"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
Como la mayoría de los grandes fenómenos sociales espontáneos, el sindicalismo fue adquiriendo organización y contenido ideacional -más allá de sus formulaciones y reivindicaciones iniciales- a través de tanteos, experiencias y contactos con otros grupos, así como con sus propios activistas, sin aparecer, sino en la última etapa de su desarrollo, como una meta institucional específica. Esos contactos fueron pacíficos o tormentosos, según las vicisitudes de cada período histórico y de cada país, pero, en cualquier caso, estuvieron matizados por la incertidumbre de su desenlace final, que fue la institucionalización, en aquellos países donde la democracia pudo consolidarse o donde la posibilidad de su vigencia se mantuvo latente, entre la intermitencia de golpes militares.
Me han pedido que les hable sobre las “consecuencias económicas del estado benefactor” pero yo preferiría eliminar del título la palabra “económicas” y referirme en cambio a las consecuencias generales, políticas y económicas, o quizás a lo que sería más apropiado denominar “la economía política del estado benefactor”.
Me gustaría comenzar con algunas definiciones básicas. Trazaré una clara diferenciación entre el “estado socialista” y el “estado transferidor”. En el primero de los casos, el estado a través de sus diversos organismos y dependencias provee en forma directa bienes y servicios, sean éstos bienes y servicios “públicos”, en un sentido claramente definido, o bienes privados, según la definición común. Es decir, el “estado socialista” es un productor directo; respeta la norma marxista de control de los medios de producción. Por el contrario, y al menos como tipo ideal, el “estado transferidor” no provee bienes y servicios en forma directa ni financia dichos bienes y servicios. El “estado transferidor” como tipo ideal de estado, simplemente toma fondos fiscales de algunos grupos e individuos que están dentro de su jurisdicción y los transfiere, en forma de pagos en efectivo, a otros individuos y grupos de la comunidad política.
A lo que me refiero cuando hablo del “estado benefactor” es a una forma de estado transferidor. Deberá distinguírsela con claridad de otra de las formas posibles de estado transferidor, a la que denominaré el “estado redistribuidor”, término tomado del libro The State (1985) de Jasay. El “estado redistribuidor” simplemente toma as recaudaciones provenientes del pago de impuestos de algunos grupos y ofrece pagos en efectivo a otros grupos, dependiendo del poder político relativo de las coaliciones cuando interactúan a través del proceso de decisión política. No es necesario que haya conexión entre la configuración neta de las transferencias que se producen y cualquier norma convenida que permita el desarrollo del bienestar general de los miembros de la comunidad. No es necesario que haya, en particular, ningún desplazamiento en la distribución final de los ingresos hacia los menos favorecidos. Podría suceder exactamente lo contrario. La configuración de las transferencias en el estado redistribuidor está determinada exclusivamente por la lucha entre intereses competitivos a través del proceso político, cualquiera que sea éste, y no necesariamente debe existir una conexión con la redistribución vertical como tal. George Stigler se ha referido al estado redistribuidor diciendo que opera de acuerdo con lo que él denomina la ley Director de la redistribución.
En este ensayo examinaremos la posibilidad de que la constitución del orden en las
sociedades humanas pueda organizarse sobre la base de diferentes principios expresados a
través de distintas estructuras que conducen a diferentes realidades en la vida pública. La
utilización de normas destinadas a ordenar las relaciones entre los miembros de una sociedad
es una característica universal de las sociedades humanas. La relación norma-gobernamte-
gobernado se presta a diferentes pautas de organización. Compararemos aquí la teoría de la
soberanía, postulada por Hobbes, con una teoría de los sistemas federales de gobierno. Los
dos modelos permiten elegir la forma en que pueden constituirse las sociedades humamos.
Muchas y copiosas son las historias escritas pero hay una de características peculiares por su profundidad, por el amplio período que abarca y, al mismo tiempo, por su extensión relativamente reducida. Se trata una de las obras de Louis Rougier publicada en francés en 1969 y traducida al inglés con el título de The Genius of the West en 1971 con prólogo del premio Nobel Friedrich Hayek quien detalla los libros y ensayos publicados por el autor y sus esfuerzos por reunir a intelectuales del liberalismo para hacer frente al espíritu socialista que comenzó a prevalecer especialmente a partir de la Segunda Guerra Mundial. Ahora se encuentra disponible una cuidadosa traducción al castellano por Unión Editorial de Madrid titulada El genio de Occidente.
En lo personal, llegué tarde para tener el privilegio de estar
nuevamente con él (mucho antes lo había conocido fugazmente cuando mi padre lo
recibió en Buenos Aires en el Centro de
Estudios sobre la Libertad), pues siendo rector de ESEADE lo invité a pronunciar
conferencias pero a vuelta de correo llegó una amable carta manuscrita con una
muy prolija caligrafía de su mujer en la que me informaba de la reciente muerte
de su marido ocurrida en el mismo mes de mi invitación, en octubre de 1982.
En esta nota periodística intentaré un recorrido por los pasajes más
sobresalientes de este libro que consta de 17 capítulos en los que este
doctorado en la Sorbonne y profesor en diversas universidades francesas,
italianas y estadounidenses resume una muy jugosa visión sobre lo que estima
son los tramos más relevantes de la civilización en la que vivimos.
Rougier abre su trabajo con el mito de Prometeo quien desafió la
voluntad de Zeus al robar fuego de los cielos y entregarlo a los mortales. Esto
dice Rougier pone de manifiesto el espíritu de la rebelión frente a los dioses
“lo cual simboliza los miedos de la gente primitiva en la presencia de las
fuerzas naturales que los domina y aterroriza”. El autor subraya que este mito
ilustra la necesaria curiosidad y el amor por la aventura del pensamiento. Esto
ilustra la insistencia en mejorar las cosas y no considerarlas inamovibles.
Apunta que la contribución de los griegos a la civilización occidental es el haberle
dado un sentido claro y preciso a la razón, en contraste con oriente que en
general se asimilaban a los dictados de los reyes puesto que “la ciencia no se
satisface con las evidencias de los sentidos que describen el como de las cosas sino que busca la
evidencia intelectual que explica el porqué
de las cosas”, le atribuyeron preeminencia al logos como sentido, como razón, como estudio, como investigación de
las causas útimas.
De esta postura frente al conocimiento, el autor deriva la idea de la
democracia griega que sostiene era “el gobierno de las leyes y no el gobierno
de los hombres” en el contexto de la igualdad ante la ley por lo que en este
sistema se reservaba la expresión polis
para aludir a la ciudad gobernada por la ley en cuyo ámbito señala la
importancia que la civilización griega le atribuía a la moneda con sólido
respaldo en plata como era el dracma
y sus inclinaciones al comercio libre facilitada por contar con dinero
confiable.
En el siguiente capítulo se subraya el orden jurídico de la Roma
republicana en cuanto a “la protección contra el poder arbitrario” basado en el
concepto de derecho natural en línea con lo expresado por Cicerón en cuanto a
que “la verdadera ley consiste en la recta razón en concordancia con la
naturaleza que es de aplicación universal, inmutable y eterna”, lo cual fue
posteriormente elaborado y ampliado por autores como Hugo Grotius, Algernon
Sidney y John Locke.
El cuarto capítulo se destina a describir y condenar la esclavitud, una
de las manchas negras más nefastas de la
historia del hombre. Rougier se pregunta porqué los griegos no trasladaron sus
contribuciones a una revolución industrial y se responde que esto se debió a la
horripilante y entorpecedora institución de la esclavitud por lo que “en muchas
ciudades la actividad de los habitantes
era considerada incompatible con el ejercicio de las tareas manuales”.
Incluso, como es bien sabido, Aristóteles avalaba la esclavitud y concluyó que
“el esclavo es una herramienta viviente” (parlantes decían otros).
El autor subraya que esta fue una de las razones centrales de la
decadencia romana puesto que “al ser incapaces de sustentarse recurrieron al
estado para alimentos, cobijo y diversión de lo cual derivó el panem et circenses […] el número de
parásitos que el Imperio debía financiar creció cada vez más, mientras la
productividad de la clase media se hizo cada vez más reducida […] y para
atender la consecuente crisis el Imperio se volcó a la planificación
totalitaria y a las asociaciones compulsivas […] con lo que se transformó en un derroche general y en
todos trabajaban para el estado burocrático” lo cual terminó en el derrumbe
romano y sus satélites.
Señala que al cristianismo de la época no solo no se le ocurrió proponer
la abolición de la esclavitud sino que aconsejaban obedecer a los dueños
(Corintios 1, 7:20-22) pero también es muy cierto que con el cristianismo
comenzó un revolución de fondo en la buena dirección al rehabilitar el trabajo
manual y, sobre todo, al enseñar que todo ser humano tiene la misma dignidad
independientemente de su condición, nacionalidad y etnia como en Gálatas 3:28
(incluso mostrar como un Papa proviene de la condición de esclavo como
Calixto). Esto a pesar de los abusos de emperadores cristianos como Constantino
con todos sus atropellos y persecuciones a los no cristianos.
En medio de las pestes recurrentes, a fines de la Edad Media comenzaron
a aparecer comerciantes debido a las libertades que se otorgaban en los
recientemente creados burgos (de allí
el burgués) ya sea por hazañas militares u otras condiciones apreciadas
circunstancialmente por los señores feudales. En esa época se produjo la
invención de los caracteres móviles de Guttenberg lo cual permitió una notable
difusión del conocimiento junto al desarrollo de transacciones comerciales y
las incipientes faenas bancarias.
En esta línea de progreso se fue desarrollando lo que se conoce como el
Renacimiento por la expansión de la libertad lo cual permitió retomar el ímpetu
antes del oscurantismo. Rougier subraya las notables contribuciones artísticas,
culturales, científicas y comerciales de ese tiempo, todo ello a
contracorriente de las intolerancias religiosos, la quema de libros y
manuscritos. “Los gigantes del Renacimiento fueron Leonardo da Vinci, Francis
Bacon, Galileo y Descartes […] todo debido a la preservación del obsequio
principal de la naturaleza: la libertad”, nuevamente en un ámbito donde asomaba
la amenaza de la Iglesia contra la ciencia, lo cual ejemplifica el autor con el
juicio a Galileo alimentado por el Papa
Urbano VIII y sentenciado por el Santo Oficio (“lo obligaron a Galileo Galilei
a arrodillarse y abdicar de la física” escribe Ortega). Rougier se refiere
detenidamente a los aportes científicos y evolutivos de Copérnico, Kepler,
Galileo y Newton y luego a Pascal, Turgot y Condorcet y la consecuente idea de
progreso como algo a lo que debía darse rienda suelta en un clima de respeto
recíproco.
En el onceavo capítulo Louis Rougier se detiene a considerar los aportes
notables de pensadores como Mercier de la Rivére y Adam Smith que dieron por
tierra con las falacias de las doctrinas mercantilistas para mostrar las
ventajas y los beneficios del librecambio, especialmente para los más
necesitados y la célebre fórmula de laissez-faire
de Gourany “que fue el arma para derribar los muros contra el comercio
interior y con el exterior que separaban a las personas. Fue una apelación muy
justificada a la providencia del orden natural” (dejar hacer a las actividades
legítimas en oposición a los dictados caprichosos de los gobernantes).
Muestra como aquellos principios rectores en el contexto de marcos
institucionales de respeto a la propiedad de cada uno condujo a la
extraordinaria Revolución Industrial que permitió elevar salarios e ingresos en
términos reales de una población que antes estaba mayormente destinada a las
hambrunas y las muertes prematuras. En esos ámbitos, los incentivos para nuevos
emprendimientos y nuevos descubrimientos se multiplicaron a pasos agigantados a
diferencia del sistema anterior que solo privilegiaba a los nobles y sus
cortesanos. Apunta Rougier la vertiginosa revolución no solo en las fábricas
sino en la agricultura y en la medicina, en la tecnología en general, lo cual
abrió paso a las humanidades y a la exploración más sistemática y difundida de
las manifestaciones artísticas.
Los derechos divinos de los reyes y demás maniobras para ocultar el
deseo irrefrenable de poder fueron desapareciendo lo cual el autor pone en
evidencia en las primeras líneas con que abre el capítulo treceavo: “La
revolución científica del Renacimiento, la revolución ética de la Reforma, el
descubrimiento de las leyes de mercado y la Revolución Industrial del siglo
dieciocho se combinó para generar una revolución política que completó la
transformación de las sociedades occidentales […] El placer de los reyes fue
sustituido por Constituciones, la organización jerárquica basada en los
privilegios fue reemplazada por la igualdad ante la ley, las ocupaciones
cerradas a las masas fue sustituida por el libre acceso a todos, la soberanía
del príncipe fue reemplazada por la soberanía de la gente y la omnipotencia del
estado fue eliminada y garantizados los derechos de todas las personas”.
Las ideas totalitarias de Hobbes y Rosseau fueron en gran medida
desalojadas y ocupadas por estrictos límites al poder. La Revolución Inglesa de
1688, el comienzo de la Francesa antes de la contrarrevolución del terror
(conviene puntualizar, ya que la idea de igualdad ha sido desfigurada, que en
la Declaración de Derechos de 1789 la igualdad aludida es ante la ley y no mediante
ella, tal como se aclara de entrada en su artículo primero) y la Revolución
Norteamericana fueron tres puntales dirigidos en sus inicios hacia el antes
mencionado respeto recíproco, en este último caso con la expresa mención del
derecho a la resistencia a la opresión en su Declaración de la Independencia.
En este muy telegráfico pantallazo -más bien diría a vuelo de pájaro, al
efecto de interesar al lector- respecto a un
libro de gran calado, destaco las advertencias de Rougier que denomina
“los riesgos del progreso” que tal como subrayó Tocqueville en su momento que “los
adelantos morales y materiales que se dan por sentados provocan un quiebre
fatal” puesto que debe tenerse en debida cuenta lo tan reiterado por los Padres
Fundadores en Estados Unidos: “el precio de la libertad es su eterna
vigilancia”.
El autor de la obra que venimos comentando la culmina con reflexiones
sobre la necesidad de refutar los peligrosos enredos del marxismo y sobre todo
los del mal llamado “Estado Benefactor” (lo cual es una contradicción en los
términos ya que la beneficencia no puede llevarse a cabo por la fuerza) que
penetra con más eficacia sobre las mentes desprevenidas. En el extremo los
Stalin, Hitler, Mao, Pol Pot, Kim Jong-un y Castro y demás tiranos han estrangulado, triturado y
aniquilado las autonomías individuales de millones de seres indefensos.
Las Constituciones modernas en su mayoría seguían los lineamientos
iniciados por la Carta Magna de 1215, es decir, el establecimiento de vallas más
o menos infranqueables al abuso del poder, hasta que en pleno siglo veinte
comenzaron a promulgarse las anticonstituciones, a saber, escritos en los que
se le otorgaba un cheque en blanco a los gobiernos para aniquilar los derechos
de los gobernados en lugar de
protegerlos. Comenzó así la era de los pseudoderechos.
Rougier finaliza este notable trabajo consignando que “la civilización
no está circunscripta a ningún lugar geográfico” sino que se debe a valores que
surgen de mentes que adhieren a esos principios que requiere que
permanentemente se contrarresten los avances socialistas que bajo muy diversos
rótulos han penetrado en las entrañas de la sociedad libre donde, entre otros,
en la batalla por las ideas, los escritores juegan un rol decisivo. Su
conclusión es que “en cualquier lugar en donde se respeten los derechos del
hombre, donde exista la completa apertura a la investigación científica y la
libertad de pensamiento y de prensa, allí está Occidente” (diría Jorge García
Venturini: “es el espíritu de Occidente” y la tradición opuesta la describe
Solzhenitsin al sostener que “un
gobierno autoritario no quiere escritores, solo quiere amanuenses”).
En todo caso, como en toda clase, conferencia o trabajo escrito Rougier
estampa allí sus valores, tal como reza la Biblia “No elogies a nadie antes de
oírlo razonar, porque allí es donde se prueban los hombres” (Eclesiástico, 27:
7).
La actividad económica en 2018 cayó un 2,6 %, pero su composición puede resumirse en cuatro trimestres caracterizados por fundamentos bien diferenciados: arrastre en el trimestre I; sequía en el trimestre II; crisis cambiaria en el trimestre III; contracción monetaria en el trimestre IV.
El 2019 debería mostrar una dinámica exactamente opuesta a la observada en 2018. Un trimestre I de arrastre con mayor recesión producto de la devaluación y la contracción monetaria; un trimestre II de mejores cosechas, donde el motor del campo permite recuperar algo de actividad; un trimestre III donde ya la economía rebota tras la crisis cambiaria de un año atrás; y un trimestre IV que estará signado por el escenario electoral.
Aquí el Informe No. 1 del Monitor Económico Mensual.
Es notable como hay quienes persisten en la magia más rudimentaria al creer a pie juntillas que los aparatos estatales hacen aparecer recursos de la galera. No se percatan que los gobernantes nunca financian nada para la gente de su propio peculio. Todo lo que entrega a un sector es porque lo ha arrancado del fruto del trabajo de otras personas. No hay magia.
Pero de tanto machacar que el truco y el embuste se
traducen en nuevos recursos se convierte al gobierno en un mecanismo infame por
el que todos pretenden vivir a costa de los demás. Es como si se tratara de un
inmenso círculo en el que cada uno tiene metidas las manos en los bolsillos del
vecino con lo que la vida se torna insoportable y las tensiones son
permanentes, desgastantes y empobrecedoras. Empobrecen porque la única manera
de producir es trabajar y no estar pendiente de cuanto se puede arrancar del
prójimo.
Hace poco comentaba que en Buenos Aires escuché por la
radio que un fulano se quejaba amargamente porque las naranjas cuestan once
veces más en la góndola que en la tranquera del productor. El quejoso proponía
que el aparato estatal intervenga en esto que estimaba era un entuerto de
proporciones mayúsculas.
Pues bien, préstese atención a lo siguiente: si lo
dicho es correcto y se considera que el margen operativo es grande ¿por qué el
que denuncia no se mete en el negocio a los efectos de sacar partida del
arbitraje y así baja el precio del citrus en cuestión? Y si se dice que el
sujeto de marras no cuenta con los recursos suficientes, hay que responder que eso
no resulta necesario puesto que se vende la idea a otros para que contribuyan a
sufragar la operación.
Si nadie acepta entrar en ese negocio es debido a una
de dos razones: o la propuesta es un cuento chino y no hay el atractivo que se
menciona o, siendo cierto lo que se dice, hay otros negocios que reclaman una
mayor atención y como lo recursos son limitados no pueden encararse todos los
proyectos simultáneamente. También hay que tener en cuenta los manotazos
impositivos que en cada etapa encarecen el producto.
Este ejemplo de las naranjas puede extenderse a
infinidad de negocios en los que los gobernantes abandonan su misión específica
que en esta instancia del proceso de evolución cultural es la seguridad y la
justicia. Y esto ocurre debido precisamente a que el monopolio de la fuerza
atiende otros muchos reglones que no le competen.
Un rubro que habría que mirar detenidamente en el
llamado mundo libre es el de las jubilaciones. Resulta que los aparatos
estatales se han apoderado de ingresos ajenos para montar una fenomenal estafa
a través del sistema de pensiones conocidas como de reparto, lo cual conduce a
déficit crónicos con jubilaciones magras que no alcanzan para vivir.
El caso argentino es ilustrativo. Las inmigraciones
eran masivas en la época en que se adoptaron principios liberales del respeto
al prójimo -desde la Constitución de 1853 hasta el golpe fascista del 30 y
mucho más descabellado después del golpe de Perón de 1943- debido a que los
salarios e ingresos de los peones rurales y el de los obreros de la incipiente
industria eran superiores a los de Suiza, Alemania, Francia, Italia y España.
Debido a esto decimos, nuestros ancestros ahorraban e
invertían en terrenitos, departamentos y compañías de seguros, activos de los
que fueron despojados por el peronismo con absurdas leyes de alquileres,
desalojos y demás barrabasadas para obligarlos a aportar a cajas jubilatorias
estatales. No se necesita ser un experto en matemática financiera para percibir
el atraco monumental cuando se constatan los mendrugos que reciben a cambio de
aportes en el transcurso de una vida de trabajo. Lamentablemente hubo otros
países que imitaron la experiencia estatista argentina que ahora es tiempo de
revisar dado que los populismos modernos han continuado con pasos en falso bajo
muy diversas etiquetas.
Como hemos consignado antes, el engaño de las mal
llamadas empresas estatales es otro mito que obliga a asignar recursos ajenos
por la fuerza en lugar de asumir riesgos con recursos propios. Los mercados
abiertos y competitivos permiten sacar lo mejor dadas las circunstancias
imperantes.
En este contexto, es de gran importancia estar prevenidos de supuestos empresarios que operan en alianza con los gobiernos para contar con mercados cautivos y así explotar miserablemente a sus congéneres. Son asaltos que se consuman con el apoyo político. La distribución de rentas y patrimonios se lleva a cabo en el supermercado y afines, la denominada redistribución necesariamente opera en otra dirección con lo que se disminuyen salarios ya que las tasas de capitalización son su única causa. Las diferencias de ingresos la marca la gente con sus votos cotidianos con sus compras y abstenciones de comprar, la envidia y la guillotina horizontal empobrece a todos. Los resultados dependerán de la capacidad de cada cual para servir a sus semejantes en procesos abiertos exentos de privilegios. La igualdad es ante la ley, no mediante ella.
Publicado originalmente en el diario El País, el sábado 2 de marzo de 2019.
Alberto Benegas Lynch (h) escribió un libro que ya cumple su primera década en circulación titulado Estados Unidos contra Estados Unidos. El libro es una obra de arte que permite comparar la arquitectura institucional de un país que recibió bajo los principios de propiedad privada, libertad individual, economía de mercado y gobierno limitado millones de inmigrantes y que alcanzó el desarrollo frente a otro país que una vez desarrollado ignoró el legado de sus padres fundadores.
En la materia que aquí nos compete, sobre guerra, fuerzas armadas y política exterior, o más precisamente sobre la pregunta planteada en el título de esta nota, cabe señalar que Estados Unidos durante muchos años fue una nación que respetó el principio de no intervención.
Al respecto, George Washington decía en 1796, en ejercicio de la presidencia de la nación, que “[e]stablecimientos militares desmesurados constituyen malos auspicios para la libertad bajo cualquier forma de gobierno y deben ser considerados como particularmente hostiles a la libertad republicana”. En el mismo sentido, Madison anticipó que “[e]l ejército con un Ejecutivo sobredimensionado no será por mucho un compañero seguro para la libertad” (citados por Benegas Lynch, 2008, pág. 39).
Durante mucho tiempo el Gobierno de Estados Unidos fue reticente a involucrarse en las guerras a las que fue invitado. Robert Lefevre (1954/1972, pág. 17) escribe que entre 1804 y 1815 los franceses y los ingleses insistieron infructuosamente para que Estados Unidos se involucrara en las guerras napoleónicas; lo mismo ocurrió en 1821, cuando los griegos invitaron al Gobierno estadounidense a que enviara fuerzas en las guerras de independencia; en 1828 Estados Unidos se mantuvo fuera de las guerras turcas; lo mismo sucedió a raíz de las trifulcas austríacas de 1848, la guerra de Crimea en 1866,
las escaramuzas de Prusia en 1870, la guerra chino-japonesa de 1894, la guerra de los bóeres en 1899, la invasión de Manchuria por parte de los rusos y el conflicto ruso-japonés de 1903, en todos los casos, a pesar de pedidos expresos para tomar cartas en las contiendas.
El abandono del legado de los padres fundadores comienza a darse con el inicio de la Primera Guerra Mundial. No solo comienza un abandono de la política exterior de no intervención, sino que también se observa un Estado creciente, más intervencionista y un paulatino abandono del patrón oro y del federalismo. El poder ejecutivo comenzó a ejercer poco a poco una creciente autonomía, y a pesar de las provisiones constitucionales en contrario opera con una clara preeminencia sobre el resto de los poderes, avasallando las facultades de los Estados miembros.
Lefevre escribe que desde la Primera Guerra Mundial en adelante “la propaganda ha conducido a aceptar que nuestra misión histórica [la estadounidense] en la vida no consiste en retener nuestra integridad y nuestra independencia y, en su lugar, intervenir en todos los conflictos potenciales, de modo que con nuestros dólares y nuestros hijos podemos alinear al mundo (…) La libertad individual sobre la que este país fue fundado y que constituye la parte medular del corazón de cada americano [estadounidense] está en completa oposición con cualquier concepción de un imperio mundial, conquista mundial o incluso intervención mundial (…) En América [del Norte] el individuo es el fundamento y el Gobierno un mero instrumento para preservar la libertad individual y las guerras son algo abominable. (…) ¿Nuestras relaciones con otras naciones serían mejores o peores si repentinamente decidiéramos ocuparnos de lo que nos concierne?” (Lefevre, 1954/1972, págs. 18-19).
A partir de las dos guerras mundiales y la gran depresión de los años treinta se nota un quiebre en la política internacional americana respecto de su política exterior. De ser el máximo opositor a la política imperialista, pasó a crear el imperio más grande del siglo XX. A partir de allí ya no hubo retorno.
Alberto Benegas Lynch (h) (2008) es muy gráfico al enumerar las intromisiones militares en el siglo XX en que Estados Unidos se vio envuelto, las que incluye a Nicaragua, Honduras, Guatemala, Colombia, Panamá, República Dominicana, Haití, Irán, Corea, Vietnam, Somalia Bosnia, Serbia-Kosovo, Iraq y Afganistán. Esto generó en todos los casos los efectos exactamente opuestos a los declamados, pero, como queda dicho, durante la administración del segundo Bush, la idea imperial parece haberse exacerbado en grados nunca vistos en ese país, aún tomando en cuenta el establecimiento anterior de bases militares en distintos puntos del planeta, ayuda militar como en los casos de Grecia y Turquía o intromisiones encubiertas a través de la CIA.
En otros términos, Estados Unidos fue copiando el modelo español. Copió su proteccionismo, luego su política imperialista, y ahora hacia comienzos del siglo XXI su Estado de bienestar, el que ya deja al Gobierno norteamericano con un Estado gigantesco, déficits públicos récord y una deuda que supera el 100% del PIB.
Un estudio de William Graham Sumner (1899/1951, págs. 139-173) nos es de suma utilidad al comparar el imperialismo español con el actual norteamericano, aun cuando sorpresivamente su escrito tiene ya varias décadas: “España fue el primero (…) de los imperialismos modernos. Los Estados Unidos, por su origen histórico, y por sus principios constituye el representante mayor de la rebelión y la reacción contra ese tipo de Estado. Intento mostrar que, por la línea de acción que ahora se nos propone, que denominamos de expansión y de imperialismo, estamos tirando por la borda algunos de los elementos más importantes del símbolo de América [del Norte] y estamos adoptando algunos de los elementos más importantes de los símbolos de España. Hemos derrotado a España en el conflicto militar, pero estamos rindiéndonos al conquistado en el terreno de las ideas y políticas. El expansionismo y el imperialismo no son más que la vieja filosofía nacional que ha conducido a España donde ahora se encuentra. Esas filosofías se dirigen a la vanidad nacional y a la codicia nacional. Resultan seductoras, especialmente a primera vista y al juicio más superficial y, por ende, no puede negarse que son muy fuertes en cuanto al efecto popular. Son ilusiones y nos conducirán a la ruina, a menos que tengamos la cabeza fría como para resistirlas”.
Y más adelante agrega (1899/1951, págs. 140-151): “Si creemos en la libertad como un principio americano [estadounidense] ¿por qué no lo adoptamos? ¿Por qué lo vamos a abandonar para aceptar la política española de dominación y regulación?”
Volviendo a la pregunta de esta nota, y debo decir -afortunadamente-, Estados Unidos ha evitado en este tiempo una intervención militar sobre Venezuela. Entiendo el llamado del presidente Trump a la comunidad internacional como una solicitud para reconocer a un nuevo presidente interino que llame a elecciones dado que Maduro no fue elegido legítimamente. Esto no es elegir al nuevo presidente de Venezuela. Esto es muy diferente a las intervenciones militares que ha desarrollado durante gran parte del siglo XX. Esperemos que Estados Unidos se mantenga en línea, esta vez, bajo el principio de no intervención.
Las utopías tienen su cara y su contracara. Por un lado un sentido peligroso y es la postura que pretende fabricar a la fuerza un hombre nuevo desprovisto de interés personal, abandonando el deseo de lucro y capaz de derrotar “la tragedia de los comunes” consecuencia del ataque a la institución de la propiedad privada. Este es el eje central de la nueva izquierda, en realidad inventada para sustituir a la izquierda stalinista con la idea de eliminar la violencia en este sistema, sin evaluar que no puede evitarse la fuerza cuando se imponen caminos distintos a los preferidos por el ser humano real. Este sentido de utopia con razón produce temor debido a la acción constructivista por cambiar la naturaleza humana, lo cual conduce a resultados sumamente dañinos. En seguida volvemos esta acepción, pero antes aludimos a otra interpretación de la expresión de marras.
Otra variante se
condice con el frontal rechazo a la arrogancia y soberbia implícita en la
concepción que acabamos de puntualizar y, en su lugar, es más condescendiente y
respetuosa con la naturaleza de las cosas y, en el caso de los seres humanos
protege la santidad de sus autonomías individuales absteniéndose de diseñar al
hombre como si fuera un muñeco de arcilla. Este es el sentido a que se refieren
autores como John Hospers en “Freedom and Utopias” donde mantiene que “la única
utopía digna de ese nombre es la utopía de la libertad individual, en donde no
hay ningún plan general por lo que
cada uno es libre de planificar su vida, mientras no interfiera por medio de la
fuerza con los planes de otros para manejar sus propias vidas”.
Y es a lo que se refiere Hayek cuando escribe
que “Carecemos de una utopía liberal, un programa que no sea una mera defensa
de las cosas como están ni un tipo de socialismo diluido, sino un verdadero
liberalismo radical” (en “Socialism and the Intellectuals”). Por
esto es que, en rigor, se consideran antiutopías
las célebres de Orwell, Zamyatin, Taylor Caldwell, Jerome, Reisman y Huxley. Por
último y al margen en este segmento introductorio, tengamos en cuenta que la
asignación de derechos de propiedad vinculada a lo que se conoce como “la
lockean proviso” fue desmantelada por Robert Nozick y reformulados por Israel
Kirzner los fundamentos de la asignación original.
Habiendo dicho esto,
retomamos la idea de la nueva izquierda cuyo patrocinante de mayor envergadura
ha sido sin duda Herbert Marcuse quien adhiere al marxismo, pero como hemos
consignado más arriba con la enfática condición que no se lo vincule para nada
con el terror stalinista.
Marcuse pertenece a
la primera generación de la Escuela de Frankfurt junto a otros prohombres del
movimiento como Fromm con quien se enemistó a poco andar y también representantes de esa escuela como
Adorno y Benjamin. Se doctoró en la Universidad de Friburgo (paradójicamente la
misma casa de estudios en la que enseñó Hayek en sus últimos años). Sus obras
son múltiples pero las más conocidas son El
hombre unidimensional, Razón y
revolución, La sociedad industrial y
el marxismo, Ética de la revolución y Cultura
y sociedad para citar solo algunas, pero a nuestro juicio la obra que mejor
resume el pensamiento del autor está representada por una colección de cuatro
conferencias bajo en título de La
sociedad carnívora. Por razones de espacio solo me ocuparé de la primera y
agrego que en la tercera luego de renegar del stalinismo afirmó que la
construcción de la nueva izquierda “tal vez probablemente va a ser construido
en Cuba, tal vez se está construyendo en China [de Mao]”
Esta colección se
publicó en 1969 al año siguiente del mayo francés cuya cabeza intelectual más
destacada fue precisamente Marcuse. En esta nota periodística me voy a
concentrar en pasajes de este último libro, como queda dicho, de su primera conferencia. La
potencia oratoria y su estilo como escritor cautivó y cautiva multitudes, muy
especialmente a jóvenes universitarios de todas las latitudes y a predicadores
de varias religiones.
Lo primero que es
necesario decir respecto de Marcuse y en general de los dirigentes de las
izquierdas es su perseverancia en sus ideas y, sobre todo, su coraje para
exponerlas sin rodeos y siempre caminando en dirección al fondo de lo que
estiman son los problemas a resolver. Para volver a Hayek, por eso en el ensayo
de su autoría que acabamos de citar exhibe como ejemplo a los socialistas por
los motivos apuntados en contraste con muchos que se dicen liberales pero son
timoratos y prefieren esconder y disimular sus propuestas con lo que los
primeros terminan corriendo el eje de los debates y estableciendo las agendas
correspondientes.
La tesis medular del
marcusianismo consiste en sostener que el régimen capitalista ofrece mayores
bienes y servicios pero no ofrece vida digna puesto que se crean necesidades
artificiales por la publicidad que obligan a las personas a consumir sin
descanso para lo cual trabajan en condiciones de autómatas que están todo el
día buscando sustento, por ello es indispensable “la liberación del sistema
represivo”. La primera conferencia la pronunció en Londres en 1967 organizada
por el Instituto de Estudios Fenomenológicos y la tituló “Liberándose de la
sociedad opulenta”. Allí Marcuse destaca que “El problema que enfrentamos consiste
en la necesidad de la liberación, no de una sociedad pobre ni de una sociedad
en desintegración, sino de una sociedad que desarrolla en gran escala las
necesidades culturales del hombre así como las materiales –una sociedad que,
usemos el lema, distribuye las mercancías entre una porción cada vez mayor de
la población”. Necesitamos establecer “el reino de la libertad” y “pasar de lo
cuantitativo a lo cualitativo” lo cual “presupone la abolición de las
instituciones y mecanismos de represión”, que debe llevarse a cabo por hombres que tengan las nuevas
necesidades. Esta es de otro modo la idea básica subyacente en el propio
concepto de Marx”. Hay que vencer al capitalismo “con propiedad privada de los
medios de producción” que conducen a “un desperdicio acelerado”, se trata del
establecimiento de “una sociedad libre que es bloqueada por la sociedad
opulenta” en la que vivimos “la completa degradación del hombre hasta
convertirse en objeto” donde “el resultado es una existencia humana mutilada,
defectuosa y frustrada”. Subraya la “abolición del trabajo, el fin de la lucha
por la existencia, es decir, la vida como un fin en si misma y no más como un
medio para un fin” lo cual “presupone un tipo nuevo de hombre” que no esté
sujeto más a los dictámenes de la lucratividad y la eficiencia capitalistas”
puesto que “creo que la idea de un universo así también guió el concepto de
socialismo de Marx”. “Es innecesario decir que la precondición para ese cambio
cualitativo reside en la disolución del sistema existente” donde se encuentra
“la amenaza del desempleo tecnológico”, en resumen, “debemos enfrentar el
adoctrinamiento para la servidumbre con adoctrinamiento para la libertad”. Este
es un extracto de la primera conferencia y la más extensa de la selección que
comentamos.
Veamos estos temas
centrales por partes. En primer lugar la importancia de la propiedad privada.
Como se ha reiterado en muy distintas ocasiones, debido a que la naturaleza no
provee de todo para todos todo el tiempo, es imprescindible asignar derechos de
propiedad a los efectos de que los más eficientes para atender las demandas del
prójimo tengan como premio ganancias y los que yerran tengan como castigo
quebrantos. De este modo los respectivos patrimonios no son irrevocables sino
que dependen de las votaciones diarias de las personas en el supermercado y
afines. Este es el sentido de la antes mencionada “tragedia de los comunes” que
ilustra los pésimos incentivos cuando todo es de todos y, por ende, de nadie.
De más está decir que el sistema se contradice cuando irrumpen empresarios
prebendarios fruto de la inaceptable alianza con el poder político para así
explotar a sus semejantes.
En segundo lugar, la
abolición del interés personal es una quimera contraria a la naturaleza del
hombre puesto que si no estuviera en interés del sujeto actuante actuar como
actúa nada explica su motivación. En este contexto, fabricar un hombre nuevo
que no proceda por su interés ya se trate de acciones nobles o ruines es
pretender torcer la naturaleza de las cosas arrogándose el planificador
facultades propias de un tirano a costa de sufrimientos, sangre y muertes sin
que puedan crearse seres distintos a lo que son (afortunadamente puesto que es
inimaginable la cooperación social sin el interés personal que la mueve).
Tercero, el deseo de
lucro está también en la naturaleza del hombre puesto que toda acción apunta a
estar en una situación mejor respecto a la anterior al acto desde la perspectiva
de quien lo lleva a cabo. No hay ninguna acción entonces que no persiga una
ganancia sea psíquica o material. Este motor hace que en una sociedad libre
cada uno para mejorar su situación deba mejorar la de sus vecinos, de lo
contrario no obtiene la ganancia que pretende sea en una conversación, un rezo,
un acto de caridad o una transacción comercial. Desde luego que esto también
ocurre en los ladrones y asesinos, de allí la importancia de marcos
institucionales que abran de par en par las posibilidades de intercambios
voluntarios y pacíficos y se bloqueen actos que lesionan derechos de terceros.
Cuarto, las supuestas
necesidades artificiales creadas por la publicidad presupone la imbecilidad de
la gente excepto, por ejemplo, los que adquieren los libros de Marcuse. Una
cosa es intentar persuadir a la gente y otra bien distinta es imponer un producto.
Si esto último fuera así, con suficiente publicidad podría convencerse a la
gente de volver a la luz de las velas con precios muchos más altos que la
electricidad y así sucesivamente.
Quinto, el alegado
desperdicio en el sistema capitalista no es tal puesto que dadas las
circunstancias imperantes se saca el mayor provecho de los recursos disponibles
y quienes no proceden en esta dirección ven mermado su patrimonio. Cuando se
dice que en sistemas capitalistas se descartan bienes es porque se le atribuye
más valor a lo humano ya que arreglar o enmendar el bien con averías resulta
más caro que adquirir uno nuevo, sin perjuicio de los reciclados de lo
anterior. Sin embargo, en países donde no tiene lugar el capitalismo es típico
ver bicicletas y otros aparatos emparchados de los modos más rudimentarios
puesto que es muy barata la mano de obra precisamente porque las inversiones
son reducidas como consecuencia de sistemas anacrónicos del estatismo
imperante.
Sexto, la así llamado
desocupación tecnológica pasa por alto el hecho de que toda mejora en la
productividad libera recursos humanos y materiales para atender otras
necesidades que aun no han podido satisfacerse debido a que los siempre escasos
recursos estaban esterilizados en la áreas anteriores. El empresario está
siempre atento a nuevas capacitaciones para sacar partida de los arbitrajes que
se presentan al poder encarar emprendimientos inconcebibles antes de la
introducción de la tecnología desconocida hasta entonces.
Séptimo, tengamos en
cuenta que “el reino de la libertad” no puede darse donde se imponen conductas
contrarias a las que la gente prefiere. Administrar compulsivamente vidas y
haciendas ajenas es característico de regímenes totalitarios fruto del
adoctrinamiento que sugieren los simpatizantes de la nueva izquierda (tan vieja
como la original) donde el hombre se cosifica y pierde su dignidad.
Octavo y por último,
si por consumismo se entiende dar rienda suelta a una manía desesperada por
adquirir productos sin ton ni son debe subrayarse que no es responsabilidad del
sistema libre, abierto y competitivo sino el resultado de algunas
manifestaciones de deterioro axiológico que no se corrige con el uso de la
fuerza: es como echarle la culpa al cartero por una mala noticia. La sociedad
abierta permite elegir donde cada uno asume la responsabilidad por lo que
decide.
Cierro con otros
comentarios de Marcuse bajo otros títulos de la selección que comentamos, los
que deben ser especialmente atendidos por algunos de los que se consideran
liberales pero son refractarios a decir toda la verdad. Son sobre la
importancia de la teoría, sobre los conformistas y sobre la necesidad de ir al
fondo con las ideas: “Si la izquierda se pone alérgica contra las
consideraciones teóricas, entonces algo no funciona en la izquierda”; “La
izquierda debe hallar los medios adecuados para quebrar el conformismo” y el título
de una de sus conferencias quelo
toma de un grafiti parisién del célebre mayo que debe ser adecuadamente
sopesado para aquellos timoratos que creen que ser práctico es repetir las
gansadas del momento en lugar de correr el eje del debate: “Seamos realistas,
exijamos lo imposible”.
A cuarenta años de su
muerte, muchos son los que extrañan la vibrante oratoria y la encendida prosa
de Herbert Marcuse. Hoy resuenan sus ideas de la llamada nueva izquierda en
academias, en púlpitos, en congresos y hasta en reuniones sociales a sabiendas
o no de su origen.