Acerca de Iván Carrino

Iván Carrino es economista, escritor, conferencista y profesor. Licenciado en Administración por la Universidad de Buenos Aires, es Máster en Economía de la Escuela Austriaca por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y también Máster en Economía Aplicada de la Universidad del CEMA, de Argentina. Subdirector de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Profesor de Economía, Economía Internacional e Historia del Pensamiento Económico (UADE, ESEADE, FCE-UBA).

Mises refuta a Piketty

En el año 2014 el economista francés Thomas Piketty volvió a encender el debate por la desigualdad económica. Con su libro El Capital en el Siglo XXI, que fue récord de ventas ese año (aunque sus compradores no lo hayan leído demasiado), Piketty saltó a la fama mundial y recorrió varios continentes dando conferencias y entrevistas. Aún hoy, el autor sigue publicando. Su obra más reciente se titula Capital e Ideología, otro tratado que -en su versión en español- se extienden por más de 1200 páginas.

¿Cuál era la tesis central de PIketty? Que la desigualdad estaba en niveles máximos y que el origen de la misma era que el rendimiento sobre el capital crecía más rápido de lo que lo hacía la economía en su conjunto. Piketty resumió esto en una brevísima notación matemática: r>g, donde “r” es el rendimiento del capital y “g” el crecimiento de la economía.

En una charla que dio en Buenos Aires y que presencié, proyectó esta idea con números concretos.

Lo que el cuadro 12.1 muestra es que el crecimiento promedio anual de la riqueza de los “megarricos” crecía entre el 6,4% y el 6,8%, mientras que el crecimiento de la riqueza promedio (per cápita) corría al 2,1%, y el PBI mundial avanzaba al 3,3%.

Esto obviamente demostraba que:

r (6,4-6,8%) > g (3,3%) > gpc (2,1%)

La imagen que transmite este concepto es sencilla: aquellos que tienen gran capital, pueden invertirlo a una tasa que triplica la del adulto promedio. Es decir que la brecha entre los que tienen grandes capitales y el común de los mortales tenderá siempre a incrementarse.

Si en el año 0 el capital de María (que es 50% mayor al de Pablo) crece al 6,8% anual y el de Pablo solo puede crecer al 2,1%, entonces al cabo de 50 años, la diferencia de riqueza será de 1.324%. Es decir, la desigualdad se habrá multiplicado por un factor de 9,5.

A esta conclusión se llega por una sencilla fórmula de cálculo financiero, que dice que el capital final es igual al capital inicial multiplicado por la tasa de interés elevada al número de períodos en los que se reinvierten el capital y los intereses.

Cf=Ci*(1+r)n

Puesta así, la tesis de Piketty parece irrefutable. No solo arribó a sus números con una larga investigación empírica, sino que, desde un punto de vista financiero, la conclusión sobre la desigualdad creciente es inevitable. Si la “r” de María es superior a la “r” de Pablo (que es “g” per cápita, “gpc”), entonces los ricos serán siempre cada vez más ricos y, en términos relativos, el ciudadano promedio será cada vez más pobre.

¿Cómo se determina “r”?

Pero las apariencias engañan. Y eso mismo pasa con la aparente contundencia del postulado del economista francés. Es que hay al menos dos problemas en el planteo. El primero es que el cuadro presentado más arriba comete el error del exceso de agregación. Es decir, toma a los megarricos como un todo homogéneo, ignorando quiénes forman parte de ese grupo en cada momento del tiempo (ver más aquí) y por qué.

El segundo es que la famosa “r”, o tasa de rendimiento sobre el capital, no está dada para nadie en particular. Es decir, no se trata de tener un capital y que, como hay una “r” de los superricos, invertirlo y simplemente esperar los frutos tan preciados. Esta idea, que puede tener una lógica financiera y contable para explicar cómo funciona la “capitalización”, no tiene lógica económica.

Lo paradójico es que quien explicó acabadamente este asunto fue Ludwig von Mises, en su texto Socialismo, 92 años antes de la publicación de El Capital en el Siglo XXI.

En el capítulo 24 de la sección segunda de la tercera parte de su tratado, Mises explica “la formación de las fortunas bajo el régimen de cambio”. La sección está incluida justamente en una parte enteramente dedicada a responder la crítica sobre la concentración de la riqueza en el capitalismo.

Lo primero que hace Mises es rechazar la idea de que el “juego del mercado” es un juego de suma cero, donde unos ganan a costa de otros:

“En una sociedad, la creación constante de nuevas riquezas y de nuevas miserias hiere vivamente la vista, mientras que la disgregación de las viejas fortunas y el acceso lento al bienestar de las capas menos favorecidas escapan fácilmente a una observación superficial. ¿Cómo no habría uno de estar inclinado a sacar esta conclusión apresurada que la teoría socialista resume en la célebre fórmula: el rico más rico, el pobre más pobre?

Son inútiles largas explicaciones para demostrar la fragilidad de esta tesis. Es una afirmación carente de base decir que en la sociedad que se funda en la división del trabajo la riqueza de los unos acarrea la pobreza de los otros”

(En un post aquí ofrecemos números que demuestran lo que Mises enuncia arriba.)

Algo más adelante, Mises responde directamente el planteo pikettiano, al que equipara con una filosofía “del hombre de la calle” (negritas mías):

“Las fortunas invertidas en capital no son, como se lo imagina la filosofía económica del hombre de la calle en su ingenuidad, fuentes inagotables de ingreso. El capital no produce frutos; más aún, no se conserva mediante una especie de fenómeno natural espontáneo. Los bienes concretos de que se compone desaparecen en la producción; dejan lugar a otros bienes, a bienes de consumo cuyo valor debe servir para reconstituir el valor del capital mismo. Pero esto no puede ocurrir así, a no ser que el proceso de la producción se desarrolle favorablemente, a decir, que el rendimiento sea superior a la inversión.”

Lo que Mises está diciendo es que “r” no es un elemento dado para ninguna persona en particular, sino que es un rendimiento que depende de cuán buena o mala haya sido la inversión. Y eso no depende de ser rico o pobre, sino de -digamos- la visión de negocio que tiene el empresario o inversor.

Continúa el austriaco:

“Y este proceso favorable es necesario no solamente para permitir al capital proporcionar una ganancia, sino para permitirle renovarse. Rendimiento y conservación del capital son siempre el producto de una feliz especulación. Si la especulación resulta mal, no solamente desaparece la ganancia, sino que sufre perjuicio la sustancia misma del capital (…) Quienquiera que desee tener una fortuna constituida por capitales debe ganarla de nuevo todos los días. Un patrimonio así no es fuente de ingresos de la que pueda gozarse por largo tiempo en la inercia”

Mises continúa y se refiere precisamente a los análisis estadísticos del tipo que Piketty ofreció en 2014:

“Los estadísticos han calculado el monto que habría alcanzado un centavo invertido a interés compuesto durante la época de Jesucristo. Los resultados a que se ha llegado son de tal modo extraordinarios que puede uno preguntarse cómo es que nunca haya nadie tenido la previsión de asegurar por este medio el porvenir de su casa.”

Yendo a un ejemplo concreto, si se hubiesen invertido USD 1.000 en acciones de Amazon en 1997, hoy ese monto ascendería nada menos que a USD 2,34 millones.

Pero si era tan fácil incrementar la riqueza al 38% anual acumulado, ¿cómo es que tan pocos lo lograron? Por otro lado, ¿fue la riqueza pasada lo que garantizó la riqueza futura, o fue la extraordinaria performance de una empresa que supo servir bien a sus consumidores lo que generó la enorme tasa de rendimiento (“r”) que derivó en fortuna?

Sin duda tener USD 1.000 era un requisito necesario para obtener toda la ganancia que ofrecieron las acciones de Amazon. Pero tampoco deberían quedar dudas de que no es un requisito suficiente.

Mises aborda este tema en la página 379 (año 2017, Unión Editorial):

“Pero si los capitales no se incrementan por sí mismos, si su simple conservación y mayormente su fructificación y su incremento exigen la intervención permanente de especulaciones acertadas, no puede ser ya cosa de una tendencia al aumento continuo de las fortunas. Estas no pueden acrecentarse: hay que acrecentarlas. Para conseguirlo es indispensable la actividad atinada del empresario. El capital no se reproduce, no da frutos, no se aumenta sino en tanto que se hacen sentir los efectos de una buena inversión.”

El punto que hace Mises es crucial. No se trata de que “los ricos” tengan asegurada una tasa de rendimiento para su capital, sino que cualquier persona puede convertirse en rica si logra que “r” sea alta.

Pero eso no depende (al menos no de forma determinante) del punto de partida. Así como una persona puede incrementar su fortuna por invertir bien (“r” elevada), otra puede dilapidarla por invertir mal (“r” baja respecto del promedio o incluso negativa).

¿Cuánto vale una casa?

Para Piketty el capital inicial determina el ingreso de las personas gracias al rendimiento generado “r”. Riqueza presente, entonces, determina ingresos y (por acumulación) riqueza futuros. El problema es que, como explicó Holcombe en un lúcido artículo en línea con Mises:

“… esto es exactamente al revés (…) El capital no tiene algún valor, que luego genera un rendimiento para proporcionar ingresos a los propietarios del capital. Más bien, el capital consiste en activos productivos que generan un rendimiento, y el valor del stock de capital está determinado por el rendimiento que genera, en lugar de, como lo describe Piketty, que el rendimiento esté determinado por su valor.”

Esto puede verse fácilmente con el valor de una casa. Claro, tener una casa puede significar hacerse poseedor de una corriente de ingresos derivada del alquiler, pero el alquiler es un fenómeno de mercado.

Supongamos que la casa cuesta USD 100.000 y se puede obtener, en concepto de alquiler, USD 3.000 por año (3%). ¿Es que los USD 100.000 que vale la casa determinan los ingresos que esa casa genera, como diría Piketty? ¿O es que, dado que la casa puede generar USD 3.000 por año, los potenciales compradores están dispuestos a pagar hasta USD 100.000, para hacerse de esa corriente de ingresos futuros?

¿Qué pasaría con el valor de la casa si, producto de un aumento de la inseguridad en el barrio donde ésta se encuentre, el máximo alquiler posible bajara a USD 1500? Dicho de forma más técnica: ¿cuál es el valor del un activo si el flujo de fondos que promete es de USD 3000 por año, respecto de uno que ofrece solamente la mitad?

Contrariamente a lo que dice Piketty, entonces, no importa realmente cuál sea el valor del capital inicial, sino la capacidad humana para tomar buenas decisiones en cuanto a la tasa de rendimiento que se le puede sacar a un activo cualquiera.

Y en una economía de mercado, este será el elemento principal que explique las desigualdades económicas. Quienes estén “en la cima de la pirámide”, serán aquellos empresarios, emprendedores o inversores que mejor rendimiento puedan obtener de su capital, negocio o inversión. Lo bueno es que del otro lado del mostrador estarán los consumidores, que son los que, en última instancia, determinan dicho rendimiento en base en base a cuán bien se satisfagan sus necesidades.

El mercado, entonces, no es un juego de suma cero y la economía no es una torta fija que haya que distribuir de forma equitativa. Mises refutó a Piketty 92 años antes que éste publicara su manifiesto sobre la desigualdad. Tal vez el francés no hizo tiempo a leerlo.

Hans-Hermann Hoppe traiciona tres principios de la escuela austriaca

En el capítulo 10 de su libro Democracia, el dios que fracasó, el economista y filósofo alemán Hans Hermann Hoppe propone un maridaje entre el conservadurismo y el libertarismo. O, al menos, entre su visión de lo que conservadurismo y libertarismo son.

En dicho texto sostiene que los conservadores tienen que tomar principios defendidos por los libertarios, pero lo mismo deben hacer los libertarios, abrazando ciertos puntos conservadores.

A lo largo del texto intentará transmitir que todas las cosas que los conservadores consideran que están mal con el mundo, son el resultado de haber abandonado principios libertarios. Pero, al mismo tiempo, sostendrá que para conservar un verdadero orden libertario, hace falta abrazar ciertos valores conservadores. He ahí el puente que establece entre ambos movimientos.

¿Tiene razón Hoppe? A continuación no responderemos esa pregunta, que se la dejaremos al lector, pero sí mostraremos que, en al menos tres puntos cruciales, el planteo del profesor va a contramano de lo que podría denominarse la esencia de la escuela austriaca de economía. Los puntos que haremos serán particularmente relevantes en la medida que suele asociarse a Hoppe a dicha escuela, y por tanto podría también asociarse este texto a la misma tradición de pensamiento.

Para el fin del posteo, espero haber convencido al lector de que este no es ni remotamente el caso.

  1. Individualismo metodológico

Una de las características distintivas principales de la escuela austriaca de economía es el apego al individualismo metodológico. En Boettke (2010) se establece que el primer principio austriaco es que “solo los individuos eligen” y que “la tarea principal del análisis económico es hacer inteligible el fenómeno económico, apoyándolo en los propósitos y planes de los individuos”. Esto es, para comprender los fenómenos sociales es necesario anclarnos en las experiencias individuales, en todo aquello que motiva al individuo a actuar de una o de otra forma. No es conducente, entonces, apoyarse en conceptos agregados, como pueden ser la nación, la familia, o el origen étnico, entre otros, para explicar y comprender fenómenos sociales. 

En Carrino (2016) cité a Mises sobre este punto. El austriaco sostenía que “ninguna proposición sensata relacionada con la acción humana puede hacerse sin referencia a lo que los individuos persiguen y lo que consideran como éxito o fracaso, ganancia o pérdida”, y que “el colectivo no tiene existencia y realidad sino en las acciones de los individuos. Solo existe por las ideas que mueven a los individuos a comportarse como miembros de un grupo definido y deja de existir cuando el poder persuasivo de esas ideas se apaga. La única manera de conocer un colectivo es el análisis de la conducta de sus miembros”.

¿Respeta Hoppe el individualismo metodológico en su intento de compatibilizar su libertarismo con su conservadurismo? Sostengo que no.

En la página 254 de la obra se afirma que:

La mayoría de quienes actualmente se autoproclaman conservadores están preocupados, como en principio les corresponde, por la decadencia familiar, el divorcio, la bastardía, la pérdida de autoridad, el multiculturalismo, los estilos de vida extravagantes, la desintegración social, el sexo y el crimen. 

Hoppe luego irá explicando que todos estos “males sociales” (debatiremos abajo sobre esto), son la consecuencia directa del abandono de los principios libertarios de orden social. En concreto, que todo esto que se describe es consecuencia de las instituciones del Estado de Bienestar y que por tanto, la mejor alternativa para los conservadores es defender la no intervención del estado en la economía.

Ahora bien, plantear temas como la “decadencia familiar” o “el divorcio” o “los estilos de vida extravagantes” o la “desintegración social” es puro colectivismo metodológico. El divorcio, por ejemplo, no puede analizarse eliminando a los individuos que componen una pareja. Y, por tanto, no puede saberse nunca a priori si un divorcio es bueno o malo. En términos de MIses, probablemente que haya habido un divorcio muestra que, estando divorciados, ambas partes de la ex pareja están mejor, con lo que divorciarse fue la mejor alternativa.

Por otro lado, ¿qué es la desintegración social y por qué sería mejor la integración? Los conceptos agregados sólo pueden entenderse -al menos desde el punto de vista de la escuela austriaca- haciendo referencia a las partes que los componen. En consecuencia, si una “sociedad” se desintegra, eso puede deberse a la decisión voluntaria de todos sus miembros, lo que haría de esa sociedad desintegrada una sociedad mejor que una integrada.

Al conceder que el divorcio y demás son preocupaciones legítimas de los conservadores (obviando los propósitos y planes de las partes que conforman los colectivos que describe), Hoppe está abandonando uno de los principios fundamentales del análisis austriaco.

  1. La teoría subjetiva del valor

Uno de los aportes fundamentales del padre fundador de la escuela austriaca fue su teoría subjetiva del valor. A diferencia de sus predecesores, Carl Menger puso como determinante principal del valor, a la utilidad -subjetivamente determinada- que determinado bien o servicio le reportaba a quien lo consumía. Los bienes, entonces, no tienen valor en sí mismos, sino que el valor es una consecuencia de cuánto los individuos aprecian -o no- dicho producto.

En el capítulo III de Principios de Economía, sostiene:

“… el valor no es algo inherente a los bienes, no es una cualidad intrínseca de los mismos, ni menos aún una cosa autónoma, independiente, asentada en sí misma. Es un juicio que se hacen los agentes económicos sobre la significación que tienen los bienes de que disponen para la conservación de su vida y de su bienestar y, por ende, no existe fuera del ámbito de su conciencia.  (…) Lo que uno desprecia, o aprecia en poco, es deseado por otro. Lo que uno desecha otro lo busca. Puede observarse no raras veces que mientras un sujeto económico concede el mismo valor a una determinada cantidad de un bien que a una mayor de otro, hay personas que juzgan el valor de esta cantidad de forma exactamente opuesta.”

¿Respeta Hoppe la idea de que el valor es subjetivo? Rotundamente no.

Es que en varios pasajes de su texto muestra algunos fenómenos como objetivamente buenos y otros como objetivamente malos. Volviendo a la cita de más arriba, por ejemplo: ¿qué tiene de problemático un “estilo de vida extravagante”? ¿A quién molesta? Probablemente no al que lleva dicho estilo de vida. ¿Y por qué debería molestarle al resto?

Ahora claro, al leer estas preguntas Hoppe me pondría en el grupo de los “libertarios nihilistas” o de los izquierdistas, de los pervertidos, anormales, relativistas y otros epítetos. Es que para Hoppe existe una forma correcta de vivir. Y eso va más allá de la simple no vulneración del derecho de terceros:

“La ilegitimidad del Estado y el axioma de la no agresión -nadie empleará la fuerza, ni amenazará con emplearla contra otras personas o sus propiedades-, vistas desde esa izquierda, parecían justificar la libertad de todos para elegir vivir de cualquier manera. Del mismo modo, y en la medida en que la vulgaridad, la obscenidad, la profanación, el uso de drogas, la promiscuidad, la pornografía, la prostitución, la homosexualidad, la poligamia, la pedofilia o cualquier perversión o anormalidad concebible no perjudicasen a terceros (crímenes sin víctimas), en absoluto debían considerarse agresiones, sino estilos de vida y actividades perfectamente normales y legítimas. Por ello no es extraño que, desde un principio, se adhirieran al movimiento libertario un número inusualmente elevado de personas anormales o pervertidas. El ambiente contracultural y la «tolerancia» relativista y multiculturalista del libertarismo atrajo enseguida a individuos inadaptados, gente fracasada, personal o profesionalmente, y a perdedores en general. Murray Rothbard les llamó, desaprobadoramente, «libertarios nihilistas» (nihilo-libertarians), viendo en ellos el «modelo» (típico y representativo) del libertario (modallibertarian)”

El párrafo puede resultar desagradable en muchos niveles, pero ajustémonos a la premisa de la sección: ¿no es esto una violación flagrante del principio de valor subjetivo de Menger y los austriacos?

¿El uso de drogas es un mal en sí mismo? ¿Para quién? Mucha gente fuma marihuana o toma vino y lo hacen porque consideran que eso es mejor para ellos que no hacerlo. La promiscuidad, por otro lado, ¿a quién molesta? No a los que la practican, es de suponerse. Finalmente, ¿qué tendrá de compatible la teoría subjetiva del valor con considerar a la homosexualidad una perversión ilegítima, poniendola en el mismo grupo de cosas que el autor califica como inadaptado, fracasado y perdedor?

Hoppe puede limitarse a decir que desde su punto de vista hay estilos de vida que le gustan más que otros, pero Menger le respondería que “hay personas que juzgan el valor de esta cantidad de forma exactamente opuesta”. Listo, no hay muchas vueltas más para darle al asunto.

  1. El orden espontáneo

Para Boettke, el décimo postulado que define a la escuela austriaca de economía es que “las instituciones sociales suelen ser el resultado de la acción humana, pero no del designio humano”. Este principio se remonta a las ideas de Adam Smith y Adam Ferguson y fue muy enfatizado dentro de la escuela austriaca por Friedrich Hayek. En “Derecho Legislación y Libertad”, Hayek diferencia el cosmos (los órdenes espontáneos, como el mercado, el lenguaje, o la ley), del taxis (las organizaciones que tienen un objetivo y una conducción lista para alcanzar un objetivo, como por ejemplo una empresa) reforzando la idea de que lo que observamos en la realidad cuando vemos el cosmos no es tanto un resultado deliberado de la mente de una o dos personas, sino más bien el resultado de la acción espontánea de cientos de miles.

Un ejemplo sencillo: no utilizamos el dinero como medio de intercambio porque alguien haya creado el instrumento, sino porque individualmente convino reemplazar el trueque por un medio indirecto. Así, muchas personas fueron eligiendo un medio indirecto de cambio, que en un principio puede haber sido la sal, el tabaco, y finalmente terminaron siendo algunos metales preciosos. Nadie diseñó el dinero, fue una institución surgida espontáneamente de la acción humana.

Hoppe considera que todo aquello que los conservadores (y él también) definen como males sociales son el resultado de la instauración del Estado de Bienestar, y que si se regresa a una sociedad puramente capitalista, con un uso pleno e irrestricto de la propiedad privada, entonces esos males desaparecerán. Leamoslo directamente:

“… una sociedad que restaurase plenamente la facultad dominical de exclusión de la propiedad privada, sería profundamente desigualitaria, intolerante y discriminatoria. Apenas existiría esa «tolerancia» o «apertura de mente» tan cara a los libertarios de izquierda. Sólo con que los pueblos y ciudades volvieran a proceder como hicieron hasta el siglo XIX en Europa y los Estados Unidos, se abriría el camino de la restauración de la libertad de asociación y exclusión, consustancial con la institución de la propiedad privada. (..) De este modo, casi instantáneamente, se verían reafirmadas la normalidad cultural y moral. Los libertarios de izquierdas y los aficionados a experimentar los estilos de vida multiculturales o contraculturales, incluso si no estuviesen implicados en delito alguno, tendrían que pechar, una vez más, con las consecuencias de su conducta. De seguir con su comportamiento o su estilo de vida, serían separados físicamente de la sociedad civilizada, viviendo al margen de la misma o en guetos, teniendo vedado el acceso a muchos cargos y profesiones. Por el contrario, si su deseo fuese vivir y progresar dentro de la sociedad, tendrían que adaptarse a la sociedad en la que pretenden ser admitidos, asimilando para ello sus normas morales y culturales. Ello no implicaría necesariamente que tuviesen que renunciar del todo a conducirse o vivir anormalmente o según otros patrones, sino que los comportamientos alternativos no podrían anunciarse ni exhibirse públicamente. Estas conductas permanecerían en el armario, ocultas alojo público y físicamente restringidas a la privacidad de las cuatro paredes de la propia casa. Hacer publicidad de ellas o ejercitarlas en público sería sancionado con la expulsión” . 

El conflicto de Hoppe con el orden espontáneo es indisimulable. Es claro que él considera repudible la homosexualidad, por ejemplo, pero luego salta a la conclusión de que la homosexualidad es tolerada a causa de que se ha vulnerado el derecho de propiedad privada. ¿Pero cómo se sostiene este argumento? Los principios de economía más sencillos enseñan que las personas son libres de discriminar pero que pagarán un costo por hacerlo. Por ejemplo, si un machista deja afuera de su lugar de trabajo a una mujer -y resulta que esta mujer es más productiva que el hombre que quedó en su lugar- el dueño de la empresa pagará el costo de dicha decisión. 

Otros empresarios, más astutos, terminarán incluyendo a mujeres, a zulúes, a homosexuales, a rubios, a morochos, a hombres divorciados, etc. etc. Pero no lo harán por miedo a la cultura de la cancelación o por las leyes del Estado de Bienestar, sino por algo mucho más básico: el interés propio. Es por eso que alguna vez planteé que el capitalismo es un sistema de inclusión social, una conclusión muy distante de esta utopía que Hoppe nos quiere vender.

Lo que ocurre con Hoppe es que ve un mundo inclusivo y tolerante que no le gusta, pero se niega a admitir que esto sea culpa del orden del mercado libre (como explicó Horwitz aquí), entonces busca culpables con argumentos poco sólidos, confundiendo el cosmos con el taxis, para retomar las definiciones de Hayek.

Conclusión

Conversando sobre este artículo en clase de Historia del Pensamiento Económico un alumno hizo una crítica y se atajó previamente sostenido que tal vez él era “un poco progre” y por eso tenía una visión distinta a la del filósofo alemán. No obstante, espero haber demostrado que no hace falta ser progresista para rechazar este trabajo. El texto está en franca oposición con al menos tres principios fundamentales de la escuela austriaca de economía, por lo que puede ser rechazado también desde esa posición.

La idea liberal de libertad y la crítica de la información asimétrica

Se está discutiendo por estos días en Argentina la sanción de una «Ley de Etiquetado Frontal» de alimentos y bebidas que buscaría que, determinados alimentos altos en sodio, azúcar o grasas deban -de forma obligatoria- exhibir un octógono negro con una advertencia al respecto.

La medida es defendida por no pocos activistas, y muchos economistas también consideran que se trata de un avance puesto que soluciona una de las tantas veces mencionadas fallas del mercado: la información asimétrica.

Una de mis reflexiones al respecto la hice en la red social Twitter, donde sugerí que la tarea de un gobierno es defender derechos individuales, y obligando a las alimenticias a etiquetar lo que venden no estaba llevando a cabo esta tarea (también ofrecí mis puntos de vista aquí y aquí).

Me resultó interesante recibir como respuesta a este punto que, precisamente, como liberal yo tendría que estar de acuerdo con este tipo de reglamentación, debido a que tener más información para decidir equivale a ser más libre y, por tanto, a una defensa de los derechos individuales de los consumidores.

En lo que sigue de este post me gustaría dejar en claro que esta argumentación constituye un error, y que ese error lo destacaron dos economistas austriacos -a mi entender, al menos- en la década de los ’60.

El primero fue Friedrich Hayek, en Los Fundamentos de la Libertad, publicado en 1960. El segundo Murray Rothbard, en 1962, en El Hombre La Economía y El Estado.

La libertad como poder

En su obra de 1960, Hayek discurrió por varias páginas sobre la definición de libertad, equiparándola con la ausencia de coacción. En este trabajo, además, notó una confusión que solía cometerse, la de igualar libertad con poder.

Ninguna de las confusiones de la libertad individual con diferentes conceptos designados por la misma palabra es tan peligrosa como la que corresponde a un tercer uso de la palabra al cual ya nos hemos referido brevemente: el empleo de «libertad» para describir la facultad física de «hacer lo que uno quiera»27, el poder de satisfacer nuestros deseos o la capacidad de escoger entre las alternativas que se abren ante nosotros. Esta clase de «libertad» aparece en los sueños de muchas gentes en forma de ilusión de volar. Se les antoja que están liberados de la fuerza de la gravedad y que pueden moverse «tan libres como un pájaro» hacia donde deseen, o que tienen el poder de alterar a su conveniencia el mundo que les rodea.

Este punto es clave porque muestra que todas las personas son libres en la medida que no se les impida perseguir sus fines. Ahora si la naturaleza, o las circunstancias económicas, impiden realizar determinada acción, como volar (en el ejemplo de Hayek), o ir al cine, no estamos hablando de falta de libertad sino de falta de recursos. En palabras de Hayek, falta de poder.

Lo mismo puede decirse de la información «no completa». No se trata de un problema de falta de libertad, sino de falta de un recurso llamado información, que como todo en el mercado, alguien deberá producir. El debate entonces será quién incurre en el costo de dicha producción y con qué fin.

La falacia de confundir libertad con abundancia

En el capítulo 10 de El Hombre, La Economía y El Estado, Rohtbard fue incluso más claro en este punto. En dicha sección (traducida y publicada al español por ESEADE aquí) el autor estadounidense ataca por numerosos frentes a la teoría de la competencia perfecta enseñada en todos los cursos introductorios de economía del mundo.

Uno de los ataques reside en establecer que es una falacia confundir libertad con abundancia, y que no se puede decir que el consumidor no sea libre porque no tenga suficientes alternativas para elegir, o porque una empresa no cuente con los recursos para ingresar a competir en un mercado específico:

Una tesis afirma que hay cierta perversidad en el hecho de que empresas que antes eran competidoras lleguen a unirse, es decir, en la “restricción de la competencia” o del “comercio”. Se supone que tales restricciones perjudican la libertad de elección del consumidor. Como lo dice Hutt en el artículo citado anteriormente: “Los consumidores son libres […] y es factible la soberanía del consumidor, tan sólo en la medida en que exista la facultad de sustituir”.

Empero, con seguridad se trata de una concepción completamente equivocada del significado de la libertad. Crusoe y Viernes, al regatear en una isla desierta, tienen muy poca “medida” o “facultad” de elección; la facultad de sustitución de que disponen es limitada. Sin embargo, si no se interpone ningún otro en lo relativo a sus personas o bienes ambos son completamente libres. Pretender lo contrario significa incurrir en la falacia de confundir la libertad con la abundancia o con la diversidad de las elecciones posibles.

Lo mismo podemos decir sobre la información nutricional de ciertos alimentos (asumiendo generosamente que la etiqueta propuesta comunica dicha información y estrictamente eso). Todos somos libres de consumir o no cualquier alimento, y también de buscar la información que nos parezca pertinente, pero desde ya no tenemos más libertad cuando hay más información. A lo sumo, estaremos contando con más recursos.

Ni para Rothbard ni para Hayek proveer dichos recursos es una obligación de las empresas productoras.

¿Por qué es importante hacer estas distinciones? Porque, volviendo a Hayek: » Una vez que se admite la identificación de libertad con poder, no hay límites a los sofismas en cuya virtud el atractivo que ejerce la palabra libertad se utiliza como justificación de medidas que destrozan la libertad individual».

Hoppe contra Hayek

Aproveché el tiempo extra que me dieron las fuertes restricciones a la actividad económica del 2020 para releer un clásico de Hayek, Camino de Servidumbre. Hace unas semanas, por invitación de la fundación Libertad y Progreso, hicimos una charla en YouTube acerca de este importante libro de la tradición liberal, tanto en la política como en la economía.

La charla, donde analizo los principales puntos dle libro, puede verse en este link:

Leyendo el libro recordé un tema, tratado en este mismo blog, que tenía que ver con una crítica de Hans Hermann-Hoppe, representante de una de las ramas más “radicalmente intolerantes” (sic.) de la escuela austriaca de economía, a Hayek. En dicha crítica, Hoppe sostiene que Hayek, así como Milton Friedman, no son en realidad verdaderos liberales. 

En sus palabras: “Friedman y Hayek son en realidad parte de la izquierda, por supuesto, no de la versión fuerte tradicional marxista de la izquierda, sino de la versión suave, social-demócrata, redistribucionista del socialismo.”

Hoppe sostiene su punto abordando algunos párrafos de sus obras políticas (Fundamentos de la Libertad y Derecho, Legislación y Libertad), pero cuando uno lee Camino de Servidumbre también puede encontrar fragmentos que sostengan la crítica de Hoppe. 

En el capítulo IX, Seguridad y Libertad, el austriaco diferencia dos tipos de “seguridades”. La primera es “la seguridad contra una privación material grave, la certidumbre de un determinado sustento mínimo para todos”, mientras que la segunda es la “de un determinado nivel de vida o de la posición que una persona o grupo disfruta en comparación con otros”.

Desde el punto de vista de Hayek, la primera seguridad podía intentar ser garantizada por el estado sin que esto signifique un peligro para las libertades individuales:

“No hay motivo para que una sociedad que ha alcanzado un nivel general de riqueza como el de la nuestra, no pueda garantizar a todos esa primera clase de seguridad sin poner en peligro la libertad general.”

Indudablemente, este nivel mínimo (que el propio Hayek reconoce que será problemático de definir) estará financiado con impuestos, por lo que necesariamente está aceptando un grado de redistribución. Pero la pregunta, para ir al tema central, es si esto lo convierte en un miembro de la rama “suave” del socialismo.

Una respuesta pragmática -es decir, no de fondo- puede ser mirar el nivel del gasto público de Argentina dividido por rubros y ver cuánto más o cuánto menos estado implica la propuesta de Hayek. 

De acuerdo con datos oficiales, en 2017 el gasto público total de Argentina se ubicó en 46,7% del PBI. De ese total, solo 1,78% fue destinado a “promoción y asistencia social”, lo que podríamos equiparar a esta “primera clase de seguridad”, a este gasto destinado a evitar “privaciones materiales graves”. No está defendiendo Hayek el gasto en subsidios económicos, que se llevaba 4,9% del PBI, o la previsión social, responsable del 11,9%, ni tampoco el gasto público en educación o salud tal como los conocemos en nuestro país (y que sumados alcanzaban el 13%).

O sea que si dejáramos un estado que solo se ocupara de la seguridad ciudadana, la defensa, y la administración general, y además le sumáramos el 1,78% para promoción y asistencia social, tendríamos un estado con un tamaño de 7,2% del PBI.

Cuando Juan Ramón Rallo escribió “Una Revolución Liberal para España” proponía un estado que costara 5% del PBI. Así, la propuesta de Hayek estaría mucho más cerca de ser una Revolución Liberal que de ser una versión suave del socialismo. 

En cualquier caso, es un tema para seguir explorando, y no es el único punto en donde las visiones de Hoppe y de Hayek van a colisionar.

El Estructuralismo Latinoamericano vs la Escuela Austriaca

En su trabajo introductorio sobre la escuela austriaca de economía, el Dr. Peter Boettke resume 10 puntos que hacen de ella una tradición particular y distinta dentro de las corrientes en la historia del pensamiento económico.

El objetivo en este posteo es contrastar al menos tres de estos puntos con la visión de otra escuela, de un alcance tal vez mayor (a juzgar por la implementación práctica de sus puntos de vista), aunque tal vez menor (a juzgar por el consenso académico que hoy retienen), que es la escuela estructuralista latinoamericana, centrándome particularmente en algunos economistas argentinos.

El breve cuadro comparativo que presento aquí abajo forma parte de una idea de trabajo más amplia, que busca entender y responder a las ideas fundamentales del estructuralismo, tanto desde la economía austriaca como desde puntos más “mainstream”.

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