Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

El grave problema de politizar lo no politizable – por Alberto Benegas Lynch (h)

Un análisis sobre los graves inconvenientes de encajar en espacios comunes lo que por su naturaleza se administra con mucha mayor eficiencia y mejores resultados para las partes involucradas y para terceros si se asignan derechos de propiedad.

Desde Aristóteles la política alude a los espacios comunes y en todos los textos de teoría política se subraya que la acción en esa materia apunta a la administración de esos territorios que en esta instancia del proceso de evolución cultural se concreta a través de lo que Max Weber denominó el monopolio de la fuerza, es decir, el gobierno. Antes hemos recordado que, entre otros, Leonard Read ha objetado la expresión “gobierno” pues con razón señala que significa mandar y dirigir que es lo que cada persona debe hacer con su vida por lo que sugiere se utilice “agencia de seguridad” o equivalentes, de lo contrario, sigue diciendo, la confusión resultante es igual que llamar “gerente general” al guardián de la empresa.

De entrada declaramos que esta nota periodística no es apta para conservadores, es decir aquellos enredados en telarañas mentales que no conciben nada nuevo que se salga de lo rutinario. Lo que queremos estudiar brevemente en estas líneas son los graves inconvenientes de encajar en espacios comunes lo que por su naturaleza se administra con mucha mayor eficiencia y mejores resultados para las partes involucradas y para terceros si se asignan derechos de propiedad. Tengamos en cuenta que este derecho vital surge del hecho de no haber de todo para todos todo el tiempo, esto es, las necesidades son ilimitadas y los recursos para atenderlas son limitados. De allí derivan los precios y la necesidad de economizar esos recursos escasos al efecto de darle el mejor destino posible. En este contexto, los que le dan buen uso atendiendo los reclamos de su prójimo obtienen ganancias lo cual naturalmente engrosa sus patrimonios y los que no aciertan incurren en quebrantos, una situación esta última que debilita patrimonios. Lo interesante de este proceso es que cada uno para mejorar su situación personal no tiene más remedio que mejorar la condición de sus semejantes. Así, las posiciones patrimoniales relativas no son irrevocables, van cambiando a medida que cambian los gustos y las preferencias de la gente. Desde luego, lo que no es admisible en una sociedad abierta es que se opere en base a privilegios de quienes se alían con los aparatos estatales para explotar a los demás recurriendo a mercados cautivos, exenciones impositivas, aranceles, subsidios y demás prebendas.

Ahora bien, desde 1968 Garret Hardin en la revista académica Science oficializó lo que se conoce como “la tragedia de los comunes”, un concepto de venia de tiempo inmemorial desde las críticas al comunismo de Platón pero su bautismo lo hizo más patente y cercano. Puesto de modo sobresimplificado apuna a señalar que lo que es de todos en definitiva no es de nadie por lo que su uso no es el mismo respecto a cuando el bien en cuestión es privado. Tal como han apuntado autores como Ronald Coase, Harlod Demsetz y Duglass North, es clave el asunto de los incentivos: no es el mismo trato cuando el bien es privado que cuando es estatal.

Es frecuente que el empecinamiento colectivista transforme todo en un antropomorfismo con lo que se machaca que el “pueblo dice” tal o cual cosa, “la nación se pregunta” sobre tal otro asunto, hasta hemos visto en algunos titulares de periódicos el dislate que Estados Unidos “medita” sobre cierta cuestión a lo que África “contesta” de tal o cual manera. En esta curiosa línea argumental, “la sociedad” piensa, se ríe, se enoja y hasta copula.

Cuando irrumpen distraídos que mantienen que “hay que priorizar lo colectivo frente al individualismo” están de hecho diciendo que debe darse prelación a lo abstracto antes que a lo concreto. Como solía decir Borges al despedirse de su audiencia, “saludo a cada uno y no digo a todos porque cada uno es una realidad mientras que todos es una abstracción”. El individualismo respeta y toma como sagrado al individuo en sus derechos y por ende en su dignidad. La caricatura grotesca del individualismo que lo dibuja como una especie de narcisista-aislacionista en verdad alude al colectivismo socialista que impone restricciones, cortapisas y supuestos proteccionismos y consecuentes fronteras alambradas a las relaciones entre las personas, muy al contrario de lo que pretenden los individualistas que maximizan y estimulan las relaciones abiertas entre las personas dentro y fuera del país.

Cuando concluimos que no es conveniente politizar lo no politizable no estamos diciendo que no es posible hacerlo, de hecho es lo que viene ocurriendo en distintas partes del mundo. El manotazo del Leviatán siempre es posible, no es necesario recurrir al chavismo con la sandez de su “exprópiese” para percatarse del problema agudo que esa política provoca, especialmente para los más necesitados. Lo que estamos señalando es su inconveniencia, no su imposibilidad.

Ilustremos este tema solo con un ejemplo: el caso de las mal llamadas empresas estatales. Mal llamadas porque el aspecto medular de la actividad empresaria propiamente dicha consiste en arriesgar recursos propios y no utilizar por la fuerza el fruto del trabajo ajeno. La denominada empresa estatal significa un problema desde el mismo instante en que se constituye puesto que inexorablemente se traduce en una alteración en las prioridades de la gente desde reglones más urgentes a ámbitos menos perentorios. Si el gobierno fuera a hacer lo mismo que hubiera hecho la gente con sus siempre escasos recursos no tendría sentido su intromisión con el consiguiente ahorro de gastos administrativos. Por otra parte, cuando se sostiene que el aparato estatal encara actividades que el sector privado no cubre debido a que son antieconómicas pero, se sigue diciendo, son necesarias para, por ejemplo, atender a pueblitos aislados. Este razonamiento no percibe que ese emprendimiento compulsivo al ser antieconómico desperdicia o derrocha recursos con lo que la sociedad en su conjunto se empobrece por lo que la cantidad de pueblitos aislados se multiplica hasta que, si se insiste en estas políticas, todo el país queda como inviable y aislado económicamente.

De cualquier manera, el punto central en este análisis de las llamadas empresas estatales es nuevamente uno de incentivos: hasta la forma en que se toma café y se encienden las luces no es la misma en una empresa privada que en una estatal. Por este tema crucial de los incentivos es que se hace necesario extender al máximo la asignación de derechos de propiedad en todo lo que sea posible.

Es sumamente relevante percatarse que lo político está en la esfera de las burocracias que si van más allá de la protección de derechos significa la expropiación de lo privativo de cada cual y, por otro lado, lo privado se encuentra en el ámbito de lo que pertenece a la gente, en definitiva quienes deciden sobre lo que les concierne o de lo contrario, decide el político sobre la vida y hacienda de cada persona. No hay otra opción, del mismo modo que la mujer no puede estar semi-embarazada. Y tengamos en cuenta que nunca y bajo ningún concepto hay conflicto de intereses entre las autonomías individuales y el interés general mientras el gobierno se limite estrictamente a la protección de derechos. Como bien han definido Michael Novak y Jorge García Venturini, “el bien común es el bien que es común a cada uno” es decir el respeto recíproco, la preservación de los derechos de cada persona. Por supuesto que si hay parásitos que apuntan a vivir de lo ajeno, se amontonarán para expoliar al resto en manifestaciones permanentes. Pero si se da rienda suelta a la envidia y a las pasiones más bajas las relaciones sociales se convierten en conflictos irreconciliables. Es en este contexto donde se reclaman líderes en lugar de cada uno liderar sus propias vidas al efecto de así evitar que con mayor facilidad lo que pertenece al vecino se succione por la fuerza, un atraco encabezado con entusiasmo por el caudillo del momento.

Si observamos la actitud de políticos desde la tribuna en campaña o los discursos parlamentarios y equivalentes veremos que siempre se trata de personas enojadas, más o menos a los alaridos, siempre apuntando con el dedo y generalmente mostrando los dientes puesto que en todos los casos hay enemigos que combatir, guerras que hay que librar, lo cual, como entre otros ha puesto de manifiesto Bruno Leoni, contrasta abiertamente con lo que ocurre en el mercado donde en las transacciones libres las partes siempre ganan y se agradecen entre si en un clima de paz y armonía, donde no hay escaramuzas campales, trifulcas horrendas, alaridos amenazantes ni conflictos dentro de un necesario respeto recíproco. Es a esto último por lo que debe velar el gobierno, es decir, la seguridad y la justicia para que no hayan lesiones al derecho, lo cual es generalmente lo que los gobiernos no ofrecen con el suficiente esmero pues se dedican a muchos otros menesteres que no les compete por lo que se apoderan en grados crecientes del fruto del trabajo ajeno a través de impuestos insoportables, deudas colosales, inflaciones varias al efecto de financiar gastos elefantiásicos para asegurar sus permanentes aventuras ilegítimas. Es cierto que los liberales recurrimos a la metafórica expresión “batalla cultural” para referirnos a las faenas en el aula y en la redacción de textos para argumentar a favor de la libertad, pero, como decimos, en el proceso de mercado -es decir en materia de arreglos contractuales entre partes- solo hay agradecimientos recíprocos y no luchas, discursos altaneros, amenazas y furiosos enojos en medio de gritos ensordecedores. En el calor de la política, la lucha no tiene nada de metafórica: los improperios, las denuncias, las chicanas, las acusaciones de traición y las exigencias de lealtades absolutas están a la orden del día. En cambio en la así denominada batalla cultural cuanto más refinado y sofisticado el argumento en clase, en una conferencia académica o en un libro, más apreciado resulta todo en el contexto de modales siempre considerados respecto de teorías rivales que son esenciales al efecto de las corroboraciones provisorias que se tornan más rigurosos en la medida que surgen refutaciones solventes.

A contracorriente de lo dicho se ubica el colectivismo, esto es la manía por ampliar el campo de lo colectivo, de extender la tragedia de los comunes en base al retorcido “darwinismo social”. Esto significa la extrapolación ilegítima del campo de la biología al campo de la cultura. Como es sabido, Darwin tomó la idea del evolucionismo de Mandeville, que lo concibió para el campo de las relaciones interindividuales para, como queda dicho, aplicarlo al reino de la biología. Así en este campo la especie apta descalifica a la inepta, pero en el contexto de las relaciones sociales el más fuerte trasmite su fortaleza a los más débiles a través de las tasas de capitalización que constituyen un único factor que permite aumentos en salarios e ingresos en términos reales, a saber, instalaciones, equipos, maquinarias, herramientas y conocimientos relevantes que hacen de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento.

La degradación de la noción original de la democracia se ha convertido en una carrera electoral para comprobar quién promete más desatinos, lo cual hace que los espacios públicos se ensanchen y se encojan los privados con los apuntados resultados respecto a la consecuente ampliación del grado de politización. En este sentido, se hace imperioso imaginar nuevos límites al abuso del poder, de lo contrario resultará imposible zafar del círculo vicioso en el que nos encontramos. Afortunadamente hay un debate en curso sobre esos límites, discusión que debe ser alentada para encontrar cauce a lo que planteamos en esta nota.

Es muy ilustrativo y apropiado cerrar este texto con un pensamiento de Ortega y Gasset en El espectador: “Ahora, por lo visto, vuelven muchos hombres a sentir nostalgia por el rebaño. Se entregan con pasión a lo que en ellos había aun de ovejas. Quieren marchar por la vida bien juntos, en ruta colectiva, lana contra lana y la cabeza caída. Por eso muchos pueblos andan buscando un pastor y un mastín. El odio al liberalismo no procede de otra fuente. Porque el liberalismo, antes que una cuestión de más o menos en política, es una idea radical sobre la vida: es creer que cada ser humano debe quedar franco para henchir su individual e intransferible destino”.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente en Infobae como columna de opinión, 5 de septiembre de 2020.

El aniversario de Alberdi – Por Alberto Benegas Lynch (h)

El sábado pasado se cumplió una nueva fecha del onomástico de quien fuera el mayor artífice de la Constitución liberal argentina. Es de gran interés subrayar que desde su autoexilio en Valparaíso, Alberdi le recomendó a su amigo Félix Frías -en ese momento corresponsal en París del diario chileno “El Mercurio”- que le ofreciera a Gustave de Molinari enseñar en la Universidad de Chile (un autor muy ponderado por Murray Rothbard en su multivolumen Historia del pensamiento económico) pero como el destinatario no pudo aceptar por razones de salud le sugirió que lo hiciera con Jean Gustave Courcelle-Seneuil quien tomó con mucho entusiasmo la invitación y se trasladó a Santiago un par de meses después.

Courcelle-Seneuil fue el primer profesor liberal en el país trasandino con lo allí se abrió una nueva perspectiva y dejó una serie importante de destacados discípulos que lo han homenajeado en muy diversas oportunidades. El que estas líneas escribe publicó por la chilena Universidad del Desarrollo un libro titulado Jean Gustave Courcelle-Seneuil. Un  adelantado en Chile donde se alude en detalle a los temas más importantes de la enseñanza de este distinguido economista francés.

También es del caso hacer referencia a una compilación de Carolina Barros con todos los artículos publicados en Chile por Alberdi en el libro titulado Alberdi, periodista en Chile. Entre muchos otros temas, en estos textos aparecen sus críticas a la tiranía rosista, sus referencias al contrabando debido a “las opresiones por los reglamentos” y a su reiterada preocupación por la educación puesto que “la riqueza no nace por encanto”.

En este último sentido, en el tomo segundo de sus Obras completas resume sus inquietudes en la materia en un ensayo sobre “Asuntos del Plata” donde enfatiza la trascendencia del debate de ideas ya que lo necesario para prosperar es “un buen sistema de opiniones, porque siendo la acción la traducción de las ideas, los hechos van bien cuando las ideas caminan bien”.

Es muy importante contar con sistemas educativos abiertos y competitivos donde nadie desde el vértice del poder se arrogue la facultad de imponer estructuras curriculares puesto que el proceso educativo en busca de la excelencia es por su naturaleza uno de puertas abiertas en un contexto evolutivo de prueba y error. Por no saber en su momento captar las potencialidades de Alberdi es que el Rector de Colegio de Ciencias Morales en Buenos Aires donde lo enviaron parientes desde Tucumán (su madre murió en el parto de Juan Bautista y su padre murió cuando tenía diez años), decimos entonces que por no captar su vocación e inclinaciones es que Manuel Irigoyen -el Rector de ese colegio- informó por escrito que “Alberdi tiene una aversión sin límites al estudio”, por lo que su hermano Felipe lo retiró del colegio durante un período. Mucho más adelante terminó sus estudios de abogado pero no se graduó porque se negó a jurar por el antedicho tirano, trámite de graduación que cumplió luego en Montevideo, título que más adelante revalidó en Chile.

Como consigna en su autobiografía, en la bilblioteca de Alberdi se encontraban obras de Adam Smith, Bentham, John Stuart Mill, Foustel de Coulanges, Say y Constant. Para esta nota periodística basta con resumir su pensamiento en seis citas clave de su obra que ilustran sus principales desvelos. Primero, su crítica al positivismo legal: “saber leyes, pues, no es saber derecho”. Segundo, su aversión al estatismo: “El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública.” Tercero, su advertencia respecto a las cargas fiscales: “Después de ser máquinas del fisco español, hemos pasado a serlo del fisco nacional, he aquí todo la  diferencia. Después de ser colonos de España, lo hemos sido de nuestros gobiernos patrios.” Cuarto, su arenga a la energía creadora en libertad: “¿Qué exige la riqueza de parte de la ley para producirse y crearse? Lo que Diógenes exigía de Alejandro, que no le haga sombra.” Quinto, su alarma frente a la inflación: “Mientras el gobierno tenga el poder de fabricar moneda con simples tiras de papel que nada prometen, ni obligan a reembolso alguno, el ´poder omnímodo´ vivirá inalterable como un gusano roedor en el corazón de la Constitución.” Y sexto, los límites del poder para que centre su atención en la seguridad y la justicia: “Si los derechos civiles del hombre pudiesen mantenerse por sí mismos al abrigo de todo ataque, es decir, si nadie atentara contra nuestra vida, persona, propiedad, libre acción, el gobierno del Estado sería inútil, su institución no tendría razón de existir.”

Publicado originalmente en El Economista, 31 de agosto de 2020.

Maldita coyuntura – por Alberto Benegas Lynch (h)

Con frecuencia y justificadamente aparecen amargas quejas por la demora en comprender los fundamentos morales y los inmensos beneficios que procura el adoptar los postulados y los valores de la tradición de pensamiento liberal. Esto es así en gran medida por la obsesión de muchos de centrar su atención en la coyuntura en lugar de debates y propuestas de de fondo que permiten abrir horizontes y marcar agendas que, entre otras cosas, hace posible contar con coyunturas razonables en el futuro. De lo contrario se opera como perros histéricos en círculo intentando morderse el rabo.

Tomar distancia de la coyuntura resulta indispensable al efecto de pensar en temas sustanciales que apuntan a modificar para bien la situación. Y no es que deba abandonarse la coyuntura, estar informado del día a día es de interés pero circunscribir la atención en estos menesteres bloquea la posibilidad de mirar más lejos y trabajar en la raíz de los males que nos aquejan.

En esta línea argumental mi nuevo libro que acaba de publicar la filial argentina de Unión Editorial de Madrid se titula Maldita coyuntura. Este trabajo se lo dedico a mis cinco extraordinarios profesores son quienes tuve el privilegio de asistir a sus clases: Ludwig von Mises en la Universidad de New York, Friedrich Hayek en la Universidad de Cambridge (King´s College), Israel Kirzner y Hans Sennholz en la Foundation for Economic Eduaction (FEE) y Murray Rothbard en un seminario de seis sesiones, una cada quince días en su departamento también en New York.

En esta nota periodística, por razones de espacio, me limito a comentar solo un par de puntos de los que trato en ese libro como una ilustración telegráfica sobre la necesidad de debatir ideas de fondo. Anticipo que no es un texto apto para conservadores, es decir, aquellos que están envueltos en telarañas mentales incapaces de moverse del statu quo.

En primer lugar, la fantasía de la banca central sobre lo que actualmente hay disponible una muy jugosa y nutrida bibliografía, especialmente en el mundo anglosajón pero liderado por el antes mencionado premio Nobel en economía Hayek quien enfatiza que se han demorado siglos en comprender el daño inmenso de unir la religión con el poder político en cuyo contexto dice que espera que no se tarde otro tanto en comprender el grave perjuicio de atar el dinero al gobierno. Es que los banqueros centrales por más probos profesionalmente y honestos que sean solo pueden encaminarse por una de tres posibilidades: a que tasa expandir, a que tasa contraer o dejar inmodificada la base monetaria. Pues cualquiera de los tres caminos inexorablemente distorsionan los precios relativos, esto es, serán distintos de lo que hubieran sido de no haber mediado la intromisión estatal. Y si se pretende el contrafáctico que los banqueros centrales tienen la bola de cristal y operan del mismo modo que la gente hubiera hecho, queda contradicho este supuesto de modo bifronte: primero no tiene sentido la intervención si la autoridad monetaria hace lo mismo que hubiera hecho la gente con los consiguientes ahorros en gastos administrativos. Y segundo, el único modo de saber las preferencias de la gente es dejarla actuar libremente.

Las cartas orgánicas de las bancas centrales consignan que su misión es preservar el poder adquisitivo de la unidad monetaria, lo cual no ha cumplido ningún banco central en la historia de la humanidad. Lo que sugiere enfáticamente Hayek, seguido por muchos otros autores contemporáneos es que la moneda administrada por los gobiernos es solo para expoliar a la gente del fruto de su trabajo y que las poblaciones deben elegir cual es la moneda de su preferencia en un proceso abierto y competitivo de auditorías cruzadas.

El segundo y último punto con que ejemplifico el contenido mi libro es con el célebre debate estadounidense poco conocido en el mundo hispanoparlante y es el que tuvo lugar en el siglo xviii entre los federalistas y los denominados anti-federalistas (paradójicamente más federalistas que los federalistas). En esta discusión pública a través de los medios escritos del momento, se acordaba en la necesidad de descentralizar y fraccionar el poder en un contexto competitivo entre regiones, municipalidades, provincias o en el caso comentado estados de la entonces confederación. Tuvo muchas derivaciones este debate pero lo relevante para destacar en esta nota es la manifiesta desconfianza en el poder central y la relevancia de los incentivos para mantener en brete al Leviatán. Entonces, independientemente de las inclinaciones políticas de cada gobernante local, la preocupación porque los habitantes no se muden a otra jurisdicción y la necesidad de atraer inversiones tiende a hacer que se apliquen impuestos razonables lo cual a su turno hace que el gasto se controle.

En un plano más amplio es del caso apuntar que desde la perspectiva liberal la única razón de contar con distintas naciones es la de evitar los fenomenales riesgos del abuso de poder de un gobierno universal, pero imponer fronteras alambradas constituye una demostración del espíritu troglodita que no comprende el sentido del federalismo y la consecuente descentralización en el ámbito internacional.

Publicado originalmente en El País de Uruguay, 29 de agosto de 2020.

DE ESCLAVO A INSIGNE MAESTRO DE LA CIVILIZACIÓN – Por Alberto Benegas Lynch (h)

No es cuestión de hacer terapia de grupo con mis lectores pero confieso que crujo por dentro cuando constato la criminal capacidad de humanos por haber aceptado el espanto de la esclavitud. Hasta Aristóleles sostuvo sin avergonzarse que unas personas nacían para mandar y otras para obedecer.

En mi biblioteca siempre tuve retratos de mis amigos, muchos de los cuales no conocí personalmente pero como escribía Leonard Read la amistad profunda requiere coincidencia de valores y no necesariamente coincidencia en la contemporaneidad. En primera línea aparece el rostro del gran Frederick Douglass (circa 1818-1895) enmarcado con el necesario esmero.

Tengo delante de mi dos libros sobre este personaje, uno de Timothy Sandefur titulado Frederick Douglass. Self-Made Man y el otro que contiene tres autobiografías decimonónicas de Douglass ponderadas por escritores de fuste por su notable prosa y editadas en forma conjunta en New York por The Library of America, en 1994. Fue esclavo, pudo escapar de ese tormento y fue uno de los más claros y persistentes oradores y escritores del abolicionismo y la sociedad libre. Contaba con una muy nutrida biblioteca, algunos de sus libros en alemán un idioma que había aprendido con gran esfuerzo y constancia, buen violinista y muy compenetrado con los principios de los Padres Fundadores en cuanto a sus nociones del derecho, el sistema republicano y el federalismo. En su discurso titulado “¿Qué significa el cuatro de julio para la esclavitud?” sentenció que “Los Padres Fundadores eran hombres de paz pero preferían la revolución a la sumisión, eran hombres tranquilos pero no dudaban en la agitación frente a la opresión. Creían en el orden pero no en el orden de la tiranía.” Todo esto a pesar de la fenomenal inconsistencia que algunos tenían esclavos, pero sus principios llevados a la práctica convertían en absolutamente insostenible la esclavitud.

Las cacerías humanas en África, muchas veces con la complicidad de los propios negros, el transporte de esclavos en las roñosas bodegas de los barcos negreros donde iban encadenados unos a otros, vomitándose encima en medio de las ratas y las pestes, todo para ser vendidos -si llegaban a destino con vida- en países considerados civilizados y luego usados y abusados como “herramientas parlantes”. No se comprende estas ignominias, este cachetazo más brutal e inmisericorde a la dignidad y al mínimo respeto.

Frederick Douglass nació  con otro nombre en Maryland en fecha desconocida (“no conocí un esclavo que supiera cuando era su cumpleaños” nos dice el personaje del presente relato), de padre blanco y madre esclava de quien “destetaron” cual animal de muy niño. Durante un tiempo ella se desplazaba a píe a través de muchos kilómetros para verlo un ratito a su hijo de noche y poder volver extenuada para iniciar sus labores forzadas en los campos y así evitar los latigazos como pena por el retraso. No lo dejaron verla cuando estaba enferma ni estar con ella cuando murió tempranamente.

Son indecibles las mil y una peripecias por las que pasó Federick Douglass (apellido que el mismo se puso mucho después como homenaje a uno de los personajes de una novela de Walter Scott, agregándose una s adicional). Nadie puede contener las lágrimas al leer los padecimientos increíbles que tuvo que absorber como esclavo, al límite de perder la razón.

Tuvo, sin embargo, la dicha (por llamarla de alguna manera) de que la mujer de uno de sus “amos” le enseñara los primeros pasos de la lectura, hasta que el sátrapa descubrió el hecho y prohibió la continuación del aprendizaje puesto que sostuvo que “lo único que un esclavo debe saber es la voluntad de su dueño”. En la más absoluta clandestinidad continuó con las tareas de lectura y aprendió a escribir merced a un librito de gramática de Webster que le obsequió otro esclavo y luego con libros prestados.

Repudió de la forma más vehemente la posición adoptada por las iglesias del momento en cuanto a las enfáticas  adhesiones de sus representantes a la esclavitud, lo cual lo hizo perder su fe en Dios. Veía a sus explotadores salir del templo del brazo de los predicadores. Mucho después  recuperó sus creencias debido a un pastor metodista “excepcional” que mantenía una postura coherente con la religión. 

Vale la digresión para decir que como le señaló el referido pastor, cultivar la religatio consiste en conectar la relación con Dios como la Primera Causa, puesto que si las causas que nos dieron origen fueran en regresión al infinito querría decir que no podríamos estar aquí ahora puesto que nunca habrían comenzado las causas que permitieron nuestra existencia. Se trata de nuestro esfuerzo por la autoperfección, es decir, nuestra faena por acercarnos al Ser Perfecto y el sentido de trascender lo meramente material y circunstancial como seres dotados de psique para poder pensar, argumentar, elaborar juicios independientes de los nexos causales inherentes a la materia, la posibilidad de autoconocimiento, distinguir proposiciones verdaderas y de las falsas y tener ideas autogeneradas, a diferencia de una máquina o un loro. Esta concepción espiritual de la religiosidad y la dignidad del ser humano dista mucho de acatar barrabasadas de predicadores irresponsables que mutilan gravemente el respeto irrestricto a través de la condena a diversas manifestaciones de la sociedad abierta y, por otra parte, el Big-Bang alude a lo contingente mientras que la Primera Causa remite a lo necesario.

El 3 de septiembre de 1838 Douglass logró finalmente fugarse y a partir de entonces a través de infinitas vicisitudes adicionales y marchas y contramarchas logra tomar contacto con otros abolicionistas (muy especialmente con el célebre William Lloyd Garrison). Posteriormente viaja a Inglaterra e intima con los liberales John Bright y Richard Cobden y se hace miembro del “Free Trade Club” y comienza a pronunciar conferencias sobre distintos aspectos de la libertad, los derechos civiles y la igualdad ante la ley, en Irlanda, Escocia y luego en Canadá y Estados Unidos (principalmente en New York, Michigan y Winsconsin), no sin riesgos y, en más de una oportunidad, absorbiendo palizas por parte de la audiencia y en medio de escaramuzas de tenor diverso.

Se casó y fundó  una familia que volvió a renovar cuando murió su mujer, esta vez casándose con una blanca que lo acompañó hasta el final de sus días. Fundó sucesivamente dos revistas: “North Star” y “Douglass Monthly” y los conoce a Ralph Waldo Emerson y a Henry David Thoreau quienes también influyen en su pensamiento junto con Harriet B. Stowe la célebre autora de La cabaña del Tio Tom.

Las antedichas tres autobiografías que escribe Douglass en distintos momentos de su vida constituyen un grito de liberación del espíritu humano y un canto a la notable potencia que surge de la voluntad de hierro y el carácter indomable de una persona oprimida que no se resigna a esa condición.

No soy propenso a utilizar la palabra “héroe” porque es una expresión que ha sido muy bastardeada (generalmente para hacer referencia a quienes ponen palos en la  rueda para la convivencia civilizada y agreden a otros), pero esta vez la empleo porque considero que estamos frente a un verdadero héroe, es decir, “una persona que ha realizado una hazaña admirable para la que se requiere mucho valor”.

Pudo triunfar en sus propósitos merced a su perseverancia y su decisión inconmovible de salir de las situaciones más espantosas y aterradoras que puedan concebirse. Por eso resulta una afrenta a los pobres el sostener que son propensos a la criminalidad. Esto constituye un insulto a nuestros ancestros ya que todos, sin excepción, provenimos de situaciones miserables (aún que no necesariamente de la condición de esclavos). Entre millonarios se suceden crímenes horrendos, no hay más que constatar los brutales asesinatos perpetrados por las mafias de las drogas, en cuyo caso, tal como documenté en mi libro sobre el tema, el asunto no es de patrimonios sino de valores morales.   

Y, dicho sea de paso, aquellos valores morales enfatizados una y otra vez por Douglass no son fruto de la invención ni del diseño humano sino que están en la naturaleza de las cosas. Taylor Caldwell abre su libro sobre Cicerón son un epígrafe de este notable tribuno quien consigna lo siguiente sobre el poder político: “Divorciado de la Ley eterna e inmutable de Dios, establecida mucho antes de la fundición de los soles, el poder del hombre es perverso, no importa con que nobles palabras sea empleado o los motivos aducidos cuando se imponga”.

De un tiempo a esta parte, tal vez como consecuencia de los galimatías del political correctness, se ha puesto de moda aludir a los negros como “afroamericanos” como si esta denominación los diferenciara del resto de sus congéneres de todo el continente americano de Alaska a Tierra del Fuego.  Antes hemos recordado el hecho de que todos los humanos provenimos de África en un largo y antiquísimo peregrinar. Entre muchos otros, Spencer Wells -biólogo molecular egresado de las universidades de Stanford y Oxford- explica el punto con notable maestría en su obra The Journal of Man. A Genetic Odyssey (Princeton University Press), quien también reitera que el término “raza” no tiene ningún significado puesto que los rasgos físicos como la dosis variable de melanina en la epidermis son cambiantes en procesos evolutivos en una dirección u otra según el también cambiante lugar geográfico en que se ubica la persona y sus descendientes (y no se diga la estupidez de “la comunidad de sangre” ya que están presentes  cuatro grupos sanguíneos en toda poblaciones del planeta). Incluso en el caso de los judíos muchas veces no se percibe que se trata de una religión o de ancestros que la practicaban (por ello no resulta preciso aludir a mentes criminales como “antisemitas” cuando, como bien se ha dicho, en verdad se trata de judeofóbicas). De cualquier modo, catalogar moral o intelectualmente a una persona por sus circunstanciales rasgos faciales es tan torpe, inútil e irrelevante como clasificarlos por la medida de su calzado, el espesor de sus uñas o su altura.

Federick Douglass es el caso desgarrador de una persona de una ejemplar integridad moral que esperemos sirva para iluminar a muchos que habiendo tenido la bendición de nacer libres, abdican de sus responsabilidades por mantener los indispensables espacios de libertad y se entregan encadenados al gobernante como esclavos sumisos y genuflexos, indignos de ser tratados como humanos. 

El personaje de esta columna se oponía tenazmente a las asociaciones sindicales basadas en cualquier forma de compulsión legislativa. Andy Stern, el dirigente sindical del SEIU, uno de los gremios más potentes (de donde Obama obtuvo uno de los mayores apoyos financieros en su campaña electoral) describe muy bien sus inclinaciones: “nosotros proponemos trabajar con el poder de la persuasión, pero si eso no da resultado hay que usar la persuasión del poder”. Douglass dictó seminarios con un estilo oratorio riguroso en sus conceptos y fogoso en sus modos en muy diversas tribunas -como queda dicho en su país y en el exterior- sobre los abusos de sindicatos autoritarios, sobre la relevancia de la propiedad privada, sobre la importancia del comercio internacional libre, sobre la trascendencia de contar con una moneda sana y sobre los basamentos morales de una sociedad libre. 

Para terminar, pongamos en un contexto más amplio la sentencia de Tucídides: “Estén convencidos que para ser feliz hay que ser libre y para ser libre se requiere coraje” y, salvando las distancias temporales y de conducta, el guitarrista y compositor de música rock James Hendrix ha escrito que “Cuando el poder del amor derrote al amor por el poder, el mundo encontrará paz”.

Argentina: un caso de decadencia económica (1910-2016) – Pablo Guido

Pablo Guido habla de las causas que han convertido a Argentina en un país económicamente decadente cuando ya había alcanzado un despegue económico superior al de cualquier país latinoamericano después de la Segunda Guerra Mundial. Una economía cerrada comercialmente, gasto público creciente a lo largo del siglo XX, déficit fiscal crónico, récord de inflación, endeudamiento, población ahorcada con impuestos, intervenciones del Estado en el mercado y protección arancelaria, entre otros, son factores que en su opinión han provocado el desplome que se ha venido dando en una sucesión de crisis.