La pequeña isla asiática se convirtió en poco tiempo en uno de los países más prósperos, avanzados y seguros del mundo.
Singapur.- El viajero chino que por primera vez dejó un testimonio escrito sobre esta isla en el siglo XIV la llamó «La isla de los leones» (Singapura), pero se equivocó de animal, porque aquí nunca hubo leones, sólo tigres, y en gran cantidad; hasta muy avanzado el siglo XIX estas fieras se comían a los campesinos que se extraviaban en sus selvas.
Singapur ha demostrado, contra todas las teorías de sociólogos y economistas, que razas, religiones, tradiciones y lenguas distintas en vez de dificultar la coexistencia social y ser un obstáculo para el desarrollo, pueden vivir perfectamente en paz, colaborando entre ellas, y disfrutando por igual del progreso sin renunciar a sus creencias y costumbres. Aunque la gran mayoría de la población es de origen chino (un 75%), los malayos y los indios (tamiles, sobre todo), así como los euroasiáticos cristianos, conviven sin problemas con aquellos en un clima de tolerancia y comprensión recíprocas, lo que, sin duda, ha contribuido en gran parte a que este pequeño país haya ido quemando etapas desde su independencia, en 1965, hasta convertirse en el gigante que es ahora.