"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
El doctor en economía, Adrián Ravier, fue entrevistado por el Dr. Marcelo Otiñano en «La Mañana en Libertad», en donde habló sobre el «escenario de riesgo de hiperinflación» que se percibe en Argentina, en el marco de una «economía muy comprometida». «Es un hecho que la inflación va a ser más alta de la que el Gobierno esperaba», sostuvo el especialista pronosticando un índice de entre el 60% y 70% para este año, ya que el panorama «se ve muy preocupante». El Banco Central, agregó ”no tiene reservas, la emisión monetaria es muy grande y los agro-dólares ya ingresaron en el primer trimestre y realmente no creo que ayuden a evitar un escenario mucho más feo de lo que vemos hoy». Finalmente sostuvo que «todo el empleo público viene perdiendo contra la inflación y en definitiva, es el ajuste que hace el Gobierno».
La fertilidad del ser humano por cultivarse está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Y sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta.
Me inspiró el tema de esta nota periodística una pregunta del mayor de mis nietos varones en cuanto al significado y posibles reacciones frente al canto del himno nacional. En el contexto de este interrogante, debe subrayarse en primer lugar que es natural el afecto que se tiene por el lugar donde uno nació, se crió y donde los ancestros vivieron, tuvieron sueños y lucharon por sus ideales. Muy cierto y natural a menos que los recuerdos hayan sido de sufrimientos y permanentes situaciones desagradables. Los que han debido expatriarse por ocurrencias penosas siempre sienten el llamado del terruño, sus costumbres y códigos. De todos modos, una cosa son los lugares cercanos y otra bien distinta son declaraciones grandilocuentes y altisonantes como expresar intenso amor en sentido literal y no meramente metafórico por la totalidad de la tierra de un país pues esto es tan desafortunado y vacío como sostener que se ama tal o cual continente, tal o cual océano, tal cual isobara de presión atmosférica o al universo. En este sentido es también de interés destacar que las cercanías y las coincidencias son muchas veces mayores con algunos habitantes de otros países que con los del propio que abrazan hábitos que contrastan abiertamente con las reglas de conducta propias.
En esta línea argumental debe uno estar alerta al uso y abuso de la expresión “patria” que si bien remite a tierra de los padres muchas veces se emplea como una herramienta de agresión hacia lo foráneo en lugar de limitarse a ponderar lo ponderable del lugar donde uno habita. Este es el sentido por el que Juan Bautista Alberdi subrayó en su célebre discurso a graduados en la Facultad de Derecho de la Universidad de Buenos Aires en 1880 que “el entusiasmo patrio es un sentimiento peculiar de la guerra, no de la libertad” donde condena a quienes se llaman libres “sólo porque dejaron de emanar del extranjero” y así “sus individuos, más que libres, son los siervos de la patria” es decir, como apuntó el autor en esa conferencia, de los aparatos estatales.
Por eso es que Alberdi insistía que, en lo que originalmente se denominó la independencia de nuestro país, “dejamos de ser colonos de España para ser colonos de nuestros gobiernos”. Por eso es que en lo personal prefiero festejar la verdadera independencia argentina el primero de mayo que celebra la jura de nuestra Constitución liberal de 1853, es decir, cuando institucionalmente se estableció el respeto recíproco que permitió a nuestro país un progreso moral y material al abandonar tiranías, caudillajes e intentos fallidos de organización nacional, lo cual fue la admiración del mundo civilizado hasta que retornamos a la barbarie con las sandeces de lo “nacional y popular”, el “vivir con lo nuestro” y otras manifestaciones trogloditas.
El valor del cosmopolitismo es trascendental puesto que pone de relieve la consideración y el aprecio de todo lo noble no importa su procedencia ya que el fraccionamiento en naciones descentraliza y federaliza y evita el inmenso peligro de la concentración de poder en un gobierno universal, de lo cual para nada se sigue que los países estén cercados por aduanas impenetrables. Muy por el contrario las fronteras abiertas y hospitalarias constituyen una demostración de civilización, de respeto recíproco y del consiguiente progreso. Y no es que no deban mantenerse y cultivarse las buenas tradiciones en diversas regiones, se trata de comprender que la cultura implica un proceso de permanentes donaciones y recibos para músicas, arquitecturas, comidas, conocimientos científicos, modas y equivalentes. Para ilustrar este tejido y entretejido, en el caso argentino atuendos como la boina y las bombachas de los gauchos fueron importados de los más remotos lugares europeos. El proceso evolutivo va seleccionando y reseleccionando pacíficamente diversos planos de lo humano, en cuya situación lo único descartable que debe ser combatido es la lesión a los derechos de las personas.
Por ejemplo, hay católicos que en misa cantan a voz en cuello aquello de “toma mi mano hermano” pero ni bien se filtra la llama nacionalista la concordia muta en feroz agresión con el vecino. Los himnos patrios no siempre ayudan a la pacificación de los espíritus por eso en donde autores primero gestaron las bases del liberalismo como es el caso de Inglaterra han preferido no tener himno. Claro que el himno si no tiene letra de ataque y escaramuza no es perjudicial en sí, pero a veces hay otras canciones que a algunos nos mueve más a la fraternidad. En mi caso cuando vivimos en el extranjero con mi mujer nos conmovía más “Adiós pampa mía” y en general siempre me ha producido un sentimiento de reverencia y emoción con el espíritu libre la parte coral de la Novena Sinfonía de Beethoven cuya letra fue escrita por Friedrich Schiller titulada “Oda a la libertad” pero como fue censurada por su gobierno se transformó en “Oda a la alegría” que luego de la caída del Muro de la Vergüenza Leonard Bernstein dirigió esa sinfonía frente a orquestas de distintos países en la Puerta de Brandenburgo, ocasión en la que repuso la parte coral en su versión original.
Desafortunadamente el veneno nacionalista hoy hace estragos en muchos lugares del llamado mundo libre con las xenofobias características y la maldita exacerbación del amigo-enemigo que se busca en contiendas religiosas, etnias y nacionalidades fabricadas por espíritus fanáticos lo cual es necesario detectar al efecto de revertir esa tendencia malsana.
Como decimos, últimamente ha recrudecido un aire que amenaza por esparcirse por todo el planeta. Una ráfaga envolvente que arrastra un pesado tufillo, ya conocido y de triste memoria. Se trata del nacionalismo. Se trata de una regresión cultural. La fertilidad del ser humano por cultivarse está en proporción directa a la posibilidad de contrastar sus conocimientos con otros. Y sólo es posible la incorporación de fragmentos de tierra fértil, en el mar de ignorancia en que nos debatimos, en la medida en que tenga lugar una discusión abierta. Se requiere mucho oxígeno: muchas puertas y ventanas abiertas de par en par.
Como queda dicho, la cultura no pertenece a tal o cual latitud, es el resultado de innumerables aportes individuales en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término. En este sentido reiteramos que aludir a la “cultura nacional” es tan desatinado como referirse a la matemática asiática o a la física holandesa. La cultura no es de este o de aquel lugar y mucho menos se puede atribuir a un ente colectivo imaginario. No cabe la hipóstasis. La nación no piensa, no crea, no razona y no produce nada. El antropomorfismo es del todo improcedente. Son específicos individuos los que contribuyen a agregar partículas de conocimiento en un arduo camino sembrado de teorías y refutaciones que enriquecen los aportes originales.
El nacionalismo pretende establecer una cultura alambrada que hay que preservar de la contaminación que provocarían aquellos aportes generados fuera de las fronteras de la nación. Así se considera que lo autóctono es siempre un valor y lo foráneo un desvalor, con lo que se destroza la cultura para convertirla en una especie de narcisismo de cavernarios que cada vez se asimila más a lo tribal que al espíritu cultivado, que es necesariamente cosmopolita. Por otra parte, de haberse seguido el criterio de la “preservación cultural” no hubiéramos pasado de la época de las cavernas, y muchos de los que declaman acerca de la necesidad de defenderse de la “aculturación” no lo estarían haciendo en el lugar donde lo hacen, puesto que de seguirse ese criterio a sus abuelos o bisabuelos no se los hubiera dejado entrar en el país en cuestión.
También como dejamos consignado, el afecto al “terruño”, a los lugares en que uno ha vivido y han vivido los padres, el apego a las buenas tradiciones y el mantenimiento de autonomías y derechos, es natural e incluso necesario para el progreso, pero distinto es declamar un irrefrenable amor telúrico y un relativismo epistemológico que siempre discrimina contra lo que está más allá de una artificial frontera política. Las fronteras, lejos de ser un proceso natural, son fruto de fenómenos geológicos, de guerras, conquistas, acuerdos entre partes beligerantes y acontecimientos similares.
Se ha dicho que las naciones se han constituido sobre la base de la misma lengua, de la misma raza y de una historia común. Suiza y Canadá son naciones y, sin embargo, los lenguajes que allí se hablan son muy variados. Por el contrario, en América latina la lengua es la misma y, sin embargo, son muchas las naciones que forman este subcontinente. Respecto de la raza, bien se ha dicho que hay tantas clasificaciones como clasificadores. Se trata de estereotipos que no se concretan en el ejemplar “puro”, pero a simple vista se pueden descubrir muchas mezclas en no pocas jurisdicciones nacionales. Tengamos siempre presente que en los campos de exterminio nazi se tatuaba y rapaba a las víctimas para distinguirlas de los victimarios. En realidad Hitler y sus secuaces luego de infructuosas y tortuosas clasificaciones optaron por copiar el polilogismo marxista, esto es, que el burgués y el proletario tendría una estructura lógica distinta sin nunca explicar en qué se diferenciaban de la lógica aristotélica, error garrafal que también incurrieron los criminales nazis con el invento de “arios” y “semitas”. Las diferentes contexturas, color de piel y demás atributos físicos son consecuencia de distintas ubicaciones geográficas puesto que todos descendemos de africanos.
Por último, si se encierra a dos personas dentro de un ropero durante un tiempo se podrá decir que tienen una historia común, pero esto no hubiera sido de esta manera si los ocupantes del ropero hubieran tenido libertad de desplazarse y de recibir aportes culturales de otros lares. Es decir, en la medida en que se arremete contra los movimientos migratorios y se tiene el complejo de inferioridad inherente a la antes mencionada preservación cultural habrá, lógicamente, aunque no naturalmente, una historia común. Si lo que se quiere decir es que hay una historia común en cuanto a los aparatos gubernamentales monopólicos estaríamos frente a una perogrullada. Es en verdad curioso que quienes aluden con más entusiasmo a la “historia común” simultáneamente recomiendan procedimientos coercitivos en materia educativa para que la gente no se salga de brete.
También, tras el nacionalismo, se ocultan interpretaciones erradas sobre temas económicos. Así, se teme a las inmigraciones porque sacarán fuentes de trabajo, sin percibir, en primer término, que no hay una cantidad dada de trabajo por realizar: las necesidades son ilimitadas, mientras que los recursos para atenderlas son limitados. En segundo lugar, la división del trabajo y la consiguiente especialización permiten elevar la productividad conjunta, para no mencionar las tareas que los inmigrantes efectúan y que no son realizadas por nativos. De la misma manera se protege la producción nacional con barreras artificiales sin percibir que se está desprotegiendo al consumidor local y que resulta del todo improcedente referirse a “la invasión” de productos extranjeros o a “bloques” comerciales, una terminología militar que es impropia para quienes sólo desean comprar más barato y de mejor calidad. Obsérvese el espectáculo de gobernantes que junto a ciertos empresarios juegan a un simulacro de librecambio zonal, cuando en realidad, si se compartieran los postulados del comercio abierto, sería suficiente con adoptar un tipo de cambio libre y aranceles cero. Con esto la integración es automática e instantánea sin necesidad de tanto congreso ni de reuniones “cumbre”, con lo que, entre otras cosas, se ahorrarían muchas comitivas, gastos de representación y farragosas negociaciones.
Herder, de Maistre, Hegel, Fichte, Schelling, List y Maurras han sido las inspiraciones más visibles del espíritu nacionalista que desdibujaron y contradijeron abiertamente los antedichos afectos naturales para convertirlos en alaridos de guerra. Albert Einstein ha dicho que “el nacionalismo es una enfermedad infantil, es el sarampión de la humanidad”. Hoy, agazapado tras los más variados ropajes, reaparece el rostro virulento del nacionalismo. Esperemos que esto pueda revertirse para que podamos decir con Borges -no “nuestro Borges”, como dijo algún argentino distraído, sino el Borges universal- que “vendrá otro tiempo en el que seremos cosmopolitas, ciudadanos del mundo como decían los estoicos”, que “el nacionalismo…es una forma de fanatismo y estupidez” y también escribió una sentencia que resume el eje central de nuestros desvelos: “El más urgente de los problemas de nuestra época (ya denunciado con profética lucidez por el casi olvidado Spencer) es la gradual intromisión del Estado en los actos del individuo”.
Publicado originalmente en Infobae, 24 de abril de 2021.
Como hemos señalado en distintas oportunidades, si queremos progresar resulta imperioso abandonar la mente cerrada del conservador siempre encajada en el statu quo, incapaz de aceptar el cambio puesto que sus telarañas conceptuales asfixian su pensamiento. Como ha subrayado Albert Einstein, “es imposible obtener efectos distintos repitiendo las mismas causas”.
Cuando Thomas Jefferson, siendo embajador en París, recibió la flamante Constitución estadounidense escribió que si hubiera podido incluir una cláusula adicional en ese documento sería la de prohibir la deuda pública externa puesto que es incompatible con la democracia ya que compromete patrimonios de futuras generaciones que no eligieron al gobierno que contrajo la deuda. Cuando lo invité por segunda vez al premio Nobel en economía James M. Buchanan a pronunciar conferencias en Buenos Aires expresó lo mismo en el contexto del “Public Choice” que inició con Gordon Tullock.
Y no cabe el correlato con la actividad privada en cuanto a la evaluación de las respectivas inversiones puesto que en el ámbito estatal no es pertinente aludir a inversiones que, como es sabido, se refiere a apreciaciones subjetivas en cuanto a la relación del valor presente respecto al futuro. Es tan desatinado como cuando en el medio argentino se impuso la incoherencia del “ahorro forzoso”. En el Presupuesto lo que cabe son los rubros de gastos corrientes o gastos en activos fijos, pero no “inversiones”.
Ahora surgen acalorados debates sobre un supuesto endeudamiento de diversas gestiones gubernamentales de nuestro país, que habitualmente encierran tres errores garrafales.
En primer lugar para hablar con propiedad de endeudamientos es necesario aludir a valores absolutos y no hacerlo como un porcentaje del PIB. En segundo término, esto último se refiere a la capacidad de repago, pero no ilustra sobre el nivel de la deuda. Por último, para que la ratio sobre el PBN tenga significación es indispensable que la moneda se consigne en términos reales porque, de lo contario, con una divisa devaluada se inflan guarismos artificialmente.
Este problema no se circunscribe al caso argentino que, si bien constituye un ejemplo extremo, la mayor parte de las naciones del llamado mundo libre incurre en un grado de endeudamiento público superlativo. Es decir, además de presiones tributarias galopantes y manipulaciones monetarias de diverso espesor, los gobiernos también echan mano a la deuda para financiar grados crecientes del Leviatán.
Sin perjuicio de reformas monetarias y bancarias de fondo y de reformas tributarias sustanciosas, sobre las cuales nos hemos expedido detalladamente en otras ocasiones, es urgente contemplar la prohibición de contraer deuda pública externa (la interna estatal tiene otros significados) al efecto de no permitir que “se patee la pelota para afuera” comprometiendo recursos más allá de los ingresos presentes.
Muchas veces se ha advertido acerca de la monumental crisis de la deuda que se avecina en el planeta, la cual es empujada en grado sumo por instituciones gubernamentales como el Fondo Monetario Internacional (FMI) que financia gobiernos fallidos con dólares sustraídos compulsivamente de los contribuyentes de diversos países. Es por eso que, entre otros, destacados autores como Anna Schwartz (coautora con Milton Friedman de la célebre historia monetaria de Estados Unidos) y Peter Bauer (London School of Economics) han sugerido el cierre inmediato de esa entidad internacional.
Pero tal vez el libro más ilustrativo en la materia sea el que lleva el sugestivo título en el que se resume la tesis: “Cuando la ayuda es el problema”, por Dambisa Moyo, africana y doctora en Economía por la Universidad de Oxford. En la misma línea argumental, es de gran interés el detenido estudio de la obra de Melvyn Krauss, titulada “Development without Aid”.
En resumen y para no tratar varios temas simultáneamente, es menester centrar la atención en los estragos de la deuda que, como queda dicho, no solo compromete patrimonios de personas que no pueden expresarse sino que abre las compuertas para que gobernantes desbocados puedan vivir a cuenta del futuro.
Uno de los dramas culturales más perjudiciales de los últimos siglos es la separación total entre vida y filosofía. El academicismo exasperante de los filósofos, a tal punto que dejan de serlo, la discusión de problemas mal planteados -como el del conocimiento- y el imperio del cientificismo (como el Imperio de Star Wars) ha convencido a casi todos de la filosofía es una cosa que nada tiene que ver con sus vidas. Casi todos creen que, por un lado, están los hechos, descriptos por una ciencia infalible que alcanza solo a la materialidad muda de un universo físico, y, por el otro lado, las llamadas humanidades, muy bonitas, muy cultas, pero subjetivas y por ende irrelevantes. Y es totalmente al revés. Esa creencia ya es una posición filosófica, y todo lo que hacemos y decimos y pensamos está dado por una concepción filosófica de la vida, del mundo, de la existencia, que nos abarca totalmente sin que nos demos cuenta. Despertar de ese sueño es la antipática tarea del filosofo. La verdad no está en supuestos facts que son independientes de la filosofía, sino en la fundamentación filosófica de nuestro horizonte del mundo. El ser humano que toma conciencia de ello, vive. El que no, es vivido (Héctor Mandrioni), habitando una Matrix que llama realidad.
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