Microfundamentos vs. Realidad Social: los costos de construir una economía sólida

En el debate de 1930 entre Friedrich Hayek y John Maynard Keynes, la crítica más profunda del primero al segundo es que éste sólo veía los agregados (consumo, inflación, producción), pero que estos carecían de micro-fundamentos. La tasa de interés en el pensamiento de Keynes, por ejemplo, no estaba basada en una teoría del capital, y la atención en el nivel de precios, no dejaba ver la distorsión de precios relativos que la política monetaria podía provocar. Desde Precios y Producción (1931) hasta La Teoría Pura del Capital (1941) Hayek puso el foco precisamente en advertir que debajo de la macro que Keynes describía había una estructura del capital que determinaría la realidad social futura.

Hoy vemos este mismo debate planteado en la Argentina. Mientras unos ven que desde 2015 hasta 2019 aumentó la inflación, el desempleo y la pobreza y cayó la actividad, otros observan una economía que tiende a normalizar sus micro-fundamentos. No está demás aclarar que los micro-fundamentos determinan la realidad social en el largo plazo, pero en el corto pueden disociarse.

Tengo la impresión que en diciembre 2015 la realidad social no era buena, pero los micro-fundamentos eran peores de lo que la realidad social podía mostrar. Argentina era una olla hirviendo. Bastaba levantar la tapa, para que la realidad social volara por los aires y se ajustara a unos micro-fundamentos muy pobres. Axel Kicillof fue el artífice entre 2011 y 2015 de distorsionar esos micro-fundamentos para que el gobierno que siguiera al de Cristina Fernández de Kichner fracasara en cualquier intento de recuperar el crecimiento del que careció la Argentina de ese último gobierno kirchnerista.

Y no me refiero aquí, únicamente, al caso del dólar futuro, que desbordó las páginas de los medios durante meses. El problema era mucho más complejo que eso. Toda la política económica de este último gobierno kirchnerista evitó corregir uno solo de los problemas fundamentales de Argentina para evitar que el costo se traslade a la realidad social. Era más efectivo, esperar que la bomba explotara en manos del siguiente gobierno.

Había alta inflación, pero si sumábamos la inflación reprimida, su nivel hubiera sido más alto aun que el actual. Había default, pero era más prometedor acusar a Griesa que acordar con el Club de París. Había un tipo de cambio muy atrasado, pero devaluar hubiera contribuido a que salte la inflación y la pobreza, mientras hubiese hundido a la actividad. Las tarifas estaban también atrasadas, pero nadie desea sufrir el costo social y político de elevar el costo de los servicios públicos.

El gobierno de Mauricio Macri hizo precisamente esto. Dejará en 2019 una Argentina con alta inflación, desempleo y pobreza, pero sus micro-fundamentos garantizan una economía que rebotará y permitirá con ello una mejor realidad social, bajando precisamente la inflación, el desempleo y la pobreza a niveles inferiores que los que heredó. Ese proceso ya inició y de hecho los datos ya lo están mostrando.

¿Qué fue lo que hizo Macri? Sustituyó un déficit fiscal primario y consolidado entre Nación y Provincias, por equilibrio presupuestario. Es cierto que aun resta cubrir los intereses pero de cumplirse las metas fiscales Argentina podría alcanzar en un hipotético segundo gobierno de Mauricio Macri el superávit fiscal primario, que a su turno permita alcanzar el equilibrio fiscal financiero (incluyendo los intereses). También se ocupó Cambiemos de reconocer un tipo de cambio competitivo, lo que requirió de una fuerte devaluación el año previo a la elección, y lo que repercutió en la inflación, el desempleo y la pobreza, pero al alza.

¿Podía Argentina evitar la crisis cambiaria en un momento en que además de la sequía, el mundo vivió un corte repentino del crédito internacional (Sudden stop)? De ninguna manera. Defender el peso en ese contexto, hubiera dejado a la Argentina sin reservas rápidamente. Y es que los micro-fundamentos de la economía argentina eran muy débiles, mucho más que los de los países vecinos que enfrentaron mejor el shock externo.

El tipo de cambio saltó de 17 a 23, 28, 31, 37, 42, para luego retroceder a 38, tras lo cual subió a 45, para luego retroceder a 42. La crisis cambiaria vino a corregir el enorme déficit de cuenta corriente, pero fundamentalmente permitió que los argentinos nos demos cuenta que los dólares cuestan más que aquello que estábamos pagando. Con un dólar más caro, se encarecieron las importaciones, y se dificultó el turismo en el exterior, algo que la clase media argentina cuestionó con fuerza. El tipo de cambio multilateral resultante no llegó al nivel de 2003, pero al menos permitió que la Argentina salga del dólar barato, corrigiendo otro micro-fundamento.

Si coincidimos que el tipo de cambio nominal debía subir, entonces resulta un error criticar al oficialismo por la inflación consecuente, o el impacto en el empleo y la pobreza. Todo esto es herencia. Nadie podía evitar que estas cosas ocurrieran. El oficialismo creyó inocentemente, y este fue un error que hoy paga caro, que podía evitar estas consecuencias con gradualismo y mucho viento a favor, pero fue imposible. Debió, quizás, generar una corrección mayor en los micro-fundamentos ni bien llegó al gobierno en diciembre de 2015 para que el costo de la crisis se generara en 2016 y políticamente sea observado como una herencia lógica de la política económica de Axel Kicillof. Puede ser. Pero a lo sumo se podrá criticar al gobierno por postergar la crisis, más que por haberla generado.

Lo cierto es que hoy la Argentina ofrece micro-fundamentos sólidos que dejan entrever que recuperará el crecimiento en el segundo semestre de 2019, y se fortalecerá en 2020. La mejor actividad recuperará la recaudación, lo que permitirá ir hacia un equilibrio fiscal consolidado y financiero. No sólo ello. Como el riesgo país se reduce al ritmo de estas mejoras observables, Argentina podrá reestructurar su deuda y sustituir activos caros por otros más baratos, tomando deuda a tasas más bajas. El déficit financiero podrá resolverse, ni bien el oficialismo sea reelecto.

La inflación ya inició una baja contundente desde el 4,7 % en marzo hasta el 3,1 % de mayo, y una cifra aun menor a observarse en la fecha de hoy anunciada por el INDEC. Pero en la medida que el dólar mantenga su calma, y ese escenario es plausible, el IPC debería seguir bajando hacia el 2 % mensual al cierre de este año, e incluso más bajo en 2020.

Quedan desafíos claro. Las Leliqs siguen siendo un problema que deberá atenderse con urgencia a inicios de 2020. El déficit fiscal financiero cerraría 2019 en alrededor del 4 % del PIB. Las reformas previsional, tributaria, laboral son requeridas mínimamente para asemejarnos competitivamente a nuestros vecinos. Hay que prepararse para el momento en que el acuerdo de libre comercio con la Unión Europea entre en vigencia.

Resumiendo, no nos quedemos sólo con la superficie de la costosa realidad social que nos dejó el kirchnerismo y que Cambiemos no pudo evitar. Si los micro-fundamentos mejoran, y ese parece ser el caso, Argentina y sus activos terminarán rebotando, y con ello mejorará la actividad, y se corregirán hacia abajo la inflación, el desempleo y la pobreza.

Publicado originalmente en El Cronista, martes 16 de julio de 2019.

El liberalismo y la política en Argentina

El liberalismo tiene mala prensa en Argentina. Dejando de lado a sus pocos seguidores, el liberalismo o es ignorado como idea o es considerada una entelequia histórica de idealismos intelectuales que no aplican al mundo real. En el ADN de la cultura argentina se encuentra un gen peronista/marxista, no un Adam Smith o un Hayek.

Hace un tiempo escribía una nota intentando desmitificar mal interpretaciones del liberalismo clásico por parte de sus críticos. Sin embargo, hacia el final de la nota me refiero a lo que entiendo es un error dentro «movimiento libertario.»

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El Gasto Público “en dólares” y su relevancia para la economía argentina – Joaquín Cottani

Informe de Coyuntura del IERAL – 17 de Abril de 2019

En un trabajo de IERAL publicado a mediados de los ́80 se encontró que, para el período 1961-83, cada vez que el gasto público en dólares superaba determinado nivel, tarde o temprano había un ajuste que incluía una fuerte devaluación y devolvía el gasto en dólares a su nivel original. La explicación a este fenómeno tiene que ver con el hecho que un nivel de gasto público en dólares significativa y persistentemente mayor que el de “equilibrio”, implicaba una carga fiscal y financiera insoportable para las firmas que competían con bienes y servicios producidos en el exterior, situación que derivaba en una crisis fiscal y cambiaria.

•Actualizando aquel trabajo para el período 1997- 2019, se encuentra que, efectivamente, hay un nivel de resistencia del gasto público en dólares en torno a los 200 mil millones de dólares, indicando sobrevaluación del peso para todo el período que va de 2011 a 2017, pero no para el tramo entre 1999 y 2001. Un análisis análogo, pero utilizando la canasta de monedas, en lugar de exclusivamente el dólar estadounidense, no cambia las conclusiones para 2011-17, pero confirma que para el 1999-2001 hubo una importante apreciación del peso (por la incidencia del real brasileño)

•Las mediciones tradicionales de tipo de cambio real utilizan a la inflación de precios al consumidor como deflactor. Si, en cambio, se mide la trayectoria del tipo de cambio real utilizando al gasto público como deflactor, se tiene que el pico de sobrevaluación del peso se alcanzó en 2015, y esto se explica por el hecho que el Gasto Público Consolidado como porcentaje del PIB pasó de 26,6 % en 2004 a nada menos que 46,5 % en 2016

•En los niveles actuales, el tipo de cambio real deflactado por el gasto público se encontraría en una zona de equilibrio. Sin embargo, debido a que la carga fiscal sobre el conjunto de la economía es apenas inferior a la de 2015, la contrapartida es una mayor presión sobre el sector de no transables, especialmente el formal. Como, a su vez, el sector de no transables es el que más pondera en el empleo total, con este “equilibrio” cambiario la economía tiene menos capacidad de generar empleos y los salarios quedan en un nivel más bajo, lo cual tiende a afectar el clima social

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OTRO TUCUMANO ILUSTRE: UNA NOTA – Por Alberto Benegas Lynch (h)

En una de mis tantas visitas al Departamento de Doctorado en Economía de la Universidad Nacional de Tucumán, invitado las más de las veces por Severo Cáceres Cano y Valeriano García y más recientemente invitado a la Fundación Federalismo y Libertad he buscado infructuosamente los trabajos agotados del doctor Juan Benjamín Terán (1880-1938) sobre quien había leído por referencias indirectas pero muy sustanciosas.

Días pasados gracias a la gentileza de Mercedes Colombres me pude hacer de algunos de sus textos recopilados en sus obras completas y me he quedado maravillado por sus muy variadas contribuciones. Un jurista e historiador de gran calado desde su tesis doctoral sobre la escuela histórica, ministro de la Corte Suprema de Justicia, autor de numerosos libros y ensayos, Rector de la Universidad Nacional de Tucumán y uno de sus fundadores, miembro de la Academia Nacional de Letras,  Presidente de la Sociedad Sarmiento desde donde difundió los fundamentos de la libertad para la prosperidad moral y material de los pueblos y fue cofundador de la Revista de Artes y Ciencias Sociales con idéntico propósito.

Leyendo algunos de sus trabajos constato su preocupación principal por combatir el materialismo filosófico, también denominado determinismo físico por Karl Popper. Terán no estaba a la altura de los conocimientos de economía de su predecesor en tierras tucumanas: el inigualable Juan Bautista Alberdi, aunque advertía de los peligros “que el comunismo dicta contra la propiedad privada”, pero aquél historiador bien apuntaba a un desvío crucial de la libertad y su correlato cual es el libre albedrío.

No hay especio en una nota periodística para elaborar sobre los múltiples textos de Juan B. Terán, pero me detengo en lo dicho a lo que adiciono un corto epílogo sobre al nacionalismo y la tiranía. En aquél sentido escribe que “cualquier conquista espiritual es contradictoria con el determinismo, para el que somos un anillo en la fuerza cósmica o un eslabón en la cadena zoológica […] El pensamiento humano se embebió de biologismo. El hombre era un eslabón de la cadena zoológica, la sociedad un organismo, la psicología una prolongación de la fisiología […] Para el naturalismo era irrisorio poner valores en la historia. Sacar a ésta de su papel de narrar y explicar los hechos era tentativa pueril. Condenar o alabar a un personaje o un acontecimiento era tan absurdo como juzgar virtuoso un eclipse o una tempestad, porque tenían como ellos su fórmula necesaria, su génesis insobornable.” Sin embargo concluía que “Sabemos que no somos esclavos de un determinismo ciego y que las ideas que elaboramos y los ideales que acariciamos no son cosas baldías porque podemos incorporarlas como realidades a la vida de los demás hombres y de la sociedad” puesto que “Podríase resumir estos elementos diciendo filosofía -es decir capacidad para pensar más allá de la realidad exterior y de sí mismo, como parte de la realidad. Esta capacidad es el sello de una cultura.”

Antes he escrito sobre este tema tan decisivo como sustento de la libertad. Desafortunadamente hay muchos liberales que llevan a cabo faenas académicas de gran valor y sofisticación pero no indagan en los cimientos mismos de la libertad cual es el fundamento del libre albedrío sin lo cual se desploma el edificio.

Retomo la crítica a esta visión aberrante que no otorga espacio a la psique, a la mente o a los estados de conciencia, lo cual anula la posibilidad del libre albedrío y, consecuentemente a la libertad y al sentido de lo moral ya que todo se resumiría a los nexos causales inherentes a la materia por lo que no había ideas autogeneradas, proposiciones verdaderas y falsas, razonamiento ni argumentación posible,  incluso para defender racionalmente al materialismo ya que todo lo que hacemos o decimos estaría condicionado y no decidido por la voluntad independiente.

Como queda dicho, Popper ha bautizado como “determinismo físico” el supuesto de que el ser humano en verdad no elije, decide y prefiere, es decir, no actúa, sino que está programado para decir y hacer lo que dice y hace, esto es, el antedicho materialismo filosófico en cuyo caso la libertad sería una ficción. Así escribe este filósofo de la ciencia que “si nuestras opiniones son resultado distinto del libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y de los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta”.

En la misma línea argumental, John Hick sostiene que allí donde no existe libertad intelectual, lo cual es propio del materialismo, naturalmente no hay vida racional, por ende, la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad. Por tanto, el argumento determinista está necesariamente autorefutado o es lógicamente suicida. Un argumento racional no puede concluir que no hay tal cosa como argumentación racional”.

Con razón el premio Nobel en neurofisiología John Eccles concluye que “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil sea el condicionamiento”. Si no se acepta la condición humana de la libre decisión, todas las demás elucubraciones en ciencias sociales carecerían de sentido puesto que las bases de sustentación desaparecerían y no existiría acción humana sino mera reacción como en las ciencias naturales.

Es de interés destacar la opinión del premio Nobel en física Max Planck en este contexto. Afirma que “se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos, incluyendo los casos más elevados de mentalidad y ética, fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta”.

Por su parte el lingüista Noam Chomsky señala que “No hay forma de que los ordenadores complejos puedan manifestar propiedades tales como la capacidad de elección […] Jugar al ajedrez puede ser reducido a un mecanismo y cuando un ordenador juega al ajedrez no lo hace del mismo modo que lo efectúa una persona; no desarrolla estrategias, no hace elecciones, simplemente recorre un proceso mecánico”.

El uso metafórico algunas veces se convierte en sentido literal, tal es el caso de las expresiones “inteligencia”, “memoria” y “cálculo” aplicado a los ordenadores. La primera proviene de relacionar la comprensión de conceptos en base al inter legum, esto es leer adentro, captar significados. Y como apunta Raymond Tallis aplicar la idea de memoria a las computadoras es del todo inadecuado, de la misma manera que cuando nuestros abuelos solían hacer un nudo en su pañuelo para recordar algo no aludían a “la memoria del pañuelo”, del mismo modo que cuando se almacena información en un depósito no se concluye que el galpón del caso tiene una gran memoria, puesto que “la memoria es inseparable de la conciencia”. En el mismo sentido, este autor destaca que en rigor las computadoras no computan ni las calculadores calculan puesto que se trata de impulsos eléctricos o mecánicos sin conciencia de computar o calcular .

En este plano de análisis hay muchas otras metáforas que arrastran el peligro de su literalidad (los economistas estamos acostumbrados a lidiar con estos peligros). Tal es el caso de uno de los ejemplos que critica Thomas Szasz sobre lo que coloquialmente se dice brainstorming y, para el caso, brainwashingcuando estrictamente se trata de mindstorming mindwashing. También puede agregarse el error de hacer referencia al “deficiente mental” cuando es “deficiente cerebral”. Si los humanos fuéramos solo kilos de protoplasma determinados por nexos causales inherentes a la materia, seríamos como el loro de nuestro ejemplo (claro que no físicamente sino desde la perspectiva de la inexistencia de argumentación, razonamiento y conceptualización).

En la misma obra citada, Szasz subraya las inconsistencias de una parte de las neurociencias al pretender que con mapeos del cerebro se podrán leer sentimientos y pensamientos pero “el cerebro es un  órgano corporal y parte del discurso médico. La mente es un atributo personal parte del discurso moral […] equivocadamente se usan los términos mente cerebro como se utilizan doce y una docena”.

También Szasz se refiere a otra metáfora peligrosa en cuanto a la mal llamada “enfermedad mental” cuando esto contradice la noción más elemental de la patología que enseña que una enfermedad es una lesión orgánica, de tejidos y células y, por tanto, no puede atribuirse a comportamientos e ideas.

Es sabido que todo lo material  de nuestro cuerpo cambia permanentemente con  el tiempo y, sin embargo, mantenemos el sentido de identidad (a menos que se haya padecido de una enfermedad o accidente que lesione partes vitales del cerebro que no permitan la interconexión mente-cuerpo).

Antony Flew y John Hospers precisan la diferencia entre causas y motivos. Flew escribe que “cuando hablamos de causas de un  evento puramente físico -digamos un eclipse de sol- empleamos la palabra causa para implicar al mismo tiempo necesidad física e imposibilidad física: lo que ocurrió era físicamente necesario y, dadas las circunstancias, cualquier otra cosa era físicamente imposible. Pero  este no es el caso del sentido de causa cuando se alude a la acción humana. Por ejemplo, si le doy a usted una buena causa para celebrar, no convierto el hecho en una celebración inevitable”.

También Hospers manifiesta que “enunciando sólo los antecedentes causales, nunca podríamos dar una conclusión suficiente: para dar cuenta de lo que hace una persona en sus actividades orientadas hacia fines hemos de conocer sus razones y razones no son causas”.

Aparece una gran paradoja que, entre otros, expresa George Gilder en cuanto a que los procesos productivos de nuestra época se caracterizan por atribuirle menor importancia relativa a la materia y un mayor peso al conocimiento y, sin embargo, irrumpe con fuerza el materialismo filosófico. Ludwig von Mises apunta que “Para un materialista consistente no es posible distinguir entre una acción deliberada y la vida meramente vegetativa como la de las plantas”, Murray Rothbard explica que “si nuestras ideas están determinadas, entonces no tenemos manera de revisar libremente nuestros juicio y aprender la verdad, se trate de la verdad del determinismo o de cualquier otra cosa” y Friedrich Hayek nos dice que “Todos los procesos individuales de la mente se mantendrán para siempre como fenómenos de una clase especial […] nunca seremos capaces de explicarlos enteramente en términos de las leyes físicas”.

Autores como Howard Robinson , John Foster, Richard Swinburne y Thomas Reid concretan su perspectiva mostrando que sus estudios se refieren a dos planos de una misma realidad humana. Una, la física o la material y, la otra, la mental o los estados de conciencia. Robinson resume este ángulo de análisis: “Lo físico es público en el sentido de que en principio cualquier estado físico es accesible (susceptible de percibirse, de conocerse) para cualquier persona normal […] Los estados de conciencia son diferentes porque el sujeto a quien pertenecen -y solo ese sujeto- tiene un acceso privilegiado a eso” y, además, “el pensamiento es sobre algo […] mientras que los estados físicos no son sobre algo, están simplemente ahí […] y los pensamientos pueden también ser sobre lo que no existe” pero lo físico es por definición lo que existe como tal (lo cual no quiere decir que todo ello pueda tocarse o, en su caso, ni siquiera verse, como los campos gravitatorios, las ondas electromagnéticas y las partículas subatómicas).

Juan José Sanguinetti resume bien el problema al escribir en Neurociencia y filosofía del hombre que “Los actos intencionados son de las personas, no de las partes ni potencias de las personas. Si doy un apretón de manos a un conocido para saludarlo calurosamente, no tiene sentido decir ´mis manos te saludan calurosamente´, pues soy yo quien saluda con calor mediante un apretón de manos. [Maxwell] Bennett y [Peter M.] Hacker [en Philosophical Foundations of Neuroscience] se lamentaron, en este sentido, de que la literatura neurocientífica acuda con demasiada frecuencia a expresiones como ´mi cerebro cree´, ´mi hemisferio izquierdo interpreta´, ´la neocorteza percibe, ´las neuronas deciden´, ´el hipocampo recuerda´, ´mi sistema límbico está enfadado´, porque atribuir a cosas como células o grupos de células actos como entender, tomar decisiones, preferir etc., simplemente no tiene sentido […] Se puede decir mi ojo ve, aunque sería más exacto decir yo veo con mis ojos”.

En todo caso subrayamos que Terán fue uno de los pioneros en denunciar al materialismo filosófico a lo que cabe agregar para cerrar este artículo otro aspecto de sus trabajos tal como anunciamos más arriba. Consigna nuestro autor que “La colonización de América [en nuestro suelo] fue rigurosamente nacionalista; enemiga del extranjero y de lo foráneo […] Es un retorno al primitivismo, a la adoración de la fuerza que es la religión de las tribus salvajes, que endiosan el animal, el río, el fuego o el rayo […es necesario] el rechazo del fanatismo del Estado y de la extensión invasora de sus funciones […] La Constitución del 53 ha creado nuestro sistema moral […mientras que] la Italia de Mussolini tiene los ojos hacia los César y Augusto y aspira a restaurarla […] se aspira a redimir a los caudillos, se reabre el proceso de la tiranía […] es decir, hacíamos la contra-revolución de Mayo […en resumen] necesitamos intelectuales cuya función específica consista en mantener encendido el amor por la verdad. Hacer componendas con el interés, con la pasión o las requisiciones momentáneas de partido, de clase o de perjuicio nacional es lo que Julian Beda ha llamado la traición de los intelectuales.”

Por último, un pensamiento adicional de Terán en vista de lo que viene aconteciendo en tierras argentinas: “Tomamos posición usualmente obedeciendo no a una afirmación sino a una negación. No votamos por, sino en contra de.”

Libre comercio e importación de instituciones

El Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea puede convertirse en un mundo de oportunidades de negocios para la Argentina, multiplicando el empleo, mejorando ingresos y salarios, reduciendo la pobreza y potenciando un desarrollo sustentable. La experiencia de los PIGS europeos (Portugal, Irlanda, Grecia y España, por sus siglas en inglés) muestra una convergencia de ingresos de los países relativamente más pobres (los PIGS o cerdos) hacia los países con mejores ingresos de la región (las potencias Alemania, Francia, Italia o incluso Inglaterra).

Como caso emblemático podemos recordar a Irlanda, conocido como el milagro del Tigre Celta. Irlanda era antes de entrar a la Unión Europea, el país más pobre del continente. Una economía 80% agraria, con muy baja productividad, con una deuda del 160% del PIB. ¿Cómo resolvió Irlanda el problema de la deuda? Simplemente cumplió con los requisitos del Tratado de Maastricht en cuanto a baja inflación y déficit fiscal, acomodó las variables macro, pero no sólo eso, sino que también redujo el impuesto a las ganancias al 0% para atraer inversión extranjera. Irlanda pasó a ser el país de la Unión Europea que más inversiones captó en aquella década de 1990. La competencia tributaria horizontal, llevó a las empresas europeas a comparar la fuerte presión tributaria de Alemania y Francia, frente a las oportunidades de Irlanda, lo cual generó incentivos para mudar sus oficinas al tigre celta. Dos décadas más tarde había crecido a una media anual de más del 4% por año, superando el ingreso británico medio y reduciendo el peso de su deuda al 40% del PIB.

Un Acuerdo de Libre Comercio con la Unión Europea le permite a la Argentina volver a las grandes Ligas, pasando en términos futbolísticos de la categoría C a la A, para lo cual debe transformar sus fundamentos. Este tipo de acuerdos tiene como principal ventaja la “importación de instituciones”. Argentina deberá recorrer en los próximos años una agenda de reformas para recuperar la estabilidad monetaria y el crédito, sobre el cual se apalancarán sus empresas. Para ello es importante reducir el tamaño del Estado, independizar realmente la política del banco central en su búsqueda prioritaria de un objetivo de inflación de un dígito, con una fuerte reforma fiscal, tributaria, previsional y laboral. En el cortísimo plazo el desafío puede parecer complejo, pero tras recorrer el camino, le espera a la Argentina un camino similar al de Irlanda, triplicando en pocos años su PIB per cápita, reduciendo fuertemente el peso de la deuda, mejorando su productividad y con ello los salarios reales, que permitirá a su turno reducir la pobreza y mejorar la calidad de vida de todos los argentinos.

En la previa a las elecciones de octubre, Argentina definirá si quiere insertarse en el mundo, o prefiere continuar aislada, lo que ha quedado claro en las reacciones de los candidatos tras el anuncio del Acuerdo.

Este artículo fue publicado originalmente en El Cronista (Argentina) el 1 de julio de 2019.