Comparto mi análisis sobre lo que ha ocurrido en la última semana en el mundo y en la Argentina. Crisis cambiaria, dólar, déficit fiscal, suba de tasas son algunos de los temas tratados.
Acceda aquí a la entrevista completa en FM Libertad 97.5.
Comparto mi análisis sobre lo que ha ocurrido en la última semana en el mundo y en la Argentina. Crisis cambiaria, dólar, déficit fiscal, suba de tasas son algunos de los temas tratados.
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Nicolás Dujovne, actual ministro de Hacienda, explicó que la turbulencia de la semana pasada obedece a «una apreciación a nivel mundial sobre el dólar». Esto es cierto, sin embargo, hará mal el oficialismo en quedarse solo con el factor externo y no mirar hacia adentro.
El Banco Central de la República Argentina perdió alrededor de 5600 millones de dólares en el último mes por elegir una política cambiaria equivocada. Que el Banco Central de una economía pequeña y abierta intente, en un contexto volátil, fijar un tipo de cambio distinto al que quiere el mercado es como que un barco pequeño intente tirar un ancla en medio del océano y bajo fuerte tormenta. La consecuencia lógica es que se dé vuelta el barco.
Afortunadamente el oficialismo interpretó correctamente sus propios errores y viró hacia una política más ortodoxa. Primero, intentó contener el dólar, y cuando observó que el costo en reservas era excesivo, lo dejó flotar, algo que debió permitir mucho antes.
El mundo ya viene avisando que comienza un cambio de ciclo. Las subas de tasas en Estados Unidos ya empezaron y continuarán, lo que reducirá la liquidez y hará cada vez más costoso el endeudamiento.
Para atrás, el oficialismo tendrá que reconocer cara su inacción fiscal. Para adelante, tendrá que implementar recortes en el gasto público en un momento caliente en materia política, con la elección presidencial enfrente.
Los anuncios fueron correctos. Las medidas ortodoxas nunca fallan. Primero, se decidió acotar la intervención para que el dólar salte lo necesario; segundo, se decidió subir la tasa de interés al 40% para reducir la demanda de dólares; y finalmente se anunció una meta fiscal más ambiciosa, reduciéndola del 3,2% al 2,7% del PBI en 2018, lo cual contribuye en reducir el desequilibrio fundamental de la economía argentina.
¿Es viable esta nueva meta fiscal? En cierto modo, sí, porque los datos del primer trimestre fueron positivos, con una recaudación que sube por encima de los incrementos nominales en el gasto. Estos números, además, se complementaron con nuevos anuncios de recortes en la obra pública. Sin embargo, una posible contradicción entre las medidas propuestas es que la suba de tasas contribuirá en enfriar la economía, lo cual puede impactar negativamente en la recaudación de los próximos meses.
Por otro lado, debemos reconocer que la meta sobre el déficit primario ignora los intereses de deuda, el déficit de las provincias y el déficit cuasi fiscal, que representarán nuevos problemas una vez que el Gobierno derrote el déficit primario.
¿Y las metas de inflación? No se tocaron: 15% para 2018 y 10% para 2019. Todos sabemos que son imposibles de cumplir, pero el oficialismo interpreta que el costo político y social de reconocerlo se estima mayor que esperar que la realidad llegue. Lo cierto es que ya se estima una inflación arriba del 20% para 2018 y hay quienes dudan que el índice refleje un número menor que el de 2017, 24,8 por ciento. Las expectativas inflacionarias para 2018 se acercan a un valor promedio entre esos dos números.
La economía siempre impone límites a la política. Pareciera ser que el oficialismo interpretó bien este límite y accedió a atacar el déficit fiscal, pero se queda corto. Un mundo cada vez más ilíquido obligará al Gobierno a hacer esfuerzos fiscales mayores en un momento cada vez más caliente por las elecciones de 2019. Reemplazar el endeudamiento externo por interno tendrá corta vida. La economía crece poco, y el efecto crowding out (o desplazamiento) que generaría el Gobierno con esta medida reduciría aun más el crédito que necesita la economía para acelerar el ritmo de actividad.
Publicado originalmente en Infobae, lunes 7 de mayo de 2018.
Tal vez lo primero que deba consignarse es que con el progreso se le otorga mucho más valor al ser humano que a lo material. Hay quienes se quejan al comprobar que se tratan como desperdicios a tantas cosas que se dice no tienen arreglo y deben ser descartadas.

Antes esto no tenía lugar simplemente porque los salarios eran muy bajos en relación al valor de los materiales. Hoy día, a pesar de las barrabasadas de los gobiernos que indefectiblemente conducen al empobrecimiento, los islotes de libertad han producido explosiones en el mejoramiento en el nivel de vida, aunque en no pocas regiones la pobreza y hasta la miseria continúan (donde el recauchutaje sigue su curso). Y aquello no solo en cuanto a la medicina y a procedimientos para la agricultura sino en todos los órdenes de la producción los progresos han sido vertiginosos en la media en que se ha dejado en paz a los emprendedores.
Hoy, 3 de mayo, se celebra el Día Mundial de la Libertad de Prensa y es propicio para subrayar lo vital que significa esta garantía para la supervivencia de la sociedad abierta.

La libertad de prensa consagrada y cumplida en todas las Constituciones de los países civilizados, por una parte, resulta esencial a los efectos de ampliar el conocimiento en todos los niveles, puesto que solo dando rienda suelta al pensamiento de cada cual es posible embarcarse en el proceso de prueba y error para reducir nuestra ignorancia e incorporar algo de tierra fértil en el contexto de corroboraciones provisorias y refutaciones. Por otra parte, resulta imprescindible para mantener el poder político en brete con todas las críticas y las opiniones diversas sobre su comportamiento.
Es sabido que, como ha consignado el historiador decimonónico Acton: «El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente». Fuera de los organismos de contralor y la necesaria división de poderes, el cuarto poder debe funcionar sin cortapisa alguna. La mejor legislación sobre la libertad de prensa es la que no se promulga.
Jefferson ha escrito: «Entre la disyuntiva de un gobierno sin libertad de prensa y libertad de prensa sin gobierno me inclino decididamente por esto último». Todos los mequetrefes autoritarios han pretendido silenciar voces, lo cual constituye un atropello inadmisible. Milton, en su discurso sobre la libertad de prensa, en 1644, prioriza esa libertad por encima de las otras libertades civiles: «Dadme la libertad de conocer, de expresar y discutir libremente según la conciencia, por encima de todas las demás libertades».
Ya la humanidad ha debido soportar suficientes quemas de libros, inquisiciones, censuras y otras bellaquerías como para a esta altura del siglo XXI tener que aguantar megalómanos que, en nombre de una pureza mal parida, sigan con sus letanías a favor de un discurso único. «La razón aprisionada» titula John M. Bury uno de los capítulos de su clásica Historia de la libertad de pensamiento donde dice: «Las opiniones nuevas son consideradas tan peligrosas como molestas, y cualquiera que hace preguntas inconvenientes sobre el porqué y el para qué de principios aceptados es considerado como un elemento pernicioso».
Gracias al periodismo independiente (una expresión redundante pero dada la época que vivimos vale el adjetivo) se han descubierto corrupciones gubernamentales, ya que no siempre la Justicia ha sido suficientemente ágil y eficiente para detectar esos delitos. Esto en modo alguno quiere decir que todos los periodistas sean probos, de lo que se trata es de abrir de par en par la competencia y todas las voces. Tampoco quiere decir que se puede calumniar impunemente, pero los recursos judiciales, en los casos que resulten pertinentes, siempre deben ser ex post facto, pero nunca censura previa, lo cual constituye una cachetada feroz a la convivencia civilizada y un paso mortal para los espíritus libres.
Con razón Woody Allen ha escrito: «Nuestros políticos son corruptos e ineptos y a veces las dos cosas en el mismo día». La desconfianza en el poder y el seguimiento permanente de sus pasos resulta primordial para la tranquilidad de los ciudadanos.
Aprovecho este aniversario para insistir en la necesidad de eliminar las llamadas agencias estatales de noticias, en lugar de protestar por desiguales entregas de publicidad oficial. Si hay algo que debe anunciar el aparato estatal del momento lo debe comunicar en conferencia de prensa, sin necesidad de montar agencias gubernamentales de noticias. Los gobiernos nada tienen que hacer en estos campos, del mismo modo que deben abstenerse de intervenir en los negocios del papel y similares regulaciones.
Aprovecho también para sugerir que se asignen derechos de propiedad para las ondas electromagnéticas al efecto de evitar la peligrosa figura de las concesiones por parte de los aparatos estatales, que son una espada de Damocles, puesto que el que otorga la concesión es de hecho el dueño del espacio.
En estas líneas quiero dejar expreso reconocimiento a todo el periodismo independiente y el enorme agradecimiento a todas las faenas y a veces esfuerzos ingratos por su labor ejemplar, tanto en los medios radiales, televisivos, digitales como en papel. La crítica seria y responsable es la característica de quienes dedican su vida al periodismo. Las pesquisas permanentes son un alimento para todas las personas de bien.
El autor es Doctor en Economía y también es Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Publicado originalmente en Infobae, 3 de mayo de 2018.
Nuevamente reiteramos de modo parcial lo que hemos consignado sobre la denominada posmodernidad que, al igual que la posverdad se traducen en construcciones contrarias a la realidad de las cosas. La modernidad es heredera de una larga tradición cuyo comienzo puede situarse en la Grecia clásica, en donde comienza el azaroso proceso del logos, esto es, el inquirir el porqué de las cosas y proponerse la modificación de lo modificable en lugar de resignarse a aceptarlas sin cuestionamiento. Louis Rougier afirma que en esto precisamente consiste el mito de Prometeo, que expresa el intento de una ruptura con la superstición y que la “contribución de Grecia a la civilización occidental consistió en darle sentido a la palabra ‘razón’. En contraste al Oriente, que se sometía en silencio a los mandatos de los dioses y los dictados de los reyes, los griegos trataron de entender el mundo en el que vivían” Pero el modernismo propiamente dicho es renacentista aunque pueden rastrearse rasgos más o menos marcados en algunos escolásticos y especialmente en la escolástica tardía de la Escuela de Salamanca. En todo caso, el llamado modernismo hace eclosión en la Revolución Francesa antes de sumergirse en la contrarrevolución de los jacobinos, el terror y el racionalismo iluminista.

El posmodernismo, por su parte, irrumpe aparentemente a partir de la sublevación estudiantil de mayo de 1968 en París y encuentra sus raíces en autores como Nietzsche y Heidegger. Los posmodernistas acusan a sus oponentes de “logocentristas”, rechazan la razón, son relativistas epistemológicos (lo cual incluye las variantes de relativismo cultural y ético) y adoptan una hermenéutica de características singulares, también relativista, que, por tanto, no hace lugar para interpretaciones más o menos ajustadas al texto. George B. Madison explica que “una de las cosas que el posmodernismo subraya es que, de hecho, no hay tal cosa como el sentido propio de nada”. El posmodernismo mantiene que todo significado es dialéctico. Esto, como queda dicho, en última instancia se aplica también al “significado” del propio posmodernismo. Por eso es que Denis Donoghue señala que a prácticamente todo estudiante de nuestra cultura se le requiere que, entre otras cosas, exponga su posición frente al posmodernismo, aunque en realidad signifique cualquier cosa que queramos que signifique.
La jerga financiera a veces dificulta al ciudadano no economista comprender las razones por las cuales la inflación tarda en bajar. Esta nota trata de ir directo al punto central de este mecanismo, haciendo abstracción de la misma.
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