Reflexión de domingo: ¿ES EL PSICOANÁLISIS UNA CIENCIA?

sigmundFinalmente, escribí la conferencia que en enero pasado brindé en la UFM, y tuve el honor que fuera aceptada como ponencia en las V Jornadas Peirce en Argentina. He aquí el texto.
¿ES EL PSICOANÁLISIS UNA CIENCIA?
Por Gabriel J. Zanotti.
Agosto de 2012.
  1. La imagen habitual de ciencia y la revolución popperiana.
La mayor parte de respuestas negativas a la pregunta son el resultado de una visión de la ciencia pre-popperiana. Según esa visión, aún muy extendida en manuales y documentales, la ciencia parte de la observación de los hechos, se remonta a la elaboración de una hipótesis, y si los resultados de dicho hipótesis son sometidas a testeo experimental, según los famosos métodos inductivos de Mill, la hipótesis queda “probada” y convertida en “ley”. La ciencia –donde la Física sería el modelo ideal- es sobre todo hechos, experimentación metódica, sería como un lugar donde el ser humano ha logrado finalmente liberarse de sí mismo y de sus interpretaciones, porque, según el mandato de Bacon, a aprendido a leer el gran libro de la naturaleza. Según esto, claro, Freud aparece en todo caso como una interpretación más de la vida psíquica, sin ningún tipo de apoyo empírico aunque él pretenda lo contrario.
Pero aunque esta visión de la ciencia tiene aún profundas influencias culturales, fue Karl Popper en 1934 quien comenzó a criticarla[1]. La posición de Popper significó una verdadera revolución conceptual en el campo de la filosofía de la ciencia. En primer lugar, no partimos de los hechos, sino de las hipótesis (conjeturas) proyectadas a priori, de manera falible, por nuestro intelecto. De esas conjeturas deben deducirse, sí, ciertas consecuencias “empíricas”, pero esas consecuencias no prueban, sino que son falsadas o no. Si no son falsadas por el testeo empírico, la afirmación de dichas consecuencias no prueba la hipótesis, sino que la corrobora hasta el momento, de modo no necesario, y si son falsadas (contradichas por el testeo empírico) ello tampoco prueba necesariamente que sean falsas[2]. El método hipotético-deductivo, por ende, ni afirma ni falsea necesariamente nada. Por lo demás, no hay inducción en tanto probabilidad, como quería el inductivismo anterior, porque una hipótesis científica, cuanto más afirma, menos probable es, porque cuanto más afirma sus posibilidades de ser falsada son mayores. Y por lo demás, ya no hay una distinción estricta entre términos teoréticos y observables, porque estos últimos son interpretados desde la teoría: la famosa cuestión de la carga de teoría de la base empírica[3]. Con esto, el tema de la interpretación es reinsertado plenamente en el plano de las ciencias naturales y obviamente en las sociales. Popper hace una curiosa analogía[4]: así como no se puede hablar de sola scriptura, porque las Escrituras siempre son interpretadas desde alguna cosmovisión religiosa, tampoco se puede hablar de “leer el libro de la naturaleza”, como si esa lectura pudiera hacerse sin interpretación: decir ello equivale a hablar de una “sola naturaleza”, totalmente imposible porque siempre son nuestras conjeturas a priori las que interpretan el mundo físico. En nuestra opinión, el que sacó coherentemente todas las conclusiones de este tema fue Feyerabend[5], no Popper, pero ello no interesa para los fines de esta ponencia.
  1. Las conocidas críticas de Popper a Freud.
Curiosamente, a pesar de esta concepción más amplia de ciencia, fue Popper quien descargó enérgicamente sus críticas a Freud como un típico ejemplo de pretender presentar como ciencia lo que no puede ser tal por no ser empíricamente falsable. Para que algo sea ciencia, debe reconocer un conjunto de falsadores potencias que podrían refutar la teoría, pero la teoría de Freud no los admitiría, porque cualquier crítica es interpretada como un mecanismo de defensa inconsciente contra el psicoanálisis. Frued, entonces, no podría ser ciencia. No quiere decir ello que Popper denigre todo aquello que sea empíricamente no falsable. Al contrario, Popper admite que puede haber metafísicas (por definición no falsables empíricamente) racionales y que han hecho evolucionar la Física; es más, él defiende posiciones metafísicas propias, entre ellas el realismo, la noción de verdad, el indeterminismo, el libre albedrío, la irreductibilidad de la mente a lo corpóreo, el evolucionismo, la teoría de los 3 mundos, etc[6]. Pero lo que Popper critica son metafísicas que pretendan ser ciencias, y por ello critica duramente al marxismo y a Freud. Nuestra personal interpretación es que había metafísicas con las cuales Popper estaba de acuerdo y otras que no, y si estas últimas pretendían ser ciencias, Popper no las perdonaba.
  1. De la crítica empírica a la “teoría vs. teoría”.
En sus últimas obras, en mi opinión, Popper va cambiando esa primera noción de crítica empírica para pasar a que toda teoría debe ser “criticable”, esto es, abierta a la crítica racional, al diálogo[7]. Como vemos, es un giro que amplía mucho más la noción de ciencia “racional”. Por supuesto Popper nunca abandona su primera noción de falsación “empírica” (sobre todo porque en la década del 60 está muy ocupado debatiendo con Kuhn[8]) pero evidentemente este paso del “Popper el metodólogo” al “Socratic Popper”[9] amplía mucho más la noción de ciencia, y para bien, en nuestra opinión, acercándose mucho más a Peirce, a quien él siempre citaba. Ciencia es estar abierto al diálogo, al debate, presentando argumentos racionales que el otro pueda entender, estando abierto a que precisamente, a partir de esa comprensión, vengan preguntas, críticas, y no necesariamente acuerdos. Por supuesto, todo ello es éticamente muy difícil, y por ello creo que el último Popper es más bien un ético de la ciencia, un filósofo de las normas del diálogo, más que un simple metodólogo del método hipotético-deductivo. La crítica es, en última instancia, una teoría versus otra teoría. Galileo no presentó una crítica empírica a Ptolomeo; al contrario, presentó otra interpretación del mundo físico, escrita en su famoso libro de 1632, libro que no contenía ningún experimento empírico, sino todos mentales, como Koyré, Kuhn y Feyerabend han destacado con sus profundos estudios al respecto[10]. Y si ello es así en el núcleo central de la Física, ¿por qué las demás ciencias deberían ser diferentes?
  1. ¿Estaba Freud abierto a la crítica en este último sentido?
Pensamos que sí, lo cual comienza a responder la pregunta de nuestra ponencia, al menos en sentido popperiano.
Freud no estaba en contra de un diálogo respetuoso y académico sobre sus teorías. Pero pocas veces o casi nunca tuvo la suerte de encontrarse con esa actitud. Muy por el contrario, enfrentó desde el principio críticas que cuestionaban la moralidad de su búsqueda científica. Y eso no es lo mismo. Contra ello se defendió enérgicamente toda su vida, y con razón. Dice al respecto en 1915: “…Mi experiencia me ha demostrado que la aversión suscitada por este resultado de la investigación psicoanalítica constituye la fuente más importante de las resistencias con las que la misma ha tropezado. ¿Queréis saber qué explicación damos a este hecho? Creemos que la cultura ha sido creada obedeciendo al impulso de las necesidades vitales y a costa de la satisfacción de los instintos, y que es de continuo creada de nuevo, en gran parte, del mismo modo, pues cada individuo que entra en la sociedad humana repite, en provecho de la colectividad, el sacrificio de la satisfacción de sus instintos[11]. Entre las fuerzas instintivas así sacrificadas desempeñan un importantísimo papel los impulsos sexuales, los cuales son aquí objeto de una sublimación; esto es, son desviados de sus fines sexuales y dirigidos a fines socialmente más elevados, faltos ya de todo carácter sexual. Pero esta organización resulta harto inestable; los instintos sexuales quedan insuficientemente domados y en cada uno de aquellos individuos que han de coadyuvar a la obra civilizadora perdura el peligro de que los instintos sexuales resistan tal trato. Por su parte, la sociedad cree que el mayor peligro para su labor civilizadora sería la liberación de los instintos sexuales y el retorno de los mismos a sus fines primitivos y, por tanto, no gusta de que se le recuerde esta parte, un tanto escabrosa, de los fundamentos en los que se basa, ni muestra interés ninguno en que la energía de los instintos sexuales sea reconocida en toda su importancia y se revele, a cada uno de los individuos que constituyen la colectividad social, la magnitud de la influencia que sobre sus actos pueda ejercer la vida sexual. Por el contrario, adopta un método de educación que tiende, en general, a desviar la atención de lo referente a la vida sexual. Todo esto nos explica por qué la sociedad se niega a aceptar el resultado antes expuesto de las investigaciones psicoanalíticas y quisiera inutilizarlo, declarándolo repulsivo desde el punto de vista estético, condenable desde el punto de vista moral y peligroso por todos conceptos. Mas no es con reproches de este género como se puede destruir un resultado objetivo de un trabajo científico. Para que una controversia tenga algún valor habrá de desarrollarse dentro de los dominios intelectuales. Ahora bien: dentro de la naturaleza humana se halla el que nos inclinamos a considerar equivocado lo que nos causaría displacer aceptar como cierto, y esta tendencia encuentra fácilmente argumento para rechazar, en nombre del intelecto, aquello sobre lo que recae. De esta forma convierte la sociedad lo desagradable en equivocado; discute las verdades del psicoanálisis con argumentos lógicos y objetivos, pero que proceden de fuentes emocionales; y opone estas objeciones, en calidad de prejuicios contra toda tentativa de refutación.
Por nuestra parte, podemos afirmar que al formular el principio de que tratamos no hemos tenido en vista finalidad tendenciosa alguna. Nuestro único fin era el de exponer un hecho que creemos haber establecido con toda seguridad al cabo de una cuidadosa labor. Creemos, pues, deber protestar contra la mezcla de tales consideraciones prácticas en la labor científica, y lo haremos, desde luego, aun antes de investigar si los temores que estas consideraciones tratan de imponernos son o no justificados.
Tales son algunas de las dificultades con las que tropezaréis si queréis dedicaros al estudio del psicoanálisis, dificultades que ya son harto considerables para el principio de una labor científica. Si su perspectiva no os asusta, podremos continuar estas lecciones”[12] (Las itálicas son nuestras).
5. ¿Cómo entraba Freud en el método hipotético-deductivo planteado por Popper?
Freud osciló toda su vida entre cierto inductivismo y el método hipotético-deductivo cuando reflexionaba sobre el carácter científico de sus investigaciones. No olvidemos, en primer lugar, que Freud era método neurólogo formado en el s. XIX, y que aceptó además el paradigma iluminista de la ciencia de su tiempo. Por ende él trataba de tener un fundamento “en lo empírico”, esto es, sus propios casos clínicos, pero cuando advertía la insuficiencia metodológica de estos últimos, se convertía casi sin advertirlo en un defensor del planteo a priori de las hipótesis como hacen los grandes físicos. Veamos estas oscilaciones:
5.1. Por un lado tiene un párrafo que denota su conciencia de que estaba trabajando en un núcleo central al estilo Lakatos, lo cual, ya sabemos, enfatiza el planteo a priori, no empírico, del núcleo central de la teoría. Esto es, procedió al principio, dada la incomprensión y la soledad, como si tuviera plena conciencia de las normas lakatosianas: no está mal aferrarse al núcleo central mientras se tenga conciencia del riesgo[13]; un programa de investigación puede ser teórica y empíricamente regresivo pero luego comenzar un camino de progresividad, como sucedió con Aristarco, redescubierto por Copérnico y Galileo. Por supuesto, sólo el tiempo puede decirlo, retrospectivamente, pero el investigador puede en el momento presente, si está seguro de lo suyo, seguir con su programa. Las palabras de Freud hablan por sí mismas. Dice, en 1914:
“…Con el desarrollo de esta historia genética creo haber mostrado, mejor que con una exposición sistemática, lo que el psicoanálisis es. Al principio no me di cuenta de la especial naturaleza de mis descubrimientos. Sin titubear un solo instante, sacrifiqué en mi naciente reputación médica la afluencia de enfermos nerviosos a mi consulta, investigando consecuentemente la causación sexual de sus neurosis, tenacidad que me proporcionó, en cambio, datos suficientes para fijar definitivamente mi convicción de la importancia práctica del factor sexual. También sin el menor recelo tomé parte en las sesiones de la asociación psiquiátrica de Viena, presidida entonces por Krafft-Ebbing, pensando que el interés y la consideración de mis colegas me indemnizaría de mis voluntarias pérdidas materiales. Expuse mis descubrimientos, considerándolos como aportaciones científicas ordinarias y esperando que los demás los acogiesen como tales. Pero el silencio que se mantenía al terminar mis conferencias, el vacío que se formó en torno de mi persona y varias indicaciones que a mí fueron llegando, me hicieron comprender poco a poco que las afirmaciones sobre el papel de la sexualidad en la etiología de la neurosis no podían contar con ser tratadas como las demás aportaciones. Me di así cuenta de pertenecer en adelante a aquellos que «han turbado el sueño del mundo», según la expresión de Hebbel, no pudiendo ya esperar objetividad ni consideración alguna. Mas como mi convicción de la exactitud general de mis observaciones y conclusiones iba siendo mayor cada día, y no carecía tampoco, precisamente, de valor moral ni de confianza en mi propio juicio, no podía ser dudosa mi resolución. Me decidí, pues, a creer que había tenido la fortuna de descubrir algo de singularísima importancia, y me dispuse a aceptar el destino enlazado a tales descubrimientos.
  Este destino me lo representaba en la siguiente forma: El positivo resultado terapéutico del nuevo procedimiento me permitiría subsistir, pero la ciencia no tendría durante mi vida noticia alguna de mí. Algunos decenios después de mi muerte tropezaría, inevitablemente, otro investigador con aquellas cosas rechazadas ahora por inactuales, conseguiría su reconocimiento y haría honrar mi nombre como el de un precursor necesariamente desgraciado. Entre tanto, Robinsón en mi isla desierta, me las arreglé lo más cómodamente posible. Ahora, cuando desde la confusión y el barullo del presente vuelvo la vista hacia aquellos años solitarios, se me aparecen éstos como una bella época heroica. Mi splendid isolation de entonces presentaba sus ventajas y sus encantos. No tenía que leer obligatoriamente nada ni que escuchar a adversarios mal informados; no me hallaba sometido a influencia ninguna ni había nada que me forzase a apresurar mi labor. Durante este tiempo aprendí a domar toda inclinación especulativa y a revisar, según el inolvidable consejo de mi maestro Charcot, una y otra vez las mismas cosas, hasta que comenzasen por sí mismas a decirme algo. Mis publicaciones, para las cuales hallé, no sin algún trabajo, un editor podían permanecer retrasadas con respecto al avance de mis conocimientos y ser aplazadas sin perjuicio alguno, toda vez que no existía ninguna «prioridad» dudosa que defender. Así, La interpretación de los sueños, terminada en mi pensamiento a principios de 1896, no fue traslada a las cuartillas hasta el verano de 1899. El tratamiento de «Dora» se dio por terminado a fines de 1899, y su historial clínico, escrito en las dos semanas siguientes, no vio la luz hasta 1905. Entre tanto, mis trabajos no eran siquiera citados en las bibliografías de las revistas profesionales, o cuando se les concedía un puesto en ellas, era para rechazar sus ideas con un aire de superioridad compasiva e irónica. De cuando en cuando algún colega emitía en sus publicaciones un juicio sobre mis teorías siempre muy breve y nada adulador: insensatas, extremas, muy extrañas. Una vez, un ayudante de la clínica de Viena en la que daba yo mi ciclo semestral de conferencias me pidió permiso para asistir a las mismas. Me escuchó atentamente, sin decir nada; pero al finalizar la última lección se ofreció a acompañarme, y por el camino me confesó haber escrito, con el conocimiento de su Jefe, un libro contra mis teorías, las cuales le habían convencido ahora por completo. Antes de ponerse a escribir había preguntado en la clínica si para acabar de documentarse debía leer La interpretación de los sueños, pero le habían dicho que no valía la pena. A continuación comparó mi teoría tal y como ahora había llegado a comprenderla y por la firmeza de su estructura interna con la Iglesia católica. En interés de su salvación eterna, quiero creer que estas manifestaciones respondían a un sentimiento verdadero. Por último, acabó lamentándose de que fuese tarde para introducir alguna modificación en su libro, terminado ya de imprimir.
  Este colega no ha considerado necesario dar a conocer más tarde al público su cambio de opinión sobre el psicoanálisis, prefiriendo acompañar con burlonas glosas su desarrollo desde las columnas de la revista médica en que se halla encargado de la crítica de libros.
  Mi susceptibilidad personal quedó embotada, para ventaja mía, en estos años. Si mi espíritu no llegó a quedar amargado para siempre, lo debí a una circunstancia con cuyo auxilio no han podido contar todos los investigadores solitarios. Sin tal ayuda se atormentan éstos buscando el origen de la indiferencia o la repulsa de sus contemporáneos, y ven en ellas una penosa contradicción en la seguridad de sus propias convicciones. En cambio, no tenía yo por qué atormentarme en tal sentido, pues la teoría psicoanalítica me permitía interpretar dicha conducta de mis coetáneos como una necesaria consecuencia de las hipótesis analíticas fundamentales. Si era exacto que los hechos por mí descubiertos en el análisis eran mantenidos lejos de la consciencia de los enfermos por resistencias afectivas internas, tales resistencias habrían de surgir también en los hombres sanos, al serles comunicados desde fuera lo reprimido, no siendo de extrañar que supieran luego motivar, por medio de una fundamentación intelectual, la repulsa afectivamente ordenada. Esto último sucedía también en los enfermos, y los argumentos por éstos esgrimidos –«los argumentos son tan comunes como las moras», dice Falstaff (Enrique IV)– eran exactamente los mismos, y no muy agudos, ciertamente. La única diferencia estaba en que con los enfermos se disponía de medios de presión para hacerles reconocer y superar sus resistencias, auxilio que nos faltaba en el caso de nuestros adversarios presuntamente sanos.
  El modo de obligar a estos últimos a un examen desapasionado y científico de la cuestión constituía un problema cuya solución parecía deberse dejar al tiempo. En la historia de la ciencia se ha podido comprobar, efectivamente, que una misma afirmación, rechazada al principio, ha sido después aceptada sin necesidad de nuevas pruebas.
  Ahora bien: no esperará nadie que en estos años, durante los cuales fui el único representante del psicoanálisis, se desarrollara en mí un particular respeto al juicio del mundo ni una tendencia a la flexibilidad intelectual”[14].
5.2. La analogía de su teoría con los juicios in-observables de las altas hipótesis de la Física.
Freud se da cuenta de que los elementos teoréticos de su núcleo central no son directamente observables. ¿Cuál es el problema que ello tiene hoy, después del debate que va desde Popper a Feyerabend, donde no sólo las hipótesis son in-observables sino también se ha cuestionado que el supuesto “apoyo empírico” de sus consecuencias no esté interpretado por la misma teoría en cuestión?
Pero escuchemos al mismo Freud:
“…Ahora bien: parecería que esta disputa entre el psicoanálisis y la filosofía sólo se
refiere a una insignificante cuestión de definiciones; es decir, a si el calificativo de «psíquico» habría de ser aplicado a una u otra serie. En realidad, sin embargo, esta decisión es fundamental, pues mientras la psicología de la consciencia jamás logró trascender esas series fenoménicas incompletas, evidentemente subordinadas a otros sectores, la nueva concepción de que lo psíquico sería en sí inconsciente permitió convertir la psicología en una ciencia natural como cualquier otra. Los procesos de que se ocupa son en sí tan incognoscibles como los de otras ciencias, como los de la química o la física; pero es posible establecer las leyes a las cuales obedecen, es posible seguir en tramos largos y continuados sus interrelaciones e interdependencias, es decir, es posible alcanzar lo que se considera una «comprensión» del respectivo sector de los fenómenos naturales. Al hacerlo, no se puede menos que establecer nuevas hipótesis y crear nuevos conceptos, pero éstos no deben ser menospreciados como testimonio de nuestra ignorancia, sino valorados como conquistas de la ciencia dotadas del mismo valor aproximativo que las análogas construcciones intelectuales auxiliares de otras ciencias naturales, quedando librado a la experiencia renovada y decantada el modificarlas, corregirlas y precisarlas. Así, no ha de extrañarnos el que los conceptos básicos de la nueva ciencia, sus principios (instinto, energía nerviosa, etc.) permanezcan durante cierto tiempo tan indeterminados como los de las ciencias más antiguas (fuerza, masa, gravitación)[15]. (Las itálicas son nuestras).
5.3.    Un mayor aferramiento a lo empírico.
En este otro texto de 1922, insiste más, en cambio, en lo empírico de sus teorías cuando quiere distinguirlas de la filosofía:
“….Carácter del psicoanálisis como ciencia empírica.– El psicoanálisis no es un sistema como los filosóficos, que parta de unos cuantos conceptos fundamentales precisamente definidos, intente aprehender con ellos la totalidad del universo y, una vez concluso y cerrado, no ofrezca espacio a nuevos hallazgos y mejores conocimientos. Se adhiere más bien a los hechos de su campo de acción, intenta resolver los problemas más inmediatos de la observación, tantea sin dejar el apoyo de la experiencia, se considera siempre inacabada y está siempre dispuesta a rectificar o sustituir sus teorías. Tolera tan bien como la Física o la Química que sus conceptos superiores sean oscuros, y sus hipótesis, provisionales, y espera de una futura labor una más precisa determinación de los mismos”. En última instancia, se observa en este texto la misma oscilación entre lo empírico y lo teórico de la primera etapa del método hipotético-deductivo en Popper, donde por un lado la falsación empírica era muy importante pero, por el otro, el planteo de la teoría era a priori y además llenaba a la falsación empírica de interpretación teórica[16]. Las itálicas son nuestras.
5.4.    Teoría versus “hechos”.
De igual modo, Freud se ve tentado a dejar de lado el debate teorético con supuestos “hechos”:
“…Ahora bien: la contradicción teórica es casi siempre infructuosa. En cuanto empezamos a alejarnos del material básico corremos peligro de emborracharnos con nuestras propias afirmaciones y acabar defendiendo opiniones que toda observación hubiera demostrado errónea. Me parece, pues, mucho más adecuado combatir las teorías divergentes contrastándolas con casos y problemas concretos” (1914)[17].
Evidentemente, hay dos Freud epistemológicos: uno que responde al marcado empirismo de su formación médica, otro que frente al nuevo campo que está investigando, se eleva a concepciones del método hipotético-deductivo muy avanzadas para la época, adelantando cuestiones que Popper y Lakatos dirían después. En ninguno de los dos casos se puede llamar a ello “anticientífico”.
6.          ¿Qué tipo de “ideas” son las psicoanalíticas”?
Conforme al propio Freud, en los textos citados, y conforme a mi propia interpretación, los elementos del núcleo central freudiano son conjeturas. No son certezas filosóficas, no dependen de una antropología filosófica global, sino que son conjeturas a fin de explicar dolencias que hasta el momento permanecían inexplicables, como lo muestran sus primeros estudios sobre la histeria[18]. Que Freud se haya mostrado muy firme sobre dichas conjeturas no les quita el carácter de tal, como por otra parte ha sucedido en la historia de todos los grandes científicos (Popper explica muy bien que aunque Newton haya considerado a lo suyo no falsable, era en sí mismo falsable[19]), y del propio Popper, que en su libro Reply to my Critics[20] se defendió enérgicamente de sus críticos.
Ahora bien, ¿cómo accedemos a su vez a dichas conjeturas?
Primero, no olvidemos el carácter abductivo de las conjeturas en Popper, tema que este último toma, entre varios, de Peirce[21]. Recordemos que Peirce es muy claro en destacar que lo esencial para el avance del conocimiento humano no es ni la inducción ni la deducción, porque con la primera “contamos” lo que ya está dado, mientras que con la segunda “inferimos lo implícito necesariamente en las premisas. Por ende, desde Peirce en adelante el “contexto de descubrimiento” en la ciencia tiene claramente su origen en la capacidad humana de crear una explicación: la abducción, falible desde luego, cuyo único modo de pasar a una menor falibilidad es el diálogo[22]. Creatividad y diálogo: eso fue en su momento un avance impresionante, silenciado luego por el inductivismo rígido y el positivismo, para luego renacer en Popper. Pero si el camino de la historia de la filosofía de la ciencia hubiera sido directamente de Peirce a Popper, nadie se hubiera asombrado de que Freud estuviera libremente “creando” teoría, porque no hay otro modo de hacer teoría.
Pero esa creación humana no es arbitraria. En cada caso hay una correlación entre algún aspecto de la realidad y algún aspecto de nuestra creatividad intelectual, y por ello todo esto se abre a un legítimo pluralismo metodológico.
En el caso de la psicología, en mi opinión, las conjeturas son introspectivas, dadas por la comprensión de la naturaleza humana, una comprensión para la cual hay que tener una empatía especial que Freud, por sus conocimientos literarios, artísticos, históricos y arqueológicos, evidenciaba tener desarrollada en alto grado. Hay una oportunidad donde Freud parece aludir a este carácter introspectivo. Retomemos un texto ya citado:
“….Así, no ha de extrañarnos el que los conceptos básicos de la nueva ciencia, sus principios (instinto, energía nerviosa, etc.) permanezcan durante cierto tiempo tan indeterminados como los de las ciencias más antiguas (fuerza, masa, gravitación).
            Toda ciencia reposa en observaciones y experiencias alcanzadas por medio de nuestro aparato psíquico; pero como nuestra ciencia tiene por objeto precisamente a ese aparato, dicha analogía toca aquí a su fin. En efecto, realizamos nuestras observaciones por medio del mismo aparato perceptivo, y precisamente con ayuda de las lagunas en lo psíquico, completando las omisiones con inferencias plausibles y traduciéndolas al material consciente. Así, establecemos, en cierto modo, una serie complementaria consciente para lo psíquico inconsciente”[23].
Por supuesto, en este caso Freud no parece reconocer su “experiencia de lo humano” (que Francisco Leocata llama “reducción vital”[24]), como una parte indispensable del contexto de descubrimiento de sus conjeturas, precisamente porque no quería que se confundiera lo suyo con esa literatura en la cual demostraba tanto erudición. Pero sin embargo es así. Nadie puede comprender las conjeturas psicoanalíticas sin una profunda comprensión de lo humano; comprensión que no evita, sino todo lo contrario, un debate teorético sobre dichas conjeturas, conforme al diálogo propuesto por el último Popper.
7.          Psicoanálisis y antropología filosófica.
Pero, establecido que el psicoanálisis puede ser una ciencia de conjeturas instrospectivas, abierto al diálogo y a la crítica, ¿qué relación guarda con una antropologia filosófica cuyo nivel de certeza sea mayor, abierta también al diálogo?
No necesariamente el psicoanálisis tiene que tener relación con el comprensible iluminismo de su autor. Creo, al contrario, que es mucho más compatible con Víctor Frankl y con la noción de persona de Santo Tomás dentro, a su vez, de la noción de pecado original del judeo-cristianismo. Aún tengo que desarrollar este programa de investigación pero desde ya afirmo que los inmensos esfuerzos de Frankl para alejarse de Freud no ayudaron en absoluto[25]. Al contrario, se apoyan mutuamente. Freud no es la terapia para la pregunta logoterapéutica y filosófica fundamental, a saber, el sentido de la vida y de “mi” vida, pero es en cambio una casi condición para encararla. El yo queda muy debilitado por la cantidad de energía que tiene que consumir para soportar los conflictos derivados del re-direccionamiento necesario de las pulsiones originarias. Las neurosis fóbicas, de angustia, obsesivo-compulsivas, las identificaciones y fijaciones que llevan a la masificación, las melancolías de los duelos no resueltos, los edipos mal resueltos, toda la carga de negación más las transferencias negativas, todo ello produce un estado de dolor sordo que impide a la persona hacerse las preguntas de la existencia más importantes, y son con-causa de las existencias inauténticas y los escapismos que impiden pasar a la madurez de la vida. Muy pocas personas logran por sí solas una suficiente sublimación de sus pulsiones más inconscientes. Por lo tanto, una mayor comprensión y un mejor manejo –no digo “solución”- de nuestros conflictos, y un mejor manejo de nuestras neurosis, es una especie de condición para pasar a la pregunta por el sentido de la vida y una mayor madurez de la propia existencia. Esto es especialmente importante en las vocaciones religiosas que, si son encaradas como negación de conflictos graves, pueden tener resultados catastróficos.
A su vez, una vez distinguido el yo como función psíquica, y ubicado en las dos tópicas correspondientes (ello, yo, super-yo; inconsciente, preconsciente, consciente) se lo puede ubicar bien en una antropología filosófica donde la persona sea un espíritu racional que conforma un cuerpo, donde hay una esencia individual que es el yo, donde no todo es consciente. Pero entonces el yo cuyo sentido hay que descubrir (vocación) no es el yo que está entre el ello y el súper yo, sino que todo ello está en el mismo yo personal cuyas facetas hay que ir descubriendo, y el psicoanálisis es una de los métodos psicológicos para ir des-cubriendo esos aspectos no conscientes del yo cuyos conflictos no resueltos nos impiden ir hacia la madurez personal y hacia la plenitud de la persona de la cual hablan todas las antropologías sensibles al tema religioso, donde Dios ya no sea el padre como función indispensable de la primera infancia, sino el sentido total de una vida que se entrega en una auto-donación que parece ello tiene que superar la noción de Dios como objeto.
8.          Conclusión.
  1. Freud estaba abierto a la crítica; si pareció lo contrario es porque tuvo que defenderse de críticas que dudaban de la moralidad de su trabajo.
  2. Freud osciló toda su vida entre en empirismo más ingenuo, originado en su formación como médico neurólogo, y un método hipotético-deductivo que adelanta mucho de lo que luego dirán Popper y Lakatos.
  3. Frente a las implicaciones actuales del debate que va de Popper a Feyerabend, muchas de las críticas epistemológicas que se le hacen desde un cientificismo pre-popperiano no tienen sentido, como tampoco tiene validez la crítica del mismo Popper ante los puntos uno y dos.
  4. El psicoanálisis de Freud puede plantearse hoy como conjeturas introspectivas abiertas al diálogo y la crítica.
  5. El psicoanálisis de Freud, desligado del iluminismo comprensible de su autor, puede estar hoy en profunda relación con la logoterapia de V. Frankl y una antropología cristiana abierta a la trascendencia.
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[1] En su clásico La lógica de la investigación cientifica,Tecnos, Madrid, 1985.
[2] Ver Replies To My Critics; in The Philosophy of Karl Popper, Part II; Edited by P. Arthur Schilpp Lasalle; Illinois, 1974, y su prefacio de 1981 a Realismo y el objetivo dela ciencia; Tecnos, Madrid, 1985.
[3] Es el cap. 5 de La lógica de la investigación científica, op.cit.
[4] En “Science: Problems, Aims, Responsabilities” (1963), en The Myth of the Framework, Routledge, 1994.
[5] En su famoso Tratado contra el método; Tecnos, Madrid, 1981, caps. 1 y 2.
[6] Sobre el realismo, Realismo y el objetivo de la ciencia; Tecnos, Madrid, 1985; sobre  la noción de verdad, idem y Conjeturas y refutaciones; Paidós, Barcelona, 1983, y Conocimiento objetivo; Tecnos, Madrid, 1988; sobre el indeterminismo, idem y El universo abierto; Tecnos, Madrid, 1986; sobre el libre albedrío, idem y La miseria delhistoricismo; Alianza Ed., Madrid, 1987; sobre la irreductibilidad de la mente a lo corpóreo, El universo abierto, op.cit; sobre el evolucionismo y la teoría de los 3 mundos, Conocimiento objetivo, op.cit.
[7] Ver por ejemplo las siguientes citas, correspondientes a The Myth of the Framework (op.cit);  In Search of a Better World, Routledge, 1994; All Life is Problem Solving, Routledge, 1999;  y The World of Parmenides; Routledge, 1998:  “The critical tradition was founded by the adoption of the method of criticizing a received story or explanation and then proceeding to a new, improved, imaginative story which in turn is submitted to criticism. This method, I suggest, is the method of science” (The Myth Of the Framework, op. cit, p. 42).  “…In this way we arrive at a fundamental new possibility: our trials, our tentative hypotheses, may be critically eliminated by rational discussion, without eliminating ourselves” (op.cit., p. 69, itálicas en el original).  “…science is essentially the method of critical discussion” (op.cit., p. 92). “As to the rationality of science, this is simply the rationality of critical discussion” (op.cit., p. 160, itálicas en el original).  “…Science is a critical activity. We examine our hypotheses critically. We criticize them so that we can find our errors, in the hope of eliminating the errors and thus getting closer to the truth” (In Search of a Better World, op. cit., p. 39).  “The proper answer to my question ´How can we hope to detect and eliminate error?´ seems to me be ´By criticizing the theories and conjectures of others and –if we train ourselves to do so- by criticizing our own theories and speculative attempts to solve problems´ (Incidentally, such criticism of our own theories is highly desiderable, but not indispensable; for if we don´t criticize them ourselves, there will be others who will do it for us)” (op.cit., p. 47). “Perhaps the rational attitude can best be expressed by saying: You may be right, and I may be wrong; and even if our critical discussion does not enable us to decide definitely who is right, we may still hope to see matters more clearly after the discussion” (op. cit, p. 205). “There are still some scientists and of course many amateurs who believe that the natural sciences just collect facts –perhaps in order to make use of them in industry. I see science differently. Its beginnings are to be found in poetical and religious myths, in human fantasy that tries to give an explanation of ourselves and of our world. Science develops from myth, under the challenge of rational criticism” (op.cir., p. 226). “Of these new values that we have invented, two seem to me the most important for the evolution of knowledge: a self-critical attitude” (All Life is Problem Solving, op.cit., p. 73). “The step that the amoeba cannot take, and Einstein can, is to achieve a critical, a self-critical attitude, a critical approach” (idem). “Philosophical speculation is assumed to have started with the Ionians: with Thales of Miletus, and his disciple and kinsman Anaximander. And indeed, something very new was added by these two. They added the critical approach of the critical tradition: the tradition of looking at an explanatory myth, such as the model of the universe due to Homer and Hesiod, with critical eyes. What early Greek philosophy or early Greek science adds to myth making is, I suggest, a new attitude: the critical attitude, the attitude of changing an explanatory myth in the light of criticism. It is this critical examination of explanatory stories, or explanatory theories, undertaken in the hope of getting nearer to the truth that I regard as characteristic of what may be somewhat loosely described as rationality” (The World of Parmenides, op.cit., p. 109; itálicas en el original).
[8] De hecho el título del libro The Myth of the Framework previene de un artículo homónimo contra Kuhn, de 1965; ver también el debate Popper-Kuhn en Lakatos and Musgrave, Editors: Criticism and the Growth of Knowledge; Cambridge University Press, 1970.
[9] Tal la calificación de L. Boland en su artículo “Scientific Thinking Withouth Scientific Method: Two Views of Popper”, en New Directions in Economic Methodology, Routhledge, 1994.
[10] Nos referimos a Koyré, A:  Estudios galileanos; Siglo XXI, 1980; Kuhn, T.: La tensión esencial; FCE, 1996; y Feyerabend, P.: Tratado contra el método, op.cit.
[11] Téngase en cuenta que, saliendo al cruce de otra crítica muy extendida, Freud no llamaba a la liberación de las pulsiones: en El malestar en la cultura queda muy claro que las demandas jurídicas y técnicas de la vida social exigen la re-conducción de dichas pulsiones; Freud sencillamente advirtió toda su vida que ese necesario sacrificio exigido por la vida social tiene como precio neurosis que hay que atender. El que no podía internalizar las normas de la vida social quedaba ya psicótico, ya perverso. Por ende el psicoanálisis siempre ha sido para él la re-educación del adulto para un mejor resultado de los conflictos originados por la necesaria represión que el pre-consciente hace de las pulsiones.
[12] En Lecciones introductorias al psicoanálisis, 1915-1917, en Sigmund Freud: Obras Completas, Editorial El Ateneo, Buenos Aires, 2008, tomo 2, p. 2131. Todas las citas corresponden a esta edición como así también a Freud Total, Ediciones Nueva Helade, 2002.
[13] Lakatos, I.: La metodología de los programas de investigación científica; Alianza Ed., Madrid, 1989, p. 152.
[14] En Historia del movimiento psicoanalítco, en op.cit., tomo 2, p. 1903.
[15] En Compendio de psicoanálisis (1938-40), op.cit., tomo 3, p. 3387.
[16] En Psicoanálisis y teoría de la libido (1922-23), op.cit., tomo 3, p. 2673.
[17] En Historia de una neurosis infantil (caso del “hombre de los lobos”), (1914), op.cit., tomo 2, p. 1965.
[18] Ver Estudios sobre la histeria (1893-5), op.cit., tomo 1.
[19] En Replies To My Critics, op.cit.
[20] Op.cit.
[21] Sobre todo en sus textos  The Fixation of Belief (1977); Deduction, Induction, Hypotesis (1878); On The Logic of Drawing History from Ancient Documents, Especially from Testimonies (1901); The Three Normative Sciences (1903); The Nature of Meaning (1903); y Pragmatism as The Logic of Abduction (1903); todos en The Essential Peirce, Vol. 1 y 2, Indiana University Press, Edited by N. Houser and C. Kloesel, 1992, Vol. 1, y 1998, Vol. II.
[22] Sobre este tema, ver Nubiola, J.: “La búsqueda de la verdad”, en Humanidades, revista de la Universidad de Montevideo, (2002), 1, año 2, pp. 23-65.
[23] En Compendio de psicoanálisis, op.cit.
[24] Leocata, F.: Filosofía y ciencias humanas, UCA, Buenos Aires, 2010.

[25] Las críticas de Frankl a Freud son permanentes en todas sus obras. Yo no niego que Krankl tenga razón en su visión del “inconsciente espiritual” (ver, La presencia ignorada de Dios, Herder, 1986), lo que afirmo es que la visión freudiana del inconsciente y sus recomendaciones terapéuticas son un paso complementario y casi necesario de la logoterapia.

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