Es de interés indagar en los motivos que hacen que personas formadas con determinados valores en los que creen, en la práctica de la vida operan a contramano de aquellos principios. En economía hay un precepto que se denomina “la preferencia revelada”: no importa en que consistan los discursos y las declamaciones, lo relevante son las acciones que en verdad ponen al descubrimiento los valores que se profesan.
Si
una persona dice y repite que lo importante para el es la lectura pero se pasa
la vida jugando al tennis, en la práctica, pone de manifiesto que lo
prioritario para el es el deporte y no la lectura. Sin duda que también hay que
tener en cuenta que pueden sostenerse de buena fe ciertos principios y, en los
hechos, se violan debido a que “nadie pude tirar la primera piedra” en el
sentido de que todos nos equivocamos. Pero el asunto es la continuidad en el
tiempo: si permanentemente se cae en el pantano y no hay esfuerzo alguno para
mantener la brújula y subirse a la huella y rectificarse, queda claro el
principio que se aplica eclipsa y deglute al declamado. Sin duda que peor que
esta situación es olvidarse de los mojones y parámetros de la conducta recta y
ni siquiera declamarlos porque, en ese caso, se borra toda esperanza de
reencauzar la acción hacia la buena senda.
En
esta misma línea de pensamiento, intriga como es que muchos estudiantes
universitarios que, dados lo tiempos que corren, tienen el raro privilegio de
atender clases en las que se exponen las ventajas de la sociedad abierta o
quienes han obtenido los beneficios -también poco comunes- de haber recibido
esa educación en sus hogares y adhieren a esa forma de convivencia basada en el
respeto recíproco, pero, sin embargo, en los avatares de la vida, en la
práctica, renuncian a esos valores. Y lo curioso es que no lo hacen porque
deliberadamente abandonan ese modo de pensar, al contrario, insisten en
suscribir los pilares de la sociedad libre en el contexto de las relaciones
sociales pero, nuevamente decimos, en los actos cotidianos ese pensamiento, de
tanto amoldarse a las opiniones que prevalecen, se diluye y finalmente es
devorado y triturado por los hechos diarios.
La
explicación consiste que en numerosos casos, la persona aún manteniendo en las
palabras esos principios, percibe que en el mundo que lo rodea las conductas
son muy otras y, para sobrevivir, como si se tratara de un instinto
inconsciente de supervivencia, aplican los valores opuestos en lugar de hacer
frente a los acontecimientos e intentar revertirlos para mejorar la situación.
Internamente
se pretende el autoengaño que, para suavizar la tensión subyacente, aparentan
mantener los principios en los que racionalmente adhieren pero todos sus dichos
y hechos apuntan en la dirección opuesta. Muchas veces de tanto simular
terminan creyendo en sociedades autoritarias de diverso grado. Al fin y al
cabo, como ha escrito Nathaniel Hawthorne en La letra escarlata “Ningún
hombre puede por un período considerable de tiempo usar una cara para él mismo
y otra para la multitud sin finalmente confundirse acerca de cual es la
verdadera”.
Independientemente
de las concepciones del psicólogo Leon Festinger en otros ámbitos, fue el quien
bautizó en 1957 la idea de la referida tensión (aunque aplicada a casos y, en
cierto sentido, contextos diferentes a los aquí expuestos) como “disonancia
cognitiva”. Un neologismo fértil para explicar el fenómeno a que nos venimos
refiriendo. Me llamó la atención sobre este término y el profesional que lo
comenzó a utilizar mi amigo Alberto Mansueti, de la Universidad de San Pablo.
Hay
otra situación a la que también aplicamos la antedicha noción de “disonancia
cognitiva” y es cuando una persona sostiene que procede convencida de la más
alta calidad de un bien pero queda a todas luces patente que su conducta obra
por snobismo, show-off, para llamar la atención o simplemente para esconder
algún complejo. Es cuando se encandila por precios altos de un bien y está
atraída a su compra, no tanto por el contenido de lo que adquiere sino
precisamente por el precio especialmente elevado.
Como
es sabido, en economía se enseña que cuando el precio aumenta la demanda
decrece (según sea su elasticidad). Sin embargo, se sostiene que en el caso
comentado no tiene lugar la mencionada ley puesto que cuando el precio se
incrementa se incrementa también la cantidad demandada. Esto no es así. Hay un espejismo que se
conoce como “la paradoja Giffen” (por Robert Giffen, a quien Alfred Marshall le
atribuyó la autoría del concepto). En realidad la ley se mantiene inalterada,
lo que ocurre es que aparece un nuevo bien que se superpone al anterior y es el
snobismo o sus antes referidos equivalentes que hacen de nuevo producto, para
el que al elevarse el precio naturalmente se contrae la demanda.
Nadie
declara que procede por snobismo, incluso puede pensarse que no se opera en
base a esa tontera pero, en la práctica, la tensión interna hace que tenga
lugar el autoconvencimiento de que se compra el bien en cuestión debido a “la
calidad superior del mismo”. Dicho sea de paso, esa es, por ejemplo, la razón
por la que la botella del vino Petrus se cotice a cinco mil dólares ya que no
hay fundamentos enológicos para tal precio en comparación con otros vinos de
igual o mejor calidad pero sin el mercadeo y la presentación de aquel
(reflexión que para nada se traduce en que el valor deja de ser puramente
subjetivo y dependiente de la utilidad marginal). Esto también ocurre con la
pintura, la moda y otras manifestaciones públicas de variado tenor y especie
pero, de más está decir, esta no es la tendencia prevaleciente en el mercado ya
que la gente elige microondas, comida, televisores y demás bienes por su
calidad y no por snobismo (de lo contrario, con suficiente mercadeo y publicidad
se podría convencer a la gente que use candelas en lugar de luz eléctrica,
carpas en lugar de edificios, monopatines en lugar de automóviles etc).
Otro
ejemplo -lamentablemente de gran actualidad por estos días- es el método Ponzi
(llamado así por el célebre estafador Carlo Ponzi emigrado a Estados Unidos de
Italia en 1903) que se basa en un esquema piramidal en el que se prometen altos
rendimientos sustentado en ingresos de nuevos inversionistas engatusados por
grandes retornos y no debido a prometidas pero inexistentes colocaciones de
fondos tomados de los clientes. Ha habido sonados casos de quienes sospechaban
el fraude pero se autoconvencían de supuestos éxitos y habilidades de los
tramposos…otra vez, la “disonancia cognitiva” (y no se trata de introducir
más regulaciones estatales sino de abrir paso a las auditorias de los
“inversionistas” o de los controles societarios si se trata de ejecutivos que
operan de ese modo para que los accionistas tengan adecuada información en base
a la flexibilidad y los necesarios reflejos libres de la intromisión
gubernamental, aparato que debe limitarse a condenar luego del correspondiente
proceso a los denunciados, del mismo modo que no se requieren disposiciones
especiales para evitar que se vendan pollos en mal estado).
En todo caso, el punto central de esta nota consiste
en destacar esos raros y un tanto misteriosos vericuetos internos que apuntan
al alivio de tensiones entre posiciones opuestas a través del autoengaño o la
“disonancia cognitiva”.