Inflación residual vs explicaciones multicausales

Últimamente no falla, ante nuevos datos de inflación resurgen las explicaciones “multicausales” del aumento en el nivel de precios. Las explicaciones multicausales, sin embargo, tienen poco qué explicar del problema inflacionario. Dicho de otra manera, la inflación residual que no puede explicar el fenómeno monetario es menor. Las teorías multicausales no tienen mucho que aportar. Dejando de lado la consistencia de las explicaciones multicausales de la inflación, contrastemos la heterdoxia K con simples datos.

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El inmenso peligro de la guillotina horizontal – por Alberto Benegas Lynch (h)

En nuestro medio se ha agudizado la manía del igualitarismo, pero no es una tendencia original, puesto que lamentablemente se observa en muy distintos países, incluso en algunos de los que han tenido una tradición de respeto recíproco y que la han abandonado en pos de la guillotina horizontal. Resulta de gran importancia subrayar la igualdad ante la ley, es decir, la igualdad de derechos; en cambio, la pretendida igualdad de resultados indefectiblemente empobrece a todos, muy especialmente a los más vulnerables.

Las diferencias de rentas y patrimonios son la consecuencia directa de lo que la gente hace en el supermercado y afines. Por eso resulta tan contraproducente cuando los gobiernos proceden a redistribuir ingresos, puesto que inexorablemente significa contradecir los deseos y preferencias de la gente que distribuyó pacífica y voluntariamente sus recursos, para imponer por la fuerza otras direcciones de los siempre escasos factores de producción. Incluso Thomas Sowell –senior research fellow de Hoover Institution– aconseja no recurrir a la expresión “distribución de ingresos, puesto que los ingresos no se distribuyen, se ganan”.SKIP ADAds by

Aun al apartarse del consejo de Sowell, producción y distribución son dos caras del mismo proceso: quien produce recibe como contrapartida su ingreso. Por eso resulta tan disparatada la aseveración, seguramente bienintencionada, de que “primero hay que producir y luego veremos cómo se distribuye”, sin comprender que nunca habrá producción si se está en manos arbitrarias para distribuir en un sentido distinto de quienes producen.

En esta misma línea argumental se insiste en el atrabiliario concepto de “justicia social”. Esta entelequia solo puede tener dos significados: por un lado, una grosera redundancia, puesto que la justicia no puede ser mineral, vegetal o animal, es solo social, y por otro lado la acepción más generalizada de sacarles a unos lo que les pertenece para darles a otros lo que no les pertenece, situación que contradice la definición clásica de “dar a cada uno lo suyo”, y “lo suyo” remite al derecho de propiedad, que es en este caso contradicho. Por eso es que el premio Nobel de Economía Friedrich Hayek ha escrito que todo sustantivo seguido del adjetivo “social” lo convierte en su antónimo: constitucionalismo social, derechos sociales, democracia social y naturalmente justicia social.

Tal como nos enseña el profesor de Harvard Robert T. Barro, “el determinante de mayor importancia en la reducción de la pobreza es la elevación del promedio ponderado del ingreso de un país y no disminuir el grado de desigualdad”, y otro premio Nobel de Economía, James M. Buchanan, consigna: “Mientras los intercambios se mantengan abiertos y mientras la fuerza y el fraude queden excluidos, aquello sobre lo cual se acuerda es, por definición, lo que puede ser clasificado como eficiente”.

Anthony de Jasay –célebre profesor de Oxford– muestra cómo la metáfora deportiva es autodestructiva cuando se dice que lo razonable es que cada uno largue en igualdad de condiciones en la carrera por la vida y que es injusto que unos tengan ventajas sobre otros debido a diferencias patrimoniales. Pero a poco de andar se percibe que en ese esquema el primero en llegar a la meta se percatará de que ha realizado un esfuerzo inútil, puesto que en la largada de la carrera siguiente lo nivelarán nuevamente y, por lo tanto, en este correlato deportivo con las diferencias de ingresos, no podrá transmitir el resultado de su energía a sus descendientes.

El punto medular en este análisis consiste en que, en una sociedad abierta, los que mejor atienden las necesidades de su prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos. Y no es que en el proceso de cooperación social se proceda de este modo por razones filantrópicas, es que se está obligado a actuar de esa manera si se quiere el propio mejoramiento. Y lo trascendental del asunto es que esas ganancias significan tasas de capitalización más elevadas, lo cual constituye la única causa de aumentos de salarios en términos reales. Esa es la diferencia entre países ricos y pobres, y, a su vez, esas inversiones mayores son el resultado de marcos institucionales que establecen el respeto recíproco.

Como hemos señalado en otra oportunidad, hoy en día, en gran medida, ocurre con los gobiernos lo que describía Ray Bradbury en su novela Fahrenheit 451: bomberos que incendian, es decir, gobernantes que en lugar de garantizar derechos, los conculcan.

Uno de los canales más frecuentes que apuntan a la aplicación de la guillotina horizontal es el impuesto progresivo. Como es sabido, ese tributo se traduce en que la alícuota progresa a medida que progresa el objeto imponible, a diferencia del gravamen proporcional, que, como su nombre lo indica, implica uniformidad en la tasa. La progresividad produce tres efectos dañinos centrales. En primer lugar, altera las posiciones patrimoniales relativas, a saber, la gente con sus compras y abstenciones de comprar va distribuyendo ingresos, con lo que consecuentemente surgen distintas posiciones relativas de ingresos entre los destinatarios. Pues bien, la progresividad cambia esas directivas, con lo que se modifica la asignación de recursos, contradiciendo las citadas indicaciones, lo cual se traduce en derroche, que a su turno afecta salarios.

En segundo término, bloquea la tan necesaria movilidad social, ya que dificulta el ascenso y descenso en la pirámide patrimonial. Y por último, la progresividad es en verdad regresividad, ya que por las razones apuntadas, al mermar la inversión debido a los mayores pagos progresivos de los contribuyentes de jure disminuyen los ingresos de los marginales, que se convierten en contribuyentes de facto.

Para recurrir a la terminología de la teoría de los juegos, es pertinente destacar que en toda transacción libre y voluntaria ambas partes ganan, que es otro modo de decir que son de suma positiva, a diferencia de lo que se conoce como el “Dogma Montaigne”, donde se supone que quien gana es el que recibe la suma monetaria y pierde el que la entrega en la transacción. Esto es el resultado de obsesionarse con el lado dinerario del intercambio sin atender que la entrega de dinero es para recibir un bien o un servicio que el interesado valora en más. Aquella perspectiva se extiende al comercio internacional, en el que equivocadamente se atribuye valor a las exportaciones y se subestima el peso de las importaciones, cuando precisamente se exporta para poder importar, del mismo modo que nosotros vendemos nuestros servicios para poder adquirir lo que necesitamos.

Por último mencionamos una idea que, prima facie, aparece atractiva y razonable, pero esconde un problema medular. Se trata de la “igualdad de oportunidades”. La sociedad libre brinda mejores oportunidades, pero no iguales; la mencionada igualdad es ante la ley, no es mediante ella; las oportunidades no son a costa de arrancar el fruto del trabajo ajeno. Si a un amateur en el tenis se le diera igualdad de oportunidades de jugar con un profesional, habría que, por ejemplo, obligar a que este utilizara el otro brazo al que está acostumbrado a emplear en ese deporte, con lo que se habrá lesionado su derecho. El igualitarismo anula los efectos beneficiosos de liberar las energías creativas, en especial para los más necesitados.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de dos academias nacionales.

Publicado originalmente en La Nación, el 18 de mayo de 2021.

Plan de Dolarización Sostenible – Conferencia del Dr. Jorge Avila en la UNLPam

Continuando con el Ciclo de conferencias “Voces sobre la economía argentina” organizado por el Observatorio Universitario de Economía de la Facultad de Ciencias Económicas y Jurídicas de la Universidad Nacional de La Pampa, hoy 26 de mayo a las 18 horas el Dr. Jorge Avila dictará una conferencia titulada “Plan de Dolarización Sostenible”. 

El conferencista es Doctor en Economía por la Universidad de Chicago y Licenciado en Economía por la Universidad Nacional de La Plata. Profesor de Economía en la Universidad del CEMA. Director de la Maestría en Agronegocios (UCEMA). Profesor de Macroeconomía, Economía Monetaria y Teoría de los Precios I (UCEMA).

La actividad es gratuita y abierta al público. Se podrá acceder a la conferencia inscribiéndose al siguiente link.

Previsible: Biden empeora la marca de Trump – por Alberto Benegas Lynch (h)

El presidente norteamericano decidió expandir el gasto público aún más que su predecesor en base a las fallidas recetas keynesianas.

Se presentan casos múltiples en los que escritores de ficción aciertan mucho más respecto del futuro que los ampulosos comités gubernamentales constituidos y financiados con los recursos de los contribuyentes al efecto de “pronosticar los sucesos por venir”. Tales han sido los casos, por ejemplo, en materia tecnológica de Julio Verne o H. G. Wells en el pasado o de Isaac Asimov o Carl Sagan más contemporáneamente y, en temas sociales, las novelas revestidas de un impresionante realismo, por orden de aparición: The New Utopia de Jerome K. Jerome, We de Yevzeny Zamayatin, The Lonley Crowd de David Reisman y, posteriormente, las célebres composiciones de Huxley y Orwell.

Pero el caso de Taylor Caldwell hoy sobresale por su actualidad: presenta un peligro enorme si su prognosis fuera correcta (como hasta ahora lamentablemente parece serlo en Estados Unidos) en su novela que lleva el mismo título de una de Morris West: The Devil`s Advocate. El eje central de esta novela -escrita en 1952- plantea la declinación estadounidense que en su ficción (¿ficción?) se vuelve socialista y, entre muchas otras cosas, escribe que “Siempre había una guerra. Siempre había un enemigo en alguna parte del mundo que había que aplastar […] Denle guerra a una nación y estará contenta de renunciar al sentimiento de libertad […] En los días en que América [del Norte] era una nación libre, sus padres deben haberles enseñado la larga tradición de libertad y orgullo en su país. El espíritu de la Constitución y la Declaración de la Independencia: seguramente habría quienes las recordarán. ¿Por qué desviaron sus miradas? […] Todo empezó tan casualmente, tan fácil y con tantas palabras grandilocuentes. Comenzó con el uso odioso de la palabra `seguridad` […] ¿Por qué han estado tan ansiosos de creer que cualquier gobierno resolvería los problemas por ellos, los cuales habían sido resueltos una y otra vez tan orgullosamente por sus padres?”.

Esta notable escritora de una treintena de trabajos extraordinarios entre los que se cuenta la notable referencia a Cicerón en La columna de hierro (que hubieran sido más si su segundo marido no hubiera quemado parte de sus manuscritos inéditos) y obtuvo muchas distinciones como la Medalla de Oro de la National League of American Pen Women.

El tantas veces citado premio Nobel en economía Friedrich Hayek escribe en las primeras líneas del primer tomo de Derecho, legislación y libertad que cuando los Padres Fundadores en Estados Unidos promulgaron la Constitución era para limitar el poder y garantizar los derechos individuales pero esto ahora se comprueba “que no ha logrado lo que se proponía lograr. Los gobiernos han expandido poderes que esos hombres le denegaban. El primer intento de asegurar la libertad individual por medio de constituciones ha fracasado”. La revolución liberal más exitosa en lo que va de la historia de la humanidad, luego de un tiempo lamentablemente ha perdido fuerza y se tiende a revertir.

De un tiempo a esta parte los gastos gubernamentales, el déficit y el endeudamiento han crecido exponencialmente lo cual tiende a convertir ese gran país en una maquinaria al servicio de un Leviatán absolutamente a contramano de todo lo estipulado por aquellos extraordinariamente visionarios Padres Fundadores que consignaron la importancia de gobiernos estrictamente limitados a las funciones de protección a las sacralizadas autonomías individuales, lo cual convirtió a una nación de colonos pobres en la más floreciente civilización desde la perspectiva moral y material y un ejemplo para el mundo libre.

Para solamente circunscribirnos a las dos últimas administraciones, observamos con alarma que Trump incrementó aún más el antes referido gasto gubernamental, el déficit y la deuda pública ya en alturas siderales, además de su bochornosa despedida al desconocer las mismas reglas que había aceptado para competir en el proceso electoral, resultados certificados por los cincuenta estados, sesenta y un jueces federales y locales (incluyendo ocho designados por él) y su propio Vicepresidente.

Ahora Biden -a pesar de combatir la xenofobia de su predecesor, poner las cosas en su sitio respecto a la autocracia rusa y anunciar el retiro de las tropas de Afganistán tal como mencioné en este mismo medio en otra de mis colaboraciones- se decide por expandir aun más el gasto público en base a las fallidas recetas keynesianas tan bien refutadas una y otra vez, entre otros, por los premios Nobel en economía Milton Friedman, James M. Buchanan, Gary Becker, Vernon L. Smith. George Stigler y el antes aludido Hayek.

Es pertinente recordar nuevamente algunas de las aseveraciones de John Maynard Keynes para situar adecuadamente el problema que se enfrenta. En su prólogo a la edición alemana de Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, en 1936, en plena época nazi escribió que “La teoría de la producción global que es la meta del presente libro, puede aplicarse mucho más fácilmente a las condiciones de un Estado totalitario que a la producción y distribución de un determinado volumen de bienes obtenido en condiciones de libre concurrencia y de un grado apreciable de laissez-faire”. A confesión de parte, relevo de prueba.

Dadas los renovados entusiasmos por este autor, conviene volver sobre algunos pensamientos que aparecen en esa obra de Keynes, quien, entre otras cosas, propugna “la eutanasia del rentista y, por consiguiente, la eutanasia del poder de opresión acumulativo de los capitalistas para explotar el valor de la escasez del capital.” Asimismo, respecto de las barreras aduaneras, proclama “el elemento de verdad científica de la doctrina mercantilista” (como se sabe cerrada al comercio) y, en momentos de consumo de capital, aconseja el deterioro de los salarios a través de la inflación manteniendo los niveles nominales para que los destinatarios crean que mantienen sus ingresos: “La solución se encontrará normalmente alterando el patrón monetario o el sistema monetario de forma que se eleve la cantidad de dinero”.

Hay recetas de Keynes, también tomadas de la obra mencionada, que son realmente pueriles, por ejemplo, lo que denomina “el multiplicador” elucubrado para mostrar las ventajas que tendría el gasto estatal, esquema que funcionaría de la siguiente manera: sostiene que si el ingreso fuera 100, el consumo 80 y el ahorro 20, el efecto multiplicador resulta de dividir 100 por 20, lo cual da 5 y (aquí viene la magia): si el Estado gasta 4 se convertirá en 20 puesto que 5 por 4 arroja aquella cifra (?). Ni Keynes ni el keynesiano más entusiasta jamás han explicado como multiplica el multiplicador. Y todo ello en el contexto de lo que también escribe este autor: “La prudencia financiera está expuesta a disminuir la demanda global y, por tanto, a perjudicar el bienestar” (!).

Es verdaderamente curioso pero uno de los mitos más llamativos de nuestra época consiste en que el keynesianismo salvó al capitalismo del derrumbe en los años treinta, cuando fue exactamente lo contrario: debido a esas políticas surgió la crisis y debido a la insistencia en continuar con esas recetas, la crisis se prolongó. El derrumbe se gestó como consecuencia del desorden monetario al abandonar de facto el patrón oro que imponía disciplina (“la vetusta reliquia”, según Keynes). Eso ocurrió en los Acuerdos de Génova y Bruselas de los años veinte que establecieron un sistema en el que permitieron dar rienda suelta a la emisión de dólares.

De este modo, Estados Unidos incursionó en una política de expansión (y contracción) errática lo que provocó el boom de los años veinte con el consiguiente crack del veintinueve, a lo cual siguió el resto del mundo que en ese entonces tenía como moneda reserva el dólar y, por ende, expandía sus monedas locales contra el aumento de la divisa estadounidense.

Tal como lo explican Anna Schwartz, Benjamin Anderson, Lionel Robbins, Murray Rothbard, Jim Powell y tantos otros pensadores, Roosevelt, al contrario de lo prometido en su campaña para desalojar a Hoover, y al mejor estilo keynesiano, optó por acentuar la política monetaria irresponsable y el gasto estatal desmedido, a lo que agregó su intento de domesticar a la Corte Suprema con legislación que finalmente creó entidades absurdamente regulatorias de la industria, el comercio y la banca que intensificaron los quebrantos y la fijación de salarios que, en plena debacle, condujo a catorce millones de desempleados que luego fueron en algo disimulados por la guerra y finalmente resueltos cuando Truman eliminó los controles de precios y salarios.

En el capítulo 22 de su obra más conocida, Keynes resume su idea al escribir que “En conclusión, afirmo que el deber de ordenar el volumen actual de inversión no puede dejarse con garantías en manos de los particulares”, lo cual reitera y expande en su Ensayos de persuasión, en especial en el capítulo 2 donde se pone en evidencia su análisis defectuoso sobre el empleo y la productividad como liberadora de recursos para nuevos fines y su asignación allí donde los salarios son fruto de arreglos contractuales libres al efecto de utilizar aquellos factores indispensables para la prestación de servicios y la producción de bienes.

Como he apuntado en otras ocasiones, no se trata de una carrera para ver quién destruye menos la filosofía y la tradición estadounidense, se trata de contrarrestar lo que viene ocurriendo. No es cuestión de dejarse acuchillar para no ser ametrallado, afortunadamente las reservas morales en Estados Unidos son muchas y potentes que, entre otras manifestaciones, se ponen de relieve a través de tantas instituciones y centros de estudios que pretenden la difusión de valores que hacen al respeto recíproco.

En mi libro Estados Unidos contra Estados Unidos intento mostrar el declive y recojo los aportes originales en los que se basaron los grandes hombres que forjaron el destino inicial de esa nación. En este sentido subrayo que hubieron dos líneas centrales que incorporaron esos personajes de la época. En premier lugar la invitación a Estados Unidos desde Inglaterra de John Witherspoon para presidir el centro académico que luego sería la Universidad de Princeton quien era egresado de las Universidades de Edimburgo y St. Andrews en las que se mantenía la impronta de George Buchanan del siglo XVI quien a su vez era egresado de la Universidad de París y luego profesor de autores como Michel Montaingne e influyó decididamente en los maestros de los principales representantes de la Escuela Escocesa -Smith, Hume y Ferguson- que fueron Francis Hutchenson y Gresham Carmichael. Witherspoon fue profesor del padre de la Constitución norteamericana, James Madison. George Buchanan también influyó en Algernon Sidney y John Locke sobre todo en la concepción iusnaturalista de los parámetros y mojones de Justicia extramuros de la legislación positiva.

La segunda vertiente proviene de Roger Williams, el mayor apóstol de la tajante separación entre la religión y el poder político -la doctrina de la muralla- quien era egresado de la Universidad de Cambridge y ex Secretario de Edward Coke, uno de los mayores exponentes del desarrollo del common law en el siglo xvii seguido por William Blackstone en el siglo siguiente.

Como también detallo en el mencionado libro, la difusión de las ideas de la libertad que se consagrarían en la Carta Magna estadounidense, ocurrieron principalmente vía las ochenta y cinco cartas de los Papeles Federalistas y también el debate con los antifederalistas denominados de este modo solo para mostrar algunas discrepancias ya que eran más federalistas que los federalistas. También la difusión se llevó a cabo a través de las ciento cuarenta y cuatro Cato’s Letters escritas por Thomas Gordon y John Trechard (en homenaje a Cato “el joven” acérrimo opositor a Julio César).

Por último, es del caso señalar en la larga y fecunda tradición liberal lo escrito y publicado por los pensadores de la primera tanda de la Escuela de Salamanca o Escolástica Tardía. La segunda estuvo constituida por algunos de los diputados a las Cortes de Cádiz que luego promulgaron la célebre Constitución de 1812 donde se utilizó por vez primera la expresión “liberal” como sustantivo en su debate con los apodados “serviles” y es del caso subrayar en relación a España que los Fueros del siglo diez y once establecieron los Juicios de Manifestación equivalentes al habeas corpus antes que en Inglaterra. Salvo la posterior Constitución de Cádiz, los Padres Fundadores estadounidenses tomaron muy en cuenta los otros antecedentes provenientes de tierras españolas.

No es posible que estas valiosas tradiciones que han iluminado nuestra civilización se abandonen. Es de desear que las antedichas reservas morales estadounidenses se impongan a los estatismos y a la latinoamericanización en el peor sentido de la expresión puesto que como ha señalado Ronald Reagan, “Usted y yo tenemos un rendez-vous con el destino. Preservar esto para nuestros hijos, la última esperanza del hombre en la tierra, o sentenciarlos al primer paso hacia mil años de oscuridad. Si fracasamos, por lo menos que nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos puedan decir que hemos justificado nuestro breve paso por aquí. Que hicimos todo lo que podía hacerse”.

Publicado originalmente en Infobae, el 15 de mayo de 2021.

Los impuestos justos – por Carlos Rodriguez Braun

Carlos Rodríguez Braun comenta la decisión de Isabel Díaz Ayuso de estructurar su campaña electoral en torno a la reducción de impuestos.

Isabel Díaz Ayuso insistió en la campaña electoral en identificar a la derecha con la reducción de impuestos. Fue un acierto, porque la izquierda deplora que vivamos bajo sistemas fiscales injustos, pero no porque paguen mucho las mayorías. Para los progres que pontifican desde la academia, los medios, la cultura y la política, la injusticia fiscal estriba en que los ricos pagan poco.

Warren Buffett protestó porque él pagaba relativamente menos impuestos que su secretaria, pero no se le ocurrió proponer que bajara la fiscalidad de las trabajadoras. Se limitó a pedir que subieran los impuestos a los ricos, ante la infinita alegría de la corrección política. El buenismo predominante, en efecto, necesita centrar la atención en los ricos, desdeñando siempre a los pobres. Por eso aquí el problema son los youtubers que se marchan a Andorra y no los millones de mujeres trabajadoras que pagan cada vez más impuestos.

Más aún: se nos asegura que por culpa de los ricos la democracia está en peligro, cuando democracia significa libertad de elegir, y la mayoría de las trabajadoras no quieren pagar más impuestos. El poder y sus acólitos las ignoran, promueven sistemas tributarios cada vez más gravosos, pero dicen que el problema radica en que algunos todavía no pagan lo suficiente. Hablan solo de los ricos, pero apuntan al pueblo.

Es el mismo cuento de la amenaza de la desigualdad, como si fuera malo que mi vecina sea cada vez más rica que yo. No es mala la desigualdad, mientras no sea fruto de la corrupción y el robo.

Los socialistas de todos los partidos, al tiempo que claman por una supuesta justicia fiscal que hostiga a la gente corriente, se declaran entusiastas igualitarios, cuando pretenden socavar la igualdad compatible con la libertad, que es la igualdad ante la ley, identificando la justicia con la igualdad impuesta por la ley.

Al ser esto incompatible con la libertad de las mujeres, los antiliberales lo encubren con bonitas palabras, como denunció el profesor Charles Lipson: “En vez de plantear abiertamente su posición, los partidarios de la nueva igualdad distorsionan sus argumentos para ocultar su objetivo radical de re-fabricar la sociedad mediante la coerción. Si los resultados son malos, como inevitablemente lo son, el remedio será obvio: más dinero, más regulación y más adoctrinamiento”.

Este artículo fue publicado originalmente en La Razón (España) el 4 de mayo de 2021.

Reflexiones sobre la pandemia y “la tragedia de los comunes” – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Por más buena voluntad que exista, la mente conservadora no permite despegarse del statu quono abre paso a nuevas contribuciones pues las telarañas mentales estrangulan el pensamiento. Con el criterio conservador en el peor sentido de la expresión no hubiéramos pasado del garrote en la cueva, pues el primero que recurrió al arco y la flecha se salía de la rutina para instalarse en lo novedoso. Estar empantanado en lo usual no permite concebir adelantos y cambios, es decir, niega el progreso en todas las ramas posibles.

En 1968, Harret Gardin publicó un ensayo titulado “La tragedia de los comunes” en la revista Science, donde, básicamente, explica que lo que es de todos no es de nadie; en otros términos, concluye que los incentivos se convierten en contraincentivos cuando en lugar de pagar nuestras cuentas se fuerza a que otros se hagan cargo. En este contexto, hasta la forma en que se encienden las luces y se toma café no es la misma cuando uno paga las facturas respecto de la situación de imponer que otros la financien compulsivamente con el fruto de sus trabajos.Ads by

En realidad, si nos remontamos a cuatro siglos antes de la era cristiana, encontramos que Aristóteles ya había dado en la tecla sin bautizar el tema como la tragedia de los comunes cuando refutó el comunismo de Platón. Sin embargo, en muchos lugares seguimos encajados en esa tragedia que perjudica a todos, pero muy especialmente a los más vulnerables, pues son los primeros en sentir el impacto en sus salarios como consecuencia del derroche y el despilfarro. Por el momento en demasiados países triunfa la demagogia y el empecinamiento en sostener que los aparatos estatales brindan servicios y bienes “gratis”, sin percatarse de que no hay nada gratis en la vida; siempre es el vecino el que paga, puesto que ningún gobernante pone de su peculio (más bien es habitual que saque de modo non sancto).

Ahora, en medio de la pandemia hay megalómanos a los que no se les ocurre mejor idea que intervenir en los precios de mercado, es decir, en los arreglos libres entre las partes, para imponer precios que incluyen medicamentos, barbijos, alcohol en gel y demás elementos imprescindibles para la salud, con lo cual una y otra vez –desde tiempos de Hammurabi hace 4000 años– se producen faltantes y desajustes de todo tipo. A esto se agrega la manipulación en los precios de mutuales de medicina y la sandez adicional de obligar a la incorporación de personas que no han aportado, con lo cual se destruye la idea misma del seguro, igual que si se pretendiera que una compañía de seguros financiara el accidente automovilístico de alguien ajeno a los socios que pagan sus cuotas, lo cual daría por tierra con el esquema actuarial del seguro y haría que las empresas del ramo desaparecieran o huyeran despavoridas a buscar refugio en otros lares.

La misma desgracia ocurre cuando las burocracias se empecinan en adquirir, distribuir y asignar vacunas. Es imperioso estimular al máximo y no simplemente conceder que el sector privado participe, pues los incentivos son potentes para un buen servicio, en lugar de politizar algo tan sensible y delicado en medio de negociaciones estatales opacas y pastosas con resultados absurdos y contraproducentes.

El médico psiquiatra George Yossif en “La economía de la medicina” se refiere detenidamente a la historia de la ciencia médica y a la importancia de la investigación y el desarrollo por parte del mundo privado y el daño causado cuando el Leviatán irrumpe en esa materia, incluso en países considerados serios. Y en la misma especialidad Thomas Szasz, en su texto titulado “El derecho a la salud”, apunta que a todo derecho corresponde una obligación: si una persona gana diez con el fruto de su trabajo hay la obligación universal de respetar ese ingreso, pero si esa misma persona sostiene que debe ganar veinte y el gobierno otorga ese salario se trata de un seudoderecho, puesto que inexorablemente se traduce en que otros deben aportar compulsivamente la diferencia con el producto de su trabajo. Concluye que para que la gente cuente con mejores ingresos resulta indispensable el respeto recíproco, lo cual se desmorona cuando se imponen seudoderechos.

El doctor en medicina Charles G. Jones publica un trabajo con un muy sugestivo título: “La medicina gratuita, enferma”, del mismo modo en que lo hace el historiador John Chamberlin, donde se detiene a mostrar los graves problemas en distintos países en los que se ha pretendido socializar la atención médica, en su ensayo en el que adelanta el contenido en el título: “La enfermedad de la medicina socializada”. Lo mismo estudia el libro de Melchior Palyi La medicina y el Estado benefactor.

Demos un paso más en el asunto que venimos tratando para despejar telarañas mentales y para, además de preguntarnos el para qué y el porqué, interrogarnos, sobre todo, el porqué no para abrir perspectivas distintas y ventajosas en relación con lo que estamos acostumbrados a ver y escuchar. Los mencionados profesionales de la medicina y otros autores han sugerido la privatización de todos los centros de salud para evitar los turnos extenuantes, las faltas recurrentes de insumos, el deterioro de los equipos e instalaciones, los pedidos permanentes de fondos que nunca alcanzan y las huelgas y politizaciones indebidas.

Esto para nada niega la dedicación y abnegación de médicos, médicas, enfermeros, enfermeras y demás trabajadores de la salud. Se trata de incentivos para administrar lo propio frente a los ingresos de otros recabados coercitivamente. Más aún, hay quienes sugieren eventualmente vender los centros de salud estatales al cuerpo médico en ejercicio en esas instituciones, con todas las facilidades del caso. Y como también se ha propuesto reiteradamente, como una política de transición, para las personas enfermas pero que no cuentan con los ingresos suficientes, el sistema de vouchers, a saber, entregas de los recursos para que puedan atenderse. Esta financiación de la demanda en lugar de financiar la oferta con instituciones estatales de salud no solo es más eficiente y permite apuntalar y alinear los antedichos incentivos, sino que pone de manifiesto el non sequitur, esto es que del hecho de que unos financien la salud de otros no se sigue que deban existir centros de salud estatales, puesto que el candidato con problemas elegirá el que más le convenga de todas las ofertas privadas.

Lo dicho no desconoce las posibles trampas en el sector privado, las cuales deben ser debidamente castigadas con todo el rigor necesario por el Gobierno, pues precisamente esa es su función y no la de inmiscuirse en actividades privadas lícitas al atacar, en lugar de proteger, al ciudadano pacífico.

Eric Bodin en su célebre texto “El Estado benefactor en Suecia: el paraíso perdido” explica cómo en Suecia se ha debido cambiar el sistema de salud hacia lo privado, en vista de que buena parte de la población se mudaba a otros países para atenderse debido a las interminables demoras y costos de la atención en un contexto donde los mismos gobernantes se hacían atender en clínicas privadas. Esto último es típico de la hipocresía mayúscula de los patrocinadores de la socialización de la medicina: cuando les toca acuden a prestigiosos centros de salud privados, lo que muestra la catadura moral de quienes declaman las bondades de los aparatos estatales metidos en salud.

El autor completó dos doctorados, es docente y miembro de dos academias nacionales.

El artículo fue publicado originalmente en La Nación, el 23 de abril de 2021.

“Soy la Constitución Nacional y quiero contarles que estoy triste y desilusionada” – Por Félix Lonigro (Abogado constitucionalista y profesor de la Universidad de Buenos Aires)

En su día, fecha en que nació en 1853, una reflexión de cómo la misma Carta Magna reflexionaría sobre su vigencia y el respeto con que los gobernantes siguen sus preceptos.

“Soy la Constitución Nacional, y quiero contarles que estoy un poco triste y desanimada. Sé que muchos de ustedes no me conocen; otros sí, pero no saben para qué existo, con qué objetivo nací y cuál es mi rol en la vida política e institucional de nuestro país. También sé que, si bien algunos pocos lo conocen, desconfían de mi utilidad e importancia.

A su vez tengo muy claro que para la mayoría de los gobernantes soy un obstáculo, porque los limito y porque regulo el ejercicio del poder que ejercen. Supongo que es por eso que no quieren ni leerme, porque podría generarles algún cargo de conciencia. Sin embargo, a pesar de permanecer siempre callada, de vez en cuando siento la necesidad de expresarme, de decir lo que pienso, de ejercer la libertad de opinar que tan fervientemente consagro y concedo a todos los habitantes.

Fui concebida en el año 1853, para organizar jurídica y políticamente la Nación, para limitar el poder de quienes deben conducir sus destinos (es decir, de los gobernantes) y para dar a todos los hombres derechos y libertades. He sido muy benevolente en este sentido, porque he preferido asegurar derechos más que imponer obligaciones a los habitantes. De hecho, solo obligo a la gente a votar, a que cuide el medio ambiente, y a armarse en defensa de la patria en función de lo que las leyes dispongan. Fuera de estas obligaciones, solamente fui exigente con los gobernantes, para evitar que se excedan en el ejercicio del poder, y terminen violando los derechos que creí necesario reconocer a los gobernados.

Según los constituyentes que me crearon, mi existencia serviría para constituir la unión nacional, para afianzar la justicia, para pacificar al país internamente, para lograr un sistema de defensa frente a las agresiones externas, para promover el bienestar de todos y para lograr que la libertad sea una realidad y no una quimera. Sin embargo, desde el comienzo todo me resultó muy difícil: los representantes de las catorce provincias que existían en 1853, no se pusieron de acuerdo, en la ciudad de San Nicolás –lugar en el que se reunieron para tomar la decisión de crearme-, y Buenos Aires terminó peleándose con el resto, motivo por el cual no participó de mi elaboración y nacimiento.

El pobre Urquiza, que tanto me había anhelado, tuvo que ejercer la primera presidencia constitucional sin poder gobernar a Buenos Aires. Después, finalmente, la hermana mayor se sumó al proyecto nacional, me quiso conocer en 1860, me revisó, y me actualizó un poco, añadiéndome algunos contenidos que me sirvieron para ser un poco más federal que antes.

Me conozco a mí misma y sé de la importancia que debería tener en la vida política de la Argentina, aunque a veces creo que solo yo la percibo; pero nunca fui soberbia, por el contrario, admití que mis conceptos podrían quedar desactualizados con el tiempo y consideré conveniente crear un mecanismo para que los gobernantes, con un amplio consenso, pudieran modificarme y mejorarme. Pues lo hicieron seis veces más después de 1860, y presiento que algunos cambios que me han hacho fueron mezquinos y decididamente perjudiciales.

A pesar de cumplir hoy ciento sesenta y ocho años de edad, nunca me ha sido fácil ser la vedette del ordenamiento jurídico y la base de la organización política de nuestro país. Es que, si bien jamás me sentí agredida de palabra, ni cuestionada en cuanto a mi superioridad con relación al resto de las normas, he percibido, en cambio, indiferencia y desinterés por parte de los sucesivos gobiernos a la hora de hacer cumplir mis directivas. En realidad, son contados los casos de quienes siguieron estrictamente mis postulados.

En público todos los gobernantes me alaban y elogian con entusiasmo; dicen que soy la “ley de leyes”, y hasta proclaman la importancia de mi vigencia, pero luego no percibo la misma energía para acatarme.

Además, hay algo que me aflige profundamente: la indiferencia con la que también ustedes, los ciudadanos, me tratan. Es cierto que muchos no han accedido a la educación básica, y que quienes lo logran, no reciben la instrucción cívica que un buen ciudadano necesita para valorar la razón de mi existencia. Es evidente que eso me juega en contra, a pesar de ser la educación uno de los derechos civiles que más fervientemente quise asegurarles a todos los habitantes, desde mi artículo 14.

El problema no es solamente la ignorancia, porque muchos de quienes han podido conocerme tampoco parecen ver claramente por qué es necesario que se respete mi vigencia. Es muy doloroso sentirse innecesaria y darse cuenta que muchas cosas andan mal, en la Argentina, a raíz del desconocimiento que gobernados y gobernantes tienen de mi contenido. ¿Acaso alguien se ha acordado alguna vez de que cada 1ro de mayo es mi cumpleaños?

El Congreso de la Nación, órgano al que muchas veces le encomiendo la tarea de reglamentar mis mandatos, en el año 2003 sancionó la ley 25.863 mediante la cual se declaró al día 1 de Mayo de cada año, como el día de la Constitución Nacional, conmemorando mi nacimiento en 1853. Fue un reconocimiento tardío, pero llegó. Sin embargo, a pesar que esa misma ley encarga a las autoridades educativas de todo el país la realización de jornadas tendientes a recordar ese día, casi nadie lo hace, y permanezco siendo una ilustre desconocida para la mayoría.

He sufrido el agravio de haber sido archivada durante varios años: desde 1930 hasta 1983, pasaron cincuenta y tres años, de los cuales viví en cautiverio durante veintitrés. Fueron tiempos difíciles, en los que fui denostada y maltratada por gobernantes inescrupulosos que se atribuyeron los derechos del pueblo y gobernaron en su nombre, sin que éste los haya elegido. Pero debo tener la honestidad suficiente como para reconocer que mi prestigio no aumentó demasiado en períodos de democracia.

Sé que nací para vivir eternamente, pero el dolor de no ser lo que debería, va socavando mis fuerzas, porque el olvido y la indiferencia son, muchas veces, peor que el ataque directo y despiadado. Pero eso no sería nada, si no fuera porque percibo que el funcionamiento de las instituciones se deteriora con la misma velocidad con la avanza mi congoja. Para colmo, durante la última “operación” a la que fui sometida, en 1994, verifiqué, con contenida indignación, cómo se inyectaban en mi seno tumores cancerígenos, obligándoseme a autorizar al presidente de la Nación a ejercer facultades del Congreso, y a éste, a delegarle a aquel las propias. ¡Justo yo, que en 1853 había advertido a los legisladores que si hacían semejante cosa cometerían un delito cuya pena sería la de quienes traicionan a la patria!

Sé que el tiempo es limitado para los mortales e ilimitado para los países y sus instituciones, por eso no puedo permitirme perder las esperanzas. Hay nuevas generaciones que aún pueden valorarme y rescatarme, y para ellos sueño.

Sueño con un país en el que los gobernantes acrediten su idoneidad -la que les exijo en mi artículo 16 para que puedan acceder a los cargos públicos-, demostrando que me conocen íntimamente, con lujo de detalles, y que acatan mis directivas con total convicción.

Sueño con un país cuyos habitantes me tengan como texto laico de cabecera; en el que los maestros me muestren orgullosamente a sus alumnos; en el que éstos reconozcan la importancia de mi plena vigencia, y las autoridades me evoquen en cada aniversario de mi nacimiento.

Sueño con que cada 1 de mayo, la gente celebre el Día del Trabajador, pero que además tenga claro que es mi día, y que para evocarme también sea feriado.

Sueño con todo eso, pero no quiero ser pesimista. Confiaré en el futuro, en las nuevas generaciones, porque al fin y al cabo soy la Constitución Nacional, y dejando de lado por un instante la modestia, tengo la plena convicción que lo mejor que le puede pasar a este país, es que todos mis sueños alguna vez se hagan realidad.

Le pido a Dios, a quien en mi preámbulo he calificado como “fuente de toda razón y justicia”, que nos conceda a los argentinos esa posibilidad. ¡Ojalá que así sea, por hoy y por siempre!”

Publicada originalmente en Infobae, 1 de mayo de 2021.

Día mediático

Comparto dos notas en los medios del día de hoy. Una en Infobae donde hablo de Argentina como el país de las oportunidades perdidas. Otra en Perfil donde comento sobre el contrapunto entre Guzmán y su par Brasileño (la economía como mano invisible versus ingeniería social).

Infobae. El país de las oportunidades perdidas

Se suele decir que toda crisis es una oportunidad. Si es así y a pesar de todos sus problemas, flor de oportunidad le ha dado a Argentina el COVID-19. Sin embargo, fiel a su historia, el país se encamina a que esta sea otra oportunidad perdida. A medida que las economías desarrolladas avanzan con sus planes de vacunación comienza a verse una luz al final del túnel. Un regreso a una nueva normalidad con mínimas restricciones a la actividad económica. La economía mundial se encamina a un gran rebote que Argentina va a mirar desde abajo, dejando pasar nuevas oportunidades en la economía postpandemia.

Argentina es como el amateur que quiere entrar a la cancha a jugar con los profesionales. Cuando hay un lugar y los profesionales invitan al país a jugar, Argentina les da la espalda y luego les hecha la culpa por su baja performance. Las oportunidades hay que tomarlas, sus beneficios no se materializan por arte de magia.

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Perfil. Chicago boys vs Columbia boys: la ingeniería social vs la “mano invisible”

Existen dos maneras diferentes de ver la economía. Por un lado, la economía es un proceso espontáneo, con vida propia que se autorregula. A esta visión se la suele asociar a la famosa “mano invisible” de Adam Smith. Para este punto de vista la mano invisible no es perfecta, pero sí es mejor que una economía fuertemente regulada.

Por el otro lado, la economía es vista como un problema de ingeniería social. Con raíces en Marx (explotación) y Keynes (irracionalidad), el estado debe controlar, regular, e incluso salvar a la economía de sus propias crisis.

Los Ministros de Economía Martín Guzmán (Argentina) y Paulo Guedes (Brasil) fueron protagonistas de este contrapunto. Ante la afirmación de Guzmán, de que “la mano invisible de Adam Smith es invisible porque no existe”, su par brasileño le recordó que la mitad de los Nobel de Economía fueron para economistas de la tradición de la Escuela de Chicago.

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Entrevista con Radio Libertad: “Argentina está cerca de un escenario de inflación que pase a tres dígitos”

El doctor en economía, Adrián Ravier, fue entrevistado por el Dr. Marcelo Otiñano en “La Mañana en Libertad”, en donde habló sobre el “escenario de riesgo de hiperinflación” que se percibe en Argentina, en el marco de una “economía muy comprometida”. “Es un hecho que la inflación va a ser más alta de la que el Gobierno esperaba”, sostuvo el especialista pronosticando un índice de entre el 60% y 70% para este año, ya que el panorama “se ve muy preocupante”. El Banco Central, agregó ”no tiene reservas, la emisión monetaria es muy grande y los agro-dólares ya ingresaron en el primer trimestre y realmente no creo que ayuden a evitar un escenario mucho más feo de lo que vemos hoy”. Finalmente sostuvo que “todo el empleo público viene perdiendo contra la inflación y en definitiva, es el ajuste que hace el Gobierno”.

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