Estas reflexiones girarán alrededor de algunos aportes realizados por la “Escuela Escocesa” al análisis de la evolución de las instituciones sociales. Me circunscribiré en estas notas a las obras de sus tres autores más conocidos (Hume, Ferguson y Smith). Quedarán de lado, en consecuencia, los aportes realizados por otros miembros de la escuela, como los filósofos Hutcheson y Kamer, el historiador William Robertson y el sociólogo John Millar. Dentro de la vasta producción de los tres autores escogidos se indagará exclusivamente en lo que respecta a su contribución al análisis de los principios que rigen la evolución, progreso y retroceso de las sociedades humanas. Quedan excluidos de este trabajo los importantes aportes realizados por David Hume en el campo de la filosofÌa y la historia, por Adam Smith en el de la economía política y por Ferguson en el de las ciencias sociales.1

La obra de los autores escoceses es considerada por muchos como “fundadora” de una tradición intelectual que se extiende hasta nuestros días. La expresión es genéricamente correcta pero no está desprovista de ambigüedades. Nada hubiera resultado más incómodo al espíritu de la obra de nuestros tres autores que suponer que su pensamiento no es heredero de tradiciones anteriores. Aceptar esto hubiera sido negar los fundamentos en que descansa todo pensamiento de raigambre evolucionista. Resulta imposible desconocer, en este sentido, la influencia de autores como Bacon, Locke, Grotius, Puffendorf, Montesquieu, Newton, etc. Muy próximo a los escoceses surge nítidamente el nombre de Bernard de Mandeville, ese autor mordaz y un tanto escandaloso para los cánones de la Època. El término “fundador”, por lo tanto, hace referencia al primer intento de sistematización de una tradición que es tributaria de muchos apartes de igual intensidad intelectual.2

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