Conversando con Antonella Marty sobre Lecturas de Historia del Pensamiento Económico

Ayer conversamos con Antonella Marty sobre mi libro Lecturas de Historia del Pensamiento Económico repasando aportes de la Antigua Grecia, la escuela de Salamanca, la tradición del orden espontáneo de Adam Smith, David Hume y Adam Ferguson y la Escuela Austriaca. En la segunda mitad también tratamos las ideas de Keynes, la Escuela de Chicago y el Public Choice.

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¿Qué economías se recuperarán más rápido?

Ante el COVID-19, surgido en un pueblo de China y extendido en pocos meses a cada rincón del mundo, los gobiernos decidieron aplicar una política de “cuarentena universal”. Con escasas excepciones, los gobiernos no distinguieron rangos de edad, ni tampoco aquellas ciudades o pueblos con menos densidad poblacional y menos exposición a los contagios. Fue la decisión política de aplicar una cuarentena universal, y no la existencia del COVID-19, lo que estranguló a la economía, destruyendo empresas y empleo.

Al mismo tiempo, los gobiernos enfrentaron esta situación con medidas fiscales y monetarias fuertemente expansivas, tratando de sostener la actividad y el empleo, pero, al mismo tiempo, agravando los desequilibrios fiscales y tomando preocupantes niveles de deuda. Si las medidas de cuarentena se suspenden hacia el cierre de este 2020, observaremos un 2021 con rebote de actividad económica y generación de empleo. Entonces tendremos que distinguir entre economías que rebotan lo suficiente para recuperar el potencial de producción y el pleno empleo y otras economías que quedarán más rezagadas, teniendo que esperar más tiempo para alcanzar nuevamente el potencial de producción precuarentena.

Tendremos que distinguir entre economías que rebotan lo suficiente para recuperar el potencial de producción y el pleno empleo y otras economías que quedarán más rezagadas.

Al respecto, me parece oportuno recordar dos casos históricos que resumen estrategias de política fiscal bien diferentes. De un lado, el Estados Unidos de posguerra; del otro lado, la Argentina del 2001.

El milagro de posguerra de Estados Unidos con una política fiscal contractiva

David Henderson estudió en un artículo el milagro económico de posguerra en Estados Unidos. El gráfico #1 muestra que después de incrementar el gasto del gobierno federal del 6 al 44% del PIB durante la segunda guerra mundial (1939-1945), la política fiscal fue fuertemente contractiva volviendo a un nivel apenas superior al de preguerra. Estados Unidos fue capaz de contraer el gasto del 44 al 9%, lo que significa una contracción de 35 puntos del PIB en tan solo dos años.

Figura #1: Gasto del gobierno federal como % del PBI, 1929-1950

Fuente: David Henderson, The U.S. postwar miracle.

Henderson explica que esto contribuyó al despegue de la economía americana a través de la fuerte creación de empleo, lo que logró captar a todos los soldados que volvían de la guerra e introducirlos en la estructura productiva.

La recuperación económica argentina tras su crisis del 2002 con una política fiscal expansiva

El caso exactamente contrario es el que ocurrió en Argentina tras su crisis del 2001-02. Tras abandonar la convertibilidad y devaluar casi un 300% su moneda, pesificando depósitos y rompiendo contratos, la economía cayó más de 10 % del PIB en 2002. La pobreza llegó al 50% y el desempleo superaba el 20%. La manera en que se enfrentó la situación fue con un fuerte gasto público, que pasó del 25% de promedio que existió entre 1961 y 2002 al 44% existente en el 2013. Se crearon programas y planes sociales que permitieron pasar de 2 a 8 millones de beneficiarios. Las provincias crearon empleo público absorbiendo a los desocupados y subocupados, lo que permitió en 2008 mostrar tasas bajas de desempleo. La pobreza se redujo a la mitad.

Figura No. 2: Gasto público argentino como % del PBI, 1961-2013


Fuente: Elaboración propia en base a datos del Ministerio de Hacienda.

La situación, sin embargo, era algo distinta de lo que los datos mostraban. Lo cierto es que la política fiscal expansiva contribuyó a “ocupar” a los desocupados, pero el aparato productivo no pudo reactivarse para absorber a aquellos que no encontraban empleo. De hecho, tras recuperar el nivel de actividad de la década anterior, la economía no pudo crecer. Esto se explica en el gasto exorbitante que dejó ese gobierno, la presión tributaria récord, la alta inflación y un alto nivel de deuda interna. En esos años, incluso se estatizó el sistema de pensiones y se volcaron miles de millones de dólares al mercado en forma de gasto público.

La situación, sin embargo, era algo distinta de lo que los datos mostraban. Lo cierto es que la política fiscal expansiva contribuyó a “ocupar” a los desocupados, pero el aparato productivo no pudo reactivarse para absorber a aquellos que no encontraban empleo.

Cuando Mauricio Macri dejó su Gobierno en el 2019, Argentina todavía tenía serios problemas para revertir este incremento del gasto público, chocando cualquier intento de austeridad con los derechos adquiridos por los necesitados.

El éxito en la recuperación económica 2021 dependerá de revertir la política fiscal 2020

Existe un factor común entre lo que hizo Estados Unidos en el marco de la segunda guerra mundial, lo que hizo el Gobierno argentino ante la depresión del 2002 y lo que hoy hacen los gobiernos ante la situación actual de pandemia global: en los tres casos, ante la situación social compleja, los gobiernos decidieron aplicar políticas fiscales expansivas. 

La diferencia, sin embargo, entre el caso americano y el argentino se dio en el momento en que tuvieron que optar por un camino de recuperación. Estados Unidos retornó al nivel de gasto preguerra y dejó en manos del mercado la recuperación de la actividad y la generación de empleo. La economía americana emergió con un milagro económico sin precedentes que la colocó en un lugar privilegiado del orden económico mundial. Argentina, por el contrario, jamás pudo volver al gasto precrisis y dejó en manos del Estado la recuperación de la actividad y la generación de empleo. Se consumió el capital, se achicó el mercado y la presión tributaria aumentó junto a la deuda y la emisión. Incluso antes de la pandemia, en diciembre del 2019, Argentina aún no podía superar el nivel de actividad de 1998, cuando el gasto era más limitado.

La economía americana emergió con un milagro económico sin precedentes que la colocó en un lugar privilegiado del orden económico mundial.

Los gobiernos tendrán que elegir entre estos dos caminos. Quienes logren reducir el gasto público al nivel prepandemia, estarán dejando en manos de las empresas privadas la recuperación de la actividad y el empleo. Los gobiernos que fracasen en hacerlo y sigan el camino argentino con un mayor tamaño del Estado y una fuerte generación de empleo público, consumirán el capital y verán reducidos sus niveles de productividad, lo que impactará sobre ingresos y consumo.

Acceda aquí para ver la publicación original en el Centro para el Análisis de Decisiones Públicas (CADEP).

¿Qué son peores? ¿Gobiernos desbocados, empresarios prebendarios o ladrones de bancos? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Para una evaluación que responda al interrogante que plantea el título de esta nota periodística, es indispensable remitirnos al significado de la ley. Para ello nada mejor que aludir al texto del decimonónico Frederic Bastiat titulado precisamente La Ley, publicado originalmente en 1850 y traducido por vez primera al castellano de la versión francesa en 1959 por el Centro de Estudios sobre la Libertad de Buenos Aires, antes incluso que la versión inglesa de 1964. Desde entonces se han publicado varias ediciones en distintos idiomas, la última en 2005 en castellano por Alianza Editorial de Madrid.

Bastiat fue un prolífico escritor, fundador de la célebre Asociación Francesa de Libre Comercio, frecuente colaborador del Journal des Economistes, diputado en las cortes francesas, gran amigo del notable polemista inglés Richard Cobden y ferviente estudioso de los clásicos del liberalismo. Sus abultados textos están recopilados en tres obras: Armonías económicasSofismas económicos y Ensayos de política económica. En el prólogo que el premio Nobel en economía Friedrich Hayek escribe para este último libro, concluye que Bastiat “tenía un don especial para ir al corazón de los problemas” y Joseph Schumpeter en su Historia del análisis económico lo considera “el periodista económico más brillante de la historia”. Se han publicado numerosas tesis doctorales sobre este eminente pensador, tal vez la más difundida sea la de Dean Russell presentada y aprobada en el Instituto de Estudios Internacionales para Graduados de la Universidad de Ginebra, en 1959, titulada Frederic Bastiat. Ideas and Influences.

Vamos entonces a un introito sobre significado de la ley que desafortunadamente pocos graduados de abogacía entienden hoy, puesto que la gran mayoría no son abogado -que significa defensores del derecho- y son en cambio estudiantes de legislaciones que pueden recitar sus números, incisos y párrafos pero se desentienden de los mojones o puntos de referencia extramuros de la ley positiva. En este sentido, salvo honrosas excepciones, en nuestra época el positivismo legal ha hecho estragos lo cual, entre otras cosas, no permite ver que la igualdad ante la ley está indisolublemente atada a la noción de Justicia en el contexto clásico de “dar a cada uno lo suyo” y lo suyo remite a la propiedad privada que a su vez está anclada a los procesos de mercado abierto y el consecuente respeto recíproco.https://tpc.googlesyndication.com/safeframe/1-0-37/html/container.html

La institución de la propiedad privada existe no solo referida a la personalidad de cada cual y a su vida sino a lo adquirido de modo legítimo. Tal como se ha consignado en otras oportunidades, la asignación de derechos de propiedad se torna indispensable a los efectos de darle el mejor empleo posible a los siempre escasos factores de producción: los que aciertan en las necesidades del prójimo obtienen ganancias y los que yerran incurren en quebrantos.

En esta línea argumental, el mayor aprovechamiento de esos recursos se traduce en incrementos en los salarios e ingresos en términos reales. En la visión opuesta Marx y Engels en el Manifiesto Comunista sostienen que “todo el programa comunista puede resumirse en la abolición de la propiedad privada”. Ludwig von Mises, al contrario, en Liberalismo explica que “todo el programa del liberalismo se traduce en el respeto a la propiedad privada”. Es del caso recordar que este último autor demostró que como la abolición de la propiedad significa la eliminación de los precios de mercado, en un sistema socialista coherente no hay forma de evaluar proyectos, calcular y llevar contabilidad. Las consideraciones técnicas carecen de sentido sin precios, como explica Mises: puede fabricarse agua sintética desde el punto de vista técnico con dos moléculas de hidrógeno y una de oxígeno pero se necesitan precios para saber si es viable.

Pasado este introito, veamos el análisis magistral de Bastiat en torno al corazón de la ley como sinónimo de derecho y no mera legislación (de paso recordemos que Juan Bautista Alberdi -el autor intelectual de la Constitución fundadora en tierras argentinas- resume la idea al escribir que “saber leyes, pues, no es saber derecho”). Bastiat se pregunta y responde: “¿Qué es la ley? Es la organización colectiva del derecho individual de legítima defensa”. A continuación escribe: “Tal como la fuerza de un individuo no puede legítimamente atentar contra la persona, la libertad o la propiedad de otro individuo, por la misma razón la fuerza común no puede aplicarse legítimamente para destruir la persona, la libertad o la propiedad de individuos”.

Bastiat conocía bien a los autores de la Escuela Escocesa, Adam Smith, Ferguson y Hume en cuanto a la trascendencia del orden espontáneo y la incipiente idea en cuanto a que el conocimiento está fraccionado y disperso entre millones de personas que se coordinan cada uno persiguiendo su interés personal sin lesionar derechos de terceros y, asimismo, la ignorancia se concentra cuando megalómanos intervienen en el mercado provocando desabastecimientos y desajustes varios que redundan en perjuicio de todos pero muy especialmente en el bolsillo de los más necesitados. Así nuestro autor, siempre en su trabajo sobre la ley, nos dice: “Puede afirmarse aún que gracias a la no intervención del Estado en los asuntos privados, las necesidades y las satisfacciones se desarrollarían en el orden natural”. Pero afirma que desafortunadamente los gobiernos han “procedido en forma contraria a su propia finalidad, han destruido su propia meta: se han aplicado a aniquilar aquella justicia que debían hacer reinar, a borrar, entre los derechos, aquellos límites que era su misión hacer respetar, ha puesto la fuerza colectiva al servicio de quienes quieren explotar” y concluye que se trata de la “completa perversión de la ley” ya que “no podía pues introducirse en la sociedad un cambio más grande y una mayor desgracia que esto: la ley convertida en instrumento de expoliación”. Y cómo reconocer el robo legal, se pregunta Bastiat y responde: “Es muy sencillo. Hay que examinar si la ley quita a alguno lo que le pertenece para dar a otros lo que no les pertenece”.

El pensador francés afirma que toda esta flagrante tergiversación y degradación de la ley coloca a las personas en una encrucijada: “Cuando la ley y la moral se encuentran en contradicción, el ciudadano se encuentra en la cruel disyuntiva de perder la noción de la moral o de perder el respeto a la ley”. Más adelante en su estudio sustancioso sobre la ley señala la fenomenal incomprensión que revela la equivocada noción que cuando se apuntan los desaguisados de los aparatos estatales metidos en áreas que exceden su misión específica de protección de los derechos de todos “que son anteriores y superiores a la existencia de los gobiernos” para nada quiere decir que se está en contra de tal o cual emprendimiento, solo se dice que no le compete al monopolio de la fuerza llevarlo a cabo ya que inexorablemente contradice lo que hubiera hecho o de que modo lo hubiera hecho la gente si hubiera podido utilizar libremente el fruto de su trabajo.

En este sentido, Bastiat subraya en una última cita que hacemos, también muy jugosa: “Hay que decirlo: hay en el mundo exceso de grandes hombres, hay demasiados legisladores, organizadores, instituyentes de sociedades, conductores de pueblos, padres de naciones etc. Demasiada gente que se coloca por encima de la humanidad para regentearla, demasiada gente que hace oficio de ocuparse de la humanidad. Se me dirá: usted que habla, bastante se ocupa de ella. Cierto es. Pero habrá de convenirse que lo hago en un sentido y desde un punto de vista muy diferentes y que si me entrometo con los reformadores, es únicamente con el propósito de que suelten el bocado”.

Recién después de haber marcado estas fundamentalísimas disquisiciones sobre la ley y los engendros que se provocan cuando se aparta del derecho, recién ahora entonces podemos responder y evaluar el interrogante con que titulamos esta nota. Nada cambia por el hecho de que una multitud apruebe un desatino, no por eso deja de ser desatino. Tal como ha escrito Benjamin Constant, que tanto inspiró a Bastiat: “La voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”, por otra parte un concepto que viene desde Cicerón, quien destacó: “El imperio de la multitud no es menos tiránico que la de un hombre solo” y, entre nosotros, Juan González Calderón ha dicho que “los demócratas de los números ni de números entienden puesto que parten de dos ecuaciones falsas: 50% más 1%=100% y 50% menos 1%=0%”.

Entonces los gobiernos desbocados traicionan abiertamente el sentido de la ley y la convierten en robo legal, en usurpación y en expoliación al fruto del trabajo ajeno, es decir, le dan la espalda a la misión por la que existen los aparatos estatales de garantía y protección a los derechos. Este es el sentido del derecho a la resistencia a la opresión intolerable desde John Locke en adelante inscripta en muchos declaraciones de independencia comenzando por la estadounidense, es decir la legitimidad de un contragolpe para frenar los golpes extremadísimos y repetidos a las instituciones republicanas, lo cual se hizo en muchos casos, unos con suerte como la antedicha independencia norteamericana y otros con desvíos atroces como el contragolpe de Castro a los reiterados golpes perpetrados por Batista contra las instituciones republicanas en lo que hoy es la isla-cárcel cubana.

La usurpación con apoyo electoral no modifica la usurpación en todos los actos en los que el Leviatán da manotazos vía impuestos insoportables, inflaciones colosales y deudas astronómicas al efecto de financiar gastos gubernamentales elefantiásicos empleados para aplastar a súbitos indefensos.

En cuanto al caso de empresarios prebendarios, las alianzas con el poder de turno para explotar a sus congéneres constituyen también un atraco. Y cuando los privilegios se esgrimen debido a la necesaria protección, debe señalarse que no hay derecho a que endosen sus costos sobre las espaldas del resto de los habitantes puesto que si no contaran con los suficientes recursos para hacer frente a los primeros períodos de sus proyectos deberán vender su idea a otros en el mercado local o internacional, pero si nadie le compra ese proyecto es porque está mal evaluado lo cual tampoco justifica recurrir coactivamente al bolsillo ajeno.

Finalmente, el ladrón de bancos o sus equivalentes siendo a todas luces repudiables por lo menos tienen la idea de que lo que hacen contradice los valores de los asaltados. Por eso se cubren la cara y generalmente operan en la oscuridad de la noche, mientras que los gobernantes desbocados y los empresarios prebendarios asaltan a cara descubierta, de día y con el apoyo del monopolio de la fuerza convertida de contrabando con apariencia de ley disfrazada de derecho. Por eso es que el antes referido Alberdi escribió: “El ladrón privado es el más débil de los enemigos que la propiedad reconozca. Ella puede ser atacada por el Estado, en nombre de la utilidad pública”. A eso agrega su condena al proteccionismo empresario, que sostiene es “la protección a la estupidez y a la pereza, el más torpe de los privilegios” (Obras Completas, tomo IV, pp.165 y 182 respectivamente).

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente como columna de opinión en Infobae, 12 de septiembre de 2020.

¿Cuándo explota todo esto? – por Alberto Benegas Lynch (h)

La pregunta formulada en el título de esta nota periodística se viene reiterando desde tiempo inmemorial en nuestra tierra argentina, aparentemente sin advertir que ya ha acontecido una secuencia ininterrumpida de explosiones que prometen seguir su curso si no cambian las políticas estatistas que nos vienen asfixiando.

Hay algunos distraídos que mantienen que debemos tocar fondo para reaccionar, sin advertir que la desgracia nunca toca fondo y que la situación no se revierte mientras se persista en el error. En tanto se atribuya la decadencia a nexos causales distintos a las verdaderas razones que conducen a la situación de permanente emergencia y zozobra, mientras esto ocurra no hay esperanzas. Solo podrá salirse del pozo con un buen diagnóstico y buenas medidas que apunten en dirección al respeto recíproco, es decir, a la necesaria garantía y protección de los derechos individuales, lo cual abre cauce a la energía creadora que no solo se basa en valores morales sino que permite el mayor bienestar material para todos pero muy especialmente para los más necesitados.

Quiero volver aquí a la pandemia que hoy asola al mundo, un asunto que he tratado antes pero estimo necesario explorar otras aristas que presenta este delicado tema. Personalmente no quisiera estar en los zapatos de gobernantes que apuntan al resguardo de la invasión que implica un virus que presenta riesgos mayúsculos. Ni los médicos especialistas de mayor prestigio en la materia saben como defenderse de este flagelo. En todo caso saben que la prudencia indica que deben evitarse aglomeraciones en teatros, estadios y equivalentes que fortalecen y aceleran la difusión del virus de marras.

Y en este caso no es cuestión de simplemente confiar en la responsabilidad de cada cual, del mismo modo que -salvando las distancias- si andan asesinos sueltos nadie en su sano juicio concluiría que es un tema que se limita a la responsabilidad individual sino que hay que detener a los probados asesinos. En el campo de lo que ahora comentamos, se trata de adoptar medidas de aislamiento y prevención al efecto de evitar la lesión de derechos de terceros. Sin duda que estas políticas no deben pasar de contrabando disposiciones arbitrarias que afecten innecesariamente el desenvolvimiento de las personas. Todos los gobiernos del mundo han dado marchas y contramarchas en esta materia sin dar en la tecla frente a este peligro manifiesto y presente que a todos tomó por sorpresa.

Como hemos dicho antes, cuando aparezca la vacuna todo cambia radicalmente pues en lugares privados y públicos si se considera hay riesgo de contagios se pedirá el certificado correspondiente de vacunación sin necesidad de otras medidas hasta que pase la pandemia (igual que hoy en países civilizados no se pide comprobantes de la vacuna contra la fiebre amarilla y similares).

Por supuesto que como también hemos puesto de manifiesto, bajo ningún concepto debe tolerarse que con el pretexto y escudados en la pandemia, hayan gobiernos que propinen manotazos a la Justicia, pretendan colonizar al Poder Legislativo, usen y abusen de decretos del Ejecutivo, se amenace a la prensa, se expanda el gasto público, se incrementen los impuestos, se aumente la deuda estatal, se emita sideralmente moneda, se intensifiquen absurdas regulaciones como precios máximos y otras sandeces, se invada la propiedad privada y se pretendan encubrir corrupciones varias.

Pero la referida cadena de explosiones en los que los estallidos van en aumento no irrumpieron con la pandemia, en el caso argentino vienen de la friolera de hace siete décadas y se deben a la machacona persistencia de lo que en ciencia política y economía se conoce como “la tragedia de los comunes”, esto es la manía de acrecentar la propiedad estatal lo cual modifica de raíz los incentivos tan bien explicados, entre muchos otros, por Ronald Coase, Harold Demsetz y Douglass North: lo que es de todos no es de nadie, hasta la forma en que se toma café y se encienden las luces no es lo mismo en lo que es privado que cuando se dice es de todos.

La colectivización se traduce en la apología de lo abstracto y el ataque a lo  concreto. Borges lo ilustraba muy bien cuando se despedía de sus audiencias: “me despido de cada uno y no digo todos que es una abstracción mientras que cada uno es una realidad.” Pues la extensión de lo colectivo es el grave problema de las naciones empobrecidas, mientras que la asignación de derechos de propiedad es atributo central del progreso. Es como escribió el padre de la Constitución estadounidense, James Madison: “el gobierno ha sido instituido para proteger la propiedad”, lo cual también suscribe con énfasis entre nosotros Alberdi,  y por las razones opuestas es que Marx propone “la abolición de la propiedad”.

El Economista, martes 8 de septiembre de 2020.

Un impuesto a las propuestas de impuestos dañinos

En 1789 Benjamin Franklin escribía en una carta a Jean-Baptiste Leroy una frase que luego pasaría a la historia: “En este mundo nada es seguro salvo la muerte y los impuestos”.

Suele decirse que son el medio “genuino” de financiar los gastos del Estado. Y es así, porque tarde o temprano buena parte de los otros métodos terminan siendo impuestos o son impuestos disfrazados. Además, ocurre que incluso cuando los impuestos están dirigidos a un determinado grupo o sector, también los terminamos pagando todos. Eso también ocurre con el llamado impuesto a la riqueza. Es un impuesto “políticamente correcto” porque parece castigar a los ricos y favorecer a los pobres; y sin costo político, ya que los que pagan suman muy pocos votos y les podemos decir a todos los demás que no pagan y tal vez se beneficien en algo con ese impuesto. Este segundo es un supuesto más que fantasioso, desde ya. De ahí a que ese dinero que paguen los superricos llegue a los superpobres tiene que pasar por la política, que cobra un peaje muchas veces superior a la recaudación.

Por otro lado, hay que conocer un principio básico de todo impuesto: es como el glifosato, sobre lo que caiga, lo mata. A menos que sea una semilla genéticamente modificada (como por ejemplo los sueldos de los funcionarios públicos). Es decir, si se establece un impuesto a la riqueza, habrá menos riqueza…, y si no se genera más riqueza, habrá más pobreza, el estado natural del ser humano. Así es como el impuesto a los ricos terminará afectando a los pobres.

El principio de que el impuesto mata lo que encuentra donde cae es tan viejo que no extraña encontrarlo en trabajo clásicos, incluso en textos que no son de economía. Tal es el caso de el clásico de Jonathan Swift, Los Viajes de Gulliver (1726). El autor ya tenía esto muy claro y lo muestra con los profesores que encuentra Gulliver en su viaje, al visitar la Academia en la isla de Lagado, donde hay discusiones sobre este tema:

“Asistí a un debate muy acalorado entre dos profesores acerca del modo más cómodo y efectivo de recaudar dinero sin oprimir a los contribuyentes. El primero sostenía que el método más justo sería poner un tributo sobre los vicios e idioteces de cada individuo; un jurado de vecinos sería el encargado de fijar la cantidad del modo más objetivo posible. El segundo sostenía la opinión enteramente opuesta; quería que cada persona tributase por las cualidades físicas y espirituales de las que se enorgullecía; cuanto más alta estima uno se tuviese, más elevado sería el impuesto; el importe sería fijado por cada uno. El impuesto más elevado recaería sobre los hombres de mayor éxito con las mujeres y variaría según el numero y naturaleza de los favores recibidos. El cómputo se fijaría por las declaraciones da propio interesado. La inteligencia, el valor, y la cortesía estaban también sujetas a severo tributo; se recaudaba del mismo modo: la cantidad dependía de las declaraciones del propio contribuyente. El honor, justicia, prudencia y saber estarían totalmente exentos de impuestos, porque son calificaciones tan singulares que nadie las valora ni en uno mismo ni en el prójimo.

Las mujeres tributarían por su belleza y elegancia en el vestir, otorgándoles el mismo privilegio masculino: el de fijar ellas mismas la cantidad. Pero la constancia, castidad, el sentido común y la bondad no estaban en baremo, porque no cubrirían los costes recaudatorios”.

El debate es aleccionador en dos aspectos. En primer lugar, los profesores tratan de encontrar un impuesto que no oprima a los contribuyentes. En verdad, esto no es posible, ya que se trata de una exacción forzada, necesaria para mantener los gastos del Estado. Por ello, no puede haber discusión de los impuestos sin que lo haya de los gastos.

En segundo lugar, ambos profesores se guían por un criterio correcto, esto es, cuando se aplica un impuesto sobre algo, se obtiene menos de eso. Uno de ellos quiere establecer impuestos sobre los vicios, con el objetivo de que haya menos. El otro, en realidad, no tiene una opinión diferente ya que intenta colocar un impuesto sobre las cualidades que cada uno estima tener, con el objetivo de reducir la pedantería y el engreimiento.

En nuestra dura realidad, los impuestos se aplican muchas veces sobre las actividades productivas y, por lo tanto, obtenemos menos de ello. Incluso se llega a niveles de impuestos tan altos que ciertas actividades se ven forzadas a cesar.

¿Qué tal si ponemos un impuesto, muy alto, a las dañinas propuestas de aumentar impuestos?

*Profesor de Economía, UBA; Consejo Académico, Fundación Libertad y Progreso

No sobrestimemos el riesgo de abrir las escuelas – por Edgardo Zablotsky

Hace pocos días, CTERA publicó un comunicado oponiéndose a la, mal llamada, apertura de escuelas en la Ciudad de Buenos Aires: “Ante los anuncios de Horacio Rodríguez Larreta, de iniciar el 7 de septiembre en la Ciudad las clases en forma presencial, la CTERA expresa su enérgico rechazo a esta medida que pondrá en riesgo la vida de docentes, estudiantes y Comunidad Educativa”.

¿Es realmente significativo dicho riesgo? Esta columna presenta evidencia de otras latitudes, la cual refleja que probablemente lo estemos sobrestimando considerablemente.

A modo de ejemplo, en una nota del 26 de agosto pasado, Bob Spires, Profesor de Educación de la Universidad de Richmond, señala el resultado de la estrategia llevada adelante por Suecia, donde los alumnos menores de 16 años no dejaron de concurrir a las escuelas.

En palabras de Bob Spires: “El plan de Suecia parece haber sido lo suficientemente seguro. Su agencia de salud informó el 15 de julio que los brotes de COVID-19 entre el millón de escolares de Suecia no eran peores que los de la vecina Finlandia, donde se cerraron las escuelas. Y los pediatras han visto pocos casos graves de COVID-19 entre niños en edad escolar en Estocolmo”.

Por su parte, una nota del periódico madrileño El País, del mismo día, reporta que según las autoridades inglesas la reapertura de los colegios durante el mes de junio, hasta el receso estival, provocó muy pocos nuevos casos de coronavirus. Dicha conclusión surge de datos de 23.400 escuelas y guarderías, y 1.646.000 niños y jóvenes. En un mes, sólo se confirmaron 198 nuevos casos, de ellos 70 eran niños y los 128 restantes personal educativo. Ninguno de ellos tuvo que ser hospitalizado.

Durante ese mes de clases se utilizaron diversas medidas de seguridad como el lavado frecuente de manos, la creación de burbujas de niños que no se relacionaron con los demás y la reducción del tamaño de las clases, pero no se requirió el uso de barbijos.

El informe denominado: “Infección y transmisión del SARS-CoV-2 en entornos educativos: análisis transversal de grupos y brotes en Inglaterra”, publicado por la Agencia Inglesa de Salud Pública, concluye que “la reapertura de las escuelas se asoció con muy pocos brotes después de la relajación de la cuarentena en Inglaterra. La infección por SARS-CoV-2 y los brotes eran más propensos a involucrar a los miembros del personal, lo que pone de relieve la necesidad de mejorar las medidas de educación y control de infecciones para este grupo”.

Frente a la tragedia educativa que estamos viviendo, una apertura controlada de escuelas, manteniendo estrictamente todas las medidas de seguridad recomendadas, no parece ser una opción descabellada. Es indudable que como toda decisión que se tome frente a la pandemia involucra un riesgo que debe ser cuidadosamente evaluado, pero probablemente un riesgo que está siendo sobrestimado, y que en virtud de ello muchos chicos están viendo afectadas sus posibilidades de acceder a una vida mejor en su adultez. Nada es gratis, mantener cerradas las escuelas tampoco, no debemos olvidarlo.

Fuente https://www.clarin.com/opinion/sobrestimemos-riesgo-abrir-escuelas_0_caGMgsNdI.html

Infobae: Por Qué el Impuesto a la Riqueza es una Mala Idea

Impuesto a las ganancias, aumentos del IVA, y el impuesto al cheque son sólo tres ejemplos de impuestos que prometieron ser de emergencia, pero rápidamente se transformaron en permanentes. No se puede tomar con seriedad a la promesa del oficialismo de que el nuevo impuesto a la riqueza es de única vez. Más allá de la falta de credibilidad, el problema es que el impuesto a la riqueza es una mala idea. Argentina necesita reducir su presión fiscal, no aumentarla.

La riqueza a la cual se le intenta aplicar un impuesto no son billetes escondidos en cajas de seguridad. Son fondos aplicados a inversiones que contribuyen a producir bienes y servicios, crear trabajo y, por lo tanto, disminuir la pobreza. Argentina no está en condiciones de hacer aún más costosos los emprendimientos productivos. Desde que asumió el actual gobierno, nos enteramos de empresas que dejan el país (Latam), intentos de expropiación (Vicentin), o grandes empresas que dejan de considerar a Argentina como destino de nuevas inversiones (Amazon). Es decir, el impuesto a la riqueza no es un impuesto que afecta únicamente a los ricos, sino que produce efectos negativos sobre clases medias y bajas.

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