CICATRICES DEL CANSANCIO MORAL – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Alfredo Orgaz renunció como miembro de la Corte Suprema de Justicia argentina alegando “cansancio  moral”, en 1960, por discrepancias con propuestas para modificar el sistema judicial propiciado por el Ejecutivo de entonces. Salvando las distancias y las circunstancias, a veces irrumpe aquí y allá ese cansancio por parte de quienes baten el parche en diversos ámbitos académicos y periodísticos sobre la necesidad de respetar las bases de una sociedad abierta.

Cansa el tener que repetir la importancia de considerar valores y principios inherentes a un sistema republicano. Cansa la actitud de aplaudidores que una vez que se derrumban sus falsas expectativas, miran para otro lado con cara de “yo no fui” para en la próxima ronda volver a repetir la misma farsa. De vez en cuando me encuentro entre los que perciben ciertos rasgos de aquel cansancio aunque es indispensable recomponerse y redoblar esfuerzos en la esperanza de contar con nuevos signos de recuperación en todos los frentes. Bajo ningún concepto pueden abandonarse alumnos, colegas y nuevas generaciones que se incorporan a instituciones que hacen de apoyo logístico al efecto de lograr los antedichos objetivos a través de escritos, conferencias y seminarios de gran provecho.

De todos modos recapitulo lo que ilustro con algunos de los últimos cimbronazos en nuestro país que producen desgastes de cierta envergadura. Los voy a mencionar en sentido inverso en el tiempo, desde el episodio actual hasta el primero, desde lo más cercano y en regresión hacia lo más alejado. Me limito a siete casos más cercanos en la larga historia de frustraciones argentinas sobre los que no puedo extenderme en una nota periodística por razones de espacio pero que sirven para ilustrar los motivos del cansancio de marras puesto que todos implicaron desgastes enormes en reiteradas discusiones.

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LA ECONOMIA Y LA POLÍTICA: ¿RIVALES O SOCIOS? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

En esta oportunidad centro mi atención en una cuestión que estimo es muy de fondo respecto a una aparente tensión entre los procesos de mercado y la legislación. En este sentido se dice que no es cierto que los recursos que destina el gobierno fuera de sus misiones específicas necesariamente van en dirección distinta de la que hubiera elegido la gente libremente. Se continúa diciendo que para eso está el proceso electoral, precisamente para que la gente exprese lo que quiere.

Esto constituye un fenomenal mal entendido. La estructura gubernamental se concibió desde los Fueros de Toledo de 1085, las leyes leonesas de 1188, la Carta Magna de 1215, los juicios de manifestación aragoneses, el habeas corpus, los principios constitucionales estadounidenses, la declaración de derechos de la Revolución Francesa antes de la contrarrevolución y las Cortes de Cádiz, se concibieron decimos para limitar las atribuciones del monopolio de la fuerza a proteger derechos y la legislatura para administrar el presupuesto y ejercer la prudencia en materia tributaria.

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JACQUES MARITAIN Y EL “SOCIALISMO CRISTIANO” – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Estamos en un problema debido a no haber ahondado en principios económicos elementales y así predicar medidas absolutamente contrarias a la sociedad libre, lo cual implica desconocer principios morales básicos ya que se conculca el respeto recíproco al echar mano por la fuerza de lo que le pertenece a otros. Así se da por tierra con dos de los Mandamientos: no robar y no codiciar los bienes ajenos que aluden a la institución de la propiedad, comenzando por el propio cuerpo y por el uso y la disposición de lo adquirido lícitamente.

En este contexto se propicia la redistribución de ingresos por parte de los aparatos estatales contradiciendo la previa distribución que hace la gente en los supermercados y afines, con  lo cual se desperdician lo siempre escasos recursos que, a su vez, redunda en una reducción de salarios e ingresos en términos reales.

Antes de referirnos a Jacques Maritain debemos hacer una breve introducción. Michael Novak cuenta en El espíritu del capitalismo democrático como lo influyó aquel autor en su primera época cuando adhería al socialismo, aunque Pio xi había consignado en la Encíclica Quadragesimo Anno que “socialismo religioso o socialismo cristiano son términos contradictorios; nadie puede al mismo tiempo ser buen católico y socialista verdadero”.

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El mensaje liberal – Por Alberto Benegas Lynch (h)

De entrada decimos que la mejor definición del liberalismo es el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros.

Es una tradición de pensamiento basada principalmente en la moral que además permite el mayor progreso material, especialmente para lo que menos tienen.

Frente a esta posición están quienes sostienen que deben dejarse de lado las autonomías de las personas en pos de un supuesto bien común que en verdad es inexistente debido principal aunque no exclusivamente al ataque a la institución de la propiedad. Comenzando por el propio cuerpo, luego por la libertad para expresar el pensamiento y, finalmente, por el uso y disposición de lo adquirido lícitamente.

Es del caso detenerse en esto último. Cuando los aparatos estatales intervienen en los precios están, de hecho, interviniendo en la propiedad puesto que son el resultado de arreglos contractuales libres y voluntarios. En el extremo, al abolir la propiedad como aconseja el Manifiesto Comunista de Marx y Engels, el sistema económico se queda sin las únicas señales para operar, es decir, los precios. En este caso no se sabe si conviene construir los caminos de oro o de asfalto y si alguien levanta la mano y dice que con el metal aurífero sería un derroche es porque recordó los precios relativos antes de eliminar la propiedad privada.

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Despuntes de nacionalismo que amenazan al mundo – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Los resultados electorales en Alemania y los episodios de xenofobia en Estados Unidos muestran la preocupante vigencia de ideas que ya deberían estar superadas.

Acaba de ganar escaños en el Parlamento alemán un partido de ribetes nazis. Es la primera vez que ocurre algo así desde la traumática experiencia del siglo pasado. Es difícil dejar de lado los aspectos antihumanos y criminales del nacionalsocialismo, pero en lo que sigue, centremos nuestra atención en facetas de la política del nacionalismo en general.

Seguramente no hay mayor afrenta a la cultura que los postulados que provienen de aquella corriente de pensamiento que se conoce con el nombre de «nacionalismo». La fertilidad de los esfuerzos del ser humano por cultivarse, es decir, por reducir su ignorancia, está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Eso es la cultura. Sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en el que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta. Se requiere mucho oxígeno: muchas puertas y ventanas abiertas de par en par.

Aludir a la «cultura nacional» (y «popular» dirían algunos desaforados) es tan desatinado como referirse a la matemática asiática o a la física holandesa. La cultura no es de un lugar y mucho menos se puede atribuir a un ente colectivo imaginario. No cabe la hipóstasis. La nación no piensa, no crea, no razona ni produce nada. El antropomorfismo es del todo improcedente. Son específicos individuos los que contribuyen a agregar partículas de conocimiento en un arduo camino sembrado de refutaciones y correcciones que enriquecen los aportes originales. Como bien señala Arthur Koestler, «el progreso de la ciencia está sembrado, como una antigua ruta a través del desierto, con los esqueletos blanqueados de las teorías desechadas que alguna vez parecieron tener vida eterna».

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¿BENEFICIOS DE LA DESTRUCCIÓN? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Parece de ciencia ficción pero inmediatamente después de la catástrofe de los espantosos vientos huracanados en el sur de Estados Unidos, el presidente de la Reserva Federal de New York, William Dudley, declaró que el efecto neto de la destrucción desembocará en resultados positivos para la economía. Estas declaraciones trasnochadas fueron levantadas por varios medios estadounidenses de tirada nacional pero de modo acrítico. Dijo textualmente el personaje de marras que “El efecto a largo plazo de estos desastres en realidad eleva la actividad económica porque hay que reconstruir todas las cosas que han sido dañadas por las tormentas”.

Cualquier principiante en economía sabe que las antedichas declaraciones constituyen un dislate mayúsculo. Cualquiera que conozca la bibliografía elemental sobre estos temas hace que aquella manifestación patética lo remita al texto de la obra Economía en una lección de Henry Hazlitt en su segundo capítulo, titulado “La vidriera rota”.

En el primer capítulo de ese libro Hazlitt explica la falacia de los supuestos beneficios de la destrucción de activos. Comienza escribiendo el autor que la economía contiene más falacias que otras disciplinas donde se mezclan los efectos a largo plazo con los de corto plazo, por una parte, y por otra mezclan los efectos visibles de los que laten en la trastienda que, muchas veces resultan los más contundentes y decisivos. También señala la manía de centrar la atención en los efectos sobre un grupo sin ver los efectos sobre el conjunto.

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La deuda pública en EE.UU. – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Cuando Jefferson recibió la flamante Constitución estadounidense en París, escribió que si hubiera podido introducir una reforma la hubiera concretado en la prohibición al gobierno de contraer deuda pública. Esta manifestación jeffersionana se basaba en su idea que la deuda gubernamental compromete los patrimonios de futuras generaciones que ni siquiera han participado en las elecciones que entronizan al aparato estatal que contrajo la deuda.

Mucho más adelante, el premio Nobel en Economía, James M. Buchanan expresó algo similar referido a la vinculación de la deuda pública con la democracia.

En estos momentos, hay reuniones en Washington para negociar otro corrimiento del techo legal a la deuda que ahora alcanza a los veinte billones de dólares (trillones en el léxico norteamericano: veinte seguido de doce ceros). Esto significa unos setenta mil dólares por habitante y representa más del cien por cien del producto bruto.

La negociación de referencia se basa en el empecinamiento del presidente Donald Trump en construir un muro al sur del país en el límite con México al efecto de dar rienda suelta a sus veleidades xenófobas ya que el gobierno de ese país se niega a financiarlo, al contrario de lo que Trump había anunciado pomposamente en su campaña.

Estas conversaciones algunas cordiales y otras no tanto se desarrollan en el contexto de pretendidas reducciones impositivas, al tiempo que el presidente de marras apunta a elevar el gasto público con lo cual la situación fiscal empeoraría sensiblemente.

En realidad el tema de la deuda estatal se vincula a la mal llamada inversión pública que es en verdad una contradicción en términos. Como es sabido, una inversión se realiza en el contexto de evaluaciones subjetivas por parte de quienes estiman que el valor futuro será mayor que el del presente. El desatino de la denominada inversión pública nos recuerda la disposición del Dr. Alfonsín sobre el ahorro forzoso. No hay tal, se trataba de una exacción adicional.

En las cuentas nacionales debieran contabilizarse estas operaciones como gastos en activos fijos para distinguirlos de los gastos corrientes. Seguramente no se aceptará la patraña si le arrancáramos la billetera a un transeúnte con la promesa que destinaremos el botín para invertirle el dinero. Del mismo modo ocurre con el Leviatán.

El uso de la fuerza es incompatible con la noción de invertir, es por definición un proceso voluntario.

En Estados Unidos, el otrora baluarte del mundo libre, no puede seguir ilimitadamente con la parodia de elevar el techo de la deuda y seguir gastando alegremente. No sería raro que ciertos acreedores pretendieran en algún momento recuperar el principal y no conformarse con los intereses.

En ese supuesto caso podemos vislumbrar a los patrioteros de siempre alegando que se trata de un acto de guerra. Vivir con lo que se tiene es un buen consejo.

Publicado originalmente en El Cronista, jueves 14 de septiembre de 2017.

¿FLEXIBILIZAR O LIBERAR EL TRABAJO? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Aparecieron algunas declaraciones en Francia y en Brasil sobre una eventual “flexibilización” del mercado laboral y en Argentina, frente a varias requisitorias periodísticas los gobernantes niegan la denominada flexibilización pero se declaran a favor de aliviar costos laborales a través de negociaciones sectoriales. En verdad no resulta claro el significado de esas políticas aunque tiende a sacarse de encima ciertas rigideces legales que no permiten arreglos contractuales libres y voluntarios pero, sin embargo, mantienen estructuras autoritarias.

Si se desea contar con  un mercado laboral en el que las partes respeten lo acordado libremente sin intromisiones directas o indirectas de los aparatos estatales y consecuentemente sin interferencias sindicales que en definitiva perjudican a los trabajadores, si se apunta a esto debe liberarse el mercado y no simplemente flexibilizarse.

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SOBRE LOS PUEBLOS ORIGINARIOS – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Lo primero es consignar que nadie en ninguna parte es originario excepto del continente africano que es de donde provenimos los humanos tal como, entre muchos otros, lo explica en detalle Spencer Wells en su tratado que lleva el título de The Journey of Man. A Genetic Odyssey. En todo caso se puede decir que unos arribaron antes que otros a distintos lugares pero sostener lo de los “pueblos originarios” fuera de África constituye una impostura.

En aquella línea argumental no se comprende como en Estados Unidos a los negros se les dice “afroamericanos” como si fueran un distintivo y como si los distinguiera de los blancos que, como queda dicho, también provienen de África. En este sentido, también el que ahora esto escribe es afroargentino y así sucesivamente con el resto de los habitantes del planeta Tierra.

También debe puntualizarse respecto a América que en rigor no cabe denominar a sus primeros habitantes “indios” puesto que esa calificación procede de un error geográfico de los que arribaron a esas tierras provenientes de Europa quienes consideraron que habían llegado a la India.

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EN TORNO A LOS ALQUILERES: OTRA VEZ A LAS ANDADAS – Por Alberto Benegas Lynch (h)

De hecho la legislatura porteña acaba de introducir en nuestro medio una modificación a la ley de alquileres con el decidido apoyo del partido gobernante, lo cual muestra una vez más la manía del poder político de interferir en arreglos contractuales libres y voluntarios.

Los legisladores no pueden contener su inclinación a usar la fuerza para administrar el fruto del trabajo ajeno al efecto de justificar sus dietas, en lugar de comprender que la función medular del aparato político en funciones consiste en proteger -no vulnerar- derechos.

Esta vez es que los titulares y no los inquilinos deben hacerse cargo de las comisiones correspondientes a las empresas inmobiliarias para propiedades destinadas a la vivienda y, además, fija un tope para dichas comisiones. Una modificación en el corretaje que contradice el Código Civil y Comercial vigente. Por supuesto que inmediatamente aparecen las quejas de los afectados y todo tipo de especulaciones en el mercado.

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