Etiquetas

, ,

Zanotti¿Pueden los blogs desplazar a los Journals?, fue un post que subimos hace unos días y que recibió bastante atención por parte de los lectores.
Aquí Gabriel ofrece su propia respuesta, en su blog, y que compartimos también abajo.
SOBRE EL AVANCE DE LA RACIONALIDAD INSTRUMENTAL EN LA EDUCACIÓN FORMAL, y el drama de creer que sólo de referatos y de rankings universitarios vive el hombre.
Contrariamente a lo que pueda parecer, no tengo nada contra la educación formal. Mi padre, en “La misión de la pedagogía”  aclaró bien que la escolaridad no es más que un mayor grado de metodología y planificación en la acción de educar, acción que se da informalmente siempre en toda situación cultural, llamada por mi padre “La ciudad educativa” y que ahora ha ampliado su margen de acción con el internet, que está demandando nuevos modos de organización a la educación formal.
Lo que yo siempre he criticado es la educación formal positivista, esto es, aquella que cree que el conocimiento humano es igual a información, y trata al ser humano como alguien que, cual computadora viviente, tiene que grabar paradigmas, memorizarlos sin comprensión y repetirlos, sin razonamiento crítico (Popper) ni creatividad; al contrario, penalizándolos. Esta concepción de educación formal se basa en una falsa concepción del ser humano y del conocimiento. Para colmo, se ha vuelto coactiva, obligatoria, por el estatismo, y de ese modo, es una especie de corrupción intelectual y personal sin salida. O sea que para colmo, como Feyerabend denunció siempre, la educación formal positivista tiene el apoyo del estado y se ha vuelto con ello una nueva esclavitud que pocos advierten y menos aún denuncian.
La universidad es uno de los grandes logros de la civilización cristiana occidental. Surgida tras el renacimiento carolingio, ella ha sido el lugar donde el pensamiento teorético ha encontrado su lugar. Ello no implica que las universidades hayan sido el lugar del pensamiento crítico: con estado o sin estado, los paradigmas se comportan como Kuhn lo describe y por ende siempre los creadores de teoría tendrán un alto precio que pagar. La cuestión es la libertad de opción; la cuestión es que, aún corriendo el riesgo de quedar marginado por el paradigma dominante, el pensamiento crítico no corra necesariamente el destino de la guillotina.
Por lo tanto no es cuestión de escandalizarse ante el avance de cierto rigor con el cual los paradigmas, sean cuales fueren, se protegen. Cada uno de ellos tendrá sus autores admirados, sus seguidores, sus criterios de seriedad, sus revistas consideradas serias, sus congresos, sus simposios, sus criterios de prestigio académico. El que tenga ideas nuevas, como dice Kuhn, no las habría tenido si no hubiera sido educado en el paradigma (la tensión esencial) y por ende llevará siempre la cruz de tener que convencer a sus contemporáneos de la visibilidad de la crisis. Pero habrá una esencial diferencia entre el que practica el pensamiento crítico y el que sigue fielmente el paradigma. La diferencia es que el primero sabrá distanciarse sanamente de los rigores del paradigma. Los conoce, los sabe actuar, es un juego que juega cuando es necesario, pero sabe que el eje central del progreso no pasa por allí. En cierto juego de lenguaje rioplatense, “no se la cree”.
El problema actual de las universidades, de los journals con sus referatos, de los rankings universitarios, no es que se comporten cual kuhnianos paradigmas, sino que se han convertido en un soviet, porque están unidos a la coacción de los estados, que para colmo tienen convenios entre sí, y el problema radica también en que sus practicantes creen que ello es lo único serio, y se convierten en victimarios, en nuevos inquisidores, que persiguen, vigilan y castigan, y para colmo sin conciencia de ello, como el cocodrilo que cierra sus fauces sin saber lo que hace y sin poder sentir la más mínima piedad. Son personas que se han convertido en burócratas, que han perdido el humor, la misericordia, la comprensión, se han convertido en robots, en servidores del soviet, porque creen en ello y no advierten la importancia del pensamiento crítico, la creatividad intelectual, no entienden para nada la libertad de enseñanza, participan gozosos de comités estatales de evaluación y se ponen contentos cuando el soviet les da a ellos  o a otros el permiso para existir.
Yo recomiendo a los más jóvenes que sean mansos como palomas y astutos como serpientes, que no ha sido mi caso. Están en una época difícil, de unificación universal-estatal y coactiva de estándares sobre lo que se considera “serio”. Por ende, aprendan a jugar el juego: a escribir como los journals lo demandan, a obtener su doctorado según los cánones formales, pero no por egoísmo, sino por caridad y comprensión: tanto ante los nuevos inquisidores, que no saben lo que son ni lo que hacen; pero sobre todo para, desde la cátedra obtenida, poder estimular el pensamiento crítico, rescatar a los genios sueltos que el sistema no admite, educar en blogs, en bares, casas y nubes, y, de ese modo, marcar la diferencia. Y si pueden, luchen por la libertad de enseñanza, para poder crear nuevos espacios de libertad frente a la racionalización del mundo de la vida, esto es, nuevos espacios de libertad ante el constructivismo y el estatismo. Feyerabend tiene razón: la separación entre ciencia y estado debe ser el ideal regulativo. Pero mientras tanto, no se queden fuera del sistema, rasguen sus paredes desde dentro, como Copérnico hizo con el paradigma tolemaico. Tengan humor, comprensión, paciencia y, por favor, no hablen tanto como yo.