Por qué somos tan débiles frente al coronavirus

Hay una grieta conceptual por la que, en cada tema nuevo que aparece ante la opinión pública, se desata el debate acerca del papel del Estado y el del mercado, tanto sea en su origen como en su posible solución. Eso ocurre también con el coronavirus. ¿Qué debería hacer el Estado? ¿Puede el mercado resolver semejante problema?

Desde el punto de vista teórico eso ha sido discutido muchas veces, pero dado el dramatismo del tema, veamos ahora el problema desde una perspectiva práctica. Lo cierto es que existe una estructura de “salud pública” y en tal caso es mejor que haga algo, y que lo haga bien. Por cierto que no es mucho lo que puede hacer al respecto antes de caer en medidas drásticas y compulsivas, que es lo que distingue a toda acción estatal.

Puede aconsejar, sugerir ciertas conductas, pero esto es algo que el mercado ya está haciendo en forma relativamente efectiva. Y cuando hablo del “mercado” en verdad me refiero a todo tipo de acciones voluntarias, tanto sea de personas como de organizaciones. Esta división se sigue de la tradicional definición que la ciencia política da sobre el Estado: es aquella agencia que detenta el monopolio del uso de la fuerza en un determinado territorio. Ningún otro que no sea el Estado puede usarla y si lo hace es un criminal o delincuente y el Estado lo perseguirá.

Esas acciones voluntarias se han generalizado: las personas cancelan viajes y reuniones, se vacunan contra la gripe por las dudas, compran más alcohol en gel o barbijos; las empresas cancelan viajes de su personal, aumentan el número y las horas de sus empleados que trabajan en casa, se preparan para que muchos más lo hagan; las universidades postergan sus clases o las dictan online, y muchos casos más. Los medios informan (a veces asustan) y se transmite información al instante de la situación que permite saber dónde ir o no o cómo prepararse.

Las empresas más vinculadas con la salud hacen más cosas todavía: se preparan para un aumento exponencial de la demanda de ciertos productos, los seguros de salud para una avalancha de pacientes (recordemos que cada paciente es un costo para ellas así que harán todo lo posible para que haya menos afectados por el virus) y los laboratorios se lanzan en una carrera veloz para ver quién desarrolla una vacuna o algo para hacer frente al virus. Todas están invirtiendo para lo que se viene.

Nada de esto es coordinado por nadie en particular, un ejemplo más de aquella famosa metáfora de la “mano invisible”, un proceso de transmisión de información e incentivos que va enviando señales a todas las personas y organizaciones respecto a lo que hay que hacer y así coordinar las acciones de cada uno.

¿Y el Estado? Por un lado tiene un arma tan poderosa como peligrosa, esto es, el poder. Puede cancelar vuelos, o imponer cuarentenas o aislar zonas completas. No puedo decir si eso es necesario o no, pero sí que muchas veces los incentivos de la política terminan generando más problemas que soluciones. Ante una situación como esta, el político tiene que mostrar que hace algo. Dentro de todo, tuvimos suerte en que la epidemia llegó después de las elecciones; si hubiera llegado antes hubiéramos visto todo tipo de exageraciones y oportunismo político.

Como dicen quienes más saben, el principal problema que va a enfrentar el Estado es el posible colapso de la estructura de salud pública. Claro, como ocurre con el sector privado, no podemos exigirle que tenga una apropiada a la circunstancia de la noche a la mañana.

Pero esto debería hacernos pensar, hacia adelante, acerca de la estructura estatal que realmente queremos. Si ahora alguien planteara que el Estado debería tener una estructura de hospitales y servicios de salud preparada para estas circunstancias, digamos con stocks de productos y remedios para hacer frente a catástrofes, con equipamientos modernos, tal vez uno podría señalar que al Estado no le sobran recursos, que tiene un alto déficit y que está al borde del default de su deuda.

Precisamente, como los recursos son escasos, deberíamos preguntarnos si en lugar de dicho gasto queremos tener, por ejemplo, un astillero estatal que no produce barcos, una fábrica militar que provee casi nada a las fuerzas armadas, un canal de televisión que muy pocos ven, una mina de carbón o una aerolínea que pierden dinero todo el tiempo. Cantidad de empleados públicos y asesores de diputados o senadores, embajadas donde no hacen falta, maestros con todo tipo de licencias, estudiantes universitarios que deambulan por las aulas y nunca se reciben, subsidios por aquí y subsidios por allá.

Ahí están las razones de que la estructura de salud pública esté amenazada con colapsar y que muchos argentinos se puedan ver afectados, e incluso morir. Por eso somos “débiles” frente al coronavirus.

Publicado en diario El Argentino, Gualeguaychú, 19 de marzo de 2020.

El autor es profesor de Economía en la UBA y UCEMA y miembro del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso

WP: Microfoundations and Macroeconomics (20 Years)

Se cumplen 20 años de la publicación de Microfundations and Macreconomics: An Austrian Persepctive the Steven G. Horwitz. Debajo mis reflexiones para un symposio sobre el libro organizado por The Review of Austrian Economics.

ABSTRACT

This paper summarizes Horwitz’s contributions in Microfoundations and Macroeconomics: An Austrian Perspective and evaluates its connection with recent contributions in Austrian macroeconomics. The paper emphasizes the connection between relative price, monetary equilibrium, and monetary policy. The paper pays particular attention to the implications of Horwitz’s denomination of capital theory as a “missing link” in economic theory.

Acceder al borrador del paper en SSRN.

LIQUIDEZ GLOBAL PARA COMBATIR LA CONTRACCIÓN SECUNDARIA DE DINERO

El debate de política monetaria que se observó en los años 1930 y 2008, emerge nuevamente en el marco de la crisis del coronavirus.

En su famoso estudio sobre la Historia Monetaria de los Estados Unidos, Milton Friedman y Anna Schwartz sostuvieron que la Gran Depresión de los años 1930 obedecía a errores de la Reserva Federal. El problema no fue la expansión monetaria y crediticia de los años veinte, decían, sino más bien la contracción secundaria de la oferta monetaria producida entre 1929 y 1933, lo que provocó una gran deflación de precios que destruyó una gran parte del sistema bancario (de los 25.000 bancos que operaban en 1929, sólo quedaron 12.000 en 1933).

¿Qué queremos decir con «contracción secundaria»? Como explicara Roger W. Garrison «una espiral descendente de la actividad económica que se realimenta y que provoca que la recesión sea más profunda y/o que dure más de lo que era necesario por la necesitada liquidación de las malas inversiones».

Ahora mismo podemos ver una situación similar. En primer lugar, tal como ocurrió entre 1924-28, y también entre 2001-05 la Reserva Federal mantuvo entre 2008-16 una política monetaria demasiado laxa por demasiado tiempo (con tasas de interés reales negativas), con el objetivo de sacar a la economía americana de las recesiones previas de 1921 y 2008; en segundo lugar, en ambos casos esta expansión crediticia alimentó una burbuja bursátil que tarde o temprano tendría que ser corregida; en tercer lugar, el pánico de 1929 y 2008 se asemeja al que observamos hoy en 2020, aunque aquí el factor desencadenante es otro.

El pánico actual se desata por un profundo temor de la sociedad global por los efectos del coronavirus, los que han provocado cuarentenas obligatorias en casi todos los países del mundo, limitando la circulación de la gente, reduciendo con ello el consumo, provocando un fuerte atesoramiento que significa una mayor demanda de dinero y, en definitiva, una fuerte caída en la velocidad de circulación del dinero.

En su estudio sobre la crisis del treinta, Friedman y Schwartz recomendaban que ante una situación semejante la Reserva Federal debía evitar la crisis consecuente reinflando la oferta monetaria.

Muchos dirán que esta es una política keynesiana, por el rol activo que el gobierno y la Reserva Federal asumen ante la crisis. Sin embargo, hemos de notar que expandir la base monetaria cuando la oferta monetaria se contrae es una operación con cierto consenso en la academia.

¿Incluye este consenso a los liberales austríacos? En cierto sentido, sí. Y es que Friedrich Hayek, en su famoso libro Precios y Producción (1931) afirma que la Reserva Federal debe expandir la base monetaria para evitar esta «contracción secundaria». En términos de la ecuación cuantitativa (MV=PY), Hayek propone mantener MV constante. Ya metidos en problemas (por el exceso de liquidez inyectado entre 2008 y 2016 que generó una burbuja bursátil), Hayek proponía (como ideal) que la Reserva Federal permita la necesaria liquidación de mercado mientras la autoridad monetaria evita la contracción secundaria (el pánico) mediante el mantenimiento de un flujo constante de gasto.

Vale la pena aclarar que el aumento de la oferta monetaria (M) que proponía Hayek no sería de la magnitud, ni de la calidad, de la que Bernanke ofreció tras la crisis de 2008. Por un lado, en esa etapa se observó que la Fed duplicaba y triplicaba la base monetaria, en un monto que está bastante por encima de lo que el mercado habría necesitado para evitar la «contracción secundaria». Por otro lado, en lugar de los rescates arbitrarios y discrecionales, Hayek habría preferido una expansión de la oferta monetaria a través de operaciones de mercado abierto, esto es, comprando bonos y sin favorecer el «riesgo moral». De este modo, algunas de las grandes empresas que fueron rescatadas habrían caído y otras habrían sido fusionadas o reestructuradas, dando lugar al ajuste de mercado.

En los próximos meses podremos ver si aprendimos la lección. Si bien la profesión de economistas (incluyendo keynesianos, monetaristas y austriacos) justifica una inyección de liquidez global para hacer frente a la contracción secundaria que provocará el coronavirus, la calidad de la intervención debería ser diferente, dejando que se corrija la burbuja bursátil creada y evitando el riesgo moral con un rescate selectivo de empresas que generalmente son demasiado grandes para caer.

El autor es Director de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE.

Publicada originalmente en El Cronista, miércoles 1 de abril de 2020.

El virus estatista – por Alberto Benegas Lynch (h)

Como es del público conocimiento, en el mundo estamos en una situación desafortunada como consecuencia del esparcimiento de coronavirus. Hacen muy bien los gobiernos en adoptar todas las medidas necesarias al efecto de cumplir con sus misiones específicas de proteger vidas. Pero observamos que los hay que no solo se exceden en las antedichas funciones sino que agravan grandemente la situación, por ejemplo, al imponer controles de precios a productos como el alcohol en gel, barbijos e incluso a medicamentos y alimentos.

El cornavirus ha influido en el derrumbe de las economías pues si la gente no puede desempeñar bien sus faenas laborales debido a precauciones y cuarentenas, naturalmente las producciones se resienten. Es una tautología. Pero el problema de fondo en las economías globales no es el coronavirus sino el endeudamiento colosal de los gobiernos que pretenden vivir al día de mañana engrosando sus gastos financiados con deudas astronómicas, impuestos insoportables y manipulaciones monetarias siempre perjudiciales para financiar aparatos estatales elefantiásicos.

Es realmente increíble que aun no se hayan comprendido lecciones elementales de economía. A igualdad de cantidades ofrecidas, cuanto más se necesita un producto mayor será el precio lo cual es indispensable a los efectos de atraer la atención de quienes pueden incrementar la oferta.

Para recurrir a una ilustración extrema, en un terremoto que destruye muchas viviendas los precios de las casas y departamentos se elevarán para hacer iguales oferta y demanda. Si algún político trasnochado decide congelar los precios a la situación pre-terremoto inexorablemente provocará escasez pues, dada la nueva situación, la demanda excederá a lo que queda en pie. Esto con el agravante que no se trasmite la necesaria señal de lo que está ocurriendo en el mercado inmobiliario y no aumentará el atractivo de invertir en ese sector. Esto intensifica la crisis en el mercado de viviendas.

Es interesante ejemplificar lo dicho con los sucesos hace un tiempo ocurridos en Nicaragua. En su momento, sufrió un terremoto devastador. El gobierno decidió liberar los precios para las viviendas de lujo y dejarlos fijos para las de condición humilde “para proteger a los pobres”. El resultado fue que se normalizó la situación para las viviendas que apuntan a un mayor poder adquisitivo puesto que al subir los precios se incrementó la oferta, mientras que en el segundo caso se condenó a perpetuar la crisis para los más pobres puesto que la antes mencionada escasez se mantuvo inalterada.

Es que al instante del terremoto, se liberen o no los precios la cantidad de viviendas en pie será inexorablemente menor a la demanda. Pero la diferencia sustancial entre una y otra política respecto a la libertad de mercado es, como queda dicho, que en el caso del congelamiento se mantiene la situación mientras que en el caso de permitir que los precios jueguen el rol de equilibrar el mercado se atraen inversiones al sector lo cual normaliza la situación.

Esto se repite con los medicamentos: cuando hay una crisis en la salud de la población los distraídos sostienen que los laboratorios farmacéuticos se aprovechan de la situación sin percatarse que más que nunca se hace necesario que los precios se eleven, de lo contrario se condena a la gente a sufrir las consecuencias de la enfermedad. Mismo fenómeno ocurre con los alimentos. No se trata de los deseos de uno o de otro, se trata de un proceso que precisamente apunta a resolver problemas.

Cualquier bien al que se imponga un precio inferior al de mercado hace que oferta y demanda se desequilibren y aparece la escasez del producto en cuestión. Para recurrir al lenguaje común, por supuesto que el verdulero “se aprovecha” del deseo de sus clientes de alimentarse, o el que vende bicicletas “se aprovecha” del deseo de pedalear de sus compradores y así con todo. En un mercado libre, los comerciantes están obligados a atender las necesidades de su prójimo para poder prosperar y los precios no son el resultado del capricho de nadie sino de la situación imperante que hacen de indicador de lo que está sucediendo, no lo que a algún político le gustaría que suceda.

En resumen, los precios son señales indispensables para la marcha de la economía, pero cuanto más delicada sea la situación mayor es la necesidad que operen en libertad. El virus del estatismo empeora cualquier otro virus propiamente dicho pues condena a que se dificulte aun más el combate a la enfermedad al arruinar los procesos económicos. Estos procesos se agravan exponencialmente si se persiste en los anuncios disparatados de “estímulos monetarios” lo cual significa expansión de la base por parte de la llamada autoridad monetaria que en un contexto de retracción por la antedicha menor actividad hará que los estragos inflacionarios resulten más contundentes.

Entonces, una cosa es el cumplimiento de las funciones gubernamentales y otra bien distinta es la enfermedad letal del virus estatista .Recordemos una de las sabias lecciones de Mafalda: “lo único que no tiene garantía cuando se rompe, es la confianza”.

Publicado en el diario El País de Uruguay, 29 de marzo de 2020.

Corona-crisis e Inflación

¿Debemos esperar inflación debido a la política monetaria en reacción a la pandemia del COVID-19? El BCRA, como muchos otros bancos centrales, están expandiendo la oferta de dinero. «La emisión general inflación» es, por supuesto, un enunciado ceteris paribus (sólo se mueve una variable a la vez). La realidad es más compleja.

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