Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

Las enseñanzas que dejan la convertibilidad y los 90 – por Roberto Cachanosky

La regla monetaria fracasa si no está acompañada de la disciplina fiscal que exige no gastar más de lo que se recauda con impuestos

Cuando se pronuncia la palabra convertibilidad, el común de la gente identifica la convertibilidad con un plan económico. En rigor, la convertibilidad no fue un plan económico, fue una regla monetaria que se estableció en abril de 1991 para frenar el proceso hiperinflacionario en que estaba sumergida la economía argentina.

Roberto Cachanosky, Economista / Profesor de Economía Superior en la Maestría en Economía y Ciencias Políticas en ESEADE

La convertibilidad del peso al dólar funcionaba de la misma forma que funcionaba antiguamente la caja de conversión del peso al oro. En vez del peso ser convertible a oro, era convertible al dólar que era la moneda que usaba el argentino como reserva de valor.

Se puede estar de acuerdo o no con un esquema de caja de conversión, sea a dólar o a oro, pero si se está de acuerdo, el punto central es el tipo de cambio al que se entra en la convertibilidad. Si se elige un tipo de cambio con el peso sobrevaluado o, lo que es lo mismo, haciendo que el dólar sea artificialmente barato, se incentivan artificialmente las importaciones y se castigan artificialmente las exportaciones. Argentina se transforma en un país caro en dólares. Si la paridad se fija con un dólar artificialmente caro, se frenan artificialmente las importaciones estableciendo una especie de proteccionismo vía el tipo de cambio.

Tal vez el error fue entrar con un tipo de cambio que no se correspondía con un nivel de gasto público alto que hacía que la economía requiriera de una alta carga tributaria dejando fuera de competencia a los productores locales.

Cabe aclarar que este punto lo resaltó el entonces diputado por la UCEDE, José María Ibarbia cuando se tenía que votar la ley de convertibilidad, quien justamente argumentaba que el tipo de cambio no se correspondía con el nivel de gasto público, lo que hacía que se entrara con un peso sobrevaluado que iba a generar problemas de competencia externa. Lo cual efectivamente ocurrió y por eso muchos industriales recuerdan ese período como la invasión de importaciones y le echan la culpa a la apertura de la economía, cuando en realidad la apertura estaba bien, el problema estaba en un tipo de cambio que, por el nivel de gasto público y presión impositiva, hacían imposible competir.

Y aquí es importante resaltar que el aumento del gasto se produjo más en las provincias que en la Nación. Las provincias llevaron el gasto consolidado de 10,23% del PBI en 1991 a 13,4% del PBI en 2001 cuando estalla la convertibilidad.

En cambio, la Nación baja el gasto de 18% del PBI en 1991 hasta 14,6% y luego vuelve a subir en hacia el final del mandato de Menem y con De la Rúa hasta 16,7% del PBI. Es decir, hacia el final de la convertibilidad, con De la Rúa, el gasto se descontrola tanto en la Nación como en las provincias. Por eso a nivel nacional los intereses de la deuda pública a nivel Nación pasan de 1,8% del PBI en 1991 a 4% del PBI en 2001 y en las provincias trepan de 0,15% del PBI en 1991 hasta 0,83% del PBI en 2001.

Si se entró a la convertibilidad con un tipo de cambio inconsistente con el nivel de gasto público de ese momento, luego se agravó con el aumento del gasto, sobre todo en la gestión de De la Rúa, tanto a nivel nacional y provincial.

Durante un tiempo este problema se disimuló por el ingreso de divisas de las privatizaciones y luego con el endeudamiento, pero la prueba de que no hubo convergencia fueron las altas tasas de interés que se siguieron pagando por los depósitos y préstamos en pesos, comparados con los depósitos y préstamos en dólares.

Las privatizaciones tuvieron una triple función en el plan de estabilización.

  • En primer lugar, sirvieron para bajar el gasto público dado que las pérdidas de las empresas estatales las tenía que cubrir el tesoro. Como el tesoro no tenía recursos genuinos para pagar esas pérdidas, se recurría a la emisión monetaria. Por eso, sirvieron para estabilizar la economía
  • Mejoraron la productividad de la economía y atrajeron capitales para modernizar empresas totalmente ineficientes. Los avisos de los departamentos que se vendían aparecían con la frase: con teléfono. Conseguir un teléfono en la época de ENTEL, la empresas telefónica estatal, era una misión imposible. Los que conseguían un teléfono era porque tenían algún contacto dentro de la empresa. Y se pagaban varios miles de dólares por una línea telefónica. Pasaba lo mismo con las rutas, los subtes, la producción de gas, el sistema energético en su conjunto y tantos otros sectores. Hubo muy buenos marcos regulatorios en algunas privatizaciones, como en el caso de la energía, y otros horribles como en el caso de Aerolíneas y otros regulares.
  • La tercera función de las privatizaciones sirvió para ayudar a regularizar la deuda externa, porque quienes compraban las empresas podían pagar parte con bonos de la deuda que compraban a una paridad muy baja en el mercado pero el estado tomaba los bonos a valor facial.

¿Por qué la convertibilidad, que había dado una estabilidad de precios casi absoluta a partir de 1994/97 terminó en una explosión? Si bien cada uno puede dar su punto de vista, se pueden citar las siguientes razones:

  • Se entró en la convertibilidad con un tipo de cambio que era incompatible con el nivel de gasto público existente al momento de establecerla. Este fue el pecado original con que se entró en la convertibilidad.
  • Esto generó la semilla de presiones devaluatorias durante muchos años y, finalmente, un gobierno políticamente débil como el de De la Rúa fue volteado por sectores que propiciaban la devaluación como solución a todos los problemas. Los devaluadores de siempre querían un dólar caro. Tanto es así que Rodríguez Saa, el primero presidente que reemplaza a De la Rúa, se resistía a devaluar y termina siendo eyectado del gobierno por su mismo partido político y renuncia desde su provincia, San Luis. Si la convertibilidad aguantó tantos años fue, entre otras razones, porque la gente no quería oír hablar de devaluación. Es más, Menem gana la reelección de 1995 con la fusta debajo del brazo, en un momento en que el país estaba en recesión por el efecto Tequila y a pesar que el atentado a la AMIA había ocurrido pocos meses antes, en julio de 1994. El famoso voto licuadora, por la deuda que habían tomado en dólares la gente para comprar electrodomésticos e hipotecas hacía que nadie quisiera escuchar la palabra devaluación.
  • No solo se entró con un gasto público inconsistente con el tipo de cambio que se eligió para el 1 a 1, sino que luego el gasto público, particularmente en las provincias, siguió aumentando. Los bancos le prestaban a las provincias montos que estas no podían cancelar sus deudas. Es decir, parte del sistema financiero era inviable por los créditos que le habían otorgado a provincias que luego no podían pagar.

¿Qué nos enseña ese período? Que el problema sigue estando un nivel de gasto público que si en los 90 era inconsistente para tener estabilidad de largo plazo, hoy es mucho más inconsistente porque durante el auge de las commodities el kircherismo aumentó el gasto consolidado en un 50% respecto a las décadas del 80 y del 90.

En síntesis, no hay artilugio monetario, cambiario o financiero que pueda sustituir las reformas estructurales y menos un nivel de gasto público altísimo e ineficiente.

En la década del 80 el gasto público consolidad, que era 30% del PBI, no se puedo financiar y tuvimos inflación, megainflación, hiperinflación, plan Bonex y default. En los 90 la convertibilidad estalló por los aires porque requirió de endeudamiento creciente para financiar ese nivel de gasto público.

¿Por qué ahora, con un gasto público consolidado que aumentó 50% respecto a las dos décadas mencionadas, la historia va a terminar diferente?

ESTA NOTA FUE ORIGINALMENTE PUBLICADA EN http://www.infobae.com

New research from The Review of Austrian Economics

Richard E. Wagner, Macroeconomics as Systems Theory: Transcending the Micro-Macro Dichotomy. New York: Palgrave Macmillan, 2020. Xiii +313 pages. 119.99 USD (hardback).

Article
Jonathan W. Plante
View
Stephanie Kelton, The Deficit Myth: Modern Monetary Theory and the Birth of the People’s Economy. New York: public affairs, 2020. Xi +325 pages. 30.00 USD (hardback).
Article
Thomas L. Hogan
View

A Monetary and Fiscal History of Latin America, 1960–2017 – by Timothy J. Kehoe and Juan Pablo Nicolini

The Monetary and Fiscal History of Latin America Project was launched in 2013 by the University of Chicago’s Lars Peter Hansen in his former capacity as the Director of the Becker Friedman Institute and as part of its fiscal policy initiative. Upon the advice of Thomas Sargent, New York University, and former Distinguished Fellow of the BFI, and Fernando Alvarez, University of Chicago, the Institute provided funding and other support for this vibrant project initiated and led throughout by the University of Minnesota’s Timothy Kehoe and the Minneapolis Federal Reserve Bank’s Juan Pablo Nicolini. In supporting and hosting this project, the Institute envisioned an intensive research program to produce a comprehensive monetary and fiscal history of the ten largest countries of South America plus Mexico since 1960. Under Kehoe’s and Nicolini’s leadership, and with the extensive efforts of a large number of scholars with expertise on the macroeconomic experiences of Latin American countries, this project delivered with great success on its initial ambition.

The authors of the chapters are country experts who participated in numerous meetings over six years to discuss and receive feedback on their findings that were framed in ways to facilitate comparisons and open the door to novel insights applicable more broadly. Along with the scholarship represented in this book, these economists worked with BFI to create a dynamic database for the eleven Latin American countries under review (https://mafhola.uchicago.edu/), which will inform and inspire scholarship for years to come.

Alberto Benegas Lynch padre y el liberalismo argentino – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Después de la generación del 37 con Alberdi y sus amigos y de la generación del 80 con Roca y sus colegas, primero a partir de Yrigoyen y luego a partir del golpe fascista del 30 y su continuación más acelerada a partir del golpe militar del 43, se instaló el estatismo en nuestro país. Este estatismo desde luego no irrumpió súbitamente. Siempre se trata de un proceso que lleva tiempo para que las nuevas concepciones se vayan filtrando en un primer plano.

Tal como enseña Milton Friedman las ideas que surgen en la superficie son en todos los casos el producto de ideas que vienen operando como corrientes subterráneas durante un tiempo anterior. Como también explica Alexis de Tocqueville, el fenómeno de regresión desde las ideas de la libertad a las del estatismo irrumpe como consecuencia de dar por sentada la prosperidad moral y material fruto del clima de libertad, sin percatarse que ese es el momento fatal, por ello es que Thomas Jefferson ha repetido que “el precio de la libertad es su eterna vigilancia.”

En nuestro caso las ideas keynesianas, cepalinas, socialistas, marxistas y estatistas en general fueron  poco a poco ocupando espacios, especial aunque no exclusivamente en el ámbito universitario, hasta que se produjo la confrontación y resulta que los supuestos defensores de la sociedad libre no tenían argumentos con lo que el avance del intervencionismo estatal fue arrollador y ocupó gran parte del escenario hasta nuestros días.

Los Austríacos

En esa atmósfera Alberto Benegas Lynch padre organizó un seminario con tres estudiantes en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires en 1942 en base a la recién aparecida edición castellana de Gottfried Haberler titulada Prosperidad y depresión publicada ese mismo año y recomendada por uno de los participantes: William L. Chapman que mucho más adelante fuera Decano de esa Facultad, en cuyo carácter hizo de anfitrión a la invitación de mi padre a las célebres seis conferencias en 1959 de Ludwig von Mises en esa casa de estudios y también luego colega de mi padre en la Academia Nacional de Ciencias Económicas. Los otros dos eran Carlos Luzzetti que terminó sus estudios en la Universidad de Oxford y José Santos Gollán (h) que finalmente cambió de carrera a la filosofía y fue Decano de la Facultad de Filosofía y Letras también de la Universidad de Buenos Aires.

Alberto Benegas Lynch padre

Ese grupo según relata Chapman se los conocía con cierta sorna como “los Austríacos” pues debatían sobre contribuciones de la Escuela Austríaca, especialmente referida a la teoría del ciclo desarrollada por el antes mencionado Mises y por el mas adelante premio Nobel en economía Friedrich Hayek, en cuyo contexto -tal como escribe el doctor Luzzetti en uno de sus artículos- estudiaron algunos de los autores que Haberler cita en su obra, además de los dos anteriormente referidos a Machlup, Robbins, Strigl, Röpke y Wicksell junto a las descripciones de fases del ciclo, la noción del interés, el ahorro, la demanda de préstamos, la estructura de la producción,  los consiguientes errores contables y la naturaleza de la crisis.

En todo caso este grupo minúsculo se adentró en esta tradición de pensamiento a través de ese primer texto. Como escribe mi padre en su libro Por una Argentina mejor de Editorial Sudamericana, en 1950 en un viaje a Estados Unidos lo visitó a Leonard E. Read, fundador y presidente de la Foundation for Economic Education quien lo llamó telefónicamente a von Mises a la Universidad de New York para arreglar una entrevista con mi padre la cual, al concretarse, a su vez derivó en una carta de presentación para Hayek en ese momento en la Universidad de Chicago. En esas visitas mi padre les anunció su idea de establecer una institución en Buenos Aires para reflotar las ideas liberales, lo cual pudo llevar a cabo con un grupo de amigos y colaboradores siete años más tarde debido a que residió en Estados Unidos con su familia durante tres años.

La novel entidad se estableció con el nombre Centro de Estudios sobre la Libertad y esos profesores fueron los tres primeros en disertar en aquella tribuna. Con el tiempo también disertaron en esa entidad Bruno Leoni, Luis Rougier, Arthur Shenfield, Percy Greaves, Henry Hazlitt, Gotffried Dietze, Luis Baudin, Hans Sennholz, Sylvester Petro, Robert G. Anderson,  Donald Dozer y Benjamin Rogge.

Divulgación de ideas

El Centro de Estudios sobre la Libertad becó a numerosos profesionales jóvenes de nuestro país para seguir estudios de grado y posgrado en Estados Unidos, publicó periódicamente la revista “Ideas sobre la libertad”, tradujo una colección de cuarenta y nueve obras al castellano, algunas en colaboración con la Fundación de la Bolsa de Comercio de Buenos Aires donde mi padre también se desempeñaba como miembro de Consejo Directivo y, asimismo, con esa entidad se organizaron cursos y seminarios en prácticamente todas las provincias argentinas.

En la publicación del Centro realizada por su Secretario de Redacción, Floreal González se reproducen jugosas cartas de Hayek y Mises enviadas a mi padre cuando apareció el primer número de la antedicha revista. En el primer caso, en misiva fechada el 25 de octubre de 1958, concluye que “Puede estar seguro que todos mis esfuerzos más sinceros y cordiales acompañan la tarea que usted y sus amigos realizan”. Y el segundo, el 28 de octubre de 1958, termina su mensaje afirmando que “Debemos oponer a la literatura del engaño una literatura de la verdad. Desde ese punto de vista recibo con entusiasmo su nueva revista y le deseo pleno éxito a usted y a sus colaboradores”.

El rol de la prensa

A partir de entonces, desde fines de los 60 y especialmente a partir de los 70 y hasta nuestros días afortunadamente para nuestra tierra otros siguieron esa huella tan necesaria a los efectos de alimentar la rica y evolutiva tradición liberal. En todo caso, subrayo que uno de los canales más fértiles para explicar y difundir el ideario liberal fue sin duda “La Prensa” de Argentina donde mi padre publicó asiduamente merced a la cercana amistad con su Director y notable periodista Alberto Gainza Paz, con su estrecho colaborador el también ejemplo de coraje e integridad moral Alfonso de Laferrere y más adelante con el prolífico Emilio Hardoy. De un tiempo a esta parte se observa con deleite que este gran diario retoma su espíritu original para bien de nuestro país y del periodismo independiente (una redundancia pero dadas las circunstancias vale el adjetivo).

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, miembro de las Academias Nacionales de Ciencias Económicas y de Ciencias de Buenos Aires, autor de 27 libros y Presidente del Consejo Académico de la Fundación Libertad y Progreso.

Publicado originalmente en la edición impresa del suplemento de economía del diario LA PRENSA, domingo 14 de febrero de 2021.

¿Qué es la ideología? – por Alberto Benegas Lynch (h)

Hay tres interpretaciones de la expresión consignada en el título de esta nota periodística. En primer lugar, la definición de diccionario como conjunto de ideas, en segundo término la referencia marxista como falsa conciencia de clase y, por último, la acepción más generalizada cual es una doctrina cerrada, terminada e inexpugnable. Esto último es lo que habitualmente predomina en la parla convencional.

De ahí que un ideólogo es un dogmático. En este sentido escribí una columna hace tiempo titulada “El liberalismo como anti-ideología” al efecto de subrayar que la tradición liberal significa apertura mental a procesos evolutivos, siempre en estado de ebullición atentos a nuevos paradigmas, ya que como bien apunta Karl Popper el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones. Por eso es que en la ciencia no hay tal cosa como verificación sino siempre corroboración provisoria.

Dicho esto irrumpen una seria de entuertos vinculados al vocablo de marras. Por ejemplo, se dice que no deben juzgarse las vacunas contra el Covid por la ideología que predomina en los países donde se producen sino por la efectividad de las mismas. Esto es una verdad de Perogrullo pero también es menester tener en cuenta que no inspira la misma confianza la producción de un medicamento por parte de Al Capone que si lo recomienda Albert Schweitzer.

Por otra parte, también se insiste que no hay que ideologizar debates políticos sino circunscribirse a atender necesidades lo cual evidentemente no significa desconocer que para resolver problemas se necesitan ideas, valores y principios de lo contrario se procedería a los tumbos. Es peligros actuar a ciegas. Por supuesto que asiste toda razón si lo que se quiere trasmitir es que un  gobernante en funciones no puede ni debe partidizarse puesto que un gobierno republicano es para proteger los derechos de todos los gobernados y no para alimentar un partido, de lo contrario degradaría su misión y lo convertiría en mero sectarismo.

En este contexto es oportuno protegerse de la peste del dogmatismo por eso algunas veces cuando se tratan medidas de política económica se habla de las ortodoxias y las heterodoxias lo cual confunde gravemente la religión con la política. La ortodoxia no es un término adecuado para evaluar decisiones gubernamentales ya que desconoce que la incorporación de algo de tierra fértil en el mar de ignorancia en que nos desenvolvemos siempre se traduce en un peregrinar entre sombras y luces. Esto no significa adherir al contradictorio  relativismo epistemológico que para mostrar algo de coherencia no solo convierte en relativo al relativismo sino que no permite detectar verdades como es la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, lo cual conduce inexorablemente a las tinieblas.

Como ha sentenciado Albert Einstein “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”. La gran ventaja de la sociedad libre es que permite que cada cual se dedique a su competencia e intercambie voluntariamente con lo que otros hacen mejor. En este plano, el comerciante para mejorar su situación debe atender las demandas de sus congéneres y el que acierta obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos, lo cual debe ser claramente diferenciado de los empresarios prebendarios que se alían al poder para explotar a sus semejantes en base al privilegio y la dádiva.

La manía de megalómanos de dirigir vidas y haciendas ajenas, en lugar de permitir la antedicha dispersión y fraccionamiento del conocimiento entre millones de personas, concentra ignorancia con lo que el derrumbe del sistema es seguro y aparecen faltantes de medicamentos, alimentos y demás bienes y servicios. La incomprensión o comprensión de lo dicho es lo que marca las diferencias entre países prósperos y países pobres. Esa es la diferencia entre Singapur y Uganda, entre Alemania y Haití, entre Suiza y Venezuela. Son marcos institucionales que respetan los derechos de todos frente a estatismos que hacen estragos en la población que en lugar de encontrar refugio y protección en los gobernantes, se topan con enemigos que la esquilman.

Las ideas, los valores y los principios de la sociedad libre permiten que afloren energías creadoras adormecidas y aplastadas en regímenes autoritarios. El nacionalismo es el peor de los venenos, especialmente para los más necesitados. La apertura al mundo en el comercio de bienes y servicios es la mayor contribución al progreso.

Mario Vargas Llosa ha escrito con razón que “en los países subdesarrollados, es donde el  nacionalismo cultural se predica con más estridencia y tiene más adeptos. Sus defensores parten de un supuesto falaz […] Luchar por la ´independencia cultural´, emanciparse de la ´dependencia cultural extranjera´ a fin de “desarrollar nuestra propia cultura” son fórmulas habituales en la boca de los llamados progresistas del Tercer Mundo. Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecillo patriótico que parece envolverlas.”

EL PAÍS

Hay tres interpretaciones de la expresión consignada en el título de esta nota periodística. En primer lugar, la definición de diccionario como conjunto de ideas, en segundo término la referencia marxista como falsa conciencia de clase y, por último, la acepción más generalizada cual es una doctrina cerrada, terminada e inexpugnable. Esto último es lo que habitualmente predomina en la parla convencional.

De ahí que un ideólogo es un dogmático. En este sentido escribí una columna hace tiempo titulada “El liberalismo como anti-ideología” al efecto de subrayar que la tradición liberal significa apertura mental a procesos evolutivos, siempre en estado de ebullición atentos a nuevos paradigmas, ya que como bien apunta Karl Popper el conocimiento tiene la característica de la provisionalidad sujeta a refutaciones. Por eso es que en la ciencia no hay tal cosa como verificación sino siempre corroboración provisoria.

Dicho esto irrumpen una seria de entuertos vinculados al vocablo de marras. Por ejemplo, se dice que no deben juzgarse las vacunas contra el Covid por la ideología que predomina en los países donde se producen sino por la efectividad de las mismas. Esto es una verdad de Perogrullo pero también es menester tener en cuenta que no inspira la misma confianza la producción de un medicamento por parte de Al Capone que si lo recomienda Albert Schweitzer.

Por otra parte, también se insiste que no hay que ideologizar debates políticos sino circunscribirse a atender necesidades lo cual evidentemente no significa desconocer que para resolver problemas se necesitan ideas, valores y principios de lo contrario se procedería a los tumbos. Es peligros actuar a ciegas. Por supuesto que asiste toda razón si lo que se quiere trasmitir es que un  gobernante en funciones no puede ni debe partidizarse puesto que un gobierno republicano es para proteger los derechos de todos los gobernados y no para alimentar un partido, de lo contrario degradaría su misión y lo convertiría en mero sectarismo.

En este contexto es oportuno protegerse de la peste del dogmatismo por eso algunas veces cuando se tratan medidas de política económica se habla de las ortodoxias y las heterodoxias lo cual confunde gravemente la religión con la política. La ortodoxia no es un término adecuado para evaluar decisiones gubernamentales ya que desconoce que la incorporación de algo de tierra fértil en el mar de ignorancia en que nos desenvolvemos siempre se traduce en un peregrinar entre sombras y luces. Esto no significa adherir al contradictorio  relativismo epistemológico que para mostrar algo de coherencia no solo convierte en relativo al relativismo sino que no permite detectar verdades como es la correspondencia entre el juicio y el objeto juzgado, lo cual conduce inexorablemente a las tinieblas.

Como ha sentenciado Albert Einstein “todos somos ignorantes, solo que en temas distintos”. La gran ventaja de la sociedad libre es que permite que cada cual se dedique a su competencia e intercambie voluntariamente con lo que otros hacen mejor. En este plano, el comerciante para mejorar su situación debe atender las demandas de sus congéneres y el que acierta obtiene beneficios y el que yerra incurre en quebrantos, lo cual debe ser claramente diferenciado de los empresarios prebendarios que se alían al poder para explotar a sus semejantes en base al privilegio y la dádiva.

La manía de megalómanos de dirigir vidas y haciendas ajenas, en lugar de permitir la antedicha dispersión y fraccionamiento del conocimiento entre millones de personas, concentra ignorancia con lo que el derrumbe del sistema es seguro y aparecen faltantes de medicamentos, alimentos y demás bienes y servicios. La incomprensión o comprensión de lo dicho es lo que marca las diferencias entre países prósperos y países pobres. Esa es la diferencia entre Singapur y Uganda, entre Alemania y Haití, entre Suiza y Venezuela. Son marcos institucionales que respetan los derechos de todos frente a estatismos que hacen estragos en la población que en lugar de encontrar refugio y protección en los gobernantes, se topan con enemigos que la esquilman.

Las ideas, los valores y los principios de la sociedad libre permiten que afloren energías creadoras adormecidas y aplastadas en regímenes autoritarios. El nacionalismo es el peor de los venenos, especialmente para los más necesitados. La apertura al mundo en el comercio de bienes y servicios es la mayor contribución al progreso.

Mario Vargas Llosa ha escrito con razón que “en los países subdesarrollados, es donde el  nacionalismo cultural se predica con más estridencia y tiene más adeptos. Sus defensores parten de un supuesto falaz […] Luchar por la ´independencia cultural´, emanciparse de la ´dependencia cultural extranjera´ a fin de “desarrollar nuestra propia cultura” son fórmulas habituales en la boca de los llamados progresistas del Tercer Mundo. Que tales muletillas sean tan huecas como cacofónicas, verdaderos galimatías conceptuales, no es obstáculo para que resulten seductoras a mucha gente, por el airecillo patriótico que parece envolverlas.”

Publicado originalmente en la edición impresa de EL PAÍS de Uruguay, 14 de febrero de 2021.

UN NUEVO MARCO PARA EL ESTUDIO DE LAS POLÍTICAS PÚBLICAS

En esta etapa de la historia de la humanidad, sucesivos gobiernos se repiten en el objetivo de la inclusión. Se trata de lograr que todos, los ricos y los pobres, tengan igual acceso a la educación, la salud, las pensiones y otros servicios mal llamados públicos.

Nosotros pensamos diferente. El objetivo de la política pública no debe ser que cada uno tenga igualdad de acceso a todos los servicios públicos, sino que cada persona pueda brindarse así mismo y a los suyos los servicios que desea.

Colocando la discusión en este objetivo final, unos desean dependencia, lo que a su vez les permite comprar votos, y con ello vencer en las elecciones y perpetuarse en el poder. Nuestro objetivo, sino embargo, es terminar con esa dependencia, ofreciéndoles a todos la posibilidad de acceder a los servicios que para cada uno – en el marco de su propia subjetividad – son importantes.

De este modo, que un gobierno abra nuevos hospitales y escuelas públicas, o amplíe subsidios y programas de ayuda no debería ser celebrado alegremente, puesto que nos aleja del objetivo final. Si en situaciones de emergencia, tales políticas se implementaran, entonces deberían tener fecha de vencimiento, pues el sostenimiento de estos programas crearán dependencia e irresponsabilidad individual.

La pregunta entonces debería ser cómo crear las condiciones para que las personas, en un marco de libertad, puedan emprender en proyectos que les permitan crear valor, puestos de trabajo y lograr los recursos que necesitan para cumplir cada uno sus sueños. Esas condiciones han sido estudiadas hace siglos por cantidades de autores que han puesto el foco en las instituciones, en el marco institucional: Equilibrio fiscal, monetario y cambiario, bajos impuestos, apertura económica, bajos niveles de deuda, baja corrupción, reglas de juego estables, una constitución para limitar el poder de los gobiernos de turno, entre tantos otros aspectos que en diversas columnas que aquí mismo se publican, se trabajan en profundidad.

Bajo ese marco de reglas los emprendedores crearán proyectos, y esos proyectos irán asociados a múltiples puestos de trabajo, que permitirán crear valor y una mejor calidad de vida para todos. Bajo ese contexto, más y más personas lograrán trabajar insertándose realmente en la sociedad como personas que contribuyen a crear valor, sin la necesidad de recurrir a los planes y subsidios que los gobiernos benefactores siempre están dispuestos a ofrecer, a cambio de esclavizarlos en la pobreza y la indigencia.

Necesitamos un nuevo marco para definir qué políticas públicas contribuyen al desarrollo y al progreso. Desde la Academia, la ciencia económica puede ofrecer un marco apropiado para mostrar cuándo nos alejamos del fin último, y cuando nos acercamos a él. Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson entre los clásicos escoceses, Ludwig von MIses y Friedrich Hayek en la Escuela Austriaca, James M. Buchanan, Gordon Tullock y Jeffrey Brennan en la Escuela de la Elección Pública, Douglass North en la Nueva Economía Institucional, Ronald Coase en el Derecho y la Economía, Vernon Smith con su Economía Experimental, Elinor Ostrom con la Escuela de Bloomington, o Angus Deaton con sus estudios sobre pobreza y desigualdad. Pienso que enriquecen -juntos a tantos otros autores que aquí no mencionamos- lo que hoy llamamos el Mainline Economics: una tradición de ideas que desde diversos campos y ámbitos de estudio ofrecen respuestas a los problemas de siempre, con un marco de reglas diferente del que ofrece el mainstream economics. En pocos términos, se trata de confiar más en los órdenes espontáneos, y menos en el diseño institucional de unas pocas grandes mentes con exagerado poder.

Publicado originalmente en el Portal del Instituto Juan de Mariana, 4 de febrero de 2021.

Rereading “The Road to Serfdom”. Bruce Caldwell discusses Friedrich Hayek and the history of economic ideas – by Tyler Smith

Friedrich Hayek, one of the giants of 20th century economics, did important work on everything from business cycles to psychology, earning a Nobel Prize in economics in 1974. 

However, Hayek is most well-known for his book The Road to Serfdom. Since its publication in 1944, it has been cited by many leaders and politicians as a proof that countries that experiment with socialism will inevitably end up as totalitarian states.

But Duke economist Bruce Caldwell says that Hayek’s message in that famous work was often misinterpreted by contemporaries and later generations. 

He sets the record straight in the September issue of the Journal of Economic Literature by expanding on Hayek’s thinking and the intellectual climate in which Hayek was writing.

Just as important, Caldwell’s research shows the importance of digging into the origins of economic debates.

Caldwell recently spoke with the AEA’s Tyler Smith about the intellectual backdrop to The Road to Serfdom, the challenges of writing for a wider audience, and the history of economic ideas.  

The edited highlights of that conversation are below. The full interview can be heard by using the podcast player.

Audio player here.

Tyler Smith: Who was Hayek arguing against? Can you take listeners back and explain the intellectual environment in which Hayek was writing The Road to Serfdom?

Bruce Caldwell: Hayek comes to London from Vienna in 1931, gives some lectures, ends up getting a position at the London School of Economics, engages in debates with Keynes in the early part of the 1930s and with socialists. . . . It looked like capitalism had just simply collapsed and was no longer a viable approach to an economic system. Liberalism seemed dead. 

The alternatives that were in Europe—the rise of fascism, the communist revolution in the Soviet Union—these didn’t seem to be particularly attractive alternatives to liberalism. So for most of the intellectuals of socialism, socialist planning was viewed as a middle way and a way towards the future. And in fact, the popularity of it was so widespread, it was not an academic debate. These are people who said the Soviet Union provides a model. They felt that the communist system there greatly supported science and that science would enable us to basically eliminate scarcity. 

Smith: What was Hayek’s message to the people tempted by socialist ideas?

Caldwell: The basic argument that he’s making is that when you concentrate power in the hands of few people in a socialist regime, . . . the government is everyone’s boss in terms of producing goods, and they make allocation decisions about jobs that people will have and decisions about what sorts of goods are going to be produced. And in this sort of set up, he said, people are not going to be happy. They’re not going to like the decisions that get made. They’re going to want to resist it. People who are responsible for making those allocation decisions, if they’re decent people, they’re going to realize that every decision they make that helps one person is going to hurt somebody else. All this gets treated impersonally through a market system, but it’s all personalized when you have a [socialist] kind of setup. And he said this is setting up a situation where bad people, if they get into power, they’ll have all of the strings at their disposal to pull to stay in power. . . . You’re setting up a situation where you could have real dangers of abuse of power. So it was a warning. It was a warning to his socialist comrades.

Smith: After he publishes The Road to Serfdom, who are the people who initially champion its ideas, and how successful was Hayek at spreading those ideas?

Caldwell: In England, they were having an election following the war. It was Churchill versus Atlee, a Conservative versus the Labour leader. And Churchill gives a speech that’s been called subsequently the Gestapo speech, where he says, if we go socialist, we’ll have the Gestapo following soon thereafter. Atlee gets on the radio the next night and says, this guy is following the ideas of this Austrian, a theorist, Friedrich August von Hayek. And this is right at the end of the war. So, of course, this sounds like this is another German. It got picked up by the conservatives in England as a cudgel by which to beat a party that they were trying to represent as the party of Harold Laski. 

In the United States, people worried about the New Deal and what kind of set up would be in place after World War II. On the conservative side they said, look, here’s a book called The Road to Serfdom. Boy, you know, if we have any more government intervention in the economy, it will put us necessarily on the road to serfdom. . . . People who proposed more intervention in the economy—this is particularly in subsequent decades—would say, look, we have an extensive welfare state, but we don’t have any gulags.

All of these interpretations read Hayek as making some form of prediction about what would happen if you have a little bit of government planning. That was not his argument at all. . . . The argument is a warning of what happens if you concentrate power in such a way that Hayek has described in the book and what the potential dangers are when you have a situation like that.

One reason why I’m fascinated by the history of economics is that when you actually read the stuff that people wrote . . . the real story is much more interesting and nuanced and enjoyable and thought-provoking.

Bruce Caldwell

Smith: Why do you think it’s important that economists explore the origins of their discipline’s thinking?

Caldwell: Professional training is a form of brainwashing. If you’re going to be a good economist, whenever you look at some sort of social phenomena, you’re going to see it through the eyes of an economist. And that’s what all of your training is pushing you to do. What the study of the history of economic thought is to say, well, wait. First of all, where did this particular vision come from? But secondly, were there other ways of looking at these things? What happened to the people who were saying, maybe, there’s a different way of thinking about justice in the marketplace? . . . So it allows you to try to see alternative views. And it also, I think, emphasizes that the present is not the culmination of all knowledge. It’s not the pinnacle of all knowledge.

Smith: If you could speak to the young economist who’s interested in the history of economic thought, what would you like to say to them?

Caldwell: Take a look at the website for the Center for the History of Political Economy. This is a center that I direct at Duke University. We have, in the past, run summer institutes aimed directly at graduate students in economic programs—PhD programs around the country and overseas. We bring them to Duke for two or three weeks and give them a short course in the history of economics. . . . We try to give them some ideas about where economics today came from, where it may have gone astray or got things right, help them to engage in those sorts of discussions as a liberally educated individual and not just somebody who has been so narrowly trained. As I said, professionalization means narrow training,  . . . but if you try to broaden it a little bit, it can have some real benefits.

The Road to Serfdom after 75 Years” appears in the September issue of the Journal of Economic Literature. Music in the audio is by Podington Bear. Subscribe to the monthly Research Highlight email digest here.

“Somos una máquina de destruir ingresos” – Entrevista con Marcelo Otiñano en “La Mañana en Libertad”

El Doctor en Economía,  Adrían Ravier, se refirió a la actualidad económica del pais, en medio de la pandemia por el virus COVID-19, catalogando al gobierno nacional como “heterodoxo” en sus polílitcas económicas, que tal como sucede en Venezuela, da como resultado “altísimos costos sociales en el mediano y corto plazo”. Entrevistado por el Dr. Marcelo Otiñano en “La Mañana en Libertad”, el economista remarcó la importancia de armar un plan económico a futuro y la necesidad de que la sociedad entienda como funciona el sistema: “no hay nada gratis, pero la pregunta es, ¿quién paga esos gastos?”, reflexionó. 

Acceda aquí a la entrevista completa.

El camino a la prosperidad de Nueva Zelanda comenzó con su rechazo al socialismo democrático – por Lawrence W. Reed

La experiencia de Nueva Zelanda es uno de los numerosos ejemplos en los que el socialismo causó la ruina que luego arregló el capitalismo.

(Nota del editor: Una versión más corta de este artículo se publicó recientemente en inglés y español en ELAMERICAN.COM).

Para producir tanto bienes materiales como satisfacción personal, la libertad marca toda la diferencia del mundo. Un país que lo ha demostrado convincentemente en los últimos 40 años es Nueva Zelanda. Es un modelo del que las naciones de todo el mundo pueden aprender mucho.

Situada en el Sur del Pacífico, a medio camino entre el ecuador y el Polo Sur, Nueva Zelanda es dos tercios del tamaño de California. Sus 5.1 millones de habitantes viven en dos islas principales y en otras más pequeñas. Por mis múltiples visitas, puedo afirmar con seguridad que se encuentra entre los destinos más diversos y bellos del mundo desde el punto de vista geológico.

En 1950, Nueva Zelanda era uno de los diez países más ricos del planeta, con una economía relativamente libre y una fuerte seguridad para las empresa y propiedad. Luego, bajo la creciente influencia de las ideas del Estado de bienestar social que florecían en Gran Bretaña, Estados Unidos y la mayor parte del mundo occidental, el país dio un fuerte giro hacia el control gubernamental de la vida económica.

Con la ruina económica de frente a Nueva Zelanda, los líderes del país se embarcaron en uno de los programas de liberalización económica más completos de la historia en 1984.

Las dos décadas siguientes produjeron una cosecha de engrandecido gobierno y estancamiento. Los neozelandeses se encontraron con aranceles exorbitantes, regulaciones tortuosas, subsidios agrícolas masivos, una enorme deuda pública, déficits presupuestarios crónicos, inflación creciente, costosas luchas laborales, un tipo impositivo marginal máximo del 66% y un sistema de bienestar social bañado en oro y que ahoga los incentivos.

El gobierno central estableció en esos años sus propios monopolios en los negocios del ferrocarril, las telecomunicaciones y la energía eléctrica. Lo único que creció durante el periodo de 1975 a 1983 fue el desempleo, los impuestos y el gasto público. Este fue el “socialismo democrático” que Bernie Sanders admira, pero que los neozelandeses acabaron comprendiendo que era una calamidad nacional.

Con una lista interminable de programas gubernamentales fracasados y la ruina económica mirándolos a la cara, los líderes del país se embarcaron en 1984 en uno de los programas de liberalización económica más completos, jamás emprendidos en una nación desarrollada. Los dos héroes más responsables de esta reorientación radical fueron Roger Douglas y Ruth Richardson, una historia contada por Bill Frezza en este vídeo.

Desde mediados de los años ochenta hasta los noventa, el gobierno neozelandés vendió docenas de empresas estatales que perdían dinero.

Otro héroe de la época fue el economista Roger Kerr. Su hijo Nicholas vive en Dallas, Texas, y es profesor adjunto del Lone Star Policy Institute. Nicholas pronunció un fascinante discurso en enero de 2020 en el que explicaba el papel fundamental de su padre para salvar a Nueva Zelanda del socialismo. Señala que entre el laberinto de regulaciones estúpidas que impusieron los socialistas, “necesitabas una receta de tu médico si querías margarina”.

En otro documental, narrado por el autor sueco Johan Norberg, se explica maravillosamente la transformación de Nueva Zelanda. También hace una buena descripción de la pesadilla socialista que impulsó las reformas de libre mercado. Debería ser video obligatorio en cualquier curso de “desarrollo económico”.

Todas las subvenciones agrícolas se acabaron en seis meses. Los aranceles se redujeron en dos tercios casi inmediatamente (hoy el arancel promedio es de sólo el 1.4%). La mayoría de las importaciones entran en el país completamente gratis -o casi- de cualquier cuota, derecho u otra restricción.

Los impuestos se redujeron drásticamente. El tipo máximo se redujo al 33%, la mitad de lo que era cuando el engrandecido gobierno estaba al mando. Por fin se abrieron los libros para que la gente pudiera ver en qué gastaban su dinero las élites del gobierno en Wellington.

Desde mediados de los 80 hasta los 90, el gobierno neozelandés vendió docenas de empresas estatales que perdían dinero. En 1984, la plantilla del gobierno era de 88.000 personas. En 1996, tras el recorte más radical que se recuerde, la plantilla del sector público era de menos de 36.000 personas, lo que supone una reducción del 59%.

El establecimiento de una nueva empresa en Nueva Zelanda se podía hacer rápido y fácil, en gran parte porque las regulaciones que no fueron abolidas se aplicaron finalmente de manera uniforme y consistente. Al mismo tiempo, se suprimió la afiliación sindical obligatoria, así como los monopolios sindicales sobre diversos mercados laborales.

Tanto el Índice de Libertad Económica del Mundo del Instituto Fraser como el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage sitúan a Nueva Zelanda como la tercera economía más libre del mundo.

Los cambios drásticos dieron buenos dividendos. El presupuesto nacional se equilibró, la inflación se desplomó hasta llegar a tasas insignificantes y el crecimiento económico avanzó entre el 4% y el 6% anual durante años.

El gobierno nacional de Nueva Zelanda oscila entre los principales partidos políticos, pero las reformas de hace casi cuatro décadas se han mantenido prácticamente intactas. Según algunos índices importantes, el país se encuentra en una posición notable y envidiable.

Tanto el Índice de Libertad Económica del Mundo del Instituto Fraser como el Índice de Libertad Económica de la Fundación Heritage sitúan al país como la tercera economía más libre del mundo, con un “crecimiento constante del PIB” como resultado.

El Índice de la Fundación Heritage revela en su análisis de Nueva Zelanda que “las subvenciones son las más bajas entre los países de la OCDE, y esto ha estimulado el desarrollo de un sector agrícola vibrante y diversificado”. También señala que “Hay muy pocas limitaciones a la actividad inversora, y se ha fomentado activamente la inversión extranjera”. El tipo máximo del impuesto sobre la renta de las personas físicas, del 33%, está justo donde estaba cuando se redujo a la mitad hace casi 40 años.

El Instituto Fraser también clasifica a los países en términos de libertad humana en general y, por separado, en términos de libertad personal; Nueva Zelanda ocupa el puesto número 1 y 4, respectivamente.

El recuento global de derechos políticos y libertades civiles de Freedom House otorga a Nueva Zelanda una puntuación de 97 sobre 100, lo que sitúa al país en la categoría más alta en cuanto a libertad.

Reporteros sin Fronteras califica a los países según el grado de libertad de prensa que permiten. En su última clasificación, RTB sitúa a Nueva Zelanda en el puesto 9 del mundo. Sólo ocho países tienen mayor libertad de prensa.

El Banco Mundial elabora anualmente un índice Doing Business que mide la carga de las regulaciones gubernamentales sobre los empresarios. Nueva Zelanda se sitúa en la primera posición del mundo tanto en lo que se refiere a “abrir un negocio” como a la “facilidad para hacer negocios”. Abrir un negocio en un país promedio del mundo lleva entre tres y cuatro veces más tiempo que en Nueva Zelanda.

Con toda esta libertad, un socialista podría esperar que Nueva Zelanda fuera uno de los países más pobres del mundo, quizás incluso un pozo negro de explotación. Pero, por supuesto, no lo es.

Transparencia Internacional clasifica el mundo en función del grado de corrupción del sector público de cada país que perciben los expertos y los empresarios. Una vez más, Nueva Zelanda ocupa el primer puesto.

En el New Zealand Herald, Alexander Gillespie, de la Universidad de Waikato, señala otras medidas de la situación de Nueva Zelanda, algunas de las cuales son excepcionales, mientras que otras son más modestas:

Según The Economist, nuestro Internet (en términos de asequibilidad y acceso) también es el segundo mejor, por detrás de Suecia. Por el contrario, el último Informe de Competitividad Global nos hace caer un puesto, hasta el 19º. Del mismo modo, el Índice Global de Innovación, registra que Nueva Zelanda ha caído de los 25 primeros puestos, hasta alcanzar la 26ª posición…

En cuanto a la paz, en términos de seguridad y protección de la sociedad, el alcance de los conflictos nacionales e internacionales en curso y el grado de militarización, Vision of Humanity afirma que ocupamos el segundo lugar, detrás de Islandia…

El Índice de Democracia, que tiene en cuenta aspectos como la celebración de elecciones libres y justas y la influencia de las potencias extranjeras, nos sitúa en el 4º lugar del mundo. Noruega, Islandia y Suecia lo hacen mejor…

Nuestra felicidad se mantiene estable, como el 8º lugar más alegre del planeta, según el Informe Mundial sobre la Felicidad.

La educación en casa es legal en Nueva Zelanda, con unos requisitos mínimos de registro. Los padres pueden utilizar el plan de estudios nacional o elegir una alternativa. Su popularidad va en aumento.

Con toda esta libertad, por una u otra medida, un socialista podría esperar que Nueva Zelanda se encontrara entre los países más pobres del mundo, quizás incluso un pozo negro de explotación. Pero, por supuesto, no lo es, como predeciría cualquiera que entienda de economía y naturaleza humana. El Fondo Monetario Internacional informa de que el PIB per cápita del país de los kiwis es el 22º más alto del mundo, mientras que el Instituto Legatum sitúa a Nueva Zelanda entre los 10 primeros en prosperidad mundial. 

Si la brecha entre ricos y pobres le preocupa, le alegrará saber que Nueva Zelanda también obtiene una puntuación relativamente buena en ese indicador. El coeficiente de Gini, por crudo que sea, es la representación más citada de la desigualdad de la riqueza de un país. Oscila entre 0 (todo el mundo tiene los mismos ingresos) y 1 (un residente lo gana todo, nadie más gana nada). World Population Review afirma que el Gini de Nueva Zelanda es de 0.672, mejor que la media mundial de 0.74. El mismo índice revela que el país con el mejor Gini del mundo es Estados Unidos, con un 0.480.

El cálculo del Banco Mundial del Coeficiente de Gini difiere notablemente de los anteriores, y de forma decisiva a favor de Nueva Zelanda. El Banco Mundial dice que el Gini de Nueva Zelanda antes de impuestos y transferencias es de 0.455, casi idéntico al 0.486 de EE.UU. (Pulse aquí para ver una crítica del Coeficiente de Gini).

La Primera Ministra del Partido Laborista de Nueva Zelanda es Jacinda Ardern, a quien se suele considerar en el extranjero como la más “izquierdista” que ha gobernado en ese país. Aunque es más partidaria del gasto público que los partidos de la oposición ACT o National, el año pasado se ganó la enemistad de muchos progresistas por descartar nuevos impuestos sobre el patrimonio o las ganancias de capital. Pero tras el tiroteo en la mezquita de Christchurch en marzo del 2019, fue vitoreada por muchos en la izquierda por adelantar medidas en contra la libertad de expresión y en contra de las armas.

Un empresario y amigo mío, Emile Phaneuf, se mudó de Arkansas a Nueva Zelanda hace unos años. Se sintió atraído por su libertad económica y personal. Me cuenta que el país ha cumplido con la mayor parte de sus altas expectativas, pero añade una advertencia: la normativa sobre la vivienda es un “lío”.

La experiencia de Nueva Zelanda es uno de los numerosos ejemplos en los que el socialismo provocó una ruina, que luego la arregló el capitalismo.

En 2018, el gobierno de Ardern prohibió a los extranjeros comprar la mayoría de las propiedades residenciales. Los propietarios se enfrentan a un sinfín de normas que restringen el aumento de los alquileres y les obligan a proporcionar servicios como la banda ancha, por ejemplo. Con el tiempo, el mercado de la vivienda puede necesitar desesperadamente las mismas fuerzas liberadoras que arreglaron el resto de una economía antes excesivamente regulada.

Mientras tanto, aquí en América, Venezuela se encuentra en el extremo opuesto del espectro: última o casi última en todas las medidas de libertad. ¿Cuál es el resultado? Toda la palabrería de los políticos de allí sobre “ayudaremos a la gente” no ha servido más que para la desesperación, la miseria, el hambre, el empobrecimiento y la tiranía. El tráfico de personas en un solo sentido lo dice todo. Es una historia de fracaso y tragedia humana que el socialismo produce repetidamente.

La experiencia de Nueva Zelanda es uno de los numerosos ejemplos en los que el socialismo causó la ruina que luego arregló el capitalismo. (La Alemania de Ludwig Erhard tras la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo especialmente espectacular). No conozco ningún caso en la historia en el que el capitalismo haya producido un desastre que el socialismo haya reparado después. Ninguno. Lo único que hace el socialismo por los pobres, al parecer, es darles mucha compañía. Lo que hizo Nueva Zelanda deben imitarlo los desastres de la planificación centralizada como Venezuela, Cuba y California, para poder recuperarse.

¿Cuál es la gran lección? Montesquieu, el pensador francés de la Ilustración, lo resumió en 1748: “Los países se cultivan bien, no según sean fértiles, sino según sean libres”.

Artículo publicado originalmente en FEE en español.