"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.
What’s the biggest and most dangerous financial bubble? Sovereign debt issued by profligate governments. And unlike stocks or corporate debt, government bond bubbles harm millions of ordinary people when they burst.
Economist Daniel Lacalle joins Jeff Deist to figure out the bizarro world of the bond bubble: negative interest rates, anemic rate spreads between government bonds and «high yield» bonds, and central banks as the unseemly buyers of last resort. They discuss the Fed’s interest rate hikes, Jerome Powell’s focus on data, the US housing market, and why all of us have a stake in seeing central bank balance sheets shrink.
Resumen: El presente artículo propone estudiar la evolución técnica y el desarrollo económico-social en el pensamiento del economista Wilhelm Röpke (1898-1966). Para ello se exponen los fundamentos del orden social y la dimensión cualitativa de la tecnología como racionalización y masificación según el autor. La primera parte del trabajo explica la relación entre moralidad, integración social y mercado. Se parte exponiendo la postura teórica de Röpke en su relación con el humanismo y con la concepción ética del hombre. Luego se expone la conexión entre moralidad e integración social, desarrollándola mediante el criterio de “meta-estabilidad” de una sociedad que organiza su sistema económico a través de la institución del mercado. En la segunda parte se discute el problema de la innovación tecnológica, relacionándolo con la mencionada meta- estabilidad de la sociedad.
Abstract: The present article proposes to study the connection between the division of labor, technological change and economic-social development in the thought of the economist Wilhelm Röpke (1898-1966). For this purpose, the fundamentals of the social order and the qualitative dimension of technology as rationalization and massification according to the author are exposed. The first part of the paper explains the relationship between morality, social integration and the market. It begins with the review of Röpke’s theoretical position in relation to humanism and the ethical conception of man. Then we elaborate the connection between morality and social integration, developing it through the criterion of «meta- stability» of a society that organizes its economic system through the institution of the market. The second part discusses the problem of technological innovation, relating it to the aforementioned meta-stability of society.
Acceda aquí al documento completo en la revista RIIM, No. 66 (octubre de 2017), ESEADE.
La cobertura por parte del FMI respecto a problemas
que surgieron como consecuencia de la demora en adoptar medidas necesarias y
urgentes por parte de la actual administración, brinda una oportunidad para
meditar sobre el futuro de la economía de nuestro país aunque por el momento se
pretenda paliar parte de lo que viene ocurriendo con tasas de interés
explosivas.
En primer lugar subrayamos que tal como han señalado
numerosos autores de la tradición de pensamiento liberal, el Fondo Monetario
Internacional es una entidad financiada coactivamente con los recursos
detraídos de los contribuyentes al efecto de brindar apoyo a gobiernos fallidos
debido a políticas estatistas. Y cuando los gobernantes del caso están en plena
crisis y a punto de verse obligados a rectificar sus conductas inapropiadas,
irrumpe el FMI con carradas de dólares con préstamos a tasas de interés
inferiores a las que corresponden al mercado y con períodos de gracias y
eventualmente weavers lo cual en
definitiva permite continuar con políticas desacertadas.
Estos han sido
los casos de Tanzania, Zaire, Sri Lanka, Nigeria, Mozambique, Indonesia, Rusia,
Turquía, Haití, Bolivia, México, Rumania, Egipto y en repetidas ocasiones de
Argentina. Es por ello que, por ejemplo, el premio Nobel en economía James M. Buchanan junto a Anna
Schwartz han sugerido la inmediata liquidación del FMI, una entidad que estiman
sumamente contraproducente.
Es por eso que economistas de la talla de Doug Bandow
y Ronald Vauvel destacan que esa organización internacional es responsable de
fomentar la pobreza, en muy documentados ensayos que llevan respectivamente los
sugestivos títulos “The IMF: A Record of Addiction and Failure” y “The Moral
Hazard of IMF Lending”.
De todos modos en nuestro caso se trata de un hecho
consumado por lo que, como queda
dicho, dada la situación intentemos
sacar partida del tiempo disponible para apuntar en una dirección que nos
vuelva a colocar en las posiciones relevantes antes de que hicieran estragos
los populismo vernáculos. Para este ejercicio sugiero no nos concentremos en
los obstáculos para adoptar medidas de fondo -en muchos casos pretextos para la
inacción- sino en su conveniencia puesto que elaborar sobre las vallas es un
modo de obviar el debate. Por el contrario, es indispensable dar la discusión
en primer término para luego esforzarnos en difundir la idea en dirección a su
aplicación cuando le llegue el turno, pero nunca le llegará el turno si no
enfrentamos el debate.
La banca central puede operar solo en una de tres
direcciones: expandir, contraer o dejar inalterada la base monetaria. En
cualquiera de estos caminos inexorablemente deteriorará los precios relativos,
es decir, los únicos indicadores que tiene la economía para asignar los siempre
escasos recursos, con lo que el consecuente derroche reduce salarios e ingresos
en términos reales. No hay forma de salir del mencionado atolladero y si
suponemos que los banqueros centrales tuvieran la bola de cristal y supieran
que es lo que la gente prefiere en cuanto a oferta monetaria, no tendría
tampoco sentido su existencia puesto que harían lo mismo que la gente reclama
en cuanto a activos monetarios y no tendría sentido superponer decisiones con
el consiguiente engrosamiento de gastos. Para saber que es lo que la gente
demanda hay que dejarla que opere.
Resulta vital
que la gente pueda elegir los instrumentos financieros con los que lleva a cabo
todos sus contratos para lo cual, un
primer paso consiste en abrogar el curso forzoso de la moneda local y si,
además, se elimina el sistema bancario de reserva fraccional, la situación
mejoraría grandemente al dejar sin efecto la producción secundaria de dinero.
No es pertinente ser arrastrados por declamaciones
nacionalistas en cuanto a machacar con la idea de la denominada soberanía
monetaria que no solo contiene una trampa letal para mantener presos a los
ciudadanos a través de la apropiación del fruto del trabajo ajeno, sino que
deja de lado que, en última instancia, la soberanía radica en las autonomías
individuales y no en un trozo de papel con o sin respaldo.
Por su parte el tipo de cambio es un precio como cualquier
otro y debe responder a las valorizaciones cruzadas de las partes contratantes
y no decretar la flotación como si fuera una gracia que otorgan los aparatos
estatales (dicho se de paso, generalmente flotación sucia).
Y resulta tragicómico cuando burócratas la emprenden
contra la especulación sin percatarse que no hay acción humana que no sea
especulativa, esto es, que tenga como
horizonte atender el interés personal del sujeto actuante cualquiera sea la
naturaleza de los actos que se lleven a cabo. En el fondo se trata de una
tautología puesto que no es concebible un acto que no esté en interés de quien
lo ejecuta, con lo que se abre paso la especulación en el sentido de apuntar
siempre a una situación más favorable que la anterior al acto desde el punto de
vista de quien lo realiza.
En este contexto me parece de una importancia decisiva
mostrar que estrictamente no hay tal cosa políticas monetarias y cambiarias
adecuadas. Conviene reiterar lo que han escrito los premios Nobel en economía
Friedrich Hayek y Milton Friedman.
El primero ha consignado que “Hemos tardado doscientos
años en darnos cuenta del bochorno de unir a la religión con el poder político,
es de desear que no demoremos otro tanto en darnos cuenta que la unión del
dinero con el poder político es solo para succionar el fruto del trabajo ajeno”
y el segundo escribió que “El dinero es
un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos de banqueros
centrales”.
El paréntesis
en el que entramos en esta etapa por las razones apuntadas, además de que es
hora de comenzar la campaña para desmitificar aquello de “la autoridad
monetaria” (ninguna banca central de la historia ha preservado el poder
adquisitivo de la unidad monetaria), también nos permite sopesar la necesidad
de liberar recursos esterilizados en actividades gubernamentales incompatibles
con un sistema republicano, lo cual es otra manera de aludir a la necesidad de
cortar el elefantiásico gasto público.
Sin duda que esta medida conlleva costos pero el
engrosamiento de los bolsillos de los recipiendarios permite reasignar factores
productivos con lo que los salarios se elevan puesto que las tasas de
capitalización constituyen la única causa de enriquecimiento. Los beneficios
sociales netos de eliminar el despilfarro son infinitamente mayores que los
costos, por lo que no es cuestión de pontificar acerca de la enfermedad y
negarse a aceptar los medicamentos.
La eliminación de funciones (y no simplemente podas y
enroques circunstanciales de funcionarios) permitirán encarar reformas
sustanciales en la insoportable presión tributaria y el colosal endeudamiento
público.
Necesitamos subir la vara de la excelencia y dejar de
lado el espíritu conservador en el peor sentido de la expresión, dejar de lado
lo que el antes citado Friedman ha condenado una y otra vez: la tiranía del statu quo y usar la imaginación para
salir del letargo en el que nos encontramos sumidos desde hace siete largas
décadas. Todos tenemos que contribuir en esta batalla cultural al efecto de
correr la agenda hacia temarios de una sociedad abierta, lo cual resulta
trascendental para nuestro futuro.
Miembro del Comité Científico de Procesos de Mercado, Revista Europea de Economía Política (Madrid).
Publicado originalmente en la edición impresa de La Nación, martes 9 de octubre de 2018.
La preocupación por la crisis económica argentina cada vez es mayor. Cambiemos intenta realizar esfuerzos para no seguir con políticas gradualistas, pero sigue ajustando en el único sector productivo del país. La falta de valentía de Mauricio Macri debilita su figura presidenciable por dar marcha atrás con medidas de ajuste que no generan contento social y los números están cada vez más en rojo.
Esto se refleja en los indicadores internacionales, los que nos han posicionado como segundos a nivel internacional en recesión según el ranking de las perspectivas de la economía mundial del Fondo Monetario Internacional, y quinta en el mundo (segunda en Latinoamérica) en la tabla de inflación. Como si fuera poco, y como consecuencia de las políticas aplicadas en materia económica, el FMI confirmó recesión (2,6 para este año y 1,6 para 2019).
Autores del calado de Harold Demsetz, Ronald Coase y Douglas North, han
insistido en que buena parte del análisis económico y jurídico se basa en la
calidad de los incentivos. En un sistema que potencia los buenos incentivos la
gente da lo mejor de si, en cambio en un sistema donde los incentivos para
mejorar son escasos o nulos la gente revela lo peor de si.
Lo realmente interesante de las contribuciones de la Escuela Escocesa es
el haber combinado en un sistema de libertad, es decir, de respeto recíproco,
el interés personal con el interés del destinatario de la acción. En este
contexto cada uno para satisfacer su propio interés deben dirigir su atención a
la satisfacción del interés de su prójimo, de lo contrario no pueden prosperar.
Este es el sentido de explicar como el comerciante para mejorar su
patrimonio está obligado a la atención de las demandas de sus congéneres. Así
es que el que da en la tecla obtiene ganancias y el que yerra incurre en
quebrantos, “el cliente siempre tiene razón” es la máxima del buen empresario.
De más está decir que esto no se aplica a los denominados empresarios
prebendarios puesto que obtienen sus fortunas fruto de la explotación a sus
semejantes como consecuencia de los privilegios obtenidos a raíz de sus
alianzas con el poder político.
En el contexto de la libertad de mercados constituye un error aludir al
“poder económico” ya que el poder reside en los consumidores. Si “el rey del
chocolate” ofrece chocolate amargo cuando la gente reclama chocolate dulce
tiene sus días contados como empresario y así sucesivamente en todos los
reglones. Solo puede hablarse en rigor de poder económico cuando los mercados
no son libres y por ende los patrimonios dependen del poder político de turno.
Tomemos un ejemplo pedestre: cuando los departamentos en propiedad
horizontal son de cada cual el incentivo es la cooperación social en beneficio
de todos, pero cuando es colectiva todos se pelearán hasta por el uso del jabón
pues irrumpe “la tragedia de los comunes”. Hasta la forma de agradecerse
recíprocamente frente a toda compra-venta es característica de mercados
abiertos, mientras que las caras largas y los malos modos son el sello de
transacciones coactivas.
Otro ejemplo tomado al azar, las certificaciones de calidad en la
alimentación. Si la lleva a cabo el monopolio de la fuerza y se produce una
intoxicación eventualmente se reemplaza a un funcionario por otro y todo sigue
igual. Sin embargo, si la calidad la certifica el sector privado en competencia
las auditorias cruzadas refuerzan la seguridad y si se produce un percance la
marca que garantizaba calidad no solo debe indemnizar a las víctimas sino que
desaparece del mercado ese emprendimiento. En esta instancia del proceso de
evolución cultural, como faena prioritaria debe fortalecerse la Justicia en las
estructuras gubernamentales (lo cual no excluye el soporte de árbitros privados
para resolver litigios) pero no expandir las tareas estatales en áreas que no
le competen en una sociedad abierta.
Por último para las acreditaciones de estudios primarios, secundarios y
universitarios se aplica el mismo criterio señalado en cuanto a instituciones
especializadas y academias en competencia por niveles de excelencia local e internacional,
también en auditorias cruzadas en lugar de ministerios de educación (una
función un tanto peculiar, como si educar pudiera imponerse desde el vértice
del poder político en lugar de un proceso abierto de prueba y error). La
politización queda marginada en el sistema libre y nunca sucederían casos como
el argentino donde el ministerio de educación acreditó a la par de otras casas
de estudio la llamada Universidad de las Madres de Plaza de Mayo que ha probado
ser más bien un campo de entrenamiento de terroristas. Y no se trata de apuntar
a tener “mandamases buenos” para la educación, se trata de abrir el sistema, es
cuestión de incentivos.
Lo primero en este cuadro de situación es entender la naturaleza del
interés personal sobre lo que ya he consignado en otra ocasión y ahora reitero
parcialmente. Todos
los actos se llevan a cabo por interés personal. En el lenguaje coloquial se
suele hablar de acciones desinteresadas para subrayar que no hay interés
monetario, pero el interés personal queda en pie. En verdad se trata de una
perogrullada: si el acto en cuestión no está en interés de quien lo lleva a
cabo ¿en interés de quien estará?
Estaba en interés de la Madre Teresa el cuidado de los leprosos,
está en interés de quien entrega su fortuna a los pobres el realizar esa
transferencia puesto que su estructura axiológica le señala que esa acción es
prioritaria, también está en interés del asaltante de un banco que el atraco le
salga bien y también para el masoquista que la goza con el sufrimiento y
así sucesivamente. Todas las acciones contienen ese ingrediente ya sean actos
sublimes o ruines. Una buena o mala persona se define por sus intereses.
En esta línea argumental, Erich Fromm escribe en Man
for Himslef. An Inquiry into the Psychology of Ethics que “La falla
de la cultura moderna no estriba en el principio del individualismo, no en la
idea de que la virtud moral equivale al interés personal, sino en el deterioro
del significado del interés personal; no en el hecho de que la gente está
demasiado interesada en su interés personal, sino en que no están interesados
lo suficiente en su yo”. Es decir, el problema radica en que la gente no se
ocupa lo suficiente de cuidar su alma.
Es curioso pero en la interpretación convencional parecería que
uno tiene que abdicar deunomismo, lo
cualconstituyeunatraicióngrotescaalamaravilladehabernacido.
La primera obligación es con uno mismo y, además, si no hay amor propio no
puede haber ningún tipo de amor hacia el prójimo. La persona que se odia a si
misma es incapaz de amar a otro, puesto que el amar al prójimo
necesariamente debe proporcionar satisfacción al sujeto que ama.
Es sumamente interesante detenerse a meditar sobre la reflexión
de Sto. Tomás de Aquino en la materia, así en la Suma Teológica afirma
que “Amarás a tu prójimo como a ti mismo, por lo que se ve que el amor del
hombre para consigo mismo es como un modelo del amor que se tiene a otro. Pero
el modelo es mejor que lo modelado. Luego el hombre por caridad debe amarse más
a si mismo que al prójimo” (2da, 2da, q. xxvi, art. iv).
En el amarás a tu prójimo como a ti mismo, la clave radica en el
adverbio “como”. Hay solo tres posibilidades: que el amor sea igual, mayor o
menor. Las dos primeras constituyen inconsistencias lógicas, por ende, se trata
de la tercera posibilidad. En el primer caso, si fuera igual no habría acción
alguna puesto que para que exista acción debe haber preferencia, la
indiferencia, en este caso la igualdad, no permite ningún acto. Si en un
desierto hay una persona muriéndose de sed y tiene una botella de agua a la
derecha y otra a la izquierda y se mantiene indiferente, se muere de sed.
Para no sucumbir debe preferir, esto es inclinarse más por una de las
alternativas.
En segundo lugar, si se sostuviera que el amor al prójimo es
mayor que el amor propio se estaría incurriendo en un sinsentido puesto que,
como queda dicho, el motor, la finalidad de la acción, la brújula, el mojón y
el punto de referencia es el interés personal lo cual define la acción que, por
ende, no puede ser menor que el medio a que se recurre para lograr ese
cometido. En consecuencia es siempre menor el amor al prójimo que a uno mismo.
Esto incluso se aplica al que da la vida por un amigo: ese arrojo y esa
decisión se lleva a cabo porque para quien entrega la vida por un amigo es un
acto por él más valorado que cualquier otra acción altrernativa.
A veces se confunden conceptos porque aparecen problemas
semánticos de peso. El interés personal no debe ser confundido con el egoísmo
ya que esta última expresión significa que el medio que le satisface al sujeto
actuante no está nunca fuera de su propio ser. De este modo, no es concebible
para el egoísta la satisfacción y el bienestar de otros. El interés personal,
sin embargo, abarca acciones cuyos medios para la satisfacción de quien actúa
son también otros o incluso principalmente otros. En este sentido es pertinente
recordar una reflexión de uno de los más destacados pensadores de la Escuela
Escocesa del siglo xviii, Adam Ferguson, quien en su History of Civil
Society afirma que “Por su parte, el término benevolencia no es
empleado para caracterizar a las personas que no tienen deseos propios; apunta
a aquellos cuyos deseos las mueven a provocar el bienestar de otros”.
Otra expresión un tanto confusa y que además se traduce en una
contradicción es la de “altruismo” si se la define con el ingrediente que
señala el Diccionario de la Real Academia Española en cuanto a que consiste en
la “complacencia en el bien ajeno aun a costa del propio”, materia que han explorado
filósofos de fuste en distintas ocasiones. Hacer el bien a costa del propio
bien hemos visto que resulta en un imposible puesto que quien hace el bien es
porque prefiere esa conducta, es porque lehacebien,
es porque le interesa proceder en esa dirección.
Desafortunadamente a veces se confunde el concepto de
individualismo que significa ni más ni menos el respeto a las autonomías de
cada uno y para nada el aislacionismo, por el contrario, suscribe con
entusiasmo la cooperación libre y voluntaria entre las personas. En cambio, son
los socialismos o los llamados comunitarismos colectivistas los que son
aislacionistas al trabar vínculos entre las personas, desde las tarifas
aduaneras mal llamadas “proteccionistas” y las infinitas intervenciones de los
aparatos estatales entre partes que actúan de modo legítimo.
El interés personal y la autoestima apuntan a la felicidad de
cada uno que es el objeto último de todos. Debe estarse muy en guardia de
quienes alardean de “amor al prójimo” mientras proponen sistemas autoritarios
que prostituyen la misma noción de amor y, en la práctica, fomentan el odio.
También, como consigna Tibor Machan en su obra titulada Generosity,“Un
acto de generosidad requiere como primer requisito la propiedad privada”,
puesto que la beneficencia y la solidaridad demandan la entrega de lo que
pertenece al donante, entregar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno es un
asalto aunque pueda ser legal.
En cuanto a la generosidad sería interesante que los gobiernos
abran una pagina pública en Internet que puede denominarse Registro de Genuina
Solidaridad con los nombres de las personas y respectivos documentos de quienes
donan voluntariamente en proporción a sus ingresos para ayudar al prójimo y no
estar alardeando de “solidario” con recursos arrancados del vecino a través de
los aparatos estatales. Todos somos pobres o ricos según con quien nos comparemos.
No es coherente vociferar con que siempre son los otros los que tienen que dar.
En resumen, la maximización de incentivos de buena calidad se
obtiene allí donde se respetan derechos de propiedad a los efectos de lograr la
mejor dosis posible de cooperación social en el contexto de los respectivos
intereses de las partes contratantes. Por eso es tan importante prestar debida
atención a la tradición de pensamiento liberal. Lo propio se cuida, lo de todos
no es de nadie. No se tira basura en el living de la propia casa, mientras que
se suele arrojar en lo que es teóricamente de todos, por eso da tanto trabajo
mantener limpio lo que se dice es de todos en cambio brillan los centros
comerciales y los barrios cerrados o el inmenso territorio de Disney. Es un
tema de incentivos y no de propaganda. Hay que despejar telarañas mentales.
Una de las falacias más recalcitrantes de nuestra época consiste en
sostener que es muy bueno para un país exportar y es inconveniente importar, o
dicho en otros términos el objetivo debiera ser exportar más de lo que se
importa al efecto de contar con un “balance comercial favorable”. Esta conclusión deriva del mercantilismo del
siglo xvi que seguía el rastro de las sumas dinerarias, sin percatarse que una
empresa puede tener alto índice de liquidez y estar quebrada. Lo importante
para valorar la empresa o el estado económico de una persona es su patrimonio
neto actual y no su grado de liquidez.
En última instancia, el mercantilismo se resumía en que en una
transacción el que gana es el que se lleva el dinero a expensas de quien
obtiene a cambio un bien o un servicio. Esto en economía se conoce como el
Dogma Montaigne pues ese autor (Michel Montaigne, 1532-92) desarrolló lo dicho
en el contexto de la suma cero: “la pobreza de los pobres es consecuencia de la
riqueza de los ricos”, sin comprender que en toda transacción libre y
voluntaria ambas partes ganan y que la riqueza es un concepto dinámico y no
estático. El que obtiene un servicio o se lleva un bien a cambio de su
dinero es porque valora en más lo
primero que lo segundo, lo cual también sucede en valorizaciones cruzadas con
el vendedor que valora en más la suma dineraria recibida a cambio.
Lo ideal para un país es que sus habitantes puedan comprar y comprar del
exterior sin vender nada, pero lamentablemente esto se traduciría en que el
resto del mundo le estaría regalando bienes y servicios al país en cuestión y
en nuestras vidas apenas si podemos convencer a nuestros familiares que nos
regalen para nuestros cumpleaños. Entonces, reiteramos, lo ideal es contar con
el balance comercial más “desfavorable” posible pero las cosas no permiten
proceder de esa manera por lo que no hay
más remedio que exportar para poder importar o utilizar el balance neto de
efectivo como veremos a continuación. El
objetivo de un país y el objetivo de cada persona es comprar no vender, la
venta o la exportación es el costo de
comprar o importar.
Ahora bien, como reza nuestro título, lo relevante no es el balance
comercial sino el balance de pagos que siempre está equilibrado en un mercado
abierto tanto en un país como en cada persona. Veamos el asunto más de cerca,
el balance de pagos significa que los ingresos por ventas o exportaciones son
iguales a los gastos por compras o importaciones más/menos el balance neto de
efectivo o cuenta de capital. Por ejemplo si una persona o un grupo de ellas
(país) recibe en un período determinado ingresos o exportaciones por valor de
100 y sus compras o importaciones en ese mismo período fueron 400 quiere decir
que su balance de efectivo o el uso de los capitales asciende a 300: 100 = 400
– 300 o si al ingresar o exportar por 200 sus gastos o importaciones fueron 50
el balance de pagos será 200 = 50 + 150 y así sucesivamente. Nunca hay
desequilibrios en el balance de pagos.
Por lo dicho es que Jacques Rueff en su obra titulada The Balance of Payments concluye que “El
deber de los gobiernos es permanecer ciegos frente alas estadísticas de
comercio exterior, nunca preocuparse de ellas, y nunca adoptar políticas para
alterarlas […] si tuviera que decidirlo no dudaría en recomendar la eliminación
de las estadísticas del comercio exterior debido al daño que han hecho en el
pasado, el daño que siguen haciendo y, me temo, que continuarán haciendo en el
futuro”.
Veamos desde otro ángulo la sandez de los partidarios de los balances
comerciales “favorables o desfavorables” con una ironía desplegada por el
economista decimonónico Frédéric Bastiat en su ensayo sobre comercio exterior.
Cuenta que un francés compra vino en su país por valor de un millón de francos
(hoy denominados en euros) y lo transporta a Inglaterra donde lo vende por dos
millones de francos con los que a su vez compra algodón que lleva de vuelta a
Francia. Al salir de la aduana francesa el gobierno registra exportaciones por
un millón de francos y al ingresar con el algodón el gobierno registra
importaciones por dos millones de francos, con lo cual este personaje es
condenado por contribuir a que Francia tenga un “balance comercial
desfavorable”.
Bastiat continúa su relato diciendo que otro comerciante francés también
compró vino por un millón de francos en su país y lo transportó a Inglaterra
pero no le dio el cuidado que requería el vino en el transcurso del viaje,
debido a lo cual pudo venderlo solo por medio millón de francos en aquél país
con lo que adquirió algodón inglés que ingresó a Francia. Un negocio ruin, pero
esta vez el gobierno francés contabilizó en la aduana una exportación por un
millón de francos y una importación por medio millón de francos ¡ por lo que
fue alabado porque contribuyó a generar un “balance comercial favorable” !
¿Puede haber un dislate mayor en esta conclusión?
Más aun, el antes mencionado Rueff en el mismo libro citado dice que
para seguir con el absurdo de los razonamientos sustentados en los mal llamados
balances comerciales favorables y desfavorables habría que exportar todo y luego
“mandar toda la producción nacional al fondo del mar” al efecto de reducir al
máximo posible la posibilidad de comprar del exterior. Pero, como queda dicho,
el objeto de la venta o exportación es la compra o importación y el tipo de
cambio empuja incentivos en una u otra dirección: al exportar baja la relación
de cambio respecto a la divisa extranjera lo cual, a su turno, incentiva a la
importación pero al importar se encarece la divisa extranjera en términos de la
local, situación que frena las importaciones y estimula la exportaciones.
Si alguien dijera que conviene solo exportar y evitar importaciones
haría que el valor de la divisa extranjera se desplome con lo cual se frenan
las mismas exportaciones que se desean promover. El mercado cambiario regula
los brazos exportadores e importadores. Claro que si los gobiernos manipulan el
tipo de cambio y las deudas externas gubernamentales sustituyen las entradas
genuinas de capital, todo se trastoca.
Si un país fuera absolutamente inepto para vender al exterior y no es
capaz de atraer capitales, nada tiene que temer en cuanto a desajustes en sus
cuentas externas puesto que nada podrá comprar del exterior.
Pero en el fondo subyace otra falacia de peso y es que los aranceles
puede promover la economía local. Muy por el contrario, todo arancel significa
mayor erogación por unidad de producto lo cual se traduce en un nivel de vida
menor para los locales puesto que la lista de lo que pueden adquirir
inexorablemente se contrae. En realidad el “proteccionismo” desprotege a los
consumidores en beneficio de empresarios prebendarios que explotan a sus
congéneres.
En no pocas evaluaciones de proyectos hay quebrantos durante los
primeros períodos que naturalmente se estima serán más que compensados en
períodos ulteriores. Entonces si en un emprendimiento se comprueban pérdidas
proyectadas durante las primeras etapas, son los empresarios en cuestión los
que deben absorber los quebrantos del caso y no pretender endosarlos sobre las
espaldas de los contribuyentes vía los aranceles. Y si esos empresarios no
cuentan con los recursos suficientes pueden vender el proyecto para participar
con otros socios locales o internacionales. A su vez si nadie en el mundo se
quiere asociar al proyecto es por uno de dos motivos: o el proyecto es un
cuento chino (lo cual es bastante habitual en el contexto de “industrias
incipientes” mantenidas en el tiempo) o estando el proyecto bien evaluado
aparecen otros más urgentes y como todo no puede llevarse a cabo
simultáneamente, deberá esperar su turno o dejarlo sin efecto.
Reiteramos que parece
increíble que todavía se siguen empleando los argumentos más retrógrados,
primitivos y cavernarios al efecto de bloquear transacciones de bienes y
servicios a través de las fronteras, como si éstas fueran delimitaciones
mágicas que modifican todos los principios de sensatez y cordura en el contexto
de culturas alambradas.
La base central para
derribar las trabas al comercio exterior es que permite el ingreso de
mercancías más baratas, de mejor calidad o las dos cosas al mismo tiempo. Es
idéntico al fenómeno de incrementos en la productividad: hace menos onerosa las
operaciones con lo que se liberan recursos humanos y materiales para poder
dedicarlos a otros menesteres, lo cual, a su turno, significa estirar la lista
de bienes y servicios disponibles que quiere decir mejorar el nivel de vida de
los habitantes del país receptor.
Este es el progreso.
Todo aprovechamiento de los siempre escasos recursos se traduce en aumento de
salarios e ingresos en términos reales puesto que ello es exclusiva
consecuencia de las tasas de capitalización.
Si se comienza a
preguntar cuales cosas se podrían fabricar como si estuviéramos en Jauja y
todos estuvieran satisfechos, quiere decir que no hemos entendido nada de nada
sobre economía. En verdad la cuestión arancelaria no es diferente de los
efectos que tendrían lugar si se impusieran aduanas interiores en un país o si un
productor de cierto bien en el norte descubre un nuevo procedimiento para
producirlo y consecuentemente lo puede vender más barato y mejor, pero en el
sur lo bloquean debido a que los de la zona lo fabrican más caro y de peor
calidad. Este es el mensaje de los funcionarios de las aduanas de todas partes:
“no vaya usted a traer algo mejor y de menor precio porque perjudicará
gravemente a sus congéneres”.
En un sentido
contrario, este es el significado de los dutyfree que tanto fascinan a todo el
mundo los cuales dejarían de existir si no se interpusieran los aranceles y
tampoco viajarían pasajeros con medio mundo a cuestas en proporción a lo
cerrado al comercio que sean sus países de origen puesto allí podrían adquirir
lo que necesitan en lugar de acarrear pesadas maletas y esconder productos en
los lugares más increíbles del cuerpo para no ser detectados por los antedichos
burócratas (por supuesto que los que imponen semejantes legislaciones ingresan
mercaderías con pasaportes diplomáticos y otras prebendas).
A juzgar por los
voluminosos “tratados de libre comercio” aún no se comprendió que las
cerrazones perjudican especialmente a los países más pobres puesto que el delta
en productividad es mayor respecto a los más eficientes. Resulta tragicómico
que se sostenga que los referidos tratados deben realizarse entre países
iguales, cuando precisamente como en todo comercio la ventaja estriba en la
desigualdad puesto que entre iguales no hay nada que comerciar.
Sin duda que si los
gobiernos introducen dispersiones arancelarias se crea un embrollo que conduce
a cuellos de botella insalvables entre las industrias finales y sus respectivos
insumos. El antes citado Bastiat también
se burla del llamado “proteccionismo” al sugerir que en su época se obligara a
tapiar todas las ventanas de las casas al efecto de proteger a los fabricantes
de candelas de la “competencia desleal del sol”.
Entre otros
despropósitos se argumenta que el control arancelario debe establecerse para
evitar el dumping, lo cual significa
venta bajo el costo que se dice exterminaría la industria local sin percatarse
que el empresario, si el bien en cuestión es apreciado y la situación no se
debe a quebrantos impuestos por el mercado, saca partida de semejante arbitraje
comprando a quien vende bajo el costo y revende al precio de mercado. Pero
generalmente nadie se toma siquiera el trabajo de verificar la contabilidad del
proveedor en cuestión, lo único que preocupa a comerciantes ineficientes es que
se colocan productos y servicios a precios menores que lo que con capaces de
hacer ellos. Lo peligroso es el dumping
gubernamental puesto que se realiza forzosamente con los recursos del
contribuyente (por ejemplo el déficit de las mal llamadas empresas estatales),
de todos modos, en este caso, los perjudicados son los residentes en el país
que impone esta medida pero son beneficiarios quienes reciben en el exterior
regalos a través de bienes más baratos que los que se ofrecen en el mercado.
Es paradójico que se hayan destinado años de
investigación para reducir costos de transporte y llegados los bienes a la
adunada se anulan esos tremendos esfuerzos a través de la imposición de
aranceles, tarifas y cuotas. Hay un dèjávu en todo esto. En resumen, respecto
al tema arancelario, tal como señala Milton Friedman “La libertad de comercio,
tanto dentro como fuera de las fronteras, es la mejor manera de que los países
pobres puedan promover el bienestar de sus ciudadanos […] Hoy, como siempre,
hay mucho apoyo para establecer tarifas denominadas eufemísticamente proteccionistas, una buena etiqueta para
una mala causa”.
En estos momentos de tristeza por
la muerte del muy querido Ezequiel Gallo dejo constancia una vez más de sus
invalorables aportes en ESEADE como profesor en una de las maestrías, como
Director del Departamento de Investigaciones y como Sub Director de
Libertas.
Pero antes que sus notables condiciones profesionales quiero subrayar su
excepcional calidad humana, su don de gentes, su generosidad, su calidez y su contagioso
sentido del humor.
Desfilan por mi mente tantísimos recuerdos de los
seminarios que organizábamos juntos, de nuestros almuerzos periódicos, de
nuestros proyectos y preocupaciones por la excelencia académica y por el
estudio y la trasmisión de los valores y principios compatibles con una
sociedad abierta y, en ese sentido, la exposición a estudiantes de tradiciones
de pensamiento poco desarrolladas y comprendidas en nuestro medio.
Ezequiel no era religioso pero como le manifesté en
más de una oportunidad su conducta, su rectitud y su devoción por el
autoperfeccionamiento lo colocaron siempre en el camino del bien. En este
contexto recuerdo un largo y excepcionalmente jugoso intercambio que mantuvimos
los tres con Jorge García Venturini.
Hasta pronto mi querido amigo !
Pasó una década de la crisis más profunda que vivieron Estados Unidos y el mundo después de 1930 y numerosos economistas sostienen que la escasa regulación de los mercados financieros ha sido la causa de la crisis global. Pero, según la teoría austriaca del ciclo de negocios, el verdadero motivo es exactamente el opuesto.
Seguir leyendo en El Cronista. Publicado el jueves 20 de septiembre de 2018.