Su vida iluminó el texto. Libro homenaje a Jose Ignacio García Hamilton

Reseña: Hace ya cinco años, cuando Federalismo y Libertad dejaba de ser el sueño de un grupo de jóvenes para ser realidad, decidimos llevar adelante el Concurso de Ensayos José Ignacio García Hamilton. El mismo promovía que adolescentes y jóvenes que en general son señalados, ya sea por su apatía en lo que a asuntos de tinte filosófico, político o económico se refiere, o por su tendencia a interesarse por ideologías cercanas al autoritarismo, produzcan un texto en base a “Por qué crecen los países”, libro del Dr. García Hamilton. Lo que se dice, una apuesta arriesgada, con muchas posibilidades de fracasar. Pero con este libro no sólo estamos cumpliendo con publicar los ensayos ganadores, que son de una calidad excepcional para autores de tan corta edad, sino que decidimos dar la posibilidad para que colegas, discípulos y amigos de José Ignacio también puedan rendir tributo a la vida José Ignacio. Y ciertamente nos llenó de alegría ver que intelectuales de tal valía aceptaran tan gustosamente ser parte de esta obra dejándonos en claro, si es que todavía era necesario, que la influencia del homenajeado había sido tan profunda en tanta gente.

Sello Editor: Federalismo y Libertad

Autor/es: Guisone, Manuel; Mercurelli, Carlo.

Fecha Publicación: 12/2017

EL CAUDILLISMO POLÍTICO Y LA CULTURA DE LA DÁDIVA

Garcia_HamiltonEl 19 de septiembre de 2003, José Ignacio García Hamilton escribía esta columna en Infobae que al día de hoy mantiene plena vigencia.

Al escribir el Facundo, Sarmiento afirmó que, debido a la herencia de la colonización y a la abundancia de ganados cimarrones, los habitantes del campo argentino no tenían cultura del trabajo y rechazaban los goces de la civilización: las escuelas, el comercio, las artes, las leyes, la justicia, los modales y las comodidades de la ciudad. Los caudillos establecían con los gauchos de la montonera una relación clientelística en la que el aporte militar se retribuía con el derecho al salteamiento. Y Rosas, para mantener tranquilos a los indios de la frontera sur de Buenos Aires, les regalaba bolsones con aguardiente, tabaco, yerba y algunos víveres. Alberdi, en Las Bases, coincidió en que imperaba el ocio y, al igual que el cuyano, postuló que la inmigración europea y la educación (que el tucumano prefería práctica, para formar artesanos y técnicos) eran los medios para crear los hábitos laborales que conducían al progreso. Por eso la Constitución Nacional de 1853 introdujo profundos cambios institucionales: la división de poderes y la prohibición de reelegir al presidente reemplazó al absolutismo político; la libertad de cultos, a la religión única; el principio de juridicidad, al incumplimiento de las leyes; la iniciativa individual y la defensa de la propiedad privada, al estatismo económico, y la igualdad, a los privilegios estamentales.

El Estado promovió una infraestructura de puertos, ferrocarriles, telégrafos y educación pública, y en 1913 se había producido un crecimiento impresionante: de 800.000 habitantes pasamos a 8.000.000; de una alfabetización de 10%, a 80%; de no exportar trigo, a ser los principales exportadores del mundo; de un PBI per cápita insignificante, a un índice superior al de Francia; de salarios de subsistencia, a un nivel de ingresos similar al de los Estados Unidos.

En 1908, sin embargo, se decidió iniciar una campaña de educación patriótica para homogeneizar a los hijos de inmigrantes, la que al cabo de décadas terminó por reemplazar el modelo de paz y de trabajo postulado por Alberdi, por nuevos paradigmas: el militar que muere pobre (San Martín y Belgrano, aunque el segundo fue abogado y el primero murió rico); el gaucho pobre que se hizo violento (el Martín Fierro, a pesar de que José Hernández había creado al personaje para mostrar cómo la leva forzosa había convertido a un ser laborioso en desertor y asesino), y el mito de la «víctima» que convierte al fracaso en virtud, a la mendicidad en un derecho, a la violencia en un recurso contra el sistema y promueve la inacción, ya que son presuntamente los terceros (los ingleses, luego los norteamericanos y ahora el FMI) los culpables de nuestros males y, por lo tanto, quienes deben solucionarlos.

Posteriormente se santificó una nueva figura: la «dama buena que regala lo ajeno». Eva Perón alimentó las arcas de su fundación con el aporte de dos salarios anuales de los obreros y, desde entonces, se generalizó la práctica de gobernar mediante la dádiva, que corrompe al que la da y degrada a quien la recibe.

Desde la segunda década del siglo XX la declinación no se detuvo: los golpes de Estado, el deterioro de la educación pública, el populismo y la demagogia expresados en el despilfarro estatal, nos hicieron retroceder hacia a la violencia (tuvimos guerrilla política, terrorismo de Estado con desaparecidos, una guerra por las Malvinas y, hoy, inseguridad cotidiana) y la pobreza. El país que en 1946 no tenía deuda externa (Inglaterra y los demás países europeos nos debían) hoy tiene la mayor deuda por habitante del mundo en desarrollo y los indigentes pueblan nuestras calles. Acaso el clientelismo que ha retornado bajo el eufemismo de «gastos sociales», que está destruyendo la cultura del trabajo, explique parcialmente la vitalidad de un partido que parece tornarse en hegemónico. Si no, cuesta explicar que el sonoro lenguaje de las cacerolas que pedían «que se vayan todos» se haya trocado, en la intimidad del cuarto oscuro, en la resignada decisión de «que todos se queden».

Reflexiones históricas sobre el esplendor y la decadencia de Argentina

En los últimos días nos hemos ocupado de tomar distintos artículos para analizar el peronismo. Publicamos posts referenciando a Roberto Cortés CondeMeir ZylberbergAlberto Benegas Lynch (h)Gabriel Zanotti. En los intercambios, resurgió el tema de buscar el origen de la crisis argentina, y concluimos que sería un error comenzar con el propio Perón.

El pasado 18 de junio se cumplieron tres años de la desaparición de uno de los mejores historiadores que supo conocer la Argentina. A continuación, a modo de recuerdo u homenaje, José Ignacio García Hamilton nos invita a la reflexión sobre las raíces de la decadencia argentina, con un artículo [también disponible en inglés] que espero el tiempo convierta en clásico de la literatura.

En este artículo, sostendré que la crisis de Argentina es el resultado de prácticas políticas coloniales manifiestas en la economía argentina moderna. Mostraré que el increíble desarrollo de Argentina después de la Constitución Nacional de 1853–60 se debió a la creación de una serie de instituciones y valores culturales que modificaron aquellos que provenían de la época de la colonia española. Sin embargo, en los inicios del siglo XX —un período en el que, paradójicamente, el país se había convertido en uno de los más ricos del mundo—, reaparecieron ciertos rasgos culturales de la época colonial que provocaron un proceso de decadencia económica. Esta decadencia se intensificó después de la Segunda Guerra Mundial. Las reformas que comenzaron en 1989 no constituyeron la causa de la situación actual, pero tampoco lograron impedir el regreso de ciertos hábitos y rasgos originados en tiempos de la colonia. En primer lugar, exploraré los rasgos que caracterizaron la época de la colonia española. Luego, me referiré a la modernización que se llevó a cabo después de 1853, los retrocesos del siglo XX y los motivos por los que las reformas de 1989 no pudieron evitar la decadencia. El artículo concluye con una reflexión sobre las causas de estos retrocesos y una consideración de las perspectivas para el futuro.

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