Crisis europea y el modelo del Estado de bienestar: Lecciones de un modelo a evitar – por Mauricio Rojas

Mauricio Rojas indica en este estudio cómo el creciente tamaño y envergadura del Estado en varios países europeos derivó en la crisis que hoy los aqueja. Rojas indica, por ejemplo, cómo evolucionó la carga tributaria en los primeros 15 países miembros de la Unión Europea: «subió de un promedio de 25,8% del PIB en 1965 a un 39,2% en 1990».

Mauricio Rojas es profesor adjunto de Historia Económica de la Universidad de Lund en Suecia. Fue parlamentario por el Partido Liberal de Suecia desde 2002 hasta 2008. Este texto está basado en el discurso realizado en la cena aniversario del Instituto Libertad y Desarrollo en Santiago de Chile el 22 de octubre de 2012 y en una conferencia dictada en ESEADE de Buenos Aires el 17 de octubre de 2012. Aquí puede descargar este ensayo en formato PDF.


Me han encomendado una tarea difícil, porque hablar de Europa es hablar de muchas cosas, Europa tiene muchos rostros, es muy diversa y hay que decir, en primer lugar, que no todo es crisis en Europa. Existe también una Europa emergente, aquella que algún día formó parte de la Unión Soviética y algunos de sus ex satélites. De hecho, según el Informe de Perspectivas Económicas Mundiales del FMI de octubre de 2012, los nueve países europeos que formaban la Unión Soviética encabezan el pronóstico de crecimiento para Europa en 2013, con tasas de aumento del PIB que van del 3 al 5,5%. Esto es lo que se muestra en el Gráfico 1, que permite además observar las dramáticas diferencias que existen hoy en Europa a ese respecto.

Este dinamismo de los países de la ex Unión Soviética1 no es cosa de un año aislado sino que viene produciéndose desde hace algún tiempo, indicando el gran potencial que esos países están desplegando al entrar en la órbita de las economías de mercado. Factores como su abundancia de recursos naturales, la calidad de su fuerza de trabajo así como salarios fuertemente competitivos y niveles comparativamente bajos de regulación corporativa ayudan a explicar estos notables índices de dinamismo económico a pesar de las deficiencias institucionales y políticas bien conocidas que caracterizan a muchos de esos países.

También existe un interesante y prometedor “polo báltico de crecimiento”, que reúne a los países bálticos, Polonia, la región rusa de San Petersburgo, la parte norte de Alemania, Dinamarca, Suecia y Finlandia. Aquí se da una combinación muy dinámica de capital abundante y tecnología de punta, provistos por países como Alemania, Suecia o Finlandia, y sociedades enormemente abiertas a la inversión y al cambio como las bálticas. Esto forma parte de uno de los hechos de mayor trascendencia futura que están ocurriendo en Europa: una notable reorientación del área germano-nórdica hacia el este europeo, volviendo así hacia lo que podríamos llamar su destino secular, pero ahora no bajo formas de expansionismo militar sino por medio de la cooperación económica.2 Ello viene a poner fin al sustrato geopolítico de la anomalía histórica que en cierto modo fue la Unión Europea original, producto de una Europa dividida por la Cortina de Hierro y una Alemania Federal volcada hacia el oeste. Esta reordenación de la Europa poscomunista es el tema más interesante acerca del futuro del Viejo Continente pero en este contexto no podemos adentrarnos en el mismo.

Ahora bien, junto a esta Europa emergente existe también aquella Europa que acapara nuestra atención por las sorprendentes y deprimentes noticias que de allí emanan, una Europa decadente que podemos equiparar a la Unión Europea de los 15 (UE-15) o, en términos latos, a Europa Occidental. Allí también encontramos matices e incluso algunos países de éxito relativo como Suecia, pero lo que predomina es la tendencia al estancamiento y, en algunos casos connotados, a soportar profundas crisis económicas, sociales y políticas. El Gráfico 2 pone en evidencia estas diferencias mostrando el crecimiento acumulado según los resultados económicos y los pronósticos para 2011-2013.

La zona euro, hoy en recesión, es el epicentro evidente de esta tendencia, con sus crecientes problemas que se han ido extendiendo con fuerza desde países periféricos pequeños y de una importancia económica limitada, como Grecia, Irlanda o Portugal, a naciones de un peso económico considerable, como España o Italia. Incluso Alemania y Francia, es decir, los pilares mismos de la Unión Europea muestran hoy signos claros de contagio con la “euroepidemia” que arrecia en Europa.

Crisis europea y progreso global

Entender las razones de fondo de estas turbulencias en una zona que parecía predestinada a la prosperidad y que hasta hace no mucho se autoproclamaba como ejemplo encomiable de estabilidad y progreso es un ejercicio importante para todos aquellos que no quieran que sus países se vean abocados a un futuro semejante. A este respecto, lo primero que hay que decir es que lo que allí ha ocurrido no ocurrió de repente. Crisis tan profundas como la que se está viviendo en gran parte de Europa Occidental son producto de un largo periodo de acumulación de problemas y debilidades que finalmente, cuando se produce algún acontecimiento puntual desencadenante como lo sería la crisis financiera del 2008, dan origen a una situación de crisis profunda y generalizada.

Esto es importante recalcarlo, ya que existe la tendencia, no menos en Europa, a explicar lo acontecido por causas ya sea externas ya sea coyunturales. En términos demagógicos, y lamentablemente con un profundo impacto entre amplios sectores sociales, se habla de “los mercados”, el “capitalismo salvaje” o el “neoliberalismo” como causantes de los problemas de Europa. Sin embargo, si algo así fuese cierto prácticamente todo el mundo debería estar sufriendo problemas mucho más serios que los que caracterizan a Europa Occidental con sus economías altamente reguladas y sus grandes Estados que gastan en torno al 50% del PIB de sus respectivos países. Pero esto no es así. La crisis actual coincide con las sociedades democráticas menos “neoliberales” que puedan imaginarse, es decir, más reguladas y con Estados más abultados.3 En suma, se trata de una crisis del modelo europeo-occidental de sociedad, si bien su punto de arranque fue la crisis financiera iniciada en EE.UU. en 2007-2008.

Esto se hace más evidente aún al constatar la vitalidad económica del así llamado mundo en vías de desarrollo, con niveles de crecimiento realmente notables para zonas tradicionalmente tan problemáticas como, por ejemplo, el África subsahariana. El pronóstico del informe del FMI ya mencionado es muy claro al respecto. Todas las regiones en desarrollo crecerán más del 3,5% en 2013, llegando algunas, como África subsahariana, la India o los países del este y sudeste asiático a superar el 5%. El Gráfico 3 ilustra las notables disparidades de crecimiento que actualmente se observan a nivel global.

Estas cifras ponen de manifiesto un cambio de escena extraordinariamente significativo a nivel global: se ha roto aquella cadena de transmisión que hacía que las crisis europeas o europeo-estadounidenses tuviesen devastadoras consecuencias en el resto del mundo. Basta comparar los efectos globales de la crisis reciente con la de 1929-33 para aquilatar el cambio acontecido. Entonces, las periferias del sistema global sufrieron un impacto de mucha mayor envergadura que sus centros. Hoy esto no es así, lo que se debe a la existencia de nuevos y muy dinámicos centros económicos, como China, que han tomado el relevo como motores de la economía mundial. En suma, el mundo no solo no está en crisis sino que, muy por el contrario, está viviendo uno de sus períodos más notables de progreso, lo que no hace sino acentuar la peculiaridad de Europa y la necesidad de buscar en su propio desarrollo y estructuras las causas de sus males presentes.

Con este cambio global se viene a poner fin definitivo a una era de la historia universal caracterizada por una hegemonía europea sin precedentes. Se cierran así cerca de cinco de siglos que vieron como una periferia poco poblada del mundo, Europa Occidental, se elevó al rango de potencia mundial indiscutida, conquistando, transformando y haciendo, en cierta medida, “a su imagen y semejanza” al resto del mundo. Hoy se cierra ese sorprendente paréntesis en la marcha de la historia universal, volviendo sus ejes a estar en las grandes naciones asiáticas que en razón de sus notables concentraciones poblacionales habían sido los centros naturales del mundo tradicional. Por ello, lo que hoy ocurre, que no es otra cosa que la marginalización creciente de Europa Occidental en la escena mundial, es un cambio que afecta mucho más que la economía de esa región llegando a conmover las bases mismas de una identidad europea concebida a partir de su indisputada primacía global. Europa debe hoy volver a asumir su pequeñez y ello no es tarea fácil para quien durante siglos fue la gran prima donna de la escena global.

De la euroesclerosis a la crisis

Para entender lo ocurrido hay que recorrer unas cuantas décadas de desarrollo europeo o, para ser más concretos, al menos aquellas posteriores al primer shock del petróleo de mediados de los años 70, que puso fin al pleno empleo en Europa Occidental e inició una larga era de crecimiento lento en la región. Tal vez el lector recuerde que ya a fines de los años 70 se acuñó el concepto de euroesclerosis,4 que apuntaba a las dificultades de Europa Occidental para adaptarse dinámicamente a un nuevo entorno global en rápida transformación. Europa reaccionaba lenta y, sobre todo, defensivamente frente a los cambios, tratando más bien de defender lo que se tenía, que de buscar lo que se puede llegar a tener. Sus grupos de poder, entre los cuales los sindicatos así como las asociaciones profesionales y empresariales jugaban un rol destacado, optaron por la protección de sus intereses y sus así llamados derechos, incluso al precio de altas tasas permanentes de desempleo y un crecimiento comparativamente deficitario. De esta manera se confirmaban una vez más las tesis de Mancur Olson, autor del clásico Auge y decadencia de las naciones (1982), acerca del impacto decisivo de las coaliciones defensivas formadas para defender intereses creados en la decadencia de naciones previamente exitosas.

Esta actitud defensiva y conservadora se plasmó en una extensa maraña regulatoria y, sobre todo, en el desarrollo acelerado de grandes Estados intervencionistas, cuya función fundamental era la de garantizar el status quo y, en especial, una serie de derechos que la población europea supuestamente ya había adquirido de una vez y para siempre. Este fue el así llamado Estado de bienestar, benefactor o social, que creció desmesuradamente desde la década del 70 hasta transformarse en el corazón de lo que se conoció como Modelo Social Europeo.

El gran Estado tuvo una serie de características: una enorme capacidad de intervención, regulación y protección de lo existente, pero también se distinguió por los altísimos impuestos que imponía a fin de ampliar su poder sobre la sociedad y su papel de garantizador de una creciente cantidad de derechos y privilegios. De hecho, la carga tributaria en la UE-15 subió de un promedio de 25,8% del PIB en 1965 a un 39,2% en 1990. En 1965, el peso total de los impuestos iba de un modesto 14,7% del PIB en España a un máximo de 35% en Suecia, el país líder en lo que respecta a la expansión del Estado benefactor. En 1990, el peso de la tributación se había más que doblado en España, alcanzando el 33,2%, mientras que en Suecia llegaba al 53,6%. En buenas cuentas, el Estado había pasado a ser el eje de los procesos económicos y sociales de Europa Occidental.

Todo ello llevó a una serie de problemas que se hicieron cada vez más sensibles con el paso del tiempo, como ser la pérdida del incentivo a trabajar o a invertir en educación que se genera cuando los impuestos castigan fuertemente y de manera progresiva a los réditos del trabajo. Pero aún más decisivo en el largo plazo es que las regulaciones defensivas, en particular las relativas al mercado laboral, así como los altos impuestos y la conformación de los mismos, dificultaban y penalizaban severamente el esfuerzo emprendedor de la población europea, su voluntad de crear cosas nuevas, particularmente en el terreno de la nueva economía del conocimiento y la información.5

Así, la política económica europea se orientó más a defender y distribuir la riqueza ya creada que a fomentar la creación de nueva riqueza. Se hizo por ello conservadora y plasmó una fuerte aversión al riego. Esta forma de actuar terminó transformándose en una verdadera cultura de la “seguridad ante todo” y de los derechos adquiridos, derechos universales sin una relación directa con el deber o el esfuerzo, donde se pierde el vínculo entre lo que se hace y lo que se logra, entre la responsabilidad individual y lo que se puede obtener de la vida. Todas esas relaciones fundamentales, y los valores sobre los que se fundan, se fueron diluyendo en Europa. Así, el “Viejo Mundo” se hizo realmente viejo y cada vez más incapaz de brindar aquella seguridad que prometía como premio al inmovilismo económico y social.

De esta manera, las nuevas generaciones de europeo-occidentales crecieron dentro de la “cultura de los derechos” y fueron a una escuela que les enseñó que la vida era un juego y que no tenían que preocuparse mucho por el futuro porque existía alguien, el Estado de bienestar, que a fin de cuentas se responsabilizaba de su prosperidad. Estos son los “indignados” que hoy vemos en las plazas de Europa Occidental, pidiendo derechos que ya nadie puede darles. Son las grandes víctimas de las promesas vanas del Estado de bienestar y su desilusión es manifiesta, así como también lo es su creciente frustración frente a lo ocurrido. Nacieron bajo el síndrome del “almuerzo gratis” y el progreso asegurado (por otros), y su embotamiento mental les impide hoy comprender cosas tan evidentes como que todo derecho tiene un costo y aún menos que ese costo se llama deber, esfuerzo duro y cotidiano, responsabilidad personal y voluntad innovadora. Por ello buscan chivos expiatorios, como los mercados, el neoliberalismo o, cada vez más, los malos alemanes, personificados por Angela Merkel.6

Ahora bien, para ilustrar más concretamente lo que el desarrollo europeo ha significado en pérdida de capacidad generadora de riqueza bastan dos cifras: 26 y 1. Veintiséis son las empresas que se han creado en California desde el año 1975 en adelante y que están hoy dentro de las 500 mayores del mundo. Por su parte, en toda la zona euro, con más de 300 millones de habitantes, se ha creado apenas una empresa desde el año 75 que esté en esta categoría. Ese es el resultado condensado de estructuras y una cultura que no premia el esfuerzo, que no premia el emprendimiento, que no aplaude el enriquecimiento legítimo y que hace de la defensa del status quo y la redistribución igualitarista su principal afán. Al respecto quisiera recomendar encarecidamente la lectura del notable reportaje publicado en The Economist del 28 de julio de 2012 bajo el significativo título de «Les misérables», que no son otros que los nuevos emprendedores europeos. Su pregunta clave es “¿Por qué Google no fue creada en Alemania?”, tal como solía ocurrir hace un siglo con las empresas líderes a nivel mundial. La respuesta es simple: Europa lo ha impedido con su enjambre de regulaciones y sus altos impuestos así como con su cultura igualitarista que tanto contrasta con la estadounidense y que estigmatiza el éxito económico legítimo y condena socialmente a quienes lo representan.7

Hay muchos ejemplos similares, como el cerca de medio millón de científicos, técnicos y emprendedores europeos de primera línea que han buscado en EE.UU. el lugar donde realizar sus sueños. El artículo citado de The Economist cita los 50.000 alemanes residentes en Silicon Valley o las 500 nuevas iniciativas empresariales de franceses en la Bahía de San Francisco. Este exilio empresarial y creativo de muchos de sus mejores talentos no solo le cuesta a Europa una pérdida significativa de prosperidad (evaluada anteriormente por The Economist en un 0,5% de su PIB al año) sino que en gran medida explica, lisa y llanamente, su lugar cada vez más alejado del liderato mundial. Este es el precio que Europa se autoimpone en aras de la creencia vana de que puede mantener su bienestar impidiendo en vez de fomentando el cambio.

Para poder observar con más precisión como la Europa estatista frustra sus propias posibilidades de desarrollo podemos hacer notar la discrepancia notable que existe entre los altos niveles de innovación, particularmente en los países germano-nórdicos, y su escaso éxito emprendedor en relación a su potencial. Mirando la estadística internacional de familias de patentes triádicas8 vemos que países como Suecia, Finlandia, Dinamarca, Alemania u Holanda aventajan a EE.UU. en patentes registradas per cápita, situándose en niveles muy altos en perspectiva comparativa (véase el Gráfico 4 más adelante). A su vez, Francia o Bélgica no están muy lejos del nivel estadounidense. Esto muestra que existe un potencial innovador que no se realiza en la propia Europa o que, de realizarse, no lleva a éxitos empresariales comparables con los de Estados Unidos o de algunos países asiáticos. Ese diferencial es un índice claro de lo que la Europa del gran Estado, el intervencionismo y la sobrerregulación pierde en razón de una organización institucional cada vez más adversa al cambio y el emprendimiento.

La Europa decadente y la Europa en crisis

Ahora bien, este es un resumen muy breve del panorama general de Europa Occidental, pero existen también, como es hoy evidente, grandes diferencias entre los países que la conforman. Simplificando, vemos una Europa del Norte, con sus componentes germano-nórdicos y anglosajones, que sigue manteniéndose a flote y una Europa del Sur en profunda crisis. Hay muchas maneras posibles de explicar esta diferencia. Se trata de culturas e historias que distan mucho unas de otras, pero en este apartado me limitaré a apuntar dos diferencias de fondo absolutamente decisivas: la base productiva y la calidad de las instituciones. En el apartado siguiente destacaré una tercera diferencia de gran importancia que hace al desarrollo del Estado de bienestar y sus tendencias populistas.

La diferencia en cuanto a la base productiva puede resumirse diciendo que existe una Europa — la germano-nórdica y, en parte, la anglosajona— que participa y puede seguir participando en una especialización internacional marcada por la excelencia productiva, el conocimiento de punta y niveles relativamente altos de innovación. Llamaremos a esta especialización intensiva en conocimiento, para distinguirla tanto de aquella especialización basada en la intensidad del factor trabajo (propia, por ejemplo, de Asia del Sur y del Este) como de aquella intensiva en recursos naturales (bien ejemplificada por América Latina, África y gran parte del Oriente Medio). Por su parte, Europa del Sur ni participa ni tiene posibilidades realistas de llegar a participar en esa especialización intensiva en el conocimiento y la innovación que caracteriza a las naciones del norte europeo. Se trata de economías semidesarrolladas que han llegado, por diversas circunstancias entre las que se cuenta una notable burbuja de endeudamiento, a gozar de niveles de consumo propios de sociedades más avanzadas que hoy se hacen insostenibles al no poseer una base productiva correspondiente. Su éxito se debió, en gran medida, al desplazamiento de capitales, tecnologías y empresas de Europa del Norte hacia un Sur aún competitivo por sus costos laborales y las ventajas que le daba su participación en el mercado común europeo. Basaron por ello su crecimiento en industrias ya maduras tecnológicamente, como la automovilística o la del calzado y confecciones, y en un desarrollo extensivo de los sectores tradicionales y de baja productividad asociados al turismo y la construcción. Hoy, la posibilidad de profundizar o de siquiera defender en el mediano plazo esta inserción en la división internacional del trabajo se hace cada vez más difícil por la aparición de grandes competidores dentro y fuera de Europa combinada con el aumento absolutamente autodestructivo de los costos salariales, las regalías laborales y los niveles impositivos en las naciones del sur de la UE. A ello debe sumársele una carga regulatoria que ha combinado la herencia fascista-corporativista de estos Estados con las nuevas regulaciones propias del Estado de bienestar. Las regulaciones del mercado laboral español son características en este sentido, combinando de manera desastrosa la herencia franquista con la deriva prebendaria del sindicalismo socialista hoy dominante.

Demos algunos ejemplos acerca de las notables diferencias que existen dentro de la EU-15 respecto de su potencial como economías del conocimiento y la innovación. Miremos primero el indicador que resume todos los demás en esta materia: la cantidad per cápita de patentes internacionales relevantes o, como se las llama, familias de patentes triádicas. Esto es lo que se exhibe en el Gráfico 4.

Según estas cifras, en 2009 los alemanes9 registraban 6 veces más patentes per cápita que los italianos, 14 veces más que los españoles, 35 veces más que los portugueses y 70 veces más que los griegos. La comparación con Suecia era aún más chocante: los suecos registraban 8 veces más patentes per cápita que los italianos, 19 veces más que los españoles, 48 veces más que los portugueses y 97 veces más que los griegos. Países como Francia o Reino Unido ocupaban, a su vez, una posición intermedia en este sentido.10

Podemos profundizar en esta materia utilizando otro de los indicadores más relevantes al respecto: la excelencia comparativa de las universidades. Según el QS World University Ranking para 2012-2013 no había ni una sola universidad italiana, española, portuguesa o griega entre las 150 mejores del mundo, cosa única entre los países desarrollados que pone en evidencia la debilidad fundamental de los países del sur europeo para sostener sus abultados niveles de bienestar. Basándonos en otro ranking sobre excelencia académica, el World University Ranking 2011-2012 de Times Higher Education, llegamos al siguiente Gráfico que nos muestra la puntuación total de las universidades de cada país que se cuentan entre las 200 mejores del mundo en relación a la población del país.

Finalmente, si miramos The Global Competitiveness Report 2012-2013 realizado por el Foro Económico Mundial constatamos que la posición de los países del sur de Europa en cuanto a la calidad de su sistema educacional secundario, superior y de formación profesional es la siguiente dentro de un ranking que abarca un total de 144 países: Portugal 61, España 81, Italia 87 y Grecia 115. Se trata de niveles que ubican a los países del sur de la Unión Europea en una posición muy por detrás incluso de muchas economías emergentes.

La segunda diferencia de fondo que quisiera destacar se refiere a las instituciones, aspecto clave de todo desarrollo económico y social sostenible tal como desde hace décadas lo viene señalando la investigación histórico-económica. Aquí encontramos nuevamente a las sociedades del sur de la UE en una situación que guarda poca relación con el resto de la Unión. Esto puede ser constatado mirando diversos rankings internacionales, como el de corrupción percibida de las instituciones públicas realizado anualmente por Transparency International o el ya citado Competitiveness Report donde la medición de la calidad institucional ubica a Portugal en el lugar 46, a España en el 48, a Italia en el 97 y a Grecia en el 111 entre los 144 países estudiados (Suecia ocupa el lugar 6 y Alemania el 16; Chile está en el lugar 28).

Estas deficiencias institucionales alcanzan niveles simplemente escandalosos cuando se refieren al sector público, mostrando el enorme daño potencial agregado que una expansión estatal puede implicar en países donde lo público y lo corrupto muchas veces son vistos como sinónimos. Me limito a dar dos ejemplos del Competitiveness Report. En malversación de fondos públicos, de 144 países Portugal ocupa el lugar 45, España el 53, Italia el 85 y Grecia el 119. En despilfarro de los recursos públicos tenemos los siguientes resultados: España lugar 106, Italia 126, Portugal 133 y Grecia 137. Es decir, mucho más cerca de países como Venezuela (143) y Argentina (136) que de Suecia (lugar 8), Finlandia (9), Holanda (13) u otros países del norte de la UE. Al respecto no está demás indicar que Chile ocupa un notable décimo lugar, resumiendo lo que es, junto a su economía abierta, su ejemplar manejo macroeconómico y sus multifacéticos recursos naturales, su gran ventaja comparativa: su excelente calidad institucional. El Gráfico 6 ilustra esta debilidad institucional mediante una comparación entre España (que en esta materia muestra un desempeño mucho mejor que el de Italia o Grecia) y un país serio europeo, Suecia. Como puntos de comparación se muestran también los resultados de Chile y Argentina.

Estos datos nos muestran con claridad que más allá de las políticas públicas, los aspectos coyunturales o los monetarios existen al menos dos Europas dentro de la UE-15, separadas por un abismo estructural e institucional que es decisivo para entender las enormes disparidades respecto de las perspectivas futuras existentes en el seno de la UE y las inevitables tensiones que ello genera.

Sobre este tema se han venido desarrollando diversas investigaciones, siendo una de las más novedosas la de los españoles Victor Pérez-Díaz y Juan Carlos Rodríguez,11 que trata de medir lo que llaman virtudes cívicas, es decir, las instituciones informales o contexto cultural-valorativo que regula las relaciones sociales, estableciendo diversos niveles de confianza, apertura, tolerancia y otros que facilitan o dificultan la fluidez de las relaciones interhumanas en una sociedad lo que, a su vez, tiene consecuencias decisivas para el desempeño socio-económico. Apoyándome en los diversos índices presentados por los autores señalados he construido el índice de virtudes cívicas que se presenta en el Gráfico 7, mostrando una vez más la significativa diferencia que separa a diversas regiones de Europa Occidental.

La crisis y el populismo del Estado de bienestar

Las diferencias estructurales ya apuntadas no obstan para constatar, como ya se destacó, la existencia de un elemento común en la UE-15: el gran Estado intervencionista y garantizador de una multitud de derechos. Tanto la dinámica como el timing de la crisis europea están directamente asociados al auge y caída del Estado de bienestar. Esto también explica la intensidad de los problemas en los Estados del sur de Europa, que son aquellos que han llegado más recientemente y con un ímpetu desbocado al gran Estado benefactor. Sin embargo, lo que estas sociedades están viviendo no es, en el fondo, más que una repetición, concentrada y dramática, de las situaciones críticas que ya anteriormente habían golpeado a las sociedades del norte europeo que fueron pioneras en cuanto a la expansión de las funciones y el peso del Estado.12

Por ello mismo, las sociedades del norte europeo fueron forzadas a emprender importantes procesos de reforma de sus grandes Estados y de flexibilización de sus estructuras económicas que hoy las hacen relativamente más resistentes a los problemas que afectan al conjunto de Europa Occidental. Esto se hace especialmente notorio al analizar la carga regulatoria gubernamental que afecta a las diversas economías de la EU-15, donde de acuerdo al Competitiveness Report países como Finlandia (6) o Suecia (31) están en la tercera parte de países con menor carga mientras que España (120) o Italia (142) se ubican claramente en la tercera parte con mayor carga regulatoria de las 144 naciones estudiadas, mientras que Alemania (72) se sitúa en una posición intermedia.

Veamos un poco más en detalle este proceso de desarrollo del Estado de bienestar dada su gran importancia para entender la dinámica subyacente a y el timing de la crisis europea. Para ello tomaremos el caso de Suecia, país que aventajó a todos los demás en expansión estatal y que, justamente por ello, se vio abocado hace ya unos veinte años a una seria crisis muy similar en muchos aspectos a la que hoy viven España, Italia o Portugal.

Suecia experimentó, a partir de los años 60, un crecimiento sin precedentes de su sector público. En apenas dos décadas, entre 1960 y 1980, el gasto público se duplicó, pasando del 30% del PIB al 60%. A su vez, el empleo público casi se triplicó y la carga tributaria pasó del 28 al 46% del PIB. El impuesto marginal para las rentas más altas llegó en 1979 al 87%, para estabilizarse en los años 80 en torno al 85%. Al mismo tiempo, aumentaban los subsidios de todo tipo, llegándose a situaciones donde trabajar podía implicar un detrimento económico.13 Este desarrollo tuvo una serie de consecuencias inevitables, particularmente manifestadas en un fuerte deterioro del incentivo a trabajar y al emprendimiento. Sin embargo, lo más sensible de este desarrollo fue la vulnerabilidad creciente de un sistema fiscal que hacía promesas cada vez más generosas a su población basado en aquello que en sueco se llama glädjekalkyl, es decir, “cálculos alegres”, basados en la premisa de que los buenos tiempos y el pleno empleo durarían eternamente. Esto creó una dinámica populista, donde gobernantes y gobernados se dejaban llevar por el sendero de las promesas fáciles, creando una ilusión de seguridad frente a la indefensión o la falta de trabajo que solo podía ser mantenida mientras las situaciones de indefensión o carencia laboral fuesen excepcionales.

Este populismo del Estado de bienestar —que embriaga naturalmente a gobernantes encantados de poder ofrecer siempre más y mejores regalos y a los gobernados que encantados votan por gentes tan ilimitadamente generosas— está en la base de los excesos que llevan a las sociedades que viven bajo los grandes Estados benefactores de la decadencia paulatina a la crisis súbita. Esto pasó primero en Suecia, luego en otras sociedades del norte europeo y ahora está pasando en las del sur der Europa, que han sido las últimas en llegar al ilusionismo del Estado de bienestar y que se lo han creído con un entusiasmo propio del carácter latino-mediterráneo.

En Suecia la ilusión populista se quebró dramáticamente a comienzos de los 90, cuando el pleno empleo, que había durado casi cinco décadas, se transformó en un alto nivel de desempleo. Este cambio fue producto, como acostumbra a ser en estos casos, de una recesión internacional que puso en evidencia las debilidades acumuladas de las viejas industrias suecas de exportación ante la presencia de nuevos competidores. Esto desencadenó un brusco aumento de la cesantía — que pasó del 2 al 12% en tres años— que llevó el gasto público a sobrepasar el 70% del PIB en 1973 mientras la recaudación fiscal caía. Ello puso en evidencia el bluff del Estado de bienestar: sus promesas de seguridad frente a eventuales situaciones de carencia o indefensión no pudieron cumplirse justamente cuando más se necesitaban. La seguridad prometida se esfumó cuando el exceso de gasto dio origen a un insostenible déficit fiscal que llegó a superar el 10% del PIB conduciendo a la caída estrepitosa del viejo y tan afamado “modelo sueco”.

A partir de entonces se abre un notable proceso de reducción del tamaño del Estado, desregulación, cooperación público-privada y privatización que ha transformado a Suecia en la economía de la UE-15 que mejor ha resistido a los problemas actuales. Así, el país que encabezó la marcha hacia la debacle del Estado de bienestar tradicional encabeza hoy el camino hacia su modernización, disminuyendo su tamaño y con ello su vulnerabilidad, rompiendo los monopolios públicos a través de la libertad de empresa y de elección ciudadana, limitando y condicionando los subsidios de todo tipo, y tratando de restablecer, mediante rebajas tributarias, los incentivos al trabajo y al emprendimiento.14

Crisis de alguna manera parecidas, si bien menos severas, a la de Suecia afectaron a Alemania, Dinamarca, Finlandia u Holanda, obligando a estos países a moderar y hacer algo más dinámicos sus grandes Estados así como a alivianar su carga regulatoria (especialmente en lo referente al mercado de trabajo) y tributaria. No fueron en sí mismas reformas de suficiente calado como para poder revertir las tendencias al estancamiento anteriormente señaladas, pero les han permitido a estas sociedades enfrentar la actual situación de crisis en condiciones mucho mejores que las del sur de Europa.

De la euroeuforia a la eurocrisis

La desgracia de los países del sur de Europa es que llegaron al gran Estado benefactor y a la sociedad de los derechos hace no mucho y bajo condiciones que invitaban al desenfreno. En ello, el euro jugó un papel clave ya que generó una apariencia de solidez financiera y seriedad fiscal en sociedades que nunca la habían tenido por sí mismas. Ello se conjugó con un momento de recesión en Alemania que presionó las tasas de interés a la baja y creó excedentes de capital invertibles que se orientaron hacia las periferias del sur (e Irlanda) creando una serie de burbujas —crediticia, inmobiliaria, salarial, migratoria, política y de derechos— que terminó llevando a la bancarrota generalizada que hoy observamos.

De esto se pueden aprender varias lecciones interesantes no solo sobre los peligros del dinero barato o del populismo del Estado de bienestar sino más esencialmente sobre las letales consecuencias del voluntarismo o “constructivismo” político, como diría Hayek. El proyecto del euro fue, de comienzo a fin, un designio político que finalmente se impuso contra toda racionalidad económica y, lo que es peor aún, violando los criterios que los propios creadores del proyecto habían diseñado para que esta creación monetaria pudiese existir duraderamente. Al final, el prestigio de algunos así llamados grandes estadistas, como Kohl, Mitterrand o Chirac, forzaron una unión monetaria que hoy está inquinando la convivencia entre los pueblos de Europa y poniendo en riesgo la existencia misma de la UE. Milton Friedman resumió muy bien este destino contraproducente del euro en un artículo señero de agosto de 1997, titulado The Euro: Monetary Unity To Political Disunity?, que por su clarividencia me permito citar:

“El impulso hacia el euro no ha tenido motivos económicos sino políticos. Su finalidad ha sido atar a Alemania y Francia de una manera tan estrecha que haga una futura guerra europea imposible. Yo creo que la adopción del euro tendrá el efecto opuesto. Exacerbará las tensiones políticas al convertir los shocks divergentes, que fácilmente podrían haber sido manejados mediante ajustes en la tasa de cambio, en materias de desunión política. La unidad política puede pavimentar el camino de una unidad monetaria. La unión monetaria impuesta bajo condiciones desfavorables demostrará ser una barrera para alcanzar la unidad política”.15

De hecho, en mayo de 1998, cuando los países del futuro euro debían demostrar que cumplían las condiciones fijadas por el Pacto de estabilidad y crecimiento, solo un país, Luxemburgo, lo hacía. Hoy en día, el único país que lo hace es Finlandia. Estas condiciones se referían, entre otras cosas, al déficit fiscal (que no debía superar el 3% del PIB) y la deuda pública (no superior al 60% del PIB) así como a la tasa de inflación (con una variación máxima de un par de puntos porcentuales respecto de los países de menor inflación). En buenas cuentas, se trataba de exigencias alemanas y holandesas cuyo propósito era asegurarse de que el euro no se convirtiese en un paragua de confianza que permitiese la irresponsabilidad fiscal que se suponía vendría de las economías del sur europeo. Así sería en el futuro, pero hay que señalar que los primeros que rompieron con la regla del déficit fueron nada menos que Alemania y Francia, países que además impidieron que se aplicasen las penalizaciones consideradas para estos casos. Con ello sentaron un precedente simplemente desastroso para el futuro de la unión monetaria, cuyas reglas no han sido desde entonces más que “papel mojado”, relajándose o incumpliéndose cada vez que han sido puestas a prueba.

Para las sociedades del sur de Europa el euro significó, ya desde mediados de los 90 cuando se definió concretamente su introducción, el poder disponer de dinero abundante y barato, con tasas de interés muy por debajo de las que tradicionalmente debían pagar (11-12% para España, Italia y Portugal y cerca del 20% en el caso de Grecia en 1995) y que en ciertos casos hacían de facto insignificante o incluso negativo el costo real del crédito. Esto desató un espiral de endeudamiento, en especial de las familias, empresas y otros actores privados, que elevó el endeudamiento total a niveles récord. En el caso de España, la deuda total privada y pública pasó de representar un 150% del PIB a mediados de los 90 al 400% en torno a 2010 (siendo una tercera parte deuda externa). Ello posibilitó una expansión sin precedentes del consumo en general y del sector inmobiliario en particular. Lo que conllevó no solo un aumento notable del precio de los inmuebles sino también una caída muy significativa de la tasa de desempleo y un aumento vertiginoso de la inmigración. A su vez, el gasto público y las promesas del Estado de bienestar aumentaron exponencialmente gracias a una recaudación fiscal que crecía rápidamente de año en año. Todo parecía ir de maravillas, pero con credibilidad y dinero ajenos.

Lo más notable del crecimiento así inducido fue su carácter extensivo, es decir, basado en una incorporación de mayores cantidades de factores productivos (capital y trabajo) y no en mejoras de productividad. De hecho, Italia y España registran entre 1995 y 2010 algo tan sorprendente en la historia económica moderna como un crecimiento económico sostenido coincidente con una evolución negativa de la productividad total de los factores. Esto fue acompañado de un alza constante de los salarios y los costos laborales, lo que fue minando la capacidad competitiva de las economías del sur, en particular respecto de la economía alemana donde se había aplicado una vigorosa política de contención salarial y mejoramiento de la eficiencia productiva desde el gobierno del Canciller socialdemócrata Gerhard Schröder (1998-2005). De hecho, según los datos de la OCDE los costos laborales unitarios en Alemania eran inferiores en 2008 al nivel alcanzado en el 2000. Por su parte, entre 1995 y 2007 ese costo se había incrementado un 30% en Italia, un 40% en España, un 42% en Portugal y un 61% en Grecia.

Este desarrollo llevó a una balanza comercial fuertemente deficitaria en los países del sur de Europa a la vez que se producían significativos superávits comerciales en los del norte. En 2007 España tenía un déficit comercial correspondiente al 10% de su PIB, y en Grecia el déficit llegaba a más del 14%. Por su parte, ese mismo año Alemania exhibía un superávit del 7,4% y Suecia del 9,2%.

En suma, todos estaban encantados: españoles, griegos, italianos y portugueses consumían como nunca antes, mientras que, entre otros, alemanes y suecos exportaban como nunca. Todo parecía ir tan bien que la Comisión Europea se permitió decir en mayo de 2008 que “Europa se ha convertido en un oasis de estabilidad macroeconómica”. Y el jefe del Banco Central Europeo (BCE), Jean-Claude Trichet, no pudo contener su entusiasmo el 2 de junio de ese mismo año, en su discurso conmemorando la primera década del BCE, haciendo mofa de los euroescépticos y llamando a celebrar “el éxito extraordinario” de la nueva divisa.16

Sin embargo, a pesar de las palabras eufóricas de los dirigentes europeos el momento de la verdad ya había llegado para el euro. Pronto la zona euro se transformaría en ese hervidero de bancarrotas y conmoción social que ha asombrado y preocupado al mundo entero. Por cierto que la misma construcción del euro, la falta de seriedad para aplicar sus propias reglas, el desarrollo dispar de economías estructuralmente muy diferentes que debían ser regidas por la misma política monetaria y los desequilibrios macroeconómicos ya mencionados han jugado un papel de primera línea en la debacle de la zona euro. Ahora bien, más allá de ello observamos una evolución de la crisis misma que nos obliga a volver una vez más nuestra atención hacia ese gran factor de vulnerabilidad que es el gran Estado benefactor. Lo que definitivamente separa el desarrollo de la crisis europeo-occidental de aquella que con intensidad variable afectó a muchas otras partes del mundo en 2008-2009 es el posterior desencadenamiento de una profunda crisis fiscal, que hoy es el epicentro de los problemas europeos más agudos.

Esta crisis fiscal no es otra cosa que una réplica de lo acontecido en Suecia veinte años antes y sus causas son, en esencia, las mismas. La expansión del Estado y, en especial, de sus promesas transformadas por la retórica populista en “derechos” crean las condiciones del inevitable descalabro de las finanzas públicas en tiempos de recesión económica.17 Los “cálculos alegres” que llevaron al Estado de bienestar sueco a la bancarrota fueron sobrepasados con creces por los Estados del sur europeo, espoleados por políticos aún menos escrupulosos y votantes deseosos de recibir más y más derechos y prebendas. Así se construyeron generosos sistemas de protección social y pensiones que luego se derrumbaron como un castillo de naipes. Así se ampliaron también las nóminas funcionariales y los partidos políticos —de izquierdas o derechas— vieron a sus castas dirigentes dotarse de privilegios realmente exuberantes. El sobrio populismo del Estado de bienestar nórdico fue remplazado por una verdadera rebatiña por los derechos y las prebendas. Y aquí no hubo inocentes: todos jugaron a ser vivos y les fue exactamente como al país de la viveza por definición, Argentina.

La evolución de la crisis nos deja una lección más. El gran Estado pierde toda capacidad de actuar contracíclicamente, de acuerdo a la receta keynesiana clásica, cuando se sobreexpande convirtiéndose en un factor clave de vulnerabilidad económica. Los fuertes déficits que se disparan apenas cambia de signo la coyuntura —especialmente en países con tendencias estructurales a generar altísimas tasas de cesantía, como España— lo obligan rápidamente a seguir una política fiscal restrictiva, algo que hoy se ha transformado en el punto focal de la crisis europea y que genera fuertes reacciones sociales y corporativas. A su vez, cualquier eventual política fiscal expansiva choca con las altas tasas de interés que los mercados exigen hoy a países de bajísima credibilidad crediticia. Actualmente, países como España se debaten en una difícil encrucijada entre el creciente descontento social y la necesidad de combatir el déficit fiscal a fin de no endeudarse más y parar así el aumento dramático del costo de la deuda. De hecho, cerca de una tercera parte del presupuesto del Estado central español —lo que equivale a unos 38 mil millones de euros— se destinará en 2013 a cubrir el costo de su deuda.

Palabras finales: De la unión a la desunión europea

Hoy en día Europa del Sur está viviendo el despertar traumático del sueño del bienestar garantizado por el Estado y con dinero prestado, pero su despertar manifiesta una diferencia fundamental con lo ocurrido anteriormente en Europa del Norte, donde predominó una tendencia a la unidad, a entender que o estamos juntos y trabajamos juntos o nos hundimos juntos. Ese espíritu, lamentablemente, brilla por su ausencia en los países del sur, donde parece que todos luchan por defender sus autoproclamados derechos aunque ello implique la ruina del país. Esta tendencia a la desunión alcanza ribetes extremos en un país como España, donde la amenaza del secesionismo catalán se ha actualizado de una manera que ha trastocado toda la escena política nacional, transformado la crisis económica en una crisis en que está en juego la existencia misma de España.

Pero la desunión no solo es interna. Lo más lamentable del escenario europeo actual es que se está confirmando plenamente la advertencia premonitoria de Milton Friedman: ese gran proyecto de paz y amistad entre los pueblos de Europa que fue la UE está siendo minado por una crisis donde todos culpabilizan a otros y quieren que el vecino pague, donde los del sur quieren que paguen los ricos del norte y los del norte ven a sus socios del sur como desvergonzados derrochadores. Esto es una verdadera tragedia porque se está generando una agresividad entre los europeos que es directamente lo opuesto a lo que se perseguía, y en gran parte se había logrado, con la UE. Sin embargo, esto es un resultado lógico de las grandes ilusiones hoy frustradas que creó el populismo del Estado de bienestar y de haber forzado la Unión más allá de lo que era razonable.

En este contexto, la respuesta de las dirigencias europeas ha sido apostar por lo que se denomina “más Europa”, lo que es un eufemismo para decir más “Bruselas”, más euroburocracia y superestructuras alejadas del sentir de los pueblos de Europa. Si esta deriva se concreta a costa de la soberanía popular y nacional la desunión europea no hará sino potenciarse al profundizarse aquel sentimiento, ya tan extendido, de que todo se decide en un lugar distante y fuera de todo control democrático. De ser así, se abrirían las puertas para nuevos populismos y nacionalismos cada vez más agresivos y xenófobos. De esa manera, Europa volvería a ver renacer sus viejos fantasmas, aquellos que se creía ya bien sepultados en un pasado que parecía más remoto de lo que realmente estaba.

Este es el sabor amargo y tremendamente preocupante que nos deja la saga europea del gran Estado y el voluntarismo político. Ojalá que Europa sepa reaccionar antes de que sea demasiado tarde volviendo a lo básico: la libertad con responsabilidad, el deber que crea los derechos, el individuo y la sociedad civil como protagonistas insustituibles del progreso social duradero, el emprendimiento como soporte del bienestar. A su vez, la Unión Europea solo encontrará su salvación retornando a aquellas cuatro libertades básicas que en su mejor momento definieron a gran parte de Europa Occidental como un ámbito de libertad y movilidad. Para ello, debe desmontar gran parte de las superestructuras políticas y regulatorias que han terminado sofocando al proyecto europeo. El euro también está entre aquello que, con toda probabilidad, deberá desaparecer para que Europa no naufrague, aunque ello cueste un elevadísimo precio inicial. Como dicen los alemanes y los nórdicos, más vale un final de horror que un horror sin final. Así, lamentablemente, están las cosas por la vieja Europa y es de esperar que otros no se embarquen en el camino que la ha llevado a sus males presentes.

Referencias:

1. Esos países son: Rusia, Lituania, Letonia, Estonia, Bielorrusia, Ucrania, Moldavia, Georgia y Armenia.

2. Recuérdese el impulso hacia el este que caracterizó a Alemania desde los tiempos de la Liga Teutónica (siglo XIII) hasta la II Guerra Mundial. La misma orientación marcó los destinos de Suecia desde la colonización de Finlandia (siglo XII) y su notable transformación en el imperio dominante del Báltico en el siglo XVII hasta la derrota contra Rusia y la pérdida de Finlandia a comienzos del siglo XIX.

3. En la fraseología del neoizquierdismo delirante todo se llama, sin embargo, neoliberalismo, incluso los Estados europeo-occidentales, a pesar de que su gasto fiscal llega a o sobrepasa la mitad del PIB. Un ejemplo reciente es el texto de Aldo Ferrer en Le monde diplomatique (noviembre de 2012, edición chilena) titulado «Neoliberalismo, deuda y crisis en la Unión Europea» según el cual “el relato neoliberal y el Estado neoliberal continúan imperando en el antiguo núcleo de la economía mundial”.

4. El concepto, Eurosklerose, fue acuñado por el destacado economista alemán Herbert Giersch. Con el mismo aludía al creciente retardo europeo-occidental causado por las regalías excesivas de su “Estado social”, la sobrerregulación, los mercados de trabajo rígidos y los diferentes “cárteles” que atenazaban la estructura productiva tanto de Alemania como de sus socios de la Comunidad Económica Europea.

5. Como se sabe, los emprendimientos en esta nueva economía se caracterizan por su intensidad en capital humano de alto nivel y por ello se ven severamente penalizados no solo por los altos impuestos progresivos a los réditos del trabajo así como de los costos generales de contratación sino también por una orientación de la política tributaria que tendía, de acuerdo a los intereses de las firmas industriales ya existentes, a facilitar las inversiones y, sobre todo, las reinversiones en capital físico concentrando el peso tributario en aquellas firmas que priorizaban al factor trabajo y en los nuevos emprendimientos.

6. Es notable ver como el tradicional antiamericanismo europeo-occidental se ha transformado en Europa del Sur en “antialemanismo”. El malo de la película ya no es el Tío Sam sino el Tío Hans.

7. El empresario europeo sigue siendo por definición sinónimo del explotador. El estadounidense, por el contrario, es el héroe arquetípico del sueño americano realizado. En el fondo, se trata de dos concepciones del mundo: la socialista y la liberal, la de la igualdad en el estancamiento o la pobreza y la del progreso mediante el riesgo y el éxito personales.

8. Alude al hecho de estar registradas simultáneamente en Estados Unidos, Europa y Japón.

9. Alemania ocupaba el cuarto lugar en el ranking internacional, después de Suiza, Japón y Suecia.

10. Recordemos sí, como ya se indicó, que parte de este potencial innovativo no se realizará en Europa Occidental dadas sus trabas al emprendimiento.

11. V. Pérez-Díaz y J. C. Rodríguez, Cultura moral e innovación en Europa, en Panorama Social 2011, España.

12. Ya en 1985 la carga tributaria igualaba o superaba el 40% del PIB en Europa del Norte, con la única excepción de Alemania con el 37,2%. Por su parte, en ese entonces España, Portugal y Grecia tenían niveles tributarios por debajo del 30% del PIB y en Italia se llegaba solo al 33,6%.

13. Esto se hizo bastante común entre los sectores de rentas más bajas, donde el salario que se podía llegar a obtener no compensaba la reducción o pérdida simultánea de subsidios más los costos asociados al hecho mismo de trabajar (transporte, vestimenta adecuada, comer fuera de casa, etc.). Este fue un claro ejemplo de aquellas trampas de la pobreza creadas por el Estado de bienestar que llevaban a ciertos sectores sociales a preferir no trabajar o hacerlo de manera informal en vez de trabajar legalmente. Esta conducta se extendió mucho entre grupos de inmigrantes con familias numerosas y, por ello, con derecho a niveles de subsidio muy substanciales.

14. Ver M. Rojas, Reinventar el Estado del bienestar – La experiencia de Suecia. Madrid: Gota a Gota 2010.

15. Véase: http://www.project-syndicate.org/commentary/the-euro–monetary-unity-to-political-disunity

16. Citados en J. Norberg, Eurokrash – En tragedi i tre akter. Stocksund: 2012, pp. 63-64.

17. En casos como los de España o Irlanda la expansión estatal no implicó un aumento del peso porcentual del gasto fiscal en relación al PIB, debido al rápido crecimiento de este último. Sin embargo, el aumento del gasto público en estos países durante los cinco años que precedieron al estallido de la crisis —55% en España y 75% en Irlanda— supera al de Portugal (35%) y de Grecia (50%), para no hablar del resto de la UE-15.

El Orden Espontáneo y el Covid-19

Durante todo el año pasado todos nos hemos convertido en médicos. Es natural, porque quienes estamos en contra de la cuarentena obligatoria hemos tenido también la tendencia a tranquilizar a una opinión pública bombardeada por el pánico. Por ende hemos actualizado nuestros conocimientos sobre virus, bacterias, contagios, sistema inmunológico, ADN, ARN, etc.

Pero entretenidos en nuestra nueva profesión, hemos olvidado el punto central.

La tesis del orden espontáneo de Hayek no termina de hacer pie en esta sociedad “construida sobre la base del” constructivismo denunciado por Hayek, similar a la razón instrumental denunciado por la Escuela de Frankfurt. Sin embargo, es algo muy sólido. Es el equivalente, en el orden social, a las teorías de la auto-organización de la materia, esto es Big Bang y Evolución. Si hubo un Big Bang, ¿por qué la tendencia fue a la auto-organización de la materia y no a un caos originario de elementos? Los físicos están aún tratando de responderlo. Lo mismo en ciencias sociales: si el conocimiento humano es limitado, ¿cómo pueden los seres humanos inter-actuar entre sí de modo pacífico? Lamentablemente la respuesta sigue siendo hobbesiana. No pueden. Un dictador, el gobierno (que al parecer no es humano) debe organizar al caos que somos todos los demás dejados en libertad. Por eso el gobierno y sus “políticas”: política monetaria, impositiva, exterior, política educativa, de salubridad, etc. etc. etc. hasta el infinito. Y este síntoma de planificación central se da incluso en los liberales clásicos, que no pueden dejar de concebir a la educación (excepto Albert Loan, Hugo Landolfi y nadie más) como un orden deliberado donde tiene que haber un aula, un profesor, apuntes, notas, etc. Logran advertir el orden espontáneo en economía pero no en educación. Si eso les pasa a los liberales que leyeron a Hayek, imagínense en los demás……………..

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SMP: Galbraith Offers a Poor Defense of MMT

Modern Monetary Theory (MMT), which claims that a country issuing debt denominated in its own currency can finance a large amount of government spending by issuing debt or printing money without worrying much about a debt crisis or high inflation rates, has grown in popularity on the political left in recent years. But it has failed to gain much support in the economics profession. That is largely due, in my view, to problems with the theory. But the poor defense routinely offered by its more prominent advocates also contributes. James K. Galbraith’s recent article serves to illustrate.

“As anyone who has ever been responsible for legislative oversight of central bankers knows,” Galbraith begins, “they do not like to have their authority challenged. Most of all, they will defend their mystique – that magical aura that hovers over their words, shrouding a slushy mix of banality and baloney in a mist of power and jargon.” Their negative reactions to MMT can be dismissed, he implies, as self-serving efforts to maintain control. After all, MMT represents what central bankers fear: a “popular, accessible, and democratic” theory.

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Escuelas públicas: Privatícenlas – por Milton Friedman

Este ensayo fue publicado originalmente el 19 de febrero de 1995 en el Washington Post y fue reproducido en inglés por el Cato Institute con permiso del autor y del Washington Post (Cato Institute Briefing Paper no. 23). También puede leer este documento en formato PDF aquí.


Sumario

Nuestro sistema de educación, primaria y secundaria, necesita de una reestructuración radical. Una reconstrucción así, sólo puede realizarse privatizando la mayor parte del sistema educativo, es decir, permitiendo que la actividad privada, con fines de lucro, desarrolle una amplia variedad de servicios educativos y sea una competencia efectiva a las escuelas públicas. El modo más factible de realizar esta transferencia, del sector público a las empresas privadas, consiste en establecer, en cada estado, un sistema de bonos escolares que permita a los padres escoger las escuelas a las que asisten sus hijos. El bono escolar debe ser universal, disponible para todos los padres y suficiente para cubrir los costos de una educación de alta calidad. No deberían fijarse condiciones anexas a los bonos escolares que interfirieran con la libertad de las empresas privadas para experimentar, explorar e innovar.

Introducción

Nuestro sistema educativo primario y secundario necesita de una reconstrucción radical. Esta necesidad surge como resultado, en primer lugar, de los defectos de nuestro sistema vigente. Pero, además, se ha visto reforzada, en gran medida, por algunas de las consecuencias de las revoluciones, tecnológica y política, ocurridas en las últimas décadas. Estas revoluciones prometen aumentos considerables en la producción mundial, pero también amenazan con serios conflictos sociales a los países desarrollados, debido a la creciente brecha de ingresos entre los altamente calificados (la elite del conocimiento) y la mano de obra no calificada.

Una reconstrucción radical del sistema educativo puede evitar los conflictos sociales mientras que fomenta mejoras en la calidad de vida, posibles gracias a la revolución tecnológica y el crecimiento del mercado global. En mi opinión, una reconstrucción radical sólo se lograría privatizando la mayor parte del sistema educativo —es decir, permitiendo que las empresas privadas con fines de lucro ofrezcan una gran variedad de servicios educativos para que compitan con la educación pública. Semejante reconstrucción no podrá hacerse de la noche a la mañana; inevitablemente, debe ser un proceso gradual.

La manera más factible de realizar una transferencia, gradual pero importante, de la educación pública a las empresas privadas es mediante de un sistema de bonos escolares implementado en cada estado que permita a los padres la libertad de escoger las escuelas a las que asistan sus hijos. Propuse éste sistema de bonos hace 40 años.

En los últimos años se han realizado muchos intentos de adoptar el sistema de bonos escolares. Salvo excepciones menores, nadie ha logrado implementarlo, debido al poder político del establishment educacional, recientemente fortalecido por la Asociación Nacional de Educación y la Federación Americana de Maestros, el grupo de presión más poderoso de los Estados Unidos.

1. El deterioro de la enseñanza

Nuestras escuelas hoy son mucho peores de lo que eran en 1955. En ningún otro aspecto son tan grandes las desventajas de los residentes de los barrios pobres como en la calidad de la educación que pueden obtener para sus hijos. Las razones son, en parte, el deterioro de nuestras ciudades centrales y, también en parte, la creciente centralización de las escuelas públicas —como lo muestra la reducción del número de escuelas de distrito de 55.000 en 1955 a 15.000 en 1992. Con la centralización, ha resultado —como causa y efecto— el incremento del poder de los sindicatos docentes. Cualquiera que sea la razón, el deterioro de la educación primaria y secundaria es un hecho indiscutible.

Con el paso del tiempo, el sistema ha empeorado a medida que se ha venido centralizando. El poder de decisión se ha ido desplazando desde la comunidad local a la escuela, de ésta al distrito escolar, de éste al estado hasta llegar al gobierno federal. Cerca del 90% de nuestros niños ahora van a las denominadas escuelas públicas, que no son nada públicas, sino feudos privados propiedad principalmente de sus administradores y de los dirigentes sindicales.

Todos conocemos los tristes resultados: hay algunas escuelas públicas relativamente buenas que se ubican en los suburbios y en las comunidades de altos ingresos; otras escuelas públicas muy malas, se encuentran en el interior de nuestras ciudades, afectadas por altas tasas de deserción, creciente violencia escolar, bajo rendimiento y desmoralización de maestros y estudiantes.

Estos cambios en nuestro sistema educativo ha mostrado claramente la necesidad de una reforma fundamental. Pero también ha fortalecido los obstáculos para una amplia reforma del sistema, que podría realizarse mediante un efectivo sistema de bonos escolares. Los sindicatos de maestros se han opuesto amargamente a cualquier reforma que disminuya su poder y han adquirido una enorme fuerza, política y financiera, que están dispuestos a utilizar para derrotar cualquier intento de adoptar el sistema de bonos escolares. El último ejemplo de lo que vengo diciendo es la derrota de la Proposición 174, ocurrida en California, en 1993.

2. La nueva revolución industrial

Una reconstrucción radical de nuestro sistema educativo se ha vuelto más urgente debido a las revoluciones gemelas que han ocurrido en las últimas décadas: una revolución tecnológica —el desarrollo, en particular, de medios más eficientes y eficaces de comunicación, transporte y transmisión de datos; y una revolución política que ha ampliado la influencia de la revolución tecnológica.

La caída del muro de Berlín fue el acontecimiento más dramático de la revolución política. Pero no fue, necesariamente, el más importante. Por ejemplo, el comunismo no ha muerto en China y no ha colapsado. Y aún así a comienzos de 1976, el Primer Ministro Deng inició una revolución dentro de China que condujo a que ésta se abra al resto del mundo. De modo semejante, una revolución política tuvo lugar en América Latina, la cual, en el curso de las últimas décadas, ha conducido a un incremento importante en la porción de la población de esa región que vive en países que pueden ser descritos con propiedad más como democracias que como dictaduras militares, y que están luchando por ingresar en los mercados mundiales abiertos.

La revolución tecnológica ha hecho posible que una empresa ubicada en cualquier lugar del mundo pueda emplear recursos ubicados en cualquier sitio, para elaborar un producto en otro lugar y luego venderlo en cualquier otro lugar del planeta. Es imposible decir, “éste auto es estadounidense” o “éste auto es japonés”, y lo mismo sucede con muchos otros productos.

La posibilidad de coordinar el capital y el trabajo, en cualquier parte del mundo, con el capital y el trabajo, de cualquier otro sitio, tuvo efectos dramáticos incluso antes de que la revolución política tuviera lugar. Significó la existencia de una gran oferta de trabajo, relativamente de salarios bajos, para colaborar con el capital de los países desarrollados, capital físico y más importante aún, capital humano —habilidades, conocimientos, técnicas, capacitación.

Antes de que la revolución política sucediera, la vinculación internacional del trabajo, el capital y los conocimientos ya había resultado en una rápida expansión del comercio internacional, en el crecimiento de las empresas multinacionales y en un grado, inconcebible hasta ese momento, de prosperidad en los países otrora subdesarrollados de Asia del Este, conocidos como los “Cuatro Tigres”. Chile fue el primero en beneficiarse de estos desarrollos en América Latina, pero su ejemplo pronto se extendió a México, Argentina y otros países de la región. En Asia, el último en embarcarse en un programa de reformas de mercado ha sido India.

La revolución política reforzó considerablemente a la revolución tecnológica de dos maneras. Primero, aumentó grandemente la masa de mano de obra de salarios bajos —aunque no necesariamente de baja calificación— que podría ser empleada para coordinarse con el trabajo y el capital de los países avanzados. La caída del “telón de acero” agregó, tal vez, a 500 millones de personas; y China liberó, al menos parcialmente, a cerca de 1000 millones de personas que luego podían ser involucradas en actos capitalistas con personas de cualquier otro lugar del mundo.

Segundo, la revolución política desacreditó la idea de la planificación centralizada. Condujo, en todas partes, a una mayor confianza en los mecanismos de mercado que en el control gubernamental centralizado. Y aquello fomentó el comercio internacional y la cooperación entre las naciones.

Estas dos revoluciones ofrecen la oportunidad de una importante revolución industrial —comparable a la ocurrida hace 200 años, también esparcida mediante los desarrollos tecnológicos y el libre comercio. En aquellos 200 años, el producto mundial creció más que en los 2000 anteriores. Ésta meta podría superarse en las próximas dos centurias si los habitantes del mundo obtienen plenos beneficios de las nuevas oportunidades.

3. Diferencias salariales

Las revoluciones gemelas han producido salarios más altos para los trabajadores y mejores ingresos para casi todas las clases sociales en los países subdesarrollados. El efecto ha sido un poco distinto en los países desarrollados. La fortalecida relación entre el trabajo de bajo costo y el capital ha elevado los salarios de los trabajadores de alta calificación y las ganancias sobre el capital físico, pero ha presionado a la baja a los salarios de los trabajadores de baja calificación. El resultado ha sido un notable ensanchamiento de las diferencias salariales entre los trabajadores de alta y los de baja calificación, tanto en los Estados Unidos como en otros países desarrollados.

Si el ensanchamiento de las diferencias salariales prosigue de manera descontrolada, hay riesgo de que resulte en un problema social de grandes proporciones en nuestro país. No estaremos dispuestos a ver un sector de nuestra población descender un nivel de vida del Tercer Mundo, mientras que otro sector de nuestra población se vuelve cada vez más rico. Semejante estratificación, es una receta para el desastre social. La presión para evitarlo, mediante el proteccionismo y otras medidas semejantes, será irresistible.

4. Educación

Hasta ahora, nuestro sistema educativo ha incrementado la tendencia hacia la estratificación social. Y ello a pesar de que es la única fuerza visible con capacidad de mitigar esa tendencia. La inteligencia innata juega, sin lugar a dudas, un papel importante en determinar las oportunidades de cada individuo . Sin embargo, no es la única característica humana de importancia, como lo demuestran numerosos ejemplos. Lamentablemente, nuestro sistema educativo actual contribuye muy poco a que los individuos, cualquiera que sea su coeficiente intelectual, hagan el mejor uso de sus características. Y ello a pesar de ser el camino para revertir las tendencias hacia una mayor estratificación. Un sistema educativo de mejor calidad podría hacer más que cualquier otra cosa para reducir el daño que produciría a nuestra estabilidad social una amplia y permanente clase de gente muy pobre.

Existe un enorme espacio para la mejora de nuestro sistema educativo. Difícilmente exista otra actividad técnicamente más atrasada en los Estados Unidos. Enseñamos a los niños, esencialmente, de la misma forma en que lo hacíamos hace 200 años: un maestro frente a un grupo de niños, encerrados en un salón. La disponibilidad de computadoras ha cambiado la situación, pero no de modo fundamental. Las computadoras adquiridas por las escuelas públicas no se emplean de manera creativa ni innovadora.

Creo que la única forma de hacer una mejora importante en nuestro sistema educativo es través de la privatización, hasta el punto en que una porción substancial de los servicios educativos sea suministrada por empresas privadas. No hay otra forma de debilitar o de destruir considerablemente el poder del establishment educacional —una precondición necesaria para mejorar radicalmente nuestro sistema educativo. Y sólo las empresas privadas de educación podrán introducir una competencia que obligue a las escuelas públicas a mejorar, con el fin de mantener su clientela.

Nadie puede predecir la dirección que tomará un verdadero sistema educativo de libre mercado. Por las experiencias en otras actividades, sabemos cuán creativas pueden ser las empresas privadas bajo un sistema de libre competencia, qué variedad de productos y servicios pueden ofrecer, cuán aptas se muestran para satisfacer a los clientes —es lo que necesitamos en las escuelas, hoy. Sabemos de qué manera la industria de telecomunicaciones se ha revolucionado mediante la apertura a la libre competencia; cómo el fax ha comenzado a socavar el monopolio del correo de primera clase; de qué forma UPS, Federal Express y muchas otras empresas privadas han transformado la entrega de paquetes y de correspondencia y, en un nivel estrictamente privado, cómo la competencia de autos japoneses ha transformado a la industria automotriz nacional.

La educación privada a la que asiste un 10 % de los niños consiste de unas pocas escuelas de exclusivas que educan a un alto costo a una pequeña porción de la población, mientras que las escuelas parroquiales sin fines de lucro compiten con la educación pública, a bajos costos, gracias a la dedicación de sus maestros y a los subsidios de las instituciones que las patrocinan. Estas escuelas privadas proveen una mejor educación, para una pequeña porción de los niños, pero no están en condiciones de hacer cambios innovadores. Para ello, necesitamos la participación de un sistema de empresas privadas más amplio y vigoroso.

El problema es cómo llegar de aquí a allá. Los bonos escolares no son un fin en sí mismos; son los medios para una transición desde un sistema público a un sistema de mercado. El deterioro del sistema educativo y la estratificación creada por la nueva revolución industrial han hecho más urgente e importante la privatización del sistema de lo que era 40 años atrás.

Los bonos escolares pueden promover una rápida privatización sólo si son aptos para crear una gran demanda de colegios privados, lo suficiente para constituir un incentivo real para que los empresarios ingresen a esta industria. Para ello es necesario, en primer lugar, que el bono escolar sea universal, disponible para todos los que pueden enviar a sus hijos a escuelas públicas; y, en segundo lugar, que si el bono tiene un valor nominal inferior al costo por alumno de la educación pública, sea suficiente para cubrir el costo de una empresa educacional privada, con fines de lucro, que suministre una educación de alta calidad. Si esto se lograra, habría un número significativo de familias dispuestas a gastar algo más de sus ingresos para que sus hijos obtengan una educación de mayor calidad aun. Como sucede en todos los casos, el producto «de lujo» pronto se difunde, convirtiéndose en un producto básico.

Para implementar este modelo, es esencial que no se impongan condiciones para la aceptación de los bonos escolares que interfieran con la libertad de las empresas privadas de experimentar, explorar e innovar. Si el modelo se lleva a cabo, todos —excepto un reducido grupo de intereses particulares- ganarán: los padres, los estudiantes, los buenos docentes, los contribuyentes —para quienes bajará el costo del sistema educativo— y especialmente los residentes de las ciudades centrales, que tendrán una alternativa real a las miserables escuelas urbanas a las que tantos de sus hijos están hoy forzados a asistir.

Los empresarios están muy interesados en expandir la cantidad de potenciales empleados bien educados, y en conservar una sociedad libre con apertura comercial y mercados en expansión en todo el mundo. Ambos objetivos serían promovidos mediante un adecuado sistema de bonos escolares.

Por último, al igual que en las demás áreas en las que ha habido un amplio programa privatizador, la privatización de las escuelas producirá una nueva, activa y beneficiosa actividad, lo que creará oportunidades reales para mucha gente de talento que ahora se ve disuadida de ingresar en la profesión docente, debido al espantoso estado de muchas de nuestras escuelas.

Éste no es un asunto que le corresponde al Estado federal. La educación es, y debe seguir siendo, una responsabilidad principalmente de las comunidades locales. El apoyo a la libertad de escoger entre las escuelas ha crecido con rapidez y no podrá ser contenido por los intereses particulares de los sindicatos de docentes y de la burocracia educativa. Pienso que estamos al borde de un adelanto en un estado u otro que se propagará como un incendio por el resto del país en cuanto demuestre su eficacia.

Para lograr que la mayoría de la población apoye un sistema de bonos escolares, debemos estructurar nuestra propuesta de tal modo que: (1) sea tan simple y honesta que pueda ser comprendida por el votante; y que (2) garantice que la propuesta no incrementará la carga impositiva sino que reducirá el gasto público en educación. Un grupo de nosotros en California ha realizado una propuesta que reúne ambas condiciones. Las posibilidades reales de obtener suficiente respaldo a esta propuesta en 1996 son luminosas.

Hayek’s «The Road to Serfdom» – Lawrence H. White

Lawrence H. White is Professor of Economics at George Mason University.

Ludwig von Mises (1881–1973) and Friedrich A. Hayek (1899–1992) were leading founders of the Austrian School of economics, and are counted among the twentieth century’s foremost champions of free markets and critics of socialism.

This second CCA of the 2016-2017 academic year will consider the history and principles of the Austrian School, as well as Mises’ and Hayek’s major works and continuing influence.

Watch more from CCA II: Mises, Hayek, and the Austrian School at https://www.hillsdale.edu/live/2016-2…

Hillsdale College website: http://www.hillsdale.edu/

Hong Kong – por Peter Bauer

Peter Bauer (1915-2002) fue profesor emérito de economía en la London School of Economics and Political Science y académico de la British Academy y del Gonville and Caius College, Cambridge. Este documento apareció en el libro From Subsistence to Exchange and Other Essays (Princeton, 2000). También puede leer este documento en formato PDF aquí.

Este documento apareció en el libro From Subsistence to Exchange and Other Essays (Princeton, 2000). También puede leer este documento en formato PDF aquí.

¿Cómo evaluaría usted los prospectos económicos de un país asiático que tiene muy poca tierra (y encima aquella consiste solamente de puros montes erosionados) y el cuál es realmente el país más densamente poblado del mundo; el cuál tiene una población que ha crecido rápido, tanto por medio del aumento natural como por la inmigración a gran escala; el cual importa todo su petróleo y todos sus materiales crudos y aún mucha de su agua; el cual tiene un gobierno que no está involucrado en la planificación del desarrollo y el cual no ejerce control alguno por sobre los tipos de cambio ni restringe las exportaciones e importaciones de capitales; y el cual es la única colonia occidental de importancia alguna?1 Usted pensaría que este país debe estar condenado, a menos que éste reciba grandes donaciones externas. O dicho de otra forma usted tendría que creer esto, si usted creyese lo que los políticos de todos los partidos, la ONU y sus organizaciones afiliadas, los economistas prominentes, y lo que la prensa de calidad dicen acerca de los países menos desarrollados. ¿Acaso no ha sido el círculo vicioso de la pobreza, la idea de que la pobreza se auto-perpetua, un principio fundamental de la economía de desarrollo desde la Segunda Guerra Mundial, y acaso no ha sido respaldada explícitamente por los Premios Nóbel Gunnar Myrdal y Paul Samuelson? ¿Acaso los economistas de desarrollo del Instituto Tecnológico de Massachussets no han dicho categóricamente sobre los países menos desarrollados que

La escasez general relativa a la población de casi todos los recursos crea un círculo vicioso de pobreza que se auto-perpetúa. El capital adicional es necesario para aumentar la producción, pero la pobreza en sí hace que sea imposible poder llevar a cabo el ahorro y la inversión requeridos para una reducción voluntaria en el consumo.2

¿Acaso no ha insistido Gunnar Myrdal que “debe haber algo malo con un país subdesarrollado que no tiene dificultades de tipo de cambio extranjero”? ¿Acaso no dijo también que todos los expertos en desarrollo estaban de acuerdo con que la planificación comprensiva era la primera condición para el progreso económico, y, de hecho no ha sido esta la opinión de muchos economistas de desarrollo prominentes en las décadas más recientes? De nuevo, ¿Acaso no dijo el celebrado Reporte Pearson, comisionado por el Banco Mundial, que “ningún otro fenómeno presenta prospectos más oscuros para el desarrollo internacional que el asombroso crecimiento de la población”? Y, finalmente, ¿Acaso no incluyó la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo en su Principio General Catorce que “la liquidación de los restos del colonialismo en todas sus formas es una condición necesaria para el desarrollo”?

Por lo tanto, de acuerdo a la visión enfática de muchas de las figuras respetadas en este campo, y de los representantes de la llamada opinión mundial, hasta una media docena de características con las cuales yo comencé deberían asegurar una pobreza persistente.

Pero si en vez de seguir la moda, usted piensa por sí mismo y forma su opinión en base a la evidencia, entonces usted sabrá que Hong Kong, el país en cuestión, ha progresado fenomenalmente desde los 1940s, cuando era todavía muy pobre, y que se ha convertido en tal competidor formidable que los países occidentales erigen barreras comerciales en contra de aquel país distante. Si usted analizaría más a fondo, usted sabría que los ingresos y los salarios reales han subido rápidamente en Hong Kong en las recientes décadas. E incidentalmente Hong Kong es sólo un caso extremo de un fenómeno más general porque algo similar aunque con un progreso material menos pronunciado ha ocurrido en algunos países o regiones—Corea del Sur, Taiwán, Singapur entre ellos—cuando de acuerdo a los expertos esto debería haber sido imposible.

Si usted hubiese sospechado todo este tiempo que la opinión establecida sobre estas cuestiones era perceptiblemente infundada, usted disfrutaría de una corta pero instructiva monografía, Hong Kong: Un estudio en la libertad económica (University of Chicago Press) escrito por el Dr. Alvin Rabushka. Rabushka, un politólogo convertido en economista, conoce a Hong Kong bien, y su esposa es china. El tiene una mente incisiva. El escribe de forma clara, con confidencia, y de hecho con entusiasmo. Sus puntos principales no son difíciles, aunque se necesita de una mente firme y de un poco de coraje para presentarlos de tal manera tan concisa y vigorosa.

Rabushka analiza los procesos y métodos por los cuales en menos de 140 años, unas cuantas rocas vacías y estériles se convirtieron en un gran centro industrial de comercio y finanzas con cerca de cinco millones de personas. Él le atribuye esta historia de éxito económico a las aptitudes de las personas y a la adherencia a las políticas públicas adecuadas. La empresa, el trabajo duro, la habilidad de detectar y utilizar las oportunidades económicas, son extensas en una población que es china en un 98 por ciento, que está concentrada determinadamente en ganar dinero día y noche. Muchos son inmigrantes que trajeron habilidades y empresa más que nada de China, especialmente de Shanghai, el olvidado lugar de habilidad y empresa ubicado en el centro de China. Las políticas enfatizadas por Rabushka son el conservadurismo fiscal; los impuestos bajos; el cobro de precios de mercado por ciertos servicios gubernamentales; la política liberal de inmigración, al menos hasta hace poco; el libre comercio en ambas direcciones; el movimiento sin restricciones del capital entrando y saliendo del país; la participación mínima del gobierno en la vida comercial, incluyendo la resistencia a conceder privilegios a los intereses seccionales. No hay incentivos especiales o barreras a la inversión extranjera, no hay insistencia en la participación local de las empresas extranjeras. Tampoco hay feriados de impuestos o cualquier otras concesiones especiales para la inversión extranjera, pero de igual manera no hay restricciones por sobre el retiro de capital o sobre la remisión de ganancias. Estas políticas liberales, notablemente la libertad para retirar el capital, fueron diseñadas para fomentar el flujo entrante del capital y la empresa productiva, lo cual de hecho lo lograron.

La falta de recursos naturales junto con el dominio colonial promovieron tanto la no intervención económica oficial como el conservadurismo fiscal. La ausencia de los recursos naturales ha promovido una economía abierta con un gran volumen de exportaciones para pagar las importaciones necesarias. Tal economía requiere de un amplio rango de exportaciones competitivas y también de mercados domésticos competitivos. La asistencia gubernamental a particulares actividades económicas desvía los recursos hacia usos menos productivos y socava la posición competitiva internacional de la economía. Además, en una economía tan abierta como Hong Kong, los resultados despilfarradores de tales subsidios se vuelven evidentes más pronto que en otros lugares. Por lo tanto la misma ausencia de los recursos naturales ha asistido al progreso material al desalentar políticas públicas despilfarradoras. Es mucho más probable que las políticas públicas inapropiadas inhiban el avance económico a que lo haga una falta de recursos físicos. Los déficits presupuestarios sostenidos financiados por una creación de crédito también tienden a resultar en gastos malversados, entonces la pobreza de recursos desalienta la financiación de déficits. En el sistema de contabilidad tradicional inglés, las colonias no podían operar con déficits presupuestarios por mucho tiempo, y esta tradición fue continuada luego de que se obtuvo la autonomía fiscal en 1958, en parte por las razones que acabo de señalar. La ausencia de las promesas electorales, junto con una economía abierta y un gobierno limitado, han reducido los premios de la actividad política y por ende el interés en organizar grupos de presión. Todo esto promovió el conservadurismo fiscal—esto es, los impuestos bajos, los presupuestos balanceados, y el cobro de precios de mercados por servicios públicos específicos. El deseo de atraer el capital extranjero, la visión empresarial de una comunidad tradicional de comercio, y la preocupación general de ganar dinero también contribuyeron a este fin.

Las políticas oficiales y las aptitudes y los hábitos de la población han resultado en una economía capaz de ajustes rápidos. Esta adaptabilidad le ha permitido a Hong Kong sobrevivir y aún prosperar a pesar de numerosas restricciones en contra de sus exportaciones, muchas veces impuestas o aumentadas con poco tiempo de aviso.

Por razones sociales, el principio de cobrar precios de mercado por servicios gubernamentales específicos ha estado sujeto a excepciones mayores por algún tiempo. La provisión a gran escala de viviendas subsidiadas para los pobres y la racionalización del agua al cortar la oferta de ella durante algunos periodos, en vez de cobrar precios más altos a cambio de una oferta continua, son las dos excepciones más importantes. Fueron introducidas luego de mucho debate emocional y con las condiciones sociales locales en la mira. Los subsidios son además en gran parte circunscritos a los verdaderamente pobres. A parte de estos subsidios directos, hay subsidios en efectivo sustanciales para asegurarles a los pobres un ingreso mínimo, y también hay varias subvenciones para los deshabilitados y los enfermos. La educación primaria comprensiva y obligatoria, de hecho es como en su nombre lo dice, y los extensos servicios de salud pública, han operado por muchos años.

En los últimos años Hong Kong ha llegado a ser presionada tanto por el gobierno inglés como por varias organizaciones internacionales para que se dirija hacia un tal llamado completo estado de bienestar, junto con privilegios para los sindicatos, con los servicios sociales comprensivos, con la legislación laboral de gran envergadura, y con los impuestos re-distributivos. Rabushka correctamente indica que estas presiones extranjeras reflejan simplemente un deseo de servir varios intereses occidentales, como por ejemplo el de reducir la competitividad de Hong Kong al inflar los costos allá. Rabushka también se refiere al disgusto o hasta al resentimiento engendrado por los defensores de las economías controladas por el estado hacia la mejora rápida de los criterios generales en Hong Kong como también en otras economías con orientación de mercado. Estas presiones externas puede que todavía apoyen de nuevo dentro de Hong Kong a ambiciosos administradores, intelectuales descontentos, y políticos ambiciosos, todos esperando tener un mayor espacio en una sociedad más politizada. El gobernador Sir Murria McLehose también está más preocupado con la opinión externa que con la de sus predecesores. Rabushka cree, yo pienso que correctamente, que la expiración en 1997 de la concesión de gran parte del terreno de Hong Kong, o la posible acción hostil por parte de la República Popular China, son una amenaza menos grave para el futuro de Hong Kong que las barreras comerciales en el occidente y las presiones occidentales para la introducción de más legislación laboral, un estado de bienestar comprehensivo, y otras políticas públicas que inflan los costos y reducen la adaptabilidad.

La admiración sinvergüenza de Rabushka por Hong Kong y por su economía de mercado compenetra el libro.

¿Acaso me atrevo a revelar mi mal gusto al decir que el ruido y el ritmo apresurado económico de Hong Kong me parecen más interesantes, divertidos, y liberadores que su falta de la opera, la música, y el drama refinado? El oriente en verdad se ha topado con el occidente en la economía de mercado. Los chinos y los europeos en Hong Kong no tienen tiempo para los altercados raciales, los cuales solo interferirían con la posibilidad de ganar dinero. Este prospecto de ganancia individual en el mercado hacen de la actividad colectiva para la ganancia política algo innecesario—la economía de mercado es realmente daltoniana. (p. 85)

Hay algo de simplificación en exceso aquí. Por ejemplo, la búsqueda de ganancias puede muy fácilmente ir de la mano con los conflictos raciales en las economías controladas por el estado. El factor crucial no es el hecho de que se pueda ganar dinero como tal sino el gobierno limitado. Es, sin embargo, claro que una sociedad tal como Hong Kong ofrece poco espacio para los literatos ambiciosos, que muchas veces se vuelven amargados o peor aún hostiles. Hasta hace poco y en cualquier nivel, la filosofía económica del gobierno ofrecía pocas oportunidades de empleo para los sociólogos, especialmente para los economistas. Antes de 1973, los estimados del ingreso nacional no habían sido publicados. Esto de ninguna manera inhibió el espectacular crecimiento de ingresos y de calidad de vida. Pero redujo las oportunidades de empleo para los economistas, los expertos en estadística, y los servidores civiles y por ende los bachilleres de las universidades, lo cual de nuevo incitó hostilidad por parte de los literatos tanto en casa como en el extranjero.

Aparte de los principales puntos, hay mucho detalle más informativo e inesperado en este libro. Por ejemplo, quién hubiera pensado que en 1843 el secretario para asuntos exteriores de Gran Bretaña insistió que si como resultado de la creación de un puerto de mercado libre “muchas personas eran atraídas a Hong Kong, entonces el gobierno H.M. se sentiría justificado en asegurarle a la Reina los valores aumentados que la tierra entonces tendría”.

El rol decisivo en la vida económica de las aptitudes y motivaciones personales, las costumbres sociales, y los arreglos políticos apropiados es la lección sobresaliente de Hong Kong. El acceso a los mercados también es importante, pero menos fundamental. Otros países también han tenido acceso a los mercados y provisiones extranjeras, sin haber producido tal historia de éxito económico. Los recursos físicos o financieros son mucho menos importantes; o aún insignificantes, comparados con los factores personales y sociales y con los arreglos políticos apropiados, especialmente con el gobierno firme pero limitado.

La noción de que el ingreso bajo inicia un círculo vicioso de pobreza y estancamiento confunde la pobreza con sus causas. Tener dinero es el resultado de un logro económico, no su precondición. La utilización de los recursos naturales depende enteramente de otros factores que acaban de ser señalados. En ciertas condiciones de mercado o situaciones políticas, la posesión o adquisición de recursos naturales puede traer ganancias inesperadas; nótese el oro y la plata de los estadounidenses en el siglo dieciséis y las operaciones de OPEC en el siglo veinte. Pero hasta ahora en cualquier circunstancia, aquellas ganancias inesperadas no han resultado en el progreso económico duradero, mucho menos en el avance sostenido y espectacular como el de Hong Kong. Tampoco es el éxito económico sin recursos naturales algo nuevo, es tan evidente como por ejemplo en Venecia, los Países Bajos, Suiza, y Japón. Recíprocamente, el retraso en medio de abundantes recursos naturales es evidente tanto en los indios americanos como en el actual Tercer Mundo, dónde muchos millones de personas extremadamente pobres viven en medio de tierra cultivable ilimitada. Hace más de 100 años atrás Tocqueville escribió,

Observando el vuelco dado al espíritu humano en Inglaterra por la vida política; viendo que el inglés, seguro del apoyo de sus propias leyes, confiando en si mismo e inconsciente de obstáculo alguno excepto el límite de sus propios poderes, actuando sin restricción. . . Yo no estoy en apuro alguno de averiguar si la naturaleza ha puesto un puerto para él, y le ha dado carbón y hierro. La razón para su prosperidad comercial no está ahí para nada: está en sí mismo.3

Hong Kong muestra que el aumento en la población no es un obstáculo para el crecimiento, que las personas motivadas de manera adecuada son bienes más no deudas, son agentes del progreso como también sus beneficiarios. Muestra también como el desempeño económico le debe poco a la educación formal. En Hong Kong como en otras partes del oriente lejano, el desempeño económico o el éxito de cientos de miles o hasta millones de personas ha resultado no de la educación formal, pero de la industria, la empresa, la frugalidad, y de la habilidad de usar la oportunidad económica. Eso está incomodando a los educadores profesionales, a quienes las gusta mercadear sus mercancías como necesarias para el logro económico.

Otras lecciones de Hong Kong son, nuevamente, discernibles en otras partes pero sobresalen de manera clara especialmente ahí. Hong Kong es aún otra refutación más evidente de los principios de la literatura de desarrollo dominante y popular, los cuales he mencionado antes, tales como la creencia de que la pobreza se auto-perpetúa; que las dificultades en la balanza de pagos son inevitables en el camino desde la pobreza hacia el avance económico; que la planificación comprensiva y la ayuda externa son indispensables o aún suficientes para el progreso económico. Aún así estas fábulas son propagadas por el resto del occidente por las organizaciones internacionales, por las agencias de ayuda externa, y por los académicos financiados por los contribuyentes y por las grandes fundaciones. De hecho los propagadores de estos mitos están a cargo de recursos casi ilimitados lo cual hace que sea más difícil exponer sus fábulas. La experiencia de Hong Kong ofende la opinión respetable de otras maneras también. Muestra que los equipos de planificación y los grupos para consejo son innecesarios para el desarrollo; y por contraste con la experiencia de otros países, gruñendo bajo las políticas respaldadas por las Naciones Unidas y por los consejeros académicos aceptados, muestra que sus actividades es probable que sean perjudiciales. Hong Kong ha triunfado de manera imperdonable desafiando la mejor opinión profesional.

Hong Kong no es popular con los grupos de ayuda externa y ni con las caridades politizadas. Estos grupos son hostiles a las personas que pueden dispensar de sus ministerios. Por ende la mala prensa que Hong Kong tiene en el occidente y la hostilidad que recibe de los grandes y de los buenos. El logro es ignorado o aminorado, y las limitaciones, sean reales o ficticias, evitables o inevitables, son destacadas de manera prominente. La sobrepoblación y la labor de niños son ejemplos. En todas estas cuestiones Hong Kong se compara de manera favorable con el resto de Asia. Por ejemplo, los salarios reales son los más altos en Asia, después de Japón. Pero si un gobierno trata de conducir una economía socialista, o en cualquier grado a una que sea en gran parte controlada por el estado, los políticos occidentales, los escritores, los académicos, y los periodistas son aptos para presentar el infortunio y aún el sufrimiento de ahí como algo inevitable o hasta lo felicitan por sus esfuerzos laudables por promover el progreso. Pero si el gobierno depende de una economía de mercado, entonces cualquier desviación de las normas arbitrarias e inspiradas en el occidente es vista como un defecto o hasta como un crimen. Y si además tal país es exitoso y también deja de usar la ayuda externa oficial y la caridad politizada, la conducta del gobierno o hasta de la población será vista como inaceptable.

De acuerdo al Principio General Catorce de UNCTAD, el status colonial es incompatible con el progreso material. Esto fue formalmente anunciado en 1964, años después de que Hong Kong había estado progresando rápidamente y cuando las incursiones de los productos de Hong Kong en los mercados occidentales causaron tanta vergüenza. Sin importar lo que uno piense del colonialismo occidental, el Principio General Catorce de UNCTAD es una falsedad auto-evidente. Esto es claro no solo en Hong Kong pero también debido al avance a gran escala de muchas colonias occidentales, incluyendo a Malasia, Nigeria, la Costa de Oro, la Costa de Marfil, y a Singapur. Aún así esta patente falsedad fue anunciada solemnemente en una conferencia internacional muy importante que fue en gran parte financiada por el occidente.

Otra implicación de la experiencia de Hong Kong también alborota el clima político e intelectual. Que un país sea una colonia o un estado soberano e independiente no tiene nada que ver con la libertad personal que ahí pueda haber. Los estados africanos recientemente independientes muchas veces son denominados libres, queriendo decir que sus gobiernos son soberanos. Pero las personas ahí no son nada libres, menos libres de lo que eran bajo el reinado colonial. Ellos son seguramente mucho menos libres que las personas en Hong Kong. Hong Kong es una dictadura, en la que las personas no tienen un voto. Pero en sus vidas personales, especialmente en su vida económica, ellos son más libres que la mayoría de las personas en el occidente. Hong Kong debería recordarnos que en el mundo moderno un gobierno no elegido puede ser más limitado que uno elegido y que, para la mayoría de las personas ordinarias, es en cierta forma más importante si el gobierno es limitado o ilimitado que si el gobierno es elegido o no elegido.

Referencias

1 En 1997 Gran Bretaña entregó Hong Kong a China.

2 Estudio presentado por el Center for Internacional Studies of the Massachussets Institute of Technology al Comité del Senado investigando el funcionamiento de la Ayuda Externa (Washington, DC.: Oficina de Impresión del Gobierno, 1957), p. 37.

3 Alexis de Tocqueville, Journeys to England and Ireland, (1833), ed. J.P. Mayer (London: Faber and Faber, 1958).

Pensamiento lateral – por Alberto Benegas Lynch (h)

Uno de los problemas más graves de la mente consiste en acostumbrarse a pensar como si lo que viene ocurriendo debe ser siempre de ese modo. El cuestionamiento de lo que existe y la capacidad de preguntarse como sería de otra manera desafortunadamente no es habitual en ámbitos educativos. Los interrogantes de cómo, donde y equivalentes son relevantes pero la pregunta que más despeja telarañas mentales es el ¿por qué no?

Esto viene al caso pues a veces se está empantanado en enormes gastos estatales sin salir del atolladero por la incapacidad de imaginar procesos en los que los privados encararían mejor aquellas faenas y con incentivos naturales más potentes. En estos momentos estoy escribiendo un nuevo libro que precisamente se titula Vacas sagradas en la mira que publicará durante el corriente año la corresponsal en Buenos Aires de Unión Editorial de Madrid donde intento explorar pensamientos laterales.

¿Qué es eso de pensamiento lateral? Pues radica en un mecanismo intelectual elaborado principalmente por Edward de Bono, egresado en medicina y psicología de Oxford y Cambridge. Desde 1967 de Bono viene explicando en sus libros que la clave de ese pensamiento reside en mirar la información disponible desde costados distintos a los habituales. Sugiere complementar la lógica vertical por el pensamiento lateral. Sostiene que nada se gana con escarbar más profundo en el mismo pozo si  la solución al problema se encuentra en la exploración de otro pozo en un lugar diferente. Aconseja siempre estar atento a la visión de la innovación y así romper con los patrones rutinarios y abrir la mente a nuevas posibilidades por más que en un primer momento puedan parecer disparatadas.

Recuerda que pensar profundo en la misma dirección nunca puede cambiar la dirección del pensamiento. Recomienda ejercitarse en formas alternativas de plantear el problema bajo estudio. Insiste en la gimnasia del pensamiento provocativo y estimular las miradas de modo distinto a las habituales. Concluye que sin creatividad no existe el progreso, todo avance en cualquier área surge como consecuencia de una visión distinta y original.

Incluso extiende su análisis a la necesaria felicidad mostrando que se apunta en esa senda cuando cada cual honra a su propia personalidad cultivando el pensamiento creativo y así alimentando su propio yo, a diferencia de la entrega suicida a los que representan al peligroso y devastador mesianismo y la adhesión a la opinión mayoritaria. Es como se lamentaba Carlo Acutis: “todos nacen originales pero muchos mueren fotocopias”.

Una de las premisas fundamentales en el proceso educativo consiste en enseñar a pensar lo cual requiere trasmitir la necesidad del espíritu crítico, en no dar nada por sentado e indagar todo, masticarlo, digerirlo y luego arribar a las propias conclusiones a sabiendas que el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones.

El enemigo de esta línea argumental es la memorización y el repetir como loro lo que dice un supuesto profesor. En clase resulta vital el intercambio con alumnos en el contexto de reiteradas invitaciones a mirar el asunto abordado desde diversos ángulos y perspectivas. El primer día de mis clases repito un latiguillo que me da mucho resultado en el transcurso del semestre: si lo que digo no resulta claro, interrúmpanme, si no están de acuerdo, discutan, pero si les parece que soy claro y están en principio de acuerdo hagan de abogado del diablo pues esto ayuda mucho a clarificar temas que cuando se presentan pueden aparecer razonables pero cuando comienza el debate resulta que se pone de manifiesto que había que pulir distintos aspectos del asunto.

Por otra parte, es de especial relevancia destacar que cada persona es única e irrepetible en la historia de la humanidad de modo que resulta esencial estimular las potencialidades de cada cual y nunca pretender el pensamiento único ni buscar promedios intelectuales para lo cual se necesitan climas de libertad, es decir, de respeto recíproco. Todas las concepciones autoritarias naturalmente conspiran contra el conocimiento, además de hacerlo contra la decencia.

En este contexto es de interés destacar la fertilidad de los intercambios interdisciplinarios en los que las diferentes miradas aportan soluciones inesperadas a problemas que muchas veces los especialistas no pueden resolver precisamente por estar englobados en sus especialidades. Este es el motivo por el que se suelen contratar diversas profesiones para indagar en un mismo problema. En un edifico en torre los arquitectos debatían entre si que hacer con cuellos de botella que se producían en las paradas de los ascensores puesto que no había posibilidad alguna de construir nuevos tramos, hasta que quien limpiaba pisos dio en la tecla. Fue colocar grandes espejos que permitieron descomprimir ya que la gente se demoraba en observarse y arreglarse.

No es argumento serio el mantener que hay que seguir con determinado organigrama estatal porque siempre se hizo así o porque otros lo hacen de esa manera. Salvando las distancias, equivale a la sandez de la respuesta cuando se insistía en abolir el bochorno de la esclavitud: que esto se venía sucediendo por miles y miles de años.

Publicado originalmente en la edición impresa de EL PAÍS, 10 de enero de 2021.

El Bitcoin hace recordar al auge y burbuja de las “puntocom” – por Roberto Cachanosky

Su baja aceptación, su altísima volatilidad, su bajo volumen en relación a, por ejemplo, la cartera de un gran fondo de inversión, y la inexistencia de fundamentos que permitan calcular racionalmente su valor impiden que cumpla las funciones de una moneda.

Esta nota no tiene por objeto debatir con los defensores del bitcoin, sino aportar mi punto de vista a aquellas personas que me preguntan si veo el bitcoin como moneda. La suba espectacular que tuvo en las últimas semanas ha generado tal euforia que ya se habla de la nueva moneda, independiente de los gobiernos que imprimen papeles pintados. Algunos sostienen que estaría surgiendo una moneda privada.

El entusiasmo de algunos bitcoineros me recuerda a los emprendedores de las punto.com que en su gran mayoría terminaron en rotundos fracasos cuando explotó la burbuja a principios de este siglo. No es que reniego del avance y las ventajas de internet. Yo mismo tengo un sitio desde 2004 y debo haber sido uno de los primeros en tener un portal propio. Tampoco descreía por principio de las punto.com, Lo que sí afirmo es que había demasiados vendedores de humo que proyectaban miles de millones de dólares, basados en proyecciones absurdas. Desde un sitio de internet decían que venderían millones de pizzas.

Era todo un delirio, pero si uno rascaba un poco, advertía que esos proyectos eran inviables porque no monetizaban. Esto es, no generaban ingresos para cubrir los costos operativos y muchos menos generar utilidades. Por entonces, un conocido me pidió si podía almorzar con dos jóvenes que habían hecho un sitio de compra venta de materiales de construcción y pensaban facturar millones de dólares. Me dijeron, con cierta soberbia, que ellos ya habían abierto una oficina virtual en San Pablo, mientras un médico había tardado décadas en poder abrir consultorio en la misma ciudad. Ellos eran la avanzada y el médico un “dinosaurio”. En un punto de la conversación les pregunté cómo se componía el ingreso del sitio. Agachando la cabeza, me dijeron que aún no generaba ingresos; los financiaba un inversor. Les pregunté de qué vivían. Mantenían sitios de internet. Despreciaban al médico ”dinosaurio”, pero nunca lograron crear un sitio rentable. El inversor finalmente cerró ese del que me hablaron.

Cuento esta historia porque vi muchas parecidas. De todas las punto.com que aparecieron solo quedaron en pie algunas que generaron ingresos como cualquier negocio tradicional, pero vía virtual. Amazon, Netflix, Despegar, Airbnb y tantos otros sitios lograron monetizar su servicio. Reemplazaron en la red, de modo rentable, actividades que ya existían. No todo lo que se hace en internet hace millonario al emprendedor. Como en cualquier otro proyecto, tiene que tener flujos de ingresos y egresos positivos, ser rentable.

¿Qué es moneda?

Yendo al Bitcoin, lo primero a definir es: ¿qué es moneda? Es cualquier cosa que la gente acepte en forma generalizada como medio de intercambio y sea reserva de valor, característica de la que deriva su función de unidad de cuenta: se pueden hacer cuentas en esa moneda.

La moneda no es un invento de los gobiernos, sino un descubrimiento del mercado, es decir de la gente, cuando descubrió que ciertas mercaderías bienes servían como medio de intercambio. Para eso se utilizaron la sal, el té, el arroz, la pimienta, el cacao, los clavos, entre tantas otras. La economía pasó del engorroso trueque al intercambio indirecto. La moneda empezó a funcionar como una autopista y agilizó las transacciones. Finalmente se llegó al oro como mercancía-moneda. Su particularidad es que era un bien escaso y obtenerlo tiene un costo de producción. No es como el papel moneda al que se agregan ceros y se tiene más “dinero”. Para obtener oro había que encontrar una veta rentable, hacer grandes inversiones, contratar mano de obra, comprar insumos, transportarlo, etc. No era gratis adicionar oro al mercado.La sede de la Reserva Federal de EEUU: quienes confían en el dólar no lo hacen porque conocen con qué activos lo respalda la Fed, sino porque confían en las instituciones de EEUU
REUTERS/Kevin LamarqueLa sede de la Reserva Federal de EEUU: quienes confían en el dólar no lo hacen porque conocen con qué activos lo respalda la Fed, sino porque confían en las instituciones de EEUU REUTERS/Kevin Lamarque

Cuando EEUU abandonó el patrón oro en 1971, con Richard Nixon, todas las monedas de los gobiernos pasaron a ser pedazos de papel cuyo respaldo es la confianza en las instituciones del país que los emite. La gente ahorra en dólares no porque sepa qué activos tiene la Reserva Federal para respaldar cada dólar en circulación, sino porque confía en que las instituciones de EEUU le ponen un límite al poder de destrucción del dólar. Si un día se acabara la confianza en esas instituciones, el dólar desaparecería como moneda. Algo parecido sucede con el euro.

¿Cuál es el respaldo que tiene el Bitcoin para ser confiable? Es un programa de computación hecho por Satoshi Nakamoto, un pseudónimo de alguien que se desconoce quién es realmente o si son varias personas, pero hay gente que confía en que ese programa es inviolable y que sirve como moneda y reserva de valor.Determinada cantidad de personas en el mundo confían en un programa de computación hecho por un desconocido y creen ciegamente que ese programa no puede ser hackeado por nadie

Aquí entra a jugar la teoría subjetiva del valor. Determinada cantidad de personas en el mundo confían en un programa de computación hecho por un desconocido y creen ciegamente que ese programa no puede ser hackeado por nadie. Es decir, que el Bitcoin es a prueba de gobiernos gastadores que imprimen moneda prostituyéndola.

Hasta ahora nadie me supo explicar por qué el programa es inviolable y alguien no puede, como hacen los gobiernos, emitir bitcoins y quedarse con el señoreaje. Si hackearon el sitio de la CIA, del FBI y del Departamento de Justicia de EEUU en 2012, imagino que el programa de Nakamoto también puede ser hackeado.

¿Es moneda?

Pero dejemos de lado ese punto. ¿Es moneda el bitcoin? Aún no puede tomarse como medio de intercambio ampliamente aceptado. Me dicen que hay personas que aceptan bitcoins por las transacciones, pero al ser una moneda virtual que se puede transferir ampliamente, debería ser aceptada en cualquier comercio sin límite de países. Por ser virtual, su uso no debería tener fronteras ni límites para las transacciones. Sin embargo, aún son muy pocos los lugares en que se aceptan bitcoins.

Posiblemente el Súper de la esquina no me acepte euros como forma de pago, pero si el bitcoin es tan confiable y es moneda virtual, ¿por qué no me lo aceptan? Sería como si pagara con la tarjeta de débito con el beneficio de que se esquivan impuestos. Debería poder ir por el mundo con mi billetera de bitcoins para reducir los costos de cambiar monedas y todos deberían aceptármelos si es de verdad una moneda worldwide como dicen sus seguidores.Las cotizaciones en Wall Street pueden ser volátiles, pero es posible valuar una empresa según sus fundamentos. ¿Cuáles son los fundamentos de bitcoin?  EFE/EPA/COURTNEY CROW / NYSE
Las cotizaciones en Wall Street pueden ser volátiles, pero es posible valuar una empresa según sus fundamentos. ¿Cuáles son los fundamentos de bitcoin? EFE/EPA/COURTNEY CROW / NYSE

Volatilidad

Además, tiene alta volatilidad a lo largo del día. Sin ir muy lejos, el 12 de marzo de 2020 tuvo una caída del 38,2% entre apertura y cierre. Al día siguiente subió 14% y al otro bajó 7%. Una montaña rusa. Las variaciones entre máximos y mínimos diarios dan aún más vértigo.

Si uno lo toma como un activo financiero de alta volatilidad, se arriesga a ganar o perder, pero es difícil imaginar que uno pueda cotizar su casa en bitcoins, salvo que esté dispuesto a rever el precio cada 5 minutos. Su alta volatilidad no permite utilizar al bitcoin para estimar precios y costos en un proyecto de inversión, por eso no sirve como moneda.

También se hace difícil imaginarlo como activo financiero. No es una empresa que genera flujos y cuya cotización responde a sus flujos de ingresos, perspectivas del sector u otras variables. Lo mismo pasa con una obligación negociable, un bono de un gobierno o incluso las commodities. Todos estos activos financieros responden a algún fundamento en su cotización, pero, ¿a qué fundamento responde la cotización de un programa de internet que a alguien se le ocurrió definir como moneda sin identificar a su fundador?

La primera transacción en el sector real de la economía pagada con bitcoins es del 22 de mayo de 2010: se pagaron 10.000 bitcoins por dos pizzas. A la cotización del momento en que estoy escribiendo estas líneas, esas dos pizzas costarían US$ 200 millones cada una.

De manera que, por ahora, el bitcoin quedaría limitado, en el mejor de los casos, a ser un activo financiero de altísima volatilidad y escaso volumen ya que el total de bitcoins en el mercado representen el 0,01% de la cartera de activos que maneja BlackRock, el fondo de inversión más grande del mundo que con muy poco podría mover en un sentido u otro la cotización del bitcoin.

En síntesis, habrá gente que considere que el bitcoin es moneda o es la moneda del futuro, otros que lo vean como un activo financiero, pero la realidad es que todavía no cumple con los requisitos para ser moneda. Por ahora ha sido sólo un intento libertario para que algunos desafíen a esos papeles pintados que emiten los estados. Como activo financiero tiene tanta volatilidad que da lo mismo apostar al bitcoin o ir al casino y jugar a pleno al 17.

Publicado originalmente como columna de opinión en Infobae, el 11 de enero de 2021.