¿Otra Burbuja en Proceso? – por Alvaro Vargas Llosa

El riesgo moral, el dinero fácil y el crédito barato nunca han producido buenos resultados.

La historia está llena de ejemplos de desastres financieros provocados por la manipulación monetaria que se origina en los bancos centrales y luego se expande a otras partes del sistema. Uno podría pensar que la crisis financiera de 2007/8, cuyos efectos no han desaparecido del todo, enseñaría algo a los políticos, los banqueros centrales, las corporaciones, y los consumidores sobre las causas de la contracción de créditos y debacles.

Piénselo nuevamente. Los cuatro bancos centrales más grandes del mundo han inyectado más de $9 billones de dólares en el sistema desde la última crisis financiera y han provocado un mundo de tasas de interés absurdamente bajas e incluso negativas. Los incentivos generados por estas políticas y sus efectos -el riesgo moral, el dinero fácil y el crédito barato- conducirán, en algún momento, al estallido de nuevas burbujas.

¿Cuáles? Nunca es fácil decirlo, pero Estados Unidos ha visto un crecimiento poco saludable del crédito subprime, y del crédito en general, en tres mercados: tarjetas de crédito, créditos vehiculares y créditos estudiantiles. No sería una sorpresa si alguno de estos provoca la siguiente contracción crediticia.

La deuda total de tarjetas de crédito superó la marca de $1 billón por primera vez desde 2009, los préstamos estudiantiles ascienden ahora a un total de $1,4 billones y los créditos vehiculares no están lejos de $1,2 billones- una cantidad que empequeñece el pico anterior a la crisis financiera.

En los últimos cinco años, las empresas estadounidenses han emitido más de $7 billones de nueva deuda, mostrando que los incentivos creados por estas tasas de interés perversamente bajas van más allá de los mercados mencionados anteriormente.

Sin embargo, esos mercados de crédito de consumo son los que ya muestran señales de angustia, por lo que es mejor prestar cierta atención. Capital One, gran financista de prestatarios subprime (particularmente a través de tarjetas de crédito y créditos vehiculares), recientemente ha tenido que declarar en perdida una gran cantidad de deuda, por un total de más del 5% de sus préstamos pendientes, tal nivel es usualmente considerado el umbral de un territorio muy peligroso.

El sector de créditos vehiculares es especialmente alarmante. Las ventas de automóviles se duplicaron en los últimos siete años y ahora están en un nivel sin precedentes. Como sucedió con los préstamos hipotecarios antes de la hecatombe 2007/8, el dinero se lanzó en forma de créditos vehiculares sin inicial y con períodos prolongados. Como era de esperar la industria está experimentando ahora los incumplimientos (la morosidad está en el punto más alto desde 2009). El resultado es el aumento fuerte de la oferta de vehículos usados que ha traído abajo sus precios. Una gran parte de la industria automotriz, incluidos los fabricantes que hacen prestamos a clientes y empresas de alquiler, dependen de la venta de valores que se respalda en los autos usados para financiar sus operaciones. Las empresas de alquiler también dependen de la venta de automóviles usados para comprar otros nuevos.

Estos síntomas apuntan a riesgos no disímiles en naturaleza a lo que estaba sucediendo antes de la debacle financiera de las hipotecas. Los bancos están comenzando a reducir los créditos corporativos por primera vez desde esa crisis-el total de préstamos en los quince mayores bancos estadounidenses regionales en el primer trimestre de 2017 fue de $ 10 mil millones por debajo del trimestre anterior, un revés muy considerable en la tendencia.

Standard and Poor’s rebajó su calificación de riesgo a 1,088 compañías en los Estados Unidos el año pasado, y los analistas están pronosticando una ola de incumplimientos de créditos basura, tal vez abarcando una de cada cuatro compañías emisoras de deuda de alto rendimiento.

Uno nunca puede decir exactamente cuándo estallará una burbuja o qué rincón del sistema financiero será el epicentro del terremoto. Pero siempre y cuando estas inminentes burbujas exploten, la culpa mayor será de las políticas irresponsables que supuestamente evitarían las burbujas futuras y que crearon la tormenta perfecta de riesgo moral, dinero fácil y crédito barato una vez más.

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Alvaro Vargas Llosa es Senior Fellow de The Center on Global Prosperity en el Independent Institute. Ha sido columnista del Washington Post Writers Group y su libro, Liberty for Latin America, ha recibido el Premio Sir Antony Fisher International Memorial por sus contribución a la causa de la Libertad en 2006.

Traducción: Fabrizzio Garmendia y Edwar E. Escalante son asociados del think tank Andes Libres en Peru. La version original del articulo se encuentra en el Independent Institute

Reflexión de domingo: “Sobre los pobres, explotados y excluidos”

zanotti(Había escrito esto en el 2007, poco antes que se emitiera el documento de Aparecida. Creo que publicarlo ahora (1 de Enero de 2014 en mi blog) es de estricta actualidad y una buena manera de comenzar el año).
Se acerca una nueva Conferencia Episcopal Latinoamericana, y no será de extrañar que los Obispos pongan su voz de alerta sobre las condiciones materiales de vida, muchas veces infrahumanas, de gran parte de la población de sus castigados países. No vamos a referirnos ahora en detalle al tema del diagnóstico de tan delicada situación (aunque ello sea muy importante) sino que vamos a poner el acento en una cuestión que tal vez facilite el entendimiento en quienes “diagnosticamos diferente” en estos temas.
En los objetivos del Instituto Acton está el diálogo entre los fundamentos de una “economía libre”, “economía de mercado” (los términos pueden cambiar, estamos adoptando los distinguidos por Juan Pablo II en Centesimus annus) y la tradición cristiana y la Doctrina Social de la Iglesia. Por ello, no podemos dejar de registrar que quienes son partidarios de las economía de mercado (sean cristianos o no) no hablan de oprimidos, excluidos y explotados. Esos términos han sido interpretados, la mayor parte de las veces, bajo el paradigma de la lucha de clases. Ese es el motivo, creemos, de que los partidarios del mercado no usen esa terminología, aunque ello puede ocasionar una posible confusión: a) que los partidarios del mercado nieguen que haya fenómenos de injusticia en los temas socioeconómicos; b) que nos les interesa el destino de quienes padecen inenarrables sufrimientos.
Pero no es así. Claro que hay injusticias. Y esas injusticias se traducen en miseria, desocupación, desnutrición, y condiciones de vida indignas que, aunque relativas a la circunstancia histórica, conmueven el corazón de cualquier persona de buena voluntad, y, sobre todo, de cualquier cristiano para quien, como dijo Edith Stein, nadie le es indiferente.
Y en ese sentido también podemos hablar de oprimidos y excluidos, pero no desde la lucha de clases marxista o neomarxista, sino cambiando el enfoque: hay en efecto un sistema socioeconómico, imperante en América Latina desde hace siglos[1], basado en la intervención del Estado en las variables económicas, la socialización de los medios de producción, el control estatal de la actividad privada y todo tipo de privilegios y prebendas para lo que quede del sector llamado “privado”. Ese sistema (que muchos, con buena voluntad, llaman “capitalismo” o “neoliberalismo”) ha impedido secularmente la acumulación de capital y, consiguientemente, ha producido una masa cuasi-infinita de mano de obra barata y-o desempleada cuyo destino terrenal se deshace entre la desnutrición, la enfermedad y la muerte. Esos son los “excluidos” de los beneficios del desarrollo y de la suba progresiva del ahorro y del salario real que se produce y se ha producido en aquellas naciones que han aplicado economías de mercado, lo cual incluye las bases institucionales para su desarrollo, anuladas también en América Latina por todo tipo de autoritarismos, ya de izquierda, ya de derecha, que con delirios mesiánicos siguen añorando la figura cultural del virrey omnipotente.
Ellos son también los “oprimidos”: por un sistema que los condena a la miseria, y “explotados” también, no en un sentido marxista del término, pero sí en otro sentido: los privilegios, prebendas y subsidios del sistema intervencionista producen una casta de dirigentes sindicales, empresarios, funcionarios estatales y políticos que viven del presupuesto del Estado que se alimenta permanentemente de impuestos y cuasi-confiscaciones al sector privado, a la libre iniciativa, y para peor, en nombre de los pobres que dicen proteger.
Estas estructuras, llamadas para colmo “mercado” son verdaderamente un pecado social, un mal moral, además de un error técnico, porque implican la riqueza de unos a expensas de la pobreza de otros, como una torta fija que no crece sino que aumenta las desigualdades y privilegios indebidos.
Por lo tanto, no está nada mal, al contrario, que los cristianos se preocupen por los oprimidos. Ello no sólo no es incompatible, sino exigido por la conciencia cristiana. La cuestión es: ¿cuál es el sistema que oprime?
No está mal, al contrario, que esto implique una opción preferencial por el pobre, que obviamente, como ha explicado el Magisterio pontificio, no debe ser excluyente ni mirada desde la lucha de clases, ni tampoco debe excluir otras formas de pobreza no materiales (Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia). Pero el pobre, el pobre material, aunque muy difícil de definir, como el tiempo, sin embargo sabemos lo que es, y nos duele y llama a nuestra conciencia. Esto responde al segundo malentendido. Los que defienden a la economía de mercado, ¿acaso están preocupados por aumentar la fortuna de Bill Gates? No dudo que haya gente que verdaderamente lo piense, pero obviamente no es así, y menos aún los cristianos que, de modo opinable, optamos por defender ese sistema. Son los males de la desocupación, la desnutrición y la miseria lo que nos preocupa, igual que a otros cristianos que piensen diferente e igual que a los Obispos y teólogos latinoamericanos. Sólo les proponemos, de modo dialogante y amistoso, un cambio de enfoque, no en los fines ni en la conciencia cristiana que nos mueve, sino en la consideración de las causas socioeconómicas de lo que verdaderamente es un mal espantoso.
Sin embargo, excluido el análisis de la lucha de clases, otro cambio importante de enfoque se produce: la clara conciencia de que, por más que se alcance la liberación de las estructuras sociales opresoras, ello no implica la redención de Cristo y la Libertad del Reino de Dios. Los sistemas sociales pueden ser mejores, pueden ser “buenos” pero son, por un lado, siempre perfectibles, y, por el otro, nunca se identifican con la perfección de la Gracia, de lo Sobrenatural, de la redención que viene sólo de Cristo.
Aclaradas estas cuestiones, los partidarios de la economía de mercado esperamos no quedar, valga la redundancia, excluidos del diálogo y oprimidos por la incomprensión. Esperemos sea visto nuestro aporte como motivado por la misma conciencia cristiana que seguramente guiará la pluma de nuestro pastores.

 


[1] Ver al respecto Vargas Losa, A.: Liberty for Latin America, Independent Institute, 2005; le hemos hecho una crítica en Markets & Morality, ver http://www.acton.org/publicat/m_and_m/new/review.php?article=96