Uno de los sucesos más llamativos del presente siglo fue la declinación de la influencia de las ideas postuladas por el liberalismo clásico. El hecho es sugestivo porque ese cuerpo de ideas había hecho posible el surgimiento del sistema económico y social –el capitalismo- responsable del progreso espectacular registrado durante el siglo XIX. A esta paradoja se le han dado diferentes respuestas, entre ellas la muy conocida del economista austríaco Joseph Schumpeter. Según este autor fue el éxito mismo del siste- ma el responsable de su posterior pérdida de prestigio.1

En las páginas que siguen no discutiré la validez de esta propuesta. Me parece, sin embargo, que un fenómeno de la magnitud del analizado no podía haber ocurrido sin cambios significativos en las ideas vigentes durante el periodo precedente. Estos cambios no se produjeron exclusivamente por la aparición de propuestas alternativas (el socialismo o el nacionalismo, por ejemplo), sino también porque el liberalismo clásico intentó acomodar dentro de su doctrina principios que provenían de esas otras vertientes ideológicas. Esas incorporaciones, en mi opinión, terminaron debilitando la propuesta liberal clásica, haciéndole perder consistencia y sistematicidad, mientras que, al mismo tiempo, prestigiaron los principios que provenían de las corrientes alternativas. Una de las características centrales del renacimiento actual del pensamiento liberal es que la mayoría de los autores ha optado; en líneas generales, por el camino opuesto, por lo menos en el terreno del debate intelectual.’

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