"There is only one difference between a bad economist and a good one: the bad economist confines himself to the visible effect; the good economist takes into account both the effect that can be seen and those effects that must be foreseen." Frederic Bastiat
– David Sanz; Juan Morillo: The Hayekian Theory of Chronic Unemployment
– Edward W. Fuller: Keynes and Fractional Reserve Banking: The NPV vs. MEC
– Rafael García Iborra: Financial Effects of Monetary Expansions
– Aliaksandr Kavaliou: Mises’ Monetary Argument in Economic Calculation Debate: Cross the Ts and dot the Is
– Jorge Gómez Arismendi: El Mercado como bien público
– Olga Peniaz: Minsky’s Financial Instability Hypothesis vs. Austrian Business Cycle Theory Notas
– Walter E. Block; William Barnett II: Boudreaux on high wages; a critique
– Edgar Ortiz Romero: En un mundo de monedas fiat: ¿tipo de cambio fijo o flotante según la escuela austriaca?
– Christopher P. Guzelian: Silver: A morally good money
– Juan Antonio Gregorio Martínez de los Reyes: El ciclo económico en la Escuela Austriaca de Economía: La relación entre la medición del Gross Output y la recaudación del IVA
– Malte Tobias Kähler: How Behavioral Economics can enrich the Perspective of the Austrian School
– María Blanco; Luis I. Gómez: La agilidad como estrategia en la visión sistémica de la empresa
– Tatiana Macías Muentes: Análisis de la crisis y reforma del sistema de Educación Superior de Ecuador, inspirado en el Modelo guatemalteco Documentos
– Miguel A. Fernández Ordóñez: El futuro de la banca: dinero seguro y desregulación del sistema financiero
– Jesús Huerta de Soto: Anarchy, God and Pope Francis
– Murray N. Rothbard: La Invasión Hermenéutica de la Filosofía y la Economía
– Hugo Salinas Price: Moneda de plata para México
– Ludwig von Mises: La Economía y la rebelión contra la razón
– Friedrich A. Hayek: Reglas, percepción e inteligibilidad Reseñas bibliográficas Noticias Sugerencias de nuevas lecturas
Hay autores cuyos escritos conservan actualidad por más que transcurra el tiempo. Son aquellos que van al hueso de las cosas y no se entretienen con lo meramente coyuntural por lo que sus consideraciones abarcan períodos muy extensos puesto que ayudan a reflexionar a las mentes curiosas de cualquier época. Este es, por ejemplo, el caso de Richard Pipes (1923-2018) el eximio profesor de historia en la Universidad de Harvard, nacido en Polonia y radicado desde muy joven en Estados Unidos.
Tuve el privilegio de conocerlo en el congreso anual de la Mont Pelerin Society en Chatanooga (Tennesse) en septiembre de 2003, oportunidad en que ambos presentamos trabajos que expusimos ante el plenario por lo que pude intercambiar ideas durante un almuerzo muy bien organizado en el que participamos los panelistas. Un hombre de una versación formidable y como todo intelectual de peso siempre muy solícito para responder interrogatorios de muy variado tenor.
Sus obras son múltiples pero en esta nota periodística me limito a los tres libros que tengo de su autoría en mi biblioteca, traducidos al castellano. Se trata de Propiedad y libertad. Dos conceptos inseparables a lo largo de la historia (México, Fondo de Cultura Económica, 1999/2002), Historia del comunismo (Barcelona, Mondadori, 2001/2002) y La Revolución Rusa (Madrid, Debate, 1990/2016).
El primer libro está consubstanciado con lo mejor de la tradición de
pensamiento liberal en el sentido que sin el uso y disposición de lo propio,
comenzando por la vida, la exteriorización del propio pensamiento y la plena
disposición de los bienes adquiridos legítimamente, sin estos atributos
decimos, no hay libertad posible. La libertad es ausencia de coacción por parte
de otros hombres ya que el uso de la fuerza agresiva no permite lo anterior.
En este contexto es del caso recordar que Ludwig von Mises ha demostrado en los años veinte que el
socialismo es un imposible técnico ya que la abolición de la propiedad que
propugna no permite la existencia de precios y, por ende, no resulta posible la
evaluación de proyectos y la contabilidad con lo que no se conoce el grado de
despilfarro de capital, en otros términos, no hay tal cosa como economía
socialista. Y es importante recalcar que sin necesidad de abolir la propiedad,
en la medida en que se daña esta institución crucial se producen efectos
adversos en cuanto a desajustes y distorsión de los precios relativos que
inexorablemente malguian los siempre escasos factores de producción con lo que
los salarios e ingresos en términos reales disminuyen.
En aquella obra sobre la propiedad,
Pipes pasa revista a los instintos de los animales en cuanto a la
territorialidad y los correspondientes trabajos de etología, principalmente de
Konrad Lorenz y de Nikolas Tinbergen, a la natural noción de propiedad entre
los niños y entre los pueblos primitivos a pesar de no contar con registros de
propiedad.
Se detiene a considerar el caso del fascismo y el nacionalsocialismo como
sistemas en los que se permite “o más bien se tolera” el registro de la
propiedad pero en verdad se trata de “una propiedad condicional, bajo la cual
el Estado, el propietario en última instancia, se reserva el derecho a
intervenir e incluso a confiscar los bienes que a su juicio se usan
inadecuadamente”.
Subraya que en el llamado “estado de bienestar” donde “la agresión sobre
los derechos de propiedad no siempre es evidente porque se lleva a cabo en
nombre del ´bien común´, un concepto elástico, definido por aquellos cuyos
intereses sirve”. En la era de las carreras desenfrenadas por los proyectos de
ley, pondera al “gran estadista inglés de mediados del siglo xviii, William
Pitt el viejo, conde de Chatham, quien fue primer ministro durante ocho años, no
elevó un solo proyecto de ley al Parlamento […] como apuntó Frederick Hayek, todo aumento del alcance del poder
estatal, en si y de por si, amenaza la libertad”. Y muestra como las
expropiaciones fundadas en ley “a menudo
se asemejan a la confiscación” .
También puntualiza que “el verbo discriminar ha siso politizado hasta
tal punto que casi ha perdido su sentido original” y se ha convertido en un
ataque a la propiedad de cada cual al restringir la capacidad de elegir, optar
y preferir confundiéndose con la discriminación por parte de los aparatos
estatales al proceder en sentido contrario a la igualdad ante la ley.
Termina su obra, luego de analizar muy diversos casos históricos, con el
tema educativo lamentándose de que “cada vez más las instituciones de la
enseñanza superior se encuentran bajo la vigilancia de la burocracia federal”.
En el segundo libro sobre el historial del comunismo, Pipes estudia los
casos cubano, chino, chileno de Allende, soviético, de Camboya, Etiopía, Corea
del Norte con una documentación muy rigurosa donde pone de manifiesto los
resultados calamitosos del sistema.
Explica que “el comunismo no es una buena idea que salió mal, sino una
mala idea […] el marxismo, fundamento teórico del comunismo, lleva en si la
semilla de su propia destrucción, tal como Marx y Engels le habían atribuido
erróneamente al capitalismo”. Finalmente subraya el tema tan importante de los incentivos perversos
inherentes al comunismo por lo que “desarrolla los instintos más rapaces”.
Hago a esta altura una digresión para aludir a Eudocio Ravines
(1897-1997), quien fuera Premio Mao y Premio Lenin, cuenta en su autobiografía
que su primer paso hacia la conversión fue considerar que el problema radicaba
en el mal manejo y el espíritu sanguinario de Stalin. Tardó mucho en percatarse
que la raíz del problema estaba en el sistema y no en los administradores.
Pipes cita en esta segunda obra El
libro negro del comunismo. Crímenes, terror y represión de Stephane
Courtois y sus colegas, un volumen donde se contabilizan más de cien millones
de masacrados por el comunismo de 1917 a 1989 además de las asfixias por las
feroces represiones y las espantosas hambrunas provocadas por el régimen.
Escribe Piper que “los movimientos y regimenes revolucionarios tienden, en cierta
medida, a hacerse cada vez más radicales y más implacables. Esto sucede porque,
después de sucesivos fracasos, sus dirigentes, en lugar de reexaminar sus
premisas fundamentales -dado que son éstas las que proporcionan las bases
lógicas de su existencia- prefieren ponerlas en práctica aun con mayor rigor”.
Este es el resultado indefectible de la fantasía criminal de producir “el
hombre nuevo” y “la felicidad eterna” en base a los aparatos estatales
desbocados, cuando en verdad desde la primera restricción a la libertad por más
inocente que pueda parecer al comienzo se están sentando las bases para la
destrucción moral y material bajo las directivas implacables de los mandones de
turno.
El tercer y último libro que comentamos aquí muy brevemente es el que se
refiere a la revolución rusa (1045 páginas en la edición referida). Como he
apuntado antes en base al monumental obra de Pipes, el régimen zarista
implantado en 1547 por Iván IV (el terrible), con el tiempo se caracterizó por
los atropellos de la policía política (Ojrana) con sus reiteradas requisas,
prisiones y torturas, la censura, el antisemitismo, los siervos de la gleba en
el contexto del uso y disposición de la
tierra por los zares y sus acólitos sin ninguna representación de los
gobernados en ninguna forma. Hasta que por presiones irresistibles y cuando ya
era tarde debido a los constantes abusos, Nicolás II consintió la Duma (tres
veces interrumpida) en medio de revueltas, cavilaciones varias y una influencia
desmedida de Alejandra (“la alemana” al decir de la oposición en plena guerra)
basada en consejos atrabiliarios de Rasputín. Finalmente, el zar abdicó primero
y luego se constituyó un Gobierno Provisional que en última instancia comandaba
Kerenski quien prometía “la instauración de la democracia” pero que finalmente
se vio obligado a entregar el poder a los bolcheviques (cuando Hitler invadió
la Unión Soviética en 1941, Kerenski, desde Nueva York, le ofreció ayuda a
Stalin por correspondencia la cual no fue respondida, una señal de desprecio
que merecen aquellos que pretenden actuar a dos puntas).
Imaginemos la situación de toda la población campesina en la Rusia de
los zares, nada instruida que recibía de parte de las posiciones más
radicalizadas del largo período desde 1905 que comenzaron las revueltas hasta
1917 en que estalló la revolución primero en febrero y luego en octubre cuando
los soviets se alzaron con el poder bajo el mando de Lenin. Imaginemos a estas
personas a quienes se les prometía entregarles todas las tierras de la nobleza
frente a otros que proponían limitar el poder en un régimen de monarquía
constitucional y parlamentaria. Sin duda para esa gente resultaba mucho más
atractivo el primer camino y no el de “salvar a la monarquía del monarca”.
Cuando hubo cesiones de algunas tierras se instauró el sistema comunal que
algunos pocos dirigentes trataron sin éxito de sustituir por el de propiedad
privada (en primer término debido a los denodados esfuerzos de Stolipin). Es
que la tierra en manos de la nobleza como una imposición hacía creer que toda
propiedad era una injusticia, extrapolando el privilegio a las adquisiciones
legítimas.
De las cuatro revoluciones que más han influido hasta el momento sobre
los acontecimientos en el mundo, la inglesa de 1688 que destronó a Jaime II por
Maria y Guillermo de Orange donde con
el tiempo se recogieron en grado creciente las ideas de autores como Algernon
Sidney y John Locke, la norteamericana de 1776 que marcó un punto todavía más
profundo y un ejemplo para todas las sociedades abiertas en cuanto al respeto a
las autonomías individuales, la Revolución Francesa de 1789 que consagró las
libertades del hombre, especialmente referidas a la igualdad de derechos (art.
1), esto es, la igualdad ante la ley y la propiedad (art.2), aunque la contrarrevolución
destrozó lo anterior y, por último la Revolución Rusa de 1917 que, desde la
perspectiva de la demolición de la dignidad del ser humano, constituyó un golpe
de proporciones mayúsculas que todavía perdura sin el aditamento de “comunismo”
porque arrastra el recuerdo de cientos de millones de masacrados y otras tantas
hambrunas. Del terror blanco pasar al terror rojo empeoró las cosas y, como es
sabido, el sistema actual en Rusia es uno de mafias enquistadas en el poder.
Como queda dicho, la obra de Richard Pipes no se agota en los tres
libros que hemos mencionado, pero da una idea de la dimensión de las faenas
emprendidas por este notable historiador que permiten extraer valiosos
enseñanzas para los momentos que actualmente vivimos que con la etiqueta del
nacionalismo se vuelven a repetir los errores del pasado.
La tarea para aquellos que pretenden vivir en una sociedad libre consiste en salir al
encuentro de las falacias del estatismo, cualquiera sea la denominación a que
se recurra para que el Leviatán atropelle los derechos de las personas. La
obligación moral de todos quienes pretenden ser respetados es la de contribuir
a enderezar y fortalecer los pilares de la libertad. No hay excusas para
abstenerse de una misión de tamaña envergadura. En esta instancia del proceso
de evolución cultural, es imperioso establecer límites adicionales al poder
político para no correr el riesgo de convertir el planeta en un inmenso Gulag
en nombre de una democracia que en verdad se está degradado en dirección a cleptocracias
de distinto grado.
En otras ocasiones me he detenido a subrayar lo que a juicio de muchos intelectuales es el uso desaprensivo de la expresión “clase social” puesto deriva de la idea que hay personas de una clase o naturaleza distinta. Esta noción deriva del marxismo en cuyo contexto se sostiene que el burgués y el proletario son de una clase o naturaleza distinta ya que poseen una estructura lógica diferente. En este sentido son consistentes con su premisa, aunque ésta esté errada ya que ningún marxista explicó en que estriba concretamente la diferencia, en que reside el manejo distinto de los silogismos y, por otra parte, que le ocurre al hijo de un proletario y una burguesa o que le sucede específicamente a la estructura lógica del proletario que se gana la lotería y así sucesivamente.
Como también hemos apuntado en su oportunidad, los sicarios nazis luego
de galimatías varios en sus absurdas clasificaciones de lo que denominan arios
y semitas llegaron a la conclusión que el tema era mental adoptando la
concepción marxista al comprobar que solo diferenciaban a las víctimas de los
victimarios rapando y tatuando a los primeros pues no había posibilidad alguna
de clasificar en base a rasgos físicos.
Como queda dicho, si bien los marxistas son consistentes con sus
premisas erradas, los que recurren inocentemente a la expresión “clase social”
son del todo incoherentes con sus premisas porque no quieren decir que las
personas de distinta clase sean de naturaleza distinta, lo que quieren decir es
que obtienen ingresos distintos. En ese caso es mejor decir eso mismo: ingresos
medios, ingresos altos e ingresos bajos. Por otro lado, el concluir que los de
ingresos altos en general pueden acceder a una educación formal de mejor
calidad que los de ingresos bajos es una grosera perogrullada pero en una
sociedad abierta en donde la movilidad social es máxima no significa que la
gente muta su naturaleza o cambia de clase de persona al elevar o reducir sus
ingresos.
Más aún, aludir a la clase baja constituye una torpeza repugnante, referirse
a la clase alta es de una frivolidad digna de la mayor tilinguería y hacerlo
respecto a la clase media es llamativamente anodino.
Una vez aclarado lo anterior, vamos a lo que Milovan Djilas bautizó como
“la nueva clase” en un best-seller que lleva ese título y que se tradujo a once
idiomas. Un ex cómplice y partícipe directo del totalitarismo que conoció desde
adentro todas las artimañas del poder como fueron los también resonantes casos
de Eudocio Ravines y Whittaker Chambers sobre los que he escrito en otras
ocasiones. Los tres consideraron en una primera instancia que los desbarranques
se debían a malas gestiones del sistema, tardaron en percatarse que el asunto no
radica en las personas que administran un sistema autoritario sino en el
sistema mismo: en el manejo arbitrario de las vidas ajenas, en el abuso del
poder político, en la soberbia de los mandamases, en otros términos, en la
falta de libertad y el consiguiente atropello a los derechos de las personas y
la aniquilación de las autonomías individuales.
Se trata en este caso efectivamente de una casta por el momento de
intocables, una clase que agrupa a personas que apuntan a la extender el poder
a todos los vericuetos de lo que hasta el momento era vida privada y a mantener
y ampliar los privilegios de ese conglomerado de políticos irresponsables. Es
una agrupación de sujetos que tienen como denominador común un deseo
irrefrenable de dominación y una marcada inclinación a la acumulación de
privilegios y dádivas de procederes turbios. Una clase por cierto aborrecible
cuyo eje central apunta al daño sistemático e institucionalizado a seres
inocentes. Una mezcla diabólica entre lo estipulado por Orwell y Huxley respectivamente.
La elaboración de Djilas es extrapolable no solo a todos los regímenes
dictatoriales sino a estructuras políticas a veces consideradas democráticas
pero que en verdad son cleptocracias en las que los sueños de vida, las
libertades y las propiedades están en manos de desvaríos monumentales de los gobernantes
de turno.
En este contexto la nueva clase paradójicamente se instala argumentando
que deben eliminarse las clase mientras filtran el abuso de poder envuelto en
un dogmatismo y una intolerancia inaceptables para todo lo que se le opone, lo
cual indefectiblemente gangrena al cuerpo social. Esta casta de políticos y
funcionarios no son todos los burócratas ni todos los políticos, son los que
tienen una sed ilimitada de chupar la sangre del prójimo. Son los arrogantes
que consideran que son los iluminados del momento y que deben contar con un
cheque en blanco para imponer sus veleidades sobre las vidas y haciendas ajenas.
En esta instancia del proceso de evolución cultural hay y ha habido políticos
-los menos- que estrictamente limitan sus funciones a la preservación de
derechos que son anteriores y superiores a la existencia de todo gobierno.
En cambio, la nueva clase está formada por ideólogos en el sentido más
difundido del término, a saber, los que pretenden imponer sistemas cerrados,
terminados e inexpugnables, es decir, a contracorriente del espíritu liberal
por naturaleza abierto a procesos evolutivos que toman el conocimiento con la
característica de la provisionalidad abierta a posibles refutaciones en el
contexto del respeto recíproco a proyectos de vida distintos a los que caprichosamente
se esmeran por encajar los megalómanos
Todo comienza con los primeros pasos. En nuestro caso, se trata de
avances del aparato estatal en faenas que los principios republicanos no
permiten pero que un poco de estatismo posibilita ganar elecciones. La célebre
demagogia. En el caso de progreso material hay quienes sienten envidia por los
que obtienen ingresos más suculentos que los suyos y pretenden el manotazo.
Como no queda bien robar a mano armada, les piden a los gobernantes que hagan
la tarea por ellos a través de muy distintos procedimientos fiscales
vociferando que la riqueza es el resultado de la suma cero en lugar de atender
la realidad en cuanto a que es un proceso dinámico y cambiante en una sociedad
abierta según la capacidad de cada cual para atender las necesidades de los
demás.
Pero al instalar una venda sobre los ojos para que no pueda espiarse la
realidad, se consolidan en el poder los políticos inescrupulosos y quedan atrás
los que no se atreven a adoptar medidas groseramente intervencionistas y
estatistas. De este modo entonces se convierte el asunto en una carrera por
promesas cada cual más “progresista”, este aditamento absurdo que en verdad
alude a su antónimo puesto que permite enganchar a los incautos para arrastrarlos
con la furia del fanático al retroceso moral y crematístico.
Más abajo veremos algunas sugerencias para revertir esta tendencia que
promete acabar con la democracia tal como fue concebida para vivir en libertad
en oposición al autoritarismo, pero ahora mencionamos algunas de las recetas iniciales
que causan el problema de marras.
Veamos muy telegráficamente siete pilares sobre los que se basa la nueva
clase de donde derivan otras medidas autoritarias que en escalada tarde o
temprano terminan en una fatídica tendencia a amordazar la prensa independiente
y a enclaustrar mentes a través de sistemas educativos vigilados y
reglamentados por estructuras políticas a contracorriente de sistemas abiertos
en competencia.
En primer lugar, la manía del igualitarismo de resultados que en contraposición
a la igualdad ante la ley la pretenden prostituir sustituyendo de contrabando
el ante por el mediante la ley y así en mayor o menor medida se aplica la
guillotina horizontal que inexorablemente difiere de lo estipulado por la gente
con sus compras y abstenciones de comprar en los supermercados y afines. Esta
mal asignación de los siempre escasos recursos necesariamente se traduce en derroche,
lo cual, a su vez, hace que bajen los salarios e ingresos en términos reales.
En segundo término, la idea desformada del derecho confundiéndola con
pseudoderechos. Derecho es la facultad de usar y disponer de lo adquirido
legítimamente pero de ningún modo el echar mano por la fuerza al fruto del
trabajo ajeno. En un medio oral acaba de declarar un conocido político
argentino que “frente a cada necesidad nace un derecho”, en realidad una
barrabasada superlativa que pone al descubierto el desconocimiento más palmario
no solo del “dar a cada uno lo suyo” según la definición clásica de la Justicia
sino que bajo tierra apunta a arrancar recursos de los bolsillos de otros
recurriendo a la violencia.
Tercero, la nueva clase usa un lenguaje hipócrita al alardear de una
defensa de los pobres cuando los expolia a través de medidas antieconómicas, al
tiempo que suele acumular riquezas malhabidas y siempre engrosa sus propias
filas con privilegios de muy diverso calibre.
Cuarto, se basa como apoyo logístico en legislaciones sindicales que
operan con recursos descontados coactivamente de los trabajadores y con
representaciones compulsivas.
Quinto, la nueva clase descansa en alianzas con empresarios prebendarios
que como un intercambio de favores les entregan mercados cautivos en el
contexto de una economía cerrada a la competencia nacional e internacional.
Sexto, estatizan actividades comerciales al efecto de incrementar su
poder aunque arrojen déficits crónicos y los servicios disminuyan de calidad a
ojos vista.
Y séptimo, recurren a subterfugios monetarios y bancarios alegando un
tragicómico fine tuning para que la
nueva clase pueda hacerse indebidamente del fruto del trabajo de los gobernados
a quienes esquilman sin piedad aparentando luchas contra la inflación.
Si nos damos cuenta de estas exacciones por las que aumenta el gasto
público, los impuestos y la deuda estatal, es menester producir cambios para
deshacernos de la nueva clase. No tiene sentido limitarse a la queja y
pretender cambios aceptando un sistema que incentiva y entroniza la nueva
clase.
Antes me he referido a posibles modificaciones al efecto de introducir
vallas a la extralimitación del poder, pero es del caso repasarlos brevemente,
no necesariamente para que se adopten tal cual sino como una invitación a usar
las neuronas para pensar en otros procedimientos que dejen sin efecto los
atropellos de la nueva clase o casta consubstanciada con un Leviatán desbocado.
Para estos propósitos antes hemos propuesto meditar acerca de posibles
cambios de carácter sustancial en los tres poderes para reafirmar la democracia
al estilo de los Giovanni Sartori de nuestra época alejándola de los peligros
de los Hugo Chávez de nuestro tiempo.
En esta línea argumental, sugerimos que los integrantes del Poder
Legislativo sean adhonorem como algunos de los cargos en
las repúblicas de Venecia y Florencia de antaño, dejando de lado legislaciones
incompatibles con el Estado de Derecho que abren las puertas a conflictos de
intereses inaceptables e incompatibles con el sentido jurídico de la Ley.
Proponemos también aplicar al Ejecutivo la recomendación de Montesquieu que
se encuentra “en la índole de la democracia” en el sentido de proceder a
elecciones por sorteo al efecto se subrayar lo dicho por Karl Popper en cuanto
a la imperiosa necesidad de trabajar en el fortalecimiento de las instituciones
y no sobre los hombres para que “el gobierno haga en menor daño posible”, a lo
cual puede agregarse la idea del Triunvirato tal como fue argumentado
originalmente en la Asamblea Constituyente estadounidense según relata en sus
memorias James Madison.
Por último, introducir y generalizar el sistema de arbitrajes privados
en el Poder Judicial sin ninguna limitación, incluso sin la necesidad que
quienes actúen sean abogados, en el contexto de una carrera judicial rigurosa y
estricta bien alejada del positivismo legal que ha hecho estragos al derecho.
La inercia y las telarañas mentales no permiten salir del pantano del statu quo y del espíritu conservador en
el peor sentido de la expresión. No puede resolverse un problema insistiendo en
adoptar las causas que lo provocan. La nueva clase se está riendo a carcajadas
homéricas de todos nosotros. Observan con deleite obsceno los preparativos de
los procesos electorales y el acto comicial mismo con las fauces abiertas de
par en par para engullirse el próximo botín.
Si las propuestas que recogemos para liberarnos de la nueva clase no
satisfacen por algún motivo, piénsese en otras salidas pero no podemos quedar
con los brazos cruzados frente a este espectáculo dantesco y al mismo tiempo
bochornoso por el que quedan francos los tenebrosos pasillos hacia nuevos
socialismos, al tiempo que se derrumba la democracia y el constitucionalismo
que desde la Carta Magna de 1215 fueron ideados para limitar el poder y no para
introducir una canilla libre de dislates que perjudican a todos pero muy
especialmente a los más necesitados.
Se encienden las alarmas cuando representantes de la nueva clase
declaran que quieren resolver los problemas de la gente, en lugar de dejarla en
paz. Hay que combatir los residuos atávicos de la tribu, de ese modo los
intocables de hoy no lo serán en el futuro.