"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
La actividad económica en 2018 cayó un 2,6 %, pero su composición puede resumirse en cuatro trimestres caracterizados por fundamentos bien diferenciados: arrastre en el trimestre I; sequía en el trimestre II; crisis cambiaria en el trimestre III; contracción monetaria en el trimestre IV.
El 2019 debería mostrar una dinámica exactamente opuesta a la observada en 2018. Un trimestre I de arrastre con mayor recesión producto de la devaluación y la contracción monetaria; un trimestre II de mejores cosechas, donde el motor del campo permite recuperar algo de actividad; un trimestre III donde ya la economía rebota tras la crisis cambiaria de un año atrás; y un trimestre IV que estará signado por el escenario electoral.
Aquí el Informe No. 1 del Monitor Económico Mensual.
Es notable como hay quienes persisten en la magia más rudimentaria al creer a pie juntillas que los aparatos estatales hacen aparecer recursos de la galera. No se percatan que los gobernantes nunca financian nada para la gente de su propio peculio. Todo lo que entrega a un sector es porque lo ha arrancado del fruto del trabajo de otras personas. No hay magia.
Pero de tanto machacar que el truco y el embuste se
traducen en nuevos recursos se convierte al gobierno en un mecanismo infame por
el que todos pretenden vivir a costa de los demás. Es como si se tratara de un
inmenso círculo en el que cada uno tiene metidas las manos en los bolsillos del
vecino con lo que la vida se torna insoportable y las tensiones son
permanentes, desgastantes y empobrecedoras. Empobrecen porque la única manera
de producir es trabajar y no estar pendiente de cuanto se puede arrancar del
prójimo.
Hace poco comentaba que en Buenos Aires escuché por la
radio que un fulano se quejaba amargamente porque las naranjas cuestan once
veces más en la góndola que en la tranquera del productor. El quejoso proponía
que el aparato estatal intervenga en esto que estimaba era un entuerto de
proporciones mayúsculas.
Pues bien, préstese atención a lo siguiente: si lo
dicho es correcto y se considera que el margen operativo es grande ¿por qué el
que denuncia no se mete en el negocio a los efectos de sacar partida del
arbitraje y así baja el precio del citrus en cuestión? Y si se dice que el
sujeto de marras no cuenta con los recursos suficientes, hay que responder que eso
no resulta necesario puesto que se vende la idea a otros para que contribuyan a
sufragar la operación.
Si nadie acepta entrar en ese negocio es debido a una
de dos razones: o la propuesta es un cuento chino y no hay el atractivo que se
menciona o, siendo cierto lo que se dice, hay otros negocios que reclaman una
mayor atención y como lo recursos son limitados no pueden encararse todos los
proyectos simultáneamente. También hay que tener en cuenta los manotazos
impositivos que en cada etapa encarecen el producto.
Este ejemplo de las naranjas puede extenderse a
infinidad de negocios en los que los gobernantes abandonan su misión específica
que en esta instancia del proceso de evolución cultural es la seguridad y la
justicia. Y esto ocurre debido precisamente a que el monopolio de la fuerza
atiende otros muchos reglones que no le competen.
Un rubro que habría que mirar detenidamente en el
llamado mundo libre es el de las jubilaciones. Resulta que los aparatos
estatales se han apoderado de ingresos ajenos para montar una fenomenal estafa
a través del sistema de pensiones conocidas como de reparto, lo cual conduce a
déficit crónicos con jubilaciones magras que no alcanzan para vivir.
El caso argentino es ilustrativo. Las inmigraciones
eran masivas en la época en que se adoptaron principios liberales del respeto
al prójimo -desde la Constitución de 1853 hasta el golpe fascista del 30 y
mucho más descabellado después del golpe de Perón de 1943- debido a que los
salarios e ingresos de los peones rurales y el de los obreros de la incipiente
industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.
Debido a esto decimos, nuestros ancestros ahorraban e
invertían en terrenitos, departamentos y compañías de seguros, activos de los
que fueron despojados por el peronismo con absurdas leyes de alquileres,
desalojos y demás barrabasadas para obligarlos a aportar a cajas jubilatorias
estatales. No se necesita ser un experto en matemática financiera para percibir
el atraco monumental cuando se constatan los mendrugos que reciben a cambio de
aportes en el transcurso de una vida de trabajo. Lamentablemente hubo otros
países que imitaron la experiencia estatista argentina que ahora es tiempo de
revisar dado que los populismos modernos han continuado con pasos en falso bajo
muy diversas etiquetas.
Como hemos consignado antes, el engaño de las mal
llamadas empresas estatales es otro mito que obliga a asignar recursos ajenos
por la fuerza en lugar de asumir riesgos con recursos propios. Los mercados
abiertos y competitivos permiten sacar lo mejor dadas las circunstancias
imperantes.
En este contexto, es de gran importancia estar prevenidos de supuestos empresarios que operan en alianza con los gobiernos para contar con mercados cautivos y así explotar miserablemente a sus congéneres. Son asaltos que se consuman con el apoyo político. La distribución de rentas y patrimonios se lleva a cabo en el supermercado y afines, la denominada redistribución necesariamente opera en otra dirección con lo que se disminuyen salarios ya que las tasas de capitalización son su única causa. Las diferencias de ingresos la marca la gente con sus votos cotidianos con sus compras y abstenciones de comprar, la envidia y la guillotina horizontal empobrece a todos. Los resultados dependerán de la capacidad de cada cual para servir a sus semejantes en procesos abiertos exentos de privilegios. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.
Publicado originalmente en el diario El País, el sábado 2 de marzo de 2019.
Alberto Benegas Lynch (h) escribió un libro que ya cumple su primera década en circulación titulado Estados Unidos contra Estados Unidos. El libro es una obra de arte que permite comparar la arquitectura institucional de un país que recibió bajo los principios de propiedad privada, libertad individual, economía de mercado y gobierno limitado millones de inmigrantes y que alcanzó el desarrollo frente a otro país que una vez desarrollado ignoró el legado de sus padres fundadores.
En la materia que aquí nos compete, sobre guerra, fuerzas armadas y política exterior, o más precisamente sobre la pregunta planteada en el título de esta nota, cabe señalar que Estados Unidos durante muchos años fue una nación que respetó el principio de no intervención.
Al respecto, George Washington decía en 1796, en ejercicio de la presidencia de la nación, que “[e]stablecimientos militares desmesurados constituyen malos auspicios para la libertad bajo cualquier forma de gobierno y deben ser considerados como particularmente hostiles a la libertad republicana”. En el mismo sentido, Madison anticipó que “[e]l ejército con un Ejecutivo sobredimensionado no será por mucho un compañero seguro para la libertad” (citados por Benegas Lynch, 2008, pág. 39).
Durante mucho tiempo el Gobierno de Estados Unidos fue reticente a involucrarse en las guerras a las que fue invitado. Robert Lefevre (1954/1972, pág. 17) escribe que entre 1804 y 1815 los franceses y los ingleses insistieron infructuosamente para que Estados Unidos se involucrara en las guerras napoleónicas; lo mismo ocurrió en 1821, cuando los griegos invitaron al Gobierno estadounidense a que enviara fuerzas en las guerras de independencia; en 1828 Estados Unidos se mantuvo fuera de las guerras turcas; lo mismo sucedió a raíz de las trifulcas austríacas de 1848, la guerra de Crimea en 1866,
las escaramuzas de Prusia en 1870, la guerra chino-japonesa de 1894, la guerra de los bóeres en 1899, la invasión de Manchuria por parte de los rusos y el conflicto ruso-japonés de 1903, en todos los casos, a pesar de pedidos expresos para tomar cartas en las contiendas.
El abandono del legado de los padres fundadores comienza a darse con el inicio de la Primera Guerra Mundial. No solo comienza un abandono de la política exterior de no intervención, sino que también se observa un Estado creciente, más intervencionista y un paulatino abandono del patrón oro y del federalismo. El poder ejecutivo comenzó a ejercer poco a poco una creciente autonomía, y a pesar de las provisiones constitucionales en contrario opera con una clara preeminencia sobre el resto de los poderes, avasallando las facultades de los Estados miembros.
Lefevre escribe que desde la Primera Guerra Mundial en adelante “la propaganda ha conducido a aceptar que nuestra misión histórica [la estadounidense] en la vida no consiste en retener nuestra integridad y nuestra independencia y, en su lugar, intervenir en todos los conflictos potenciales, de modo que con nuestros dólares y nuestros hijos podemos alinear al mundo (…) La libertad individual sobre la que este país fue fundado y que constituye la parte medular del corazón de cada americano [estadounidense] está en completa oposición con cualquier concepción de un imperio mundial, conquista mundial o incluso intervención mundial (…) En América [del Norte] el individuo es el fundamento y el Gobierno un mero instrumento para preservar la libertad individual y las guerras son algo abominable. (…) ¿Nuestras relaciones con otras naciones serían mejores o peores si repentinamente decidiéramos ocuparnos de lo que nos concierne?” (Lefevre, 1954/1972, págs. 18-19).
A partir de las dos guerras mundiales y la gran depresión de los años treinta se nota un quiebre en la política internacional americana respecto de su política exterior. De ser el máximo opositor a la política imperialista, pasó a crear el imperio más grande del siglo XX. A partir de allí ya no hubo retorno.
Alberto Benegas Lynch (h) (2008) es muy gráfico al enumerar las intromisiones militares en el siglo XX en que Estados Unidos se vio envuelto, las que incluye a Nicaragua, Honduras, Guatemala, Colombia, Panamá, República Dominicana, Haití, Irán, Corea, Vietnam, Somalia Bosnia, Serbia-Kosovo, Iraq y Afganistán. Esto generó en todos los casos los efectos exactamente opuestos a los declamados, pero, como queda dicho, durante la administración del segundo Bush, la idea imperial parece haberse exacerbado en grados nunca vistos en ese país, aún tomando en cuenta el establecimiento anterior de bases militares en distintos puntos del planeta, ayuda militar como en los casos de Grecia y Turquía o intromisiones encubiertas a través de la CIA.
En otros términos, Estados Unidos fue copiando el modelo español. Copió su proteccionismo, luego su política imperialista, y ahora hacia comienzos del siglo XXI su Estado de bienestar, el que ya deja al Gobierno norteamericano con un Estado gigantesco, déficits públicos récord y una deuda que supera el 100% del PIB.
Un estudio de William Graham Sumner (1899/1951, págs. 139-173) nos es de suma utilidad al comparar el imperialismo español con el actual norteamericano, aun cuando sorpresivamente su escrito tiene ya varias décadas: “España fue el primero (…) de los imperialismos modernos. Los Estados Unidos, por su origen histórico, y por sus principios constituye el representante mayor de la rebelión y la reacción contra ese tipo de Estado. Intento mostrar que, por la línea de acción que ahora se nos propone, que denominamos de expansión y de imperialismo, estamos tirando por la borda algunos de los elementos más importantes del símbolo de América [del Norte] y estamos adoptando algunos de los elementos más importantes de los símbolos de España. Hemos derrotado a España en el conflicto militar, pero estamos rindiéndonos al conquistado en el terreno de las ideas y políticas. El expansionismo y el imperialismo no son más que la vieja filosofía nacional que ha conducido a España donde ahora se encuentra. Esas filosofías se dirigen a la vanidad nacional y a la codicia nacional. Resultan seductoras, especialmente a primera vista y al juicio más superficial y, por ende, no puede negarse que son muy fuertes en cuanto al efecto popular. Son ilusiones y nos conducirán a la ruina, a menos que tengamos la cabeza fría como para resistirlas”.
Y más adelante agrega (1899/1951, págs. 140-151): “Si creemos en la libertad como un principio americano [estadounidense] ¿por qué no lo adoptamos? ¿Por qué lo vamos a abandonar para aceptar la política española de dominación y regulación?”
Volviendo a la pregunta de esta nota, y debo decir -afortunadamente-, Estados Unidos ha evitado en este tiempo una intervención militar sobre Venezuela. Entiendo el llamado del presidente Trump a la comunidad internacional como una solicitud para reconocer a un nuevo presidente interino que llame a elecciones dado que Maduro no fue elegido legítimamente. Esto no es elegir al nuevo presidente de Venezuela. Esto es muy diferente a las intervenciones militares que ha desarrollado durante gran parte del siglo XX. Esperemos que Estados Unidos se mantenga en línea, esta vez, bajo el principio de no intervención.
Las utopías tienen su cara y su contracara. Por un lado un sentido peligroso y es la postura que pretende fabricar a la fuerza un hombre nuevo desprovisto de interés personal, abandonando el deseo de lucro y capaz de derrotar “la tragedia de los comunes” consecuencia del ataque a la institución de la propiedad privada. Este es el eje central de la nueva izquierda, en realidad inventada para sustituir a la izquierda stalinista con la idea de eliminar la violencia en este sistema, sin evaluar que no puede evitarse la fuerza cuando se imponen caminos distintos a los preferidos por el ser humano real. Este sentido de utopia con razón produce temor debido a la acción constructivista por cambiar la naturaleza humana, lo cual conduce a resultados sumamente dañinos. En seguida volvemos esta acepción, pero antes aludimos a otra interpretación de la expresión de marras.
Otra variante se
condice con el frontal rechazo a la arrogancia y soberbia implícita en la
concepción que acabamos de puntualizar y, en su lugar, es más condescendiente y
respetuosa con la naturaleza de las cosas y, en el caso de los seres humanos
protege la santidad de sus autonomías individuales absteniéndose de diseñar al
hombre como si fuera un muñeco de arcilla. Este es el sentido a que se refieren
autores como John Hospers en “Freedom and Utopias” donde mantiene que “la única
utopía digna de ese nombre es la utopía de la libertad individual, en donde no
hay ningún plan general por lo que
cada uno es libre de planificar su vida, mientras no interfiera por medio de la
fuerza con los planes de otros para manejar sus propias vidas”.
Y es a lo que se refiere Hayek cuando escribe
que “Carecemos de una utopía liberal, un programa que no sea una mera defensa
de las cosas como están ni un tipo de socialismo diluido, sino un verdadero
liberalismo radical” (en “Socialism and the Intellectuals”). Por
esto es que, en rigor, se consideran antiutopías
las célebres de Orwell, Zamyatin, Taylor Caldwell, Jerome, Reisman y Huxley. Por
último y al margen en este segmento introductorio, tengamos en cuenta que la
asignación de derechos de propiedad vinculada a lo que se conoce como “la
lockean proviso” fue desmantelada por Robert Nozick y reformulados por Israel
Kirzner los fundamentos de la asignación original.
Habiendo dicho esto,
retomamos la idea de la nueva izquierda cuyo patrocinante de mayor envergadura
ha sido sin duda Herbert Marcuse quien adhiere al marxismo, pero como hemos
consignado más arriba con la enfática condición que no se lo vincule para nada
con el terror stalinista.
Marcuse pertenece a
la primera generación de la Escuela de Frankfurt junto a otros prohombres del
movimiento como Fromm con quien se enemistó a poco andar y también representantes de esa escuela como
Adorno y Benjamin. Se doctoró en la Universidad de Friburgo (paradójicamente la
misma casa de estudios en la que enseñó Hayek en sus últimos años). Sus obras
son múltiples pero las más conocidas son El
hombre unidimensional, Razón y
revolución, La sociedad industrial y
el marxismo, Ética de la revolución y Cultura
y sociedad para citar solo algunas, pero a nuestro juicio la obra que mejor
resume el pensamiento del autor está representada por una colección de cuatro
conferencias bajo en título de La
sociedad carnívora. Por razones de espacio solo me ocuparé de la primera y
agrego que en la tercera luego de renegar del stalinismo afirmó que la
construcción de la nueva izquierda “tal vez probablemente va a ser construido
en Cuba, tal vez se está construyendo en China [de Mao]”
Esta colección se
publicó en 1969 al año siguiente del mayo francés cuya cabeza intelectual más
destacada fue precisamente Marcuse. En esta nota periodística me voy a
concentrar en pasajes de este último libro, como queda dicho, de su primera conferencia. La
potencia oratoria y su estilo como escritor cautivó y cautiva multitudes, muy
especialmente a jóvenes universitarios de todas las latitudes y a predicadores
de varias religiones.
Lo primero que es
necesario decir respecto de Marcuse y en general de los dirigentes de las
izquierdas es su perseverancia en sus ideas y, sobre todo, su coraje para
exponerlas sin rodeos y siempre caminando en dirección al fondo de lo que
estiman son los problemas a resolver. Para volver a Hayek, por eso en el ensayo
de su autoría que acabamos de citar exhibe como ejemplo a los socialistas por
los motivos apuntados en contraste con muchos que se dicen liberales pero son
timoratos y prefieren esconder y disimular sus propuestas con lo que los
primeros terminan corriendo el eje de los debates y estableciendo las agendas
correspondientes.
La tesis medular del
marcusianismo consiste en sostener que el régimen capitalista ofrece mayores
bienes y servicios pero no ofrece vida digna puesto que se crean necesidades
artificiales por la publicidad que obligan a las personas a consumir sin
descanso para lo cual trabajan en condiciones de autómatas que están todo el
día buscando sustento, por ello es indispensable “la liberación del sistema
represivo”. La primera conferencia la pronunció en Londres en 1967 organizada
por el Instituto de Estudios Fenomenológicos y la tituló “Liberándose de la
sociedad opulenta”. Allí Marcuse destaca que “El problema que enfrentamos consiste
en la necesidad de la liberación, no de una sociedad pobre ni de una sociedad
en desintegración, sino de una sociedad que desarrolla en gran escala las
necesidades culturales del hombre así como las materiales –una sociedad que,
usemos el lema, distribuye las mercancías entre una porción cada vez mayor de
la población”. Necesitamos establecer “el reino de la libertad” y “pasar de lo
cuantitativo a lo cualitativo” lo cual “presupone la abolición de las
instituciones y mecanismos de represión”, que debe llevarse a cabo por hombres que tengan las nuevas
necesidades. Esta es de otro modo la idea básica subyacente en el propio
concepto de Marx”. Hay que vencer al capitalismo “con propiedad privada de los
medios de producción” que conducen a “un desperdicio acelerado”, se trata del
establecimiento de “una sociedad libre que es bloqueada por la sociedad
opulenta” en la que vivimos “la completa degradación del hombre hasta
convertirse en objeto” donde “el resultado es una existencia humana mutilada,
defectuosa y frustrada”. Subraya la “abolición del trabajo, el fin de la lucha
por la existencia, es decir, la vida como un fin en si misma y no más como un
medio para un fin” lo cual “presupone un tipo nuevo de hombre” que no esté
sujeto más a los dictámenes de la lucratividad y la eficiencia capitalistas”
puesto que “creo que la idea de un universo así también guió el concepto de
socialismo de Marx”. “Es innecesario decir que la precondición para ese cambio
cualitativo reside en la disolución del sistema existente” donde se encuentra
“la amenaza del desempleo tecnológico”, en resumen, “debemos enfrentar el
adoctrinamiento para la servidumbre con adoctrinamiento para la libertad”. Este
es un extracto de la primera conferencia y la más extensa de la selección que
comentamos.
Veamos estos temas
centrales por partes. En primer lugar la importancia de la propiedad privada.
Como se ha reiterado en muy distintas ocasiones, debido a que la naturaleza no
provee de todo para todos todo el tiempo, es imprescindible asignar derechos de
propiedad a los efectos de que los más eficientes para atender las demandas del
prójimo tengan como premio ganancias y los que yerran tengan como castigo
quebrantos. De este modo los respectivos patrimonios no son irrevocables sino
que dependen de las votaciones diarias de las personas en el supermercado y
afines. Este es el sentido de la antes mencionada “tragedia de los comunes” que
ilustra los pésimos incentivos cuando todo es de todos y, por ende, de nadie.
De más está decir que el sistema se contradice cuando irrumpen empresarios
prebendarios fruto de la inaceptable alianza con el poder político para así
explotar a sus semejantes.
En segundo lugar, la
abolición del interés personal es una quimera contraria a la naturaleza del
hombre puesto que si no estuviera en interés del sujeto actuante actuar como
actúa nada explica su motivación. En este contexto, fabricar un hombre nuevo
que no proceda por su interés ya se trate de acciones nobles o ruines es
pretender torcer la naturaleza de las cosas arrogándose el planificador
facultades propias de un tirano a costa de sufrimientos, sangre y muertes sin
que puedan crearse seres distintos a lo que son (afortunadamente puesto que es
inimaginable la cooperación social sin el interés personal que la mueve).
Tercero, el deseo de
lucro está también en la naturaleza del hombre puesto que toda acción apunta a
estar en una situación mejor respecto a la anterior al acto desde la perspectiva
de quien lo lleva a cabo. No hay ninguna acción entonces que no persiga una
ganancia sea psíquica o material. Este motor hace que en una sociedad libre
cada uno para mejorar su situación deba mejorar la de sus vecinos, de lo
contrario no obtiene la ganancia que pretende sea en una conversación, un rezo,
un acto de caridad o una transacción comercial. Desde luego que esto también
ocurre en los ladrones y asesinos, de allí la importancia de marcos
institucionales que abran de par en par las posibilidades de intercambios
voluntarios y pacíficos y se bloqueen actos que lesionan derechos de terceros.
Cuarto, las supuestas
necesidades artificiales creadas por la publicidad presupone la imbecilidad de
la gente excepto, por ejemplo, los que adquieren los libros de Marcuse. Una
cosa es intentar persuadir a la gente y otra bien distinta es imponer un producto.
Si esto último fuera así, con suficiente publicidad podría convencerse a la
gente de volver a la luz de las velas con precios muchos más altos que la
electricidad y así sucesivamente.
Quinto, el alegado
desperdicio en el sistema capitalista no es tal puesto que dadas las
circunstancias imperantes se saca el mayor provecho de los recursos disponibles
y quienes no proceden en esta dirección ven mermado su patrimonio. Cuando se
dice que en sistemas capitalistas se descartan bienes es porque se le atribuye
más valor a lo humano ya que arreglar o enmendar el bien con averías resulta
más caro que adquirir uno nuevo, sin perjuicio de los reciclados de lo
anterior. Sin embargo, en países donde no tiene lugar el capitalismo es típico
ver bicicletas y otros aparatos emparchados de los modos más rudimentarios
puesto que es muy barata la mano de obra precisamente porque las inversiones
son reducidas como consecuencia de sistemas anacrónicos del estatismo
imperante.
Sexto, la así llamado
desocupación tecnológica pasa por alto el hecho de que toda mejora en la
productividad libera recursos humanos y materiales para atender otras
necesidades que aun no han podido satisfacerse debido a que los siempre escasos
recursos estaban esterilizados en la áreas anteriores. El empresario está
siempre atento a nuevas capacitaciones para sacar partida de los arbitrajes que
se presentan al poder encarar emprendimientos inconcebibles antes de la
introducción de la tecnología desconocida hasta entonces.
Séptimo, tengamos en
cuenta que “el reino de la libertad” no puede darse donde se imponen conductas
contrarias a las que la gente prefiere. Administrar compulsivamente vidas y
haciendas ajenas es característico de regímenes totalitarios fruto del
adoctrinamiento que sugieren los simpatizantes de la nueva izquierda (tan vieja
como la original) donde el hombre se cosifica y pierde su dignidad.
Octavo y por último,
si por consumismo se entiende dar rienda suelta a una manía desesperada por
adquirir productos sin ton ni son debe subrayarse que no es responsabilidad del
sistema libre, abierto y competitivo sino el resultado de algunas
manifestaciones de deterioro axiológico que no se corrige con el uso de la
fuerza: es como echarle la culpa al cartero por una mala noticia. La sociedad
abierta permite elegir donde cada uno asume la responsabilidad por lo que
decide.
Cierro con otros
comentarios de Marcuse bajo otros títulos de la selección que comentamos, los
que deben ser especialmente atendidos por algunos de los que se consideran
liberales pero son refractarios a decir toda la verdad. Son sobre la
importancia de la teoría, sobre los conformistas y sobre la necesidad de ir al
fondo con las ideas: “Si la izquierda se pone alérgica contra las
consideraciones teóricas, entonces algo no funciona en la izquierda”; “La
izquierda debe hallar los medios adecuados para quebrar el conformismo” y el título
de una de sus conferencias quelo
toma de un grafiti parisién del célebre mayo que debe ser adecuadamente
sopesado para aquellos timoratos que creen que ser práctico es repetir las
gansadas del momento en lugar de correr el eje del debate: “Seamos realistas,
exijamos lo imposible”.
A cuarenta años de su
muerte, muchos son los que extrañan la vibrante oratoria y la encendida prosa
de Herbert Marcuse. Hoy resuenan sus ideas de la llamada nueva izquierda en
academias, en púlpitos, en congresos y hasta en reuniones sociales a sabiendas
o no de su origen.
Friedrich von Wieser (1851-1926) was one of the leading contributors in the “second generation” of the Austrian School of Economics. This memorial appreciation of Carl Menger, the founder of the Austrian School, was published in German not long after Menger’s passing in 1921. Wieser explains the state of economics before Menger’s writings on economic theory, the lasting importance of his contributions to economics, and the impact of Menger’s ideas on himself and his brother-in-law, the other noted Austrian economist, Eugen von Böhm-Bawerk. Wieser’s essay originally appeared in the “Neue Österreichische Biographie” (New Austrian Biographies), Vol. 2, (1923). It has not previously been translated and published in English. ~ Richard Ebeling
At a ripe old age – three days after he had reached the age of 81 – Carl Menger, the founder of the Austrian School of Economics, died on February 26, 1921.
Carl Menger came from a family of Austrian civil servants and officers. His brothers were the well-known Member of Parliament, Max Menger [1838-1911], and the equally outstanding lawyer and sociological writer, Anton Menger [1841-1906]. Their father, Anton Menger, was a lawyer, first in Neu-Sandez in Galicia, where Carl Menger was born [on February 23, 1840], and later in Bielitz; he was awarded the family nobility title, “Anton Menger Edler von Wolfesgrün,” but his sons chose not to accept the title. The mother Karoline, née Gerzabek, was the daughter of a wealthy merchant who had moved from Bohemia to Galicia and bought there the estate, Maniow, on which the children spent their holidays every year.
Carl Menger’s studies took him from Prague to Vienna, as it had his brothers. His entire life was centered in Vienna, the general outlines of which can be told in a few words. He entered the civil service and found in this work an opportunity for observing the economy, the results of which were published in his Grundsätze der Volkswirtschaftslehre [Principles of Economics] in 1871.[1] With this work, he completed his habilitation in 1872 at the University of Vienna and was appointed as a Privatdozent [an unsalaried lecturer] in political economy. The following year he was appointed an associate professor and soon, thereafter, full professor of political economy. He devoted himself to his professional teaching with the greatest zeal and success.
In 1883 he published his second major work, Untersuchungen über die Methode der Sozialwissenschaften und der Politischen Ökonomie insbesondere[Investigations on the Method of Social Sciences with Special Reference to Economics].[2] He, then, responded to the negative criticisms of Gustav von Schmoller [1838-1917], the leader of the German Historical School of Economics,[3] with a passionate polemic, Die Irrtmüer des Historismus in der deutschenNationalökonomie [The Errors of Historicism in German Political Economy] (1884).
The number of his other publications is not very large, and he retired relatively early from his official duties; yet he remained devoted to his studies until the end of his life, as evidenced by the abundance of manuscripts found among his papers. Special emphasis may be given to an expanded and partially revised edition of his Grundsätze,[4] that first book with which he started [his career] as a young man of 31 years; a work that he created in quiet seclusion without any teacher serving as a role model or other comrades, a work that assures him a rank among the leading economic thinkers in the world.
Economic Fundamentals and Economic Method
It is characteristic of Menger’s scientific nature that he devoted all diligence until the end to clearly and firmly work out the theoretical foundations of economic science. If others were to continue the work he had begun, he was, above all, concerned with penetrating into the last scientifically achievable depths.
The reader who is not an expert in the field may not have an interest in knowing all the details of Menger’s scientific work, but the educated public can be told about his accomplishments that earned him his scientific stature.
What was it that enabled him to become the founder of a new school of economics? If one wishes to properly give an answer to this question, then one has to go back, as Menger did with every problem, to those final – or, shall we say, those “fundamental”? – elements that are still open to human knowledge, and on the basis of which Menger was able to overcome the difficulties that hampered economic thinking before him.
In this context, a exposition that was intended for the professional should not fail to go back to the methodology used by Menger; but a presentation meant for a general educated audience may be shorter and can set aside the entire debate over economic methods. Menger wrote his book on methodology because his earlier Grundsätze had not received a sympathic hearing from the more historically oriented economists in Germany, and he considered it necessary, in general, to justify the value of theoretical economic analysis in comparison to an historically based economic analysis.
Richard Wagner [1813-1883] had followed the composing of his operas with additional writings explaining the vision behind each opera; in the final analysis, any persuasive power possessed in these latter writings only came from the overwhelming impact of the operas, themselves.[5] It is no different with Menger. In the last analysis, his book on economic methodology owes any of its probative power due to the demonstrable results that he had uncovered and presented in his Grundsätze; in this sense, a demonstration of the method applied. Who can deny that Menger became aware of the methodological path to follow based on these findings? It is clear, by the way, that there is no research method that is so precise that it guarantees success. Any method can only offer general direction for any research undertaken and the general nature of the tools to apply; but in any actual application, it is the researcher’s own focus that decides the method to be chosen.
It is certainly the case that in the natural sciences valuable knowledge has been gained from following the experimental method; but it is far more significant when a great thinker succeeds through a lucky experiment that secures an extension of knowledge in a particular area. Menger’s primary methodological achievement is not in his book on method, but the discovery of a series of concrete insights that he demonstrated in his Grundsätze through his detailed analysis at a number of crucial points. It is these specific conceptual insights that won him followers and the founding of a new school of economic thought.
Wieser and Böhm-Bawerk’s Search for Economic Foundations
It is in these specific discoveries that I see the achievement in Menger’s scientific work. I think it best serves my purpose if I speak in detail about its content and importance for our time. In doing so, I do not have to speak in generalities; I have the particular advantage that I can demonstrate the impact of Menger’s Grundsätze in a particular instance because I experienced it myself. Eugen von Böhm-Bawerk [1851-1914], who was my colleague from the beginning of middle school, and I were among the first readers of Menger’s Grundsätze; studying his book forever added to our understanding of theoretical economics. I do not digress from my subject if I first describe our state of mind before and after we came to know Menger’s Grundsätze.
Like all economists in Austria [in the nineteenth century], we came to economics by way of jurisprudence, and we always gratefully recalled what support we received for our understanding of economics as a result of our rigorous legal training. Roman private law, that masterpiece of conceptual explanation, is the law of property and of business. Its clear legal structures are entirely built on economic elements.
Likewise, Roman legal history, by setting out the historical consequences of these legal arrangements, is a form of accomplished economic history long before there was ever the idea of writing economic history. In this respect, the Austrian lawyer is also trained in economic history. We took in its entire rich content, and it was the clear arrangement by which it was offered to us that excited our youthful arrogance. Jurisprudence was seen as something complete, finished, and that did not pose any new problems. But we were eager to know how law gave authority to the legislator; so we set aside our law books and we turned to the unwritten economic “laws” of society.
We wanted to find out what could be discovered in the ideas of contemporary economic science. In vain we searched for an answer. In his lectures on theoretical economics, Lorenz von Stein [1815-1890], (whose importance in other areas we later came to appreciate), offered us brilliant lectures that, however, left the essential concepts hidden from view.[6] The textbook we first confronted was the distinguished work of Karl Heinrich Rau [1792-1870], through which for many years German youth had received, with German thoroughness and honesty, a faithful presentation of French and English classical economics, but without the passion of the original works.[7]
When we turned to the Classical masters, themselves, we experienced a new disappointment. We found presented to us a rich content that offered a strong impression of the spirit of the enlightened, social revolutionary ideas of the eighteenth century; because unlike the revolutions of the present [1923], the revolution of the eighteenth century was born out of that spirit of the Enlightenment. But we soon realized that the thinking of the Classical economists lacked a compelling unity in their ideas.
The Limits of the Classical Economists
Above all else, looking out at the world, the Classical economists gave a belief in freedom an appropriate place in their system of ideas. Given that the audience to which they addressed their arguments was in harmony with the importance they assigned to freedom, there was little harm if they presented their ideas in an idealized and factually flawed manner. But in contrast to the eighteenth century’s demand for the greatest degree of freedom possible, we live in a time in which calls are made for greater restrictions on freedom and, therefore, the ideas of the Classical economists are now looked at far more critically.
If Adam Smith remained relevant, it was explained (as a witty French judge once expressed it) by there being little concern regarding the degree to which the logical contradictions at which he arrived were inconsistent with the facts of experience; at the same time, Ricardo was determined, to the very end, to be as logically consistent as possible regardless of how much his logic might be insolubly in contradiction with the facts of reality.
We would have found our place in the Classical system if its errors and omissions had only related to some isolated results; but they concerned the conceptual fundamentals, themselves, for which we were searching. Thus, from the beginning, we were thrown into uncertainty and doubt. In Germany the main accusation against the Classical economists centered on their adherence to an “individualist” approach; we found that, in fact, they had failed, from the beginning, to be true to their individualist premises.
As true [methodological] individualists, they would have started from the point of view of the individuals and shown how their interconnections with each other explained the workings of the economy as a whole; they would have shown how out of the minds of individuals arose the conflicting actions and valuations that generated the economic process. But they were not interested in doing this.
The economy as a whole was a phenomenon in its own right, and the market exchange value of goods had nothing to do with the personal use-values of goods for individuals. Having use-value assured that goods possessed utility; but many useful things such as air and water do not possessed exchange value, while other goods such as gold and diamonds that have little [essential] usefulness have far higher exchange values than other goods that have far greater utility than them, such as iron and food.
False Foundations in the Labor Theory of Value
But to make the exchange value of goods somehow intelligible, there had to be a way to connect its relationship to an individual’s personal value judgments. The Classical economists, finding it necessary to do this, believed they had found such a connection, if not for all goods, then at least for the large majority of them: that being that the large majority of goods are the product of applying human labor.
As Adam Smith explained, the real cost of any good is the toil and trouble it takes to acquire it, and thus the exchange value of any good is the value of the toil and trouble a person is saved in terms of his own labor by obtaining the good in trade. But the reader who has followed the argument up to this point now experiences the greatest surprise when Adam Smith, in one of those noteworthy logical leaps that he commits, says that the value of a good is in reality not based on labor. It was once the case in earlier times before land came into private ownership; but landowners who love to reap what they have not sown, demand a rent for the use of their land. Ever since private property has existed, the value of goods no longer, alone, reflects the labor required for it production, but also includes a number of other determining factors.
Ricardo, with his peculiar inexorable logic, seeks to remain as close as he can to the labor theory of value; but in spite of all his artful ingenuity, in the end he, too, is forced to admit that in reality the value of goods stem from factors other than only labor. Thus, the Classical doctrine ends up with an idealized conception of the value of goods that stands in opposition to the value of goods in reality. The Classical theorists found themselves forced to adhere to an idealized theory of the value of goods that did not reflect reality because they believed that only with the help of this idea of “labor cost” could they make intelligible the value of goods.
Was this really the case? Did learning and adhering to this hypothetical notion of the value of goods succeed in enabling a penetration into the completely different reality of the valuation of goods? To the contrary, is it not a rejection of reality if a theory of value is constructed differently than it should be in accordance with the reality of the value of goods? Is the socialist critique of existing society correct? Is not Karl Marx, with his theory of surplus value, completely in the right? Is not the socialist theory the end result of the Classical system, which the classical economists did not have the courage to think through to the end?[8]
Wieser and Böhm-Bawerk Find the Answer in Menger
I do not know whether I have succeeded or not in giving the reader a clear sense of the predicament that our thinking was in when we began our study of economics. At the time we felt this frustration to the hilt. We could not side with the Classical economists; about that we had no doubt. But neither could we turn to the socialists, since by carrying the Classical approach to its logical end they had only succeeded in continuing their mistakes.
In the midst of our distress, we found at hand Menger’s Grundsätze, and suddenly all of our doubts were gone. Here was given to us a fixed Archimedean point, from which we found even more; we were given a full Archimedean plane, on which we were able to have a firm foundation and sufficient information to be reassured that we could proceed with confident steps.
Menger once told me how he had come to find this solid foundation. As a young staff member for the Wiener Zeitung [Vienna Times] he had to write summaries on the state of the [commodity] markets. In preparing these reports, he came to realize that the facts to which the most knowledgeable experts attributed the greatest influence for explaining the formation of prices had little in common with the cost-theories taught by the Classical economists. By following the process of price formation in markets, Menger was gradually led on to the right track.
He found that the actual basis behind the formation of prices was the valuational judgments of the ultimate consumers of goods. The value that consumers placed on commodities was based on an estimation of the importance of their needs, which was determined by the degree of importance assigned to a particular need that can be satisfied, which, in turn, depends upon the degree of [marginal] satisfaction already attained. With increasing satiety, the intensity of desire decreases.
Thus, Menger arrived at the law of the satiation of wants, just as some other economic thinkers had independently discovered it.[9] But his version took on special importance because of the way he connected it in a visibly fruitful way with other insights. The theoretically important element in the law of the satiation of wants is that the quantity of the supply of a good is seen as factor in influencing it value. The law of the satiation of wants tells us that increasing the supply, by extending the degree to which a need has been satisfied, results in reducing the value of the good. And, thus, is derived the market law of supply and demand. Since the importance of a specific want is a subjective value, it’s value-in-use, and since the law of supply and demand concerns value-in-exchange, the contradiction in the Classical doctrine concerning the contrast between use-value and exchange-value is eliminated through the element of subjective [marginal] valuation, as should be clear to anyone from his own personal experience.
Higher Order Goods and the Stages of Production
With the same clarity of focus with which Menger had entered the inner world of human needs, he also surveyed the structure of the outer world of goods. He arranges all the wealth and variety of possessions that make up human wealth into a series of “orders” that correspond to the stages through which the productive processes have to pass – from the extraction of mineral materials from the earth, through the transformation of those raw materials from one form to another, and the moving of all forms of goods from one place to another, until the finished product can fulfill its desired purpose within a household.
Except that Menger does not rank the stages as they follow one another from raw material to finished product in the production process. Rather, conversely, he arranges them in an order that has the first stage beginning with a human need from which the finished good receives its value. From this valued first-order finished good there is assigned a value to those “second order” goods from which these goods of the first order are most directly produced, for example, the flour from which bread is made; from the second order goods, value is assigned to the third order goods, and to the fourth order goods, with this imputation of value continuing back to the farthest orders of goods to which men push their productive activities.
But value is imputed to higher order goods in this manner only to the extent that one is compelled to do so, due to the limited supply of a finished good. For those goods that are available in a natural abundance, the individual does not feel a dependence upon the amount that he possesses, because it may be used arbitrarily without any valued need being unfulfilled. The individual does not feel a loss when any portion of that good passes from his control; he is not poorer as a result, because with such an abundance he still has more than enough at his disposal to serve his needs. Man does not value goods for their own sake, but only for his own sake, and thus only in so far as he feels that his own interest is related to the amount available.
At each of the orders of production, with their associated goods, the value assigned to the finished product is divided among the cooperating factors of production, or as Menger calls them the “complementary” factors. According to what “laws” the value of the final product that serves a human need is divided among the factors of production will not be discussed any further. It suffices to say that every producer and every consumer in the pursuit of his own ends, and in the actual circumstances of each’s economic importance, determines their influence over the value of the goods with which they are concerned.
Every person’s subjective value judgment, together with the quantity of resources that each one has at their disposal, set the limits of each producer’s and consumer’s impact in the marketplace through their respective price bids and price offers, out of which results the actual prices of the market. Since income is made up of the money rewards earned at those prices, Menger’s explanation, which began with the individual, comes full circle and reaches the heart of the great economic process.
Menger’s Foundations for Economic Theory
Menger’s Grundsätze did not in the least exhaust the sum total of all the problems of economic theory. We were left with many, many open problems, including some of the greatest importance and difficulty. But it should be clear by now to the reader that what he did was to seamlessly secure for us with his beginning presuppositions that Archimedean plane, as I expressed it earlier.
Böhm-Bawerk and I had the same feeling that upon the groundwork Menger had laid we could continue his work without fear of error leading us astray. Yes, even more so, we both felt an almost irresistible calling to continue Menger’s work, as if he was daring us to deal with the problems that he had left open and unanswered.
We both felt like the chess player who faces a complicated problem conceived for him by a superior master, and which in spite of the great difficulty has to have a solution. We had learned from Menger to see market processes as the gradual historical result of the directions taken by the economy, and which the inquiring mind using the power of economic reasoning can investigate, if only sufficient attention and creative efforts are applied. For there are no insoluble problems in economic theory, when the thoughtful mind follows the path of determination and patience.
Today, half a century has passed since the publication of Menger’s Grundsätze. The Austrian school has in these decades expanded Menger’s doctrines into a system that, to be sure, is still not fully developed and by no means fully consolidated. Nevertheless, it may be said that the «principles» themselves, upon which this system rests, have been fully proven. Menger once told me that he knew exactly how unfinished his work was, but he was allowed to claim that he had provided a series of building blocks for the construction of economic theory. He could have said that these are not simply building blocks, but that he had contributed the cornerstones of economic theory.
[1] [Translator: The English translation of Menger’s Grundsätze only appeared in 1950, published by The Free Press (Gloencoe, Illinois), under the title, Principles of Economics, with an introduction1985 by Frank H. Knight. New York University Press reprinted it in 1976, with Knight’s introduction substituted by Friedrich A. Hayek’s 1934 introduction to the Collected Works of Carl Menger published (in their original German) by the London School of Economics.]
[2] [Translator: The English translation of Menger’s Untersuchungen was published by University of Illinois Press (Urbana) in 1963 under the title, Probems of Economics and Sociology, with an introduction by Louis Schneider. New York University Press reprinted it in 1985 under the title, Investigations on the Method of Social Sciences with Special Reference to Economics, with an introduction by Lawrence H. White.
[3] [Translator: Gustav von Schmoller (1838-1917) was one of the leading members of the German Historical School, which emphasized that only detailed historical analysis could serve as the basis of unearthing any “laws” of economics, and any such laws were historically specific to certain epochs and periods of time; thus, the idea that there were general and universal laws of economic valid and true at all times in all places was denied. Schmoller also was a strong advocate of the German interventionist-welfare state in the name of “social justice.” And he was a forceful advocate of a “strong” Germany in foreign affairs.]
[4] [Translator: Karl Menger, Jr (1902-1985), published a second edition of his father’s Grundsätze der Volkswirtschaftslehre in 1923, with some additions and annotations from Carl Menger’s unfinished revised manuscript. In the introduction to this second edition, Karl Menger, Jr. also explained that originally the Grundsätze had been meant to be the first of four volumes, with the later volumes never completed. Volume two was to be on interest, wages, rent, income, credit and paper money. Volume three was to cover the theory of production and trade, the technological requirements of production, the economic conditions of production, as well as commerce, speculation and arbitrage. And volume four was to be devoted to a critique of the modern economy and proposals for social reform.]
[5] [Translator: Richard Wagner (1813-1883) was the noted German composer of the famous four-opera, The Ring of the Nibelung, and Tristan and Isolde. Wagner music is often identified with German romanticism and blood tribalism. Strongly anti-Semitic, Wagner and his music became associated with Nazism in the twentieth century, especially due to Hitler’s assignment of it as true reflection of the character and spirit of the “German race.”]
[6] [Translator: Lorenz von Stein (1815-1890) taught at the University of Vienna from 1855 to his retirement in 1885. He wrote several books on the history and significance of “social movements” in the late eighteenth and nineteenth centuries in France. Stein’s political views reflected a form of “monarchical socialism” and reform.]
[7] [Tranlator: Karl Heinrich Rau (1792-1870), Lehrbuch der politischen Ökonomie (three volumes, 1826-1837).]
[8] [Translator: Karl Marx (1808-1883) developed a version of labor theory of value based on the “Classical” approach found in Adam Smith, David Ricardo, and others. “Surplus value” referred to the amount of output produced in a period of labor time in excess of the amount of output necessary for simple subsistence. Marx argued that “the workers” were exploited by the “capitalist owners” of the physical means of production, because to have access to the use of those physical means (tools, machinery, land), the workers had to give a portion of that surplus value to the employers, though those employers did none of the “real” work of producing the output of society.]
[9] [Translator: Wieser is referring to the fact that around the same time that Menger published his Grundsätze in 1871 in Austria, a logically similar theory was published th same year in Great Britain by William Stanley Jevons (1835-1882), The Theory of Political Economy, and three years later in 1874 in France by Leon Walras (1834-1910), Elements of Political Economy.]Share
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Richard M. Ebeling, an AIER Senior Fellow, is the BB&T Distinguished Professor of Ethics and Free Enterprise Leadership at The Citadel, in Charleston, South Carolina. Ebeling lived on AIER’s campus from 2008 to 2009.
Investigar las causas de políticas monetarias específicas significa buscar las teorías monetarias que sirven de guía a quienes crean las políticas. Las ideas controlan al mundo y son las ideas monetarias las que dan origen a las políticas monetarias. Varias doctrinas económicas y monetarias específicas han combinado sus fuerzas para darle a nuestra era sus características inflacionarias. Algunas de estas doctrinas son tan populares como falaces. Las teorías que sostienen que los políticos deben emitir y manejar el dinero porque la gente es incapaz de manejar el propio, que la prosperidad y expansión económicas dependen de la emisión de más dinero, que la oferta de oro y plata es insuficiente, que las depresiones económicas son el resultado de la falta de dinero, que la inflación surge de la codicia individual y del deseo de ingresos y precios más elevados, que los políticos y funcionarios son valientes luchadores contra la inflación, y que el dólar estadounidense ha ganado la batalla frente al oro, constituyen sólo unas pocas de las nociones ampliamente aceptadas; pero totalmente erróneas, que rigen la política monetaria.
El Gobierno de Mauricio Macri tuvo que enfrentar otra tapa “negra” de los diarios en materia económica. Durante 2018 la actividad económica cayó un 2,6 % y el sector privado perdió 191.300 empleos. Esta situación viene de la mano con lo que se percibe en la calle: comercios que cierran sus persianas, empresas que se funden o se van del país y pérdida de trabajo.
La situación económica de los que pueden seguir operando y de los que conservan el empleo no es buena. Los márgenes de ganancia se achican, los comerciantes se quejan de que es imposible trasladar a los precios el incremento de los valores en los insumos y las mercaderías y los trabajadores perciben mes a mes cómo la inflación y la devaluación le come el salario. Mientras el sector privado sigue pagando el ajuste que debería hacer el sector público, el Estado mantiene todos los privilegios. Allí no hubo ni ajuste ni corrección.
En el proceso de evolución cultural, si se toman en cuenta los diez mil años que
se estima, transcurrieron desde los primeros indicios de lo que puede
considerarse son relaciones sociales en este planeta, resulta sumamente reducida
la porción de tiempo desde que aparece la noción de los derechos inalienables de
la persona. Aun con diversos matices, las distintas corrientes -de la tradición
iusnaturalista tienen en común que la fundamentación de aquellos derechos pone
de relieve que son inherentes al individuo debido a la naturaleza del ser humano
y no como consecuencia de convención o construcción alguna por parte, del
hombre.
Ningún estudio étnico de los Estados Unidos de Norteamérica sería completo si no tratara la singular experiencia de los negros en su condición de esclavos durante dos siglos. Esto no sólo es importante desde el punto de vista histórico; también tiene implicaciones para las actuales controversias en torno a problemas tales como el pago de una «compensación» por las pasadas injusticias. Por otra parte, la esclavitud es un importante fenómeno en sí mismo, puesto que el grado en que se permitía el funcionamiento de los mercados de esclavos tuvo efectos trascendentes sobre los negros y sobre la sociedad en general.
La esclavitud ha existido durante miles de años en todos los continentes, con numerosas modificaciones, y ha abarcado una extraordinaria gama de ocupaciones.