"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
The debate over the size and scope of the federal government has raged since the New Deal. So why have opponents of big government so rarely made political headway? Because they fail to address the fundamental issue.
== Patrick Garry, Ph.D.
Professor of Law University of South Dakota School of Law
Patrick Garry is a law professor with a Ph.D. in constitutional history. He has testified before Congress on constitutional issues and is a contributor to The Oxford Companion to the U.S. Supreme Court. He is the author of numerous constitutional law books, including Wrestling With God: The Court’s Tortuous Treatment of Religion and An Entrenched Legacy: How the New Deal Constitutional Revolution Continues to Shape the Role of the Supreme Court.
Everyone knows that the Federal Government has far transcended the limited role envisioned by the Founders. In this address, retired United States Magistrate Judge Joseph Scoville explores the main events in American Constitutional history responsible for the eclipse of the checks and balances designed to limit federal power.
Joseph G. Scoville served for 26 years as United States Magistrate Judge for the Western District of Michigan. Before taking the bench in January of 1988, he was a partner in the law firm of Warner, Norcross & Judd in Grand Rapids. Among other cases of public importance, he successfully argued an appeal to the United States Supreme Court on an issue of federal preemption.
Scoville is a past president of the Federal Bar Association, Western Michigan Chapter, and has been a faculty member for many continuing legal education programs in the State of Michigan. He has taught Constitutional Law as an Adjunct Professor at the Thomas M. Cooley Law School. Judge Scoville is a graduate of Michigan State University (1971, with High Honors, Phi Beta Kappa) and University of Michigan Law School (1974, Magna cum Laude, Order of the Coif). He and his wife, Margaret, have been married for forty-two years.MOSTRAR MENOS
En 2020 alcanzamos brechas cambiarias siderales y hay alarma por las reservas internacionales netas.
La brecha cambiaria entre el tipo de cambio oficial y el contado con liquidación llegó a niveles preocupantes en mayo del 2020 (73,25%). Por su parte el bajo nivel de las reservas internacionales netas es alarmante. Hoy, el panorama continúa complicado ya que la brecha cambiaria en el promedio de junio supera el 66% y las reservas netas internacionales se ubican en torno a los US$ 7.500 millones.
En el gráfico se observa que durante el período 2012-2015, Argentina convivió con niveles elevados de brecha mientras que al mismo tiempo las reservas internacionales netas entraban en caída libre. A principios del 2014 se produjo una devaluación que redujo la brecha sustancialmente, pero está volvía a incrementarse meses después. En enero 2015 se observa un punto de inflexión que se logró mediante un sinceramiento del tipo de cambio, pero sus efectos fueron de corto plazo para volver a colapsar en agosto del 2019. Durante este período las reservas internacionales netas se recuperaron obteniendo un pico en febrero de 2018 siendo las más altas desde el 2012. Por otro lado, la brecha cambiaria se volvió prácticamente inexistente por tener un tipo de cambio sin estar preso del cepo. En septiembre del 2019, la brecha fue creciendo y las reservas internacionales netas se desplomaron hasta nuestros días.
Por su parte el gobierno ha decidido intensificar los controles cambiarios obligando a los importadores que tenían dólares líquidos en el exterior a utilizarlos al momento de realizar sus importaciones. Este tipo de medidas son de cortísimo plazo y generan otros problemas. Por un lado, se les obliga a las empresas que habían logrado generar activos en dólares para protegerse de la inflación a comprar al dólar paralelo mientras que el resto lo seguiría haciendo con el dólar oficial. De esta manera el BCRA busca cuidar sus reservas sacrificando la de los productores que pudieron y supieron ser precavidos. Además, se genera desabastecimiento en ciertos sectores porque se detienen ventas de productos que se utilizan en procesos productivos (fertilizantes, agroquímicos, entre otros). Si el 2015 terminó con una devaluación debido a una brecha alta y la caída de las reservas internacionales netas, lamentablemente con brecha más alta y escasas reservas pareciera que vamos a seguir el mismo camino.
Acerca de la Fundación Libertad y Progreso: Libertad y Progreso es un centro de investigación en políticas públicas aplicadas a resolver los problemas de la ciudadanía, promoviendo los valores y principios de la República Representativa Federal. Somos una fundación sin fines de lucro, privada e independiente de todo grupo político, religioso, empresarial o gubernamental. No aceptamos dinero del Estado. Nuestros fondos provienen únicamente de aportes individuales de personas, fundaciones y empresas comprometidas con el futuro del país.
Hay autores cuyos escritos conservan actualidad por más que transcurra el tiempo. Como bien ha consignado Italo Calvino, “los libros clásicos son aquellos que nunca terminan de decir lo que tienen que decir”. Son aquellos que van al hueso de las cosas y no se entretienen con lo meramente coyuntural por lo que sus consideraciones abarcan períodos muy extensos puesto que ayudan a reflexionar a las mentes curiosas de cualquier época. Este es, por ejemplo, el caso de Richard Pipes (1923-2018), el eximio profesor de historia en la Universidad de Harvard, nacido en Polonia y radicado desde muy joven en Estados Unidos.
Tuve el privilegio de conocerlo en el congreso anual de la Mont Pelerin Society en Chatanooga (Tennesse) en septiembre de 2003, oportunidad en que ambos presentamos trabajos que expusimos ante el plenario por lo que pude intercambiar ideas durante un almuerzo muy bien organizado en el que participamos los panelistas. Un hombre de una versación formidable y, como todo intelectual de peso, siempre muy solícito para responder interrogatorios de muy variado tenor.
Sus obras son múltiples pero en esta nota periodística me limito a los tres libros que tengo de su autoría en mi biblioteca, traducidos al castellano. Se trata de Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia (México, Fondo de Cultura Económica, 1999/2002), Historia del comunismo (Barcelona, Mondadori, 2001/2002) y La Revolución Rusa (Madrid, Debate, 1990/2016).
El primer libro está consubstanciado con lo mejor de la tradición de pensamiento liberal en el sentido que sin el uso y disposición de lo propio, comenzando por la vida, la exteriorización del propio pensamiento y la plena disposición de los bienes adquiridos legítimamente, sin estos atributos decimos, no hay libertad posible. La libertad es ausencia de coacción por parte de otros hombres ya que el uso de la fuerza agresiva no permite lo anterior.
En este contexto es del caso recordar que Ludwig von Mises ha demostrado en los años 20 que el socialismo es un imposible técnico ya que la abolición de la propiedad que propugna no permite la existencia de precios y, por ende, no resulta posible la evaluación de proyectos y la contabilidad con lo que no se conoce el grado de despilfarro de capital. En otros términos, no hay tal cosa como economía socialista. Y es importante recalcar que sin necesidad de abolir la propiedad, en la medida en que se daña esta institución crucial se producen efectos adversos en cuanto a desajustes y distorsión de los precios relativos que inexorablemente malguian los siempre escasos factores de producción con lo que los salarios e ingresos en términos reales disminuyen.
En aquella obra sobre la propiedad, Pipes pasa revista a los instintos de los animales en cuanto a la territorialidad y los correspondientes trabajos de etología, principalmente de Konrad Lorenz y de Nikolas Tinbergen, a la natural noción de propiedad entre los niños y entre los pueblos primitivos a pesar de no contar con registros de propiedad.
Se detiene a considerar el caso del fascismo y el nacionalsocialismo como sistemas en los que se permite “o más bien se tolera” el registro de la propiedad pero en verdad se trata de “una propiedad condicional, bajo la cual el Estado, el propietario en última instancia, se reserva el derecho a intervenir e incluso a confiscar los bienes que a su juicio se usan inadecuadamente”.
Subraya que en el llamado “estado de bienestar” donde “la agresión sobre los derechos de propiedad no siempre es evidente porque se lleva a cabo en nombre del ´bien común´, un concepto elástico, definido por aquellos cuyos intereses sirve”. En la era de las carreras desenfrenadas por los proyectos de ley, pondera al “gran estadista inglés de mediados del siglo XVIII, William Pitt el viejo, conde de Chatham, quien fue primer ministro durante ocho años, no elevó un solo proyecto de ley al Parlamento […] como apuntó Frederick Hayek, todo aumento del alcance del poder estatal, en si y de por si, amenaza la libertad”. Y muestra cómo las expropiaciones fundadas en ley “a menudo se asemejan a la confiscación” .
También puntualiza que “el verbo discriminar ha siso politizado hasta tal punto que casi ha perdido su sentido original” y se ha convertido en un ataque a la propiedad de cada cual al restringir la capacidad de elegir, optar y preferir confundiéndose con la discriminación por parte de los aparatos estatales al proceder en sentido contrario a la igualdad ante la ley.
Termina su obra, luego de analizar muy diversos casos históricos, con el tema educativo lamentándose de que “cada vez más las instituciones de la enseñanza superior se encuentran bajo la vigilancia de la burocracia federal”.
En el segundo libro sobre el historial del comunismo, Pipes estudia los casos cubano, chino, chileno de Allende, soviético, de Camboya, Etiopía, Corea del Norte con una documentación muy rigurosa donde pone de manifiesto los resultados calamitosos del sistema.
Explica que “el comunismo no es una buena idea que salió mal, sino una mala idea […] el marxismo, fundamento teórico del comunismo, lleva en sí la semilla de su propia destrucción, tal como Marx y Engels le habían atribuido erróneamente al capitalismo”. Finalmente subraya el tema tan importante de los incentivos perversos inherentes al comunismo por lo que “desarrolla los instintos más rapaces”.
Hago a esta altura una digresión para aludir a Eudocio Ravines (1897-1997), quien fuera Premio Mao y Premio Lenin y cuenta en su autobiografía que su primer paso hacia la conversión fue considerar que el problema radicaba en el mal manejo y el espíritu sanguinario de Stalin. Tardó mucho en percatarse que la raíz del problema estaba en el sistema y no en los administradores.
Pipes cita en esta segunda obra El libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión de Stephane Courtois y sus colegas, un volumen donde se contabilizan más de cien millones de masacrados por el comunismo de 1917 a 1989 además de las asfixias por las feroces represiones y las espantosas hambrunas provocadas por el régimen. Escribe Pipes: “Los movimientos y regímenes revolucionarios tienden, en cierta medida, a hacerse cada vez más radicales y más implacables. Esto sucede porque, después de sucesivos fracasos, sus dirigentes, en lugar de reexaminar sus premisas fundamentales -dado que son éstas las que proporcionan las bases lógicas de su existencia- prefieren ponerlas en práctica aun con mayor rigor”. Este es el resultado indefectible de la fantasía criminal de producir “el hombre nuevo” y “la felicidad eterna” en base a los aparatos estatales desbocados, cuando en verdad desde la primera restricción a la libertad por más inocente que pueda parecer al comienzo se están sentando las bases para la destrucción moral y material bajo las directivas implacables de los mandones de turno.
El tercer y último libro que comentamos aquí muy brevemente es el que se refiere a la revolución rusa (1045 páginas en la edición referida). Como he apuntado antes en base al monumental obra de Pipes, el régimen zarista implantado en 1547 por Iván IV (el terrible), con el tiempo se caracterizó por los atropellos de la policía política (Ojrana) con sus reiteradas requisas, prisiones y torturas, la censura, el antisemitismo, los siervos de la gleba en el contexto del uso y disposición de la tierra por los zares y sus acólitos sin ninguna representación de los gobernados en ninguna forma. Hasta que por presiones irresistibles y cuando ya era tarde debido a los constantes abusos, Nicolás II consintió la Duma (tres veces interrumpida) en medio de revueltas, cavilaciones varias y una influencia desmedida de Alejandra (“la alemana” al decir de la oposición en plena guerra) basada en consejos atrabiliarios de Rasputín. Finalmente, el zar abdicó primero y luego se constituyó un Gobierno Provisional que en última instancia comandaba Kerenski quien prometía “la instauración de la democracia” pero que finalmente se vio obligado a entregar el poder a los bolcheviques (cuando Hitler invadió la Unión Soviética en 1941, Kerenski, desde Nueva York, le ofreció ayuda a Stalin por correspondencia la cual no fue respondida, una señal de desprecio que merecen aquellos que pretenden actuar a dos puntas).
Imaginemos la situación de toda la población campesina en la Rusia de los zares, nada instruida que recibía de parte de las posiciones más radicalizadas del largo período desde 1905 que comenzaron las revueltas hasta 1917 en que estalló la revolución primero en febrero y luego en octubre cuando los soviets se alzaron con el poder bajo el mando de Lenin. Imaginemos a estas personas a quienes se les prometía entregarles todas las tierras de la nobleza frente a otros que proponían limitar el poder en un régimen de monarquía constitucional y parlamentaria. Sin duda para esa gente resultaba mucho más atractivo el primer camino y no el de “salvar a la monarquía del monarca”. Cuando hubo cesiones de algunas tierras se instauró el sistema comunal que algunos pocos dirigentes trataron sin éxito de sustituir por el de propiedad privada (en primer término debido a los denodados esfuerzos de Stolipin). Es que la tierra en manos de la nobleza como una imposición hacía creer que toda propiedad era una injusticia, extrapolando el privilegio a las adquisiciones legítimas.
De las cuatro revoluciones que más han influido hasta el momento sobre los acontecimientos en el mundo, la inglesa de 1688 que destronó a Jaime II por Maria y Guillermo de Orange donde con el tiempo se recogieron en grado creciente las ideas de autores como Algernon Sidney y John Locke, la norteamericana de 1776 que marcó un punto todavía más profundo y un ejemplo para todas las sociedades abiertas en cuanto al respeto a las autonomías individuales, la Revolución Francesa de 1789 que consagró las libertades del hombre, especialmente referidas a la igualdad de derechos (art. 1), esto es, la igualdad ante la ley y la propiedad (art. 2), aunque la contrarrevolución destrozó lo anterior y, por último la Revolución Rusa de 1917 que, desde la perspectiva de la demolición de la dignidad del ser humano, constituyó un golpe de proporciones mayúsculas que todavía perdura sin el aditamento de “comunismo” porque arrastra el recuerdo de cientos de millones de masacrados y otras tantas hambrunas. Del terror blanco pasar al terror rojo empeoró las cosas y, como es sabido, el sistema actual en Rusia es uno de mafias enquistadas en el poder.
Como queda dicho, la obra de Richard Pipes no se agota en los tres libros que hemos mencionado, pero da una idea de la dimensión de las faenas emprendidas por este notable historiador que permiten extraer valiosas enseñanzas para los momentos que actualmente vivimos, en los que con la etiqueta del nacionalismo se vuelven a repetir los errores del pasado.
La tarea para aquellos que pretenden vivir en una sociedad libre consiste en salir al encuentro de las falacias del estatismo, cualquiera sea la denominación a que se recurra para que el Leviatán atropelle los derechos de las personas. La obligación moral de todos quienes pretenden ser respetados es la de contribuir a enderezar y fortalecer los pilares de la libertad. No hay excusas para abstenerse de una misión de tamaña envergadura. En esta instancia del proceso de evolución cultural, es imperioso establecer límites adicionales al poder político para no correr el riesgo de convertir el planeta en un inmenso Gulag en nombre de una democracia que en verdad se está degradado en dirección a cleptocracias de distinto grado.
El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Publicado originalmente en Infobae, 13 de junio de 2020
Todos los grandes maestros del derecho han reiterado la célebre definición clásica de Justicia de “dar a cada uno lo suyo” y en este contexto es indispensable subrayar que lo suyo remite al derecho de propiedad, una institución clave de la sociedad civilizada.
Si la naturaleza humana tuviera las características de Jauja y, por ende hubiera de todo para todos todo el tiempo no sería necesaria la asignación de derechos de propiedad, pero las cosas no son así por lo que se torna imperiosa la preservación de lo que pertenece a cada cual. De este modo, en una sociedad libre, los siempre escasos recursos están en las manos más eficientes para atender los requerimientos de los semejantes. Quienes aciertan en sus conjeturas de cómo satisfacer las demandas del prójimo obtendrán ganancias y los que se equivocan incurrirán en pérdidas. En este ámbito el cuadro de resultados muestra el rumbo que deben encarar los negocios.
Y no es que el empresario necesariamente comprenda este proceso, como ha apuntado Adam Smith en 1776 suele ser lo contrario por lo que es del todo inconveniente escuchar sus elucubraciones en la materia. Su oficio y la aptitud del comerciante exitoso es contar con un adecuado sentido de la oportunidad para detectar arbitrajes pero por el hecho de operar en el mercado no lo convierte en un conocedor de filosofía política. Mas bien se observan a no pocos que pretenden aliarse con el poder de turno para sacar provecho de privilegios que van a contracorriente del bienestar de la gente y los hay también que viven con complejos de culpa por haber tenido éxito en la venta de un bien o en la prestación de un servicio.
Ahora viene la cuestión de fondo que trata de la trascendental relevancia de la Justicia independiente, en verdad una redundancia pero en estos tiempos que corren vale el énfasis. Independiente de los otros poderes y de toda presión distinta a velar por la antedicha preservación y garantía de lo suyo.
Es muy pertinente recordar la importancia que en su obra más conocida Montesquieu le atribuía al concepto de derecho como extramuros de la legislación positiva al dictaminar que “Decir que no hay nada justo ni injusto fuera de lo que ordenan o prohíben las leyes positivas, es tanto como decir que los radios de un círculo no eran iguales antes de trazarse la circunferencia” y que “No hay libertad si el poder de juzgar no está bien deslindado del poder legislativo y del poder ejecutivo”. Por último: “los edictos reales nos afligen aun antes de conocerlos porque hablan siempre de las necesidades del monarca y nunca de las necesidades del pueblo.”
Una condición esencial de la Justicia es la igualdad ante la ley, por lo que se ilustra con los ojos vendados, una característica que hace que los dos conceptos sean inseparables a los efectos que no vaya a entenderse un adefesio como que todos son iguales en cuanto a ir a campos de concentración y sandeces equivalentes.
El papel 47 de Los federalistas escrito por James Madison, el padre de la Constitución estadounidense, consigna que “La acumulación de todos los poderes, legislativo, ejecutivo y judicial en las mismas manos, sea de uno, de varios, de muchos, sea hereditario, auto-ungido o electivo se define como la tiranía.”
Benedetto Croce ha caracterizado a la historia como “la hazaña de la libertad” pero en los tiempos que corren los atropellos a las libertades son desafortunadamente moneda corriente y los gobiernos (generalmente escrito con mayúscula sin percatarse que en ese tren en todo caso habría que hacerlo con individuo que es teóricamente el objeto de cuidado y la razón de ser del monopolio de la fuerza y que son sus empleados que deben velar por los derechos) los gobiernos decimos fabrican leviatanes gigantescos fruto de impuestos insoportables, deudas públicas elefantiásicas, manipulaciones monetarias escandalosas y regulaciones asfixiantes.
En no pocos países como el caso argentino fue extraordinario el progreso moral y material desde su verdadera independencia el primero de mayo de 1853 al jurar la Constitución liberal. En realidad en la otra del 25 de mayo de 1810, al decir de Alberdi “dejamos de ser colonos de España para ser colonos de nuestros gobiernos”. El liberalismo argentino se interrumpió primero con la revolución fascista del 30 y luego con mucho mayor intensidad con el golpe del 43, un quiebre brutal que continúa hasta nuestros días que nos ha colocado en posiciones lamentables cualquiera sean los indicadores a que se recurra.
Es que muchos dieron por sentado ese progreso notable que como ha dicho Tocqueville es el momento fatal puesto que las ideas son reemplazadas por concepciones autoritarias. Por eso el vaticino de Francis Fukuyama en cuanto a que a partir del derrumbe del Muro de la Vergüenza inexorablemente surgiría la libertad fue un marxismo al revés.
Nada en el ámbito humano es inexorable, como ha escrito Paul Johnson “Una de las lecciones de la historia que uno debe aprender, a pesar de ser muy desagradable, es que ninguna civilización puede darse por sentada. Su permanencia nunca puede asumirse; siempre habrá una edad oscura esperando a la vuelta de cada esquina.”
Para que tenga lugar un Poder Judicial y no un poder perjudicial, es menester entender el significado cabal del derecho. Salvo honrosas excepciones hoy no egresan abogados en el sentido de defensores del derecho sino estudiantes de legislaciones que pueden recitarlas con sus números, apartados e incisos pero como están en gran medida imbuidos de positivismo legal no saben ni les interesa cuales son los fundamentos del orden jurídico ausentes de mojones o puntos de referencia de lo promulgado.
A todo derecho corresponde una obligación. La contrapartida de quien gana 100 con el fruto de su trabajo es la obligación de terceros de respetar ese ingreso. Pero si alguien pretende 200 pero en el mercado obtiene 100 y el gobierno le otorga semejante “derecho” quiere decir que otro u otros se verán compelidos por la fuerza a financiar la diferencia por lo que se trata de un pseudo derecho. Vivimos la era de los pseudo derechos, es decir la facultad de disponer compulsivamente del bolsillo ajeno. Este clima naturalmente deriva en que se contraen las inversiones y por tanto se reducen salarios e ingresos en términos reales.
Tal vez el impedimento mayor para captar el “dar a cada uno lo suyo” con que abrimos esta nota es la manía del igualitarismo. En su momento la construcción de la Curva Lorenz (expuesta por el economista Max Lorenz en un ensayo de 1905) y el Gini Ratio (elaborado por el estadístico Corrado Gini en un trabajo de 1912) han servido para mostrar la dispersión de ciertas variables, en nuestro caso el ingreso pero esto que resulta ilustrativo no implica que la diferencia de ingresos constituya algo negativo.
Por el contrario, en un mercado abierto y competitivo las aludidas diferencias son el resultado de la preferencia de la gente puesta de manifiesto en los supermercados y afines con sus compras y abstenciones de comprar. La tergiversación política de resultados que surgen de diferentes talentos conduce a una asignación ineficiente de factores productivos lo cual, como queda dicho, empobrece a todos pero muy especialmente a los más débiles.
En resumen, el estrecho vínculo de los procesos económicos y los marcos institucionales resulta vital para el fortalecimiento de la Justicia.
El último libro del autor es El poder corrompe (2019).
Publicado originalmente en la edición impresa de LA NACIÓN, 8 de junio de 2020.
Que el mundo se ha vuelto más loco que nunca, no cabe duda. Estatuas dañadas o derribadas por doquier. Películas y libros auto-censurados. Peticiones a Trump para que “re-name” todas las bases militares con nombres confederados. Poco falta para que pidan eliminar la Declaración de Independencia porque fue escrita por Jefferson; poco falta para que pidan reemplazar el Inglés por el idioma Hopi. Poco falta en serio, porque saben perfectamente dónde van. Pero dejemos a un lado, por ahora, a las masas alienadas, carentes de todo pensamiento crítico, con su pulsión de agresión desatada; dejemos por un lado a los ideólogos cuyas ideas son sólo racionalizaciones de su psicosis, dejemos por ahora el caso de los políticos cínicos e inmorales que aprovechan el río revuelto para acumular más poder. Todo eso forma parte de una lamentable realidad psíquica que no es nueva: fue diagnosticada por Freud, Fromm, Ortega, se renueva en todas las etapas de la Historia y este caso, aunque horrible, es uno más. Este artículo está dirigido en cambio a la persona de buena voluntad que piense si no es correcto cambiar un nombre o remover (pacíficamente) una estatua como “enseñanza” para un tema grave y delicado. Para responder esta cuestión debemos distinguir tres aspectos morales e históricos: lo totalmente inmaculado, lo más o menos y el mal cuasi-absoluto. El ideólogo concibe una sociedad perfecta, inmaculada, ante la cual lo más o menos le resulta lo diabólico e intolerable. Por eso, sin paradojas, detrás de su pasión por la santidad social, está su violencia, porque una sociedad más o menos es una agresión intolerable ante la cual la resistencia armada está justificada. Por eso el ideólogo es siempre revolucionario, ya sea de izquierda o de derecha. Por eso tampoco tolera la historia. Porque la historia de las civilizaciones no es santa ni diabólica. Es gris. Es una evolución. EEUU, precisamente, es el caso. No nació en la santidad. Como dijo Maritain, tenía el drama de la esclavitud como una espina clavada en su historia. Pero era una situación gris: la Declaración de Independencia había dado las bases de una igualdad racial que coherentemente reclamará Martin Luther King muchos años después.Y esa peculiar nación evolucionó. Tuvo una guerra civil por ese tema, tuvo el movimiento de derechos civiles de los 60, tuvo su Martin Luther King, y pudo elegir finalmente como presidente a un afroamericano. Pero los ideólogos neo-marxistas, ahora en los dirigentes del partido demócrata, en sus irresponsables e indolentes Biden y Pelosi, y en AOC, que sabe perfectamente dónde va, y en ANTIFA, que también sabe perfectamente dónde va…. Esos dirigentes, que en ANTIFA pasan de la idea al crimen, no pueden tolerar la historia. No pueden tolerar la evolución. Quieren que la historia sea una santidad absoluta creada a imagen y semejanza de su idea. Y como la historia nunca es eso, la borran. Exactamente como Stalin, como Mao. Ya estaba pasando. No es ahora que la guionista de Friends (Friends, justamente, como si hubiera sido guionada por Mons. Burke) se siente obligada a pedir perdón (porque cuando suba Biden irá presa): ya pasó casi lo mismo con el lobby LGBT, que son iguales pero hasta ahora no habían salido a incendiar todo EEUU de golpe. Eso pasa siempre. Podemos remontarnos hasta el Big Bang. ¿Quién es perfecto? Para esta gente, ni siquiera San Francisco de Asís, que era blanco y católico. Borremos todo, comencemos de cero. Esa es la unión de Robespierre con el marxismo leninismo. Revolución cultural, Mao. Pero a falta de Mao buenas son Antifas. Si no estamos atravesados por el pensamiento ideológico, que es una psicosis racionalizada, entonces el criterio de realidad nos hace ver la historia precisamente como lo que es: un más o menos. Todos los documentos, los héroes, las declaraciones, son siempre más o menos. Santos, casi nadie. Se convierten en santos o demonios si los miramos bajo la perspectiva de la ideología, que no admite la realidad humana, que siempre está en el medio. Pero lo más importante: ese pasado, ese pasado lleno de personas más o menos, nos constituye. Ese pasado es el hoy. Algunas de esas personas permitieron evolucionar para más, otras para menos, y el diagnóstico implica salir del relativismo cultural. La Declaración de Independencia de los EEUU es moralmente buena. NO es perfecta, dijo “men” y no aclaró, pero es moralmente buena. No hay por qué tirarla a la basura. Y lo mismo con generales confederados que seguramente no lucharon por la esclavitud, sino contra lo que consideraban una indebida intromisión del norte. Pero eso no lo saben las masas ignorantes que saquean y destruyen. Sí lo sabe Joe Biden, sí lo sabe Obama, y por ello, Dios les pedirá más en el inevitable Juicio Final. Yo espero que los perdone, claro. Pero se pegarán un buen susto. ¿Es todo lo mismo? No, claro que no. En Stalin, en Hitler, en Mao, no hay ninguna, sencillamente ninguna, autoridad moral. Por ende si en Alemania no hubo, después del 45, estatuas de Hitler, ok. Pero Jefferson no es lo mismo que Hitler. El que lo diga o es un postmoderno escéptico o un ideólogo fanático. Que no sé si se relacionan.Mientras tanto, sigan, grandes genios del universo. Comiencen por las estatuas de los confederados, borren la serie Friends, borren toda película que no tenga un afro, eliminen la Constitución, la Declaración de Independencia, sigan para atrás, sigan con el Monumento a Napoleón, borren los libros de Historia, que no se hable más de Marco Aurelio o de Alejandro Magno. Borren todo Occidente. Es lo que quieren. Y lo están logrando, bajo la mirada indiferente, abúlica, pero también cínica e indolente, de casi todos.
Muchos recordamos las oscuras imágenes del presidente Chávez, caminando por las calles de Venezuela, quien señalaba a su paso algunos edificios sentenciando: “¡exprópiese!”, mientras un coro de lacayos reía y aplaudía a su alrededor. Por supuesto que las decisiones de Chávez y luego de Maduro, torcían el sentido de la palabra “expropiación” para esconder verdaderas confiscaciones criminales.
El derecho de propiedad es fundamental para que los seres humanos puedan sobrevivir. Por muchos esfuerzos dialécticos que se hayan hecho en el último siglo, sólo las personas producen riqueza. Los Estados consumen o reparten riqueza previamente producida por individuos. A principios del siglo XX, Franz Oppenheimer distinguía entre medios económicos (basados en acuerdos voluntarios) y medios políticos (basados en el uso de la fuerza). El Estado es la organización de los medios políticos, y ningún Estado puede llegar a serlo hasta que los medios económicos hayan desarrollado un número suficiente de recursos para satisfacer sus necesidades (Oppenheimer, Franz, El Estado, 1908). El Estado por definición no es productor, es depredador, sólo puede prosperar si existen condiciones de depredación suficientes. Por eso, cuando depreda a mayor velocidad de lo que la gente produce, es inevitable desembocar en la miseria general.
El surgimiento de los estados modernos se produjo alrededor de constituciones que equilibraban el poder, estableciendo la protección de los derechos individuales básicos, que incluían el de propiedad. Después de todo, la justificación de la existencia de un gobierno es que sirva a las personas para coexistir pacíficamente, y no para convertirlos en sus sirvientes. Cuando se escucha en ceremonias oficiales hablar del “primer mandatario”, no debe olvidarse que el mandatario es quien realiza un trabajo encomendado por un “mandante”, que precisamente es la gente.
La Constitución argentina fue elaborada alrededor de ese principio. Establece un catálogo de derechos individuales –incluido el de propiedad-, que no pueden ser alterados por actos del gobierno. No sólo lo establece en el artículo 14 al disponer que las personas gozan del derecho a usar y disponer de su propiedad, trabajar y ejercer toda industria lícita o asociarse con fines útiles, sino que además consagra la inviolabilidad de la propiedad, prohíbe la confiscación y dispone requisitos estrictos para que proceda la expropiación (artículo 17).
Pero a medida que el avance del Estado sobre los derechos de propiedad se fue naturalizando y aceptando, Argentina abandonó su ubicación entre las naciones más prósperas del mundo, para ubicarse en el lamentable lugar que hoy ocupa. Es que la magia es sólo ilusión. No se pueden destruir las causas de la creación de riqueza y al mismo tiempo pretender prosperidad.
En la época de la Argentina próspera, el derecho de propiedad fue fuertemente protegido. En el caso de la Municipalidad de Buenos Aires contra Elortondo (1888), la Corte le dijo a la ciudad que no podía expropiar más terreno que el estrictamente necesario para construir la Avenida de Mayo, con la excusa de que luego vendería el sobrante a mayor valor para financiar la obra. No se admitía alterar la propiedad privada por motivos de conveniencia o de política económica. Lo reiteró en 1903 en el fallo “Hileret”, esta vez con la intervención del Juez Bermejo y citando a Alberdi.
Fue una época de esplendor. En 1896 Argentina fue el país con mayor ingreso per cápita del mundo, figuró durante mucho tiempo entre los diez países con economía más sólida, y estuvo preparada para albergar a millones de personas que desde todos los rincones del planeta llegaban en condiciones de extrema pobreza, y podían prosperar en poco tiempo. A principios del siglo XX, los dos faros de esperanza para quienes huían del hambre y el autoritarismo eran Estados Unidos y Argentina.
Pero distintas variantes de estatismo llevaron a que poco a poco se justificara la intervención estatal en todos los aspectos de la vida, lo que llevó a sufrir crisis tan graves como innecesarias desde mediados del siglo XX hasta ahora. El común denominador de esas crisis fue la restricción a la propiedad y la pretensión de que el Estado debe dirigir la economía y la producción.
En un trabajo reciente con la jurista venezolana Andrea Rondón García (La supresión de la propiedad como crimen de lesa humanidad. El caso Venezuela, Unión Editorial, 2019), explicamos cómo ataques estatales generalizados a la propiedad terminan generando una situación de violación sistemática de derechos, empobrecimiento, éxodo masivo, enfermedades y muerte, que son asimilables a otras formas de crimen de lesa humanidad, en los términos del Estatuto de Roma. Mostramos a Venezuela como un caso claro de esto.
Formas de alteración de la propiedad, que analizadas aisladamente no parecen tan graves, unidas convierten al país en un infierno y a su gobierno en una dictadura. Entre ellas se puede mencionar: el apoderamiento directo o confiscación de bienes; las restricciones legales o reglamentarias al ejercicio de derechos de propiedad y al comercio; el aumento sostenido del aparato burocrático que genera entorpecimiento del ejercicio de derechos y un costo sobredimensionado que deben pagar los contribuyentes; la asunción directa de actividades comerciales o productivas a través de las llamadas “empresas estatales” y otros mecanismos; restricciones al comercio internacional, ingreso y egreso de divisas, bienes o personas; el incremento de los impuestos para sostener el excesivo gasto público; el manejo arbitrario de la moneda recurriendo a la inflación como modo de exacción estatal; y en casos extremos, como forma de cerrar el círculo, la prohibición del ingreso de ayuda humanitaria desde el exterior para paliar las consecuencias en hambre y enfermedades, producidas por la anulación del derecho de propiedad.
Se puede analizar cada una de estas medidas aisladamente, y quienes las defienden intentarán justificarse diciendo que en el fondo no son tan graves. Pero la visión de conjunto de todas estas formas de violación a la propiedad, terminan explicando por qué, países como Venezuela, y también Argentina, parecen estar condenados a la miseria.
Entiendo que en ese marco deben examinarse acciones irregulares del gobierno; no como un hecho aislado, sino como parte de un proceso que indefectiblemente lleva al empobrecimiento y el autoritarismo. Se naturalizan noticias como el incremento exponencial de la base monetaria (inflación), que se reflejará en los precios una vez que la gente abandone su encierro; se admiten todas las formas de corralitos, controles de precios y cambios, o que el gobierno simplemente comience a evaluar a quién le va a cobrar nuevos impuestos para cubrir sus mayores gastos. Cada nuevo golpe va anestesiando la resistencia de quien, al final, será el encargado de pagar las consecuencias: el individuo productor.
La decisión del Presidente Fernández, a través de un DNU, de intervenir en un expediente comercial en el que tramita un concurso para designar un administrador con facultades amplias y sin límite temporal en la empresa Vicentin, supone una forma de confiscación. Ello es así porque ha tomado el derecho de propiedad de una empresa sin someterse a los procesos constitucionales y legales debidamente justificados que permiten hacerlo (lo que difícilmente sería posible justificar en este caso). Es que el derecho de propiedad no es sólo el pedazo de papel que se inscribe en un registro. Derecho de propiedad es también la facultad concreta de ejercer actos de administración y disposición sobre los bienes; y el Estado acaba de apoderarse de ese derecho, sin justificación constitucional, por su sola decisión discrecional.
Lo que resulta particularmente sugestivo en esto, es que el Presidente Fernández utilizó la expresión “soberanía alimentaria”, para justificar su decisión. La misma expresión utilizada por Chávez y Maduro quienes, tras dos décadas de autoritarismo, han sumido a Venezuela en la muerte, el hambre y la miseria.
En los próximos días estaremos sometidos a extensos debates donde de uno y otro lado se intentará justificar, tanto la medida como su ilegalidad. Pero es importante que el árbol no impida ver el bosque. Se trata de un paso más –aunque muy audaz y grave-, en el camino que sin pausa se sigue hacia la anulación de los derechos de propiedad, esto es, hacia la estatización y el autoritarismo.
El contrapunto es una técnica de composición musical que evalúa la relación existente entre dos o más voces independientes, con la finalidad de obtener cierto equilibrio armónico. Y es justamente ese equilibrio armónico el que queremos alcanzar a través de la compilación de una serie selecta de artículos que constituyen el presente libro, que nos embarca en una tarea tan grata como honrada y desafiante. Nuestros contrapuntos para comprender las relaciones internacionales en el siglo XXI están vertebrados en diálogos simultáneos focalizados en el análisis crítico de la política internacional actual. Cada artículo volcado en esta obra busca generar una mirada diversa y paralela en el cambiante devenir de las relaciones internacionales, lo que permite entender mejor el estado de la política internacional en este siglo dinámico, desordenado y desafiante.
Con un tono multidisciplinar nutrido de la Ciencia Política, la Sociología, la Antropología, la Filosofía y la Historia, y transversalmente desde los ámbitos académicos privados, públicos, nacionales e internacionales, buscamos trascender los abordajes clásicos, exponiendo una propuesta única y distinta superadora de los meros análisis coyunturales o sectoriales en lo que a política internacional se refiere. No por ello obviamos que las Relaciones Internacionales constituyen una disciplina autónoma de estudio con sus propios objetos, métodos y categorías, resultantes del estudio de ciencias madres, ciencias sociales y artes como la Filosofía, la Sociología y la Ciencia Política.
ACERCA DE LOS COMPILADORES
Mariana Colotta es decana de la Facultad de Ciencias Sociales (USAL), licenciada en Sociología (USAL), especialista en Metodología de la Investigación Científica (UNLA), doctora en Ciencia Política (USAL) y doctora en Ciencias de la Educación (USAL). Es especialista en Gestión Universitaria por la Organización Universitaria Interamericana (OUI). Se desempeñó como secretaria de Investigación en la Escuela de Defensa Nacional (EDENA) y como secretaria académica en la Facultad de Ciencias Sociales (USAL). Fue consultora e investigadora del Instituto Nacional de la Administración Pública (INAP), del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el crecimiento (CIPPEC), Oficina Anticorrupción, Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, del Ministerio de Defensa (MINDEF) y del Consejo Federal de Inversiones (CFI). Es docente titular de Métodos y Técnicas de Investigación Social de la Facultad de Ciencias Sociales (USAL), de la maestría en Recursos Humanos de la Facultad de Ciencias Económicas (UBA) y de la maestría de Integración Latinoamericana y Sociología Política Internacional (UNTREF). Julio Lascano y Vedia es director de la Escuela de Relaciones Internacionales (USAL), licenciado en Ciencias Políticas especializado en Relaciones Internacionales de la UCA en 1983; también estudió Relaciones Internacionales en la USAL. Es profesor de Política Internacional y Política Exterior Argentina en la Facultad de Ciencias Sociales de la USAL y ha sido docente de la Universidad de Belgrano, de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Egresó como diplomático de carrera del ISEN en 1983 y ocupó funciones en Italia, Uruguay, México y Angola. Es autor del libro Política y diplomacia: una política institucional hacia el mundo (2009) y Hacia una nueva diplomacia. Ideas para el diseño de una política exterior (2020). Ha publicado diversas conferencias y seminarios sobre la política exterior y las relaciones institucionales, y artículos sobre su especialización en el país y en el exterior.
Acceda aquí al capítulo del libro escrito por Constanza Mazzina y Roberto Bavastro.
Se observa con justificada preocupación que el mundo está atravesando por una situación sumamente difícil y no es cuestión de decir que hubo otros momentos por cierto difíciles y también horrorosos en la historia de la humanidad. Los problemas no se resuelven automáticamente, sino que ocurre gracias a esfuerzos concretos de muchas personas que trabajan para revertir el mal.
Estados Unidos, el otrora baluarte del mundo libre, se viene deslizando hacia populismos a contracorriente de los sabios valores y principios de los Padres Fundadores. Los gastos del aparato estatal están creciendo a pasos agigantados con una deuda pública insostenible. Las tensiones mal llamadas raciales afloran a cada rato y decimos mal llamadas porque la raza es un estereotipo, es un invento: en todos los humanos se distribuyen cuatro grupos sanguíneos. Las diferentes características exteriores provienen de ubicaciones distintas en la geografía, por eso es que los criminales nazis tatuaban y rapaban a sus víctimas para distinguirlas de sus victimarios. Como todos provenimos del continente africano, llama poderosamente la atención que en Norteamérica a los de piel oscura se los llame “afroamericanos”, puesto que para el caso quien estas líneas escribe es afroargentino.
En Europa predominan los nacionalismos y las consiguientes xenofobias a los que se agregan prejuicios religiosos que retrotraen a las épocas inquisitoriales que en nombre de Dios, la misericordia y la bondad se enviaban a seres humanos a la hoguera. Especialmente el nacionalismo en Austria, la tierra cosmopolita de la época joven de Stefan Sweig. Se ha engrosado el Leviatán, salvo Alemania a pesar de lo cual aquí y allá recrudecen manifestaciones bochornosas de su pasado reciente, incluso en Gran Bretaña donde la tradición liberal has sido tan vigorosa. España machaca con su socialismo cavernario. En Asia aparecen esperpentos como el de Corea del Norte en abierto contraste con la otra Corea, Japón y Taiwán están dando muestras de mayor estatismo, Rusia está dominada por una camarilla autoritaria enquistada en el poder, en América Latina se producen tragedias como las de Cuba y Venezuela, que lamentablemente tienen otros seguidores entusiastas de las tiranías como es el caso de Nicaragua y otros movimientos en el seno de la región no tan evidentes pero no menos ponzoñosos.
El presidente de Brasil formula declaraciones inauditas y remueve a su prestigioso ministro de Justicia y se pelea con médicos de gran solvencia a raíz del coronavirus, lo cual tiene preocupado al ministro de Hacienda, que hace lo posible por poner paños fríos para dentro de lo que puede seguir con sus faenas. Parecería que el caso uruguayo constituye por el momento un ejemplo de cordura puesto que la situación chilena muestra muchas fisuras y contradicciones.
Son también los modales, las formas que se han deteriorado grandemente en el contexto de valores morales básicos relegados que permiten una sociedad civilizada. Al dictum de “el hábito no hace al monje” se le adiciona con razón “pero lo ayuda muchísimo”. Buena parte de la educación ha dejado de refugiarse en el bastión del pensamiento independiente para en vez alentar la repetición como loros de libretos arcaicos en un pestilente cuadro de pensamiento único. Sin duda que hay formidables impulsos que van en la dirección opuesta pero muchas veces navegan en soledad sin la adecuada y necesaria comprensión. Hay fundadas esperanzas mientras haya navegantes con coraje moral para oponerse a los desatinos y enseñar otras rutas.
No nos detendremos en los padecimientos argentinos puesto que acabo de dedicarles una columna en este mismo medio, pero los desbarajustes se acentúan a medida en que aparecen embates contra la Justicia, se suspende la querella de la oficina correspondiente contra sondas denuncias de corrupción, se pretende otorgan facultades del manejo presupuestario en la jefatura de gabinete a espaldas del Poder Legislativo, se reincide en el control gubernamental de los precios, la emprenden contra comerciantes, se anuncian nuevos impuestos a la maraña existente, se insiste con expandir la base monetaria y se eleva el gasto público ya de por si elefantiásico. Como si todo esto fuera poco, tenemos un Papa peronista que alienta aun más el exacerbado estatismo reinante en casi todas las latitudes lo cual empobrece por doquier.
La pandemia que a todos nos compromete tiene dos andariveles: por una parte quienes se limitan a que se respeten derechos a través de evitar o minimizar contagios y por otra gobernantes que se escudan en el coronavirus para avanzar contra los derechos individuales consagrados en todas las constituciones que desde la Carta Magna de 1215 se promulgaron para limitar el poder.
Pero el objeto de esta nota periodística no es hacer un inventario de las desgracias del momento sino centrar la atención en los motivos fundamentales de tanta malaria. La respuesta consiste en mirarnos cada uno de nosotros los ciudadanos de a pie y comprobaremos que son muy pocos los que ayudan a revertir los problemas con contribuciones concretas para que se comprendan los cimientos morales de la sociedad libre. En este descuido mortal radica la verdadera pandemia.
La inmensa mayoría de las personas mira desde afuera, se ocupa y preocupa de sus menesteres que pueden ser muy legítimos pero no parecen percatarse que el respeto recíproco no es algo que venga del aire y por ósmosis, sino que es el resultado de esfuerzos permanentes. Es por eso que Jefferson reiteraba que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia”. Es por eso que Einstein escribía que “el mundo es un lugar peligroso, no por los malvados sino por los que no hacen nada al respecto”, es por eso que Edmund Burke concluía que “todo lo que se necesita para que las fuerzas del mal se apoderen del mundo es que haya un número suficiente de gente de bien que no haga nada”, es por eso, por último, que Martin Luther King afirmaba a lo cuatro vientos: “No me preocupan los violentos, los miserables sin escrúpulos y los que carecen de ética, me preocupa el silencio de las personas buenas”.
Es de una irresponsabilidad digna de mejor causa lo que demuestran quienes actúan como si estuvieran ubicados en una inmensa platea mirando el escenario donde creen que están las personas que les resolverán los problemas. Este procedimiento es ideal para que se derrumbe el teatro y todo se desmorone.
No es aceptable que haya quienes solo se limitan a criticar en reuniones sociales pero luego de pasado el ágape se dedican a los arbitrajes y a atender otras de sus cuestiones cremátisticas o no pero despegados de la faena específica de poner su granito de arena en el debate de ideas de fondo. Sin duda que para difundir ideas lo primero es saber de que se trata, para lo cual hay que pelarse las pestañas y dedicar tiempo en la biblioteca. No hay pretexto ni justificativo para la abstención.
La cátedra, el libro, el ensayo y el artículo son probablemente los canales más fértiles para lo que venimos comentando en modo alguno es lo único. Un procedimiento muy efectivo es la reunión periódica de muy pocas personas en casas de familia para discutir libros de provecho donde por turno uno expone y los otros debaten lo cual produce un efecto multiplicador notable no solo en el seno de las familias, sino en lugares de trabajo y relaciones sociales en general.
No se trata de limitarse a convocar marchas, cacerolazos o firmar petitorios que pueden ser útiles como apoyo logístico circunstancial pero no son en modo alguno definitorios para clarificar ideas y proyectos de fondo. Al efecto de ilustrar lo dicho transcribo algunas consignas de las marchas del anterior fin de semana que se replicaron en la capital y en diversas provincias argentinas al efecto de comprobar que con la mejor buena voluntad y el mérito de muchos, se trasmitieron señales confusas, contradictorias y por cierto variopintas. Algunos de los reclamos recogidos en distintos puntos del país fueron “fin a la cuarentena”, “quédense en sus casas”, “cuiden a los médicos”, “es la tiranía de los médicos”, “la pandemia es una farsa”, “queremos el bono”, “que suban los salarios”, “controlen mejor los precios”, “Perón y Evita nos cuidan”, “basta de la política económica del gobierno”, “queremos una República”, “libertad para trabajar”, “no a los empresarios”, “terminen con la OMS”, “gracias OMS” y así sucesivamente, con entusiasmos compartidos.
Afortunadamente hay en distintas partes del mundo, incluyendo en el territorio argentino, fundaciones e instituciones dedicadas al estudio y a la difusión de los antedichos principios liberales y hay quienes a título personal trabajan denodadamente en esa misma dirección, también con resultados promisorios, pero no es suficiente, se necesita que todos se comprometan. Es irrelevante a qué se dedique cada uno: todos requieren que se los respete para seguir con sus particulares proyectos de vida.
Entonces la responsabilidad de lo que viene ocurriendo en distintas partes del orbe es de cada uno, no hay cabida para los distraídos. Es un buen ejercicio todas las noches preguntarnos que hicimos en la víspera para que se nos respete. Si la respuesta es nada, no tenemos derecho a quejarnos. Y no vale simplemente decir que si las cosas se complican nos mudaremos de país pues si seguimos en las mismas quiere decir que pretendemos recostarnos en los esfuerzos de otros lo cual a la larga no se sostiene.
Como he apuntado antes, Tocqueville ha dicho que es frecuente que en países donde se ha logrado gran progreso moral y material la gente da eso por sentado lo cual es el momento fatal puesto que inexorablemente otras ideas ocuparán los espacios. También dije que me admira un grafiti del mayo francés en el que la izquierda escribió “seamos realistas, pidamos lo imposible”, lo cual constituye un ejemplo extraordinario de perseverancia y coraje puesto que de tanto empujar la izquierda ha logrado correr el eje del debate y marcar agendas, en verdad son realistas. Mientras del otro lado del mostrador no pocos que se dicen partidarios de la libertad son timoratos y ceden ante “lo políticamente correcto” y en la práctica se dejan arrastrar.
Y no es cuestión de acordar con lo que ahora dejamos consignado sino de tomar cartas en el asunto y proceder en consecuencia. Es hora de terminar con la frivolidad de pensar que los valores de una sociedad libre aparecen por arte de magia: somos cada uno de nosotros responsables. Manos a la obra y no para envolvernos en coyunturas del momento sino mirar más lejos y contribuir al debate de ideas que vayan al hueso de los problemas al efecto de despejar horizontes. Que da trabajo y cuesta mucho, de eso se trata, por supuesto que demanda esfuerzo pero la recompensa es bifronte, por una parte nos podemos mirar al espejo con la tranquilidad de conciencia de haber hecho lo posible y por otra ampliamos las posibilidades de lograr el objetivo.
Cierro este texto con una cita de Ronald Reagan tomada su discurso titulado “A Time for Choosing” que resulta muy apropiada para lo que en esta ocasión marcamos: “Usted y yo tenemos un rendez-vous con el destino. Preservar esto para nuestros hijos, la última esperanza del hombre en la tierra o sentenciarlos al primer paso hacia mil años de oscuridad. Si fracasamos, por lo menos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan decir que hemos justificado nuestro paso por aquí. Que hicimos todo lo que podía hacerse”.
El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.
Publicado originalmente en Infobae, 6 de junio de 2020.