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Acerca de Adrián Ravier

Adrian Ravier es Doctor en Economía Aplicada por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Profesor en la Escuela de Negocios de la Universidad Francisco Marroquín.

Coronavirus: Una oportunidad para reflexionar sobre la libertad – por Alberto Benegas Lynch (h)

Al efecto de sacar alguna partida de los aislamientos debido a la pandemia que a todos nos afecta en nuestras actividades diarias, es del caso reflexionar acerca de un aspecto que forma parte de las conclusiones fundamentales de innumerables autores. Como con todos los escritores prolíficos, hay asuntos en los que uno concuerda y otros con los que discrepa. Eso ocurre con nuestros propios escritos ya que, leídos a la distancia, nos percatamos de que podríamos haber mejorado la marca, sea en la redacción o en el contenido. Por eso es que Jorge Luis Borges, citándolo a Alfonso Reyes, decía que como no hay tal cosa como un texto perfecto: “Si no publicamos, nos pasaríamos corrigiendo borradores”. Habiendo dicho esto, observamos que tradicionalmente ha habido gran coincidencia en el eje central de la condición humana, pero de un tiempo a esta parte han aparecido quienes rechazan el eje central de dicha condición.

De entrada digamos que el aspecto medular al que nos referimos remite al libre albedrío, a la libertad, esto es a la capacidad de razonamiento independiente, de ideas autogeneradas, de la posibilidad de distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, de la responsabilidad individual y de la conducta moral. En otros términos, que no estamos determinados por los nexos causales inherentes en los kilos de protoplasma sino que tenemos mente, psique o estados de conciencia diferenciados del cerebro material.

De cualquier manera, en sentido contrario, el autor que con más peso ha abierto cauce al materialismo, esto es la negación del atributo medular de la condición humana, ha sido Burrhus F. Skinner a través de sus múltiples trabajos, de modo especial en su obra que lleva el sugestivo y franco título de Más allá de la libertad y la dignidad, aunque esta postura se remonta a Demócrito (sobre el que Marx hizo su tesis doctoral). En nuestros días tal vez los autores que también mejor representan la postura abiertamente opuesta a la existencia del libre albedrío son Yuval Harari y Steven Pinker (he escrito separadamente y en detalle sobre ambos en textos titulados respectivamente “Un académico best-seller” y “La Ilustración a pesar de Steve Pinker”, donde destaco las críticas severas en el tema que estamos tratando y simultáneamente computo sus fértiles contribuciones en otras áreas).

Es de una muy llamativa curiosidad que haya quienes se consideran parte de la tradición de pensamiento liberal que producen obras muy recomendables, sólidas y sofisticadas pero que no se involucran en el debate que marcamos en estas líneas y, más aun, incluso en algunos casos rechazan la importancia y trascendencia de este tema como parte sustancial de los cimientos de la libertad con lo que en última instancia todo el edificio de la sociedad libre se derrumba. Están desafortunadamente impregnados de cientificismo, un término acuñado para señalar la falsa ciencia y la ausencia de rigor científico que en este caso se conjuga con el materialismo filosófico.

Para entrar en materia, digamos algo respecto a la llamada inteligencia artificial -un oxímoron- que es fruto de una mala interpretación y no simplemente una cuestión semántica. Debe destacarse la relevancia de la naturaleza humana que se diferencia de un aparato inerte. Por una parte, inteligencia deriva de inter-legum, esto es leer adentro, captar significados o la esencia de lo observado cosa que la materia está imposibilitada de hacer y por otro lado y más importante aun, la inteligencia demanda capacidad de decisión, libertad, libre albedrío puesto que si está determinada por los nexos causales inherentes a la materia no hay posibilidad de elección independiente, hay programación inexorable.

La inteligencia del ser humano procede de que no solo se trata de kilos de protoplasma sino de psique, mente o estados de conciencia que permiten revisar los propios juicios, ideas autogeneradas, distinguir entre proposiciones verdaderas y falsas, voluntad independiente, responsabilidad individual y moral. Si los humanos fuéramos aparatos programados, la libertad se tornaría en mera ficción.

Fredrick Copleston detalla “las incoherencias del determinismo”, Emanuel Kant sostiene que uno de los puntos más relevantes en filosofía consiste en mostrar “la libertad de la voluntad” y George Gilder asevera: “En a ciencia de la computación persiste la idea de que la mente es materia. En la agenda de la inteligencia artificial esa idea ha comprometido una generación de científicos de la computación en torno a la forma más primitiva de superstición materialista”.

La tecnología y específicamente la robótica prestan servicios notables a la humanidad, de lo cual no se sigue que deban confundirse con los atributos humanos. Hoy en día hay quienes se consideran “modernos” al sostener que en definitiva los humanos somos aparatos complejos pero aparatos al fin. Creen que recurriendo a la complejidad pueden zafar de la contradicción de una racionalidad irracional o de la libertad sin libre albedrío. En definitiva convierten la llamada sociedad libre en mera ficción. Destruyen los cimientos de la responsabilidad individual y del sentido moral puesto que sin seres libres no hay tales cosas.

Karl Popper ha bautizado como “determinismo físico” el supuesto de que el ser humano es pura materia que en ese caso no elige, decide y prefiere, es decir, no actúa, sino que está programado para decir y hacer lo que dice y hace, esto es, puro materialismo filosófico. Este autor concluye que “quien diga que todas cosas ocurren por necesidad no puede criticar al que diga que no todas las cosas ocurren por necesidad, ya que ha de admitir que la afirmación también ocurre por necesidad” y agrega que “si nuestra opiniones son resultado distinto de libre juicio de la razón o de la estimación de las razones y de los pros y contras, entonces nuestras opiniones no merecen ser tenidas en cuenta”.

En la misma línea argumental, John Hick sostiene que allí donde no existe libertad intelectual -lo cual es propio del materialismo- naturalmente no hay vida racional, por ende, la creencia que el hombre está determinado “no puede demandar racionalidad”.

Con razón el premio Nobel en neurofisiología John Eccles concluye: “Uno no se involucra en un argumento racional con un ser que sostiene que todas sus respuestas son actos reflejos, no importa cuán complejo y sutil sea el condicionamiento”.

Antes nos hemos referido a este tema, pero se hace necesario reiterar los ejes centrales de este problema crucial debido a la creciente difusión de la posición contraria. Dada la importancia del tema y de la perseverancia de la contracorriente que surge a la vuelta de cada esquina, se torna necesario machacar en la esperanza de que resulte clara la urgencia de aludir al mismísimo sustento de la sociedad libre.

Es de interés destacar la opinión del premio Nobel en física Max Planck que en este contexto afirma: “Se trataría de una degradación inconcebible que los seres humanos fueran considerados como autómatas inanimados en manos de una férrea ley de causalidad […] El papel que la fuerza desempeña en la naturaleza, como causa del movimiento, tiene su contrapartida, en la esfera mental, en el motivo como causa de la conducta”.

Por su parte, el lingüista Noam Chomsky señala: “No hay forma de que los ordenadores complejos puedan manifestar propiedades tales como la capacidad de elección […] Jugar al ajedrez puede ser reducido a un mecanismo y cuando un ordenador juega al ajedrez no lo hace del mismo modo que lo efectúa una persona; no desarrolla estrategias, no hace elecciones, simplemente recorre un proceso mecánico”.

El uso metafórico algunas veces se convierte en sentido literal, tal es el caso también de las expresiones “memoria” y “cálculo” aplicado a los ordenadores. Como apunta Raymond Tallis, aplicar la idea de memoria a las computadoras es del todo inadecuado, de la misma manera que cuando nuestros abuelos solían hacer un nudo en su pañuelo para recordar algo no aludían a “la memoria del pañuelo” puesto que “la memoria es inseparable de la conciencia”. En el mismo sentido, este autor destaca que en rigor las computadoras no computan ni las calculadoras calculan puesto que se trata de impulsos eléctricos o mecánicos sin conciencia de computar o calcular.

Thomas Szasz se refiere a otra metáfora pastosa en cuanto a la llamada “enfermedad mental” cuando esto contradice la noción de la patología que enseña que una enfermedad es una lesión orgánica, de tejidos y células y, por tanto, no puede atribuirse a comportamientos e ideas. Una cosa son los problemas químicos, desajustes en los neurotrasmisores y la sinapsis en el cerebro y otra es la mente. También Szasz muestra errores de algunas interpretaciones de las neurociencias en la materia.

Howard Robinson apunta: “Lo físico es público en el sentido de que en principio cualquier estado físico es accesible (susceptible de percibirse, de conocerse) para cualquier persona normal […] Los estados de conciencia son diferentes porque el sujeto a quien pertenecen -y solo ese sujeto- tiene un acceso privilegiado a eso” (lo cual no quiere decir que todo lo físico pueda tocarse o, en su caso, siquiera verse, como los campos gravitatorios, las ondas electromagnéticas y las partículas subatómicas).

Juan José Sanguineti resume bien el problema al escribir: “Los actos intencionados son de las personas, no de las partes ni potencias de las personas. Si doy un apretón de manos a un conocido para saludarlo calurosamente, no tiene sentido decir ´mis manos te saludan calurosamente´. Expresiones como ´mi cerebro cree´, ´mi hemisferio izquierdo interpreta´, ´la neocorteza percibe, ´las neuronas deciden´, ´el hipocampo recuerda´, ´mi sistema límbico está enfadado´ carecen de sentido, igual que atribuir a cosas como células o grupos de células actos como entender, tomar decisiones, preferir etc. […] Se puede decir mi ojo ve, aunque sería más exacto decir yo veo con mis ojos”.

A pesar de lo que dejamos consignado, aflora la visión opuesta en alguna parte teñida de posmodernismo que irrumpe con fuerza a partir de la sublevación estudiantil de mayo de 1968 en París y encuentra sus raíces en autores como Nietzsche y Heidegger. Los posmodernistas acusan a sus oponentes de “logocentristas”, rechazan la razón, son relativistas epistemológicos (lo cual incluye las variantes de relativismo cultural y ético) y adoptan una hermenéutica de características singulares, también relativista, que, por tanto, no hace lugar para interpretaciones más o menos ajustadas al texto.

También antes nos hemos referido en detalle al experimento del matemático Alan Turing refutado por el filósofo John Searle en lo que denominó “el experimento del cuarto chino”. Ahora solo resumo telegráficamente diciendo que en este jugoso intercambio quedó demostrada una vez más la diferencia fundamental -de naturaleza, no de grado- entre los programas de los ordenadores y la mente humana.

Como apuntamos al abrir esta nota periodística, el coronavirus nos tiene alejados unos de otros. En medio de la desgracia, esto puede servir para masticar y digerir lo dicho en dirección a reforzar los valores y principios de la libertad que es lo que nos otorga dignidad y nos permite desenvolvernos en la vida al elegir, preferir y optar entre distintos medios para la consecución de fines apetecidos.

Mención aparte claro está es la forma en que se usa la libertad. Después de haber leído casi todo lo publicado por Viktor Frankl y sin dejar de reconocer lo dicho más arriba sobre la imposibilidad de concordar en todo con autores que han generado producciones en gran escala, estimo que puede resumirse su filosofía de la logoterapia en tres capítulos. En primer lugar, su consejo de descubrir el sentido de nuestra vida (no fabricar, sino descubrir, hurgar en nuestro interior) lo cual se concreta en proyectos que una vez logrados deben sustituirse por otros al efecto de mantenerse vital. En segundo término, el percatarse que lo relevante no es la extensión del diámetro que abarca nuestro proyecto sino la calidad y la nobleza con que rellenamos el círculo. Y por último, Frankl hace un correlato con el entretenimiento que más lo atraía: el alpinismo en cuyo contexto dice que igual que en la vida no mira el precipicio que lo rodea ni se pone ansioso con la distancia que le falta recorrer para llegar a la cima, sino centrar la atención concretamente en cual es el próximo paso y donde colocará el pie para avanzar al objetivo.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente en Infobae, 9 de mayo de 2020.

No hay mucho margen económico para sostener la cuarentena – por Roberto Cachanosky

Según el último censo llevado a cabo por el Ministerio de Producción, en 2017 había en la Argentina 609.000 empresas privadas. De ese total, el 99% eran pymes con menos de 200 empleados

De acuerdo al último censo llevado a cabo por el Ministerio de Producción, en 2017 había en Argentina 609.000 empresas privadas. De ese total, el 99% eran PYMES, es decir, empresas hasta 200 empleados.

Las PYMES generaban el 77% de los puestos de trabajo, en tanto que las grandes empresas generaban el 23% restante de los puestos de trabajo. Al mes de febrero, presentaron declaraciones para pagos de aportes y contribuciones patronales 541.871 empresas, de las cuales 486 empresas eran estatales y el resto privadas. Es decir, quedaban al mes de febrero 541.385 empresas privadas que pagaron aportes y contribuciones en comparación con las 609.000 que fuero censadas en 2017.

Gráfico 1

De acuerdo a datos del Ministerio de Trabajo, las 609.000 empresas censadas se distribuían de acuerdo a los datos del gráfico 1.

Tomando como referencia esos datos, solo los rubros comercio, restaurantes y hotelería y construcción, que sabemos que están seriamente golpeados, representan el 46,4% del total de las empresas. Es decir, aun tomando los datos más optimistas, cuando se suman otras empresas del sector industrial que no trabajan (por ejemplo industria automotriz) y otros servicios, más del 50% de las empresas están sin aire para poder sobrevivir mucho tiempo esta cuarentena. Sin facturación no hay ingresos que permitan pagar los salarios, los impuestos y los alquileres de las oficinas y de los locales. Si no pago el alquiler del local, el dueño pasa a tener problemas económicos.

Gráfico 2

En base a datos del ministerio de Trabajo, en enero había 6 millones de personas trabajando en el sector privado en relación de dependencia. Claramente el sector comercio es el que más puestos de trabajo genera. Ahora, si tomamos los sectores más comprometidos por causa de la pandemia, como la actividad comercial, hoteles, restaurantes, actividad inmobiliaria, construcción, parte del transporte (aviación, micros de larga distancia, remiserías, etc.) parte de la industria, explotación de minas y canteras y pesca, un 63% de los puestos de trabajo están comprometidos y con serios problemas para cobrar sus sueldos de continuar la cuarentena. En realidad es un dato optimista, porque al caer el ingreso o puestos de trabajo, los sectores que hoy tienen actividad perderán parte de ella en la medida que la economía siga contrayéndose por efecto cierre de empresas o de empresas que no pueden pagar los sueldos por falta de ventas. En términos de valor agregado o  producto bruto, no menos del 50% de la economía está comprometida.

Si bien se puede entender la cuarentena, al hacerla tan estricta, sin margen para que la mayoría de las empresas puedan vender, podemos tener por delante un serio problema social que se sume a la ya alta y creciente pobreza. Pero no solo las empresas no van a poder pagar los sueldos y, en muchos casos puede ocurrir que tengan que cerrar y, se sabe, que empresa que muere luego es muy difícil revivirla, sino que, además, el sector público se va a quedar sin combustible de impuestos para financiar sus gastos y toda la ayuda que pueda ofrecerle al sector privado, más el financiamiento que tenga para sus sueldos y planes sociales, saldrá de la emisión monetaria, lo cual llevará a otro problema, una llamarada inflacionaria de proporciones con fuerte aumento de la pobreza.

A nivel nacional el IVA, el impuesto más relevante, va a caer brutalmente cuando veamos los datos de abril, porque todo el mes estuvimos en cuarentena. Pero las provincias tienen otro problema, no solo recibirán menos por la coparticipación federal, dada la caída de la recaudación impositiva, sino que sus propios ingresos están comprometidos.

Gráfico 3

En 2019, en promedio de todas las provincias, el impuesto a los ingresos brutos representó el 74% del total de las recaudaciones provinciales. Sin ventas por la cuarentena, ese impuesto va a caer tanto o más que el IVA. De manera que acá estamos enfrentando una situación en que el sector privado, sean PYMES o grandes empresas, no pueden subsistir por demasiado tiempo en cuarentena. La falta de ventas del sector privado hace que ni la nación, ni las provincias y tampoco los municipios tengan recursos para pagar sus abultadas y sobredimensionadas nóminas salariales.

Si todo va a salir de la impresión de billetes, lo más probable es que al problema sanitario, se le agregue un problema social por pérdidas de puestos de trabajo o salarios que no se pueden cobrar y un agudo proceso inflacionario.

Es entendible el asesoramiento de los médicos que indican los protocolos a seguir para no expandir el coronavirus, pero sería prudente que el gobierno empiece a pensar en un plan económico para salir de esta cuarentena que le pone cadenas a la economía, porque lejos de solucionar el problema sanitario se puede empeorar por razones de falta de recursos económicos para sostener el sistema de salud y alta conflictividad social.

ESTA NOTA FUE ORIGINALMENTE PUBLICADA EN http://www.infobae.com

¿Qué significa que el aparato estatal debe asistir? – Por Alberto Benegas Lynch (h)

Vivimos la era del asistencialismo de los aparatos estatales, pero es momento de hacer un alto en el camino y pensar qué significa ese drenaje de recursos y sobre todo y antes que nada detectar de dónde provienen los fondos para tales fines.

Son muchos los que demandan que deben ser asistidos por el estado pero lo que no queda claro es quién asiste a quién pues es, entre otros, el mismo interlocutor de semejante reclamo. Y decimos estado y no solo gobierno porque los manotazos exceden al poder ejecutivo. También, al contrario del uso corriente, consignamos esas expresiones con minúsculas pues de lo contrario habría que escribir individuo con mayúscula por respeto a lo que debería ser el centro y el objetivo del cuidado de toda la estructura política establecida para garantizar y proteger sus derechos inalienables, anteriores y superiores a la existencia misma del estado y el gobierno.

Todo el asistencialismo es en definitiva una colosal fábula. Imaginemos un diálogo de un fulano que es entrevistado por un periodista que le pregunta como cree que puede resolver su problema económico a lo que recibe por respuesta que el estado debe asistirlo sin percatarse que en realidad le está diciendo a sus vecinos -incluyendo al propio periodista en cuestión- que ellos lo deben financiar con el fruto de sus trabajos. Es que no hay magias. Los aparatos estatales no tienen recursos que no sean succionados de los bolsillos de la gente. Ningún gobernante pone de su peculio.

Al fin y al cabo lo que se está sugiriendo es que la sociedad se convierta en un inmenso círculo donde cada cual tiene metidas las manos en los bolsillos del prójimo. Eso así es invivible. Desemboca en definitiva en la lucha de todos contra todos y en un mal humor y frustraciones perpetuas.

Por supuesto que en esta instancia del proceso de evolución cultural, el monopolio de la fuerza que denominamos gobierno debe proveer de justicia y seguridad, en otros términos debe velar porque se respeten los derechos de todos pero no embarcarse en redistribuciones que no solo contradicen necesariamente las distribuciones que hace la gente en los supermercados y afines, sino que, en lugar de garantizar derechos los conculca con el agravante del inexorable empobrecimiento debido a la reasignación de los siempre escasos factores productivos que en todos los casos se destinan a emprendimientos distintos de los que hubieran decidido los titulares (de acuerdo con la gente pues si no lo hacen incurren en quebrantos).

Uno de los tantos canales para el asistencialismo es el llamado crédito barato que otorga el gobierno, lo cual se traduce en una tasa de interés inferior a la de mercado. Como es sabido, la tasa de interés expresa la relación consumo presente-consumo futuro. Es lo que los economistas denominamos preferencia temporal, que incluye el riesgo en los cambios en el poder adquisitivo de la unidad monetaria con que se opera. Si nos consumimos todo hoy nos moriremos por inanición mañana y si ahorramos todo para el futuro dejaremos de existir hoy. Cuál es la proporción presente-futuro en esta ecuación lo muestra la tasa de interés.

Si se impone una tasa de interés inferior a la de mercado, naturalmente habrá más gente que puede demandar un crédito, pero esto no hace que haya más ahorro disponible con lo cual, manteniendo todos los demás factores constantes, habrá escasez de crédito igual que ocurre con todos los precios máximos. A su vez, el ahorro surge de producción no consumida cuyo destino es la inversión, que dicho sea al pasar siempre se conjetura productiva desde la perspectiva del sujeto actuante (incluso la inversión en dinero bajo el colchón que se lleva a cabo porque se estima que el uso dinerario será de mayor valor en el futuro que en el presente).

Se suele decir que el asistencialismo es para acortar la brecha entre pobres y ricos sin detenerse a considerar que en una sociedad libre ese delta es precisamente consecuencia de las preferencias de la gente en un contexto donde el que acierta en los gustos de su prójimo obtiene ganancias y quien yerra incurre en pérdidas. El objetivo es que todos mejoren no que se achiquen o se agranden las diferencias ya que, como queda dicho, son consecuencia ineludible del plebiscito diario en el mercado: las compras y abstenciones de comprar van marcando las distintas posiciones patrimoniales relativas.

En este contexto se suele esgrimir la Curva Lorenz (primero sugerida por el economista estadounidense Max Lorenz en su trabajo de 1905) y el Gini Ratio (primero sugerido por el estadístico italiano Corrado Gini en su trabajo de 1912) que apuntan a mostrar el grado de dispersión de ciertas variables, en nuestro caso el ingreso, lo cual es descriptivo, pero de allí no surge la inconveniencia de esa distribución si el mercado es abierto puesto que, como queda dicho, es el resultado de lo que la gente decide. Más aun, ese es precisamente el grado de dispersión que resulta indispensable para que los de menores ingresos eleven la puntería y logren mejorar su situación al asignarse los recursos disponibles de la manera más eficiente a criterio del prójimo.

A orillas del río Cefiso, en la Grecia clásica, vivía un forajido llamado Procusto. Según cuenta la leyenda -conocida como “el lecho de Procusto”- este malviviente asaltaba a los caminantes y los tendía en su cama para verificar si la víctima era o no más larga que su lecho. Si el cuerpo sobrepasaba el tamaño, les cortaba los pies y, si era más corto, los estiraba con unos horripilantes engranajes. Esa mitología ilustra a las mil maravillas la manía de la igualdad de muchas sociedades contemporáneas. En verdad, una de las cosas más atractivas de los seres humanos es que somos diferentes. Distintos desde el punto de visa anatómico, fisiológico, bioquímico y, sobre todo, psicológico.

Las mismas conversaciones serían espantosamente aburridas si fuéramos iguales. Imaginemos las grescas que ocurrirían, por ejemplo, si a todos los hombres nos gustara la misma mujer. La división del trabajo y la consiguiente cooperación social se desplomaría si todas las vocaciones fueran las de ser ingeniero y no habría médicos ni agricultores.

Si todos somos distintos y tenemos gran diversidad de talentos y capacidades, lo lógico es que las manifestaciones de esas diferencias den por resultado situaciones también diferentes. Desde el punto de vista patrimonial, es interesante que, en una sociedad abierta, las desigualdades resulten como consecuencia de la capacidad de servir a nuestros semejantes, ya sea como verduleros, vendedores de trajes o lo que fuere.

En muchos lares machaconamente se parlotea sobre la necesidad de eliminar o reducir dichas diferencias. Nivelar ese resultado, además de contradecir las decisiones de la gente, produce dos efectos muy dañinos. Primero, nadie en su sano juicio sabiendo que será expropiado producirá más arriba de la línea de nivelación, con lo que se contrae la oferta de bienes y servicios. Segundo, los que están ubicados bajo esa línea no se esforzarán en llegar a la misma puesto que esperarán que les entreguen recursos por la diferencia, la cual no les llegará porque, como decimos, nadie produjo más allá de la susodicha marca niveladora.

Por otra parte, existe una generalizada idea errónea respecto a la naturaleza de la riqueza. Para usar una expresión que proviene de la teoría de los juegos, se piensa que es un tema de suma cero. Es decir, lo que a uno le falta es debido a que otro tiene mucho. Esta manera estática y equivocada de mirar la riqueza no ve que la producción es susceptible de incrementarse. No se trata de ir pasando el mismo monto de unas manos a otras.

Comparemos la riqueza en el mundo del siglo XVI con la de hoy. El que tiene un automóvil no es debido a que otro anda en bicicleta. La creación de riqueza se debe a nuevos proyectos puestos en marcha por quienes demuestran habilidades para dar en la tecla con las necesidades de otros. Si el esfuerzo no logra la satisfacción de los deseos, la ruina espera a la vuelta de la esquina.

En verdad, lo importante es que todos puedan progresar, no las diferencias de ingresos. Más aun, en una sociedad abierta -no en una prebendaria- esas diferencias son la razón de la mejora de todos, puesto que los factores productivos operan en manos de quienes los hacen rendir más.

No pocas son las campañas electorales que ofrecen el triste y bochornoso espectáculo de candidatos que despotrican contra la riqueza bien habida, con lo que se estimula la fuga de capitales. Con esta política de la guillotina horizontal se nivela a todos en la pobreza.

Ahora bien, no se trata solo de abstenerse de redistribuir compulsivamente sino de contar con un aparato estatal que cumpla con su misión específica y, por tanto, eliminar todas las funciones incompatibles con un sistema republicano lo cual significa reducir el gasto público. No “ajustar” como muchas veces se dice sino aliviar el ajuste cotidiano que soporta la población como consecuencia del peso del Leviatán que es financiado con impuestos y deuda crecientes o con manipulaciones monetarias de diverso calibre.

Aquellos que consideramos que los aparatos estatales se han sobredimensionado y que sus tejidos adiposos han abarcado áreas que no le son propias tenemos que meditar sobre otras propuestas distintas a las que se han formulado hasta el momento.

Esto se torna imperioso porque aparentemente no da resultado eso de insistir en que se recorten gastos públicos superfluos. Es de interés detenerse en lo que ha ocurrido en Estados Unidos en esta materia. En su momento se incrustó una tradición que se conoció como starve the beast (hambrear a la bestia) que consistió en que muchos economistas de renombre sostuvieran (y algunos lo siguen sosteniendo) que ya que no resulta posible reducir el gasto estatal debido a las fenomenales camarillas de cabilderos que se amontonan para finalmente torcer las decisiones, entonces la política adecuada sería la de bajar impuestos.

Según esta línea de pensamiento, esta técnica haría que los legisladores, frente al déficit que consecuentemente se produciría, tarde o temprano se verían obligados a promulgar leyes que reduzcan las erogaciones gubernamentales. Pues esto no ha sucedido de esa manera. En este sentido, las experiencias más claras han sido las ocurridas durante el gobierno de Reagan y de G.W. Bush. En el primer caso, después de ejecutar los recortes fiscales prometidos, se observó que el gasto continuaba aumentando, lo cual hizo que la administración Reagan pactara con la oposición un aumento impositivo con la condición de que se produjera una severa contracción en los gastos. La primera parte del convenio se cumplió pero no la segunda. Esto es lo que produjo la renuncia del jefe de presupuesto de la Casa Blanca David Stockman y que publicara el libro con el sugestivo y peyorativo título de The Triumph of Politics, lo cual en ningún momento significó que el entonces presidente abdicara de sus deseos de achicar el aparato estatal.

En el caso de Bush, se sostuvo que las disminuciones impositivas resultaban necesarias alegando que el superávit heredado de Clinton constituiría una tentación para elevar las erogaciones y consumir el sobrante de caja. Pues ocurrió que, a pesar de todo, los gastos se elevaron y no solo consumieron dicho sobrante sino que se tradujo en un considerable déficit presupuestario y Bush pidió cuatro veces autorización para elevar el tope máximo de la deuda federal que ahora es del 110% del producto.

Si -como nos enseña Popper- el progreso en el conocimiento se basa en que las distintas teorías son siempre corroboraciones provisorias abiertas a refutaciones, es tiempo de mejorar las posiciones y trabajar en propuestas distintas de las que parecen navegar en un círculo vicioso y que terminan en pura retórica inconducente.

Tal vez sea el momento de considerar y debatir las fértiles sugerencias de autores que apuntan a reducciones drásticas en el organigrama gubernamental. Tal vez resulte más efectivo machacar con ejemplos que hemos dado antes en lugar de exponer otros en la esperanza que se concreten esas eliminaciones antes de pasar a otros capítulos. En este sentido, hemos ejemplificado con la eliminación de todas las embajadas, que se justificaban en la época de las carretas pero actualmente con las teleconferencias y demás herramientas tecnologías no se justifican palacios, funcionarios, pasaportes diplomáticos y demás parafernalia. También sugerimos la eliminación de entes de estadísticas al efecto de que universidades y centros de estudios las compilen en auditorías cruzadas y ofreciendo las que requiera el mercado. Por último y solo para ofrecer tres ejemplos, es indispensable desprenderse de tal cosa como una agencia oficial de noticias y lo que haya que trasmitir que se lleve a cabo a través de conferencias de prensa o tercerizar el servicio.

Como ha repetido Edward de Bono, refiriéndose al pensamiento lateral: “Nunca se resolverá un problema escarbando en el mismo hoyo”. Este estado de cosas se hace insoportable para los contribuyentes, ya que nunca el monopolio de la fuerza retrocede con sus tentáculos que abarcan campos cada vez más amplios, al tiempo que se descuidan las funciones centrales en cuanto a la protección de derechos. Volviendo a Reagan, con razón sostenía que “nada hay más permanente que una medida transitoria de gobierno”. Entonces y para resumir, el asistencialismo o el “Estado presente” (esta vez en mayúscula para subrayar la supuesta prelación sobre el individuo y una también supuesta magnificencia en lugar de aceptar que se trata de empleados de la gente) en áreas incompatibles con un sistema republicano afecta a todos pero muy especialmente a los más débiles desde la perspectiva económica. Cada vez que se derrocha capital hay que tener en claro que se traduce en un embate devastador para el bolsillo de la gente.

El autor es Doctor en Economía y también Doctor en Ciencias de Dirección, preside la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente en Infobae, el 2 de mayo de 2020.

Informe de Economía e Instituciones, abril 2020, UCA

El PDI elabora y distribuye bimestralmente el Informe Economía e Instituciones, cuyas columnas tienen como objetivo profundizar en aquellas instituciones económicas que guardan relación con el desarrollo socioeconómico de la Argentina, y Latinoamérica. Con tal fin difunde investigaciones y opiniones especializadas en el área de Economía e Instituciones.

Resumen ejecutivo:

Impacto económico de la pandemia y su probable salida. Marcelo F. Resico

Liquidez global para combatir la contracción secundaria del dinero. Adrián Ravier

Aislamiento social, preventivo y obligatorio. Claudia Esteban

Si desea leerlo haga click aquí.

La Fundación Libertad y Progreso afirma que «este año la caída de la actividad sería entre 8,3% y 15%»

Por las medidas adoptadas y falta de previsión, Argentina podría retroceder entre 10 y 15 años en el 2020

Este año sufriremos, sin lugar a dudas, un duro golpe en la actividad económica. Tomando las proyecciones de la Fundación Libertad y Progreso para el 2020, el nivel de actividad podría caer un 8,3% en un escenario optimista y un 15,0% en un escenario pesimista. En el primer escenario, el nivel de actividad retrocedería a los niveles observados del 2009, mientras que, en el escenario pesimista, la caída nos llevaría hasta los niveles del 2006.

Desde que Argentina entró en el Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio el 20 de marzo, la actividad quedó prácticamente paralizada. Esto llevó a que, por varios días, se pretendió impulsar un debate entre “salud o economía”. En realidad son variables vinculadas y no excluyentes.

La recuperación del nivel de actividad dependerá en gran medida de que el sector privado sobreviva y las empresas no quiebren, pero, además será fundamental comenzar a encarar las reformas estructurales pendientes para que el país no quede estancando en un nivel de actividad menor al que se observaba previo al Covid-19. Eventualmente alguna recuperación habrá, sobre todo si se evita el default, pero ésta será menor la caída observada.

¿Inversión pública? – por Alberto Benegas Lynch (h)

En no pocas ocasiones en la parla convencional se deslizan errores que si no se contienen a tiempo se incrustan en el campo político con daños de distinto tenor y magnitud.

Para clarificar el mal entendido nada mejor que analizar lo que se expone con tranquilidad, mente abierta y, sobre todo, con argumentos y no con simples cajas destempladas y enojos característicos del espíritu conservador incapaz de despegarse del statu quo. Es lo contrario del criterio independiente y el necesario cuestionamiento para repensar lo que muchas veces livianamente se da por sentado.

Muchos son los políticos que reiteradamente aluden a la “inversión pública” como algo natural y sin pasar por ningún tamiz. Seguramente con la mejor de las intenciones, pero es necesario considerar con algún detenimiento este concepto.

Una inversión se traduce en una secuencia inexorable: primero abstención de consumo al efecto de destinar el monto al ahorro cuyo destino es la inversión. Quien invierte es porque conjetura que el valor futuro será mayor que el del presente. Esa hipótesis podrá ser acertada o equivocada, el resultado será dictaminado en el proceso de mercado lo cual quiere decir la aprobación o rechazo de los congéneres. Quienes aciertan en las preferencias del prójimo obtienen ganancias y quienes yerran incurren en quebrantos. El cuadro de resultados resulta clave para dictaminar acerca de lo acertado o desacertado de las correspondientes inversiones.

La inversión entonces trata de un proceso eminentemente personal y subjetivo. Si el que estas líneas escribe le arrancara por la fuerza las billeteras y las carteras a los lectores afirmando que “invertirá el dinero” fruto del atraco, seguramente esta afirmación no sería tomada en serio por nadie.

En la misma línea argumental, hace un tiempo el gobierno argentino dispuso el “ahorro forzoso” a través de nuevas exacciones pero quedó claro que se trataba de una contradicción en los términos: no hay tal cosa como ahorro forzoso, independientemente de si se lleva a cabo con o sin el apoyo de los votos. Como escribió Benjamin Constant “la voluntad de todo un pueblo no puede hacer justo lo que es injusto”, parafaseando esa idea podemos decir que los votos mayoritarios no pueden convertir en sensato lo que resulta contradictorio. Del mismo modo no tiene sentido el concepto de “inversión pública”.

Para ser riguroso, en las contabilidades nacionales las partidas deben dividirse en gastos corrientes y gastos en activos fijos pero nunca inversión pública. A veces se recurre a la expresión invertir en un sentido metafórico y general, como cuando, con razón, se afirma que la educación constituye la inversión más rentable de cuantas pueden existir. Es cierto, nada más importante que la educación pero, nuevamente, si se arrancan por la fuerza recursos no puede hablarse de inversión cualquiera sea el destino que se les de a los fondos obtenidos de esta manera, pues implica distorsionar el sentido de las palabras por más que seamos partidarios acérrimos del destino pero se invalida la idea si lo succionado es involuntario.

Hay la tendencia a extrapolar lo privado a lo estatal al establecer un correlato con lo que ocurre en el mundo de los negocios pero el paralelo resulta fatal por las razones antes apuntadas.

Y aquí viene otro punto crucial ya que hemos dicho que la secuencia para llegar a la inversión comienza con la abstensión del consumo. En distintos países hay gobernantes que insisten frente a la retracción en la actividad económica fruto de la pandemia que a todos nos envuelve que debe alentarse el consumo. Esta conclusión es errada por donde se la mire. Supongamos un grupo de náufragos que llega a una isla deshabitada y uno de ellos le sugiere a sus compañeros de infortunio que se dediquen todos a consumir. Seguramente los receptores de tamaño mensaje inaudito ni siquiera responderían a semejante iniciativa puesto que lo que a todas luces se necesita es producir. Una vez producido lo necesario puede, recién entonces, consumirse. En otros términos, la secuencia es producción-consumo, no pueden invertirse los términos.

Como queda dicho, para acelerar el proceso, una vez lograda la producción una parte de ella debe destinarse al ahorro fruto de abstenerse de consumir y consecuentemente destinar el monto a la inversión para que en el futuro lo producido sea en una dosis mayor y así podrá consumirse más. La única causa de la elevación del nivel de vida es la tasa de capitalización, es decir, equipos, instalaciones, maquinaria y conocimientos relevantes que hace de apoyo logístico al trabajo para aumentar su rendimiento.

En resumen, la inversión no puede sacarse de su ámbito natural sin desfigurar el concepto, el uso de la fuerza es solo aceptable en los impuestos para proteger derechos, y el consumo no puede anteponerse a la producción que a su turno depende de los grados de inversión. En una sociedad libre las proporciones entre consumo e inversión la decide la gente con sus compras y abstenciones de comprar diariamente en los supermercados y afines.

Publicado originalmente en el diario El País de Uruguay, 25 de abril de 2020.

El desatino del neoliberalismo – Alberto Benegas Lynch (h)

De un tiempo a esta parte se registran manifestaciones varias sobre una etiqueta bastante absurda con la que ningún intelectual serio se identifica: se trata de «neoliberalismo», un invento de las izquierdas que revela cierto complejo de inferioridad frente al liberalismo . Este bautismo irrumpe como si se pudiera aludir a una neo libertad o al neo respeto, puesto que el liberalismo es nada más y nada menos que el respeto irrestricto por los proyectos de vida de otros .

Es como ha dicho Mario Vargas Llosa en el Teatro Nacional Cervantes hace más de veinte años: «He conocido personas que son liberales, personas que no lo son, pero nunca he conocido un neoliberal». about:blankabout:blankAds by

Es que parece de mala fe el endilgar liberalismo (o para seguir con la ridícula denominación: «neoliberalismo») allí donde los aparatos estatales han crecido exponencialmente, donde los impuestos resultan insoportables, donde la deuda gubernamental es colosal, donde las manipulaciones monetarias generan esa estafa monumental que los economistas denominamos inflación que convierten el dinero en cuasi-moneda, en algunos casos en vías de convertirse en cuasi-nada. En estos contextos constituye un insulto a la inteligencia el endosar vestigios de espíritu liberal a este cuadro lamentable de situación.

Resulta sumamente curioso que quienes se oponen al liberalismo -aunque, como queda dicho prefieren escudarse tras el telón de neoliberalismo- son aquellos que como solución a los males proponen intensificar las recetas estatistas incrementando impuestos, acelerando la inflación y las regulaciones asfixiantes al tiempo que engordan al adiposo Leviatán . Y lo tragicómico del asunto es que lo hacen en nombre de los pobres, cuando son ellos los principales perjudicados, puesto que al derrocharse capital indefectiblemente contrae los salarios e ingresos en términos reales.

Hasta se ha dicho que «el neoliberalismo» es responsable de la pandemia que provoca el coronavirus lo cual es digno de una producción cinematográfica de Woody Allen . Como si el respeto recíproco provocara enfermedades cuando, entre muchas otras cosas, es lo que ha incentivado y estimulado la producción de medicamentos y la extraordinaria tecnología para hacer de apoyo logístico a la salud.

Ahora que estamos en plena pandemia es imprescindible comprender que imponer precios máximos y proceder al embate contra comerciantes conduce indefectiblemente a faltantes en áreas clave, tal como viene ocurriendo desde hace 4000 años en todos lados donde se han ensayado estos atropellos.

Los atacantes del neoliberalismo como un tiro por elevación a la tradición de pensamiento liberal, son habitualmente admiradores de las tiranías comunistas que han exterminado a millones de personas . Tildan de fascistas a otros sectores sin percatarse que el eje central del fascismo consiste en que el gobierno permite que la propiedad sea registrada a nombre de particulares pero usa y dispone el gobierno. Son los que cortejan a empresarios prebendarios y sindicalistas del fascismo que en alianza con el poder explotan miserablemente a sus congéneres debido a privilegios de distinto tenor y envergadura.

Son los que aplican la guillotina horizontal con inconducentes redistribuciones que significan volver a distribuir por la fuerza lo que la gente libremente decidió con sus compras en los supermercados y afines.

Son los que rechazan la justicia de «dar a cada uno lo suyo», puesto que lo suyo remite a la propiedad, una institución que los enemigos del liberalismo detestan. En este último sentido no se han anoticiado que donde se deteriora la propiedad se desdibujan los precios y por tanto se dificulta la contabilidad y el cálculo económico lo cual, además del dolor humano indescriptible, fue la razón del derrumbe del Muro de la Vergüenza.

El autor es Presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires y miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas.

Publicado originalmente en La Nación, el 24 de abril de 2020.