Si no separamos los planos, si no entendemos los diferentes roles, no
somos parte de la solución sino del problema.
Las líneas que siguen
fueron inspiradas por el momento actual (agosto de 2018), pero la cuestión no
es nueva –aunque se está exacerbando en los últimos tiempos-; y me encantaría
que resultara irrelevante en el futuro. Aunque habrá que luchar, y no poco,
para que ello ocurra.
Esta monografía refleja
medio siglo de experiencia en la materia, volcada en un libro (Política
económica: teoría, mi experiencia, hitos mundiales y casos argentinos, El
Ateneo, 2019… si Dios quiere), por lo que en esta oportunidad prefiero plantear
la cuestión utilizando un estilo “más planfletario que académico”. Lo cual no
lo menoscaba, porque, después de todo, ¿hubieran Marx y Engels provocado el
impacto que provocaron, si en 1848 hubieran redactado el Manifiesto
comunista cumpliendo los requisitos necesarios para poder publicarlo en el American
economic review?
En el primer párrafo
hablo de planos. ¿A cuáles me refiero? A la “cocina” de la política económica,
al tratamiento politizado de la cuestión, al rol que me gustaría cumpliera la
academia (entendida en sentido amplio, incluyendo no solamente a los trabajos
profesionales, sino también a la participación de los economistas aplicados, en
los debates públicos), y al tratamiento de la economía en los medios masivos de
comunicación.
Primero me ocupo de
cada plano por separado para luego plantear la cuestión de los problemas que
genera su mezcla y sugerir qué se podría hacer al respecto.
1. LA “COCINA” DE LA POLÍTICA ECONÓMICA
1.a. La secuencia
“condiciones actuales-objetivos-instrumentos-estrategia” sigue siendo la clave
del comienzo del planteo de cualquier política económica.
Porque siempre se parte
de un “aquí y ahora”, resulta esencial arrancar desde un diagnóstico
realista, que sin ignorar tanto el escenario internacional como el contexto
político, clarifique la situación económica y en particular los problemas
existentes (ningún responsable de la política económica tiene tiempo para distraerse
con problemas que no existen).
Los objetivos de
política económica son expresiones generales, así que no vale la pena dedicar
mucho tiempo a su análisis. Sí saber que eso de que “no hay que dedicarse a lo
urgente sino a lo importante” es una de tantas tonterías que se dicen
sin pensar. Para la madre joven, cuyo bebé acaba de ensuciar el pañal, lo
importante es elegir la universidad a la que va a concurrir 18 años más tarde,
mientras que lo urgente es limpiarle la colita. ¿Conoce usted alguna madre que
deje al pibe con la cola paspada, mientras consulta universidades? ¿Pueden todas
las madres del mundo estar equivocadas?
En ningún país del
mundo las autoridades se pueden dar el lujo de ignorar lo urgente. La cuestión
es cómo lo enfrentan. Nadie sabe cuándo va a terminar el Mundo, pero un
economista profesional nunca recomienda adoptar decisiones sobre la base de que
va a terminar esta noche… ¡porque podría no terminar esta noche! Por eso, en
general, somos menos “creativos” que el resto de los opinantes, quienes no
dudan en comprometer stocks (usar reservas, confiscar bienes, etc.) para
solucionar problemas de flujo.
Los instrumentos
de política económica son herramientas específicas. Devaluar, congelar,
prohibir, desregular, etc., son buenos ejemplos de instrumentos. Mientras que eficientizar,
concientizar, etc., no lo son.
1.b. Para ser exitosa,
es decir, para que los actuales objetivos de la política económica se
transformen en los futuros valores deseados de las variables económicas, una
política económica tiene que ser congruente y relevante.
La congruencia
alude al hecho de que cada porción de la política económica tiene que tener
implícitos los mismos valores de las variables económicas. Ejemplo: una tasa de
interés nominal de 40% anual –salvo que rija durante pocos días- no es
congruente con aumentos del gasto público o de salarios de 15% anuales. La
expresión “las cuentas no cierran” significa que el futuro no será como está siendo
imaginado en las planillas excel, porque la tasa de inflación finalmente
terminará siendo única.
Lo anterior se refiere
a la congruencia inmediata, que tiene que ver con los precios relativos, fisco,
moneda, etc.; pero también existe la congruencia intertemporal, referida a la sostenibilidad
de la política económica. Ejemplo: una política económica cuyos flujos son
parcialmente financiados con reducción de stocks, no es sostenible porque por
definición ningún stock puede disminuir de manera permanente (porque en algún
momento se agota), y resulta muy poco sensato basar las decisiones públicas
sobre la base de que siempre se podrá encontrar al que financie la diferencia.
Desde el punto de vista decisorio, la cuestión de la sostenibilidad se plantea
del siguiente modo: dada la política económica vigente, ¿el equipo económico
tiene el tiempo a su favor o en su contra?
La relevancia
tiene que ver con la relación que existe entre una política económica y la
realidad. Restricciones políticas o institucionales pueden impedir la
implementación de una política congruente (¿se imagina un experto económico
internacional, recomendándoles a los hindúes que para mitigar el hambre se
coman las vacas?), en cuyo caso el equipo económico tendrá que diseñar otra.
Tarea para los economistas profesionales: identificar, cuantificar y explicarle
a quienes no son economistas, el costo económico de las restricciones
políticas o institucionales.
1.c. El diseño de una
política económica es el fruto del trabajo de “unos pocos”, quienes sólo se
reúnen para contestar esta pregunta: ¿qué hacemos? En sus Memorias
Kissinger explica que en el plano académico los trabajos finalizan con las
conclusiones, mientras que en el de las políticas públicas éste es solamente el
comienzo de la tarea. Esos pocos se apoyan en la realidad actual y en el bagaje
con el que llegaron al gobierno (volveré más adelante sobre esto, cuando me ocupe
de la relación que debería existir entre la academia y la política económica
práctica).
Unos pocos es una expresión general, porque cuán
pocos depende del tipo de política económica. Un ejemplo: no se necesitan
muchos funcionarios para redactar una ley, decreto o resolución, que dispone la
libertad para fijar precios (formalmente, que dispone la finalización de los
controles directos de los precios). En cambio, se necesitan muchos recursos
tecnológicos y humanos, para fijar los precios por parte de los funcionarios, sustituyendo
el funcionamiento de “la ley de la oferta y la demanda”. Otro ejemplo: se
necesitan muchos más funcionarios e información específica, para fijar
aranceles de importación diferenciales, que para establecer un arancel único. Este
importante punto empírico se subestima cuando en el plano académico se recomiendan
diferentes políticas económicas.
Dentro del análisis
económico, el rol que tiene la información en la cuestión de “Estado versus
mercado” está por cumplir un siglo de existencia, porque la primera versión de
la denominada controversia socialista se desarrolló en la década de 1920
y la segunda en la de 1930. “En los papeles” dicha controversia fue ganada por
los socialistas, quienes probaron que las mismas ecuaciones que describen el
funcionamiento de una economía capitalista, también describen el de una
economía donde las empresas operan en base a las órdenes que emanan de una
autoridad central. Puse “en los papeles” entre comillas porque la involución de
la Unión Soviética probó que en la realidad los resultados fueron bien
diferentes.
¿Y con la masiva información
que actualmente está disponible, y las computadoras de alta velocidad? Los
intervenciomaníacos sueñan con que una mejora de la tecnología permita que el
ministerio de planificación pueda adoptar mejores decisiones que los
empresarios privados. Ignorando que la clave de la decisión empresaria no está
en acumular información, y procesarla de manera mecanicista, sino en evaluarla
en función de los objetivos empresarios, en un contexto de alta incertidumbre.
Manuel, el encargado del Bidou Bar donde desayuno y almuerzo, sabe mucho menos
que los doctores en economía; pero sabe todo lo que tiene que saber para que el
negocio funcione, a pesar de todo.
1.d. El denominado
óptimo de Pareto, según el cual una medida de política económica sólo se puede
calificar como buena, cuando le mejora el bienestar a algunos seres humanos,
pero no se lo empeora a algún otro, es poco útil desde el punto de vista
práctico[1].
Esto quiere decir que
los encargados de las políticas económicas rara vez podrán contentar a todo el
mundo. Cuando era chico escuché un relato incluido en El conde Lucanor, que
ilustra este principio de manera notable (cito de memoria): un padre, un hijo y
un burro iban hacia el mercado. Tanto el padre como el hijo caminaban al
costado del burro. Al verlos la gente dijo: “qué tontos, se cansan caminando
pudiendo ser transportados por el burro”. Al escuchar eso, el padre montó al
hijo sobre el burro. Al verlos, otras personas dijeron: “qué barbaridad, el
joven viaja descansado mientras el pobre padre camina”. Al escuchar eso, el
padre bajó al hijo y se subió él sobre el burro. Frente a la nueva situación,
algunas personas dijeron: “qué locura, el hombre va sobre el burro, mientras la
pobre criatura tiene que caminar”. Al escuchar eso, el padre también subió al
hijo. Al verlos, algunas personas dijeron: “pobre burro, teniendo que llevar
encima a un hombre y a un niño”. Moraleja: no existen decisiones que dejen a
todos contentos.
Mucho más útil es la idea de destrucción
creativa, de Schumpeter, según la cual cualquier cambio tecnológico crea y
destruye, porque beneficia a quien lo impulsa, y a los demandantes de los
productos cuyo modo de producción se modificó, pero les complica la vida a los
actuales oferentes de los productos sustitutivos.
La lamparita eléctrica
es considerada por muchos como un gran avance, pero no les debe haber hecho
mucha gracia a los fabricantes de velas; de la misma manera que la apertura del
Canal de Suez no les debe haber hecho mucha gracia a los fabricantes de barcos
(el Canal disminuyó la duración de los viajes, reduciendo la demanda de barcos
nuevos).
¿Cuál es la respuesta
de los productores existentes, a la aparición de un nuevo proceso o producto? Los
ejemplos históricos son diversos. Dejaron de fabricarse máquinas de escribir;
pero continuaron existiendo la radio, cuando apareció la televisión, y las
máquinas de afeitar manuales, cuando aparecieron las eléctricas; claro que
transformadas. El correo no desapareció pero hoy no distribuye cartas sino
bultos. Los gobiernos a veces permanecen neutrales frente a los cambios
tecnológicos, a veces retrasan la introducción de la mejora por presión de los
oferentes existentes.
1.e.
¿Qué características tienen que tener quienes integran los equipos económicos,
o quienes trabajan en economía aplicada, para ser parte de la solución y no del
problema?
Harberger, quien dedicó
buena parte de su vida a interactuar con ministros de economía, destaca la
importancia del coraje, no la de la brillantez. Es más, sugiere –y
comparto- que la excesiva brillantez puede ser un obstáculo, por la propensión
de los “brillantes” a prestarle atención a alguna cuestión atractiva desde el
punto de vista intelectual, pero irrelevante o de tercer orden.
A propósito del fallecimiento de
Alfred Marshall, ocurrido en 1924, Keynes afirmó: «el estudio de la economía
[aplicada, por oposición a pura]
parece no requerir ningunas dotes
especializadas de un orden desacostumbradamente superior. ¿No es,
intelectualmente considerada, una materia verdaderamente fácil, comparada con
las ramas superiores de la filosofía y de la ciencia pura? Sin embargo, los
economistas, no ya buenos, sino sólo competentes, son auténticos mirlos blancos.
¿Una materia fácil, en la que pocos destacan? Esta paradoja quizás puede
explicarse por el hecho de que el gran economista debe poseer una rara combinación
de dotes. Tiene que llegar a mucho en diversas direcciones, y debe combinar
facultades naturales que no siempre se encuentran reunidas en un mismo
individuo. Debe ser matemático, historiador, estadista y filósofo (en cierto
grado). Debe comprender los símbolos y hablar con palabras corrientes. Debe
contemplar lo particular en términos de lo general y tocar lo abstracto y lo
concreto con el mismo vuelo del pensamiento. Debe estudiar el presente a la luz
del pasado y con vista al futuro. Ninguna parte de la naturaleza del hombre o
de sus instituciones debe quedar por completo fuera de su consideración. Debe
ser simultáneamente desinteresado y utilitario; tan fuera de la realidad y tan
incorruptible como un artista, y sin embargo, en algunas ocasiones, tan cerca
de la tierra como el político».
El análisis económico que se necesita para ser
ministro de economía, se aprende en un buen curso introductorio de la carrera.
Esta contundente afirmación fue objetada por varios lectores de la versión
preliminar de esta monografía. Podría escudarme en que dice un buen
curso introductorio de economía, pero no sería apropiado. Más allá de la descripción
de Keynes, en la formación técnica de un economista es esencial saber lo básico
de macro y microeconomía, comercio internacional, dinero y finanzas públicas;
suficiente para poder mantener un diálogo profesional con los especialistas.
1.f. ¿Qué tiene que hacer
el ministro de economía de un país, cuando termina de diseñar una política
económica y antes de anunciarla e implementarla? “Vendérsela” al presidente de
la Nación, al resto de los ministros, a los gobernadores, intendentes,
diputados, senadores, etc.
Todo ministro de
economía (la denominación del cargo no importa, me refiero al funcionario
encargado de basar las políticas públicas en el hecho de que “los recursos son
escasos, y tienen usos alternativos”) tiene que enfrentar un conflicto
objetivo -no personal-, entre sus colegas de gabinete y él (o ella). Derivado
del hecho de que ningún otro ministro se inmortaliza cuando le recortan la correspondiente
partida presupuestaria (ejemplo: ¿conoce usted a algún ministro de educación
que haya pasado a la Historia, porque durante su gestión se cerraron escuelas,
disminuyeron los cargos docentes o suprimieron el refrigerio para los
alumnos?).
En el gabinete nacional
todos los ministros son pares, por lo cual resulta fundamental hacia qué lado
se “recuesta” el presidente de la Nación, cuando se plantea un conflicto
interministerial. Pues bien, en condiciones normales el primer mandatario se
pone del lado de los otros ministros, porque también él (o ella) quiere ser bien
recordado por la Historia; y sólo durante una crisis respalda al ministro de
economía, para que pueda implementar las “malas noticias”[2]. Esto
último nunca es eterno, sino que rige mientras le dura el susto. Algo parecido
ocurre en el Poder Legislativo.
1.g. ¿Cuándo debe
renunciar un ministro? Cuestión absolutamente personal, sobre la cual destaco
algunos aspectos.
Pinedo distinguía entre
los ministros secretarios, quienes se ocupan exclusivamente de su “quintita”, y
los ministros consejeros, quienes además de prestarle atención a su área
específica, acompañan al Presidente de la Nación en la gestión general del
gobierno. Tal como era de esperar, Pinedo se veía a si mismo en la segunda
categoría. Tan es así que en las 3 ocasiones en las que ocupó la cartera
económica, renunció… ¡por razones políticas! También agregaba que no se trata
de renunciar por nimiedades, sino por razones de peso.
Cuando un ministro
siente que ha perdido la confianza del gobierno al que pertenece o de la
población, lo peor que puede hacer es languidecer en el cargo. Lo mejor
es tener una conversación franca con el presidente de la Nación, para que el
reemplazo se produzca lo antes posible. Antonio Herman González, a comienzos de
1991, y Jorge Remes Lenicov en abril de 2002, son buenos ejemplos de esta
última posición.
1.h. Uno elige cirujano
por cómo se comporta en el quirófano, no por cómo explica de manera atractiva
lo que piensa hacer con el paciente, o por qué el enfermo murió “a pesar de que
la operación fue un éxito”. Con los ministros de economía ocurre algo parecido.
Deben ser elegidos por su idoneidad en el cargo, si saben exponer sus ideas en
público, mejor.
Más allá de sus
aptitudes como comunicador, deberían ser asesorados por alguien que sepa cómo
se da a conocer el contenido de una política económica. Difícilmente se trate
de un pronunciamiento único, ante un auditorio homogéneo; por el contrario la
misma sustancia debe ser comunicada de manera diferente, dependiendo de las
características del auditorio.
1.i. Por último, el
lanzamiento de un programa económico es una etapa de la tarea del equipo
económico, porque siempre hay que complementar el esquema inicial para
enfrentar las dificultades no previstas, y también hay que realizar los ajustes
que demandan los cambios exógenos que se producen tanto en el Mundo como en el
país. Sólo en los libros de texto el ministro de economía, luego de lanzar un
programa económico, se va a tomar sol a Mar del Plata.
2. POLITIZACIÓN
2.a. Pertenezco a la
generación de economistas que no tuvo que tomar un curso de ciencia política
para recibirse, ni en la licenciatura ni en el doctorado. En cambio tuvo que
cursar obligatoriamente un par de cursos de derecho y uno de sociología, además
–por haber estudiado en la Universidad Católica Argentina- de varios cursos de
filosofía y otros tantos de teología.
Esto quiere decir que aprender
a contextualizar la política económica y sus resultados, en el escenario
político dentro del cual se formula e implementa, formó parte de mi “entrenamiento
laboral”, como se denomina al complemento de la educación formal, que se
desarrolla durante el resto de la vida. Pero en un país tan politizado como
Argentina, tal complemento resultó absolutamente esencial. ¿Se imagina a
Roberto Alemann sugiriéndole al presidente Galtieri, que en 1982 detuviera el
operativo Malvinas porque le afectaba la ejecución presupuestaria? Sin ir tan
lejos, ¿se imagina al Estado argentino no asistiendo a los afectados por una
inesperada y devastadora inundación, porque la correspondiente partida
presupuestaria no figura en el presupuesto nacional vigente?
Como consecuencia de la
influencia de la política sobre la economía, no corresponde evaluar a todos los
ministros economía, midiéndolos con la misma vara. No importa lo que se diga,
ningún titular de un equipo económico opera como si fuera el “zar” de la
economía; pero corresponde ser más exigentes con aquellos que tuvieron mayor
margen de maniobra (como Krieger Vasena, Gelbard, Martínez de Hoz, Sourrouille
y Cavallo -1991/1996-), que con aquellos que acompañaron a los gobiernos en sus
etapas finales (como Wehbe, Mondelli, Jesús Rodríguez, Cavallo -2001- y Kicillof).
2.b. Todo esto
pertenece al plano de la política, pero esta sección se dedica a la politización.
Entendiendo por tal, presentar como factibles iniciativas que no lo son,
para ganar un debate o triunfar en una elección.
En 2016 me
“inmortalicé” en Animales sueltos, cuando a propósito de no recuerdo qué
cuestión dije: “el que gana la elección se jode”. ¿Por qué? Porque no tiene más
remedio que adoptar decisiones en base a la realidad; mientras que quienes
perdieron la elección y militan en la oposición, pueden darse el lujo de decir
cualquier cosa.
Ocurre en todos los
órdenes de la vida, por ejemplo en el futbolístico. ¿Qué hay en un estadio de
fútbol, sino 22 grandulones con pantalones cortos corriendo atrás de una
pelota, un par de personas que desde los costados de la cancha dan
indicaciones, todos ellos rodeados por miles de personas, en las tribunas, que “saben
todo”?
El drama se plantea cuando
el director técnico, contra sus convicciones, adopta una decisión porque se lo
pide la tribuna. Por ejemplo, en economía, gravar la renta financiera. ¿A quién
se le ocurre cobrar un impuesto sobre los plazos fijos, cuando la tasa de
interés nominal pasiva es inferior a la tasa de inflación; o sobre los títulos
públicos que fueron emitidos exentos del pago de impuestos, cuando los futuros
tenedores demandarán una mayor tasa de interés… para pagar el impuesto? En
Argentina en 2017 esto se le ocurrió a un partido de la oposición, porque en el
plano politizado “gravar la renta financiera” suena bien; el oficialismo hizo
suya la iniciativa, y todo terminó en un desastre.
2.c. Dije al comienzo
de estas líneas que me ocupo de planos distintos. Al respecto es muy
importante diferenciar los planos de la formulación, implementación y análisis
de una política económica, del de la politización. Porque tengo esta
diferenciación bien clara, no participo como invitado en ningún programa de
radio o televisión, formando parte de un panel cuya integración invita a mezclar
ambos planos.
Que los dirigentes
políticos de la oposición se peleen con los dirigentes políticos del
oficialismo, utilizando ambos las armas propias de las discusiones politizadas.
Que consisten en alzar la voz, nunca reconocer nada, tirar sobre la mesa los peores
antecedentes del contrincante, etc. Así
se habla en las campañas electorales (por eso los debates entre los candidatos
son una pérdida de tiempo, no importa las ilusiones que tengan algunos
organizadores y la propaganda que hagan los conductores), y en los programas
radiales y televisivos que buscan hacer “ruido”. Los estoy describiendo, no
calificando.
Ergo, parte de la
sanidad mental pasa por saber discernir si lo que se está leyendo o escuchando
pertenece al plano profesional o al politizado. Esfuerzo no siempre fácil pero
absolutamente fundamental.
¿Qué debería hacer o
decir un economista profesional que milita en un partido o en una agrupación
política, no como candidato o funcionario –porque esto pertenece al plano de la
politización-, sino como afiliado o simpatizante? Lo que debería hacer es, en
público, callarse y en privado, explicarles a los políticos a los cuales
quiere ayudar, cómo es la realidad, tanto la que existe como la que puede
esperarse en base a la adopción de diferentes medidas de política económica.
Dije debería, pero no es lo que siempre ocurre. Con alguna frecuencia aparece
en radio o televisión un economista que, para quedar bien con su jefe
racionaliza las fantasías de éste, afirmando olímpicamente que 2 más 2 son 9.
Patético.
3. ACADEMIA
3.a. Así como la
política económica forma parte de la política-política, el análisis económico
no forma parte de la política económica, y mucho menos de la política-política.
La política puede asignar fondos para descubrir una vacuna contra el sida, pero
no puede ordenar que la enfermedad desaparezca; de la misma manera que, luego
del Primer Shock Petrolero, se asignaron más fondos para encontrar formas para
ahorrar energía, pero aplicando principios ya conocidos.
La investigación
académica aplicada, lejos de la politización, cumple un servicio muy
importante. Descubrir –o inventar- mecanismos que tornen factibles realidades
que hasta ahora no lo eran (en términos gráficos, que alejen del origen a la
frontera de posibilidades de producción).
“La función pública no
crea capital humano, sino que lo consume. En la función pública no se aprende
qué decisiones hay que adoptar, sino cómo hacerlo”, palabra más, palabra menos,
dijo Kissinger en sus Memorias. Esto le da mucho sentido a la
preparación que cada economista adquiere, antes de ejercer funciones
ejecutivas, así como la importancia que tiene el diálogo que mantiene, mientras
ocupa un alto cargo público, con sus colegas que siguen en el ámbito académico[3].
Las circunstancias familiares propias y las de mis profesores,
influyeron en mi formación. Haber nacido en un hogar de clase media baja, que
del lado materno regenteaba una mercería, desde chico me familiarizó con el
“abc” del análisis económico; y el hecho de que en Harvard mis profesores
fueran americanos sobrevivientes de la Gran Depresión de la década de 1930, o
europeos inmigrantes, algunos de cuyos parientes habían perecido en el
Holocausto, explica cómo se planteaba la macroeconomía vigente en la década de
1960.
Por eso, para un uso
apropiado es fundamental fechar las expresiones que se citan. Phillips
no ignoraba el impacto que la inflación podía tener sobre las expectativas,
sino que en su época ¡no había inflación!; Lucas, en 2000, replanteó la agenda
de investigación de la macroeconomía, como no lo podría haber hecho en la
década de 1960 o luego de la crisis de 2008.
3.b. Los modelos
simples son potentes y robustos, me acotó un colega. Compro, ergo arranquemos
el análisis por entender su esencia y sus implicancias básicas, pero en modo
alguno nos circunscribamos a ellos.
Tengo gran admiración por la persona y la obra
de David Ricardo, pero como economista aplicado enfatizo los peligros que
genera el “vicio ricardiano”, feliz expresión acuñada por Schumpeter para
significar las barbaridades que se pueden cometer cuando a partir de modelos
supersimplificados, se recomiendan políticas económicas para ser aplicadas en
contexto supercomplejos.
Ejemplo de vicio
ricardiano: en un país lleno de distorsiones internas no se puede recomendar la
apertura de la economía sin remover, simultáneamente, las referidas distorsiones.
Quien fabrica medias amparado por un derecho de importación, puede pagar un
impuesto municipal a su consumo de energía. Un gobierno liberalizador, que
disminuya el derecho de importación, pero no elimine el referido impuesto,
puede hacer quebrar una empresa que no debería quebrar[4].
También cultivan el
vicio ricardiano quienes citan ejemplos extranjeros, o ejemplos de nuestro
pasado, sin describirlos de manera detallada, para que se pueda saber qué se
puede copiar y qué no.
El saber que sirve para
la toma de decisiones es el saber específico. Cuando alguien recomienda una
reforma impositiva, una reforma laboral, o el redireccionamiento del crédito
para ponerlo al servicio de la producción y no de la especulación, etc., le
pregunto de qué está hablando. Los debates planteados a nivel de los grandes principios
pueden ser atractivos, pero desde el punto de vista práctico distraen.
3.c. La academia tiene
sus códigos, el problema está en el trasplante a otros ámbitos, de sus análisis
y sus conclusiones. En un seminario alguien puede afirmar, sin que se le mueva
un pelo, que lo que el país necesita es eliminar los sindicatos, pasar por las
armas a los intermediarios o reducir 25% el salario real del sector público,
las jubilaciones y pensiones. Y no siempre otro participante del seminario lo
hará reflexionar, al menos públicamente.
El problema, como digo,
está en el trasplante. En economía aplicada las balas no son de fogueo sino de
verdad, lo cual significa que la diferencia entre un buen diagnóstico y una
fantasía genera pérdidas de puestos de trabajo, caídas de las remuneraciones,
recesiones, etc.; y esto impacta en el bienestar concreto de los seres humanos.
3.d. El problema no
está en los modelos, sino en la comprensión que de ellos tiene quien los piensa
usar. El economista aplicado que es parte de la solución, y no del problema, no
es clásico, keynesiano, austríaco o marxista, sino que sabe qué dijo cada uno
de los principales autores enrolados en cada “escuela”, y pone todo su saber al
servicio del problema que tiene entre manos.
Como economista
aplicado me apropio del núcleo del pensamiento ajeno, y lo tengo listo
para cuando lo necesite. Para citar unos pocos ejemplos, de Adam Smith aprendí
los beneficios y los riesgos de la división del trabajo, y que el grado de
especialización depende del tamaño del mercado; de Ricardo que en el comercio
internacional no importa la ventaja absoluta sino la comparativa; de Prebisch,
que algunos países ocupan el centro del sistema económico, y otros la
periferia; de Minsky, que en el sistema financiero la calidad de las decisiones
fluctúa de manera cíclica; de Hirschman, que la frustración a veces genera
salida y a veces queja, y que hacemos cosas porque subestimamos los costos; y de
Díaz Alejandro, que las diferencias de opinión no deben producir grietas en el
plano personal.
Una vez que hago mío el
pensamiento ajeno, cuando me parece apropiado lo utilizo de formas que muchas
veces a los autores originales no se les habían ocurrido. Ningún problema. Digresión:
cada vez que lo citaba en alguna de las columnas dominicales que publico en La
Nación, Olivera me llamaba para felicitarme (su exagerada generosidad era
antológica y bien conocida), luego de lo cual me describía 3 teoremas que
estaban implícitos en las líneas que yo había escrito, y que por supuesto no se
me habían ocurrido.
3.e. Los medicamentos
se venden con unos papelitos que alertan con respecto a las limitaciones y las
contraindicaciones que puede provocar su ingesta. Los trabajos académicos
deberían publicarse con algo parecido. Más aún, las limitaciones y las
contraindicaciones deberían ubicarse en la primera página y en letras bien
grandes, para prevenir al usuario y evitarle costosas desilusiones.
Esta elemental
prudencia también debería ser aplicada por los economistas, cuando hablan por radio
o TV. ¿Bajo qué condiciones cabe esperar los resultados generados por las
propuestas que formulan?; ¿con qué velocidad cabría esperar la aparición de los
resultados?; ¿cabe esperar que dichos resultados sean transitorios o
permanentes?
Esto también sirve para
desenmascarar las racionalizaciones, más precisamente la búsqueda de respaldos
intelectuales –complicidades no acordadas- para las políticas públicas. Gómez
Morales afirmó que las ideas de Keynes le venían bien al gobierno peronista,
para “vender” mejor las políticas que había puesto en práctica, y Kissinger es
muy duro con Sartre, a quien le atribuyó inspirar –entre otros- al Khmer Rouge
camboyano, que a mediados de la década de 1970 asesinó a aproximadamente 15% de
la población del país.
3.f. El análisis es universal en el sentido de
que si tuviera que dictar un curso introductorio de economía en Vladivostok,
Nairobi o Bogotá, comenzaría exactamente igual que en Buenos Aires, explicando
que los recursos son escasos, que tienen usos alternativos y que por
consiguiente hay que elegir criterios de asignación.
Pero no es universal, por ejemplo, en la
estrategia de desarrollo. Contra lo que pensaban Marx y Rostow, de que todos los
países siguen una misma senda de desarrollo, List y Gerschenkron apuntaron que
el hecho de que Inglaterra haya picado primero en el sendero de la
industrialización, afectó la forma en que Alemania y Rusia plantearon los suyos.
Centro y periferia es otra
idea relevante, planteada por Prebisch, que atenta contra la aplicación literal
del análisis económico que se enseña en los centros. En la década de 1930
Keynes se pudo dar el lujo de pensar la macroeconomía de corto plazo como si
fuera una economía cerrada, porque en aquel entonces la economía inglesa
funcionaba como una economía cerrada (un déficit comercial de Inglaterra con
Argentina implicaba un aumento del saldo que nuestro país tenía en el Banco de
Inglaterra). En el plano comercial Argentina no se podía dar ese lujo.
Además de lo cual en
aquel entonces algunos argentinos, en su “vuelo hacia la calidad”, pretendían
cambiar pesos por libras esterlinas; pero ningún inglés, por la misma razón,
quería hacer lo contrario. Lo cual obligó a que la economía argentina se
tuviera que ajustar más que la economía inglesa[5]. Esto
es fáctico, no ideológico ni conspirativo.
La cuestión de la
(falta de) credibilidad de la población, con respecto a los anuncios de las
autoridades, tampoco tiene la misma importancia en todos los países. Calvo lo
afirma de manera contundente: “una misma medida de política económica puede
generar resultados muy diferentes, dependiendo de si la población cree que se
trata de un cambio transitorio o permanente”.
Los ejemplos anteriores
de no universalidad del análisis económico se refieren a la sustancia. Pero
también hay que plantear diferencias en el plano instrumental. Confundir la
prolijidad con la que se confecciona y presenta una planilla Excel, con la
calidad de los datos incluidos en ella, puede generar graves problemas. En un
país macroeconómicamente estable “cualquiera” pronostica; en un país volátil
como el nuestro, es virtualmente imposible hacerlo (resulta patética la
frecuencia con la cual algunos colegas modifican sus “pronósticos”. En rigor no
pronostican sino que utilizan la regla de 3, que aprendimos en la escuela
primaria, es decir, realizan conjeturas condicionadas).
3.g. Un par de
comentarios referidos a la terminología.
En inglés, cuando
alguien quiere significar que la cuestión bajo análisis es intelectualmente
interesante, dice que es fun (divertida). Y como el análisis económico
en buena medida se americanizó, con frecuencia lo escucho decir en las
presentaciones de economía aplicada que se realizan en nuestro país. Lo cual me
molesta muchísimo, porque refleja que para quien lo dice, la realidad es casi
un adorno, un pretexto para lucirse en una presentación. Por favor, no lo digan
más: una recesión, una devaluación, como una catástrofe o una guerra, no tienen
nada de divertido sino todo lo contrario.
Los economistas tenemos
que ser prudentes cuando, hablando con (o sobre) quienes no estudiaron
economía, utilizamos la terminología con la que nos comunicamos entre nosotros.
Ejemplo: el término ineficiente. Decirle a un productor que es
ineficiente, le genera a él el mismo shock que me genera a mí, que un médico me
diga que tengo un virus ARN de la familia Orthomyxoviride[6], que
un odontólogo me diga que me tiene que practicar una oxodoncia[7], o
que un psicólogo me diga que soy un neurótico. La indignada reacción del
productor calificado como ineficiente es totalmente entendible; en todo caso
como economista no solamente le tengo que explicar de qué se trata, sino
deslindar responsabilidades, entre las reglas de juego que él (o ella) no puso,
pero a las cuales se ajusta, y los problemas que genera su propia personalidad.
4. MEDIOS DE COMUNICACIÓN
4.a. Si en los cursos
de microeconomía enseñamos que el empresario busca maximizar sus beneficios, no
les podemos pedir a los propietarios de los medios masivos de comunicación, que
no diseñen su programación, el formato de sus programas y las instrucciones a
sus conductores, pensando en otra cosa que no sea el rating. Porque,
como principio general, es difícil pensar en otra cosa que no sea maximizar la
audiencia, si es que se quieren maximizar los ingresos.
A la lógica del dueño
del medio de comunicación hay que agregarle la lógica del periodista a cargo de
una columna o un programa. Tomemos el caso del aumento de las tarifas públicas.
¿Cuál es la primera factura de electricidad, gas, agua, etc., que cada
periodista tiene a su alcance?: la propia. La tentación a generalizar la
experiencia individual es difícil de
resistir. Particularmente si el aumento fue significativo (¿escuchó usted a
algún periodista decir que la factura que le vino no contenía prácticamente
ningún aumento?; ¿vio usted algún panel integrado por una persona portadora de
una factura que señalaba fuerte aumento de las tarifas, y otra que contenía un
aumento insignificante?).
Los periodistas, como
los economistas, los jóvenes y los católicos, son un grupo heterogéneo; y en
todos los casos algunos le tienen más respeto a los hechos que otros.
La enorme mayoría de
las preguntas que formulan los periodistas son específicas. Ejemplo: ¿qué va a
ocurrir con el dólar mañana? (así vendo o compro hoy, en vez de mañana). Los
economistas tenemos que resistir la tentación de contestar preguntas
específicas a partir de principios e información generales, es decir, tenemos
que evitar dejarnos llevar por el vicio ricardiano. Ilustro el punto de la
siguiente manera: llame al Servicio Meteorológico Nacional y dígale: “esta
noche, a las 22,15, saldré de mi domicilio, sito en la calle X número Y, rumbo
a un restaurante que queda a 5 cuadras de mi casa. ¿Deberé llevar paraguas?” El
funcionario a cargo le dirá: “hemos mejorado notablemente nuestra capacidad de
pronóstico [no ocurre lo mismo en macroeconomía], pero no con el nivel de
precisión deseado por usted”.
Los economistas estamos
mucho más de acuerdo de lo que piensa la población, lo que ocurre es que lo que
aumenta el rating es la discrepancia (¿cómo se arma un atractivo show entre
profesionales que están de acuerdo?). ¿Seguro que los “mejores” economistas son
aquellos que aparecen con más frecuencia en radio o en TV? Claro que no, de la
misma manera que no es seguro que los mejores tenores o sopranos son aquellos
que cantan en eventos organizados al aire libre. En programas armados en base a
un panel integrado por los economistas A y B, es muy difícil que los periodistas
estén en condiciones de saber –no digo quién tiene razón- sino siquiera quién
está más cerca de la verdad.
5. LA MEZCLA DE LOS PLANOS, FLOR DE PROBLEMA
Vuelvo al principio. Ya
bastante tenemos con los problemas existentes, no hace falta inventar problemas
nuevos. Cuando se refiera a la realidad actual, clarifique bien la perspectiva
desde la cual está hablando y señálesela a quien, en la mesa familiar o de
amigos, panel universitario, radial o televisivo, no parece hacerlo.
En estas líneas los planos
aparecen separados. Pero además de entender, ¿se puede hacer algo para
acercarlos?
Cito un par de intentos
valiosos, seguramente hay otros. FIEL organiza un curso de economía para
periodistas, y la fundación Red de Acción Política (RAP), que dirige Alan
Clutterbuck, reúne a dirigentes políticos de diferentes agrupaciones, para que
conversen entre ellos y con profesionales de diferentes disciplinas. ¿Existe
algún ámbito donde los economistas profesionales escuchan reflexionar a
dirigentes políticos, o los testimonios de los protagonistas (empresarios,
profesionales, asalariados, etc.)? A nivel personal lo hago todo el tiempo, me
pregunto se existe algo más institucionalizado.
La “ley” de [Thomas]
Gresham, originalmente propuesta en el plano monetario (la mala moneda desplaza
a la buena, lo cual explica por qué en Argentina transamos en pesos pero
ahorramos en dólares), con frecuencia también opera en el plano del
asesoramiento a los gobiernos y los debates televisivos. “Si no nos metemos en
los programas de radio y TV, el micrófono queda en manos de charlatanes”.
Entiendo el sentido de la afirmación, pero agrego que quien la postula
generalmente pertenece al movimiento “levantémonos y vayan”. De manera
que aplaudo los esfuerzos, pero sin hacerme demasiadas ilusiones.
APÉNDICE: LAS CREENCIAS DE LA POBLACIÓN.
¿Qué piensa mi tía
Carlota, sobre todo esto?
“Yo no sé economía” con
gran frecuencia escucho decir, cuando alguien me pregunta algo. “Usted sabe más
economía de la que cree, porque de lo contrario no hubiera sobrevivido; lo que
no maneja es la nomenclatura económica, que es un lenguaje que utilizamos los
economistas para hablar entre nosotros”.
Efectivamente, muy poca
gente, fuera de la profesión, habla de efecto sustitución, pero el productor y
vendedor de cualquier bien mira a su alrededor, específicamente, a sus
potenciales demandantes y competidores, antes de fijar la cuantía del aumento
de sus precios.
No hay que ir a la
facultad para distinguir, a nivel individual, si un aumento de los ingresos es
transitorio o permanente, dato esencial para determinar cómo se gastan los
mayores ingresos; que sólo en circunstancias extraordinarias, y transitorias,
los gastos pueden superar a los ingresos; que en un país como Argentina no
siempre hay que dar por descontado que los funcionarios van a cumplir con sus
promesas, etc. En otros términos, la población tiene “sabiduría microeconómica”.
Nunca se sabe cuál es
la hipótesis de formación de expectativas con las cuales actúa la población de
un país, pero –error tipo I, error tipo II- mejor que los funcionarios no
subestimen la sensibilidad de los agentes económicos, así como la velocidad con
la cual corrigen sus decisiones, cuando advierten algún error.
Tal como era de
esperar, se aplican criterios diferentes en el caso de los bienes privados y de
los bienes públicos. Durante la segunda mitad de la década de 1990 algunos
gremios docentes instalaron la “carpa docente”, frente al Congreso de la
Nación. Demandando una mejora en sus salarios. El Poder Ejecutivo de entonces
se las negó, por razones presupuestarias, pero ante la insistencia dispuso
otorgar un aumento salarial, financiado con un impuesto especial a ciertos
autos y embarcaciones (denominado “oblea docente”, porque para los
contribuyentes probar haber cumplido con la obligación, debían pegar una oblea
en el parabrisas de los autos).
Me consta (porque lo
viví en mi familia) que las mismas personas que recomendaban de manera
entusiasta que subieran los salarios de los maestros, protestaron cuando
tuvieron que financiar el aumento por ser propietarios de autos. Digresión.
Técnicamente la medida era criticable, porque por su naturaleza el salario
docente debió ser pagado con impuestos generales, pero desde el punto de vista
didáctico –paradójicamente, en el caso de un impuesto referido a la educación-
el impacto fue notable.
Quien analiza la
realidad ignorando las restricciones presupuestarias que existen a nivel de la
economía en su conjunto, en Argentina en general y en la Ciudad de Buenos Aires
en particular, acostumbran a explicar las decisiones públicas, con
explicaciones conspirativas. Dichas
explicaciones son congruentes con los hechos, pero les agrega una
intencionalidad que transforma lo que superficialmente parece un fracaso, en un
éxito rotundo (ejemplo: pueden reducir la inflación, pero no lo hacen porque
quieren reventarnos a todos). Rechazo todas las explicaciones
conspirativas, porque inducen la holgazanería intelectual; es decir, no tengo
problema en divertirme con ellas, cuando me reúno con familiares o amigos, pero
para la labor profesional son contraproducentes.
Lo que no rechazo son las
conspiraciones, porque pertenecen al plano de los hechos. Si alguien me dice
que dentro de 5 minutos la Casa Rosada volará por el aire, porque pondrán una bomba, y a quien me lo dice cuando
le pregunto cómo lo sabe me responde: “aquí está la bomba, salgo para allí para
colocarla”, me rindo porque esto pertenece al plano de los hechos.
Las explicaciones
conspirativas son particularmente ridículas cuando se planten a nivel
internacional. Pensar que los problemas argentinos derivan del hecho de que “al
resto del mundo no le conviene que nos desarrollemos, y actúa en consecuencia”,
es sencillamente, no pensar.
[1] Varios
lectores de la versión preliminar objetaron este párrafo, sugiriendo que no hay
que ser tan contundente. Particularmente porque, en la práctica, la realidad no
se ubica en la frontera de posibilidades sino dentro de ella; de manera que
puede haber situaciones en las cuales algunas medidas de política económica
pueden mejorar la situación de muchos, sin generar efectos adversos. Piénsese,
por ejemplo, en una restricción horaria en el plano comercial. Su eliminación
probablemente mejore simultáneamente a productores, consumidores y
empleados.
[2] Los discursos
pronunciados por el presidente Alfonsín en abril de 1985, de “economía de
guerra”, y 14 de junio de 1985, cuando se lanzó el Plan Austral, son buenos ejemplos
del notable respaldo que le dio al equipo económico liderado por Sourrouille,
un presidente que tenía un problema de “piel” con la economía, pero se daba
cuenta de la importancia que la situación económica podría tener en su primer
test electoral, que ocurriría en noviembre de 1985. Algo similar pasó el 3 de
setiembre de 2018, cuando el presidente Macri habló antes de que el ministro
Dujovne anunciara las medidas destinadas a eliminar el déficit fiscal primario.
[3] Kissinger no está equivocado, aunque podría estar exagerando. De
cualquier manera, error tipo I, error tipo II, su postura me parece más
apropiada que la contraria.
[4] La vida es problema contra problema. Una economía cerrada, porque no
puede eliminar las distorsiones internas, induce viajar al exterior para
comprar mercaderías, lo cual es regresivo porque los ricos tienen más chances
de viajar a otros países que los pobres. A propósito: alguna vez, porque me
sobraba el tiempo, en algún aeropuerto de Estados Unidos recorrí las diferentes
colas de los viajeros que se dirigían
a los distintos países, para –en función del equipaje- “calcular” el grado de
apertura de las respectivas economías. El ejercicio resultó muy elocuente.
[5] En 2008, como consecuencia de la denominada “crisis subprime”, el vuelo
hacia la calidad aumentó la demanda mundial de dólares y de títulos públicos
emitidos por Estados Unidos. La presión para adoptar medidas, que sintieron los
titulares de los equipos económicos de muchos países, en modo alguno la sintió
el secretario del Tesoro americano.
[6] Cuando lo escuches no te
asustes, se trata de gripe o influenza.
[7] Cuando lo escuches no te
asustes, se trata de una extracción.