Los economistas han descuidado casi totalmente los elementos éticos o morales del comportamiento generado por el moderno régimen existente de continuos y acelerados déficit presupuestarios gubernamentales. En la medida en que los principios morales afectan las restricciones de la elección, tal descuido es inexcusable. Nos incumbe a nosotros, como analistas económicos, comprender cómo influye la ética en la elección y, en especial, de qué manera la erosión de los preceptos morales puede modificar el funcionamiento establecido de las instituciones políticas y económicas. Es necesario contar con una teoría empírica positiva del funcionamiento de las pautas morales, incluso si queremos dejar la prédica a los moralistas.

La comprensión de la forma en que las restricciones morales afectan los patrones de los resultados políticos no requiere necesariamente una comprensión similar de los orígenes de las propias pautas morales. En realidad, uno de los argumentos que quiero desarrollar en este ensayo depende críticamente de los atributos “no-racionales” de tales pautas morales. Los efectos de las restricciones morales son, por supuesto, completamente simétricos. Si las normas morales restringen las opciones, es decir, si existe lo que podríamos denominar una frontera de factibilidad moral, es evidente entonces que la erosión o destrucción de las normas morales flexibiliza las restricciones, y con ello desplaza la frontera “hacia afuera”, con consecuencias que nosotros, como economistas, estamos en condiciones de analizar.

En mi opinión, el explosivo aumento del financiamiento de la deuda o del déficit resultante de los gastos del consumo público puede explicarse, al menos en parte, por la erosión de las restricciones morales preexistentes. Los hombres que toman las decisiones políticas no “descubrieron” una nueva tecnología de financiamiento de la deuda a lo largo de la mitad de este siglo. Su autointerés racional los llevaba a recurrir siempre a fuentes de ingresos públicos exentas de impuestos. Lo que sucedió en este siglo fue que el financiamiento de la deuda dejó de ser inmoral. Tenemos aquí un ejemplo casi perfecto del daño que puede causar el “constructivismo racionalista” (para usar peyorativamente este término en el sentido hayekiano). El intento de imponer un comportamiento de “elección racional” a quienes estaban constreñidos por normas morales preexistentes, derivadas de un proceso evolutivo cultural, ha permitido, de hecho, una reversión hacia esos instintos más primitivos que anteriormente se mantenían bajo control.

Debemos evaluar esta dimensión moral del moderno sistema fiscal si queremos hallar una solución para este estado de cosas. Las normas abstractas que han evolucionado inconscientemente no pueden ser restauradas de manera racional. Sin embargo, es posible introducir restricciones racionalmente elegidas que sirvan en parte como sustitutos de las pautas morales erosionadas. Los presupuestos equilibrados que obedecían antes a pautas morales, no eran mencionados nunca en forma explícita en los documentos constitucionales formales. En ausencia de tales pautas, sin embargo, las restricciones presupuestarias deben ser explícitamente elegidas, impuestas y cumplimentadas.

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