"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
Existe, por supuesto, una “teoría económica de la política”, que se suele llamar “Teoría de la Elección Pública” o “Public Choice”. Ahora bien, ¿existe una teoría económica ‘austriaca’ de la política? Esto lo trata Michael Wohlgemuth en el interesante artículo titulado “La democracia como un proceso de descubrimiento: hacia una “economía austriaca” del proceso político” (Libertas 34, 2001).
Comienza con dos citas”
“Es en sus aspectos dinámicos, mas que los estáticos, donde se prueba el valor de la democracia… El ideal de la democracia descansa en la creencia de que la visión que dirigirá al gobierno emerge de un proceso independiente y espontáneo”.
Friedrich A. Hayek (1960: 109)
“Las perspectivas que ofrecen algunos de los análisis sobre ordenes espontáneos que ocurren fuera de situaciones de equilibrio pueden resultar útiles en aplicaciones a la política como a la economía”.
Y comenta:
“No existe una Economía Austríaca de la democracia. Es cierto que economistas austríacos como Hayek, von Mises o Lachmann han estudiado a los sistemas e ideas políticas. El estado, su poder e instituciones, su papel en la protección o destrucción del orden espontáneo del mercado se encuentra en el centro de tratamientos clásicos como La Constitución de la Libertad (Hayek, 1960), Ley, Legislación y Libertad (Hayek, 1973; 1976; 1979), Socialismo (Mises 1936/76), Gobierno Omnipotente (Mises, 1944) o El legado de Max Weber (Lachmann, 1970). Y aun más notablemente, todo el proyecto de la teoría económica de la democracia es considerado a menudo como habiéndose iniciado con un “austríaco”: con la formulación de Schumpeter sobre Otra Teoría de la Democracia (1942: cap. 22)1.
Sin embargo, parece correcto decir que no existe una economía de la política específicamente austríaca. Lo que hoy se conoce como la economía de la política (esto es, el análisis positivo de la política aplicando las mismas herramientas y conceptos utilizados para el análisis positivo de los fenómenos económicos) no es economía austríaca sino neoclásica. La impresión común que brindan los economistas austríacos -aunque esto refleja una visión relativamente simplista y sesgada del asunto- es que los austríacos se interesan exclusivamente de conclusiones políticas normativas derivadas de su ideal sobre los procesos del mercado libre. Los austríacos no tienen renombre por analizar la política como es utilizando sus conceptos y herramientas austríacas específicas en una teoría del proceso político. Por lo tanto, parece haberse desarrollado una división del trabajo intelectual que ha producido dos áreas distintas de preocupación teórica: si quieres saber lo que los políticos no deberían hacer o poder hacer, pregúntale a los austríacos. Si quieres saber lo que los políticos hacen, cómo y porqué lo hacen, pregunta a los economistas de la Elección Pública (Public Choice).
Sin embargo, nuestra afirmación de que los austríacos no han estudiado sistemáticamente el funcionamiento de los procesos políticos con las mismas herramientas analíticas y conceptos básicos que utilizan para el estudio de los procesos de mercado debe ser afinada aun más. Hayek, Mises o Kirzner han estudiado los problemas de la planificación e intervención política utilizando los mismos conceptos derivados de las condiciones de la acción humana: la falta de conocimiento de los actores, la coordinación de planes individuales sujeta a las reglas del juego, y las posibilidades e incentivos para actuar bajo esas reglas. La inhabilidad de las agencias políticas (digamos, en un régimen de socialismo de mercado) para mimetizar los procesos reales del mercado o para dirigir exitosamente al orden espontáneo del mercado hacia fines políticos preconcebidos ha sido una aplicación muy destacada y exitosa de la economía austríaca al estudio de la política. En verdad, los argumentos políticos presentados en el debate sobre el cálculo produjeron resultados empíricamente valiosos que muchas evaluaciones neoclásicas de la política no parecen poder brindar.
En el presente artículo se abordan dos autores Max Weber y Ludwig Von Mises, quienes asumen el mercado libre como un mecanismo de coordinación de las distintas valoraciones individuales. Si bien se ha insistido en una profunda separación entre ellos, a partir de sus concepciones de la acción humana, se puede rastrear, en la forma como los autores estudian los fenómenos sociales, la existencia de una conciencia para cooperar por parte de los individuos.
Palabras clave
Cooperación social; valor; mercado; guerra; división del trabajo; cálculo económico
Referencias
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«[M]uchos profesores enseñan cómo el Estado puede intervenir en los mercados para mejorar los excedentes y generar beneficios sociales, pero la política no funciona como dice el pizarrón» y agregó: «El aporte que nos hacen nuestros profesores es enseñarnos que la política juega y que hay que entender cómo funciona la política en la práctica; con lobby y todo lo demás, se generan resultados opuestos a los que se buscan«.
«Con motivo de una de las visitas de James M. Buchanan para disertar en ESEADE en mayo de 1987 (quien luego de la muerte de Friedrich Hayek, ocurrida en 1992, fue Presidente del Consejo Consultivo en su reemplazo), de acuerdo con el entonces Consejo Directivo, nos reunimos los dos en mi oficina -almuerzo de por medio- oportunidad en la que le mostré los distintos programas de las maestrías y los proyectos de doctorados. Buchanan hizo observaciones y comentarios de gran fertilidad, pero lo realmente atractivo fue cuando en esa oportunidad sugirió el establecimiento de una maestría en economía y ciencias políticas. Expresó que ese programa tendría de original que abarcaría mucho más que Law & Economics ya que no se limitaría al análisis económico del derecho e incluso cubriendo territorios más extensos que el «public choice» para incursionar en aspectos clave de la teoría política y los marcos institucionales. Señaló que este programa se dirigiría a muy diferentes profesiones e intereses pero muy especialmente a dos campos: a empresarios puesto que quienes cuentan con olfatos especialmente eficientes para detectar oportunidades de arbitrajes, les falta completar su formación respecto al conocimiento del medio en que actúan, concretamente los fundamentos de la ciencia económica y la teoría política al efecto de preservar y fortalecer su empresa y desenvolverse en un clima adecuado para sus operaciones. En segundo lugar, dirigida a los funcionarios públicos que en la mayoría de los casos no tienen idea sobre temas cruciales del proceso de mercado y de las bases jurídicas del sistema político de una sociedad abierta. En esa ocasión Buchanan se tomó el trabajo de delinear un borrador de programa. Luego de consultar con varios de los profesores potenciales en esas ramas del conocimiento, esta sugerencia fue adoptada por ESEADE durante el semestre siguiente a esa visita de Buchanan y es aun la única maestría en nuestro medio que la imparte en economía y ciencias políticas.
Es de interés anotar al margen que lo había invitado a Buchanan para mayo de 1987 antes deser galardonado con el premio Nobel en economía en 1986 pero, a pesar de proponerle cambios dado el referido galardón, insistió en mantener las condiciones pactadas previamente, es decir, sin cobrar honorarios y viajando en turista.”
Alberto Benegas Lynch (h), Buenos Aires, diciembre de 2018.
Acceda aquí a una descripción general del programa, con su plan de estudios, cuerpo docente, modalidades y requisitos.
Pueden obtenerse descuentos por inscripción temprana hasta el 31 de diciembre de 2018. Para más información escribir a maestrias@eseade.edu.ar / eugenia.martinez@eseade.edu.ar
Juan Ramón Rallo defenderá varios elementos del pensamiento keynesiano e ilustrará cómo pueden integrarse dentro de la teoría austriaca del ciclo económico. La Escuela Autriaca suele criticar con dureza a las teorías keynesianas. Y, ciertamente, existen muchas y muy buenas razones para hacerlo. Pero, al mismo tiempo, también hay diversos aspectos de la teoría keynesiana que los economistas austriacos harían bien en incorporar a sus modelos para volverlos más realistas y explicativos.
Juan Ramón Rallo es doctor en Economía, profesor en UFM Madrid, en el centro de Estudios Superiores OMMA y en IE University y escribe en El Confidencial y en La Razón.
Nos condenamos en una parla
machacona sobre la coyuntura y no nos damos espacio para el debate de ideas de
fondo, lo que nos condena a repetir errores.
Para salir adelante y sortear obstáculos, lo primero es
hacer un buen diagnóstico. Venimos a los tumbos desde hace demasiadas décadas.
Hay aquí un asunto clave. Muchas personas estiman que los entuertos los deben
resolver otros. Consideran que están ubicados en una inmensa platea y que los
actores son los que están en el escenario.
Ortega y Gasset ha sido muy claro: “Si usted quiereaprovecharse de las ventajas de la civilización, pero no se preocupa usted porsostener la civilización se ha fastidiado usted. En un dos por tres se quedasin civilización”. En esta misma línea argumental los Padres Fundadores enEstados Unidos insistían en que “el costo de la libertad es su eternavigilancia”.
El problema central que nos aqueja es la dimensión
elefantiásica del aparato estatal que en lugar de preservar y garantizar
derechos los conculca a manos de mandones de distintas características, pero que consideran que sus semejantes son en
la práctica infradotados para manejar sus vidas, haciendas y la educación de
sus hijos por lo que, aun con las mejores intenciones, el Leviatán irrumpe en
escena y todo lo engulle a su paso.
Saint Exuperyda
en la tecla con la mirada típica del aludido mandamás: “¡Ah -exclamó el rey al
divisar al principito- aquí tenemos un súbdito! El principito se preguntó ¿Cómo
es posible que me reconozca si nunca me ha visto? Ignoraba que para los reyes
el mundo está muy simplificado. Todos los hombres son súbditos.” He aquí el
problema.
No importa a que nos dediquemos, sea a la jardinería,
a la música, al derecho, la economía, el comercio o la literatura, todos
estamos interesados en que se nos respete, por tanto es obligación moral de
cada cual el contribuir cotidianamente a que se comprendan los fundamentos de
la libertad. La cátedra, el ensayo, el libro y el artículo son los medios más
eficaces pero de ningún modo son los únicos. Por ejemplo, reuniones periódicas
de muy pocas personas para estudiar y debatir temas clave producen un efecto
multiplicador notable en medios laborales, sociales y familiares.
Y aquí viene un asunto de la mayor importancia: nos
consumimos en una parla machacona sobre la coyuntura y no nos damos espacio
para el debate de ideas de fondo, sin percatarnos que con esta rutina nos
estamos condenando a repetir errores. Operamos como el can que se quiere morder
la cola en círculos histéricos, en lugar de hacer un alto en el camino y
centrar la atención en valores y principios de la sociedad abierta que harán
que la coyuntura futura se modifique para bien.
No somos capaces de aceptar la respuesta al tan citado
y poco comprendido interrogante que se plantea Alberdi “¿Qué exige la riqueza
de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de
Alejandro: que no le haga sombra”. Si no entendemos esto viviremos
permanentemente en estados de emergencia y seguiremos repitiendo aquellas
sandeces de podar gastos estatales en lugar de eliminar funciones, hacer el
gasto gubernamental más eficiente en lugar de comprender que algo inconveniente
cuanto más eficiente peor, enroques de funcionarios en un pesado y
contraproducente organigrama, pactar con empresarios prebendarios y
sindicalistas basados en legislaciones fascistas, en el contexto de deudas
crecientes, impuestos asfixiantes y una economía cerrada para “vivir con lo
nuestro”.
Y todavía cuando se presentan temas de fondo para
salir del atolladero hay quienes tildan con sorna la propuesta como
“principista, carente de tacto político y practicidad” sin anoticiarse que nada
hay más práctico que una buena teoría y que todo lo que usamos desde la
computadora, la medicina, la alimentación y el transporte ha sido la
consecuencia de la elaboración de
teorías. Es curioso pero estos críticos son como el perro del hortelano,
no dejan hacer y tampoco hacen. Se enfadan con lo que sucede y con lo que se
sugiere para modificar los sucesos del momento.
En esta nota me circunscribo a un ejemplo de tantos
susceptibles de ilustrar la tensión brutal entre la coyuntura y el debate de
ideas de fondo. Sin duda que debe trasmitirse y conocerse el día a día pero,
reiteramos, es indispensable dar espacio para analizar y discutir ideas de
fondo que ayuden a dar un volantazo a nuestro estancamiento que ya va siendo
crónico.
El ejemplo son las mal llamadas empresas estatales.
Mal llamadas porque la característica medular de un emprendimiento empresario
estriba en que se asume riesgos con recursos propios y no a la fuerza con el
fruto del trabajo de los vecinos. Además, la misma constitución del
emprendimiento político de marras inexorablemente significa que se han alterado
las prioridades de la gente en cuanto a sus preferencias puesto que si se
procede en la misma dirección de lo que el público prefiere no tiene sentido la
intervención para duplicar esfuerzos con el consiguiente ahorro de gastos
administrativos. Incluso si la “empresa estatal” arrojara ganancias (lo cual es
muy poco probable) debe preguntarse si las tarifas no serán demasiado elevadas
puesto que la única manera de saber acerca de la conveniencia de lo que se
cobra es la competencia en le mercado abierto.
Nunca en la presencia estatal hay competencia puesto
que para proceder en ese sentido hay que competir lo cual se traduce en la
eliminación de todo privilegio que significa sacar la actividad de la órbita
política.
Resultan tragicómicas las declaraciones sobre las
faenas para que la empresa política resulte eficiente sin comprender que el
asunto es de incentivos: la forma en que se toma café y se encienden las luces
no es la misma en la empresa privada que en la pública. Los incentivos en las
auditorías para evitar corrupciones no son los mismos en un sector que en otro.
Es del caso recordar la figura tan demostrativa de Garret Hardin de “la
tragedia de los comunes” en cuanto a que lo que es de todos no es de nadie, enseñanza
que se remonta a los escritos de Aristóteles.
Por supuesto que si se traspasan las así denominadas
empresas estatales a monopolios privados la situación empeora ya que en el
sector privado sabrán sacar mayor tajada del privilegio, con lo que los ciudadanos
se verán aun más explotados y vejados. De lo que se trata es de vender al mejor
postor sin condición de ninguna naturaleza en un mercado abierto local e
internacionalmente al efecto de que la gente pueda sacar la mejor partida
posible de ofertas en competencia.
Hay todavía un mito adicional en este capítulo y es el de la tan vapuleada
y poco comprendida noción de soberanía. Envolver la telefonía o cualquier otro
bien o servicio en la soberanía constituye una sandez superlativa: en última
instancia en una sociedad libre la soberanía reside en los individuos no en las
cosas ni en abstracciones. Hablar de la soberanía de una línea de bandera es
tan ridículo como hablar de la soberanía de la lechuga.
Por último, es del caso enfatizar, por una parte, que
no resulta pertinente hacer referencia a los capitales del sector público ya
que los capitales son siempre privados solo que en este caso no se asignan
voluntariamente y, por otra, cuando se
hace referencia al mercado se está aludiendo a millones de arreglos
contractuales que diariamente la gente lleva a cabo, desde la vianda del desayuno
hasta la cama en que duerme. El mercado somos todos.
Miembro
del Consejo Asesor del Institute of
Economic Affairs de Londres.
Publicado en la edición impresa del diario LA NACIÓN, el lunes 3 de diciembre de 2018.
For some time now, Peter Lewin and I have been working on the implications of applying finance to capital theory. This work has taken place mostly in journal articles.
We now offer a short book on the historical development of Austrian Capital Theory (ACT). This book is a part of the new «Elements» series by Cambridge University Press. The book is part of Elements in Austrian Economics edited by Peter Boettke.
The book is scheduled to be published in January (2019), but is already available to pre-order.
Book description
This Element presents a new framework for Austrian Capital Theory, starting from the notion that capital is value. Capital is the value attributed by the valuer at any moment in time to the combination of production-goods and labor available for production. Capital is the result obtained by calculating the current value of a business-unit or business-project that employs resources over time. It is the result of a (subjective) entrepreneurial calculation process that relates the flow of consumptions goods to the value of the productive resources that will produce those consumptions goods. The entrepreneur is a ubiquitous calculating presence. In a review of the development of Austrian Capital Theory, by Carl Menger, Eugen von Böhm-Bawerk, Ludwig von Mises, Friedrich Hayek, Ludwig Lachmann as well as recent contributions, the Element incorporates the seminal contributions into the new framework in order to provide a more accessible perspective on Austrian Capital Theory.
En 2014 ofrecimos, junto a Erwin Rosen, una regla monetaria para que la Reserva Federal (Fed, de aquí en más) evite seguir generando burbujas bursátiles e inmobiliarias de impacto global, como las de 1930, 2001 y 2008, entre otras. El trabajo se publicó en el Quarterly Journal of Austrian Economics, y se puede ver aquí. Lo interesante del caso es que hoy la Fed parece seguir esta regla.
¿Qué es la tasa de interés natural y qué ocurre cuando la Fed se aleja de ella?
El economista sueco Knut Wicksell escribió un trabajo en 1898 donde diferenciaba entre la tasa de interés natural que surge por la dinámica del mercado, y la tasa de interés «de mercado», que es la que se ve influenciada por las políticas monetarias de la Reserva Federal. Explicó con claridad que cuando la tasa de mercado está por debajo de su nivel «natural», la economía se sobre-expande. Por el contrario, cuando está por encima, se frena.
Fue Ludwig von Mises quien tomó la posta de aquella contribución y elaboró la teoría austriaca del ciclo económico, combinando la distinción de Wicksell sobre la tasa de interés con la política monetaria de David Ricardo y la teoría del capital de su maestro Eugen von Böhm Bawerk. Cabe resaltar que en el marco de esta teoría Mises prefirió hablar de mala inversión en lugar de sobreinversión, evidenciando que la tasa de interés es un precio que transmite información acerca de aquello que ocurre en el mercado de créditos, y que un nivel inferior al natural significaría enviar información falsa a los empresarios, quienes podrían entender que hay más recursos financieros disponibles para la inversión que aquello que los ahorristas están dispuestos a ofrecer. Con una tasa menor a su nivel natural, proyectos de inversión que no eran rentables ahora se vuelven rentables y sobreviene un «auge insostenible» que más tarde se sigue de fases de crisis y depresión. La teoría austriaca del capital logra mostrar «detalles microeconómicos» del impacto de estas políticas dentro de la estructura intemporal de la producción.
En el ya famoso y clásico debate entre Friedrich Hayek y John Maynard Keynes (resumido en estos dos entretenidos videos de rap) se pueden observar dos posturas frente a esta regla. Mientras Hayek sugería seguir la regla para evitar generar ciclos económicos, Keynes advertía que era una posibilidad para estimular la economía de acuerdo con el ciclo político, desconociendo los efectos de largo plazo, hoy ya reconocidos en la literatura.
¿Pero puede medirse la tasa natural? Si bien conceptualmente seguir la tasa de interés natural evitaría seguir generando ciclos económicos, la dificultad de conocer su nivel ha generado dudas sobre la posibilidad concreta de seguir una regla como la de Wicksell. Respondiendo concretamente a la pregunta, no, no se puede medir con precisión su nivel.
Pero si al menos la Fed intentara estimar y seguir esa tasa natural, en lugar de intentar estimular y frenar la economía a discreción para buscar el objetivo del pleno empleo, entonces el aporte ya sería significativo.
Con Erwin Rosen estudiamos aquellas estimaciones hoy disponibles de la tasa natural y encontramos que el trabajo de Laubach y Williams, dos economistas que ya ofrecen estimaciones para la Fed y el Banco Central Europeo, medían esta posible tasa natural de interés. Su nivel surge de tomar en cuenta, entre otros factores, la brecha que existe entre el PBI real y potencial.
En nuestra investigación descubrimos que la medición de la tasa natural en el período 2001 y 2005 estaba en torno al 5%, lo que manifiesta el «too low too long» (o «demasiado bajo por demasiado tiempo») que hoy es moneda corriente en la explicación de los economistas sobre las causas de la burbuja inmobiliaria que terminó en la gran recesión de 2008.
¿Qué relevancia tiene esta regla después de 2008? La regla de la tasa de interés natural es importante porque deja entrever que, tras la crisis de 2008, la Fed podría estar generando nuevas burbujas con su tasa de interés cero, la que de hecho mantuvo en niveles muy bajos por casi una década.
Lo interesante del caso es que la baja de tasas de 2008 se justificaría de acuerdo con el nivel que adquirió la medición de Laubach y Williams en los años siguientes, justificado quizás por el «saving glut» o acumulación de ahorros que proviene de Asia.
La corrección hacia arriba del nivel de tasas de interés también parece responder a esta regla, subiendo lentamente desde 2016 hasta llegar al 2,25% actual.
Si bien el mercado ya descontaba una nueva suba de un cuarto de punto en diciembre de 2018 y al menos otras dos para 2019, el nuevo presidente de la Reserva Federal Jerome Powell abrió dudas sobre una eventual pausa argumentando precisamente que «están justo por debajo de su nivel de equilibrio».
Lo cierto es que la tasa de interés actual en 2,25% ya estaría superando el nivel medido por Laubach y Williams, lo que significa que seguir incrementando su nivel impone a la economía un innecesario freno.
¿Qué relevancia tiene esta «eventual pausa» para el futuro? Que cambia el escenario de relativa iliquidez que el mercado ya había descontado, lo cual vuelve más optimista a los inversores para abandonar la idea de buscar una potencial mayor tasa de bonos americanos a 10 años y volver a la economía real. Reduce la posibilidad de una nueva crisis global, al tiempo que las subas previas evitan seguir inflando una posible burbuja bursátil. En otros términos, siguiendo a Wicksell, si la Fed sigue la regla de la tasa de interés natural, ni estimula ni frena a la economía, lo que en definitiva es lo que una medida ortodoxa debería buscar.Para Argentina, la noticia no puede ser mejor en el año electoral. Un escenario de menor iliquidez, sumado a la reciente reunión exitosa del G20 en Buenos Aires, que entre otras conclusiones parece poner pausa también a la guerra comercial entre China y Estados Unidos, podría significar inversiones reales en el país que formen un motor adicional para la necesaria y esperada recuperación económica.
Publicada originalmente en Infobae, 11 de diciembre de 2018.
De tanta manifestación antiglobalización en las calles y tanta piedracontra los representantes del G20 en distintas partes del mundo, resulta quealgunos de los encumbrados miembros han comenzado a arrojar piedras ellosmismos, comenzando por el presidente estadounidense que se ha constituido enprincipal crítico de la globalización. También se esbozan imitadores en lamisma mesa del G20 (para no decir nada de las mafias rusas en el poder, ladictadura turca o el representante saudí…sobre el caso chino comentamos másabajo).
Globalización quiere decir intercambios abiertos de bienes y servicios
como consecuencia de los notables progresos en las comunicaciones, en los
transportes y en la tecnología en general. Esto en el contexto de un
capitalismo donde el conocimiento cada vez ocupa una posición relativa mayor
respecto al capital físico. Desde siempre cuando se parla de las tasas de
capitalización se alude al conocimiento puesto que lo inerte no significa nada
si no es primero pensado, construido y aplicado.
Es en verdad
paradójico que en la era del conocimiento y el consecuente menor peso relativo
de la materia se esté en pleno materialismo filosófico. George Gilder apunta en
esa dirección en su obra titulada The Quantum
Revolution in Microcosm: Economics and Technology en la que se alarma del
materialismo filosófico imperante (o determinisno físico para recurrir a
terminología popperiana), una “superstición” que se traduce en “la idea que la
mente es materia”, sin embargo “la actividad del cerebro siempre ocurre bajo el
dominio y la influencia de la mente autónoma”. Gilder reitera que “La idea de
la computadora como una mente es el ídolo de la superstición materialista”
puesto que “la computadora que es el cerebro tiene que ser programada y operada
por una agencia capaz de entendimiento independiente”. Concluye que el
determinismo físico “es parte de un pacto de Fausto: un trato con el diablo por
el que incorporamos fabulosas máquinas a cambio de nuestras propias almas” ya
que “Una teoría intelectual que materializa o mecaniza a los teóricos es
autodestructiva. La psicología behavorista, la biología determinista y la
física materialista son disparates incomprensibles porque eliminan al
científico y su objetivo trascendental de la búsqueda de la verdad”.
El actual mandatario
estadounidense toma a competidores internacionales como una amenaza en lugar de
aceptar que se trata de un progreso conjunto, de allí los absurdos conflictos
que desata. Es del caso insistir en que la China de hoy libera energías en
algunas zonas con un resultado espectacular mientras conculca libertades
civiles, lo cual constituye un trade off nefasto para el oxígeno que requieren las
autonomías individuales. Pero este no es el disgusto de Trump, se trata de la
porción de éxito comercial de China (“depredadora” le mandó decir en Buenos
Aires). El futuro no lo conocemos pero en el caso de China hay dos visiones
contrapuestas. Por un lado Guy Sorman con su China, el imperio de las mentiras donde vaticina una
intensificación del espíritu autoritario, mientras que Eugenio Bregolat en La segunda revolución china pronostica
que las restricciones a las libertades individuales van a ceder frente a
espacios crecientes de procesos abiertos de mercado.
El proceso evolutivo
de la globalización incluye tecnologías de alta sofisticación como es la
robotización que al igual que otros adelantos en la productividad liberan
recursos humanos y materiales para atender otras necesidades y el empresaridado
está especialmente interesado e incentivado en generar capacitaciones a los
efecto de sacar partida de la novedad en cuanto a la antedicha liberación de
los siempre escasos factores productivos.
La reunión del G20 en
Buenos Aires con la ciudad blindada y con algunas filtraciones del bochornoso episodio
Boca-River en las agendas, ofreció un excelente y en justicia muy ponderado
espectáculo en el Teatro Colón pero nada sustancioso y distinto a las
generalizaciones de rigor no exento de contradicciones resultó el espectáculo
por el cual se reunieron. También hubieron algunos encuentros bilaterales, no
siempre en dirección a eliminar las consabidas trabas impuestas por los
gobiernos al efecto de permitir que los privados concreten negocios en paz
sin la mochila del Leviatán. En un
sesudo y documentado artículo en Infobae Ian Vásquezse pregunta “más allá del teatro político ¿para qué sirve el G20?”. Por su
parte, en una demostración de notable capacidad de síntesis, Eduardo van der
Kooy apuntó que, dados los sucesos argentinos, en la reunión de marras “la
realidad se enredó con la ficción”.
Donald Trump, al
igual que otros empresarios que ven oportunidades de arbitrajes, como se ha
señalado desde Adam Smith, no tienen porqué conocer de economía y derecho. El
gobernante estadounidense no comprende las ventajas del comercio libre. Como
destaqué en otra oportunidad y ahora resumo, una de las falacias más
recalcitrantes de nuestra época consiste en sostener que es muy bueno para un
país exportar y es inconveniente importar, o dicho en otros términos el
objetivo debiera ser exportar más de lo que se importa al efecto de contar con
un “balance comercial favorable”. Esta
conclusión deriva del mercantilismo del siglo xvi que seguía el rastro de las
sumas dinerarias, sin percatarse que una empresa puede tener alto índice de
liquidez y estar quebrada. Lo importante para valorar la empresa o el estado
económico de una persona es su patrimonio neto actual y no su grado de
liquidez.
En última instancia, el mercantilismo se resumía en que en una
transacción el que gana es el que se lleva el dinero a expensas de quien
obtiene a cambio un bien o un servicio. Esto en economía se conoce como el
Dogma Montaigne pues ese autor desarrolló lo dicho en el contexto de la suma
cero: “la pobreza de los pobres es consecuencia de la riqueza de los ricos”,
sin comprender que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan y
que la riqueza es un concepto dinámico y no estático. El que obtiene un
servicio o se lleva un bien a cambio de su dinero es porque valora en más lo primero que lo
segundo, lo cual también sucede en valorizaciones cruzadas con el vendedor que
valora en más la suma dineraria recibida a cambio.
Lo ideal para un país es que sus habitantes puedan comprar y comprar del
exterior sin vender nada, pero lamentablemente esto se traduciría en que el
resto del mundo le estaría regalando bienes y servicios al país en cuestión y
en nuestras vidas apenas si podemos convencer a nuestros familiares que nos
regalen para nuestros cumpleaños. Entonces, reiteramos, lo ideal es contar con
el balance comercial más “desfavorable” posible pero las cosas no permiten
proceder de esa manera por lo que no hay
más remedio que exportar para poder importar o utilizar el balance neto de
efectivo como veremos a continuación. El
objetivo de un país y el objetivo de cada persona es comprar no vender, la
venta o la exportación es el costo de
comprar o importar.
Lo relevante no es el balance comercial sino el balance de pagos que
siempre está equilibrado en un mercado abierto tanto en un país como en cada
persona. Veamos el asunto más de cerca, el balance de pagos significa que los
ingresos por ventas o exportaciones son iguales a los gastos por compras o
importaciones más/menos el balance neto de efectivo o cuenta de capital. Por
ejemplo si una persona o un grupo de ellas (país) recibe en un período
determinado ingresos o exportaciones por valor de 100 y sus compras o
importaciones en ese mismo período fueron 400 quiere decir que su balance de
efectivo o el uso de los capitales asciende a 300: 100 = 400 – 300 o si al
ingresar o exportar por 200 sus gastos o importaciones fueron 50 el balance de
pagos será 200 = 50 + 150 y así sucesivamente. Nunca hay desequilibrios en el
balance de pagos.
Si alguien dijera que conviene solo exportar y evitar importaciones
haría que el valor de la divisa extranjera se desplome con lo cual se frenan
las mismas exportaciones que se desean promover. El mercado cambiario regula
los brazos exportadores e importadores. Claro que si los gobiernos manipulan el
tipo de cambio y las deudas externas gubernamentales sustituyen las entradas
genuinas de capital, todo se trastoca.
Si un país fuera absolutamente inepto para vender al exterior y no es
capaz de atraer capitales, nada tiene que temer en cuanto a desajustes en sus
cuentas externas puesto que nada podrá comprar del exterior.
Pero en el fondo subyace otra falacia de peso y es que los aranceles
puede promover la economía local. Muy por el contrario, todo arancel significa
mayor erogación por unidad de producto lo cual se traduce en un nivel de vida
menor para los locales puesto que la lista de lo que pueden adquirir
inexorablemente se contrae. En realidad el “proteccionismo” desprotege a los
consumidores en beneficio de empresarios prebendarios que explotan a sus
congéneres.
En no pocas evaluaciones de proyectos hay quebrantos durante los
primeros períodos que naturalmente se estima serán más que compensados en
períodos ulteriores. Entonces si en un emprendimiento se comprueban pérdidas
proyectadas durante las primeras etapas, son los empresarios en cuestión los
que deben absorber los quebrantos del caso y no pretender endosarlos sobre las
espaldas de los contribuyentes vía los aranceles. Y si esos empresarios no
cuentan con los recursos suficientes pueden vender el proyecto para participar
con otros socios locales o internacionales. A su vez si nadie en el mundo se
quiere asociar al proyecto es por uno de dos motivos: o el proyecto es un
cuento chino (lo cual es bastante habitual en el contexto de “industrias
incipientes” mantenidas en el tiempo) o estando el proyecto bien evaluado
aparecen otros más urgentes y como todo no puede llevarse a cabo
simultáneamente, deberá esperar su turno o dejarlo sin efecto.
Si se comienza a
preguntar cuales cosas se podrían fabricar como si estuviéramos en Jauja y
todos estuvieran satisfechos, quiere decir que no hemos entendido nada de nada
sobre economía. En verdad la cuestión arancelaria no es diferente de los
efectos que tendrían lugar si se impusieran aduanas interiores en un país o si
un productor de cierto bien en el norte descubre un nuevo procedimiento para
producirlo y consecuentemente lo puede vender más barato y mejor, pero en el
sur lo bloquean debido a que los de la zona lo fabrican más caro y de peor
calidad. Este es el mensaje de los funcionarios de las aduanas de todas partes:
“no vaya usted a traer algo mejor y de menor precio porque perjudicará
gravemente a sus congéneres”.
A juzgar por los
voluminosos “tratados de libre comercio” aún no se comprendió que las
cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres puesto que el delta
en productividad es mayor respecto a los más eficientes. Resulta tragicómico
que se sostenga que los referidos tratados deben realizarse entre países
iguales, cuando precisamente como en todo comercio la ventaja estriba en la
desigualdad puesto que entre iguales no hay nada que comerciar.
Sin duda que si los
gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce
a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos
insumos.
Entre otros
despropósitos se argumenta que el control arancelario debe establecerse para
evitar el dumping, lo cual significa
venta bajo el costo que se dice exterminaría la industria local sin percatarse
que el empresario, si el bien en cuestión es apreciado y la situación no se
debe a quebrantos impuestos por el mercado, saca partida de semejante arbitraje
comprando a quien vende bajo el costo y revende al precio de mercado. Pero
generalmente nadie se toma siquiera el trabajo de verificar la contabilidad del
proveedor en cuestión, lo único que preocupa a comerciantes ineficientes es que
se colocan productos y servicios a precios menores que lo que con capaces de
hacer ellos. Lo peligroso es el dumping
gubernamental puesto que se realiza forzosamente con los recursos del
contribuyente (por ejemplo el déficit de las mal llamadas empresas estatales),
de todos modos, en este caso, los perjudicados son los residentes en el país
que impone esta medida pero son beneficiarios quienes reciben en el exterior
regalos a través de bienes más baratos que los que se ofrecen en el mercado.
Es paradójico que se
hayan destinado años de investigación para reducir costos de transporte y
llegados los bienes a la adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de
la imposición de aranceles, tarifas y cuotas. Hay un dèjávu en todo esto.
Debemos realizar los esfuerzos intelectuales necesarios para que no se
generalicen en el G20 los tirapiedras contra la globalización.
Luego de las crisis cambiarías que afectaron a la economía Argentina desde Abril/Mayo de este año, un recambio de autoridades en el equipo económico derivaron en un nuevo plan monetario y un acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI). El nuevo plan económico entró en vigencia en octubre de este año. A dos meses de haber implementado el nuevo plan, ya se puede comenzar a ver algunos resultados.
El nuevo plan monetario
El nuevo plan monetario (o «Plan Sandleris», por el nuevo presidente del BCRA) se constriye sobre metas de agregados monetarios y una nueva política cambiaria.