La sabiduría monetaria del Vaticano

El pasado 24 de octubre el Vaticano publicó un documento donde aboga por la creación de un Banco Central Mundial que administre la política monetaria y con ello evite nuevas crisis económicas como la actual. A continuación ofrecemos una respuesta del P. Roberto Sirico a tal documento, en el que se destaca que el mismo tiene como objetivo “estimular el debate, no para ofrecer una doctrina oficial”.

Agradecemos al Instituto Acton Argentina el permiso para reproducirlo. El documento fue publicado originalmente en el  WSJ y fue traducido al español por Mario Silar.

El pasado lunes 24, el Vaticano dio a conocer un documento de 18 páginas titulado “Por una reforma del sistema financiero y monetario internacional en la prospectiva de una autoridad pública con competencia pública internacional”. Desde entonces, el documento ha sido celebrado por los defensores de gobiernos grandes (big governments) en todo el mundo.

Lo que ha sido ignorado es que el documento –publicado para estimular el debate, no para ofrecer una doctrina oficial– ofrece una doctrina económica sólida sobre la causa de la crisis financiera mundial: la ruptura del sistema monetario de postguerra de Bretton Woods, el consiguiente despliegue de las monedas fiduciarias (fiat money) y el sistema de impresión monetaria por parte de los bancos centrales.

Veamos un pasaje representativo, al mismo tiempo que tenemos en mente varios hitos históricos importantes: 1971 fue el año en que la administración Nixon eliminó el patrón oro, y junto con ello, los acuerdos de Bretton Woods y la existencia de monedas fuertes; a principios de la década de los ’80, la desregulación financiera en muchos países permitió remover los últimos obstáculos importantes que impedían el despliegue de cantidades virtualmente ilimitadas de crédito; finalmente, la de los ’90 fue la década en la que el camino hacia la supresión de las tasas de interés se convirtió en la política monetaria común de los bancos centrales en todo el mundo.

“A partir de los años noventa del pasado siglo, se descubre en cambio como la moneda y los títulos de crédito a nivel global aumentaron mucho más rápidamente que la producción del rédito, incluso a precios corrientes. Se derivó, por consiguiente, en la formación bolsas excesivas de liquidez y burbujas especulativas que luego se transformaron en crisis de solvencia y de confianza que se han propagado y subseguido en el transcurso de los años.
Una primera crisis se verificó en los años setenta hasta principios de los ochenta, debido a los precios del petróleo. Posteriormente se verificaron una serie de crisis en varios Países en vías de desarrollo. Baste pensar en la primera crisis de México en los años ochenta, o en las de Brasil, Rusia y Corea; y luego nuevamente en México en los años noventa, en Tailandia y en Argentina.
La burbuja especulativa sobre los inmuebles y la reciente crisis financiera tienen el mismo origen: la excesiva cantidad de moneda y de instrumentos financieros a nivel global”
[3].
Estas líneas suponen un análisis económico sofisticado. La gente está ocupando Wall Street, se culpa al capitalismo, a la especulación y la avaricia, pero raro es el análisis que toma perspectiva y vincula todos estos problemas con los cambios en la moneda que se produjeron al inicio de los años ’70.
Hemos pasado de un sistema monetario sólido (hard-money regime), en el que había restricciones al poder discrecional de los bancos centrales y de las instituciones financieras en su capacidad de crear dinero y crédito, a uno en el que la moneda se convirtió puramente en papel. Con ello se eliminó cualquier restricción a la capacidad de los gobiernos de financiar deuda de modo ilimitado. Los bancos pudieron crear crédito aparentemente casi sin ningún tipo de límite. Los bancos centrales se convirtieron en el verdadero poder en la economía mundial.
Nada de esto ocurría bajo el patrón oro. El sistema limitaba la expansión del crédito en virtud de un hecho físico indeleble. De este modo, existía un límite, un sistema de contrapesos y una regla que iba más allá de los caprichos de los expertos financieros y políticos. El Vaticano parece entender esto.
Sin embargo, discernir la enfermedad y encontrar la cura son empresas muy distintas, y en este segundo aspecto el documento tiene lagunas. La nota imagina un nuevo banco central mundial y la autoridad política que lo regiría como siendo capaz de estar “por encima de toda visión parcial y de todo bien particular” y buscando “el bien común”. Sus decisiones deberían hacerse “en el interés de todos y no sólo en beneficio de algunos grupos, sean estos lobbies privados o gobiernos nacionales”.
De algún modo, con una inteligencia hasta ahora nunca descubierta en las burocracias gubernamentales, estas autoridades globales que se proponen serían capaces de crear “las condiciones socioeconómicas, políticas y jurídicas indispensables también para la existencia de mercados eficientes y eficaces”.
Contrariamente a lo que se dice, este documento presume la existencia y continuidad de “mercados libres y estables”. El problema es que el Vaticano imagina que un “banco central mundial” y una “autoridad pública global podrían hacer esto con una idoneidad mayor que la de los gobiernos nacionales, que tienen una historia llena de altibajos en esta materia.
En primer lugar, es preciso advertir que fue la centralización la que ha creado todo este desorden. Los bancos centrales crearon el papel moneda (paper money), los instrumentos de crédito fácil y sin límite, y el consiguiente riesgo moral (moral hazard) que les acompaña. ¿Por qué deberíamos creer que más centralización es la solución cuando la experiencia sugiere que es precisamente lo contrario?
Muchas personas que apoyan el libre mercado muestran su preocupación por las implicancias del reciente documento Vaticano. No hay duda de que este documento será utilizado en todo el mundo para generar confusión en el plano político. Será utilizado también para convencer a los fieles católicos de que las soluciones que pretenden aumentar la dimensión del gobierno están moralmente justificadas. Por ello, conviene no olvidar que el documento presenta dos partes: el diagnóstico y la prescripción. Debemos asumir lo primero y evitar lo segundo.

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