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En este video, Osvaldo Schenone define a la corrupción como “una transacción voluntaria e ilegal entre un agente y su cliente en perjuicio de un principal a quien el agente se suponía que tenía que servir.”

Con esta definición, Schenone explica que el robo o el asesinato no son corrupción, pues no hay un tercero afectado, esto es, no existe traición del agente al principal.

Los ejemplos son muy claros: Pasar un semáforo en rojo no es corrupción. Pagarle a un policía un soborno para que no nos fijen la multa, sí lo es.

La corrupción puede tener lugar en el sector público o en el sector privado, por ejemplo cuando un gerente de compras se pone de acuerdo con un proveedor en perjuicio de la empresa.

Definido y analizados ciertos ejemplos, Schenone explica que la corrupción puede ser analizada desde un punto de vista moral, pero cuando aplicamos las herramientas económicas, alcanzamos algunas conclusiones novedosas relacionadas con la eficiencia y la equidad.

Schenone se ha preocupado en extenso por la corrupción de América Latina, y en particular con su relación en la evasión impositiva. Aquí uno de sus documentos: “Evasión impositiva y corrupción endógenas.”

Enrique Ghersi, por su parte, explica que la corrupción es un problema de costos y beneficios. Afirma que nos equivocamos cuando pensamos que las leyes son neutrales, gratuitas. Pues no, las leyes siempre alteran el comportamiento de la gente.

¿Por qué a pesar de estar todos preocupados por la corrupción y por qué a pesar de existir múltiples políticas contra ella, nunca hemos podido combatirla eficientemente? En mi concepto, el error principal es que no hemos entendido qué es la corrupción. Generalmente, la tomamos como una causa, cuando es un efecto.
Ghersi explica que sólo se cumplen las leyes cuyos costos son menores que los beneficios. Si la ley exige mucho tiempo, la gente no la cumple. Si la ley exige demasiada información, la gente no la cumple.
En este contexto hay dos posibilidades. Cuando la ley es excesivamente costosa, los ciudadanos están puestos frente a una disyuntiva: hacen las cosas que legalmente están prohibidas o no las hacen. Esto dependerá de un análisis microeconómico personal de cada individuo. Habrá alguno que no hará las cosas prohibidas pero habrán otros que no tendrán más remedio que hacerlas, en función de su propia escala valorativa. El problema no consiste en determinar si la gente es mala o buena, sino a qué precio decide ser mala o buena.

Resta entonces la pregunta acerca de ¿cuál es la solución para combatir la corrupción?

Ciertamente, no vamos a hacerlo con campañas de prensa ni tampoco armando escándalos morales. Vamos a combatir a la corrupción eficientemente reduciendo el costo de la ley. Será la única manera mediante la cual encontraremos un mecanismo de política económica eficaz a largo plazo para reducirla.