Hilary. Conozco perfectamente el mundillo intelectual de la izquierda. Leen a Marx, a Hegel, a la Escuela de Frankfurt, a los postmodernos, a Keynes, a John Rawls. Si, son muy cultos, leen todos esos autores, en su lengua original si es necesario, mientras asisten a la Opera y van a las librerías en el New York de Manhatan. Pero, ¿de qué te sirve ganar el mundo si pierdes tu alma? ¿De qué te sirven tantas letras si luego conduces al mundo al infierno? No quiero nombrar a grandes filósofos cuyas posiciones políticas eran peores que las del mismo Maduro –sí, así- para no ofender a sus seguidores, pero creo que habría que distinguir entre la soberbia del saber humano y la sabiduría humilde que, con universidad o sin ella, conoce –por con-naturalidad, dice Santo Tomás- la verdadera virtud. Así que, si alguien votó a Trump porque compartía su misoginia y sus tosquedades, ok, sí, mal, pero muchos lo votaron sin tanto John Rawls y con más sentido común –sobre todo, el rechazo a Hilary-. Ni qué hablar de quienes lo votaron sopesando males menores, con tanta o más formación que los soberbios demócratas: snobs bien vestidos, con Inglés bostoniano, que no tienen inconvenientes en apoyar las aberraciones morales más terribles.

Además, en ese desprecio izquierdoso al votante promedio norteamericano no se advierte cuál fue la verdadera sabiduría de la revolución de 1776. Por un lado sus intelectuales –un Jefferson, un Paine, etc- no eran Hegel, precisamente, pero gracias a Dios que no lo fueron. Jay, Madison y Hamilton eran gente de derecho, no de utopías platónicas que se terminan vendiendo al tirano de Siracusa de turno. Los europeos no logran entender, aùn, la superioridad norteamericana sobre su supuestamente gran Europa. Esa Europa de grandes filósofos que la terminaron hundiendo en los totalitarismos más deleznables de la historia, de los cuales sólo los salvaron los tanques norteamericanos y la valentía de un Reagan, que, gracias a Dios, no leía a los postmodernos franceses. Pero no es sólo cuestión del seguro medianamente inteligente Jefferson versus el seguramente genio Hegel. Lo que casi nadie entiende es que la revolución norteamericana fue –con un fue que es- la revolución de granjeros, comerciantes, dueños de barcos, de granos y de plantaciones de té que vivían sencillamente en los derechos individuales del common law británico, que, cuando Jorge III los conculcó, a la miércoles con Jorge III. Así de simple y sabio. No fue una utopía pensada in abstracto y luego aplicada a la fuerza. Fue el derecho a la resistencia a la opresión. Eso aún existe en EEUU y los “intelectuales” que, precisamente, se pasan la vida atacando al liberalismo clásico, jamás lo van a entender, y se pasarán la vida despreciando e insultando a ese sabio comerciante que habla en sujeto, verbo y predicado y que gracias a Dios NO entiende la expresión “espíritu absoluto”.

Finalmente, las reacciones histéricas de muchos, desde los que saquean y destruyen hasta los que orinan en la vía pública sobre la foto de Trump, no muestra más que la auténtica violencia explosiva que tienen dentro los supuestos demócratas, pacifistas e “ilustrados”, sí, cuando ganan. Una violencia terrible  porque, para ellos, Trump es el símbolo de todo lo que odian: el capitalismo, el libre comercio, la verdadera libertad. Curiosamente, Trump no es eso. Es un líder intuitivo y autoritario que hará alianza con Putin y se dividirán el mundo. El mundo sigue lejos del liberalismo clásico, y con Hilary hubiera sido peor. Mientras tanto, Trump sigue teniendo en esa izquierda histérica su mejor aliado. Trump es GORT. Lo dejaron plantado los Clinton.

SOBRE NUEVAS ESCUELAS AUSTRÍACAS DE ECONOMÍA Y OTRAS YERBAS

Ultimamente están circulando libros, artículos, videos y grupos en Facebook donde se acusa a Mises de “graves” errores, con la velada o no tan velada acusación de quienes no estamos de acuerdo con ello somos dogmáticos, carecemos de espíritu crítico, y sólo somos repetidores, y no renovadores, como ellos, que sí piensan, mientras que los demás sólo sabemos repetir de memoria La Acción Humana cual nuevas sagradas escrituras.

Creo que todo ello es muy injusto.

Siempre hubo diferencias entre los partidarios de la Escuela Austríaca. Pero hablar de una “nueva” EA es lo que me sorprende. Puede ser, es un mundo abierto, pero permítanme dar un ejemplo de lo que no me termina de cerrar.

Yo no puedo pretender ser un innovador en los temas estrictamente económicos de la EA. Excede mi campo y mis posibilidades. Tengo opiniones, sugerencias, nada más. No puedo pretender nada más.

Mi campo es la epistemología. Y allí, por supuesto que tengo “diferencias” con Rothbard, Mises o Hayek. Si yo hubiera tenido otra actitud, en este momento habría hartado a todo el mundo con mi “nueva” EA en epistemología. Habría denunciado los “graves” errores epistemológicos de Mises y hubiera armado mi “nueva” propuesta. Why not? Todos saben que mis fundamentos de la praxeología no son los mismos que los de Mises, y que mi método de la economía se aleja de él al haber incorporado elementos de Santo Tomás, de Machlup, de Popper, de Gadamer. Pero jamás se me pasó por la cabeza que haya que “denunciar”, cual profeta de no sé qué antiguo testamento, a los “graves” errores epistemológicos de Mises. Yo me considero dentro de la EA. Suscribo sus grandes líneas: la teoría subjetiva, las consecuencias no intentadas, el mercado como proceso, etc. Dentro de ello, he propuesto, sí, algunas cosas en epistemología, sin pretender fundar nada nuevo, sino opinar en mi campo formando parte de un paradigma viviente, corregible, renovable, pero paradigma al fin. Que es más amplio de lo que se supone, y cuya historia demuestra más diversidad de lo que cualquiera a primera vista pueda suponer. Creo que los “nuevos” no advierten qué es  la diversidad “dentro” de un programa de investigación que, si alguna vez cambia verdaderamente en algo “nuevo” eso será muy retrospectivo desde un punto de vista histórico, una visión retrospectiva que nadie, en este momento, puede pretender tener.

Y me produce curiosidad lo de “grave”. En un programa de investigación progresivo, ¿qué es lo “grave” desde el punto de vista de las diferencias que sus integrantes puedan tener? Grave es Hitler, grave es Stalin, grave es Kim Jong-i, grave es ISIS, grave es la Reserva Federal.

Por lo tanto, gente, calma. Sólo dentro de muuuuuuuuuuuucho tiempo sabremos qué fue lo verdaderamente nuevo. Mientras tanto, como dijo un gran santo, el bien no hace ruido y el ruido no hace bien.

EL GASTO PÚBLICO COMO CAUSANTE DE POBREZA

PobrezaLa mayoría de los argentinos se indignan cuando ven espantosas fotos de niños desnutridos en nuestro país. Pero, al mismo tiempo, la mayoría de los argentinos pide un aumento del gasto público para solucionar la tragedia. La tragedia es que ese aumento del gasto es lo que produce la pobreza.

Lamento cansar al lector si repito que, para aumentar el gasto, el estado no tiene sino tres recursos: impuestos, inflación o deuda externa.

Los impuestos siempre implican una menor producción de bienes y servicios, porque son una exacción de lo que podría haber sido destinado al ahorro, pero mucho más los impuestos a la renta y sobre todo los progresivos, porque desalientan la inversión y eliminan recursos que se podrían haber destinado al ahorro. Todo lo cual implica menor capitalización, lo cual implica menor demanda de trabajo, menor salario real, y mayor pobreza.

Por ende, cuanto menos impuestos, mejor.

La inflación tiene como consecuencia directa la fuga de capitales y la falta de ahorro en el mercado local de capitales, todo lo cual implica descapitalización y, por lo mismo, mayor pobreza.

Y la deuda, en algún momento se paga. Con default, con hiperinflación, con mayores impuestos. Todo lo cual implica mayor descapitalización y, por ende, mayor pobreza.

No es una casualidad, por ende, que desde que la Argentina comenzó a aumentar el gasto público, sus niveles de pobreza hayan ido aumentando proporcionalmente. La tragedia cultural es que pocos relacionan una cosa con la otra, y se acusa de ser insensibles al tema de la pobreza a quienes advertimos permanentemente por el aumento del gasto público.

Ese es el drama cultural de la Argentina. El mundo social no es fruto de tornados o tsunamis. Es fruto de las ideas y creencias de quienes conforman el mundo social. No es la corrupción el drama de la Argentina, sino estas ideas estatistas de la mayor parte de la gente de buena voluntad.

REFLEXIONES SOBRE LA ACTUAL POLÍTICA NORTEAMERICANA

padres_fundadoresEEUU se encuentra en un punto de inflexión de su historia. Las próximas elecciones así lo demuestran.

Hay que ir para atrás. Poco a poco la República pasó a ser un Imperio. ¿Tuvieron razón los anti-federalistas? ¿O el liberalismo clásico tenía sus propios recursos para evitar el crecimiento del estado? Tal vez nunca lo sabremos, pero la cuestión es que el EEUU actual, con su Welfare State, su Reserva Federal, su  IRS, su CIA, su Patriot Act, y las innumerables dependencias y organismos del Estado Federal, se ha convertido en la viva contradicción de lo que fue la Declaración de Independencia de 1776.

Los republicanos no se caracterizaron por arreglar la cuestión. En el tema económico y social, no pudieron o no supieron. Ni Reagan ni menos aún los Bush pudieron o supieron tener el liderazgo suficiente para llevar a cabo las propuestas de des-centralización de la provisión de bienes públicos propuestas por Hayek y Buchanan. Los demás candidatos republicanos a la Casa Blanca casi nunca mostraron en los debates que conocieran estas ideas, excepto por supuesto Ron Paul. En temas de política exterior o seguridad, no quisieron. Es verdad que no se puede dejar solo a Israel, a Japón, a Corea del Sur, pero sus políticas en Medio Oriente fueron desastrosas. Lo de Bush ya fue terrible. La Patriot Act, que legaliza los antes delitos del gobierno federal contra las libertades individuales, es indefendible, excepto precisamente que seamos hobbesianos, que es el caso de muchos de los “neocons” que rodearon al ex presidente.

Por lo demás, excepto Reagan, los demás candidatos republicanos fueron siempre –junto con los demócratas- la viva representación de un stablishment hipócrita, de sonrisa de plástico, discursos leídos, pasión cero, asesores de imágenes que convierten al parecer en el ser. Una falta total de liderazgo auténtico.

Esto último explica el ascenso de Donald Trump. Los votantes –y hay que investigar bien por qué- intuyen esa hipocresía y se hartan de los políticos tradicionales. La espontaneidad de Trump, su sinceridad entre lo que piensa y lo que dice, su hablar desde su propio ser, fue lo que lo llevó a la nominación. Pero eso mismo es lo que lo está destruyendo. Para actuar desde el ser, y resistir los archivos y las campañas sucias, hay que ser una buena persona. No juzgo la conciencia de Trump, pero su racismo, su misoginia, sus modos autoritarios, son indefendibles. Claro que se puede alegar que los demócratas son iguales y por ende hipócritas cuando lo atacan –sobre todo Hilary, casi cómplice de su marido sobre el que pesan tres acusaciones por violación– pero eso no redime, políticamente, a Trump. Si querían un candidato que se acercara al EEUU originario, allí lo tenían a Ted Cruz, Marco Rubio, Carly Fiorina, o Rand Paul. Pero sus modos, sus formas, fueron demasiado profesionalizadas para esa demanda de espontaneidad que legítimamente quisieron los votantes de la interna republicana.

Los libertarios, a su vez, presentaron esta vez a Gary Johnson. Por un lado es abortista y, por el otro, si se quiere ser abstencionista en polìtica exterior, hay que saber de polìtica exterior. Lo lamento, libertarios, el ridículo no conduce a nada.

Ahora, alea iacta est. El panorama no podría ser peor. Si gana Hilary, todo seguirá igual, lo cual quiere decir: igual de desastroso. Lo peor no son sólo sus amenazas permanentes a las libertades individuales de grupos religiosos, sino sus promesas de más impuestos y más gastos, cosa que verdaderamente puede llevar a EEUU –con una deuda pública sencillamente inconmensurable- al borde de un colapso aterrador que me abstengo de describir. Si gana Trump, tendremos a un Hobbes impredecible en el poder, que posiblemente haga alianza con Putin. Un panorama sencillamente dictatorial, una tenaza de dos autoritarios que se repartirán lo que quede del mundo.

De vuelta, un hobbesiano me podrá decir: Gabriel, ¿aún no has entendido que así es el mundo?

Mi respuesta: claro que sí. El liberalismo es la lucha permanente para que NO sea así.

EL PROBLEMA ES EL AULA

jorgeluiszanottiGran impacto ha causado la carta del profesor que renuncia porque está agotado del uso de las nuevas tecnologías en su clase. Ha habido variadas reacciones. Algunos lo han apoyado, otros han dicho que lo seguirán intentando, otros han propuesto, de vuelta, la incorporación de las nuevas tecnologías al aula.

Vamos a hacer algunas distinciones básicas. La educación, como proceso de transmisión cultural, puede ser formal o informal. La informal es espontánea y se identifica con el aprendizaje espontáneo que todos los seres humanos tienen de su propio horizonte cultural. La formal se identifica con escolaridad en sentido técnico: métodos especiales, no espontáneos, de educación, para el aprendizaje de contenidos más complejos. Esta distinción ha existido en todas las épocas con sus obvias diferencias culturales[1].

Por ende el problema no es la educación formal ni la escolaridad, sino la educación formal positivista concebida por los estados sobre todo a fines del s. XIX. Esa fue la “primera etapa de la política educativa”[2], donde los estados tratan de unificar e incorporar a los ciudadanos a la unidad del estado-naciòn. Su modelo fue coherente con lo que el positivismo supone como aprendizaje: incorporación pasiva de datos. Por eso surge el “aula” como ahora la concebimos: alguien que habla, alguien que es el activo, y los demás pasivos, copiando, memorizando, cual computadoras humanas a las que se les incorpora un pendrive.

Los límites de este sistema con respecto a la “vida” del educando fueron advertidos por la 2da etapa de la política educativa, con los que proponen “la escuela nueva”[3]. La cuestión era incorporar al aula elementos más vitales y activos, con una concepción más humana del educando. Muy bien. Pero el problema fue que el aula positivista y la vida no se concilian. El movimiento de la escuela nueva se enfrenta con el uso de una herramienta contradictoria con sus fines.

Obsérvense las épocas: la primera etapa corresponde a fines del s. XIX. La segunda surge más o menos por los 20, con límites difusos.

La tercera etapa[4], según Luis J. Zanotti, que lo afirma en la década de los 70, son los modernos medios de comunicación, que él en su tiempo identifica con la telemática. Sin darse cuenta previó la revolución en las comunicaciones y el aprendizaje que implicó luego el internet.

Por ende, es raro que no se advierta que estamos hablando de cosas viejas. El diagnóstico de Luis J. Zanotti, hecho ya en los 60 y los 70, es que el aula derivada del positivismo era incompatible con los nuevos modos de aprendizaje, y que el problema del movimiento de la escuela nueva era no haber advertido esa limitación. El problema es esa aula. Pretender incorporar en ella a la tercera etapa es como pretender arreglar una carreta para ir a la Luna. No, no se arregla, sencillamente se cambia.

Por supuesto, parece que no se puede. El aula positivista sigue allí, como un ícono cultural. Seguimos utilizando ese antiguo elemento y nos sumergen allí obligatoriamente desde los 6 –ahora para que desde los 3- hasta más o menos los 25. El daño que ello produce a las personas es casi irreparable.[5]

Por supuesto, lo que se produce –por ello dije “casi”- es que la educación real del individuo va por contrabando. Va por youtube, por netflix, por redes sociales, por infinitas páginas de internet que interesan verdaderamente a niños, adolescentes y adultos. Y la escolaridad formal, en vez se ser concebida como un medio de acompañamiento de todo elloy por ende radicalmente transformada– se presenta como una competencia inútil y perdedora de su imparable competidor. Y los docentes, aferrados, encerrados o adictos al viejo sistema, explotan. Es que obviamente no pueden enseñar en el aula, en el sistema formal positivista, con sus premios y castigos, con incentivos perversos como las notas, con sistemas de vigilancia iguales al sistema carcelario. No pueden verdaderamente enseñar allí, pero lo intentan, fracasan, se desesperan. Los que aplican a gusto todos los elementos carcelarios del sistema creen que tienen éxito. Claro, no se dan cuenta de lo que sucede. Pero los que intenten incorporar internet al aula fracasan también. El problema es el aula. La noción de educación formal, en esta circunstancia, es otra. Es un acompañamiento a la autoeducación que cualquiera naturalmente hace. Luis J. Zanotti ya lo explicó hace más de 40 años[6] y tampoco estaba entonces descubriendo América.

Por supuesto, me preguntarán cómo hago yo. No me parece pertinente hacerlo. Frente a este drama, cada uno de nosotros  -los docentes- se las ha arreglado como ha podido y es inútil que ahora intentemos presentar nuestra propia experiencia personal como una panacea universal, peleándonos, además, entre nosotros. La cuestión es que el sistema debe cambiar, y la cuestión es tomar conciencia de que esas propuestas de cambio tienen casi más de un siglo ya. Así que basta de asombrarse. Docentes, lean un poco más de historia de la educación, política educativa y filosofía de la educación. Allí tienen la obra completa de Luis J. Zanotti. www.luiszanotti.com.ar Tomen, lean, tomen conciencia de lo que ocurre y cálmense. Entonces, cada uno sabrá mejor qué hacer.
[1] Luis J. Zanotti, http://www.luiszanotti.com.ar/misionpeda.htm

[2] Luis J. Zanotti, http://www.luiszanotti.com.ar/poled.htm

[3] Idem, http://www.luiszanotti.com.ar/poled2.htm

[4] Idem, http://www.luiszanotti.com.ar/poled3.htm

[5] Landolfi, H.: Educación para la fragilidad. Dunken, Buenos Aires, 2015.

[6] http://www.luiszanotti.com.ar/artinvedu1.htm#1

SOBRE EL DISCURSO DE TRUMP

Publicado originalmente en Filosofía para mí, el 22 de julio de 2016.

Ni una palabra sobre los Founding Fathers, ni la Declaración de Independencia. Nada sobre cómo va a solucionar el deficit y la deuda infinita de los EEUU, excepto unas vagas referencias a algunos controles de gastos de organizamos gubernamentales. Nada sobre los controles inconstitucionales de la CIA y de la inconstitucional Patriot Act: obvio. Nada sobre la Reserva Federal y su incontinencia emisora o su sola existencia. Nada sobre cómo desmantelar los poderes del Estado Federal sobre salud, educación o seguridad social, más que la crítica de siempre a Obama y una referencia a un «choice» en educación, sin mayores aclaraciones.

Sus críticas a Hilary Clinton, correctas. Su referencia a Israel, correcta. Su promesa de combatir al islanismo radical y a ISIS, esperable, bienvenida, aunque queda la sospecha de que no dice «cómo» si por la obviedad de que no puede decirlo o porque realmente no sabe cómo lo hará.

Pero un candidado que quiera volver al EEUU originario no es el candidato de esta época. 1776, 1789 en las colonias británicas fue una época lockiana, una época de liberación de tiranos europeos y británicos pero con un common law británico que dio vida a los EEUU, a su Constitución, a su milagrosa Declaración de Independencia. Pero fueron otras épocas. Los liberales clásicos y libertarios queremos volver, pero el túnel del tiempo se nos hace difícil. Nuestro mundo actual es un mundo hobbesiano, de gente asustada, que precisamente lo que quiere ver es a un Donald Trump diciendo «yo los voy a proteger», con toda la actitud gestual, corporal y juegos de lenguaje que afirman «y a la míercoles con todo y con todos», y listo. Y del otro lado, tenemos a los hobbesianos que también te quieren proteger, con un estado también omnipresente pero con otra agenda de prioridades. Ellos también tienen miedo. Miedo de qué pasa si Hilary no está. Miedo de que Trump -la personificación de todo lo que odian- sea presidente. Miedo y quién me protege. That´s all. Constitución, instituciones, etc, ya parecen no existir.

Tal vez ese miedo sea constitutivo de las sociedades humanas; tal vez Fromm, en El miedo a la libertad, tal vez Freud, en Psicología de las masas y análisis del yo, tal vez Ortega, en La rebelión de las masas, nos han dado la clave de cómo funcionan las sociedades humanas. En cuyo caso el liberalismo clásico quedará siempre como un ideal regulativo, como un contrapeso de la historia, historia humana que varía de Alejandro Magno a Trump, Putin, Hilary: la misma musica con diferentes letras.

Trump tiene una espontaneidad también atrayente, aunque su discurso de ayer no fue improvisado. Aunque a él no le guste escucharlo, él es un político como todos: dice lo que la gente quiere oír. Hilary también, lo que ocurre es que le habla al otro 50% de una sociedad dividida entre dos estatismos. Ninguno es estadista, esto es, un terapeura social que educa, que cura con su discurso. Si, hay que combatir a ISIS, pero sin convertir a EEUU en la Unión Soviética. ¿O ya se hizo?

Y como ya dije una vez: si NO se puede hacer de otra manera, entonces…. Entonces nuestro reino no es de este mundo. O, tal vez, la Declaración de Independencia de los EEUU fue precisamente un eco temporal de lo que NO era de este mundo. Un contrapeso de la historia hobbesiana. Un sueño. Una poesía, tal vez. Una nostalgia. Una enternecedora nostalgia.

LA OBSESIÓN REGLAMENTARISTA

regulacionesLa semana pasada leí una noticia según la cual la asociación o lo que fuere de hoteleros protestaba contra las casas de familia que ofrecen alojamiento “sin las exijencias correpondientes” o algo por el estilo.

La noticia refleja una mentalidad que se ha hecho carne en Argentina (y tal vez en el mundo) como parte de nuestro obsesivo estatismo cultural.

Esto surge nuevamente de no tener conciencia de lo significan los derechos individuales a la propiedad, libertad de cultos, de enseñanza, de tránsito, etc.

Toda persona tiene derecho a ejercer todas las actividades que emanen de esos derechos mientras no atente contra derechos de terceros. Eso significa que es admisible un código penal que a posteriori de una acción determine que la acción es delictiva si atenta contra la vida, propiedad o libertad, pero no antes. Esto es, la clave de la cuestión es la diferencia hayekiana (pero, claro, no vaya a ser que lean a Hayek, no?) entre derecho y legislación. En la Constitución deben estar reconocidos los derechos, pero estos NO deben tener legilaciones a priori, sino en todo caso a posteriori de la acción realizada, para custodiarlos, no para impedirlos.

Por lo tanto, cuando los argentinos, en general, dicen “debería haber una ley” no se dan cuenta de que están cercenando a priori actividades en sí mismas conformes al derecho natural. Si quiero poner una escuela en el living de mi casa, si quiero ejercer la medicina, si quiero alojar gente en habitaciones disponibles, si quiero llevar gente en mi auto y cobrar por ello, si quiero poner un kiosko en la ventana de mi casa, si quiero abrir un taller en el garage de mi casa, etc. etc. etc. etc., NO estoy atentando contra derechos de terceros a menos que se demuestre a posteriori lo contrario, con todo el debido proceso necesario.

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REFLEXIONES SOBRE EL LLAMADO “AJUSTE”

Los preconceptos con los cuales la opinión pública mundial, y argentina en particular, enfrentan estos procesos, son tan absolutamente ignorantes del tema de la escasez que sencillamente lo falsean.

Nuestros actuales horizontes culturales tienden a pensar que todo depende de la buena voluntad de los gobiernos. Por ende, los gobernantes se dividen en buenos y malos. Los gobernantes buenos bajan los precios, suben los salarios, crean empleo, ayudan a los pobres. Luego están los malos, que dejan a las pobres gentes libradas a su suerte, al dominio de empresarios inescrupulosos, a las espantosas multinacionales, el FMI, etc., y hacen eso porque la gente no les importa, porque defienden sólo a los ricos y porque no tienen sensibilidad social.

Los gobiernos buenos, por ende, gastan. Como hay que redistribuir la riqueza, lo hacen: crean empleo público, subsidian a los que tienen menos, bajan las tarifas de los servicios públicos, suben los salarios, etc. Cuando la gente mala se enoja por todo ello, entonces tratan de que los buenos dejen el poder. Y si lo logran, cuando suben, entonces “ajustan”, porque son malos. Echan gente, suben las tarifas, cortan los subsidios, y gozan de todo eso cual perversos sádicos que absorben despiadados la sangre del pueblo.

Me van a decir: nadie lo dice así. Claro, así dicho, nadie, lo mio es una hipérbole, una caricatura, de creencias muy arraigadas que se observan en periodistas, políticos, sindicalistas, etc., que hablan todo el tiempo de la redistribución del ingreso y de la acción del estado, y que cuando hablan de quienes no piensan como ellos los tiñen verdaderamente de inmorales, malvados e insensibles.

Todo esto implica ignorar de manera radical el problema de la escasez. Hasta hoy mismo he leído por millonésima vez –en una persona culta y renombrada- que Argentina es un país muy rico. No, la riqueza no consiste en recursos naturales, sino en ahorro, capital e inversión. Y ello no se crea de la nada. Los bienes y servicios que salen del ahorro y etc. radicamente NO existen antes del proceso de ahorro e inversión.

Los gobernantes que creen que ellos son los buenos que van a crear riqueza se enfrentan inevitablemente con este dilema. Pueden aumentar los salarios por decreto, pueden aumentar el empleo público, pueden subsidiar tarifas y pueden dar todo tipo de ayudas materiales a los sectores más pobres pero, para hacerlo, viene el tema del financiamiento. Una de las primeras fuentes es aumentar los impuestos a la renta, para sacar a los ricos y dar a los pobres, hasta que, claro, los pobres mismos pagan impuesto a la renta y la presión impositiva es tal que corta de raíz el ahorro que es la clave para aumentar los bienes y servicios.

La segunda, ultrarecontraclásica, y para colmo sacralizada por los economistas que no entendieron a Mises, es aumentar la emisión monetaria. Con ello producen inflación, con lo cual suben los precios, bajan los salarios reales, baja el ahorro, se reducen las inversiones, aumenta la pobreza, etc. Pero no, lo niegan totalmente: son los formadores de precios, son los empresarios malos, es el capitalimo, es la Trilateral Comision, los judíos, etc. Pero la verdad que no quieren reconocer es que la inflación es el impuesto más cruel de todos y la política antisocial más terrible que la ignorancia de la escasez produce.

La tercera es la deuda pública. Puede durar décadas, pero, desde luego, siempre se paga al final, con cesación de pagos, fuga de capitales y, nuevamente, la pobreza y miseria que ello produce. Mientras tanto, es como si viviéraos del aire. Yo también puedo comprarme un yate y hacer allí mi próxima reunión de cumpleaños con 2000 personas y, para ello, me endeudo hasta la coronilla. Pero luego tengo que pagar la deuda. Miren si hiciera pagar la deuda a los 2000 amigos que asistieron, quitándoles todos los meses de sus salarios. Pues bien, eso es lo que hacen los estados.

Cuando todo esto explota, o está por explotar, entonces hay que enfrentar la realidad. Si no se frena la inflación se llega a la hiper y el colapso total del sistema financiero y monetario. Los precios, de bienes, tarifas y servicios, son los que son, o sea, altos después de todo ese proceso. Las divisas extranjeras son caras en relación a la moneda local. No se trata de que gobernantes malos suban las tarifas: son altas. No se trata de que gobernantes malos creen desempleo: ya lo había pero vivían de salarios financiados por inflación e impuestos que ya no pueden seguir. No se trata de que el malo va a devaluar: la divisa extranjera YA está davaluada.

Pero no. La opinión pública en general cree que un malo es el que va a despedir, aumentar, davaluar, etc., y que si hubiera sido bueno no lo hubiera hecho.

Pero no, no hay buenos y malos. Hubo gente equivocada que pensó que podía crear riqueza de la nada y financió su sueño con inflación, impuestos y deuda. Y hay gente igual de preocupada por el bien común que se da cuenta de que así no se puede seguir. Listo. En ambos casos, la escasez manda.
Esto NO es una defensa de ESTE gobierno. Las cosas podrían estar hechas mejor. Pero sí es una advertencia de la ingenuidad política y económica de gran parte de los argentinos.

Para colmo, tímidas admisiones de la realidad son colocadas como “la economía de mercado”, y el mercado queda identificado con la maldad que, se supone, es la causa de que las cosas sean escasas. El mercado libre es precisamente lo que procuce incentivos para el ahorro, la inversión y, de ese modo, el aumento de salarios reales, de empleo y la baja progresiva de los precios de todos los bienes y servicios. Que Argentina haya creado un estado gigante e insostenible cuyo precio es el llamado ajuste, no es precisamente responsabilidad del mercado libre que nunca existió.

Es más: el costo social del estatismo es aquello de lo que nunca se habla. No es que el estado “bueno” produce riqueza y que el mercado “ajusta” y produce pobreza. Es el estatismo el que baja la riqueza conjunta y conduce a las situaciones indiganantes de pobreza, miseria, marginalidad, villas miserias y demás problemas sociales en los cuales está sumergida casi toda América Latina. Salir de ello no es un costo social, es un progreso social: el costo estuvo antes, no después.

Esto es tan ignorado que buenas personas que han tratado de corregir el rumbo han quedado en Argentina poco menos que innombrables. Una persona proba y honesta como Alvaro Alsogaray ha quedado ridiculizado y denostado para siempre por peronistas, sindicalistas, radicales, periodistas, socialdemócratas, etc., que además han creído verdaderamente que era “malo”. Se rieron de su famoso pasar el invierno, y ese rechazo nos ha costado 30, 40, 50 inviernos más. Lo mismo pasó con Celestino Rodrigo, quien tuvo que soportar el oprobio de su nombre, al hablar todos del “rodrigazo” cuando lo único que hizo fue decir: miren, estos son los precios que realmente hay.

El progreso no consiste en echar gente del estado y mantener igual casi todo lo demás. Tampoco consiste en dejar de pagar los sueldos de gente inocente cuyos puestos eran artificiales. El progreso es crear las condiciones de mercado libre. Es eliminar todos los ministerios, secretarías y legislaciones estatales que están en contra del funcionamiento del libre mercado, de lo cual este gobierno parece estar lejos. La cuestión no es nombrar a un secretario de comercio honesto donde antes estaba una bestia: la cuestión es eliminar la secretaría de comercio. Porque la causa de que los ministerios y secretarías funcionen mal NO es la corrupción. La causa es su misma existencia.

Yo no soy de esos filósofos que comienzan a decirles a los gobernantes cómo deben comportarse en períodos de crisis y cambios como el que enfrentamos. No quisiera estar en sus zapatos y lo más probable es que sea otro incapaz como muchos. Pero sí consiste mi función en advertir a una mayoría de argentinos sobre la ingenuidad de sus planteos. En seguir diciendo que nunca hubiéramos llegado a esta situación si no hubieran apoyado masivamente a dictadorzuelos espantosamene ridículos que muchos consideraron “buenos” contra el mercado “malo”. “Malo, malo el mercado”. Como niños. Dramáticamente niños.

SOBRE CAÍN, ABEL Y EL LIBERALISMO CLÁSICO

Posiblemente en poco tiempo tengamos este panorama mundial: Trump por un lado, y del otro, Putín y los chinos, que finalmente tendrán que aliarse para enfrentar definitivamente  a ISIS y Corea del Norte. O sea, un mundo hobbesiano. Gane Trump o no próximas elecciones de EEUU, su actual popularidad indica lo tantas veces explicado por Freud, Ortega y E. Fromm: masas asustadas y alienadas eligiendo a un dictador.

¿Pero, es un mundo hobbesiano ahora o siempre lo fue?

Esa es la cuestión, porque de cómo respondamos depende de cómo enfoquemos al liberalismo clásico.

Algunos liberales se preguntan a veces por qué el mundo no es liberal, como si el autoritarismo estuviera producido por una ignorancia que la prédica racional y secular del liberal pudiera curar o redimir. Un noble planteo iluminista.

Noble pero errado.

La historia de la humanidad ha sido siempre la historia de Caín. Esa es la regla, no la excepción. Después del pecado original, la historia es la historia de las guerras, las conquistas, los imperios, las dominaciones, las crueldades más espantosas, y los reyes de este mundo eran educados en producir temor, en ser crueles y vengativos como modo de mantener un poder que sólo se basaba en la más bruta de las fuerzas. Un absoluto horror.

Pero cuando Dios se introduce en la historia del hombre, lo hace claramente en la historia de la salvación, no en la historia humana, porque su propósito, desde su libérrima misericordia, es redimir, salvar, del pecado original. El ser humano era tan bestial que, al principio, Dios tiene que educar duramente al pueblo elegido, legislándolo incluso temporalmente, siendo condescendiente con esa naturaleza tan herida por el pecado. Tan es así que no es raro que surgieran los zelotes, que sólo esperaban un salvador secular, en contra del salvador sobrenatural que había sido anunciado por los profetas y guardado en su Esperanza por los pobres de Jahavé.

Esa primera etapa de la historia de la salvación ya tiene efectos temporales indirectos. La revelación distingue entre Dios y los reyes de este mundo –de los cuales los profetas hacen una severa advertencia-, y los 10 mandamientos tienen consecuencias temporales que, aunque no inmediatas, indirectamente iban a tener su obvia influencia en la historia de Occidente.

El Nuevo Testamente ya aclara todo. Jesucristo es Dios mismo, cuyo reino no es de este mundo, precisamente para cumplir con la promesa de salvación hecha ya en el Génesis. Tan NO es de este mundo que manda cosas directamente contrarias a nuestro modo humano de pensar, luego del pecado: amarás a tus enemigos, rezarás por ellos, no juzgaréis, perdonarás 70 veces 7. No, claro, no sirve mucho para los reyes de este mundo, a los cuales Dios reconoce el ámbito propio de su autoridad temporal, su propia justicia y su legítima defensa: al César lo que es del César……… (Excepto el culto divino, claro, je je :-)), ningún poder tendrías que no hubiera venido de lo alto y si mi reino fuera de este mundo un ejército de ángeles hubiera venido en mi defensa…

Pero, para sorpresa de los zelotes de entonces y los actuales (los católicos que verdaderamente sueñan con que Francisco sea rey de este mundo), Dios es crucificado, muerto, sepultado… Resucitó a los 3 días, sí, pero para anunciar, precisamente, ese reino NO de este mundo, invisible a los ojos de este mundo.

Pero las implicaciones temporales de la liberación del pecado, por más indirectas que fueren, eran inexorables. Comienza a ser más intensa la historia de Abel. Y, aunque tuvieran que pasar 18 siglos de lenta evolución (ver al respecto al discurso de Benedicto XVI al Parlamento Alemán en el 2011), la declaración de Independencia de los EEUU es Abel, no es Caín. Que alguien haya escrito, y que sobre eso pudiera elevarse un reino de este mundo, que Dios ha creado a todos los seres humanos iguales, y que les ha dado el derecho a la vida, libertad, y la búsqueda de la felicidad, y eso directamente afirmado contra uno de los tantos tiranuelos de Caín, es un obvio eco temporal de la revelación judeo cristiana. No estamos siendo con esto clericales. Las Sagradas Escrituras no contienen la relevación directa de ningún sistema político. Pero sí la noción de persona creada a imagen y semejanza de Dios que, inexorablemente, se iba a convertir en un ideal regulativo, no sólo de nuestra propia conducta temporal sino también como ideal regulativo – la expresión es de Kant- de las diversas evoluciones de la historia humana. Porque la historia humana no es sólo la historia de la bestialidad de Caín, sino que cuando logra salir un poquito de ese fango, es también sumamente imperfecta. El Bill of Rights de EEUU fue hecho en medio del esclavismo, los derechos de la revolución francesa en medio del constructivismo racionalista y la declaración de la ONU del 48 en medio del constructivismo del estado providencia. Y hoy, ni qué hablar, los derechos individuales se han esfumado, y ni siquiera se habla de ellos ya, excepto, por supuesto, los liberales clásicos.

Lo que quiero decir es que la historia de la humanidad ha sido, es y seguirá siendo la historia de Caín, la historia de los dictadores y de las masas alienadas a su servicio.

¿Dónde queda entonces el liberalismo clásico? ¿Por qué no jubilamos a Jefferson y nos ponemos a leer a Hobbes y a todos los autores de la real politik?

Porque los derechos individuales son un eco temporal de la revelación judeo-cristiana. No, no directamente, lo directamente revelado son los 10 mandamientos. Pero que toda persona no debe ser invadida, que debe ser respetada por el otro, es un cuasi milagro de Abel, no ha surgido precisamente de Caín. Las concreciones, las formas de escribir y de fundamentar esos derechos, serán siempre humanas e imperfectas, pero por eso el liberalismo clásico, más que un régimen político en particular –aunque asociado históricamente a una democracia constitucional como la de EEUU- será siempre un ideal regulativo, será siempre señalar el norte, como contrapeso de la historia de Caín. La historia de la humanidad es la historia de la guerra, la crueldad y el odio, que forman los tres un muro terrible que se inclina sobre todos y nos aplasta incluso con nuestra aceptación. Si el muro no aplasta totalmente, si se mantienen unos 10 grados de libertad, o sea, si en medio de todo sigue habiendo resquicios, fisuras, agujeritos por donde se sigue infiltrando la real libertad, es por nuestros esfuerzos por ese ideal regulativo de los derechos individuales, esfuerzos que no hubieran sido concebibles sin la revelación judeo-cristiana.

Así que si, puede venir Trump, puede seguir Putin, pero nosotros allí seguiremos también, predicando siempre el respeto al otro, y esa prédica implicará no que sus muros no sean levantados, sino que sus muros no nos aplasten totalmente. El liberalismo clásico es la denuncia profética, es la voz de la conciencia, es la resistencia, es Caín go home. La utopía es pensar que alguna vez se ira Caín, pero el derrotismo implica pensar que nuestra prédica es nada frente a él.